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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.24 no.55 Hermosillo sep./dic. 2012

 

Nota crítica

 

Los indios en la nueva historiografía sonorense

 

Jesús Armando Haro*

 

* Profesor-investigador del Centro de Estudios en Salud y Sociedad, en El Colegio de Sonora. Avenida Obregón 54, colonia Centro. C. P. 83000. Hermosillo, Sonora, México. Correos electrónicos: aharo@colson.edu.mx / pueblos.geo@yahoo.com

 

Tanto Conflicto y armonía. Etnias y poder civil, militar y religioso en Sonora, coordinado por Raquel Padilla (2009), como Religión, nación y territorio en los imaginarios sociales indígenas de Sonora, 1767-1940, coordinado por Esperanza Donjuan, Raquel Padilla, Dora Elvia Enríquez y Zulema Trejo (2010) testimonian un interés renovado, por parte de los historiadores sonorenses, por ocuparse de un tema cuya atención no ha sido muy connotada en la historiografía regional más o menos reciente, si se compara con lo estudiado en otras temáticas. Y, pese a que la historia indígena en el noroeste ha sido muy concurrida, en realidad tanto los historiadores como los antropólogos regionales se han dedicado a otros temas en las décadas recientes. Por ello, ambos libros expresan una suerte de parteaguas o ajuste de cuentas con una historiografía de lo indígena, realizada principalmente con fuentes secundarias. Y, a diferencia de trabajos anteriores elaborados a través de miradas ajenas, en estos dos textos colectivos asistimos a un empeño por revisitar los asuntos indígenas con nuevos ojos, y acudir otra vez a las fuentes primarias. Este par de ejemplares da cuenta de ello, y por esto me ha parecido adecuado reseñarlos de manera conjunta, a sabiendas de que varios de los autores participan en los dos.1

Una ventaja de ambos libros es que prestan sobrada atención a las relaciones interétnicas, y que no pretenden describir a los pueblos indígenas históricos como si hubieran vivido aislados o, peor aún, como si no hubieran sido "contaminados" por su entorno colonial. Al contrario, hay un interés activo por mostrar cómo los sincretismos y los préstamos culturales siempre existieron en la historia regional y cómo tampoco faltaron las contradicciones y los contubernios entre actores, que en otro momento sostuvieron disputas y conflictos. Lo que no deja de ser un gran acierto de los colegas historiadores que aquí desfilan, pues escribir sobre los indígenas, como si no existiéramos los yoris (los descendientes de europeos hoy mezclados con los remanentes originarios) u otras etnias aledañas, ha sido una tendencia acuciosa de cierta antropología culturalista y otras historiografías. Como aquí bien se apuntala, en Sonora las relaciones interétnicas fueron construidas entre los autóctonos en periodos históricos muy tempranos, con respecto al contacto con los europeos; y continuaron en construcción/deconstrucción permanente durante la colonización, en todo el territorio que en la actualidad se conoce como Sonora, y que antes fue en su parte sur la Pusolana indígena, dominio de las Provincias Internas y luego la Nueva Vizcaya, y el Estado Soberano de Occidente con Sinaloa, antes de su delimitación política actual, establecida en el siglo XIX.

Una impresión en la lectura de los capítulos que integran las obras es que esta nueva historiografía sonorense parte de una suerte de conciliación entre posiciones deterministas localizadas en lo económico, lo político o en lo territorial, en un intento por integrar el marco de estas explicaciones "duras" con la influencia de la cultura, los símbolos, la religión y las mentalidades o epistemes de cada época, en conjunción con la centralidad que dan a la realidad indígena como un referente fundamental, para entender la historia y la conformación actual de la sociedad sonorense. Y que este intento pasa por establecer una especie de diálogo con posiciones que plantean la relevancia de las representaciones y los imaginarios sociales en la institución de las sociedades. Como señala Castoriadis, con quien dialogan los ensayos contenidos en Religión, nación y territorio, la generación del consenso social y la construcción social de la hegemonía no son sólo hechos económicos, políticos o ecológicos, sino que contienen una dimensión imaginaria fundamental. Y Castoriadis entiende el imaginario como algo creado e inventado, como una primera representación que es capacidad y utopía social, magma de creación permanente de la sociedad. Este elemento permea ambas obras, aun cuando en Conflicto y armonía no se encuentre patente la influencia del pensador griego. El interés por advertir la conjunción entre las ideas y los hechos materiales conlleva ventaja a visiones reduccionistas, que han sido frecuentes en la historiografía del noroeste indígena y se encuentran patentes aquí.

El espacio geográfico donde se ubican las etnias de las que hablan estos libros conjuga largas estepas de Aridoamérica con los valles fértiles de la Oasisamérica, que es más septentrional en el continente. Su característica quizá más definitoria al momento de la exploración y la conquista españolas fue constituir un territorio habitado donde predominaban las "rancherías", a diferencia de Mesoamérica, donde tuvieron alta influencia las ciudades y los imperios. No obstante, como señalan algunos especialistas, también hay referencias de que tenían una organización social y cultural sofisticada, lo que hay que entender en su especificidad histórica, y muestra que no se trataba de sociedades "bárbaras", como comúnmente se ha creído. Y esto es lo que se propone en Conflicto y armonía y en Religión, nación y territorio; relatan trayectorias individuales y colectivas, sucedidas en distintos lapsos, útiles para entender de qué modo se configuró un marco de convivencia entre las etnias de Sonora y los poderes militar, civil y religioso, a lo largo de cinco centurias. Pueden aquí atestiguarse decisiones y consecuencias difíciles en materia de políticas implementadas, encaminadas a cimbrar el señorío de los europeos y sus descendientes sobre los pueblos indígenas de la entidad. La forma en que se puede palpar en las dos obras la vertiente evangelizadora fue concomitante a esta empresa, pero asumió diversas facetas a lo largo de un proceso complejo, nunca desprovisto de recomposiciones y transacciones.

La parte negativa de la evangelización y conquista es algo que ya se aprecia en "Juan Bautista Escalante y los seris", primer trabajo incluido en Conflicto y armonía, de Julio Montané, donde este autor, originalmente arqueólogo, señala la simbiosis que tuvo lugar entre jesuitas y conquistadores para consolidar la colonización europea, con base en dos instituciones que fraguaron una relación compleja de colaboración y antagonismo: el presidio y la misión. Destaca en este caso el cuestionamiento de un mito común en la historiografía del noroeste mexicano, la del sometimiento voluntario de los indígenas al poder espiritual de los padres prietos, encontrado en numerosas obras de los jesuitas Charles Polzer, Adam Gilg, Juan Nentvig, John Martínez o Luis González Rodríguez. Las historias de armonía y martirio son contrastadas con las redadas de indios y la cara asociación de los jesuitas con los militares españoles. La mirada de Montané configura una imagen más cercana a la historiografía tradicional de denuncia, y tiene el mérito de poner en el tablero la excepcionalidad de los conca'ac, como cultura de resistencia. Es algo que también propone Felipe Mora Reguera, en "Pesca ribereña y transformación cultural en una sociedad del desierto. El caso conca'ac", quien ofrece un panorama que describe a grandes rasgos la trayectoria seguida por este grupo especial a lo largo de varios siglos, sin ahondar en algún aspecto específico ni profundizar en el análisis de las relaciones con la sociedad sonorense o mexicana. Son los únicos trabajos sobre esta etnia en ambos libros, y los que quizá menos representan el interés por ofrecer una mirada novedosa sobre el tema.

La complejidad de las relaciones interétnicas es matizada en otros trabajos, donde se señala la participación activa de los indígenas en las tareas espirituales y militares de la Colonia. Así lo denota María del Valle Borrero, cuando analiza la contribución que tuvieron las tropas de indígenas aliados y auxiliares en la consolidación de la colonización española en la entonces provincia de Sonora, primero en el presidio pionero de Fronteras y a lo largo del siglo XVIII. Cuenta cómo estas tropas auxiliaban a los jesuitas en su defensa contra las incursiones de conca'acs y apaches, igual que lo hicieron con el arriero José Terradas, quien por allá en 1720 y años colindantes comentaba que "sólo los leales indios me han escoltado y asistido al entrar y salir" (p. 39). Décadas más tarde pimas y ópatas se habían convertido en la principal fuerza defensiva de la provincia. Y antes, en el XVII, los mayos fueron recursos competentes para enfrentar a los yaquis, quienes a su vez, junto con los pimas lo hicieron con los seris. Las transacciones interétnicas aquí revisadas dan cuenta de la existencia de procesos regionales complejos, que cuestionan el maniqueísmo que es común encontrar en otros textos sobre este tema. Nos muestran que la "visión de los vencidos" no sigue siempre por cauces claros de antagonismo y resistencia, sino que expone numerosos ejemplos de colaboración e incluso contubernio, como el de los batos o indios bautizados y los yoris, una categoría regional cahita que indica tanto al que cura como al que mata, que se extiende a los blancos y mestizos; incluso a aquéllos que los yoemes llaman los torocoyoris.

En estos textos bien puede atestiguarse que las relaciones interétnicas de conflicto y armonía han estado presentes a lo largo de la historia sonorense, como dispone el ensayo de Zulema Trejo, "Alianzas, pactos y conflictos entre notables e indígenas sonorenses", quien presenta el caso de la familia Gándara, en Ures, y la Ley de Sirvientes de 1830, que permitió a ciertos notables del siglo XIX ofrecer protección a los indígenas en sus haciendas, donde se asilaban para escapar de las autoridades. Se abrió así un esquema de clientelismo político que la autora califica como no vertical. Pero las reglas siempre conllevan excepciones, y aquí se refieren a los yoemes o yaquis, sobre quienes se vertió más tinta en esta obra colectiva. Su persistencia cultural resistente y las luchas por el territorio contrastan con la historia de la entrada pacífica de los jesuitas y su papel en la configuración de los ocho pueblos tradicionales de esta nación indígena, aun cuando después se manifestaran insurrecciones, tanto en este pueblo como en el de sus primos cahitas, los yoremes o mayos.

En "Los recuerdos del porvenir de yaquis y mayos", José Luis Moctezuma relata el proceso de recomposición de estas etnias después de la expulsión de los jesuitas, en 1766.Y el conflicto por las tierras de los valles de los ríos Yaqui, Mayo y Fuerte, codiciadas históricamente por los yoris. Por ello, como señala Moctezuma: "Antes de terminar el siglo XIX comienza la época más negra para yaquis y mayos, con la consigna de orden y progreso impugnada por quienes se resistían a sucumbir ante una visión capitalista del manejo de los recursos" (p. 122). La consecuencia fue el exilio yoeme en Arizona, Guaymas, Hermosillo y en la sierra del Bacatete. Su posición de lucha es, como se sabe, incluso identitaria, pero esto no explica la persistencia de la identidad étnica en los yoremes mayos, quienes eligieron una solución de resistencia con menor conflictividad que los yaquis y mucha mayor asimilación. Distinto fue el caso de los ópatas, integrados en la actualidad a la identidad regional de la Sonora mestiza. Vale recordar la desaparición física que sufrieron muchos otros grupos étnicos en los primeros tiempos de la conquista, como los Xiximes, guasaves, tubares y eudebes, entre muchísimos más, y reflexionar los motivos que pueden explicar la extinción de ciertos pueblos y la persistencia de otros. ¿A qué se debe que haya dos ejemplos tan distintos de adaptación y resistencia como los de yaquis y mayos? Ciertamente es una respuesta pendiente por explorar, donde el análisis de lo ecológico y lo demográfico pueda completarse con el concurso de la antropología, la paleontología, la arqueología, la lingüística y la historia. Pero no es así la investigación disciplinaria que aún realizamos, y en ambos libros se aprecia un diálogo escaso de los historiadores con otros especialistas.

En las dos obras hay claves pertinentes que nos impulsan a fraguar explicaciones no lineales y sí muy ligadas al contexto particular de cada etnia, y a apreciar configuraciones complejas de factores y niveles disímiles en el trazado histórico de la sociedad sonorense. De forma destacada aparece, sobre todo, la influencia del territorio, su clima y recursos, como un factor de enorme peso en la configuración de la historia regional y en especial de las relaciones interétnicas, sin que esté ausente la dinámica política local y central, como tampoco lo están las insurrecciones e incursiones indígenas de muy variado sino; y el papel que jugó la religión católica y su impronta en la cultura e identidad de los indígenas. Esto indica la existencia de sistemas diversos de transacciones y la imposibilidad de distinguir relaciones lineales de causalidad, que se puedan aplicar a todas las épocas o a todas las etnias. Nos recuerda inevitablemente a Franz Boas y su insistencia en el determinismo geográfico y el particularismo histórico, con nexos que desembocan en su secuela de cultura y personalidad, muy patentes en Edward Spicer, Ralph Beals, Donald Barth, Thomas Hinton y otros estadounidenses que abordaron la historia del área cultural del noroeste mexicano, aunque los autores de estos textos poco toman en cuenta, quizá porque proceden del campo antropológico. Su enfoque en buena medida está emparentado con nuestros autores sonorenses, y resulta muy pertinente para analizar la historia de Sonora.

El caso de los yaquis es uno de ellos, pues destaca la persistencia de su organización política y religiosa hasta nuestros días, enraizada tanto en la historia de su lucha por el territorio, como en una configuración cultural particular, revisada en varios de los ensayos. La centralidad de los yaquis en las trayectorias indígenas de Sonora es algo que nos recuerda Alejandro Aguilar Zeleny, en "A la sombra del yaqui", al hacer referencia al paradójico carácter emblemático de este pueblo en la iconografía mitológica de los sonorenses, patente en la difusión del famoso Juramento Yaqui. Para él, su carácter proverbial y especial ha modelado en buena medida el tratamiento a la cuestión étnica por parte del Estado mexicano, en especial desde el indigenismo posrevolucionario. No obstante, a escala regional no ha dejado de ser evidente que el supuesto carácter antagónico del yaqui se ha utilizado para enarbolar políticas en su contra.

Así lo ilustran Raquel Padilla y Carmen Tonella en su análisis hemerográfico de lo publicado en diarios de Arizona sobre la Guerra del Yaqui, a inicios del siglo xx. En este trabajo se denota que el tratamiento de los media sobre la cuestión étnica y sus conflictos ha sido no tanto un elemento de testimonio periodístico, sino más bien un instrumento de forja de opinión, aliado a los intereses empresariales y políticos de ambos lados de la frontera. Macrina Restor, por su parte, presenta otro análisis documental y hemerográfico donde señala la influencia que tuvieron a finales del siglo pasado los programas e instituciones gubernamentales, para fomentar la división interna entre los yaquis. Describe una situación que persiste hasta la actualidad, y que ha sido poco abordada y aun menos explicada o comprendida por los sonorenses e incluso por los yaquis y sus estudiosos.

La última sección está dedicada al poder religioso, y se compone de cuatro ensayos muy distintos entre sí. El primero analiza los registros ("padrones") de población en las misiones franciscanas de la Pimería Alta después de la expulsión jesuita, y las consecuencias de las reformas borbónicas en la Nueva España; que tuvieron una repercusión seria en la dinámica demográfica de los pueblos indígenas del norte de Sonora y lo que hoy es el sur de Arizona, en tanto conllevaron la reubicación y disgregación de familias e individuos a nuevos centros laborales y poblacionales, como sucedió con los tohono o'odham o pápagos, los pimas gileños y los yumas, y con yaquis emigrados desde el sur. El ensayo de Dora Elvia Enríquez, sobre los misioneros josefinos delYaqui,trata de la acción evangelizadora militante que tuvo lugar ahí a fines del siglo XIX. Es un ejemplo más de la coexistencia de coerción y creación de consenso que caracterizó la colonización española en esta región del país, y del papel instrumental que jugó la religión católica con respecto a la conquista del territorio de los pueblos autóctonos. Con un carácter que en ciertos periodos se antoja ciertamente precario y marginal, como lo señala Esperanza Donjuan, en su ensayo sobre las penurias de la iglesia diocesana a mediados del siglo XIX en Sonora, donde nos hace ver que ya desde épocas muy lejanas el ser enviado a las agrestes tierras del hoy noroeste mexicano era visto como una suerte de maldición por religiosos y militares. Cierra la sección y el libro un trabajo de Raquel Padilla y Zulema Trejo, que expone el concepto de los ocho pueblos tradicionales de los yaquis y sus vicisitudes míticas e históricas. Dejan patente que el concepto de los ocho pueblos es un imaginario institucionalizado que otorga identidad a la etnia, y que no sólo constituye un conjunto de prácticas culturales, políticas y sociales implantadas por los misioneros, una hipótesis que no se descarta.

Religión, nación y territorio en los imaginarios sociales indígenas de Sonora,1767–1940 conforma una suerte de segunda entrega sobre procesos de transición relativos a los indígenas de Sonora, con la diferencia de que aquí hay un franco intento, que se antoja heurístico, de aplicar el concepto de imaginario social elaborado por Castoriadis, para destacar el papel decisivo y a la vez nebuloso que mantienen las ideas, las representaciones y las mentalidades en los procesos históricos que aquí se describen y analizan. Cabe mencionar que el recuento que suman estos diez capítulos arranca formalmente con la fecha de expulsión de los jesuitas del territorio mexicano, y cierra su exploración con ciertas secuelas de la revolución que aún persisten abiertas, como los conflictos por la autonomía que han caracterizado a la etnia yaqui, pueblo que también es el más representado en Conflicto y armonía, obra colectiva, de doce autores y cuatro coordinadoras.

Guadalupe Lara y Emanuel Meraz destacan el protagonismo de los yaquis en el imaginario de las autoridades, en épocas variadas. Tratan el endeble optimismo que tenían los yoris pudientes y gobernantes sobre el fin de la Guerra delYaqui a inicios del siglo xx. Otro trabajo similar es el de Patricia Guerrero de la Llata, "En busca de las huellas de un imaginario social...", donde estudia la biografía que don Ramón Corral escribió sobre el líder Cajeme, que no puede abjurar de su condición etnocéntrica. Otro momento del conflicto yaqui es el analizado por Ana Luz Ramírez, "La resignificación institucional", para la campaña militar de 1926. Es encomiable, porque distingue el pensamiento estratégico y oportunista de los yoemes en la revolución, pero nos vende la imagen de que el pactismo por sí solo implicó el tránsito de la sociedad tradicional a la moderna. Es un asunto que se replica en varios de los trabajos del libro, aun cuando se nos recalque la excepción, el contubernio y la ambigüedad de las alianzas.

En los ensayos se invoca a yoemes, yoremes (mayos), ópatas, pimas altos y bajos y uno que otro apache, y se da cuenta de temáticas muy variadas: el Antiguo Régimen hispánico, las reformas borbónicas, la secularización de los pueblos de misiones, el papel de la religión como discurso legitimador, la fiscalidad y sus instituciones, el reclamo por la autonomía y el territorio, el liberalismo gaditano y republicano, la organización militar de los presidios y las campañas de resistencia indígena y su manejo por parte de españoles y mexicanos. Un eje que recorre los temas y periodos es el estudio de la participación de los indígenas en este proceso, los cuales –como atinadamente señala José Luis Moctezuma en el prólogo-adquieren un papel protagónico como "importantes partícipes de la conformación regional". Este interés, cabe señalarlo, responde a un proceso creativo y de búsqueda de quienes hacen historia en Sonora y en el noroeste mexicano por explorar procesos antes estudiados (y no), desde perspectivas nuevas, que en este libro se relacionan con horizontes descriptivos poco horadados, y muy en especial con su intención explícita de aterrizar en el estudio de cómo el imaginario social, que ha configurado esta región de "frontera", tiene como referente insoslayable, en lo instituido y en lo instituyente, a los pueblos originarios de estas tierras, hoy norteñas de la nación mexicana.

Como lector curioso uno se entera, por ejemplo, de la noción organicista que prevaleció en los dominios de la Corona de España durante el reinado de los Hasburgo, con sus repúblicas separadas de españoles, mestizos, negros e indios. La república de indios tenía como referente fundamental a los llamados pueblos de indios y su régimen de excepcionalidad, de los cuales la variante de pueblos de misión fue la que se ensayó particularmente en la Nueva Vizcaya. Fue una estrategia muy exitosa para los yaquis, mayos, pimas y ópatas, quienes estuvieron bajo la tutela jesuita hasta su exilio. José Marcos Medina relata el efecto que tuvieron primero las reformas borbónicas y después las medidas liberales promovidas por las cortes gaditanas, luego por las instituciones mexicanas de la independencia. Este proceso conllevó un cambio relevante en el imaginario social: de la filiación orgánica, basada en la figura paternal del monarca, hacia nuevas formas ilustradas de ciudadanía y libertad, pero fue un discurso que en la práctica se convirtió en despojo y dominación, y por ello producía nostalgias del Antiguo Régimen aun a inicios del siglo XIX. Así lo relata Fray Dionisio Oñederra en un informe fechado en 1824, desde Aconchi: "Con la nueva restauración de la Constitución (la de Cádiz de 1812), sintieron la misma gravitud; y siempre suspiraron por aquel gobierno, que llamaban paternal, lamentando sentidamente la ruina de sus templos, de sus Casas Curales, de sus comunidades, de sus prerrogativas, de sus excensiones y de sus antiguas habitudes" (p. 50). Por ello, no es raro que los reclamos indígenas tuvieran como referente la "Ley de Dios", promovida por la evangelización jesuita, y que aprendieran a utilizar este imaginario para defender sus derechos. Debido a que el autor culmina su análisis con la desaparición del Estado de Occidente, y la designación de Arizpe como capital de Sonora (1832), no analiza la repercusión de las Leyes de Reforma, la Ley Lerdo, de desamortización de bienes de manos muertas, y la de nacionalización de bienes, cuyas consecuencias han sido contundentes en otras regiones del país.

El contenido y alcance de las reformas borbónicas es el marco del ensayo que presentan María del Valle Borrero y Jesús Dénica Velarde, en el cual analizan la relevancia que tuvo el presidio como institución de penetración colonial. Relatan cómo la entonces provincia de Sonora fue un escenario idóneo para experimentar estas reformas, con el auxilio de campañas militares y el decreto de leyes punitivas, como el Reglamento de 1772. "La pacificación de la frontera hubiera sido imposible sin la ayuda de los indígenas auxiliares, quienes participaron activamente en las campañas militares" (p. 77), señalan los autores, aunque destacan también la ambigüedad entre los étnicos auxiliares y los alzados, por los cambios frecuentes de bando. Resaltan además el papel imaginario de las representaciones de las autoridades reales sobre el mundo indígena. Dora Elvia Enríquez expone la transformación de las misiones en parroquias y curatos, que tuvo lugar desde la expulsión jesuita hasta finales del siglo XIX. Este proceso, que la autora bautiza como de "secularización", no se limitó al reemplazo de misioneros por diocesanos, sino que se extendió al reparto y desamortización de tierras comunales y de brazos indígenas para el trabajo, proyecto que fue reforzado por las visitas de José de Gálvez en el siglo xviii. Según Enríquez, en el noroeste la secularización manifestó dinámicas distintas respecto al resto del país,con una política heterogénea y muy activa, en la cual marcó terreno la resistencia de yaquis, mayos y en específico de los seris, con la asimilación progresiva de ópatas y pimas. La precariedad de las estructuras misionales en manos franciscanas y también diocesanas se evidencia en este y otros trabajos, que documentan que el proceso de secularización (el traspaso de las órdenes a las diócesis) fue desigual y difícil en Sonora, aunque no tanto entre los ópatas.

Las tribulaciones del fisco monárquico en el noroeste novohispano fueron especialmente preocupantes en pueblos de misiones secularizados, como lo expone Esperanza Donjuan para el caso yaqui, donde la propiedad comunal y explotación colectiva de la tierra resultaban ser incompatibles, como lo denota la excepcionalidad que defendieron para no pagar impuestos por sembrar y vender macuche, el tabaco silvestre. Así dice que "[...] las autoridades se cuidaron de no imponer por la fuerza esta contribución, pues estaban conscientes de que su imposición podría poner en riesgo la empresa colonizadora en el noroeste novohispano y revertir las fuerzas entre españoles e indígenas"(p. 107). Raquel Padilla, cuando analiza el interesante caso de Juan Banderas, también plantea la apropiación del imaginario imperial por parte de los yoemes en reclamo de su autonomía ("necesidad de darse uno mismo sus leyes", según Castoriadis), en un texto que tiene la virtud de realizar una aplicación convincente de la teoría de este autor griego cuando analiza el magma del imaginario en la figura de Banderas y el jefe Pluma Blanca, como la encarnación de un símbolo sagrado de autoridad divina. En cambio, Zulema Trejo, en "La preservación del ser, nación y territorio en la recreación de las sociedades yaqui y ópata frente a la institución de la sociedad liberal, 1831-1876", compara estos dos casos para enseñarnos que territorio y nación fueron conceptos que se injertaron en el imaginario indígena de una forma adaptada a los procesos de cambio vividos por estas etnias. Esto ocurrió de manera muy distinta en diversas situaciones, y además comenta que los significados indígenas difieren de los conceptos occidentales.

En estos textos hay material para pensar la interculturalidad. ¿Son los mayos una etnia sin territorio o un imaginario indígena de la territorialidad?, pregunta María Patricia Vega, y dice que eso depende del momento histórico, pues no fue lo mismo durante el enclave colonial o en el porfiriato, a pesar de que el río Mayo ha tenido entre ellos una dimensión institucional, y lo sigue teniendo. No obstante, como señala, entender el pensar y actuar de los yoremes mayos es un asunto que amerita estudios de campo, debido a la dispersión y sesgos que mantiene la documentación sobre el tema.

En síntesis, los trabajos reunidos en estas dos obras constituyen, sin duda alguna, un aporte original para entender mejor el papel desempeñado y que siguen jugando los indígenas en la fragua de una sociedad regional, que tiende a reconocer de manera exponencial su diversidad étnica y cultural. Como bien señalan los prologuistas, Susan Deeds, de Conflicto y armonía, y José Luis Moctezuma, de Religión, nación y territorio, los textos compilados representan atalayas distintas donde lo étnico es glosado y reflexionado de nuevo, en ocasiones desde la visión etnohistórica de los propios indígenas o desde la posición de la alteridad y de los poderes instituidos. Las pinceladas que componen este álbum han sido fraguadas con interpretaciones propias que aspiran a ofrecer una visión muy personal de los autores, sobre los factores que ocupan el interés de cada capítulo. Sin embargo, a pesar de que las miradas son múltiples, existe un eje delineable que recorre las páginas y es el empeño de esta generación de historiadores por ofrecernos nuevas lecturas del pasado, que tienen en común dos elementos: señalar la presencia de lo indígena en lo mestizo y en lo institucional, como también su espejo inverso para la escala regional, donde lo étnico tiene improntas de aculturación europea, que han sido y son continuamente refuncionalizadas como parte de procesos de actualización de la identidad. Por otra parte, los trabajos dejan testimonio de un interés compartido por comprender lo instituido como un crisol de fuerzas, que adopta particularidades locales, donde el deseo, la intuición, la réplica, el imaginario y la misma utopía adquieren derecho de acceso al análisis histórico basado en lo económico, lo político, lo geográfico y lo jurídico. Estos dos libros dan buena cuenta de ello.

 

Bibliografía

Padilla, Raquel (coordinadora). 2009. Conflicto y armonía. Etnias y poder civil, militar y religioso en Sonora. Hermosillo: Instituto Nacional de Antropología e Historia.         [ Links ]

Donjuan, Esperanza, Raquel Padilla, Dora Elvia Enríquez y Zulema Trejo (coordinadoras). 2010. Religión, nación y territorio en los imaginarios sociales indígenas de Sonora, 1767-1940. Hermosillo: El Colegio de Sonora, Universidad de Sonora.         [ Links ]

 

NOTA

1 Presenté el primero de estos textos el 25 de febrero de 2010, en el XXXV Simposio de historia y antropología; y el segundo, el 3 de diciembre de 2010, en El Colegio de Sonora.

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