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Región y sociedad

versão impressa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.24 no.53 México jan./abr. 2012

 

Artículos

 

El aislamiento social de los trabajadores con visas H–2A. El ejemplo de los jornaleros tamaulipecos

 

Simón Pedro Izcara Palacios*

 

Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) , Unidad Académica Multidisciplinaria de Ciencias, Educación y Humanidades, Centro Universitario Adolfo López Mateos A. P. N. 476, C. P. 87149. Ciudad Victoria, Tamaulipas, México. Teléfono y fax: (834) 318 1723. Correo electrónico: sp_izcara@yahoo.com / sizcara@uat.edu.mx

 

Recibido en octubre de 2010.
Aceptado en enero de 2011.

 

Resumen1

La proximidad de Tamaulipas a la frontera estadounidense abarata los costos de transporte, y esto hace que en el estado se otorgue un número elevado de visas H–2A a trabajadores agrarios temporales. Sin embargo, los programas de trabajadores huéspedes empujan a la mano de obra al abuso y la explotación. El aislamiento social, que hace referencia a una erosión de la esfera relacional del individuo, constituye uno de los principales problemas sufridos por los trabajadores tamaulipecos con visa H–2A; aquí se analiza la situación de aislamiento social de éstos, en específico la de los empleados en el sector agrario estadounidense.

Palabras clave: trabajadores huéspedes, jornaleros, agricultura, aislamiento social, Tamaulipas, Estados Unidos.

 

Abstract

Tamaulipas accounts for a large number of H–2A visas for temporary agricultural workers as a result of its proximity to the border with the United States, which lowers transportation costs. However, guest–worker programs leave the foreign workforce vulnerable to abuse and exploitation. "Social isolation," which refers to an erosion of the relational sphere of the individual, constitutes one of the principal problems suffered by Tamaulipas's H–2A workers. This article analyzes the "social isolation" situation of guest workers from Tamaulipas employed in the farming sector in the United States.

Key words: guest workers, farmworkers, farming, social isolation, Tamaulipas, United States.

 

Introducción

Durante la última década se ha renovado el interés internacional por el desarrollo de programas de trabajadores huéspedes para importar, de modo estacional y en números limitados, mano de obra no cualificada para cubrir necesidades laborales específicas. Tanto en Europa (Castles 2006), como en Asia (Chang 2009) o en Estados Unidos (Smith–Nonini 2002) y Canadá (Basok 2000 y 2004) puede hablarse de una expansión de los programas de trabajadores huéspedes; el H–2A, implementado por EE UU, constituye un ejemplo de reclutamiento de mano de obra en la agricultura, donde los empleadores no pueden encontrar jornaleros locales dispuestos a trabajar por salarios bajos, que además están condicionados a ciertos estándares de productividad laboral (Guernsey 2007, 295).

Los participantes en el programa H–2A aparecen computados de forma diferente por el Departamento de Trabajo (dol, por sus siglas en inglés), el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) y el Departamento de Estado (DOS, por sus siglas en inglés). Los datos del dol se refieren al número de trabajadores huéspedes H–2A certificados; las estadísticas del DHS a las admisiones de trabajadores H–2A y los datos del dos al número de visas H–2A concedidas. Estas instituciones recogen datos estadísticos desagregados por estado de destino en EE UU y por país de origen; pero no hacen referencia a las regiones y entidades de origen de los jornaleros H–2A. Aunque no fue posible recabar datos estadísticos desagregados a escala estatal en México, los facilitados por el Consulado General de Estados Unidos en Monterrey permiten inferir el lugar destacado que ocupa Tamaulipas, ya que en 2006 este consulado otorgó a jornaleros tamaulipecos más de 5 por ciento de las visas H–2A concedidas por el dos en el mundo (Izcara 2009b, 8). Además, si se considera que cada vez son más quienes obtienen sus visas H–2A en los consulados de Matamoros y Nuevo Laredo, puede concluirse que la participación de Tamaulipas en el programa H–2A es notable. Una cierta preferencia de los empresarios agrarios estadounidenses por la mano de obra tamaulipeca puede obedecer a la cercanía de Tamaulipas a la principal zona importadora de trabajadores H–2A: el sureste estadounidense, que abarata los costos de transporte, y también a la experiencia de dichos jornaleros en actividades como la pizca de la naranja o la zafra de la caña, que requieren habilidades similares a las de otros cultivos predominantes en las zonas demandantes de trabajadores huéspedes.

El objetivo de este artículo es analizar el problema del aislamiento social que sufren los jornaleros tamaulipecos, empleados con visas H–2A en el sector agrario de Estados Unidos. Por otra parte, este trabajo de investigación se yergue sobre la hipótesis de que la vulnerabilidad del estatus de trabajadores huéspedes y la primacía de los intereses particulares de los empleadores en el manejo del programa H–2A conducen a un incremento del problema del aislamiento social en los jornaleros tamaulipecos empleados con visas H–2A.

En Izcara (2009a) se examina de modo comparado el problema del aislamiento social en jornaleros tamaulipecos empleados en EE UU y en trabajadores magrebíes, en Andalucía, España, y en Izcara (2010c) se estudia a los trabajadores rurales tamaulipecos indocumentados. Sin embargo, en ambos casos se analiza la situación de los migrantes que cruzaron la frontera de modo subrepticio, cuya situación laboral era irregular. Como contraste, este artículo, que se sustenta en una muestra diferente, examina a los jornaleros de Tamaulipas que entraron de forma legal a EE UU y tienen un permiso de trabajo; lo que permite adentrarse más en el concepto del aislamiento social.

Este artículo está dividido en cuatro apartados. En primer lugar se mencionan los antecedentes y características del programa H–2A; a continuación se describe la metodología utilizada; después se examina el concepto de aislamiento social y, por último, se analiza la situación de aislamiento social que sufren los jornaleros de Tamaulipas, empleados con visas H–2A en Estados Unidos. El cuarto apartado está dividido en tres partes: primero se describe el problema del encerramiento en los lugares de trabajo; luego se señalan los conflictos que surgen entre los jornaleros y por último se subrayan algunos ejemplos de fortificación de los lazos de amistad dentro del grupo de pares, que tienen como contrapunto un retraimiento del mainstream de la sociedad.

 

Antecedentes y características del programa de visas H–2A

Las visas H–2A para trabajadores huéspedes empleados en la agricultura fueron creadas en 1986, con la Ley de Reforma y Control de la Inmigración. A diferencia de las visas H–2 para el desarrollo de trabajo y servicios temporales, que aparecieron con la Nueva Acta de Inmigración y Nacionalización de 1952, y se destinaron a trabajadores de las Indias Occidentales Británicas, las H–2A posibilitaron la participación de los mexicanos. A finales de los años ochenta se otorgaron menos de 20 por ciento de las visas H–2A a trabajadores de México; en 2008 fueron casi 95 por ciento (Ibid. 2010a, 479). Una de las causas que condujo a la sustitución de trabajadores caribeños por mexicanos a partir de los años noventa fue que los primeros dejaron de ser atractivos, porque comenzaron a organizarse y a defender sus derechos (Trigueros 2003, 4). Además, la mecanización de las plantaciones de caña de azúcar de Florida, su principal fuente de empleo, también contribuyó a una reducción de su demanda (Martin 1998, 889).

El programa de visas H–2A, que en algo más de dos décadas ha supuesto el desplazamiento de más de medio millón de jornaleros mexicanos a Estados Unidos, presenta claras similitudes con otros dos: el Programa Bracero, vigente entre 1917 y 1921, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, y otro entre 1942 y 1964, como respuesta a la carencia de mano de obra acentuada por la Segunda Guerra Mundial. Los tres se fundamentan en dos supuestos básicos: condicionan la admisión de jornaleros a la inexistencia de trabajadores locales desempleados, y a que la importación de trabajadores huéspedes no suponga un deterioro de las condiciones salariales en el campo (Whittaker 2005, 3). Otra característica es una pérdida de control progresiva por parte de las autoridades mexicanas, y una reducción gradual de los derechos de los trabajadores.

En 1917, los jornaleros podían ser acompañados por otros familiares (Trigueros 2008, 1 19); además, sus contratos no se limitaban a la agricultura. Como contraste, en 1942 ya no se permitió a los braceros dedicarse a otras actividades económicas y sólo podían trabajar para quien los había contratado (Briggs 2004, 2). Después de 1986, vulnerando lo estipulado por el artículo 28 de la ley General del Trabajo, el gobierno mexicano dejó de intervenir en el manejo del programa. Éste se ha transformado en uno privado de reclutamiento controlado, financiado y operado por las empresas agrarias y sus enganchadores: contratistas mexicanos e intermediarios estadounidenses –por lo general asociaciones de productores– (Durand 2006, 58).

Smith–Nonini (2002, 57–79) describe el programa de visas H–2A como un mercado laboral "que no opera según los procesos de un mercado económico sino que depende de los arreglos entre el gobierno norteamericano y las corporaciones de agronegocios", para proveerlas de mano de obra migrante segura y súper explotable, porque desconoce sus derechos, enfrenta obstáculos para contactar a los proveedores de servicios cuando necesita ayuda y se mantiene lejos del alcance de las organizaciones sindicales. Según Basok (2000, 225), en Estados Unidos los programas de trabajadores huéspedes se caracterizan por la violación de los contratos laborales, el cómputo incorrecto de las horas trabajadas y los estándares deficientes en vivienda y alimentación. En cambio, el programa canadiense de trabajadores agrícolas estacionales se caracteriza por una implementación más adecuada de los estándares mínimos de empleo y vivienda y por una mayor lealtad de los jornaleros hacia sus patrones, debido a diferencias en la administración de los programas. En el caso estadounidense, el reclutamiento es más caótico y persigue los intereses de los empleadores, en el canadiense se trata de un programa de menor escala, refleja los intereses de las autoridades migratorias por desincentivar la migración permanente, y la prioridad del gobierno mexicano por favorecer a los sectores más empobrecidos (Ibid., 232–233). Aunque, en un trabajo más reciente, Basok (2004), a través del ejemplo de los trabajadores estacionales mexicanos en Canadá, refuta la tesis de la "ciudadanía post–nacional" y puntualiza que los migrantes no pueden ejercer sus derechos legales, porque sufren de exclusión social de la comunidad nacional en la sociedad de acogida.

La privatización del programa de visas H–2A opera en detrimento de los trabajadores migratorios, y controlado por empresas extranjeras, conduce a un relajamiento de las normas y a una asimilación de los puntos de vista de los empleadores (Jones 2007, 91). Como el gobierno mexicano no participa en la puesta en marcha del programa, que es manejado por corporaciones de agronegocios, el objetivo es el beneficio empresarial, mientras que el bienestar de los trabajadores migratorios aparece soslayado. Los jornaleros migratorios son reducidos a la categoría de instrumentos de trabajo, que cuando resultan inservibles –porque se accidentan o enferman–se regresan a su lugar de origen, para sustituirlos por otros sanos y fuertes (Izcara 2010a, 495). Asimismo, cuando no pueden alcanzar el nivel de productividad demandado, son persuadidos para que retornen a sus comunidades, y en el caso más favorable no volverán a ser contratados (Ibid. 2010b, 250).

El carácter temporal de los contratos laborales y la dispersión de la mano de obra imposibilitan que se ejerza un control oficial de la puesta en funcionamiento del programa H–2A (Durand 2007, 39). Además, en Estados Unidos no existe la voluntad política para perseguir los abusos cometidos contra los trabajadores huéspedes (Pastor y Alva 2004, 99). Para los empleadores, las visas H–2A constituyen un modo de acceder a trabajadores esforzados y disciplinados, que buscarán complacerles para ser contratados durante la siguiente temporada. Por otra parte, el hecho de que los contratos liguen al trabajador con el empleador, y no les permita laborar para otro, genera una forma de servidumbre. Cuando las demandas del patrón son demasiado rigurosas, al jornalero sólo le quedan dos opciones: regresar a su lugar de origen, con lo que pierde la oportunidad de participar en el futuro en este programa, o amoldarse a los requerimientos.

En la figura 1 se aprecia que el programa H–2A creció de forma moderada hasta 2002, entre 2003 y 2005 experimentó un pequeño empujón, y a partir de 2006 ascendió de forma acelerada. Resulta paradójico que en un periodo de profunda crisis de la economía estadounidense, que elevó a dos dígitos la tasa de desempleo, la demanda de trabajadores huéspedes, lejos de haberse contraído, se haya elevado. Esto obedece en parte a que el sector agrario, donde más de la mitad de la mano de obra que emplea es indocumentada, se ha tornado muy dependiente de los trabajadores migratorios (Izcara 2010d, 59). Así, una fuerte caída en el número de personas que cruzan la frontera de modo subrepticio a partir de 20052 ha generado un déficit de jornaleros indocumentados, que es contrarrestado con un mayor reclutamiento de mano de obra igual de vulnerable: los trabajadores huéspedes.

 

Metodología

Esta investigación está fundamentada en una metodología cualitativa. Para hacer acopio del material discursivo se empleó la técnica de la entrevista en profundidad y el muestreo intencional.

La muestra la componen 50 trabajadores rurales tamaulipecos de entre 25 y 59 años de edad, que participaron una o más veces en el programa H–2A de trabajadores huéspedes. Las entrevistas se efectuaron en 30 comunidades rurales de nueve municipios representativos de la diversidad geográfica de Tamaulipas; la mayoría en la zona citrícola de Guémez, Hidalgo, Padilla, Llera y Victoria, área caracterizada por gran presencia de jornaleros que, debido a su experiencia local en la pizca de la naranja, una actividad muy demandante físicamente, representan un gran atractivo para los empresarios agrarios estadounidenses. También se seleccionó a varios del suroeste del estado (Jaumave y Tula), la zona más pobre, donde habitan en su mayoría campesinos empobrecidos que se ven obligados a emigrar, debido a la reducida dimensión económica de sus explotaciones de maíz, frijol y sábila. También se seleccionaron dos municipios rurales, uno del centro–noreste (Abasolo) y otro del centro–noroeste (San Carlos), con gran pérdida poblacional debido a la emigración, ocasionada por la caída de rentabilidad del maíz, frijol, cártamo y sorgo.

Las entrevistas se realizaron entre marzo de 2007 y octubre de 2008. En la selección de los participantes también se buscó que la biografía laboral reflejase el abanico de espacios de inmigración en Estados Unidos. En este sentido, las experiencias de los entrevistados reflejan los derroteros de las principales áreas de emigración seguidas por los jornaleros tamaulipecos empleados con visas H–2A (véase anexo).

La recopilación de información se extendió hasta saturar todo el campo de hablas en torno al objeto de estudio (Strauss y Corbin 1998, 214). Es decir, se buscó una saturación del campo de diferencias en la producción discursiva de los hablantes (Coyne 1997, 629). Cuando la muestra seleccionada ayudó a elaborar un modelo discursivo, que resistiese el contraste con el nuevo material cualitativo recopilado sin sufrir alteraciones significativas (Castro y Castro 2001, 181), se decidió suspender el proceso de acopio de información nueva.

 

El concepto de aislamiento social

La noción de pobreza se define a través de tres conceptos clave: "exclusión social", "marginación" e "infraclase" (Herpin 1993; Fassin 1996). Los tres se refieren a una sociedad que produce desigualdades crecientes; describen un proceso más que una condición y expresan situaciones de discriminación, cuya naturaleza no es sólo socioeconómica. El término "exclusión social", de origen francés, implica discriminación de carácter multidimensional (Walker 1997; Schucksmith y Chapman 1998). El de "marginación", más utilizado en el contexto latinoamericano, incluye la ausencia de un rol económico articulado con el sistema productivo (De Lomnitz 1975, 17). Por su parte, "infraclase" es más propio de la sociología estadounidense, hace alusión a formas de conducta identificables y a un cambio en las normas y aspiraciones de un grupo heterogéneo de familias e individuos de los núcleos urbanos, en claro contraste con las presentadas por el conjunto de la sociedad (Green 1992; Wilson 1987).

El concepto de "aislamiento social" ha recibido menos atención en el estudio de la pobreza. Éste, al igual que los tres anteriores, aparece focalizado en los lazos que ligan el individuo con la sociedad; sin embargo, su significado es más restringido. La "marginación", la "exclusión social" y la "infraclase" incluyen el "aislamiento social". Una persona aislada socialmente sufre de marginación, de exclusión social y forma parte de los infraclase. Pero no todos los marginados, los excluidos sociales y los infraclase padecen el aislamiento social.

El "aislamiento social" constituye un punto de intersección entre los conceptos de "marginación", "exclusión social" e "infraclase". Wilson (1987, 60), que define el "aislamiento social" como "la falta de contacto o interacción con individuos e instituciones que representan a la sociedad", considera este término como el concepto teorético clave, explicativo de las dislocaciones sociales, pauperización y deterioro de los centros urbanos, que condujeron a la aparición de los "infraclase". Por otra parte, la ausencia de soportes relacionales o "aislamiento social" es uno de los elementos desencadenantes de la "exclusión social" (Raya 2005, 256), entendida como la carencia de recursos familiares/relacionales, la falta de apoyos sociales y la ausencia de redes de apoyo (Sánchez y Tezanos 2004, 49; Espluga et al. 2004, 51). Para Vite (2006, 1 1) el "aislamiento social", en cuanto pérdida de todos los vínculos sociales, constituye el último estadio de la "exclusión social". Asimismo, la marginación también ha sido asociada al aislamiento en asentamientos urbanos periféricos (Nun 2001, 19).

El "aislamiento social" significa un desvanecimiento de las esferas y soportes relacionales del individuo (Raya 2005, 256), una ausencia de interacción recreacional (García 2007, 64), y una dificultad para expresar sentimientos personales a otras personas (Hiott et al. 2008, 36). El aislamiento geográfico o residencia en espacios apartados es otro de los elementos característicos del "aislamiento social" (Kim–Godwin et al. 2004, 275; Magaña y Hovey 2003, 82).

Este concepto, que implica una reducción de la interacción social a un grupo específico de pares (Espluga et al. 2004, 50) o a un aislamiento general del entorno social o sociabilidad débil (Suárez 2004, 34), y una degradación progresiva de la participación social (García y Sánchez 2001) tiene valencias muy negativas. En el ámbito de los estudios sobre los inmigrantes mexicanos empleados en la agricultura estadounidense, el "aislamiento social" aparece asociado al consumo de alcohol y drogas (Kim–Godwin et al. 2004, 275; García 2007, 64), a sentimientos de tristeza, depresión (Parra et al. 2006, 363), pérdida de autoestima y ansiedad (Hiott et al. 2008, 36). Asimismo, Navarro y Rodríguez (2003) en un estudio sobre la población inmigrante del Tercer Mundo en Granada, España, encontraron una asociación entre la debilidad de las redes de apoyo social y la ansiedad.

El "aislamiento social", que hace referencia a un proceso de erosión de la urdimbre social, como consecuencia del deterioro de las relaciones sociales de apoyo, todavía resulta incómodo y produce cierta incredulidad (González de la Rocha y Villagómez 2006, 139). La bibliografía latinoamericana sobre las problemáticas de pobreza y desigualdad social ha sostenido que los mecanismos de supervivencia de los marginados se enraízan en la fortaleza de las redes sociales de apoyo, de los sistemas de intercambio recíproco y de los vínculos de solidaridad tejidos entre los involucrados, que se refuerzan ante las adversidades (Suárez 2004, 4).

En este sentido, el trabajo clásico de De Lomnitz, Cómo sobreviven los marginados (1975), centra la atención en los mecanismos extra laborales de acceso a los recursos. Pone el acento en la fortaleza de los aspectos relacionales: las redes de intercambio, el compadrazgo, el cuatismo, la reciprocidad y la confianza, como medios que posibilitan la supervivencia de los marginados, y que constituyen la antítesis del "aislamiento social". Rivera (2006, 1 10) señala que en la década de los ochenta los escenarios de aislamiento social eran la excepción. Sin embargo, investigaciones recientes en el ámbito latinoamericano han subrayado cómo a partir de los años noventa la falta de empleos estables e ingresos regulares dificultan el intercambio recíproco, y conducen a un deterioro del tejido, los lazos y vínculos sociales (Suárez 2004; González de la Rocha y Villagómez 2006, 151; Rivera 2006, 1 1 1; Izcara 2009a, 101).

El "aislamiento social" es la antítesis del "capital social", uno de los conceptos teóricos clave para entender el sistema migratorio México–Estados Unidos, cuya estructura ha permanecido estable por más de un siglo, se ha entendido como un sistema auto sostenido por los recursos materiales y de información accesibles vía el capital social, o "capacidad de los individuos para obtener recursos escasos a través de su pertenencia a redes sociales o estructuras sociales más amplias" (Portes 2010, 681). El "aislamiento social" es la ausencia de capital social, porque se caracteriza por un apartamiento del individuo de las redes de relaciones sociales, lo cual le priva de los recursos actuales o potenciales derivados de la pertenencia a dichas redes. Chávez et al. (2006, 1017) definen el "aislamiento social" como una ausencia de redes sociales o falta del soporte de amigos y familiares. El capital social conduce a un arropamiento del individuo; como contraste, el "aislamiento social" lleva a la soledad, derivada de una pérdida de vínculos sociales.

 

El aislamiento social de los jornaleros tamaulipecos empleados con visas H–2A

Uno de los aspectos más problemáticos que afectan a los jornaleros tamaulipecos que trabajan con visas H–2A en la agricultura de Estados Unidos es el aislamiento social, que se manifiesta de tres formas: la reclusión en los ranchos; la afloración de conflictos entre la población jornalera y la reducción de la interacción social a un único grupo de pares. En primer lugar, los jornaleros permanecen encerrados en los campos agrícolas durante la mayor parte de su estancia en EE UU. En segundo, la erosión de los soportes relacionales, la separación de la familia y el sentimiento de soledad elevan el estrés, y conducen al surgimiento de situaciones conflictivas. La reducción de la interacción social a un único grupo de pares también es otro elemento característico del aislamiento social.

 

El encerramiento en los lugares de trabajo

Los jornaleros sufren aislamiento social, porque durante su estancia en EE UU no mantienen vínculos ni contactos con la sociedad receptora, y carecen de acceso a espacios de ocio y esparcimiento. Durante su estadía, que varía entre dos y seis meses por año, permanecen todo el tiempo recluidos en los ranchos. Como señalaba uno de los informantes: "estábamos todo el día bien aburridos" (G2). Para él, lo más amargo de su breve estancia en el estado de Washington, de junio a agosto de 2008, fue el encierro permanente en las huertas de manzana. Y, puesto que no pudo soportar esa situación, sin salir a las poblaciones cercanas para disfrutar de momentos de ocio, tomó la decisión de regresar a Tamaulipas antes de finalizar su contrato. Otro subrayaba esa misma idea: "Había mucha tensión del encierro" (G3).

Los jornaleros viajan a Estados Unidos con el único objetivo de ahorrar dinero, ya que en el medio rural tamaulipeco las oportunidades económicas son escasas. Por lo tanto, buscan trabajar el mayor número de horas y días por semana, y aunque su capacidad de ahorro es relativamente alta, porque le corresponde al patrón hacerse cargo de los gastos de transporte y alojamiento, evitan gastar en cosas innecesarias. Salir a las poblaciones cercanas para divertirse es mal visto, ya que los distrae de su objetivo. Como señalaba otro: "Los compañeros en ocasiones me dicen que soy codo por no gastar, pero yo les digo que hay que hacer esfuerzo por ahorrar ya que no sabemos si la próxima temporada volvamos" (V10). Son muchos los que coinciden con la idea de que gastar el dinero ganado en ir al cine o divertirse es algo que no está bien, ya que allí se va a trabajar, no a divertirse.

Muchos de los jornaleros, sobre todo los de mayor edad, prefieren permanecer todo el tiempo encerrados en los ranchos. Cuando salen lo hacen de forma breve, y es para ir a las tiendas y supermercados para abastecerse de los alimentos que consumirán durante la semana. Cuando salen, sólo compran lo más indispensable, y siempre procuran gastar lo mínimo, ya que cuando comparan los precios con los de Tamaulipas todo se les hace muy caro. Como ellos afirman, el costo de comer un día en un restaurante es lo que gasta su familia en alimentación durante una semana. Cuando los jornaleros hablan del país del norte, hacen referencia a las numerosas tiendas, también les asombra la pulcritud de las poblaciones, los lugares de ocio y los sitios de diversión; pero muchos prefieren quedarse encerrados en los campos de labor para no gastar su dinero.

Allá pues, sí hay muchos lugares a donde ir, pero pues eso de andarse paseando uno, pues no, nomás es ir así, nomás, tiene uno que gastar dinero, entonces para ponerse uno a andar gastando allá, pues no está bien (H9).

No salíamos así que al cine o a divertirnos, no porque pues para eso se necesita el dinero y pues si uno lo que quiere es ahorrar mejor pues nomás vas y compras lo necesario (V1).

Allá todo está bien bonito, las tiendas y los pueblos muy bonitos; pero pues uno no'más ve, uno no'más va y compra lo que va a comprar y ya se regresa a la casa, a descansar, qué más, porque pues al día siguiente hay que seguir trabajando, qué más, allá uno va a trabajar, no'más (P1).

Tampoco hay libertad para salir de los ranchos, porque están aislados de las poblaciones, y no existe transporte público que los conecte con los centros urbanos; como consecuencia, los trabajadores dependen de sus patrones para transportarse. Sin embargo, éstos no desean que los jornaleros salgan, porque el ocio y el esparcimiento interfieren con la productividad laboral. Los trabajadores huéspedes constituyen una mano de obra relativamente cara, ya que los empleadores deben garantizarles un salario mínimo, el transporte desde el lugar de origen y el alojamiento.3 Por lo tanto, las visas H–2A resultan rentables a los empresarios agrarios si los trabajadores huéspedes trabajan más rápido y durante más horas que los locales. Es por ello que en algunas entrevistas se hace alusión a la falta de libertad para disfrutar de su tiempo de ocio, y son los más jóvenes quienes más la resienten. Los empleadores buscan que los trabajadores foráneos que contratan no se ausenten de los ranchos ni tomen bebidas alcohólicas, para que puedan rendir más.4 En este sentido, uno de los entrevistados, de 35 años, llegó a afirmar que en los contratos estaba estipulado que no podían ni meterse en problemas ni tomar alcohol:

Cuando uno va al pueblo, pues no'más sale a comprar el mandado, y pues cosas para uno, cosas personales y ya, ya después nos regresábamos a la casa [...] una de las cosas que se nos dice en el contrato, que uno no se vaya a meter en problemas [...] que en el pueblo no anduviéramos tomando (H8).

Por otra parte, los jornaleros tamaulipecos describen a Estados Unidos como un país donde las libertades personales aparecen opacadas por el imperio de la ley. Frente a una libertad cuasi ilimitada que tienen en Tamaulipas, allá ésta es mucho más restringida. Como decía uno de ellos, de 38 años: "No podemos salir más que a comprar mandado, o si nos dan el día, por ejemplo el domingo, podemos salir a los supermercados o al mall [...] Fue en mi segundo trabajo donde había un poco de más libertad; pero claro, bajo las leyes de allá" (H2). La expresión "bajo las leyes de allá" hace referencia a una intolerancia hacia conductas sí aceptadas en Tamaulipas.

Como resultado, en Estados Unidos los tiempos de ocio son casi inexistentes; la única actividad extra laboral que realizan se reduce a ir a comprar el mandado en los supermercados cercanos y a descansar para rendir más durante la siguiente jornada. En el discurso de los entrevistados abundan las referencias a la falta de tiempo para salir del rancho e ir a pasear o divertirse. Cuando tienen un día de asueto, por lo general el domingo, están atareados lavando la ropa o descansan para rendir más al comenzar la siguiente semana. Además, carecen de medio de transporte para desplazarse; salen cuando su patrón o el capataz los lleva hasta las poblaciones cercanas:

No había tiempo para ir a pasear, mejor uno se va a descansar a la casa para irse a trabajar al siguiente día (H6).

No'más vamos un rato al pueblo, ya después nos regresamos a la casa a lavar la ropa y ya se acaba el día (SC2).

Allá uno no tiene tiempo de andarse divirtiendo; allá uno no'más va a comprar el mandado (T2).

Uno no'más va a la ciudad de pasada, un rato; entonces, pues no, no hay tiempo (V9).

Uno va al pueblo a comprar el mandado [...] no hay tiempo para andarse uno paseando (H10).

Nos llevaban no'más una vez por semana para que compráramos el mandado y así hacer los mandados que tenga uno verdad, y ya nos regresábamos a la casa en una camioneta del patrón (H11).

 

Los conflictos entre los jornaleros

El entorno social que rodea a los jornaleros se caracteriza por la carencia de soportes relacionales. El quiebre de la urdimbre social (Chávez et al. 2006, 1017), el sentimiento de soledad, generado por la separación de los amigos y familiares, y la falta de esparcimiento son factores que elevan el estrés (Magaña y Hovey 2003, 79 y 82; Kim–Godwin 2004, 274–275; Parra et al. 2006, 371), y favorecen la aparición de conflictos entre ellos.

Los estándares deficientes en vivienda (Smith–Nonini 2002, 69) también se han señalado como una fuente de estrés en los trabajadores huéspedes empleados en la agricultura. Sin embargo, los entrevistados no expresaron opiniones negativas respecto a la calidad de los dormitorios, el mobiliario o los servicios. Al contrario, la mayor parte mostró un grado elevado de satisfacción al respecto. Los campesinos tamaulipecos residen en viviendas que muchas veces carecen de algunos servicios básicos. Esto hace que el alojamiento en EE UU con frecuencia supere sus expectativas. La opinión sobre la vivienda varía, desde expresiones de carácter neutro como "las habitaciones son como las de aquí" (V10), "tiene lo que es más indispensable" (V1), "en lo que cabe estábamos bien acondicionados" (H4), hasta afirmaciones muy entusiastas como "teníamos todo, luz, agua, estábamos bien" (SC2) ; "estaba todo bien, todo higiénico" (SC3); "tienen todo: cocina, baños, agua, luz" (T1); "tiene uno todo: agua, luz, drenaje, agua caliente, televisión y cable" (T2); "había luz, agua caliente, todo eso sí estaba muy bien" (T3); "estaba bien, tenía agua caliente y fría y televisión" (V2), "está bien y pues cada quien tiene su espacio" (H11). La idea que más se repite es que en EE UU no batallan en cuestión de vivienda, porque tiene todos los servicios "están muy bien las casas, no batallábamos" (H8), "no batalla uno, porque pues ahí uno tiene de todo, tienes agua, luz, tienes todo, hasta televisión" (H9), "todo teníamos allí. Allí no batallábamos" (V3), "todo teníamos, allá gracias a Dios no batalla uno en esa cuestión" (V6). Estas respuestas revelan la poca exigencia respecto a la vivienda. Para ellos, disponer de una cama puede ser suficiente. Como señalaba uno: "Está todo bien [...] cada quien tiene su cama" (J1). Aunque, lo más valorado es el carácter gratuito de la vivienda. Uno afirmaba: "La casa está bien, y pues no pagamos, es por parte del contrato, entonces pues está bien" (V9).

La soledad constituye uno de los aspectos más problemáticos; este sentimiento conduce a un ensimismamiento del jornalero, a un alejamiento del grupo de pares, a una distorsión de su percepción de la realidad exterior y al consumo de alcohol, elementos que a la postre se traducen en un deterioro de las relaciones interpersonales. La soledad no sólo aflora en los trabajadores huéspedes inexpertos; quienes han emigrado en ocasiones sucesivas a EE UU tampoco pueden domeñar el sentimiento de soledad. Uno de 28 años, con experiencia durante tres temporadas en la fresa, en Illinois, comentaba: "a uno le pega la soledad y es ahí cuando uno se toma unos tragos y pues ya luego uno siente que todo el mundo le ve feo" (H12). Otro, de 38 años, que había trabajado ocho temporadas en el tomate, en Texas, repetía la misma idea: "ahora me doy cuenta del por qué discutíamos, por todo ese estrés que uno tiene por estar tanto tiempo fuera de casa y el querer ver a tu familia" (H3).

Las entrevistas aparecen salpicadas por la narración de situaciones conflictivas entre los jornaleros. Son frecuentes las alusiones a las envidias, que según ellos afloran de forma más fuerte entre la población latina: "Las envidias, en el tiempo que estuve ahí, sí eran más entre los latinos con sus mismos paisanos, cosa que ni los americanos hacían con nosotros los mexicanos" (H5).

En ocasiones las envidias surgen porque los que son más habilidosos o trabajan más aprisa reciben mayores remuneraciones económicas que quienes lo hacen más despacio: "En ocasiones, si tú cortabas más naranja, se te daba una compensación y esto en ocasiones traía problemas con los demás" (A6); "también había envidias porque uno ganaba más o porque tenía más habilidad" (V2).

Otras veces, las envidias surgen porque unos envían más remesas a sus familias que otros. Como señalaba uno: "Algunos no mandaban dinero a su casa, se lo gastaban todo en cerveza y en sus vicios y luego los problemas porque tú tienes más que yo y cosas así" (A3). Según otros, lo que genera las situaciones conflictivas son las muchedumbres. En los ranchos donde hay pocos trabajadores habría menos dificultades; por el contrario, en las explotaciones agropecuarias que emplean a muchos las pugnas serían más marcadas. Frente al apoyo y concordia prevalentes en los grupos pequeños, en los extensos afloraría el caos y la desunión. Como señalaba uno: "En todo grupito de tres o cuatro se apoyan; pero entre muchos, hay mucha discordia" (G3).

Estos conflictos muchas veces son causados por jornaleros sin experiencia de trabajo en EE UU, que desconocen los "códigos de conducta" que deben observarse allí. Los empleadores no permiten altercados que alteren el orden. Si alguien participa en una disputa y lo descubre el patrón es posible que lo despida. Por lo tanto, las cuadrillas siempre tratan de prevenir y ocultar la afloración de este tipo de situaciones. Como afirmaba un jornalero: "Muchas veces hay diferencias, porque empiezan a decirse cosas [...] Los compañeros tratamos de que se arreglen las cosas, para que no vaya a darse cuenta el patrón, porque pues si no los corre a los que se peleen" (J1). Las desavenencias entre los jornaleros unas veces brotan como consecuencia de la competencia por el trabajo; así lo refleja la siguiente cita, la disputa por escoger los surcos más cercanos de cebolla en una explotación de Georgia, y así tener que caminar menos:

Se baja uno del camión y es correrle a escoger el surco más cerca, y si otro llegaba antes o atrás de ti eran los pleitos siempre. Yo lo que hacía era ceder el surco. Me iba, aunque me tocara más lejos, y muchos se peleaban entre ellos, o los fines de semana los borrachos se agarraban a trancazos (V2).

Otras veces emergen como resultado de un trato preferencial hacia algunos trabajadores, en detrimento de otros. En ocasiones los capataces o los líderes de cuadrilla tienen preferencias. Esto causa el enojo de los que se sienten desfavorecidos. Como relataba un entrevistado, que trabajó en 2003, en Arkansas, cortando tomate:

Ahí había uno que se encargaba de anotar los botes que uno lleva, uno va a vaciar el bote de tomate y se lo anotaba y entonces pues es como todo, esa persona pues tenía sus conocidos, sus amigos [...] Pero como varios de sus amigos iban nuevos, así como yo, y pues no le echaban ganas y pues por eso él les anotaba botes de más y ya decían que terminaban la tarea; pero, pues, uno se da cuenta [...] se dijeron de cosas, no llegaron a los golpes, pero pues como quiera se siente feo cuando sabes que tal persona está enojada contigo (V3).

En las explotaciones agrarias donde trabajadores H–2A e indocumentados laboran juntos las disputas son más frecuentes. En algunos casos el grueso de la mano de obra es ilegal; en otras ocasiones los empresarios agrarios recurren a la incorporación de indocumentados, cuando los trabajadores legales son insuficientes. Como señalaba un jornalero del ejido Crucitas (Hidalgo) que, además de tener una visa H–2A, era capataz en una explotación agrícola de Carolina del Norte, y una de sus obligaciones era ajustar la necesidad de mano de obra a los requerimientos laborales: "Los que no tienen papeles [...] si ya están allá y piden trabajo se les da, no se les niega cuando hay trabajo" (H13). Durand (2006, 64) señaló que los programas de trabajadores huéspedes crean conflictos en el contexto de la migración indocumentada, ya que los salarios más bajos de estos últimos crean resentimientos. Quienes cuentan con la visa H–2A reciben salarios más elevados, no tienen que esconderse de las autoridades migratorias y su trabajo es seguro. Esto despierta la envidia de los indocumentados, que reciben un trato más desfavorable. En este sentido, uno de ellos decía:

A nosotros el patrón nos trataba mejor que a los ilegales, y pues nosotros teníamos el trabajo seguro porque ya habíamos firmado un papel, y pues ellos no, cuando el patrón quería pues los puede echar [...] Nos metían juntos pero sí había envidias, porque delante de uno pues los escuchábamos decir: ahí vienen los pinches contratados (G1).

En los ambientes laborales donde predominan los indocumentados, éstos contemplan la llegada de trabajadores huéspedes como una amenaza a sus oportunidades. Los últimos firmaron un contrato que les protege económicamente aunque el trabajo escasee, mientras que los primeros pueden ser despedidos en cualquier momento. Como señalaba uno: "La raza es como muy celosa cuando llegamos; pues, nos ven como si nosotros fuéramos a quitarles la chamba" (V13). En contraste, los trabajadores con visa H–2A carecen de la libertad que tienen los indocumentados, para moverse a otro empleo si el trabajo que realizan no es de su agrado, o si otro empleador les ofrece un mejor salario. Estas diferencias pueden conducir a que se rompa la comunicación entre estos dos colectivos.

El resultado de esta fricción, como señalaba uno de los ellos, es el brote de riñas y altercados durante los periodos de asueto:

Ellos siempre tenían miedo que viniera la migra y se los llevara. Entonces había coraje con unos y con otros. Cuando los domingos se tomaban alguna cerveza llegaron muchos hasta los manotazos, se agarraban cuando andaban bien tomados. Pero nosotros también les teníamos envidia a ellos, los mojaditos, porque ellos se podían ir cuando querían y más si encontraban otro patrón que les pagaba mejor, porque ellos eran libres y nosotros no, porque teníamos que cumplir con el contrato, y muchas veces no nos hablábamos (H1).

Algunas investigaciones han señalado que los empleadores controlan los movimientos de los trabajadores quitándoles los documentos, para que así no puedan escapar y trabajar para alguien más; situación de coacción que no se encontró en la presente. Muchos jornaleros tamaulipecos manifestaron diferentes grados de descontento con sus empleadores; pero es poco frecuente que abandonen a su patrón y busquen empleo como indocumentados. Sólo dos de los entrevistados, uno por desacuerdo con el salario que cobraba y otro porque tenía un amigo en Florida, se escaparon y no regresaron a Tamaulipas. Por lo general, ellos se aferran a su empleador, aunque tengan que soportar condiciones sociolaborales desfavorables, porque si lo abandonaran perderían la posibilidad de retornar en el futuro a través del programa H–2A. Además, ninguno expresó interés por quedarse en forma definitiva en EE UU. La emigración permanente implica un incremento de la satisfacción y un decremento de la privación relativa en la sociedad de acogida (Izcara 2009b, 25), situación que no se produce entre los trabajadores rurales tamaulipecos empleados con visas H–2A. Asimismo, la mayor parte no aprobaba que alguno abandonase a su empleador para trabajar como ilegal. Por lo tanto, los trabajadores huéspedes tamauli–pecos son muy fieles a sus empleadores, aunque envidian la libertad con que los indocumentados pueden dejar un empleo para buscar a otro patrón que les ofrezca mejores salarios.

 

El estrechamiento de los lazos de amistad con el grupo de pares

En ocasiones, el trabajo en un entorno de encerramiento en los campos agrícolas reduce la interacción social en el grupo de pares, donde se fragua un estrechamiento de los lazos de amistad. Sin embargo, como ha señalado Basok (2003, 14–15), en el caso de los jornaleros mexicanos empleados en el programa canadiense de trabajadores huéspedes, la reducción de la interacción social en la comunidad mexicana al mismo tiempo que sus vidas transcurren al margen de la sociedad local, a la cual no están integrados, también genera aislamiento social. Según el autor, aunque los braceros mexicanos están integrados en la economía canadiense, en términos sociales y culturales no son ciudadanos de aquellas comunidades que dependen de su trabajo.

El efecto de fortificación de los lazos de amistad entre los propios jornaleros se genera en los espacios que emplean pocos migrantes, éstos constituyen un grupo homogéneo y todos tienen el mismo estatus legal. Sin embargo, estas características sólo se dan en un número reducido de espacios laborales. Lo que predomina en el agro estadounidense no es el "pequeño granjero luchador"; quienes emplean trabajadores H–2A son principalmente agricultores de gran escala (Smith–Nonini 2002, 83). Como consecuencia, no resulta extraño que en 12 por ciento de las entrevistas aparecieran referencias específicas a una situación de estrechamiento de los soportes relacionales entre los propios jornaleros y a una ausencia de conflictos.

Un jornalero de 35 años, que había trabajado desde 1999 en una pequeña plantación de tabaco de Carolina del Norte, afirmaba que allí el ambiente laboral era agradable; y que en otros más complejos, la relación con los demás se tornaba más complicada:

Nos llevábamos bien, pues es por lo mismo de que éramos poquitos; pues entonces así siendo pocos, se entiende uno mejor, trabaja uno mejor, porque cuando hay más gente se arman a veces las polillas [...]; cuando hay más gente pues sí se pone a veces más difícil, así es en todos los trabajos, pero pues ahí como éramos poquitos pues todos nos llevábamos bien (H11).

Otro, de 46 años, que trabajó en Carolina del Norte entre 1991 y 2006, subrayó esta misma idea "como éramos poquitos, pues, nos llevábamos bien, había buena relación, no había problemas; al contrario uno allá se platica de todo, se ve como hermano" (H6). La misma alusión a esta situación de fraternidad dentro del grupo de pares se repite en el discurso de los contratados con visas H–2A que trabajan en ranchos pequeños, donde hay pocos jornaleros empleados y ninguno es indocumentado.

Allá no hay envidias ni nada de eso, porque pues todos andamos igual (H8).

Allá uno se ve como si fuera de la familia, como hermano [...] va uno con personas que son de otros lugares y pues platica con ellos, y se siente uno como si los conociera desde hace mucho tiempo (P1).

Allá uno se ve como hermano (SC2).

Uno trata de llevarse bien, y pues gracias a Dios no he tenido problemas, será que pues allá uno se ve como hermano, uno va allá con el mismo objetivo, va a trabajar, entonces pues por eso (V9).

 

Conclusiones

El "aislamiento social" constituye la antítesis del "capital social", concepto que hace referencia a la inserción del individuo en redes u otras estructuras sociales; el primero implica la erosión de las esferas y soportes relacionales del individuo. La ausencia de interacción recreacional, el aislamiento geográfico y el rompimiento de la urdimbre social son los elementos más característicos del aislamiento social. Este problema, que afecta a los trabajadores de Ta–maulipas que laboran en Estados Unidos con visas H–2A, se deriva de una situación de encerramiento en los lugares de trabajo, y se manifiesta en la afloración de conflictos como resultado de niveles elevados de estrés, causados por la soledad y la ausencia de soportes relacionales.

Los jornaleros tamaulipecos permanecen en los campos agrícolas durante la temporada que pasan en EE UU; periodo que por lo general no supera los seis meses; pero es suficiente para generar lo que ellos denominan "la tensión del encierro". Los de más edad tienen más temor a perder sus empleos, ya que los empleadores prefieren a los más jóvenes; buscan ahorrar la mayor parte de su salario, y optan por quedarse en los ranchos para no gastar. Los más jóvenes, que lamentan la falta de espacios recreativos, sufren más el encerramiento. La mayor parte de los entrevistados afirmó que trabajaba de lunes a sábado y, en ocasiones los domingos, durante jornadas de diez horas o más. Como consecuencia, los espacios de ocio y esparcimiento son prácticamente inexistentes.

Este aislamiento en los campos agrícolas, la larga separación de la familia y amigos, la soledad, la débil interacción social y la falta de tiempo de esparcimiento incrementan los niveles de estrés y hacen que los jornaleros se tornen irascibles. Como consecuencia, son frecuentes las discusiones, disputas y los conflictos entre ellos. La situación es tan tensa que cualquier chispa; que unos trabajen más aprisa, o que envíen más remesas que otros se convierten en excusas que ocasionan un conflicto. Aunque los más experimentados están atentos para contener y ocultar estas actitudes, porque los empleadores no toleran las disputas.

Los campos agrícolas donde los trabajadores H–2A trabajan junto con jornaleros indocumentados son especialmente difíciles. En EE UU, más de la mitad de la mano de obra asalariada empleada en el sector agrario es ilegal; por lo tanto, es frecuente que en un mismo rancho laboren individuos con contratos H–2A y otros sin documentos. En estos espacios, los últimos envidian a los primeros porque su empleo es más estable y reciben salarios más elevados; pero, al mismo tiempo, los primeros envidian la libertad de los últimos para abandonar a un patrón si otro les ofrece mejor pago. Las dificultades son más comunes en las explotaciones donde los indocumentados son mayoría. Muchos empleadores contratan trabajadores H–2A para asegurar un volumen suficiente de mano de obra, cuando las necesidades laborales son más elevadas; es por ello que los indocumentados ven a los trabajadores huéspedes como una amenaza, ya que cuando disminuya la demanda de mano de obra de ellos sí se puede prescindir, y a quienes tienen una visa H–2A no se les puede despedir.

En la medida en que las explotaciones agrarias emplean a un mayor número de jornaleros con estatus legal diferente, los conflictos serán más frecuentes. Por el contrario, en aquéllas donde hay menos, éstos constituyen un grupo más homogéneo y todos recibieron visas H–2A, predomina un mejor clima laboral. Aquí, la urdimbre social es más densa y los soportes relacionales tienen cimientos más sólidos. En estos ranchos pequeños, donde todos se conocen, impera una relación de amistad y camaradería. Aunque el sector agrario estadounidense se caracteriza por un predominio de la agricultura a gran escala.

 

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Anexo

 

Notas

1 Agradezco a la UAT el apoyo para realizar esta investigación, a través del proyecto "Migrantes rurales tamaulipecos y el programa H–2A de trabajadores huéspedes" (convenio número: UAT–07–8–SOC–0114).

2 En los dos últimos años, las aprehensiones realizadas por la Patrulla Fronteriza se han reducido hasta cifras no alcanzadas desde los años setenta. Esta caída en la inmigración ilegal se atribuye a la crisis económica y a un control fronterizo más eficiente (Wasem 2010, 5); aunque el factor que durante los últimos dos años está pesando más sobre la decisión de emigrar de muchas personas, que no tienen documentos, es la inseguridad del lado mexicano de la frontera, debido a que ha sido tomada por los grupos delictivos.

3 En la agricultura, los salarios mínimos constituyen los máximos "de facto". Muy pocos ofrecen salarios superiores al mínimo; lo que es más usual es que sean inferiores a los mínimos establecidos. Por lo tanto, un trabajador H–2A que recibe un salario mínimo es más caro que un indocumentado, cuyos salarios no llegan al mínimo, o que uno local, que obtiene el mínimo y ningún aporte económico por concepto de alojamiento y transporte.

4 Los empleadores se valen de las recomendaciones de sus mejores jornaleros para reclutar a otros; buscan mano de obra que se ajuste al perfil de trabajadores rurales jóvenes, fuertes y experimentados en la labor agraria; pero también esperan que sus empleados se ajusten a un código no escrito de conducta moral, que incluye no tomar bebidas alcohólicas. Durante los días laborales no se les permite ingerir alcohol; sin embargo, es frecuente que lo tomen en los de asueto. Aunque, muchos de los entrevistados insistían en que nunca tomaban alcohol, y criticaban a quienes sí lo hacían, ya que esto contradecía las recomendaciones de los empleadores.