SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.23 número5050 en 22, región y sociedad un ciclo que reiniciaEl trabajo flexible y la poca inversión en la educación de las mujeres en la frontera México-Estados Unidos índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.23 no.50 México ene./abr. 2011

 

Documentos

 

La comunidad académica y sus medios: la consolidación de una revista de ciencias sociales

 

Oscar F. Contreras*

 

* Profesor–investigador del Departamento de Estudios Sociales de El Colegio de la Frontera Norte. Fue director de región y sociedad de 1997a 2001. Correo electrónico: ocontre@colef.mx

 

Introducción

Con la aparición de su número 5 0, la revista región y sociedad llega a esta cifra emblemática convertida en una de las publicaciones académicas más consolidadas e influyentes de las ciencias sociales en México. Hoy en día es una publicación estable, puntual, con procedimientos de arbitraje rigurosos, con presencia amplia en el mundo académico no sólo de la región noroeste sino de todo México, y con una participación creciente de autores y lectores de otros países.

Pero tal logro no es obra del azar, y esta celebración resulta propicia para esbozar algunas reflexiones en torno a las características, limitaciones y desafíos de las ediciones especializadas en ciencias sociales, el instrumento más importante para la comunicación del trabajo académico en la actualidad.

 

Revistas académicas

Las publicaciones de ciencias sociales forman parte de una de las tradiciones más acendradas del mundo académico, una práctica que se remonta al siglo XVII, cuando aparecieron las primeras revistas científicas en Francia e Inglaterra. Desde sus inicios, se han caracterizado por ser instrumentos creados y sostenidos por las comunidades científicas, para disponer de medios de comunicación y debate en determinados campos disciplinarios. No se trata de medios de difusión masiva, ni de fuentes de divulgación político–ideológica, ni siquiera de plataformas para promover soluciones a los problemas técnicos o sociales, sino de espacios regidos por normas de argumentación y validación del conocimiento especializado que las propias comunidades aceptan como legítimas, destinados a publicar resultados de investigaciones académicas y dirigidos en principio a un público de pares, no al público en general.

En ese sentido, las revistas forman parte de la infraestructura de comunicación, y en última instancia del propio acervo intelectual de las comunidades académicas que las producen y consumen. Operan en medios específicos a través de una trama de autores, lectores y estructuras de distribución, y en esa medida constituyen una expresión de las características e intereses, los alcances y limitaciones de las redes académicas y temas que las nutren. En la medida en que lo hacen así, las revistas se convierten en referentes fundamentales para los investigadores profesionales y, más en general, para los académicos especializados. Esto opera al menos en dos sentidos: por una parte, su política editorial define el tipo de materiales susceptibles de ser publicados (desde el punto de vista de los autores), así como de los temas, teorías y debates que pueden encontrarse en ellas (desde el punto de vista de los lectores), y por otra los propios autores y lectores establecen una jerarquía de prestigios; es preferible publicar en algunas revistas y no en otras, es más reconocido hacerlo en x que en z.

Las revistas de ciencias sociales comparten con las de ciencias exactas o naturales su condición básica de ser instrumentos de las comunidades científicas, regidos por normas académicas, y valorados por la relevancia de los materiales publicados dentro de campos especializados del saber, a pesar de las muchas y a veces drásticas diferencias entre ellas. Y aunque en muchos casos existe una relación clara entre la utilidad social o económica del conocimiento y su relevancia cognoscitiva, especializada y disciplinaria, en principio es esta última la que define el valor de la producción académica. En este sentido, como afirma Fernando Castañeda (2004), las ciencias sociales constituyen un discurso especializado, profesionalizado, que delimita su identidad respecto de otros saberes cuando se transforma en un discurso de pares, es decir, dirigido en principio a un público de expertos.

Esos públicos expertos están conformados sobre todo por los integrantes de las agrupaciones científicas, académicos y profesionales en proceso de formación. Y aunque la delimitación de este colectivo puede resultar vaga o problemática, lo cierto es que tanto por el uso del lenguaje como por los supuestos epistémicos del discurso, no se trata de un público abierto. Si bien algunos lectores no expertos suelen consultar estas revistas en busca de información u orientación en sus ámbitos respectivos, y ciertamente muchos se podrían beneficiar, en principio son los interlocutores expertos quienes establecen la validez y relevancia de lo publicado.

Al utilizar el marco conceptual de la teoría de la acción comunicativa, Giróla y Zabludovsky (1991) afirman que una comunidad científica se caracteriza por la interacción de un grupo de personas en torno a la producción e intercambio de conocimientos relativos a una o más disciplinas científicas. Tales interacciones operan en el marco de un conjunto específico de reglas y valores, es decir, mediante un tipo de acción regulada por normas, y están guiadas por propósitos referidos a problemas científico–cognoscitivos, esto es, por una acción estratégica; ello supone el desarrollo de escenarios, equipamientos y lenguaje propios (acción dramatúrgica), lo cual involucra la existencia tanto de mecanismos de comunicación y entendimiento para lograr consenso (acción comunicativa), como de conflictos y luchas intra y trans–comunitarios (acción política, relaciones de poder). Las revistas académicas, si bien constituyen sólo una de las múltiples expresiones de la comunidad científica, sin duda comparten esta caracterización en tanto que son el medio de comunicación principal y uno de los vehículos más importantes de conformación de las identidades intelectuales y consolidación de las trayectorias profesionales para los académicos de las ciencias sociales.

Ricardo Pozas (2010) argumenta en un artículo erudito y vehemente que en ciencias sociales la identidad disciplinaria y la tradición intelectual están contenidas principalmente en los libros de autor, no en los artículos de revistas, y que las presiones "productivistas" actuales para publicar en revistas arbitradas atentan contra la creatividad y la innovación en las ciencias sociales. Pero tal vez esta crítica no habría que focalizarla en el medio sino en el modo; a final de cuentas, hoy en día los estantes de nuestras bibliotecas también se desbordan de libros de ocasión, ensamblados y publicados para salir al paso de la urgencia de puntos en la evaluación anual, trienal y quinquenal. Y así como hay obras clásicas que marcan hitos en la tradición intelectual de una disciplina, también hay artículos clásicos que se convierten en referencias obligadas y revistas paradigmáticas, que resultan imprescindibles para algunos campos del saber.

 

La transformación de región y sociedad

Una viñeta de lo que era región y sociedad a fines de la década de 1990 podría dar una idea de lo que significó su transformación en una revista profesional e influyente pocos años después. En el no tan lejano 1997 su nombre era Revista de El Colegio de Sonora, un título que no reflejaba un tipo de intereses temáticos o línea editorial; tenía un año y medio de retraso respecto de la fecha de portada, y el comité editorial no había sesionado en un año, en buena parte porque no había materiales suficientes con qué trabajar, pues para armar el número siguiente sólo había tres artículos sometidos. Pero los problemas eran un poco más de fondo, en realidad la revista carecía de una rutina establecida, no contaba con normas ni procedimientos explícitos para su funcionamiento adecuado. Por ejemplo, no existía una dirección formal, el Departamento de Difusión recibía los pocos artículos que se sometían para publicación, y era su personal quien se encargaba de enviarlos a evaluar. Un resultado de esta laxitud era que la revista no generaba gran interés entre los académicos para publicar ahí sus trabajos. Pero tampoco en los lectores potenciales: no tenía un solo suscriptor, se distribuían 38 ejemplares por intercambio bibliotecario y el resto se exponía en ferias del libro y se regalaba a los visitantes de El Colegio.

Es importante mencionar todo esto para dar una idea vaga del esfuerzo que significó remover las inercias académicas y administrativas en las que se encontraba empantanada la revista, y además hacerlo en condiciones adversas. Por un lado, sin contar con recursos para ello, pues nadie parecía dispuesto a invertir en una publicación agonizante, y por otra parte en medio de un desinterés y fatalismo paralizantes, pues no pocos se resistían a concederle posibilidades para llegar a trascender su entorno inmediato.

Sin entrar en detalles acerca del proceso, conviene mencionar que la estrategia de transformación se basó en tres frentes: a) explicitar una política editorial que dotase a la revista de una identidad académica y temática, con una orientación flexible pero clara hacia los estudios regionales con énfasis en el carácter analítico y cosmopolita de la noción de "región". Es decir, no se especializaría en Sonora sino en investigaciones de ciencias sociales donde la dimensión regional tuviese un lugar prominente, y en la discusión de problemas teóricos y metodológicos relacionados con el ámbito territorial de los procesos sociales; b) establecer normas y procedimientos rigurosos para recibir, dictaminar y procesar los materiales, para garantizar que los trabajos pasaran por una evaluación rigurosa por parte de otros expertos (en una dictaminación tipo "doble ciego"), pero también que los autores tuvieran la certeza de que todas sus propuestas recibirían un acuse de recibo, una respuesta formal del resultado de la evaluación, y en su caso la publicación de sus materiales, todo ello en plazos razonables y c) utilizar las redes académicas para conseguir materiales originales de autores relevantes, como punto de partida, para posicionar a la revista ante la comunidad de las ciencias sociales, y generar interés tanto entre autores como lectores.

A pesar de las muchas tensiones internas que esto ocasionó, la estrategia dio resultados pronto. Para fines de 2002, región y sociedad aparecía puntualmente según la fecha de portada; contaba con una cartera de 120 dictaminadores expertos, procedentes de más de 50 instituciones mexicanas y extranjeras; se había incrementado de manera sustancial el número de lectores, suscriptores y puntos de venta, y se había logrado un interés evidente entre los autores, al grado de que su aparición pasó de semestral a cuatrimestral para dar salida a la cantidad creciente de materiales recibidos; tenía dictaminados o en proceso de serlo todos los artículos correspondientes a los tres números siguientes (tenía todos los materiales que se publicarían durante un año), y había sido aceptada en el índice de Revistas Mexicanas de Investigación Científica y Tecnológica.

Independientemente de la posible pertinencia de la estrategia adoptada, estos resultados se obtuvieron también gracias a la enorme cantidad de trabajo, contabilizado en meses y años, invertido por parte de un grupo muy reducido de personas, que sin recibir compensación económica alguna, se dedicaron con entusiasmo y perseverancia a estas tareas. Entre ellas, alguien que merece un reconocimiento especial es Rosario Ozuna, la asistente editorial que desde entonces, con su presencia discreta y eficiente, se ha encargado de dar continuidad a la revista y vigilar con meticulosidad su calidad.

Sin duda es difícil valorar el significado de este tipo de procesos cuando se les observa desde los estándares de las grandes instituciones, que cuentan con un presupuesto adecuado para publicaciones, disponibilidad de personal especializado en este campo, normas editoriales aceptadas por la comunidad académica y públicos relativamente bien definidos.

 

Un balance somero de los últimos diez años

Una mirada a la labor editorial de la revista durante los últimos diez años arroja un resultado bastante alentador. Si se consideran los materiales incluidos desde el número 19 (enero–junio de 2000) hasta el 48 (mayo–agosto de 2010) se publicaron 197 artículos (sin considerar reseñas ni notas críticas).

Un dato relevante es que de ese total sólo una cuarta parte (51) corresponde a autores de Sonora, y otra cuarta parte a otros que trabajan en algún estado del noroeste de México (véase figura 1). Es decir, no se trata de una revista endogámica, que sólo publica a los autores de casa, sino que ha generado una red amplia de académicos interesados en todo el noroeste de México. Pero quizá igual de importante es el hecho de que otro 40 por ciento de los artículos (80) corresponde a autores de instituciones localizadas en otras regiones, y un número aún modesto pero significativo (16) proviene de otros países. Cabe destacar que esta distribución es producto de la propia presencia de la revista en los medios académicos nacionales e internacionales y no de un fenómeno inducido, pues a diferencia de aquellos números en los que se tenía que pedir a ciertos investigadores que cedieran alguno de sus trabajos para mejorar su calidad y visibilidad, durante toda esta década la afluencia de artículos ha dejado de ser un problema, y ahora suele serlo más bien el exceso de materiales sometidos.

Un fenómeno cada vez más frecuente en las ediciones de ciencias sociales es la coautoría, lo que refleja la existencia de redes de colaboración y proyectos colectivos. En región y sociedad es muy común la publicación de trabajos en coautoría; los 197 artículos aparecidos durante la década fueron escritos por 375 personas, con un promedio de 1.9 autores por artículo. Entre ellos, hay un claro predominio de hombres, con 70 por ciento del total.

En cuanto a la distribución temática, destacan por el número de artículos publicados los temas siguientes: a) desarrollo regional y estudios urbanos (17.8 por ciento); b) organización de la empresa, tecnología e innovación (10.2); c) agricultura y desarrollo rural (9.6) y d) empleo, mercados de trabajo, relaciones laborales (9.1). Esta clasificación es un tanto arbitraria, debido a la gran diversidad de enfoques, metodologías y matices temáticos de los casi 200 artículos. Una revisión de los resúmenes de estos trabajos parece mostrar que, en realidad, en los temas de los incisos "b" y "d" se puede hablar de la convergencia de una red académica identificable y relativamente cohesionada, lo que en grado menor también ocurre en los de "a" y "c"; por su parte, aunque en historia regional y salud pública los trabajos publicados son menos, también muestran la frecuentación de la revista por parte de redes académicas identificables.

De manera que hay un buen balance en relación con la procedencia de los autores, así como una cierta consistencia temática que refleja la convergencia de redes académicas activas (o "colegios invisibles"), que han convertido a esta revista en uno de sus espacios de expresión. Pero también en cuanto al número de lectores el panorama ofrece motivos para un optimismo razonable. De acuerdo con el portal de la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal (REDALYC) , entre 2007 y 2010 región y sociedad tuvo 279 776 visitas, con un promedio de 8 168 descargas de artículos por mes. Entre las publicaciones editadas en el norte de México, sólo la supera Frontera Norte con 345 545 visitas en el mismo lapso, pero la comparación con otras de su tipo en la región es más que favorable: Estudios Sociales, del Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, tiene 134 752; Estudios Fronterizos, de la Universidad Autónoma de Baja California, 85 754 y Sociotam, de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, con 84 482. Sin embargo, los datos no sólo son favorables en relación con revistas del norte de México, sino en general con las de ciencias sociales del país. Considérese, por ejemplo, el caso de Estudios Demográficos y Urbanos, con 223 365 visitas, y Estudios Sociológicos con 120 895, dos de las de mayor tradición y prestigio, publicadas por El Colegio de México (REDALYC 2010).

Del total de descargas de región y sociedad, 50.3 por ciento fueron desde México, 15.1 desde otros países de América Latina, 8.3 desde Estados Unidos y Canadá, 4.5 por ciento desde Europa y el resto desde otras naciones o lugares no definidos.

En resumen, la distribución regional de autores y los contenidos temáticos de los artículos incluidos en la última década muestran que región y sociedad se ha convertido en un referente importante para una red amplia de investigadores, colegios invisibles que se extienden más allá del noroeste de México, hacia otras regiones y países; por su parte, las descargas en internet reflejan su presencia creciente entre públicos especializados de México y de otros países, al grado de ser en la actualidad una de las revistas mexicanas más consultadas en el campo de las ciencias sociales.

 

Conclusión: los desafíos hacia el número 100

Los datos del apartado anterior muestran a región y sociedad, que llega a su número 5 0, como una de las revistas más influyentes en México. Este es un logro institucional que sin duda merece ser valorado y preservado. Pero también plantea interrogantes y desafíos para el futuro: ¿se conformará con lo logrado en estos diez años, y pretende llegar a su número 100, en 2027, como un ejemplo de solidez académica y editorial en las ciencias sociales mexicanas?

Sin duda las normas impuestas por el índice de Revistas Mexicanas de Investigación Científica y Tecnológica han tenido un efecto positivo en las publicaciones académicas del país, al establecer un piso básico de reglas y procedimientos estandarizados para asegurar un cierto nivel de calidad. Pero, además de ese piso básico, que garantiza el acceso al índice, subsisten algunos problemas endémicos, uno de ellos, y no el menor, es la ausencia de una verdadera política editorial capaz de ir más allá de la verificación de los requisitos formales de aceptación de los artículos y del arbitraje entre dictámenes incompatibles; otro, muy ligado con el anterior, es la práctica de "rotar", ya sea mecánicamente o por razones políticas, la dirección de las revistas, sin tomar en cuenta las capacidades académicas, la experiencia editorial y el desempeño de los directores.

Por lo general, las revistas mexicanas de ciencias sociales aceptan los materiales que van llegando, con tal que satisfagan las reglas formales y obtengan un par de dictámenes favorables; pero incluso dentro de esta función casi administrativa hay grados de exigencia, pues aun en los casos en que existe un buen proceso de dictaminación, pocas veces hay un buen seguimiento de las correcciones. Más allá de eso, sería inusual encontrar un editor que sea capaz, por ejemplo, de manejar con flexibilidad la "fila" de trabajos en espera de ser publicados, para armar números que tengan mayor coherencia y oportunidad; hacer recomendaciones sustantivas a los autores para mejorar la pertinencia de los artículos desde el enfoque de la revista; solicitar trabajos por encargo, para incidir en las grandes polémicas disciplinarias e intelectuales; promover debates y réplicas de un número a otro, o participar con oportunidad en los grandes temas de interés público con artículos que desde el rigor académico sean capaces de replantear y alimentar esos debates.

En un ensayo autobiográfico afilado, Jon Elster (1997) compara las culturas académicas de Estados Unidos y Francia, entre las cuales transcurrió parte de su formación y de su obra. En Estados Unidos, dice, el sistema funciona como un mercado; en un entorno de gran vigor intelectual, crítica enérgica y crudeza conceptual, la regla básica consiste en "publicar o morir". En cambio el de Francia es un régimen feudal, con sus señores y vasallos que trabajan en un entorno de mayor conciencia histórica y sofisticación conceptual, pero con buena parte de la energía dedicada a conseguir padrinazgos y cultivar el oscurantismo.

Los juicios de Elster pueden estar equivocados, pero invitan a preguntar: ¿cómo podemos caracterizar nuestra propia cultura académica? Independientemente de cómo la definamos, habría que empezar por asumir que en buena medida el futuro de las comunidades, las redes y las publicaciones no depende del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología o de las conspiraciones neoliberales, sino de las prácticas cotidianas de los académicos, de los proyectos que sean capaces de emprender y concretar, de las reglas y valores que puedan impulsar. Un buen ejemplo de ello es región y sociedad, de El Colegio de Sonora.

 

Bibliografía

Castañeda, Fernando. 2004. La crisis de la sociología académica en México. México: Universidad Nacional Autónoma de México–Miguel Ángel Porrúa.         [ Links ]

Elster, Jon. 1997. Egonomics. Barcelona: Gedisa.         [ Links ]

Girola, Lidia y Gina Zabludovzky. 1991. La teoría sociológica en México en la década de los ochenta. Sociológica 6 (15): 11–63.         [ Links ]

Pozas, Ricardo. 2010. La textualidad en las ciencias sociales: revistas o libros, inédito.         [ Links ]

REDALYC. 2010. Sistema de Información Científica REDALYC. http://redalyc.uaemex.mx/ (12 de noviembre de 2010).         [ Links ]