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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.22 no.49 México sep./dic. 2010

 

Reseñas

 

Mario Alberto Velázquez García (2009), Las luchas verdes. Los movimientos ambientalistas de Tepoztlán, Morelos, y el Cytrar en Hermosillo

 

María Amalia Gracia*

 

Sonora, Hermosillo, El Colegio de Sonora, 543pp.

 

* Profesora–investigadora del Centro de Estudios del Desarrollo de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: mgracia@colson.edu.mx

 

De qué manera y en qué contextos históricos los sujetos ponen en marcha una serie de prácticas, y cuáles son los motivos para emprender acciones colectivas que pueden implicar costos individuales altos, constituyen algunos de los interrogantes que ocupan a las ciencias sociales desde sus albores. Aun cuando estuvieron presentes en las perspectivas clásicas de algunas disciplinas, desde mediados de la década de 1970 se fue gestando en la teoría social contemporánea un campo de estudio autónomo y consolidado, cuando las investigaciones fueron desafiadas por un coro polifónico de movimientos y organizaciones sociales, que surgían en latitudes diversas y cuyas acciones colectivas ya no podían explicarse con criterios clásicos de análisis, como el de conducta desviada de masa o de clase social. En fecha más reciente, una serie de movimientos globales, influidos profundamente por el zapatista en México, centraron su protesta y discurso político en los rasgos de exclusión social del neoliberalismo, y han vuelto a confrontar nuestras herramientas analíticas y a estimular preguntas en torno a su magnitud y significado, así como sobre el tipo de actores y sentidos emergentes.

El aporte del libro de Mario Alberto Velázquez García debe valorarse dentro de este campo, y como parte de los debates e investigaciones gestadas desde hace más de tres décadas en América Latina y México, motivados por conflictos, luchas y protestas surgidas a partir de las consecuencias sociales, políticas, económicas y culturales de la desarticulación de las instituciones que regularon el modelo de desarrollo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI), y pusieron en primera plana el problema de la cohesión social. En estas luchas fueron surgiendo actores —como las mujeres, las minorías sexuales, los grupos ambientalistas, los indígenas, los de pobladores urbanos y los nuevos campesinos, entre otros— que ya no buscarían cambiar el orden capitalista, sino que propiciarían concepciones diferentes de ciudadanía al multiplicar escenarios públicos en los que se resignifica la exclusión sociocultural, ambiental, de género, étnica y económica, no sólo la política (Álvarez, Dagnino y Escobar 1998).

En Las luchas verdes se presentan y comparan dos protestas convergentes en torno a la problemática ambiental, ocurridas antes de la denominada transición democrática, durante el sexenio del presidente Ernesto Zedillo (1994–2000), en ciudades mexicanas con tradiciones sociales, culturales y políticas muy diferentes. Una tuvo lugar en el noroeste del país, en Hermosillo, Sonora, cuando se hizo público un derrame de desechos contaminados del Centro de Tratamientos de Residuos (CYTRAR), situado cerca de la ciudad. La protesta culminó con el cierre de la planta. La otra comenzó como defensa de la identidad local representada por el cerro del Tepozteco, en Tepoztlán, Morelos, y para 1995 llegó a ser una de las manifestaciones ambientalistas más importantes de México con la toma de la localidad, a partir de la oposición de los habitantes a la construcción de un complejo turístico en tierras pertenecientes al ejido.

Entre las contribuciones de los enfoques nuevos para pensar la acción colectiva y los movimientos sociales, la investigación sobre la que se basa el libro recoge muy bien uno de sus principios teórico–metodológicos clave; al analizar las protestas, el autor asume cabalmente lo que Alberto Melucci llama sistema de acción multipolar, pues no supone la presencia de objetos concretos y terminados sino que reconstruye las acciones en sus orientaciones y actores múltiples, y muestra cómo buscan redefinir lo fundamental en la sociedad sin soslayar la tensión constante que las recorre.

Los actores, grupos y redes que participaron en estos movimientos sociales no surgieron de la nada, Velázquez los considera como "interacciones complejas que sólo se entienden en una historia político–social cultural que incluye a anteriores acciones colectivas del mismo tipo" (p. 343). Fiel a esta posición, el texto historiza y documenta la evolución de los grupos y movimientos internacionales, latinoamericanos, mexicanos y locales en torno a la temática ambiental y las posturas que fueron adoptando los gobiernos, lo cual brinda al lector una perspectiva general que le permite comprender la emergencia y construcción de lo ambiental, como problemática pública sujeta a disputa por distintos actores sociales.

En América Latina se analizaron las numerosas movilizaciones, surgidas desde principios de los años ochenta, predominantemente desde los nuevos movimientos sociales (NMS),1 uno de los enfoques principales para explicar la acción colectiva. El aporte de Las luchas verdes en este sentido es la utilización de la teoría de movilización de recursos (TMR), la otra gran perspectiva en el campo de la sociología de la acción colectiva, complementada con la de oportunidades políticas (OP),2 teorías mucho menos utilizadas en el horizonte latinoamericano y que surgieron en Estados Unidos como crítica al estructural–funcionalismo.

Para seguir esta tradición teórica, Velázquez define los movimientos como un "proceso de desafío a la autoridad de largo aliento que cuenta con alguna forma de organización interna así como con recursos materiales y simbólicos" (p. 19). Esta forma de considerar a los movimientos sólo como acciones de protesta visibles y contenciosas que se formulan frente al sistema político es cuestionable, en tanto no logra captar expresiones más cotidianas que no salen a la luz y que sin duda son fundamentales, si se quiere mostrar que la acción colectiva constituye una herramienta privilegiada para dar cuenta de la estructuración de la realidad social.

Pese a lo anterior, la forma en que se articulan las categorías hace que el texto arribe a resultados muy buenos. La combinación solvente y novedosa del marco teórico, con un trabajo empírico original y crítico, logra resignificar los esquemas analíticos aplicados en otros contextos sociales y aportar elementos no considerados hasta entonces, como el papel polisémico que en México adquieren las demandas, los juicios y los tribunales en la contienda ambiental, así como el lugar fundamental que ocupa en el contexto latinoamericano la represión ejercida por el sistema político hacia los movimientos y acciones colectivas, que en México se ha ido modificando y refinando.

Asimismo, la inclusión en el marco teórico de una perspectiva como la de Berger y Luckman permite mostrar los medios y recursos principales utilizados para que lo ambiental se construya como un problema reconocido en forma oficial. En esta construcción destaca la particularidad adquirida por los movimientos ambientales en tanto apelan, de manera privilegiada a la ciencia, es decir, al saber hegemónico en el mundo contemporáneo, por lo que resulta crucial la participación y el apoyo de científicos expertos, para ganar batallas en este campo.

Las protestas ambientales desplegadas en Hermosillo y Tepoztlán se inscriben en un nuevo repertorio de confrontación,3 y como tales muestran puntos de quiebre e inflexión respecto a las movilizaciones otrora protagonizadas y articuladas por un actor central, como los movimientos obrero o campesino. Para que el nuevo repertorio pudiera ponerse en juego y los grupos confrontaran a autoridades que cada vez más ubicaban a la problemática ambiental como un tema técnico asequible sólo para expertos, debieron contar con recursos4 legales, acceso a los medios de comunicación, apoyo de expertos y con oportunidades políticas5 que, en el caso de CITRAR, residieron sobre todo en la falta de coordinación de las jurisdicciones gubernamentales. Con todos estos recursos y oportunidades pudieron emprender acciones tanto discursivas como de otro tipo que, sin embargo, fueron en esencia defensivas, en tanto buscaron resguardar sus condiciones de vida. En ambos casos se logró impedir los actos que se visualizaban como amenazas, pero en ninguno se pudo proyectar acciones para enfrentar otros problemas ambientales como la deforestación en Tepoztlán (aunque sí se han formado diversas organizaciones ambientalistas a raíz del conflicto), o los derivados de la vigilancia de los desechos que, debido a las condiciones del cierre de la planta de Hermosillo, han quedado en suspenso en tanto nadie puede tocarlos y darles el procesamiento requerido para su conservación.

Uno de los aportes principales para la perspectiva en la que se inscribe este texto es haber considerado los procedimientos legales como un recurso de los movimientos y de los actores del conflicto, y no sólo como un medio del gobierno para reprimir. En forma análoga a la tendencia mundial manifiesta en las acciones ambientales, los casos analizados muestran cómo la protesta se exterioriza en la calle y también a partir de una cruzada legal en los tribunales en reportes, informes técnicos e investigaciones.

Por otro lado, las leyes no sólo fungen como incentivos y penas para defender los intereses de los actores sino que constituyen marcos de significados culturales, que pueden erigirse en una fuerza moral con gran legitimidad social para utilizarla contra el gobierno cuando no se cumplan las normas.

Como propuesta analítica y a diferencia de otros abordajes que las escinden, en Las luchas verdes se vinculan las acciones de protesta con las organizaciones de la sociedad civil sobre el medio ambiente, en tanto ambas democratizan las sociedades donde se desarrollan y además comparten a sus miembros y el conocimiento de expertos en temas ambientales. En este sentido, aun si se parte de un concepto de movimiento restringido a la acción contenciosa, que circunscribe lo político al sistema político al efectuar la articulación mencionada, se amplía su campo de acción.

Asimismo, al incluir los procesos simbólicos e identitarios, el libro capta muy bien las protestas en Hermosillo y Tepoztlán como agentes de producción cultural y a los códigos (imágenes, signos y leyes, entre otros) como herramientas fundamentales, para que sus puntos de vista puedan alcanzar visibilidad, como en el caso de la identidad del pueblo de Tepoztlán, cuyo origen indígena dejó de ser un motivo de discriminación, para transformarse en un elemento unificador, de celebración y reconocimiento, en sintonía con lo que en ese momento había puesto sobre la mesa el discurso zapatista en Chiapas.

 

Bibliografía

Álvarez, Sonia E., Evelina Dagnino y Arturo Escobar (editores). 1998. Culture of Politics. Politics of Cultures. Revisioning Latin American Social Movements. Colorado/Oxford: Westview Press.         [ Links ]

Berger, Peter L., y Thomas Luckman. 1996. La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu.         [ Links ]

Tarrow, Sidney. 1997. El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Madrid: Alianza Editorial.         [ Links ]

Tilly, Charles C. 1995. Contentious Repertoires in Great Britain. En Repertoires and Cycles of Collective Action, editado por Mark Traugott. Durham y Londres: Duke University Press.         [ Links ]

Touraine, Alan. 1995. La producción de la sociedad. México: Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México/IFAI/Embajada de Francia.         [ Links ]

 

Notas

1 Esta perspectiva surgió del horizonte europeo como una crítica al modelo marxista de interpretación. Para los teóricos enrolados en esta corriente, los movimientos no constituyen un cuestionamiento marginal al orden sino que representan una "fuerza productora de la sociedad", y esto los lleva a insistir en la "novedad" de los de tipo social de los años sesenta y setenta con respecto a los tradicionales del periodo anterior. Así es como a partir de una metodología de "intervención sociológica", que estudia los procesos confictuales por los que atraviesa la formación de la identidad grupal, los teóricos de esta corriente se dedican a analizar a los actores que, en ámbitos específicos, generan cambios sistémicos. Entonces, la noción de movimiento social no puede comprenderse si sólo se analizan las conductas sociales en el ámbito institucional u organizacional, pues los movimientos sociales producen la sociedad a partir de lo que Touraine llama "sistema de acción histórica" (1995, 239).

2 La categoría nodal para explicar la acción social es la de recurso, definido como cualquier bien o valor que es reconocido y creado, consumido, intercambiado, trasferido o redistribuido en la vida cotidiana. Puede haber recursos materiales o simbólicos que se disputan desde una lógica utilitaria, en tanto este enfoque opera según el supuesto de la acción racional para explicar la movilización.

3 Con esta categoría, el gran historiador y sociólogo Charles Tilly buscaba mostrar que las rutinas aprendidas, compartidas y actuadas por los sujetos poseían cierta regularidad, eran limitadas, podían ser usadas por una variedad de actores –en tanto no se dirigían hacia personas sino a instituciones– y se podía recurrir a ellas en circunstancias diferentes –repertorios flexibles.

4 La categoría nodal de la TMR para explicar la acción social es la de recurso, definido como cualquier bien o valor reconocido y creado, consumido, intercambiado, trasferido o redistribuido en la vida cotidiana. Puede haber recursos materiales o simbólicos, que se disputan desde una lógica utilitaria en tanto este enfoque opera bajo el supuesto de la acción racional para explicar la movilización.

5 Este concepto se define como las "dimensiones congruentes – aunque no necesariamente formales o permanentes – del entorno político que ofrecen incentivos para que la gente participe en acciones colectivas al afectar a sus expectativas de éxito o fracaso" (Tarrow 1997, 155).