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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.22 no.47 México ene./abr. 2010

 

Reseñas

 

Séverine Durin (coordinadora) (2008), Entre luces y sombras. Miradas sobre los indígenas en el área metropolitana de Monterrey

 

Juan Luis Sariego Rodríguez*

 

Monterrey, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, 461 pp.

 

* Escuela Nacional de Antropología e Historia, unidad Chihuahua. Correo electrónico: jsariego@ch.cablemas.com

 

Entre luces y sombras presenta, con indudable actualidad y de forma original, un panorama amplio de la situación de los indígenas que han llegado a la mancha urbana de Monterrey en las últimas décadas, algunos para instalarse definitivamente y otros de forma intermitente y temporal. Se retratan sus formas de inserción al mercado laboral de esta gran urbe, en el trabajo doméstico, el comercio ambulante y de artesanías, es decir, en la industria de transformación y los servicios. Se examinan también sus formas de asentamiento en colonias, barrios periféricos y centrales, y se pone especial cuidado a la hora de entender las modalidades diferenciadas de asentamiento y ocupación de las familias según su grupo étnico.

En la actualidad, cerca de treinta mil indígenas habitan en el estado de Nuevo León, y casi 90 por ciento de ellos en el área metropolitana de Monterrey (AMM), conformada por los municipios de San Pedro Garza García, Guadalupe, Escobedo, Apodaca, Santo Tomás, Santa Catarina, Juárez y Monterrey. Aunque, en conjunto hablan más de cuarenta y dos lenguas, predominan los nahuas, huastecos y otomíes, pero también hay mixtecos, zapotecos, mazahuas y huicholes.

Esta afluencia ha provocado que varias metrópolis del país, entre ellas, Monterrey, se estén convirtiendo a un ritmo cada vez más acelerado en urbes étnicamente multiculturales y diversas. No olvidemos que algunos analistas, como ArturoWarman (2001), estimaban hace ocho años que el área metropolitana de la Ciudad de México constituía ya la mayor concentración indígena del país, quizá con más de trescientas mil personas y también que era probable que la segunda fuera Los Ángeles, California. En efecto, la emigración indígena, correlato vivo del abandono en que están sumidas muchas comunidades en las denominadas regiones de refugio del país, ha traído aparajedo un flujo creciente de habitantes rurales hacia esos polos urbanos. Entre ellos, los indígenas conforman de seguro el sector más invisible, por cuanto su condición étnica tiende a pasar inadvertida a los ojos de los capitalinos de viejo arraigo. En ocasiones, sólo su ocupación como vendedores ambulantes o artesanos los vuelve visibles; en cambio a ellas, su trabajo como empleadas domésticas dispersas en las viviendas y barrios de la alta sociedad las convierte en personas indiferenciadas dentro del mapa urbano.

Encuentro una novedad significativa en el enfoque metodológico empleado en todos los capítulos del libro, y en relación con otros muchos estudios sobre la migración indígena en las grandes ciudades. En buena parte de la literatura sobre el tema, predominan los enfoques con énfasis en el carácter marginal de los migrantes indígenas en el escenario territorial y laboral de las ciudades. Así, desde los estudios clásicos de Redfield (1941) y Oscar Lewis (1969; 1961) hasta otros más recientes, como el de Adler–Lomnitz (1989), éstos son vistos como seres que viven en las ciudades pero al margen de ellas, bien porque ocupan espacios periféricos semirurales, con la fisonomía propia de los cinturones de miseria, donde la ciudad deja de serlo, o porque desempeñan ocupaciones que ocultan en realidad el desempleo, y resultan marginales y periféricos en el espectro de la economía. Incluso en el debate originario de la antropología urbana en México, Redfield y Lewis polemizaron en torno a la permanencia de los rasgos rurales en inmigrantes, llegando a postular que las vecindades de los tepoztecos en colonias centrales de la Ciudad de México no eran sino una prolongación de las formas de la vida rural, adaptadas a un contexto ecológico y social nuevo. Sin llegar a esos extremos, no pocos de los antropólogos urbanos han proyectado una imagen de los migrantes como sujetos en los límites de la condición urbana e incluso los han estudiado como sujetos semirurales en el corazón o la periferia de las grandes urbes. En muchos de estos trabajos, lo urbano aparece más como un telón de fondo que como condición fundamental de las familias migrantes. Así,ha predominado una antropología en la ciudad sobre una de la ciudad.

En esta obra, en cambio, encuentro que la condición urbana aparece como un rasgo esencial, y por eso el discurso sobre la migración se convierte también en uno sobre la ciudad. Los indígenas que llegan a ella, aunque muchos son invisibles, aparecen como actores sociales insertos en su dinámica: son vendedores ambulantes al lado de los semáforos y cruces peatonales, comercian sus artesanías, se pasean en los parques públicos más emblemáticos de Monterrey, saltan a los titulares de la prensa local y, como es el caso de las trabajadoras domésticas, se emplean en hogares de las colonias residenciales más distinguidas. Incluso, como sucede con los huicholes, su presencia ha despertado entre algunos grupos de regiomontanos una inusitada avidez por acceder a ciertos bienes simbólicos, como las ceremonias de purificación y reconciliación con la naturaleza, que apuntan hacia una recuperación de los orígenes, valores y principios ligados a la mexicanidad, de la que los miembros de este grupo étnico serían un depositario axiomático.

Esta perspectiva metodológica proyecta una imagen de la ciudad no sólo como un escenario, sino sobre todo como una condición fundamental de la identidad de los migrantes indígenas. En suma, me parece un gran acierto el enfoque holista adoptado desde el principio del texto, que trata de verlos sumidos en dinámicas propias derivadas de su condición étnica, pero al mismo tiempo insertos en la urbana. Por tanto, es muy atinado que se haya recurrido a una revisión sistemática de los datos sociodemográficos del AMM para identificar su presencia, tanto en sus asentamientos, como en sus modos de adaptación e integración a la economía.

Si la revisión desagregada de las estadísticas de población de las unidades censales más pequeñas permite a los autores precisar la ubicación en forma congregada, aislada y dispersa y la actividad económica de los indígenas, de acuerdo a su condición y origen étnicos, el uso cuidadoso de las técnicas etnográficas (la observación participante, entrevistas a profundidad, los grupos focales y la revisión sistemática de las notas publicadas en la prensa local) otorgan al estudio una profundidad de análisis tal que permite entender de una forma comprensiva la migración indígena, al mismo tiempo que da voz a sujetos y colectivos implicados en ella.

Al considerar que los indígenas son ya parte de la ciudad, es justificado pensar, como lo plantea este libro, que sus relaciones con otros actores urbanos, en especial con las instituciones públicas de diferentes órdenes, han contribuido a perfilar su identidad como sujetos visibles étnicamente diferenciados, como sucede en particular con los nahuas, huastecos, mixtecos, otomíes, mazahuas y huicholes en el AMM.

En la introducción, y a partir de una revisión de los estudios sobre el tema, tanto entre los migrantes indígenas en México como entre los mexicanos asentados en Estados Unidos, Séverine Durin propone una metodología que combine los enfoques sociodemográficos y antropológicos, para proyectar una imagen global de dicha población en el AMM, que permita entender los procesos de su reproducción. Tras analizar de forma sintética el proceso de construcción de las identidades étnicas, plantea que los indígenas reconstruyen sus sentimientos de pertenencia en las ciudades, a partir de las imágenes que les son devueltas en su cotidianidad y el tipo de relaciones que mantienen con el resto de las personas, pues la identidad étnica es contrastiva y se forja en relación con otros. Desde luego, la dinámica de esta reconstrucción de la identidad pasa por un esquema de desigualdades en el que ellos tienden a ser estigmatizados, incluso objeto de formas variadas de discriminación y racismo. Al retomar los planteamientos de Rosaldo (1991), la autora propone que, así como sucede con la población mexicana en Estados Unidos, también en México y en relación con los migrantes indígenas existe una relación inversa entre ciudadanía e invisibilidad cultural.

Ella concluye que la ciudad es un espacio de construcción de identidades colectivas: los migrantes indígenas las crean y reproducen a través de redes sólidas de parentesco, vecindad, religión y apoyo mutuo para acceder al empleo. Los citadinos arraigados, en algunos casos, también reconstruyen formas nuevas de colectividades simbólicas, en la medida en que se congregan para incursionar, a través de los indígenas, a formas de autoidentificación ligadas a la búsqueda de las raíces profundas de la mexicanidad. Así, tanto las comunidades de origen como las ciudades son el escenario de fenómenos híbridos y como tales inacabados y fluyentes.

La primera parte del libro se refiere al empleo doméstico, en el que se desempeña un número considerable de jóvenes indígenas que llegan a Monterrey. Esta sección contiene tres capítulos; en el primero, "Caracterización sociodemográfica de la población hablante de lengua indígena en el área metropolitana de Monterrey", Durin y Rebeca Moreno plantean un panorama general de la migración indígena en dicha zona sobre la base de tres ejes de análisis: las formas de implantación espacial, la inserción laboral y la condición étnica. Entre las conclusiones más importantes del capítulo destacan las siguientes: a) la emigración indígena hacia el AMM inició en la década de 1970, y se masificó en los años noventa. Se puede hablar de dos grandes grupos, en el más numeroso destacan las empleadas domésticas, en el que predominan las jóvenes encargadas de las labores de la casa (43 por ciento de la población hablante de lengua indígena), en especial nahuas y tenek concentradas en las colonias más adineradas de San Pedro Garza García, Monterrey y Guadalupe; y el otro conformado por los comerciantes; b) el trabajo ambulante no es el empleo predominante; ocupa el séptimo lugar, con superioridad de mixtecos, otomíes y mazahuas. Corresponde a la etapa posterior al empleo doméstico en el ciclo de vida de una familia. Entre los comerciantes ambulantes la escolaridad es baja e impera el empleo infantil; c) una buena parte de los hogares son dispersos, y sus integrantes trabajan en la industria y las artesanías y d) los patrones de asentamiento pueden ser tipificados como sigue: a) aislado, entre los nahuas (San Luis Potosí, Puebla y Veracruz) y tenek (San Luis Potosí y Veracruz), y en menor medida entre los zapotecos de Oaxaca predominan las mujeres jóvenes, empleadas domésticas "puertas adentro". Los hombres suelen trabajar como artesanos, obreros y peones. Los hogares familiares se encuentran dispersos, y las redes sociales juegan un papel determinante para obtener empleo y b) viven de manera congregada los otomíes (de Santiago Mexquititlán, Querétaro), mixtecos (de San Andrés Montaña, Oaxaca) y mazahuas (del Estado de México), y por eso son más visibles a los ojos de las dependencias gubernamentales y la opinión pública. Se dedican sobre todo al comercio ambulante y su escolaridad es baja. También aquí la solidaridad entre paisanos se convierte en un medio indispensable para conseguir empleo. De todos estos grupos, los mixtecos son sin duda los más visibles.

En el capítulo 2, "La alameda de Monterrey: espacio estratégico de encuentro de los migrantes indígenas de la huasteca", Adela Díaz Meléndez, valiéndose de un trabajo etnográfico detallado, toma como referencia la alameda Mariano Escobedo para analizar cómo, desde la década de 1990, las familias se han ido apropiando simbólicamente de este espacio de ocio, lo que ha provocado reacciones, como que la sociedad hegemónica regiomontana se haya sentido desplazada y despojada del lugar, que ha sido emblemático por muchas décadas; así, se ha convertido en un espacio segregado y estigmatizado, lo que expresa la discriminación que viven los indígenas que llegan al AMM.

En "Cómo sentirse seguras en Monterrey. Redes migratorias femeninas y empleo doméstico puertas adentro", Laura Chavarría Montemayor analiza la forma en que las empleadas domésticas indígenas recurren a la estrategia de conformar y consolidar entre ellas redes sociales de apoyo, para enfrentar situaciones de indefensión, vulnerabilidad, violencia social y género. Dichas redes, flexibles pero sólidas, además de facilitarles trabajo a las recién llegadas, constituyen una modalidad de apoyo económico y afectivo, en un medio que les es extraño y en muchos sentidos hostil.

La segunda parte del libro analiza las miradas y los discursos de los regiomontanos sobre los migrantes indígenas. Primero, en el capítulo 4,"Análisis crítico del discurso periodístico sobre los indígenas: El Norte (1986–2006)", Rebeca Moreno Zúñiga revisa la prensa local, en especial el diario El Norte. Concluye que frente a una imagen idealizada del pasado indígena de México y del noreste, las representaciones recurrentes en la prensa regiomontana tienden a estigmatizarlos como seres extraños cuyo origen natural es el medio rural, como delincuentes, irresponsables en el cuidado de sus hijos, belicosos con las autoridades municipales, ignorantes, manipulables, infantiles, obscenos, trasgresores del modelo patriarcal dominante en la sociedad y violadores de la "ética sexual del silencio". De esta visión criminalizada sólo se libran los niños ganadores de concursos de narrativa indígena, en la medida en que no sólo revelan los aspectos artísticos y culturales más recuperables de su identidad étnica, sino también porque han asimilado como valor propio la escolarización formal, el estudio y el trabajo.

El segundo capítulo (5) de esta sección, "Regios en búsqueda de raíces prehispánicas y wixaritari eculturísticos", se refiere a las relaciones que un grupo heterogéneo de regiomontanos, a quienes pudiera englobarse como new agers han entablado con los huicholes, tanto a raíz de su participación en los rituales y peregrinaciones turísticas al centro ceremonial del cañón de Guitarritas, en el parque de la Huasteca del municipio de Santa Catarina, como de visitas periódicas a San Andrés Cohamiata, población situada en la sierra huichola de Jalisco, a donde asisten para las ceremonias de la Semana Santa.

Séverine Durin y Alejandra Aguilar Ríos, autoras de este capítulo, presentan una etnografía interesante que transcurre entre estos dos polos rituales de atracción y muestran cómo, en contraste con lo que sucede con la mayoría de los que llegan al AMM, los huicholes "eculturísticos" son considerados y aceptados como sujetos detentadores de un capital simbólico y portadores de un conocimiento sobrenatural, que encuentra eco entre algunos sectores de las clases altas en búsqueda de los valores originarios de la mexicanidad.

El eje central de la última parte del libro es el análisis de los procesos de reproducción étnica entre los nahuas, otomíes y huicholes asentados en forma temporal o estable en el AMM.

Nydia Prieto Chávez en el capítulo 6, "Socialización y laboriosidad en los niños de ascendencia nahua y otomí en el área metropolitana de Monterrey", trata de deconstruir el estigma que tiende a identificar el trabajo infantil con una forma de explotación y abandono de los menores. Por el contrario, y a partir del estudio a profundidad de varias familias de origen nahua y otomí, demuestra que la participación de los niños en el trabajo de sus madres no excluye su desempeño como estudiantes, y es una estrategia para trasmitir los valores, creencias y actitudes del grupo de origen sobre el trabajo, así como una forma de prepararlos para la vida adulta, trasmitiéndoles habilidades aprendidas con la observación de las actividades de sus padres.

En "El arte de vender artesanías. El caso de los artesanos huicholes en Monterrey", de nuevo Durin retoma la inserción de dicha etnia en la economía urbana. A partir del concepto de fachada, propuesto por Goffman (1971), ella logra mostrar que este grupo recurre a tres fachadas para vender sus mercancías: la de artesano, para satisfacer la demanda popular con productos de bajo costo (bisutería); la barroca, dirigida al turista, con artículos propios de la etnia de venta en museos, tianguis turísticos y ferias y la de sabio, para la venta de artesanías en contextos de valoración de pertenencia al grupo y práctica de la cultura, por ejemplo en ceremonias rituales. Entre el público que se acerca a estos últimos destacan compradores de clase media alta y alta que defienden valores como el respeto a la naturaleza, y se identifican como defensores del comercio justo.

En el último capítulo (8), "Migración otomí a Monterrey e iglesias evangélicas pentecostales: elTemplo sobre la Roca y elTemploAlfa y Omega", Luis Fernando García Álvarez se pregunta acerca del significado de que algunas familias otomíes procedentes de Querétaro hayan fundado una iglesia pentecostal con sendos templos y congregaciones en Monterrey y en Santiago Mexquititlán, su lugar de origen. La tesis central es que esta nueva adscripción religiosa, que rompe con "el costumbre" y la afiliación tradicional católica, busca responder los interrogantes que la inserción en un medio urbano, extraño y ajeno y la ruptura con la comunidad de origen plantea a los migrantes. La adhesión de estas familias a las congregaciones evangélicas con un estilo de organización más flexible e igualitario que el del medio católico, les permite reencontrase en redes sociales nuevas entre paisanos, y darle otro significado a su relación con lo sagrado en el contexto urbano actual.

Entre luces y sombras es un buen texto para adentrarse en la complejidad de los fenómenos urbanos que hoy viven las grandes ciudades como Monterrey. En particular, su lectura puede servir de guía para descifrar las claves de la multiculturalidad, porque en la época actual, pero sin duda con más fuerza en el futuro cercano, los indígenas dejarán de ser un sujeto social extraño, folclórico y ajeno a la trama social, laboral y cultural, para adquirir una ciudadanía que nunca debió habérseles negado. Esta obra apuesta por este futuro, y puede dar origen a muchas reflexiones privadas y públicas en las que Estado y sociedad civil puedan reconciliarse con el pasado indígena de México, y diseñar esfuerzos colectivos e institucionales para convivir con respeto y aceptar a los grupos indígenas, que cada día pueblan más nuestras urbes.

Aunque los autores no mencionan explícitamente las razones para escoger el título, me atrevo a imaginar que "entre luces y sombras" es una buena imagen para describir la realidad que viven hoy los indígenas urbanos de la metrópoli regiomontana; luces como las que sirven de foco de atracción hacia la modernidad y sus beneficios: vivienda, escuela, trabajo y ocio. Sombras, como las que afrontan y desafían quienes, por causa de su pobreza, se ven obligados a arrancar sus vidas de su geografía cultural, así como a sufrir en territorio extraño el precio de la discriminación por su origen social y étnico.

Ojalá que este libro, escrito con una mirada crítica, sirva para reflexionar acerca de esta contradictoria realidad de los indígenas migrantes, y contribuya a descifrar sus claves.

 

Bibliografía

Adler–Lomnitz, Larissa. 1989. Cómo sobreviven los marginados. México: Siglo XXI Editores.        [ Links ]

Goffman, Irving. 1971. La presentación de la persona en la vida cotidiana. Buenos Aires: Amorrortu.        [ Links ]

Lewis, Oscar. 1969. La cultura de la vecindad en la Ciudad de México. Ciencias Políticas y Sociales (17): 349–363.        [ Links ]

––––––––––. 1961. Antropología de la pobreza. Cinco familias. México: Fondo de Cultura Económica.        [ Links ]

Rosaldo, Renato. 1991. Cultura y verdad. Nueva propuesta de análisis social. México: Grijalbo–Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.        [ Links ]

Redfield, Robert. 1941. The Folk Culture of Yucatan. Chicago:The University Press Social Anthropology Series.        [ Links ]

Warman, Arturo. 2001. Los indios de México. Nexos 280 (abril): 39–42.        [ Links ]