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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad v.21 n.45 México may./ago. 2009

 

Artículos

 

La participación política de los estudiantes universitarios en el primer gobierno de alternancia en México

 

Antonio Murga Frassinetti*

 

* Profesor–investigador del Departamento de Sociología, Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Correo electrónico: almf@xanum.UAM.mx.

 

Recibido en diciembre de 2007
Revisado en noviembre de 2008

 

Resumen

La bibliografía clásica ha establecido una relación directa entre nivel educativo y participación política, en el presente artículo se analiza la participación de los estudiantes universitarios según modalidad y tipo. El material empírico utilizado fue recogido en cuatro universidades públicas —Universidad de Sonora, Universidad Autónoma de Chiapas, Universidad Autónoma Metropolitana y Universidad Veracruzana—, en las licenciaturas de economía, física, producción animal y sociología, al inicio de la segunda mitad del primer gobierno de alternancia (2000–2006). Los resultados mostraron niveles bajos de participación, y los tipos de participantes más importantes fueron los pasivos y apolíticos. Estos hallazgos son compatibles con otros estudios recientes sobre el tema en México.

 

Palabras clave: cultura política, estudiantes universitarios, participación política, participación subjetiva, participación activa, tipos de participantes.

 

Abstract

The classic bibliography in the field has established a positive relation between educational level and political participation. This article analyzes the political participation of Mexican university students. The data was collected among students of four bachelor's degree programs—Economics, Physics, Animal Production and Sociology—at four public universities– Universidad de Sonora, Universidad Autónoma de Chiapas, Universidad Autónoma Metropolitana, and Universidad Veracruzana— during the latter half of the first opposition–party government (2000–2006). The findings report low levels of participation, with passive and apolitical participation predominating. These findings are similar to those reported by other empirical studies on political participation in Mexico.

Key words: political culture, university students, political participation, subjective participation, active participation, types of participation.

 

Introducción

Es común decir que el análisis de la participación política comenzó entre la segunda mitad de la década de 1940 y la primera de 1950, con la publicación del primer estudio académico The Peoples Choice (1944), de Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet.1 Desde entonces, los investigadores se han preguntado ¿por qué estudiar la participación política?2 ¿Por qué unos intervienen y otros no?, ¿son diferentes las características sociales, culturales o políticas de los participantes de quienes no lo hacen?, ¿por qué éstos muestran niveles y modalidades de participación distintos?, y ¿cuáles son sus similitudes o diferencias en un país?, es decir, ¿qué tan homogénea o heterogénea es entre los grupos de una sociedad? En el mismo sentido, ¿qué similitudes o diferencias muestra la participación ciudadana entre países?

Pero ¿a qué refiere la participación política? La bibliografía especializada ha aportado definiciones numerosas. En la versión tradicional, alude al conjunto de actividades o acciones ciudadanas mediante las cuales los miembros de una sociedad intervienen en la selección de sus gobernantes, y buscan influir directa o indirectamente en la elaboración, implementación o reformulación de los proyectos gubernamentales. Esta definición requiere algunas precisiones. Primero, la participación es colectiva, organizada o espontánea, formal o informal, sostenida o esporádica, simbólica o instrumental, pacífica o violenta, convencional o no convencional, legal o ilegal —según las normas establecidas por el orden político— y efectiva o inefectiva (Huntington y Nelson 1976). Segundo, comprende una gama variada de acciones o comportamientos.3 Y tercero, no supone sólo formular demandas a las autoridades gubernamentales; también implica el apoyo, la oposición a y la protesta contra las políticas públicas y las autoridades gubernamentales (Dalton 1996; Morales 2005).

Una ola nueva de estudiosos ha elaborado una definición ampliada que pone el acento en las orientaciones y actitudes ciudadanas hacia la participación y en las acciones políticas; incluye "actos y actitudes" (Pasquino 1992). Lo primero alude a las acciones políticas ciudadanas, mientras que lo segundo a la disposición participativa (Shin 1999) o la implicación política personal (Moran y Benedicto 1995).

Esta definición nueva ha generado diversas formas de acercamiento al análisis de la participación política. Shin (1999) construyó cinco variables: disposición participativa, competencia cognitiva, atención política, participación política y no política. Las tres primeras miden la disposición participativa y las otras dos la acción política. Moran y Benedicto (1995) ordenaron ocho variables: interés político, conocimiento político, consumo de información política, experiencias de socialización y "hábitos asociativos" o pertenencia a asociaciones voluntarias, pautas de comunicación política (o discusión política e influencia en el voto de otras personas), participación convencional y no convencional. Las cinco primeras midieron la implicación política personal y las otras tres las acciones políticas.

Por su parte, Klingemann (2004) elaboró dos dimensiones: participación política convencional y no convencional. La primera fue medida con tres variables: importancia de la política en la vida de los encuesta dos, interés y frecuencia con que éstos hablan del tema; y la segunda con cuatro: firma de peticiones o demandas, tomar parte en manifestaciones callejeras, boicots y en huelgas no permitidas.4

En ese contexto, este trabajo se plantea un objetivo bien delimitado, por no decir modesto, que es examinar la participación política de los estudiantes universitarios en el primer gobierno de alternancia en México (2000–2006). El estudio se realizó en las universidades Autónoma de Chiapas (UNACH) , Autónoma Metropolitana (UAM), de Sonora (UNISON) y Veracruzana (UV). Se tomaron en cuenta tres criterios para seleccionar las instituciones: a) asegurar grados de desarrollo económico diferentes entre las cuatro entidades; b) garantizar dos estados con procesos de alternancia gubernamental y dos sin ella y c) confirmar niveles de desarrollo académico institucional distintos entre las cuatro universidades (Murga 2006). Se realizaron 1 755 entrevistas (durante febrero, marzo y abril de 2004): 470 en la UAM, 448 en la UNACH, 427 en la UNISON y 410 en la UV.

Este sector social tiene especial importancia por una característica estructural: sus niveles educativos son muy superiores a la media nacional.5 En tal sentido, se ha dicho que los estudiantes universitarios constituyen el componente minoritario y "culto" de la juventud. En consecuencia, una primera pregunta orienta las preocupaciones de este trabajo: ¿qué tanto participa este sector de la población?, pero ¿con referencia a qué o a quiénes? En términos unidimensionales, es decir, participación electoral, la media nacional alcanzó en el año 2000, 63 por ciento y 58 en 2006. Y en multidimensionales, el tipo que incluye diversas acciones políticas, experimentó una baja sustancial. De acuerdo con Durand (2004, 220), el índice de participación práctica6 llegó a 9.1 por ciento en 2004.

La exploración de la participación política de los universitarios destaca dos dimensiones analíticas: sus modalidades y los tipos de participantes. Dos preguntas encaminan el presente acercamiento: ¿qué tan homogénea o heterogénea es la intervención de los universitarios en cuanto a las modalidades o formas y en lo referente a la distribución según tipos? La búsqueda de una respuesta está orientada por la propuesta tipológica de Durand (2004), construida con base en el análisis de tres muestras nacionales (1993, 2000 y 2001); en tal sentido, este artículo pone a prueba empírica la potencialidad y relevancia de su modelo analítico.

La exposición se divide en cuatro partes; la primera destaca la relación de la educación con la participación política; la segunda plantea la propuesta analítica; la tercera mide la participación según modalidad y la última según tipos de participantes.

 

Educación y participación política

Debido a que el nivel de estudios de los universitarios es elevado con respecto de la media nacional,7 se plantea un interrogante, en apariencia simple y sencillo: ¿cuál es la relación entre educación y participación política?, ¿tiene el nivel educativo uno o algunos efectos sobre ésta? De acuerdo a los estudios disponibles, la educación constituye el componente más importante del estatus socioeconómico, que influye en ella; dicho en forma esquemática, entre mayor sea el nivel educativo, más será la participación social y política.

En efecto, según los estudiosos, la educación favorece la participación ciudadana porque disminuye las barreras cognitivas, y aporta elementos de información útiles para la acción política. Aunque la educación formal no proporcione necesariamente detalles sobre el funcionamiento institucional de las democracias contemporáneas, parece que sí influye en el modo en que los individuos la procesan y toman decisiones políticas. Además, las personas con más educación tienden a interactuar en mayor medida con otras de escolaridad elevada, de tal manera que la interacción social contribuye a que reciban más estímulos y refuerza la información política de que disponen (Morales 2005).

En esa perspectiva, ¿qué plantean los estudios más influyentes en el campo de la participación política? La obra pionera de Almond y Verba (1970, 427), encontró en los cinco países estudiados —Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia y México— que el individuo con mayor educación es también, más probablemente un ciudadano activo:

[...] nuestros datos demuestran que el nivel de educación posee un importantísimo efecto demográfico sobre las actitudes políticas. Entre las variables demográficas generalmente estudiadas —el sexo, el lugar de residencia, la ocupación, los ingresos, la edad y otras parecidas— ninguna puede compararse con la variable de la educación en cuanto al grado en que parece ser determinante de las actitudes políticas. El hombre no educado o de una educación limitada, es un agente político distinto de aquel que ha alcanzado un nivel superior de educación.

Estudios posteriores han apuntado en la misma dirección. En una obra referencial, Barnes y Kaase (1979) informaron de una relación positiva entre nivel educativo, participación convencional y potencial de protesta en los Países Bajos, Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania y Austria.8 En otro texto de lectura obligada, Verba, Nie y Jae–on Kim (1980) encontraron la misma relación positiva en las siete naciones estudiadas: Austria, Estados Unidos, Holanda, India, Japón, Nigeria y Yugoslavia.9 En una obra más reciente, que centró su atención en los "nuevos ciudadanos" de cuatro democracias industriales avanzadas —Alemania, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña—, Dalton (1996) descubrió evidencia empírica abundante acerca del impacto de la educación sobre los diferentes tipos de participación; según el autor, la educación ha sido y continúa siendo el predictor más consistente de la participación política. Moran y Benedicto (1995) han reportado hallazgos similares en diversas experiencias de democratización reciente como España, y Rose et al. (1998) y Shin (1999) han hecho lo propio con países de Europa central y oriental, respectivamente.

 

La propuesta analítica

En los últimos años, el estudio de la cultura política en México ha producido una vasta bibliografía sobre participación ciudadana; sin embargo, una parte sustancial ha enfatizado una de sus distintas formas, la electoral. Entre los estudios que trascienden ese ámbito, destaca en la tradición "clásica" el de Almond y Verba (1970); entre las aportaciones nuevas sobresalen las de Buendía y Moreno (2005), Domínguez y McCann (1998), Durand (1998; 2004), Inglehart et al. (1994), Flores y Meyenberg (2000), Klesner (2001), Somuano (2005) y Thornton (2000). De este conjunto, el análisis de Durand (2004) es, sin duda, la contribución teórica y metodológica más sistemática sobre el tema.

El autor se propuso estudiar, en el periodo de 1993 a 2000, las transformaciones experimentadas por la participación ciudadana y su significado para el sistema político mexicano (Ibid., 212). En el plano conceptual, Durand establece dos modalidades: la subjetiva y la activa o práctica. La primera destaca el posicionamiento personal frente a la política; es decir, al individuo le interesa y tiene identificación partidista y postura ideológica (Ibid., 217). Se trata de un compromiso que lo hace parte de ella, aunque no se traduzca necesariamente en acciones concretas (Ibid., 213). La segunda alude a "la acción orientada a obtener fines propiamente políticos", y se compone de gran cantidad de actividades, por ejemplo: los entrevistados discuten de política, intentan convencer electoralmente a otros, asisten a reuniones para resolver problemas de su barrio o comunidad y a asambleas de partidos, intervienen en las campañas electorales, hacen solicitudes a políticos y funcionarios públicos, firman documentos de protesta o toman parte en manifestaciones a favor o en contra del gobierno (Ibid., 219–220).

Con base en la diferenciación de ambas modalidades, Durand construyó dos índices (de participación subjetiva y activa), los redujo a dos valores — participa y no participa— y los cruzó en una tabla de dos por dos. Las cuatro celdas resultantes conforman la tipología de participación política (Ibid., 222): el militante, el movilizado, el pasivo y el apolítico (véase cuadro 1). El primero participa activa y subjetivamente, es decir "se trata de un individuo que une a su interés subjetivo por la política las acciones destinadas a lograr los intereses de la organización o partido con el cual se identifica". El movilizado es "la persona [que] participa activamente pero carece del compromiso subjetivo, en pocas palabras, no le interesa la política, [...] participa no por su interés político sino por un interés de otro tipo, por ejemplo, la lucha por los objetivos o metas de una organización social; se trata pues, del 'acarreado'". Los pasivos intervienen de manera subjetiva —les interesa la política y se posicionan frente a ella— pero se abstienen de actuar; por último, los apolíticos no participan en forma alguna, no les interesa la política y tampoco se involucran en ninguna actividad práctica (Ibid., 213–214).

A partir de este entramado teórico y metodológico y los datos procedentes de dos encuestas nacionales realizadas en l993 y 2000, Durand revisó la presencia e importancia de los tipos de participación. El cuadro 2 muestra la distribución de los entrevistados en cada uno de los cuatro tipos. Los datos revelan cambios en el perfil participativo del país; los dos datos más significativos muestran que en 1993 hubo un número mayor de militantes (9 por ciento) que en 2000, pero en éste último la cantidad de participantes pasivos fue 12 por ciento más que en 1993. Los otros dos datos muestran el descenso de participación activa.

El porcentaje de los movilizados descendió, y hubo un "estancamiento" de los apolíticos, que se mantuvieron en alrededor de la quinta parte en ambas fechas. En resumen, dice Durand, el perfil muestra un número estable de apolíticos, el incremento de ciudadanos pasivos y la disminución de los militantes y los movilizados, "lo cual probablemente representa un proceso de deconstrucción del antiguo régimen autoritario y quizás el inicio de un nuevo perfil, más ajustado a las reglas del régimen democrático" (Ibid., 225 y 251).Al mismo tiempo, el perfil participativo muestra que el país inició la alternancia gubernamental con una presencia abrumadora (85 por ciento) de ciudadanos pasivos y apolíticos.

 

La participación política de los universitarios

El presente análisis tiene dos puntos de partida: la definición ampliada de participación política, es decir, la que incluye por una parte, "actos y actitudes" (Pasquino 1992) y por la otra, las dos modalidades de ella, la subjetiva y la activa (Durand 2004). Este apartado se centra en dichas modalidades, examinadas con base en siete variables. La participación subjetiva se construyó con cuatro: interés, información y posicionamiento político e identificación partidista; la activa se fundó con tres: pertenencia organizacional, credencial de elector y participación electoral.

La participación subjetiva se midió con cuatro preguntas (P), una por variable. La primera (P16): ¿usted diría que se interesa mucho, algo, poco o nada en la política? La segunda (P18): ¿qué tan enterado está de lo que sucede en la política del país, mucho, algo, poco o nada? La tercera (P20): cuando piensa en política, mucha gente utiliza las palabras izquierda, centro o derecha, ¿en qué posición se colocaría usted, siendo que 1 es lo máximo a la izquierda y 10 lo máximo a la derecha? Por último, (P14): cuando piensa en los partidos políticos, ¿se identifica usted con alguno de ellos? Las seis primeras opciones mencionaban a un partido distinto y la séptima decía: "no se identifica con ninguno". Las respuestas a las preguntas sobre interés e información política e identificación partidista fueron codificadas con base en dos opciones: mucho y nada. La cuarta, sobre posicionamiento político, mantuvo su codificación original: izquierda, centro y derecha.

En términos generales, el comportamiento de las variables (véase cuadro 3) arrojó resultados positivos, a la vez que subrayó algunas diferencias entre instituciones universitarias.10 En la lectura de las variables interés e información política e identificación partidista destacaron las respuestas con valor de 1, es decir, los encuestados tuvieron interés y contaban con información y se identificaban con algún partido; en el caso del posicionamiento, sobresalieron las respuestas 1, 2 y 3, que significan autoidentificación político–ideológica. Entre dos tercios (65.5 por ciento en la UNACH) y tres cuartas partes (75.9 en la UV) de los entrevistados dijeron tener interés político; entre seis (62.7 en la UNACH) y ocho (82.3 en la UV) de cada diez estaban informados; la gran mayoría se ubicó en el centro (entre 39.1 y 42.3 por ciento) y la izquierda (entre 32.6 y 46.6) del espectro político; y entre poco más de un tercio (37 en la UAM) y poco menos de la mitad (47.3 en la UNISON) afirmó tener identificación partidista.

La participación activa fue medida con cinco preguntas: (P11): ¿pertenece o participa usted en alguna asociación, club, grupo, movimiento social, sindicato o partido político?; a los entrevistados que respondían afirmativamente se les preguntaba (P12): de la siguiente lista de asociaciones y organizaciones sociales, ¿a cuál o cuáles pertenece? El cuestionario presentaba diez tipos.11 La segunda (P49) se refería a la participación electoral: ¿tiene usted credencial de elector?, y ofrecía dos opciones: sí y no; a quienes respondían que sí, se les preguntaba (P50): ¿votó usted en las elecciones para diputados federales de julio de 2003?, ofrecía dos opciones: sí y no, ante una respuesta afirmativa, seguía otro cuestionamiento (P51): ¿por cuál partido votó?

La codificación de las preguntas (pertenencia organizacional, credencial de elector y participación electoral) mantuvo su forma original. De acuerdo a los datos del cuadro 4, entre una cuarta parte (24.5 por ciento de los estudiantes de la UAM) y menos de la mitad (40.2 en la UNACH) pertenecía a algún tipo de asociación u organización social, cultural o política; una mayoría abrumadora (entre 85.9 y 93.4 por ciento en la UV y la UAM, respectivamente) tiene credencial de elector, pero sólo alrededor de la mitad (entre 43.8 y 59.8) votó en las elecciones federales de 2003.

El análisis factorial confirmó la consistencia estadística de las dos modalidades (Murga 2006). La participación subjetiva quedó compuesta por dos factores: el primero organizado con tres variables (identificación partidista e interés e información política) y el segundo por dos (posicionamiento político e identificación partidista). El primer factor explica 36.5 por ciento de la varianza; en tales condiciones, la participación subjetiva se conformó con sus tres variables. Por su parte, la activa arrojó un solo factor que explica 44.8 por ciento de la varianza; sin embargo, la P49 (credencial de elector) fue eliminada del constructo por no tener una base discriminante. Por lo tanto, esta modalidad se conformó con dos variables: pertenencia organizacional y participación electoral.

A partir de estos resultados, se construyó un índice sumatorio para cada una de las modalidades de participación: las respuestas negativas (por ejemplo, "nada" de interés político o "no votó en las elecciones de 2003") tuvieron un valor de 0 y las positivas ("mucho interés político o sí votó en las elecciones de 2003") un valor de 1. Este procedimiento dio como resultado que los índices de participación subjetiva y activa tuvieran un valor minimo de 0 y un máximo de 3 y de 0 y 2, respectivamente. Por consiguiente, la subjetiva se distribuyó en cuatro niveles: sin participación [0], baja [1], media [2] y alta [3]; mientras tanto la activa lo hizo en tres: sin participación [0], baja [1] y alta [2].

A continuación se tratará sobre los datos recogidos en las cuatro universidades. ¿Cuáles son las "disposiciones participativas" (Shin 1999) y las acciones políticas de los estudiantes universitarios?

 

Participación subjetiva

Los datos de las entrevistas ofrecen una primera imagen de la participación subjetiva de los universitarios (véase cuadro 5). El componente central refiere a la similitud del nivel de participación en las cuatro universidades: en primer lugar, la mayor proporción de estudiantes reportó uno medio; desde un poco más de la tercera parte (38 por ciento en la UNISON y 39 en la UNACH), hasta un poco menos de la mitad (43 en la UAM y 45 en la UV). En segundo, está el alto; proporción que va desde casi una cuarta hasta una tercera parte del total: 23 en la UNACH, 26 en la UAM, 30 en la UV y 31 por ciento en la UNISON. En resumen, una proporción considerable de los universitarios (de 62 a 75 por ciento) mostró una disposición participativa media o alta.

 

Participación activa

El cuadro 6 muestra similitudes en los niveles de participación activa en las cuatro universidades públicas: la mayor proporción de estudiantes tuvo uno bajo; desde 42 por ciento en la UNACH hasta 50 en la UAM. En segundo, destacan los no participantes: 32 por ciento en la UAM y la UNISON, 3 7 en la UNACH y 38 en la UV. De este modo, una proporción muy alta reportó una participación baja o ninguna activa: 83 en la UAM, 85 en la UV, 81 en la UNISON y 79 por ciento en la UNACH.

En resumen, los estudiantes mostraron una mayor disposición que participación activa. Y en esta segunda modalidad, la no participación concentró a poco más de un tercio de ellos y el nivel bajo absorbió a casi la mitad.

 

Los tipos de participación

De acuerdo a la propuesta tipológica de Durand (2004), primero los índices de participación subjetiva y activa se redujeron a dos valores (participa y no participa) y segundo, éstos se cruzaron en una tabla de dos por dos, y el resultado (véase cuadro 7) son los cuatro tipos ya mencionados.

¿Qué dice la tipología de participación política según la universidad? ¿Cómo se distribuyen los estudiantes según los tipos de ella? ¿Qué tan homogénea o heterogénea es esta distribución?

En primer lugar, destaca la presencia mayoritaria de los pasivos, es decir, los estudiantes con participación subjetiva pero no activa; el rango de este grupo va de poco menos de la mitad (46.7 en la UNACH) a casi un tercio (62.2 en la UV). El segundo está constituido por los apolíticos, es decir, quienes no participan ni subjetiva ni activamente; de poco más de una quinta parte (22.2 por ciento en la UV) a casi un tercio (32.4 en la UNACH). El tercer grupo está compuesto por los militantes, que participan tanto subjetiva como activamente. Su presencia es mayor a la décima, pero no alcanza a la quinta parte del total. Por último, están los movilizados, sin participación subjetiva pero sí activa; su presencia es mínima: 2.1 por ciento en la UNISON y 5.4 en la UNACH. En promedio, los datos revelan que los pasivos representan 53.9 por ciento del total de entrevistados; los apolíticos constituyen 27.9 del grupo, los militantes 15 y los movilizados 3.2 de los universitarios de las cuatro instituciones de educación superior.

En segundo lugar, ahora hay que comparar los datos del estudio de Durand —específicamente los referidos a la muestra nacional del año 2000— con los de la presente investigación, recogidos en cuatro universidades públicas en 2004. La importancia radica en la similitud de los hallazgos de cada tipo de participantes en ambos estudios; en orden descendente, el pasivo, el apolítico, el militante y el movilizado. Y por el peso relativo de los dos tipos más destacados, el pasivo y el apolítico: 85.6 por ciento (Durand 2004) y 81.8 (Murga 2006). Al separar los datos, revelaron que el pasivo tuvo un peso relativo mayor en la muestra nacional del estudio de Durand (65.1 contra 53.9 en esta investigación), pero el peso del apolítico en ésta fue mayor (27.9 contra 20.5 en el de Durand).

Por último, ¿cómo se distribuyen los dos tipos mayoritarios de participantes según universidad y licenciatura? El cuadro 10 desagrega la información referida a los pasivos y los apolíticos, y así permitió encontrar otras variaciones. En breve, la mayor proporción de los pasivos estuvo en las carreras de economía y sociología de las cuatro universidades, al mismo tiempo que la mayor de los políticamente apáticos en las de producción animal y física, y de una manera más marcada en la primera (42.4 en la UAM, 33 en la UV, 44 en la UNISON y 3 7.2 por ciento en la UNACH).

 

Nota final

Este artículo se focalizó en la participación política de los estudiantes universitarios, y se examinó la subjetiva, la activa y los tipos de participantes. En el plano empírico, los datos mostraron que la subjetiva alcanzó niveles medios y altos, mientras los de la activa fueron bajos y nulos. Dicho en otros términos, la disposición participativa no se traduce necesariamente en acción política; ésta es más baja que aquélla. De igual manera, la información ha verificado que los pasivos y los apolíticos constituyen una mayoría abrumadora en el conjunto de la población universitaria. En el plano metodológico, los datos confirmaron la validez del modelo analítico, construido por Durand.

Estos hallazgos abren las puertas para la discusión de las relaciones entre educación, participación política y democracia. Tal como se apuntó, la hipótesis dominante (Almond y Verba 1970; Verba, Nie y Kim 1980; Barnes y Kaase 1979; Dalton 1996) ha establecido que la educación es el factor que ejerce más influencia sobre la determinación y el desarrollo de las acciones políticas ciudadanas. En tal sentido, un mayor nivel de educación tiene relación positiva con más participación social y política.

Los datos del presente trabajo no confirman esa relación. Por lo menos entre los jóvenes más educados del país, un alto nivel de educación no supone ni se acompaña de gran participación política. La presencia abrumadora de los pasivos y los apolíticos en las cuatro instituciones confirmó la presencia de un déficit participativo o como han subrayado numerosos estudiosos, la participación política constituye un fenómeno escaso en la sociedad mexicana (Buendía y Moreno 2005; Durand 2004; Flores y Meyenberg 2000; Somuano 2005).

En este punto se pueden sugerir dos opciones explicativas: que la participación política constituye todavía una herencia del viejo régimen autoritario que se traduce como "la reproducción de viejas prácticas autoritarias" (Durand 2004, 255), y que las instituciones y los actores políticos del primer gobierno de alternancia no han contribuido al desplazamiento de las prácticas políticas heredadas del viejo régimen; por el contrario, han reproducido la desconfianza ciudadana de la política y los políticos. De acuerdo a las numerosas encuestas recogidas en los últimos años, el desapego ciudadano de la política (Inglehart 2001), el bajo interés (Secretaría de Gobernación, Segob 2003), la baja identificación partidista (Flores y Meyenberg 2000), así como las imágenes corruptas de los funcionarios públicos y dirigentes políticos (Buendía y Moreno 2005) y la evaluación negativa de las instituciones (por ejemplo Presidencia, Congreso de la Unión, congresos estatales y partidos políticos) y los actores (funcionarios públicos y líderes partidistas) no han contribuido a abrir o ampliar los canales de participación ciudadana. En ese contexto, los estudiantes universitarios no constituyen una excepción.

Esta situación plantea un problema de más fondo, es decir, si la transición y los gobiernos de alternancia pueden avanzar efectivamente hacia la consolidación de la democracia con una ciudadanía poco participativa. Ante tal perspectiva, la transición pareciera perfilar un proceso incierto o dicho más abiertamente, lleno de incertidumbres políticas.

 

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Notas

1 A esta obra le siguieron otras igual de influyentes: Southern Politics, de V.O. Key (1949); Voting, de B. Berelson, P. Lazarfeldy W. McPhee (1954); The Voter Decides (1954) y The American Voter (1960), de A. Campbell y colaboradores, etcétera. Entre las contribuciones europeas destacan las del finlandés Erik Allardt, el francés Maurice Duverger y el sueco Stern Rokkan. Existen tres revisiones de la bibliografía sobre participación política y voto de Paul Lazarsfeld, S. M. Lipset, A. Barton y J. Linz, The Psychology of Voting: An Analysis of Political Behavior (1954); Robert Lane, Political Life (1959) y S. M. Lipset, El hombre político (1960, parte 2).

2 Muchas son las razones, aquí se mencionan unas cuantas; la primera se refiere a que el "derecho a participar" constituye una de las dimensiones básicas que definen a los sistemas políticos democráticos y, en alguna medida, a los que están en transición a la democracia (Dahl 1971). La segunda alude a la influencia e impactos de la participación sobre los procesos políticos —ya sea durante las campañas como en los periodos que median entre elecciones—, las instituciones políticas y los gobiernos. La tercera tiene relación con la transición del autoritarismo a la democracia. Una característica de los regímenes autoritarios es "la falta de movilización política, tanto intensiva como extensiva, de la población" (Linz 2000). Esta característica plantea un interrogante: ¿qué tanto se mantiene o modifica el patrón de "falta de movilización [...] de la población" en los procesos de transición a la democracia? Otra razón se asocia con el debate reciente sobre la calidad de la democracia; en esta relación, se dice que el estudio de la participación política aporta elementos empíricos para identificar en qué grado se cumple la inclusión política efectiva en los procesos democráticos (Morlrno 2005).Véase R. Dahl (1971); J. Linz (2000) y L. Morlrno (2005).

3 Con base en una revisión exhaustiva de la bibliografía, Lester Milbrath (1965) y Alessandro Pizzorno (1975) han expuesto un conjunto de comportamientos que sugieren varios grados de compromiso y participación en política: a) exponerse a requerimientos de carácter político, b) votar, c) iniciar una discusión política, d) convencer a otros para votar de un cierto modo, e) llevar un distintivo político, f) mantener contactos con un funcionario o con un dirigente político, g) hacer entregas de dinero a favor de un partido o candidato, h) concurrir a un comicio o asamblea, i) contribuir con tiempo y trabajo a una campaña política, j) ser miembro activo de un partido, k) asistir a reuniones en las que se tomen decisiones políticas, m) solicitar contribuciones de dinero para causas políticas, n) ser candidato a un cargo electoral y o) ocupar un cargo público o de partido.

4 Los datos proceden de bases diferentes. Shin manejó la Encuesta coreana de democratización; Moran y Benedicto las del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS–Madrid) y Klingemann la Encuesta mundial de valores (EMV).

5 En el año 2000, los universitarios de 18 a 24 años representaban 8.6 por ciento de la población joven del país. A la par, 3.1 por ciento de los muchachos no tenía grado de instrucción alguno; 26.7 había alcanzado algún grado de educación primaria y 34.5 tenía alguno de secundaria; en otras palabras, casi dos tercios (64.3) de los jóvenes mexicanos había llegado, cuando más, a la secundaria. Con buena razón se ha dicho que esta minoría educada es la principal fuente de reclutamiento de las elites económicas, políticas y culturales del país.

6 Está compuesto por una pregunta que inquiere acerca de un conjunto de actividades políticas que van desde las muy simples hasta otras que conllevan un esfuerzo y compromiso mayor.

7 De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI 2006), la escolaridad promedio en 2000 era de 7.6 años; en comparación, la del estudiante universitario era de 13 al concluir el primer año de licenciatura y 1 6 al terminarla.

8 El grado de protesta potencial es mayor entre los entrevistados con educación universitaria (42 por ciento en los Países Bajos, 31 en Estados Unidos, 27 en Austria, 26 en Gran Bretaña y 24 en Alemania), que entre aquéllos con educación primaria (28, 8, 7, 12 y 8 por ciento, respectivamente).

9 Una comparación del promedio de participación de los grupos con educación primaria y postsecundarios mostró que el nivel de participación de los segundos fue sustancialmente mayor: 23 por ciento en Austria, 108 en India, 39 en Japón, 58 en los Países Bajos, 49 en Nigeria, 81 en Estados Unidos y 1 27 en Yugoslavia.

10 De los seis indicadores, en cinco hubo diferencias de diez puntos porcentuales o más.

11 a) club deportivo, b) asociación cultural o educativa, c) asociación artística, musical o recreativa, d) asociación juvenil o estudiantil, e) asociación vecinal o de barrio, f) grupo de mujeres, g) movimiento social (por ejemplo ecologista, feminista, homosexual u otro), h) sindicato, i) asociación política nacional, j) partido político y k) otro tipo de organización.