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Región y sociedad

versión On-line ISSN 2448-4849versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.20 spe 2 Hermosillo ene. 2008

 

Reseñas

 

Eduardo L. Menéndez (2002), La parte negada de la cultura. Relativismo, diferencias y racismo

 

Barcelona, Bellaterra, 421 pp.

 

Rosa María Osorio*

 

* Profesora–investigadora titular, CIESAS–DF.

 

Hay quienes imaginan el olvido
como un depósito desierto / una
cosecha de la nada y sin embargo
el olvido está lleno de memoria

MARIO BENEDETTI

 

La tarea de reseñar este libro representa un doble desafío tanto profesional como personal. En el primer plano, debido a que considero que La parte negada de la cultura simboliza un fruto sólo posible a través de una larga y brillante trayectoria académica, que pone de manifiesto una profunda reflexión epistemológica e histórica de la teoría y de la práctica de la antropología como campo disciplinario. Es un texto complejo, de agudeza crítica y múltiples aportes analíticos, por lo que elaborar una reseña supone el riesgo de no recuperar de manera equilibrada los aspectos sustanciales de la obra, de sesgar la interpretación de lo que el autor propone y, obviamente, la inevitable necesidad de privilegiar el enfoque de ciertos temas en menoscabo de otros. En el plano personal, y como discípula de Eduardo Menéndez, presentar este libro planteaba la posibilidad —quizás tan sólo como tentación— de aproximarme desde un ángulo que integrase a la reseña otras muchas enseñanzas sobre la teoría y la práctica de la antropología que me ha dado el maestro, a través de veinticinco años de continuo aprendizaje. Sin embargo, a pesar de la tentación, he optado por concentrarme en el contenido del texto, ya en sí mismo suficientemente denso, con la expectativa de que el lector se interese en conocerlo de primera mano.

El libro se encuentra organizado en una introducción y seis capítulos —cada uno de los cuales puede ser leído como una unidad en sí—, que simultáneamente se van entrecruzando con un eje que le da sentido totalizador y continuidad a todo el trabajo, es decir, el análisis de aquellos aspectos negados, olvidados, secundarizados o no reconocidos por el campo disciplinario de la antropología y de otras ciencias sociales, a través de los cuales es posible reconocer una tendencia a la deshistorización y descontextualización de la producción de determinadas teorías, metodologías y conceptos que sustentan dicho campo. Fundamentalmente, lo que podría identificarse como una especie de amnesia profesional —a veces convenientemente selectiva— de los usos, apropiaciones y aplicaciones que distintos sectores sociales han generado de los saberes socioantropológicos a lo largo del siglo XX.

En este sentido, el texto bien podría haberse titulado La parte negada de la antropología, ya que de una manera sistemática pone en evidencia y cuestiona el lado oculto de nuestra disciplina, a la luz de una mirada que recupera las continuidades y discontinuidades de estas negaciones. En cada uno de los capítulos se enfoca el análisis de diversos núcleos temáticos y emblemáticos que han ido constituyendo nuestro objeto de estudio y la propia identidad disciplinaria, como son, entre otros, el relativismo y la diferencia cultural; la etnicidad y la multiplicidad cultural, la relación biología–cultura y los procesos de medicalización y biologización de la vida cotidiana; el papel del antropólogo como investigador y la relación con sus sujetos de estudio; la antropología aplicada, los usos y consecuencias político–ideológicas que ha tenido —y puede seguir teniendo— la producción antropológica respecto de concepciones racistas plasmadas en políticas de Estado que históricamente han marcado nuestras sociedades. Al respecto, Menéndez subraya el papel de las condiciones socioeconómicas y políticas que han permeado y moldeado la producción, apropiación y uso social de los saberes científicos —en particular los antropológicos—, así como los ocultamientos u olvidos derivados de un quehacer profesional que impulsa, ignora o no cuestiona esta instrumentación de los saberes y pone el acento crítico en aquellos aspectos que es necesario recordar, que no conviene olvidar para evitar, en lo posible, repetir.

El libro se inicia con un excelente prólogo que, a manera de homenaje, escriben Rosario Otegui y Josep M. Comelles, destacados discípulos que hacen un reconocimiento a la obra de Menéndez por lo que ésta ha significado en la producción antropológica de habla hispana, en particular sus contribuciones a la antropología médica de tradición latina. Aciertan cuando señalan que "es un libro maduro, transparente y auténtico [...] Nos conduce, a lo largo de páginas intensas, por una reflexión teórico–metodológica a preguntarnos el porqué de los olvidos, las negaciones y las desapariciones en distintos niveles del conocimiento y desarrollo de las ciencias sociales en general y de la antropología en particular. Nos lleva al lado oscuro de nuestra historia, de nuestra identidad" (p. 1 6).

En la primera parte del texto se presenta un análisis del desarrollo histórico de la antropología, haciendo hincapié en los criterios que definen su constitución como campo disciplinario diferenciado y especializado, a lo largo de un proceso de institucionalización y profesionalización de las ciencias sociohistóricas, en aquellos contextos de producción científica. El autor reconstruye dichos procesos a partir del reconocimiento de diversos periodos de crisis que han marcado la antropología, en las que evidencia los olvidos y negaciones de los antropólogos antecesores a dichos periodos y los analiza como procesos potencialmente necesarios de ruptura, construcción y redefinición de nuestra disciplina, que incluyen el replanteamiento y revisión de sus temáticas, enfoques teóricos, metodologías, zonas de interés y, de manera muy importante, de sus sujetos de estudio. Menéndez pone de relieve la articulación entre las tendencias de la producción antropológica y las condiciones sociales, económicas y sobre todo los intereses geopolíticos e ideológicos dominantes en cada periodo.

En primer término, examina la crisis que tuvieron los presupuestos ideológicos subyacentes en las teorías evolucionistas (en cuanto racistas) que prevalecieron en el origen disciplinario hacia fines del siglo XIX. Propone el establecimiento de dos modalidades de la producción antropológica: en primer término, el modelo antropológico reconstructivo conjetural (1880–1920), con una fuerte influencia de la antropología alemana, y posteriormente, el modelo antropológico clásico (1920–1950), que incluye rasgos ahistóricos, homogeneizantes y predominantemente enfocados en lo simbólico; sus características principales serían una concepción holística y central de la cultura, la metodología cualitativa de investigación y el trabajo de campo de larga duración, desarrollado en la comunidad, a través de los estudios locales o etnografías, que intentaban revelar la diversidad/diferencia cultural, mediante la recuperación de la perspectiva emic. Se asumía que la antropología era la disciplina que estudiaba al otro, al diferente cultural y/o socioeconómicamente, caracterizando así una identidad epistemológica y profesional y fundamentando en esta visión sus principales aportes. El trabajo de campo y la diferencia cultural del antropólogo respecto de sus sujetos de estudio marcaron una orientación predominantemente empirista, donde los planteamientos teóricos fueron desarrollados con menor profundidad que las etnografías, a través de las cuales el antropólogo garantizaba "su objetividad" en función del distanciamiento cultural que mantenía en (su) relación con los sujetos que estudiaba.

Un aspecto que Menéndez desarrolla profusamente es la contribución de los científicos (entre ellos los antropólogos) al establecimiento de las políticas económicas, de transformación social, que impuso el nazismo, con una marcada orientación racista, de control, estigmatización y exterminio, que propició una notable ideologización y politización de la disciplina, a partir de los usos instrumentados de la relación cultura–biología, el cuerpo como laboratorio experimental, la limpieza étnico–racial, y los consecuentes criterios técnico–ideológicos que sustentaron las políticas nazis. Una parte de la historia (vergonzante) de la ciencias —de manera sobresaliente la medicina— que ha sido sistemáticamente silenciada, borrada, por el conjunto de la práctica científica, no sólo desde la antropología.

Desde fines del siglo XIX y durante la primera mitad del XX se identifica un fuerte impulso que en los países centrales se dio a sus respectivas antropologías nacionales, las cuales devinieron hegemónicas, dada la existencia de fuertes intereses colonialistas y de expansión política e ideológica. Durante esta etapa, el autor analiza cómo se fue transformando la relación entre el sujeto de estudio y el antropólogo, en gran parte derivado del reordenamiento geopolítico mundial, resultado de los procesos de colonización e independencia de los países donde trabajaban los antropólogos y la consiguiente transformación de las sociedades en que vivían sus sujetos de estudio. Actualmente es reconocida la articulación histórica entre antropología y colonialismo, pero durante mucho tiempo ésta fue negada, ocultada u olvidada, y cuando fue puesta en evidencia, hacia la década de los cincuenta y sobre todo de los sesenta, se generó una nueva etapa de crisis, de revisión crítica y autocrítica de la disciplina.

En el capítulo segundo, Menéndez centra su análisis en los significados del estudio del otro, la construcción de las alteridades y el estudio de la diferencia, como categorías fundacionales e identitarias de la antropología y focaliza los cambios (pendulares) en las distintas aproximaciones antropológicas a la relación sujeto–cultura.

El autor analiza algunas tendencias surgidas en las décadas de 1970 y 1980, que continúan hasta la actualidad y que han impulsado una transformación de los sujetos de estudio clásicos, con lo cual se genera una crisis/ malestar como consecuencia de la pérdida de identidad y/o una falta de autorreconocimiento disciplinarios en lo que respecta tanto a sus sujetos de estudio como al papel que desempeña el trabajo de campo en la investigación, dos de sus rasgos más distintivos.

En un contexto de crisis económica en países latinoamericanos, transformación de los sistemas políticos, aumento creciente de los procesos migratorios internacionales y del surgimiento de movimientos nacionalistas en los países centrales, lo que se observa en el campo académico–profesional es una tendencia a la diversificación de los posibles sujetos sociales que formarán parte del campo de estudio antropológico, a partir de ciertos rasgos idiosincrásicos que les dan identidad y son reivindicados por su diferencia particular y por la relación que esta condición peculiar establece con los otros sujetos. De esta manera, a los sujetos de estudio "tradicionales" —grupos étnicos indígenas, campesinos, obreros— se añaden o superponen sujetos sociales según su género, orientación sexual, enfermedad, discapacidad, pertenencia a movimientos sociales, entre otras categorías, con la salvedad de que ahora estos sujetos de estudio son "redescubiertos" en el seno de la propia sociedad en la que el antropólogo reside. Es decir, el otro diferente investigado, convive en la propia sociedad con el investigador.

En esta tendencia a la diversificación de los sujetos sociales, Menéndez nos muestra que hay también un cambio de las maneras en que el antropólogo concibe y se aproxima a la relación sujeto–cultura. Si bien de acuerdo con el modelo antropológico clásico, el sujeto reproducía homogéneamente la cultura de su grupo social de pertenencia —su comunidad, su etnia—, por tanto, el sujeto era recuperado como unidad de expresión de su cultura, homogénea, armónica, original, coherente, analizándose como sujeto integrado (en y a través de la cultura), con un enfoque que pulverizaba o secundarizaba la subjetividad del mismo como parte de su materia de estudio, excepto en algunas corrientes como la de cultura y personalidad que intentaban recuperar una perspectiva mediadora entre el sujeto y la cultura.

La respuesta crítica a esta postura se ubica en el replanteamiento del estudio del sujeto, su identidad y subjetividad recuperadas dentro del encuadre analítico, aunque no siempre se acompañe de un desarrollo teórico de esta categoría, dirigiendo sus intereses al polo opuesto, donde el sujeto aparece entonces como el centro del análisis, secundarizando la cultura. Surge ahora un individuo fragmentado cuya identidad aparece centrada en su situacionalidad particular, específica, misma que lo hace diferente a los otros sujetos sociales, aunque todos coexistan y formen parte de una misma cultura, o compartan diversas culturas (como lo proponen las teorías del sujeto híbrido). El extremo de esta tendencia "subjetivista" llevará a proponer al investigador mismo como un posible sujeto de estudio, susceptible de analizar su propia diferencia, considerarse a sí mismo como un otro al cual puede describir y examinar autorreflexivamente. De esta manera, el antropólogo que antes estudiaba a los otros que vivían fuera del nosotros se dedica ahora a investigar a los otros que coexisten dentro del nosotros e incluso puede llegar a plantear el estudio de nosotros mismos, mirados como otros.

En lo que respecta al trabajo de campo de larga duración, se observa un malestar producto de la pérdida de sentido de este rasgo característico, en tanto que se cuestiona el poco impacto que los estudios de este tipo pueden tener en la transformación de la realidad, y por otro lado, en la pérdida de la pretendida objetividad de la disciplina en función de que ya no existe una distancia cultural y espacial con los sujetos de estudio. Paradójicamente a esta crisis interna, se advierte una consolidación del proceso de institucionalización de la antropología en términos profesionales, al mismo tiempo que se percibe una reivindicación de uno de los rasgos distintivos de la antropología, la metodología cualitativa, desde sectores políticos y académicos que tradicionalmente no los habían recuperado, sobre todo en el campo de las políticas públicas, de la epidemiología, de la sociología. A partir de este periodo se observa una creciente hegemonización de la antropología norteamericana como el centro de producción más importante a escala internacional, al mismo tiempo que identificamos una homogeneización de los marcos teóricos desde donde se trabaja. Si bien se desarrolla esta tendencia a hablar del multiculturalismo, del punto de vista del actor, de la diversidad cultural y la diferencia social, del retorno a lo local, al mismo tiempo hay una homogeneización de los marcos teóricos desde los cuales se analiza dicha diferenciación y éstos tienen que ver con los producidos en Estados Unidos. Con relación a esto, Menéndez concluye que hay una tendencia fenomenológica que reivindica este retorno a lo local, una posición empirista que secundariza a la teoría, y una recuperación de la experiencia como categoría central, así como el estudio de lo obvio como parte del sentido común. Finalmente propone el análisis de tres vertientes de la antropología según la manera en que encuadren la relación entre sujeto y cultura. Dichas tendencias serían la teoría de las prácticas, la teoría de los discursos y la teoría de las intencionalidades, cada cual con una determinada orientación en sus marcos teóricos y conceptuales.

Otro de los aspectos desarrollados en el libro es el uso y desuso de algunos conceptos básicos de la antropología social, los cuales han sido apropiados, olvidados, reinventados a través del tiempo, centrándose en revisar la historia de la producción y apropiación de diferentes conceptos clave, tales como cultura, hegemonía, sociedad civil, pobreza, redes sociales, clase social y, de manera muy extensa, el concepto de habitus. El autor señala que existe una continua producción de conceptos similares —en ocasiones incluso intercambiables—; sin embargo, reconoce un uso ahistórico de éstos y de las teorías que los incluyen, y un continuo redescubrimiento de lo que con anterioridad ha sido planteado por otros autores.

Este proceso de olvido y negación puede ser explicado a partir de distintas vetas, como serían el proceso de construcción del conocimiento, las condiciones sociales e ideológicas que moldean la producción institucional, el narcisismo profesional e individual, la resignificación derivada de un uso técnico o aplicado, el uso y apropiación transdisciplinaria de los conceptos, la orientación productivista y la existencia de un mercado científico de saberes que impulsa la innovación y reduce los tiempos de producción científica que permiten explicar el olvido como actualización continua del presente. El olvido así considerado tiene una función de negación de la historia de la disciplina, de los usos y de los malos usos de la propia producción. Subraya la utilización e instrumentación que de los distintos conceptos hacen no sólo los académicos, sino también los conjuntos sociales y diversos sectores sociales y políticos, sus implicaciones y consecuencias no sólo técnicas sino ideológicas, tanto en la planificación de políticas públicas como en los saberes de los conjuntos sociales y la organización de la vida cotidiana.

Una de las partes medulares del texto desarrolla una aproximación a las corrientes teóricas que destacan la recuperación del denominado punto de vista del actor en términos de las continuidades y discontinuidades que se observan a lo largo de la producción de perspectiva analítica; por ejemplo, cuando se hace un seguimiento del abordaje de la relación sujeto–estructura. Analiza de manera detallada algunos aspectos relativos al desarrollo teórico–metodológico y sociopolítico de la disciplina (por ejemplo, críticas al estructuralismo, el estudio de los movimientos sociales), que influyeron en el resurgimiento de esta orientación en la década de los sesenta y sobre todo en los setenta, y que llevaron a una producción que reivindica la perspectiva emic, desde la cual es posible explicar, interpretar o experimentar los comportamientos y procesos sociales, transformando el eje de la descripción y el análisis antropológico, ya no en la cultura o en la estructura, sino en el actor, fundamentalmente en determinadas aproximaciones que privilegian el estudio de aquellos actores que se encuentran en una posición subalterna en la estructura social. Menéndez elabora una crítica al uso ahistórico, esencialista, homogeneizante y reduccionista —bastante generalizado en la actualidad—, que determinadas corrientes antropológicas proponen de la denominada perspectiva del actor, dado que centra sus análisis básicamente en la estructura de significados, sesgando o ignorando la estructura social cuando explican o interpretan los procesos sociales. Esta llamada perspectiva del actor es utilizada en buena medida con un enfoque posicional y situacional que privilegia la palabra solamente de uno de los actores sociales, omitiendo o desconociendo la existencia de una heterogeneidad de actores significativos inmersos en una compleja red de relaciones de hegemonía/subalternidad, cada uno de los cuales interviene diferencialmente en los procesos que se pretenden estudiar.

El autor propone recuperar esta perspectiva del actor, dentro de un enfoque relacional y procesual que incluya no sólo al conjunto de los actores sociales significativos, sus estructuras de significado e intereses, sino también a las relaciones asimétricas en las cuales ellos están inmersos, condicionados por una estructura social. A manera de ejemplo, retoma los procesos de salud/enfermedad/atención que él mismo ha abordado en su experiencias de investigación, ofreciendo un análisis pormenorizado de la trayectoria que el denominado enfoque del punto de vista del actor ha tenido históricamente en la producción de la antropología médica. La tarea epistemológica de asumir críticamente desde cuál punto de vista se está analizando supone cuestionar también la relación del antropólogo con sus sujetos de estudio y asumir explícitamente cuál es la posición del investigador en términos teórico–metodológicos, ideológicos y éticos.

Por último, hay una parte de la historia negada de la antropología que se refiere a la exclusión de ciertas temáticas que no son abordadas o han sido frecuentemente relegadas en las etnografías, como serían el tema de los derechos humanos, la tortura, la violencia de Estado, los procesos políticos que significan conflicto social en las poblaciones que estudian. En este sentido, el texto cierra el círculo de la parte negada de la cultura con un análisis macrosocial e histórico de las funciones sociopolíticas que han cumplido tanto el olvido como la condición de "desaparición" en la historia social de la Argentina. A través de un enfoque que incorpora lo autobiográfico, pero que lo trasciende, Menéndez analiza los procesos de persecución, tortura y desaparición que se produjeron durante la dictadura militar argentina en la década de los setenta y principios de los ochenta, y de una manera magistral va entretejiendo dialécticamente las particularidades de este periodo con la propia historia de la Argentina desde su constitución como país, en términos de las huellas que los ejes de la violencia/desaparición y negación/olvido han ido marcando la propia historia del pueblo argentino en distintos momentos, desde su fundación en la época colonial, su composición poblacional heterogénea a partir de la inmigración, que a través de procesos históricos de olvido/negación reconfiguran el imaginario colectivo produciendo y construyendo la propia nacionalidad argentina. Estos procesos de olvido y negación van emergiendo como estrategias de reproducción ideológico–cultural que posibilitan la continuidad de la vida cotidiana en la dimensión colectiva y personal, el olvido como una estrategia vital de evasión.

En cada una de sus partes y sobre todo en el último capítulo, se comprende y recupera la lógica de todo el libro, que, puede decirse, constituye una reivindicación de la memoria, del recuerdo y de la historia, no sólo en términos de la producción teórica, técnica e ideológica de la antropología como campo disciplinario científico, sino asimismo como un ejercicio cotidiano de reflexión ética del investigador en cuanto sujeto social, que en el caso de Eduardo Menéndez nos habla también de su compromiso político, su consistencia teórico–práctica, y su coherencia profesional y personal.

Por otro lado, creo conveniente señalar que, desde mi punto de vista, se facilitaría la comprensión del trabajo, y se podría favorecer la discusión de sus propuestas, si se incluyeran con mayor rigurosidad las referencias a los autores de las corrientes que se mencionan a lo largo de todo el texto, ya que su identificación explícita permitiría contrastar el análisis de Menéndez con las propias lecturas e interpretaciones que cada uno de nosotros hemos hecho respecto de dichos autores y corrientes.

Asimismo, quisiera apuntar dos aspectos que aunque no tienen que ver con el autor, de alguna manera dejan algo que desear en el trabajo de la editorial Bellaterra. Por una parte, es de llamar la atención la existencia de varios errores tipográficos en la edición, que si bien no demeritan el contenido del texto, sí nos hablan de un deficiente cuidado de la edición, y por otra parte, las dificultades para conseguir el libro en México, ya que a pesar de que nuestro país aparece incluido en la red de distribución editorial, resulta bastante complicado encontrarlo en las librerías.

Finalmente, deseo invitar a los lectores de la revista región y sociedad a descubrir por sí mismos La parte negada de la cultura, un libro sugerente para colegas de variadas líneas de investigación y procedentes de múltiples disciplinas sociales, ya que abre la puerta al debate con el autor y con los autores por él analizados y cuestionados. Estimula la reflexión (a veces pesimista) sobre el quehacer antropológico en un sentido amplio y suscita el imperativo de considerar la ética del antropólogo y de su trabajo.

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