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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.20 no.43 México sep./dic. 2008

 

Reseñas

 

Silvestre Hernández Uresti (2007), Conjunción de pasiones. Trayectoria vital e intelectual de Darío Galaviz Quezada (Guaymas, Sonora, 1951–1993),

 

Hermosillo, El Colegio de Sonora, 215 pp.

 

G. Beatriz Aldaco*

 

* Licenciada en Literaturas Hispánicas, con posgrados en Historia y en Salud Mental, Ciencias Humanas y Sociales. Directora de la Revista Universidad de Sonora. Correo electrónico: aldacoe@gmail.com

 

La trascendencia de un libro, si su contenido la promueve y justifica, no se limita al tiempo de su consumo en forma de lectura. Si tuviéramos que hacer de esto una ecuación, podríamos decir que la trascendencia de una obra es proporcional al flujo de experiencias enriquecedoras que suscita a partir del final de su lectura. Ahí donde no hay ya objeto tangible, donde termina la convivencia directa con la palabra escrita plasmada en las páginas, pervive el libro en forma de memoria que, fecunda, fructifica en otras historias que uno evoca, crea y reedifica, a lo largo del largo tiempo subjetivo, personal.

Como ilustraré más adelante, una dinámica así ocurre con el texto Conjunción de pasiones, cuyo objetivo es reconstruir la trayectoria vital e intelectual de un personaje más que emblemático en la historia cultural reciente de Sonora: Darío Galaviz Quezada.

En primer lugar hay que destacar algo que quizás al ver el producto acabado se pase por alto, y es, sencillamente, la iniciativa del autor, Silvestre Hernández Uresti, de plantear una tarea compleja: no había muchos asideros en los cuales apoyarse y de los cuales partir para desarrollar la investigación, y eso implica una actitud de determinación y entereza académica. La figura de Darío Galaviz permanece viva en cada uno de sus textos (poco accesibles la mayoría, por cierto) y en cada uno de quienes lo hemos rememorado y reverenciado todos estos años, familiares, amigos, colegas, alumnos, pero por definición se trata de imágenes dispersas y fragmentarias.

No es que con este proyecto se haya logrado trazar el perfil definitivo del personaje, ni que las posibilidades de estudio de su trayectoria estén siquiera cercanas a agotarse, pero hay que decir que nos enfrentamos a la primera versión, documentada y acabada, aun dentro de sus limitaciones, sobre la vida y desempeño académico y profesional del crítico y ensayista.

Otra característica importante es la pretensión integradora del trabajo, que no se orienta a analizar solamente una o varias de las parcelas habitadas y cultivadas por el protagonista, sino que se propone explorar y reconstruir la mayor cantidad posible de aspectos de su vida y obra: de la biografía a la escritura, de las motivaciones de la subjetividad a la proyección social, del reto vital a la empresa cultural, de los demonios personales a los claroscuros de la propuesta intelectual. Entre esos polos contrastantes y sus puntos de confluencia y tensión se desplaza el estudio.

El tercer punto que quiero destacar tiene que ver con la diversidad de las fuentes utilizadas: libros, periódicos y revistas por un lado, y por el otro el componente oral a través de entrevistas y testimonios de gente cercana a Darío. Fue seguramente una labor de mucho tiempo, que implicó una cuidadosa planeación, dedicación, disciplina y sobre todo habilidad en la organización del material para dar forma a la investigación.

En cuanto a la organización y redacción de esta última, hay que señalar una no bien lograda integración entre el discurso teórico, en el que Hernández Uresti cita a autores como Bordieu y Giddens para ilustrar aspectos de la relación entre el individuo y la sociedad, y Guillermo Núñez para fundamentar las referencias a la homosexualidad, entre otros, y el conjunto de textos que no pertenecen a ese ámbito. No es común percibir en el texto la congruencia y pertinencia que se espera entre los pasajes de fundamentación de ideas y conceptos y el desarrollo propio del análisis. Lo mismo ocurre con la intercalación de reflexiones sobre los movimientos sociales y modos de vida y pensamiento de los años setenta y ochenta, por ejemplo, para explicar la inserción y adaptación o desadaptación del personaje en las redes sociales.

Todo esto, mal que bien, da lugar a la coexistencia de notas teóricas y versiones coloquiales, definición de conceptos y apreciaciones subjetivas, descripciones sociológicas y suposiciones y creencias, pasajes densos y meras anécdotas. No es en sí esa combinación la que se reprocha, sino una inadecuada organización metodológica de los distintos niveles de discurso.

Por momentos el texto se siente inclinado hacia la biografía y la semblanza con su componente literario y subjetivo, y por otros se presenta como trabajo académico producto de la investigación social, con sus inherentes aspiraciones de objetividad y racionalidad. En ese sentido no hay una definición, un deslindamiento preciso de la naturaleza del trabajo, y ello causa cierto desconcierto e incomodidad al lector (debo decir en homenaje a Darío, que por ningún motivo hubiera dejado de señalarlo, que a esa incomodidad se suma un descuido notable en los aspectos de redacción, puntuación y cuidado de la edición del libro, imputables seguramente a manos ajenas a la institución editora).

Hay que decir también que la obra es digna heredera del personaje a quien se debe, y no sólo porque cumple con una de las demandas y exigencias constantes de Darío Galaviz para con sus alumnos y colegas, como es la del arrojo en la investigación, la escritura y la divulgación, sino porque la mera elección de la empresa está ya situada en el terreno inquietante de la provocación (en este caso intelectual, porque ostentaba muchas otras), que Darío tanto desplegó y alentó en este medio cultural.

Más allá de las valoraciones, y apelando a que toda remembranza individual es parcial e incompleta, estamos frente a una indudable aportación al conocimiento de Darío Galaviz y del entorno cultural que le tocó vivir.

Pero la palabra escrita trasciende en la memoria, y me ha ocurrido que un Darío vivificado está habitando en la mía a partir de este libro. Con natural afluencia, se han ido reacomodando en los recuerdos, como queriendo cobrar una dimensión más fidedigna, los rasgos que muchos conocimos del amigo, del académico, del crítico.

Quizá podría comenzar por rememorar una de las escenas que, evocada con frecuencia, sirve como símbolo o modelo de su comportamiento general: la de sus piernas enfundadas en unos ajustados pantalones rojos. La intención más próxima de tal provocación era violentar lo socialmente permitido en la vestimenta masculina: un hombre con indumentaria de características femeninas en medio de una cultura machista de cheros y vaqueros, haciendo ostentación sin recato de sus preferencias sexuales.

A partir de ese atrevimiento cualquier otro podría esperarse. Y hubo muchos más. Lo interesante es la amplitud de su radio de acción. Consistente, esa base de su proceder ante la vida se extendía de los dominios de lo sexual, sensual y carnal, hasta los territorios de la academia, el periodismo cultural y la crítica. En todos esos espacios su mira era la transformación del orden establecido. En la docencia exigiendo destrezas en los alumnos más allá de lo marcado en los programas, retándolos a no limitarse a lo que impartiera el maestro o a lo escrito en los libros, forzándolos a extraer nuevas conclusiones de lo estudiado. Además, incitándolos a que llevaran los conocimientos adquiridos en el aula a otros terrenos de confrontación, al debate social. Su voluntad transformadora se manifestó en las aulas de la escuela de Letras de la Universidad de Sonora impulsando, con frecuencia hasta el hostigamiento, a saltar de la torre de marfil a la arena social, al mundo real, al mundo de la vida. No concebía otra manera de validar un verdadero aprendizaje literario.

De ahí su participación activa en los periódicos, espacios elegidos por él para hacer valer el compromiso social que se autoimpuso: remover las aguas a veces bastante estancadas de la dinámica cultural (si realmente la había), atacar la parsimonia y el desinterés en crecer como sociedad, proponer la crítica en lugar de la autocomplacencia y el apapacho protocolario y gratuito. Implacable, las publicaciones periódicas fueron su vehículo tanto para reconocer y promover las iniciativas valiosas y prometedoras de los actores del arte y la cultura, como para señalar los desaciertos de lo que él consideraba era pobre, desafortunado, lastimoso, retrógrado, tanto en las manifestaciones artísticas como en lo que tenía que ver con el pensamiento, con la manera de ver la vida, con la visión del mundo, siempre tomando como referencia ejemplos elevados extraídos de sus experiencias como lector.

Pocas veces hemos sido testigos en este medio de una honestidad de tal naturaleza. La violencia de Darío, tuviera o no razón en sus señalamientos (hay que reconocer que casi siempre la tenía), fue siempre una violencia creativa y tenía como núcleo difusor su conocimiento y extraordinario manejo del lenguaje, que era su arma e, inteligente, lúcido, genial, pocos podían tener la última palabra en un enfrentamiento verbal, amistoso o no, con él.

Lo que Darío Galaviz hizo a lo largo de los años fue lograr lo que muy pocos: dejar cimentado un mensaje que se situó en el imaginario de un sector de la sociedad hermosillense, o si queremos, sonorense: un mensaje de libertad, de defensa de la individualidad y su ejercicio, de afirmación y proyección de la diferencia. Su papel fue más notable en tanto fue desempeñado en una atmósfera cuyo conservadurismo otorgaba poca tolerancia a este tipo de audacias.

Para finalizar, hay todavía un vacío que, paradójicamente, se deja sentir más ahora con la publicación de este libro, y es el de no contar con una compilación de los trabajos del protagonista de esta historia. Hasta que se resuelva esa carencia no habremos saldado una importante deuda que tenemos con él.