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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad v.19 n.spe México  2007

 

Artículos

 

Adultas y adultos mayores en Sonora: ¿dependientes, autosuficientes o proveedores?

 

Gabriela Grijalva Monteverde*, Mercedes Zúñiga Elizalde* y María de Jesús Zupo Jiménez**

 

* Profesoras–investigadoras del Programa de Relaciones Industriales de El Colegio de Sonora.

** Asistente de investigación del Programa de Relaciones Industriales de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: mzupo@colson.edu.mx

 

Correspondencia:
Obregón 54, colonia Centro, C. P. 83000.
Hermosillo, Sonora, México.
Teléfono 01(662) 259– 53–00.
Correos electrónicos: ggrijal@colson.edu.mx; mzuniga@colson.edu.mx,
respectivamente.

 

Resumen

Analizar las características de la población adulta mayor en Sonora, con énfasis en las fuentes y montos de sus ingresos, es el objetivo del presente artículo. Después de revisar la bibliografía existente sobre ingresos y participación económica de las personas mayores en México, se analizan las proyecciones del proceso de envejecimiento poblacional previsto para las próximas décadas en Sonora, y se discute la distribución geográfica actual de la población de edad más avanzada en la entidad. Con base en la información derivada de la muestra del XII Censo General de Población y Vivienda (INEGI 2000), se presenta un esquema de análisis de la condición de las y los adultos mayores a partir de los diferentes arreglos de los hogares que habitan. La información estadística estudiada ofrece un panorama que cuestiona la percepción de dichas personas, como dependientes económicos de sus hogares.

Palabras clave: envejecimiento demográfico, adultos mayores, arreglos familiares, ingresos, dependencia económica.

 

Abstract

The purpose of this article is to analyze the characteristics of elderly population in Sonora, focusing on the sources and amount of their income. After reviewing the existing bibliography on the sources of income and economic involvement of the elderly in Mexico, we analyze the projections of demographic ageing foreseen for Sonora in the next decades, as well as the current geographical distribution of older people in the state. By processing information from the XII Censo General de Población y Vivienda [XII General Population and Housing Census] (INEGI 2000) sample, we present a framework for analyzing the status of elderly based on their household arrangements. The statistical information studied highlights a situation that calls into question the perception of senior citizens as economically dependent on their households.

Key words: demographic ageing, elderly population, familiar arrangements, income, economic dependence.

 

Introducción

El fenómeno del envejecimiento de la población en países como México está cobrando cada vez mayor relevancia, a medida que la dinámica demográfica enfrenta un problema cuya dimensión será preocupante dentro de algunos años, si no se crean las condiciones económicas, políticas y sociales que preparen esa transición (Benítez 1999; Domínguez 1999; García Guzmán 1999; Garrido, Ramírez y Gómez 1999; García Ramírez 2003; Gomes da Conceicão 1999; Ham 2003; Herrero 1999; Montes de Oca 1999; Ortega 2003; Pedrero 1999; Reyes 1999a; Rodríguez 1999; Salas 1999;Suso y Zobero 2002;Tuirán 1999a, 1999b;Vázquez 1999b; Welti 1998; Zetina 1999).

La singularidad del proceso en este país, como en otros de América Latina, será la rapidez de la transición, cuestión altamente preocupante, según Ham (1999), quien observa que México no cuenta con las condiciones propicias para responder a los retos del envejecimiento,1 por ello advierte sobre la necesidad de aminorar los riesgos y las consecuencias del fenómeno, asegurando las condiciones que posibiliten una vejez en un contexto de mayor bienestar social y económico para las y los mexicanos.

Si por bienestar social se entiende, como lo hace Vizcaíno (2000), el valor cuyo propósito es abrir el acceso a los recursos a todos los integrantes de la sociedad, a fin de satisfacer todas sus necesidades, los retos avizorados para México son mayúsculos, ya que de no cambiar las tendencias actuales de la economía, formas de empleo y distribución del ingreso incluido, el panorama será bastante desalentador: dentro de cincuenta años "todos los sectores en las actividades económicas vivirán en condiciones de mayor miseria" (Benítez 1999, 431). Por su parte, la transición epidemiológica, asociada al envejecimiento poblacional, implicará una reasignación cuantiosa de recursos a los servicios de salud y seguridad social (Yanes 1999). Así lo muestra el cambio en el perfil de los padecimientos, dominado por las enfermedades crónico–degenerativas. De los 2 millones de personas con algún tipo de deterioro funcional en la última década del siglo XX, se pasará a 15.9 en 2050 (Benítez 1999, 468). Esto implicará adaptar el sistema de salud y el modelo de atención hospitalaria a la incidencia de ese tipo de enfermedades (Ham 1996); ofrecer servicios de salud diferenciados, de acuerdo con las demandas de atención y hospitalización diferentes entre hombres y mujeres (Borges et al. 1996); cubrir las deficiencias de especialistas en materia de gerontología (García Ramírez 2003), y transformar las prioridades y alcances de los programas sociales (Tuirán 1999a).

Como problema social, el envejecimiento tiene facetas múltiples, que exigen análisis y demandan solución, por ello también hay que ver los costos económicos que implica, y fundamentalmente las percepciones sobre la vejez y las formas concretas de vivirla, y resolver en la práctica las restricciones impuestas por el envejecimiento de las personas en los distintos sectores de población. Resulta crucial estudiar las condiciones de vida de los adultos mayores, pues como señala García Ramírez (2003), la sociedad actual tiene una visión negativa de dichas personas, que propicia situaciones discriminatorias y excluyentes, donde el maltrato está presente. Para este autor, la concepción sobre las personas mayores como sujetos de derecho está muy alejada de la realidad, puesto que se concibe a la vejez como una edad de dependencia, entendiéndola como algo negativo y decadente.

La vejez no está determinada por la edad cronológica, sino por la habilidad funcional (Suso y Zobero 2002); es ésta, o más bien la pérdida de ella, la que condena a los adultos mayores a la dependencia física y les dificulta tener una vida activa. En cuanto a la supeditación económica, se prevé que la cobertura limitada de la seguridad social y los montos de sobrevivencia de las pensiones y jubilaciones acentúen los requerimientos de apoyo familiar y social, para satisfacer las necesidades sustantivas de esa población (Solís 1999).

En este contexto, el objetivo del presente artículo es analizar las características de la población adulta mayor en Sonora, con énfasis en sus fuentes y montos de ingreso para la subsistencia. La primera sección del documento presenta una revisión breve de la bibliografía existente sobre ingresos y participación económica de los adultos mayores en México. La segunda parte analiza la dinámica demográfica prevista para Sonora en las próximas décadas, mientras que en la sección tres se presenta la distribución geográfica actual de la población de edad más avanzada en la entidad. Con el análisis detallado de la información derivada del XII Censo General de Población y Vivienda (INEGI 2000), a partir de un procesamiento particular de su base de datos, las secciones cuatro y cinco proponen un esquema de análisis de la condición de las y los adultos mayores desde los diferentes arreglos de los hogares en que habitan. La información estadística estudiada ofrece un panorama que cuestiona seriamente la percepción de dichas personas, como dependientes económicos de sus hogares.

 

Ingresos y participación económica de las y los adultos mayores

Una de las líneas de estudio sobre el envejecimiento poblacional se orienta al análisis sobre los cambios que la transición demográfica impone a los mercados laborales, así como en la incidencia que la configuración de ellos tiene sobre el fenómeno, a partir del proceso de globalización económica.

Así, mientras que para Yanes (1999) el envejecimiento demográfico impondrá presiones a los trabajadores activos y a los sistemas de pensiones y jubilaciones, debido al desbalance en la cantidad de adultos mayores y la población que trabaja, Suso y Zobero (2002) advierten sobre el efecto negativo que las transformaciones del mercado laboral puedan tener en las personas de edad avanzada, al limitar la inserción de los jóvenes y acrecentar los riesgos de despido o de salida prematura del mercado de trabajo.

La aportaciones económicas reducidas de la(o)s anciana(o)s, debidas a su bajo nivel educativo y participación relativa en la toma de decisiones, entre otras cuestiones, son factores que para Vázquez (1999a) contribuyen a crear dependencia, explotación y subordinación de esta población, situación que se agrava cuando aparecen las enfermedades, la viudez y el deterioro físico y mental, que demandan cuidados y atenciones particulares.

Para Vizcaíno (2000, 33), que la sociedad se estructure en "activos y pasivos, junto a la indefinición del papel social de los viejos" es lo que genera una visión devaluada de esa etapa de la vida, y crea las condiciones para que las y los adultos mayores sean sujetos de discriminación. La matriz cultural de esa condición es ubicada por Yanes (1999, 407) "en el productivismo", como objetivo prioritario de la sociedad

[..] que empobrece a las personas bajo la categoría de recursos humanos, que no asume a los adultos mayores como parte de la riqueza de una sociedad, sino como un estorbo al que hay que confinar, que los cataloga no como un asunto de sociabilidad, sino como una carga financiera y que en sus criterios estrechos desecha el potencial productivo, de conocimiento y de utilidad social que tiene esta población.

Efectivamente, dice Rivas (1999, 111), "la clave de la problematización de la población adulta mayor, está en la 'carga' o 'coste social' que supone para los presupuestos del Estado, porque lo considerado 'útil', 'rentable' y 'productivo' es definido y construido socialmente desde parámetros y planteamientos ideológicos nada objetivos". Y esa "devaluación social de la vejez", como la llama Reyes (1999b, 194), se incrementará a medida que crezca la población de edad avanzada, y con ella las dificultades para que la sociedad asuma sus cuidados.

Otra veta de análisis, quizá un poco más explorada, es la que busca investigar la inserción laboral de las personas mayores y su generación de ingresos. En contraposición a la visión cultural tan difundida que concibe a las personas adultas mayores como seres económicamente dependientes, estos estudios destacan su colaboración en la generación de ingresos para su subsistencia. Para Ruvalcaba (1999), las remuneraciones de esta población son, en no pocos casos, el principal medio de sostén económico del hogar, o en ocasiones el único, sobre todo en el ámbito rural.

La participación económica es diferente entre mayores de 60 años, según su edad, condiciones de salud y sexo. En el caso de los hombres, más de la mitad de quienes tienen de 60 a 64 años continúa trabajando, los de 80 lo hacen uno de cada cuatro, aunque sus ingresos son reducidos o nulos. Según CONAPO (2005), una cuarta parte de los mayores de 60 años que trabaja no recibe sueldo, y el resto percibe tan sólo entre uno y dos salarios mínimos. La misma fuente asocia la gran participación de esta población a la baja cobertura de los sistemas de pensiones, esto tratándose de los hombres, porque en el caso de las mujeres el monto que reciben como jubiladas es muy poco, lo que trasluce una situación todavía más crítica respecto de la población masculina, que puede subsanarse en algunos casos sólo mediante la pensión por viudez.

Es al sector informal, donde de manera prioritaria, los adultos mayores parecen incorporarse, obligados, asegura Ham (2003), por la situación precaria de su vejez y la insuficiencia del sistema de pensiones. En el área rural, los hombres de edad avanzada se emplean como jornaleros o peones o laboran por su cuenta. En el medio urbano son obreros, artesanos o trabajadores en actividades de comercio y ventas, con ingresos menores a los dos salarios mínimos (Ham 2003). Las mujeres suelen ocuparse preferentemente en el comercio (Salas 1999), con percepciones todavía más bajas, inferiores a un salario mínimo (Ham 2003).

Si la seguridad social es, como lo estipula la Organización Internacional del Trabajo (OIT) , la protección que la sociedad debe otorgar a sus integrantes para hacer frente a las privaciones económicas y sociales, en México pocas personas pueden usufructuar ese derecho y, cuando existe, se encuentra disminuido por lo limitado de sus montos. Sólo una minoría puede retirarse con una pensión; para el resto, la inmensa mayoría, les queda el recurso de seguir trabajando mientras su condición física se los permita, que sucede a los 69.4 años de edad, según Tuirán (1999a).

Para Zetina (1999), los adultos mayores no tienen un retiro social verdadero. García Ramírez (2003) sostiene que la opción es seguir trabajando u obtener recursos de redes familiares o extra familiares, en vista de la insuficiencia de cobertura y aportes económicos del sistema de pensiones, para sostener una calidad de vida que responda a las necesidades de su edad. Ham (2003) opina que los montos por jubilación son de subsistencia, además de que apenas cubren a 24 por ciento de los mayores de 60 años. Frente a tal situación, resalta el papel fundamental que debe jugar el Estado, que para García Ramírez (2003) tendría que ser más activo y crear condiciones para que la población llegue a la vejez con independencia de recursos y con buena salud, tomando como punto de partida, como lo hace Soto (1999), que la seguridad social es un derecho universal y una responsabilidad colectiva.

Otros estudios enfatizan que los adultos mayores suelen recibir el apoyo de sus familias, los que pueden ser muy diversos, tanto económicos como en especie (García Guzmán 1999). Con base en datos de la Encuesta Nacional de Empleo 1996, Wong (1999) afirma que el soporte principal de la población mayor de 60 años que no trabaja son los apoyos familiares, y esta ayuda se da en forma inversa a la pensión que reciben. No obstante, en otro trabajo, se pregunta si la ayuda familiar en México se otorga debido a la carencia de apoyos institucionales o forma parte de la cultura de la sociedad (Wong y Espinoza 2003). A este cuestionamiento habría que agregar la interrogante de si en verdad las familias están en condiciones y dispuestas a seguir brindando este soporte, para satisfacer los requerimientos reales de manutención económica, cuidado, atención física y emocional de las personas envejecidas, planteamiento que resulta relevante, en vista de las percepciones negativas que se tienen de esta población.

Para llegar a la vejez con buena calidad de vida, según García Ramírez (2003), habrá que transformar la estructura social, para crear las redes de apoyo e intercambio informales, que amplifiquen la ayuda de la familia. Sobre ella recae el peso fundamental de las responsabilidades derivadas del envejecimiento, y esta situación se mantendrá a futuro, como indican las tendencias de inseguridad en el empleo del mercado laboral, y la individualización de las cuotas de jubilación. Por ello, para Vázquez, el futuro de las y los adultos mayores "va a depender del sistema real de superviviencia, acomodo y desarrollo de la red familiar" (2003, 18).

Pero también están los apoyos sociales o institucionales, los proporcionados por el Estado, y que para Domínguez (1999) pueden aligerar las responsabilidades familiares, y contribuir a mejorar la calidad de vida de esa población. Para el autor, estas transferencias, y otras informales, tendrán que reforzarse a futuro, ante una reducción esperada del tamaño de la familia y del aumento de las separaciones y divorcios.

A este debate hay que incorporar lo descrito por Rodríguez (1999), en relación con la inserción decreciente de las y los adultos mayores en albergues, asilos o residencias para ancianos. Frente a tal panorama, cabe preguntarse si las personas envejecidas prefieren vivir solas o con sus familiares, en lugar de asistirse en una casa–hogar, pues la reducción presupuestaria de las políticas sociales ha precarizado estos lugares hasta volverlos indeseables. Queda abierta una línea de investigación importante, sobre la que habría que trabajar a futuro.

 

La dinámica demográfica en Sonora 2000–2030

El proceso de envejecimiento poblacional en México, al igual que el observado en otros países, se deriva de la conjunción de tres factores asociados al crecimiento de la población. Por una parte, la extensión de la cobertura de los servicios de salud pública y los avances tecnológicos en el campo de la medicina, que han favorecido el descenso de las tasas de mortalidad, y el aumento en la esperanza de vida de las personas. Por otra, la disminución de las tasas de fecundidad, que paulatinamente le va restando importancia a la población infantil y joven. Por último, el fenómeno de la emigración internacional, que implica la salida de adultos jóvenes de ambos sexos, sobre todo de 16 a 40 años de edad hacia Estados Unidos, en el caso de México, con la consecuente disminución de la importancia relativa de estos grupos de edad en la población. Así, estos tres factores provocan el aumento de la proporción de personas de edad avanzada, fenómeno conocido como envejecimiento de la población.

En Sonora, las tasas de mortalidad empezaron a disminuir a partir de 1940, revirtiendo la tendencia alcista expresada desde inicios del siglo XX. En ese año, la tasa de mortalidad se ubicó en 183 por cada mil, bajó a 82 en 1970; representó un incremento de 15.3 y 16.2 años en la esperanza de vida de hombres y mujeres, respectivamente, entre 1940 y 1970. Este proceso siguió un ritmo ascendente, para 1995 ubicó la esperanza de vida al nacer en 70.6 años para los hombres y 76.8 para las mujeres. Por su parte, la tasa bruta de natalidad empezó a descender a partir de 1960, aunque su caída se pronuncia de manera más clara durante la década de los setenta, cuando pasó de 467 por cada mil a 329 en 1980, hasta llegar a 270 en 1995. Lo anterior se tradujo en el declive de la tasa global de fecundidad, la cual indicaba en 1970 que una mujer en edad reproductiva procreaba en promedio a 6.67 hijos, mientras en 1980 equivalía a 4.34.2

Al considerar los diferentes escenarios de proyección de estas tendencias para México y sus entidades federativas (disminución de la natalidad y la mortalidad, aumento de la esperanza de vida y procesos de emigración internacional), el Consejo Nacional de Población (CONAPO) ha estimado el crecimiento poblacional total y por grupos de edad entre 2000 y 2030,de donde hemos construido el cuadro 1.

Como se ve en él, se estima que el crecimiento poblacional en México observará, en las primeras tres décadas del siglo XXI, una desaceleración importante; disminuirá de 1.2 por ciento anual entre 2000 y 2005 a sólo 0.5 entre 2025 y 2030. En el mismo periodo, la población de 60 años y más crecerá a tasas promedio anuales de alrededor de 4 por ciento, con lo que la importancia relativa de la población adulta mayor pasará de 6.8 por ciento en 2000 a 10.2 en 2015 y a 17.2 en 2030. En este sentido, se dice que el tránsito hacia el envejecimiento demográfico todavía está en cierta forma en proceso de gestación, puesto que el mayor peso de la población de edad avanzada se espera de una manera más notoria dentro de dos o tres lustros, de esto deriva la relevancia de conocer y prever desde hoy la situación específica de las personas mayores.

En Sonora, las proyecciones estiman procesos en el mismo sentido, aunque en esta entidad tanto el crecimiento de la población total como el de las y los adultos mayores será superior a la del conjunto del país. No obstante, los cálculos de CONAPO señalan que el proceso de envejecimiento en Sonora, medido por la importancia relativa que asumirá en cada periodo el grupo de edad de 60 años y más entre la población, será similar al nacional.

Las gráficas 1a, 1b y 1c presentan las pirámides poblacionales derivadas de las proyecciones por grupo quinquenal de edad de CONAPO, en las que se prevé el avance del proceso del envejecimiento demográfico en Sonora. En ellas se aprecia la evolución de la importancia relativa de la población por quinquenio de edad en 2000, 2015 y 2030, manifestándose con claridad la relevancia de las transformaciones esperadas en esta materia. Destaca en particular el pronóstico de que en 2030, el peso relativo sólo de los adultos mayores entre 60 y 64 años será tan importante (un punto porcentual menos) al que hoy tienen todas las personas de 60 años y más. Véanse gráficas 1a, 1b, 1c.

Los flujos migratorios, principalmente de zonas rurales a urbanas, derivados de las diferencias en las oportunidades de empleo generadas en las distintas regiones, imponen su sello característico en la distribución territorial de la población.

Los datos proporcionados por las proyecciones de CONAPO, para el crecimiento poblacional 2000–2030 de los 72 municipios de Sonora, dan cuenta de la continuación de la tendencia iniciada desde la segunda mitad del siglo XX: el despoblamiento de las regiones centrales y serranas (al oriente del estado), con aumento de la densidad poblacional en los municipios localizados a lo largo de la costa y en la frontera con Estados Unidos, donde se concentran las principales actividades industriales y de servicios en la entidad.

 

La distribución geográfica de las adultas y adultos mayores en Sonora

De las 12 regiones en que se divide Sonora, la información censal muestra que cinco de ellas tenían en el año 2000 la composición etaria que se avizora para el conjunto de la entidad y el país en 2015, 2020 o incluso 2025 (véase cuadro 2). Son las dos integradas por municipios localizados en el centro del estado (región Centro, Río Sonora y San Miguel), así como las tres serranas que agrupan a los municipios del oriente de la entidad, hasta la colindancia con Chihuahua (Sierra Alta, Sierra Centro y Sierra Sur).

El envejecimiento poblacional de dichas regiones está asociado con las emigraciones importantes de estos territorios hacia las zonas costeras y fronterizas durante los últimos cincuenta años.3 Miles de personas en edad reproductiva fueron abandonando sus lugares de origen para no volver, expulsadas por el decaimiento de las actividades económicas que antes los habían hecho florecer —sobre todo la ganadería y la minería—, y atraídas por el desarrollo de la agricultura y la agroindustria de Hermosillo y los valles del Yaqui y Mayo, y después por la industria maquiladora de exportación en municipios fronterizos (regiones Desierto, Frontera Centro y Norte). Por consiguiente, éstas experimentan un proceso de envejecimiento causado por la disminución paulatina pero constante de sus habitantes, lo que explica su baja densidad poblacional, en comparación con el resto de la entidad. En efecto, como se desprende de la gráfica 2, sólo uno de cada diez adultos mayores de Sonora habita en las más envejecidas, en tanto que los nueve restantes viven en las regiones que tienen procesos de envejecimiento menos pronunciados: Desierto, Frontera Centro, Frontera Norte, Hermosillo, Guaymas–Empalme y Yaqui–Mayo.

El mayor peso relativo de jóvenes en las regiones de concentración de más personas mayores tendría implicaciones positivas para éstas, por ejemplo incrementar sus posibilidades de acceso a recursos económicos por habitar en regiones menos rezagadas, y con más jóvenes, que pueden apoyarlas para su sostenimiento; pero también puede significar desventajas, si la conducta de los jóvenes es discriminatoria hacia las y los adultos mayores. Por el contrario, las personas de más edad que habitan en regiones más envejecidas, con mayor rezago económico, tendrían más desventajas en el acceso a los ingresos necesarios para su sostén, aunque también algunas ventajas derivadas de una mayor conciencia de la problemática de este sector de la población, así como más posibilidades de crear redes de apoyo y convivencia entre ellas. De aquí se desprende la necesidad de abrir líneas de investigación, que consideren la dimensión territorial de los procesos del envejecimiento, para indagar las formas de experimentar la vejez en las diferentes regiones de la entidad.

 

Adulto (a) s mayores y hogares en Sonora

De los cerca de quinientos cuarenta mil hogares contados en el XII Censo General de Población y Vivienda de 2000 en Sonora, casi a uno de cada cuatro (23 por ciento) se integraba al menos una persona de 60 años o más. Como es de esperarse en zonas más envejecidas, en los hogares de las regiones Centro y Sierra esta proporción era aún mayor: uno de cada tres incluía al menos una persona de edad avanzada (33 por ciento).4 Los más frecuentes, con 68 por ciento, son los hogares que albergan a un adulto mayor, seguidos por los que alojan dos (30) y 2 por ciento de los hogares conviven con más de dos.

La gráfica 3 y el cuadro 3 muestran la distribución de hogares y de la población adulta mayor en Sonora.

La mayoría de los adultos mayores vive en compañía de otras personas de menor edad (72 por ciento), 19 lo hace con uno o más adultos mayores y 9 vive solo (a). De acuerdo con la posición que ocupan en sus hogares, la presencia de adulto (a) s mayores revela una imagen lejana a la dependencia en su relación con las personas de menor edad, aun cuando vivan con ellas; en la mayoría de los casos, son las y los adulta(o)s mayores quienes encabezan los hogares (véase cuadro 4).

La jefatura es indiscutible en el caso de quienes viven solos. Quienes lo hacen en compañía de otras personas no mayores, encabezan sus hogares como jefe o cónyuge en 86 por ciento de los casos, si la persona mayor es varón y 69 si es mujer; cuando no ocupan dicha posición, hombres y mujeres son principalmente madre o padre del jefe(a) o de su cónyuge, lo que ocurre en forma más común en el caso de las mujeres. En los hogares que albergan dos adultos mayores, éstos son sobre todo jefe o jefa y su cónyuge, tanto cuando viven solos como cuando lo hacen con otras personas no mayores (véanse cuadro 4 y gráficas 4a y 4b); en caso contrario, generalmente se trata de el(la) jefe(a) y su padre o madre, suegra o suegro; el caso de dos adultos mayores en pareja que vivan en el hogar encabezado por una hija o un hijo se da en 3 por ciento. Los hogares con más de dos adultos mayores, que son poco comunes, son encabezados por personas mayores en menor proporción.

En el total de adultas y adultos mayores no existen diferencias significativas en cuanto a con quién viven en sus hogares, pero sí son relevantes si se considera el grupo de edad al que pertenecen (véanse gráficas 5a y 5b). La proporción de adultos mayores que viven solos parece bastante estable a lo largo de los tres grupos de edad considerados, sobre todo en los hombres, en tanto que en las mujeres esta proporción parece incrementarse con la edad. En los varones, la probabilidad de que habiten sólo con otras personas de menor edad es mayor en el grupo de 60 a 64 años, disminuye en los grupos de mayor edad (65 a 74 y 75 y más años), en los que cobra mayor peso la coexistencia con otro adulto mayor y con menores de sesenta años. Entre las mujeres, por el contrario, se incrementa con la edad la probabilidad de pertenecer a hogares en donde ellas son las únicas personas mayores de 60 años, y disminuye la coexistencia con otro adulto mayor.

Estas diferencias en el tipo de hogar que habitan hombres y mujeres se explican mejor si se considera el estado conyugal de las y los adultos mayores por grupo de edad. Como se muestra en el cuadro 5, una amplia mayoría de los varones están unidos: tres de cada cuatro en los grupos de 60 a 64 y 65 a 74, y casi seis de cada 10 de los mayores de 74 años, están unidos, de donde se desprende que una buena parte de los varones, únicas personas mayores en sus hogares, particularmente en el grupo de 60 a 64 años, viven en compañía de parejas que aún no llegan a ser adultos mayores. Por el contrario, entre las mujeres la condición de unidas es mayoría sólo en el grupo de 60 a 64 años; y disminuye en los siguientes grupos de edad, en los que aumentan la proporción de separadas, divorciadas o viudas, sobre todo entre las de 75 años y más.

Lo anterior implica que en los hombres y mujeres el significado de los arreglos familiares, en los que viven cerca de 40 por ciento de adultos mayores con otras personas de menor edad, es diferente: en los primeros, el núcleo de personas de menor edad incluiría en una buena parte de los casos a una cónyuge, en estos arreglos los hombres siguen ocupando la posición de jefes de hogar, en tanto que en las mujeres este arreglo corresponde más a condiciones en las que ellas asumen la jefatura del hogar en ausencia de un cónyuge o están en núcleos familiares como madre o suegra de otro (a) jefe (a), que aún no alcanza la edad adulta mayor. Además, estos arreglos son más comunes entre los varones de 60 a 64 años, en tanto que en las mujeres lo son entre las de 75 años o más.

 

¿Dependientes, autosuficientes o proveedores? Actividades e ingresos de las y los adultos mayores en Sonora

De acuerdo con la información estadística disponible más reciente, proporcionada por la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, la gran mayoría de las y los adultos mayores desempeña algún tipo de actividad, ya sea en el mercado laboral o en el ámbito doméstico (véase cuadro 6). En Sonora, el trabajo remunerado es importante entre las y los adultos mayores, aunque sobresalen algunas variantes en comparación con el nacional, sobre todo entre los varones. La proporción de la actividad laboral para el mercado —acompañada o no de tareas domésticas— es menor en los hombres de Sonora, que en el conjunto del país (40 contra 56 por ciento), aumentan, por el contrario, las labores domésticas, pero también en cierta medida la proporción de quienes no participan en ninguna actividad. Por su parte, la distribución porcentual de las adultas mayores en las diferentes categorías de actividad económica desglosadas aquí observa menos diferencias en Sonora con el resto del país.5

La información proporcionada por el XII Censo General de Población y Vivienda (INEGI 2000) ofrece datos de igual manera relevantes sobre la condición de actividad de la población adulta en Sonora, susceptibles de desglosarse por grupo de edad y tipo de hogar que habitan.

El cuadro 7 presenta la información correspondiente al tipo de actividad económica desempeñada por la población de edad avanzada en Sonora, según la clasificación usual en esta materia, de señalar a lo(a)s económicamente activa(o)s, quienes se ocupan sobre todo en actividades laborales para el mercado, y lo(a)s inactivo(a)s económicamente; por dedicarse a tareas domésticas, estar jubilado(a)s, incapacitado (a) s o por cualquier otro motivo.

Los varones continúan ocupándose en forma importante en actividades laborales para el mercado, pero la proporción disminuye con la edad: tres de cada cinco de los más jóvenes, dos de cada cinco de los de edades mayores intermedias y uno de cada cinco de los de 75 años o más. Otra cantidad, creciente con la edad, se retira del ámbito laboral por jubilación, pero cantidades aún más importantes lo hacen para quedar inactivos por otra razón; es baja la proporción de los incapacitados permanentes para trabajar, aunque aumenta con la edad.

En el caso de las mujeres, la proporción de quienes continúan en el mercado laboral cuando son adultas mayores es más baja, igualmente decreciente con la edad. Son mucho menos las mujeres que no participan en actividades laborales extra domésticas por haberse pensionado o jubilado de algún empleo. En la mayoría de los casos, las adultas mayores se ocupan en actividades domésticas, aun a edad avanzada. Pocas se declaran incapacitadas de manera permanente para trabajar, aunque una buena proporción de ellas está totalmente inactiva, por razón indeterminada.

De esta información destacan dos asuntos relevantes. El primero, las proporciones importantes de hombres y mujeres de los grupos de 60 a 64 y 65 a 74 años que continúan trabajando en la actividad principal desempeñada probablemente antes de llegar a la edad adulta mayor: en la extra doméstica en el caso de los hombres (62 y 43 por ciento, respectivamente) y en la laboral doméstica (58 y 57) o extra doméstica (14 y 8) en el caso de las mujeres. Sólo entre los mayores de 74 años disminuye la actividad en forma más acentuada, sobre todo entre los hombres. El segundo se refiere a la baja proporción de mujeres jubiladas, hecho asociado a la menor participación de ellas en los mercados de trabajo formales (véase cuadro 7).

Las diferencias en las condiciones de ocupación de hombres y mujeres antes y durante su edad adulta mayor tienen repercusiones importantes en su fuente y monto de ingresos disponibles para subsistir en la vejez. Más de la mitad de las adultas mayores, en todos los grupos de edad, carece de una fuente de ingresos propia (véase cuadro 8). El resto obtiene recursos sobre todo de las jubilaciones y la ayuda económica de familiares con los que no viven. Una buena parte de las pensiones, por ejemplo, muy probablemente son por viudez, a juzgar por la baja proporción de adultas mayores que declaran tener jubilación por empleo. El acceso a ingresos del trabajo alcanza a menos personas, que disminuyen con la edad, en tanto que cantidades aún más bajas tienen subsidios y otras fuentes de ingresos.

En el caso de los hombres, la percepción de ingresos por trabajo es mayor, tanto en proporción como en su monto promedio. El trabajo es la principal fuente de ingresos de los adultos mayores del grupo de 60 a 64 años, en tanto que las pensiones y jubilaciones lo son en los grupos de edad más avanzada. La ayuda económica de familiares asiste directamente a una cantidad menor de hombres que de mujeres, pero su monto promedio es similar para ambos. Subsidios y otras fuentes de ingresos apoyan a proporciones igualmente bajas de hombres que de mujeres. La proporción de adultos mayores sin ingresos propios crece, conforme aumenta la edad, y alcanza 30 por ciento de los más ancianos; está de manera directa asociada con la capacidad menor de obtener recursos mediante el trabajo.

Según el monto promedio, es destacable que el ingreso medio de las mujeres es, en los tres grupos de edad, menor que el de los hombres; asciende a poco menos de un salario mínimo en promedio en cada grupo de edad, en tanto que en los hombres es de cerca de tres en el grupo de 60 a 64 años, y desciende en promedio un salario mínimo en los grupos de edad más avanzada.

El análisis de las fuentes y los montos de los ingresos, de las y los adultos mayores en los diferentes arreglos domésticos en que conviven, ayuda a entenderlos con más claridad.

Como se aprecia en el cuadro 9, los hombres y mujeres mayores que viven solos cuentan con ingresos promedio superiores. Es importante señalar que el ingreso promedio por persona en los hogares de Sonora, en los que no vivían personas mayores en el año del análisis ascendía a 1 824 pesos, cantidad inferior a la de los adultos mayores que viven solos, y apenas superior al ingreso medio de las adultas mayores solas. Entonces, la condición de percepciones de la población mayor que vive sola no parece estar en desventaja en relación con la del resto de los adultos mayores, ni en relación con el resto de las personas en los hogares donde no habitan individuos de más edad. Tal parece que este grupo de adulto (a) s mayores vive solo, en la medida que es autosuficiente en términos de ingresos. Conviene señalar también que una parte de él se mantiene gracias a la ayuda económica de sus familiares, pues en términos relativos recibe con más frecuencia dichos apoyos, particularmente las mujeres. Asimismo, es destacable que en este grupo existe una condición de vulnerabilidad especial en cerca de 20 por ciento de los casos, los cuales no cuentan con ingresos monetarios.

En los otros arreglos domésticos, donde los adultos mayores viven con otras personas, la proporción de varones que cuenta con recursos monetarios se mantiene estable en alrededor de 80 por ciento; las percepciones son superiores en todos los casos, al del ingreso promedio por persona en los hogares señalados en el párrafo anterior, lo que sugiere que en estos casos ellos pueden ser independientes y proveedores de sus hogares. Entonces, sólo 20 por ciento de estos adultos mayores entraría en la categoría de dependientes económicos.

En el caso de las mujeres, las más dependientes económicamente son las que viven con otro adulto mayor, por lo general su cónyuge, ya sea solas en pareja o en compañía de otras personas de menor edad, pues mayoritariamente son estas mujeres quienes carecen de ingresos monetarios. Es en este tipo de arreglos en los que se dedican con más frecuencia a las actividades domésticas (véase cuadro 10), para compensar y reforzar su condición de dependencia económica. En el caso de quienes viven con otras personas no mayores, las mujeres cuentan en seis de cada diez casos con ingresos monetarios de alrededor de 1 187 pesos, provenientes de pensiones y ayuda de los otros familiares con quienes no viven.

El cuadro 11 permite otra aproximación al tema de la relación económica de adulto (a) s mayores en sus hogares. En general, la condición de los varones no puede considerarse de dependencia económica, sino más bien de autosuficiencia o incluso de proveeduría de recursos: los ingresos totales de los adultos mayores —provenientes de su trabajo, de pensiones y jubilaciones, ayudas de familiares en el extranjero o en el país, pero que no viven con ellos o de otras fuentes— en todos los arreglos donde viven con otra personas exceden a los del promedio por persona en sus hogares, y constituye así una proporción importante de los ingresos del hogar, dependiendo de las personas que lo conforman.

La condición de las mujeres es de autosuficiencia relativa en los arreglos donde viven solas o en compañía de otras personas más jóvenes, y son dependientes cuando viven solas con otro adulto mayor o con más personas y otro adulto mayor.

 

Conclusiones

Pese a que la transición demográfica en Sonora inició más tarde que el promedio nacional, refleja ya un proceso más acelerado en comparación con una buena parte de las otras entidades del país. Cinco de las 12 regiones en las que se divide el estado presentan, desde el año 2000, una concentración de población mayor de 60 años, comparable a la que se prevé tendrá el país en 2015, 2020 o incluso 2025. Son las regiones Centro, Río Sonora y San Miguel, Sierra Alta, Sierra Centro y Sierra Sur las que experimentan ese proceso, inducido básicamente por la disminución paulatina pero constante de su población, lo que explica también la baja densidad poblacional respecto del resto del estado. Las regiones Desierto, Frontera Centro, Frontera Norte, Hermosillo, Guaymas–Empalme y Yaqui–Mayo tienen procesos de envejecimiento menos pronunciados, aunque aglutinan a nueve de cada diez adultos mayores, al ubicarse en ellas los municipios más poblados de la entidad.

El fenómeno demográfico para cada uno de los dos grupos de regiones tiene ventajas y desventajas. En las más envejecidas, que coinciden con las zonas de rezago económico, las personas adultas mayores tienen dificultades para acceder a los recursos económicos necesarios para su sostenimiento, así como a los servicios médicos especializados. A cambio, pueden beneficiarse de las redes de apoyo, comunitarias y familiares, que siguen vigentes en las zonas rurales, donde la vejez aparentemente todavía se percibe como una etapa de gran valía social.

En las regiones menos envejecidas, donde se incluyen algunos de los municipios urbanos, con mayor densidad poblacional y mejor infraestructura en servicios de salud, los adultos mayores tienen acceso más variado a ellos, aunado a que el peso relativamente más grande de personas en edad de trabajar, y la existencia de un mercado laboral más amplio y diversificado, puede abrir expectativas de un mayor aporte de recursos económicos proveniente de familiares más jóvenes, o bien de los ingresos generados por los propios adultos mayores. Las desventajas se ubicarían en las percepciones más desfavorecedoras de las poblaciones urbanas respecto de los ancianos, y en el debilitamiento de los vínculos familiares como soportes para el cuidado y atención de los problemas derivados de la edad de esta población.

En Sonora, la mayoría de los adultos mayores vive en compañía de otras personas de menor edad. Esta situación es más representativa entre los varones, de manera particular en el grupo de 60 a 64 años. Entre los de 65 a 74 y 75 y más años cobra importancia cohabitar con otro adulto mayor y personas menores de 60. Entre las mujeres de más de 60, la situación es diferente: a mayor edad hay más probabilidad de vivir en un hogar en el que son la única persona mayor.

La explicación a tal fenómeno está en el estado conyugal de los varones, quienes en edad avanzada en su mayoría están unidos a una pareja: tres de cada cuatro en el caso de quienes tienen entre 60 y 74 años, y seis de cada diez de los mayores de 74. La diferencia de edad entre los cónyuges, las mujeres suelen ser varios años menores, explica esta situación y constituye además una ventaja en el envejecimiento masculino. A lo anterior se suman los condicionantes de género que prescriben atributos y obligaciones para las mujeres en el cuidado y atención a personas, sobre todo al marido. Todo ello constituye un ambiente favorecedor para los varones que han llegado a la edad mayor, en especial cuando el envejecimiento se acompaña de enfermedades o condiciones incapacitantes.

El caso de las mujeres es diferente, sólo las de 60 a 64 años se encuentran en su mayoría unidas, situación que disminuye drásticamente en una edad posterior. Después de los 64 años, su condición de separadas, divorciadas o viudas adquiere relevancia. La mayoría de ellas parece vivir su etapa de envejecimiento sin la compañía de sus parejas, y los soportes físicos y emocionales, de requerirlos, tendrán que provenir sobre todo de otros miembros de la familia.

En cuanto a la remuneración económica, la posición que los adultos mayores guardan en sus hogares no muestra una dependencia clara en su relación con las personas de menor edad, aun cuando vivan con ellas. Las cabezas de familia en la gran mayoría de los casos son los adultos y adultas mayores. Hombres y mujeres, entre 60 y 75 años, se desempeñan en la actividad principal, que quizá venían realizando antes de llegar a esa edad, ya sea extra domésticas en el caso de los varones o domésticas o extra domésticas en el de las mujeres.

Los ingresos económicos de los adultos mayores que viven con otras personas se mantienen estables en la mayoría de los casos, son superiores al promedio de los hogares donde no existen personas mayores, situación que pone en cuestión la imagen tan extendida de su supuesta dependencia económica. Por el contrario, los datos apuntan hacia la posibilidad de que esta población sea mayoritariamente proveedora de sus hogares. Las mujeres son las que tienen mayores condiciones de dependencia, pues más de la mitad no cuenta con ingresos propios en todos los grupos de edad. Sin embargo, son ellas las que aún a edades muy avanzadas se dedican con más frecuencia a las labores domésticas, realizando tareas que en muchos casos apoyan la salida al mercado laboral de otros integrantes del hogar.

La ayuda económica de familiares está vinculada con la franja de edad, y la menor capacidad de los adultos mayores de obtener ingresos por medio del trabajo. Con menor frecuencia que las mujeres, los hombres reciben ese apoyo, aunque el monto promedio del recurso es similar para ambos.

Frente a este panorama, hay que problematizar las ideas sobre la población mayor de 60 años como un bloque homogéneo, que se caracteriza por su dependencia económica. En cada grupo la situación es diferente, pues el avance de la edad y los problemas derivados de ella se entrecruzan con otros elementos, como el tipo de hogar, la ocupación laboral o el monto de los ingresos. En esa complejidad habrá que tener presente que el envejecimiento no es similar para hombres y mujeres, ni las ayudas familiares se dan indistintamente con la edad avanzada. La existencia de estas últimas bien pudiera constituir una respuesta obligada frente a una necesidad que se impone, la dependencia de los adultos mayores, antes que a una solidaridad cultural frente a dicha población.

 

Agradecimientos

Las autoras agradecen al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología el apoyo en la investigación de la que forma parte este trabajo (Ref. SEGOB–2004–0 1–027).

 

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Notas

1 El autor señala que a los países europeos les tomó más de 200 años llegar a la transición demográfica, a México le tomará cincuenta. Esto se debe a las bajas aceleradas de las tasas de mortalidad y de fecundidad.

2 Todas las cifras de este párrafo provienen de la Unidad de Información Regional de El Colegio de Sonora, con base en INEGI: Estadísticas Históricas de México. Tomo I y Anuario Estadístico del Estado de Sonora, 1997. BARCO (Banco Regional de Consulta).

3 Así como hacia Estados Unidos, principalmente a Arizona y California (Lozano y Cacique 1995, 62).

4 Los hogares de las regiones en Costa y Frontera marcan la tendencia general de la entidad.

5 Por sus características, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (INEGI) es una fuente de información estadística actual importante, pues es trimestral y cubre y representa las 32 entidades federativas a partir de 2005. A la fecha de elaboración de este trabajo, no estaban disponibles las bases de datos de esta encuesta, por lo que el análisis se realizó con los datos de la muestra del XII Censo General de Población y Vivienda 2000 (INEGI).