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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad v.19 n.40 México sep./dic. 2007

 

Reseñas

 

Leticia Robles Silva, Felipe Vázquez Palacios, Laureano Reyes Gómez e Imelda Orozco Mares (2006), Miradas sobre la vejez. Un enfoque antropológico.

 

México, El Colegio de la Frontera Norte y Plaza y Valdés, 314 pp.

 

Ma. del Carmen Castro V.* y Minerva Ponce Mendoza**

 

* Profesora–investigadora del Programa Salud y Sociedad de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: ccastro@colson.edu.mx

** Alumna de la maestría en Ciencias Sociales especialidad en Salud de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: mponce@posgrado.colson.edu.mx

 

Miradas sobre la vejez. Un enfoque antropológico representa un esfuerzo de investigación serio y un aporte importante a los estudios sobre la vejez en México. Roberto Ham Chande, coordinador general del proyecto, señala en el prólogo la ausencia de este tipo de investigaciones, ya que el interés en el envejecimiento en México, documentado desde la década de 1970 en su rasgo demográfico y actuarial de los recursos de la seguridad social, se había analizado escasamente en su interrelación con otros campos como la salud, desde un enfoque antropológico. Los trabajos presentados aquí parten de este vínculo, y giran alrededor de cuatro temas principales: los estatus y roles de la población envejecida; las representaciones sociales de la vejez; el papel de la religión en estas etapas de la vida y el cuidado de los ancianos, como tarea cotidiana y parte de los ciclos familiares (p. 15). La presente es una obra colectiva, dividida en dos partes: la primera contiene tres trabajos escritos en equipo y la segunda incluye cuatro; todos los autores participan en el apartado de conclusiones. La obra está enmarcada en el proyecto Demografía de las edades avanzadas: implicaciones para el desarrollo y bienestar, realizado entre 2002 y 2004; integrado por cinco subgrupos de investigación, los autores de este libro pertenecen al de antropología sobre la vejez.

La reseña se organiza a partir de la descripción de cada uno de los trabajos, con énfasis en el objetivo último de la obra: analizar el envejecimiento a la luz de un enfoque antropológico e incluir la salud de la población. El primer apartado es la introducción, donde se sientan las bases teóricas comunes, se describe el panorama de cómo se ha estudiado la vejez en el mundo y en México, y se señala de manera breve qué esperar de cada texto sobre los asuntos mencionados. Los autores reconocen cuatro temas predominantes: el comportamiento demográfico, las pensiones, las condiciones de salud de la población anciana y las relaciones sociales. Todos ellos privilegian dos visiones: la referente a la vejez como un problema social y la que parte de una mirada macrosocial.

La vejez como problema social genera otros fenómenos, y el argumento reiterado de que se le califique como tal es el aumento de su población, que es reflejo de la "transición demográfica": más ancianos y menos niños, ocasiona problemas económicos y la competencia por los recursos sociales para la atención entre los distintos grupos de edad, así como el aumento del empobrecimiento y la desigualdad entre los viejos, sobre todo de las ancianas. Dichos abordajes aluden a la vejez como experiencias, representaciones y percepciones individuales que es necesario hacer visibles. Los autores señalan que su interés principal es cómo se expresa la interioridad de la vejez, es decir, cuál es la experiencia de "ser un viejo en el mundo moderno de hoy" (p. 28). El posicionamiento teórico de los trabajos parte de la fenomenología, la teoría crítica y la economía política, que dan cuenta del asunto de la experiencia y la producción de las acciones con sentido, así como de las tensiones sociales entre los intereses públicos y las preocupaciones privadas. Los sujetos de estudio son los ancianos pobres, pues conforman la mayor parte de esta población, con el argumento principal de que al añadir pobreza a la vejez, las condiciones de desigualdad y exclusión social de ellos se agravan; además, pertenecen a una generación que acaso posea las siguientes características particulares: tener un origen rural, expresado en sus valores y subjetividad; haber sido socializados en una tradición familiar fuerte y una clara división sexual del trabajo; haber participado en la urbanización de las ciudades y enfrentado transformaciones sociales, económicas, culturales y tecnológicas importantes, de la segunda mitad del siglo XX.

La introducción cierra con una descripción breve del significado de trabajar en equipo, a pesar de las distancias geográficas y en cierto modo disciplinarias, y las estrategias empleadas para resolverlas.

El capítulo "El estudio cualitativo multicéntrico: una metodología heterogénea", señala que se eligieron quince localidades, siete urbanas y ocho rurales, de Jalisco, Guanajuato, Chiapas y Veracruz, en las cuales se identificó a los ancianos participantes; la diversidad incluida que caracteriza la investigación se hace presente porque las dos primeras entidades presentan índices nacionales bajos de marginación y las dos últimas, los más altos. En "La indagación de las ideas e interpretaciones de la vejez a partir de la propia experiencia" (p. 49), se justifica la metodología cualitativa adoptada por todos los trabajos, y permite registrar a profundidad la diversidad de situaciones y contextos. Aunque el abordaje cualitativo es común, se adoptaron estrategias metodológicas múltiples.

Respecto a la selección de ancianos y ancianas del estudio, el criterio principal fue la pobreza; la acotación se basó en la experiencia de cada uno de los investigadores, lo que hizo que sus rasgos no fueran exactos entre las diferentes localidades: la pobreza en la ciudad es distinta a la rural, incluso la de una entidad de baja o alta marginación tiene diferencias particulares. Al final se contó con 101 ancianos (58 mujeres y 43 hombres) y se obtuvieron 101 cuestionarios, 127 entrevistas (seguramente porque alguno de ellos fue entrevistado más de una ocasión) ,127 fichas y 17 fotografías. La entrada a campo y el contacto inicial también dependió de las relaciones institucionales y de las construidas de manera previa por los investigadores con informantes clave en las localidades; en muchas ocasiones fueron estos últimos quienes hicieron el contacto. Las técnicas fueron la entrevista, la observación y el cuestionario, y se contó con la colaboración de investigadores (as) asociados(as) en el trabajo de campo en Guanajuato, por lo que fue necesario capacitar a las promotoras encargadas de las entrevistas, y partir de una guía lo más inclusiva y clara posible para todos.

Resulta interesante cómo los investigadores explicitan con detalle la historia metodológica, cuestión poco usual en los trabajos cualitativos, a pesar de ser una premisa de rigor que permite lograr una mayor comprensión. Así, se describe cómo se llevó a cabo la capacitación, tiempos, registro cotidiano en el diario de campo, dilemas y ajustes en el camino. En la descripción se aprecian las diferencias y similitudes entre los equipos de las distintas entidades. Se registraron las observaciones hechas por los investigadores sobre sí mismos durante los encuentros y cómo las y los entrevistados(as) muchas veces pidieron no grabar sus llantos, cuando se habló de sentimientos que denotaban derrota, tristeza, rabia, amargura o desencanto. Resulta de mayor relevancia leer cómo se realizó el análisis, a cargo de los investigadores responsables, a partir de un procesamiento general común, como la transcripción literal de las grabaciones de audio, por lo que el análisis es diverso, según los intereses analíticos de cada uno, pero siempre siguiendo los temas centrales de los estudios.

"Los ancianos y sus entornos sociales" contiene la descripción sociodemográfica del grupo, como sexo y estado civil; la mayoría eran casados. Algunas ancianas solteras contaron el hecho como un designio divino, y algunas agregaron que quizá había sucedido para poder cuidar a sus padres, situación común entre ellas. La edad promedio fue de 77 años para los varones y 75 para las mujeres. Respecto al número de hijos, la mayoría tuvo familia numerosa, los ancianos de Chiapas tuvieron más hijos sobrevivientes (7.2 en el medio rural y 7.8 en el área urbana) y los de Jalisco tuvieron menos (2.2); con relación al tipo, 47.1 por ciento vivía en una familia extensa. Pero quizá la dimensión de mayor relevancia en la historia de los ancianos del estudio sea la pobreza en su vida, antes que a su vejez.

Aunque se aprecian diferencias particulares, como el grado de pobreza, la similitud compartida alude a las restricciones de vivir al día y la necesidad de seguir trabajando, ya que sólo en pocos casos sus hijos les daban dinero. Las semejanzas apreciadas entre los ancianos de todas las localidades, están en razón de ser hombre o mujer, así como haber vivido en la ciudad o en el campo; por ejemplo, fue más común encontrar analfabetas en el medio rural que en la ciudad. De igual forma, hallar más varones que habían tenido una vida laboral remunerada, a diferencia de las ancianas, aunque esto es una definición relativa, pues el trabajo desempeñado por ellas, sobre todo en el área rural, era fundamental, al hacerse cargo de los animales domésticos y comercializar sus productos. Aun con esto, 46 por ciento de las ancianas habían sido trabajadoras asalariadas en el sector informal o formal, cuando fueron jóvenes o adultas; en la ciudad se registró 64 por ciento en dicha situación. Fue durante esta época que lograron acumular cierta riqueza (en especial los ancianos), para que los sostuviera en su etapa actual, como contar con una vivienda propia, recibir una pensión y tener acceso a la seguridad social: 67.3 por ciento era dueño de su casa, pero apenas 16.8 contaba con pensión, por jubilación o viudez, pero llama la atención que ninguno de los ancianos de Chiapas la tenía. Del total, 32.6 por ciento contaba con servicios médicos, sin embargo, hay diferencias sustanciales entre las distintas entidades y entre el área rural y urbana. El caso de Chiapas es el más extremo, ya que ninguno de los entrevistados tenía acceso a servicios médicos de la seguridad social en el medio rural ni en el urbano. Durante la vejez, las enfermedades crónicas son comunes, a veces no es sólo una, sino varias; entre los ancianos del área rural el promedio fue más alto: 1.4 y entre los del medio urbano, 1.2, pero en el ámbito rural de Veracruz se encontró que los ancianos presentaban 2.3 enfermedades crónicas en promedio.

Este capítulo cuenta con una descripción amplia de las condicionantes sociodemográficas de los ancianos en dos planos: respecto al marco estatal al que pertenecen, pero al detalle de sus situaciones locales, esto hace que los lectores tengan un panorama completo sobre las condiciones de vida de los informantes. Una de las mayores aportaciones de esta descripción densa se refiere a la pobreza presentada en un análisis relacional entre los elementos que la conforman, así, se describen datos estadísticos de las fuentes nacionales y estatales y una serie de programas de asistencia social dirigidos a la atención de los ancianos. Es obvio decir que se aprecian diferencias importantes entre las entidades y localidades; Chiapas es de nuevo el caso más extremo de pobreza.

En la segunda parte del libro, titulada Mirando a la vejez y sus experiencias, se analizan por separado los temas de la investigación, de acuerdo con la afinidad y experiencia de los autores. En el capítulo "Estatus social y rol de la ancianidad", Laureano Reyes hace una aportación acerca de dichos elementos, es una respuesta argumentada empíricamente a la frase que maneja a lo largo del texto "cada quien cosecha lo que siembra" (p. 175). El objetivo del trabajo es comprender la relación entre roles y estatus establecidos entre los ancianos, se adentra en los ambientes culturales y económicos en los que vive el adulto mayor. A través de una serie de entrevistas, Reyes sugiere dos periodos de la vejez: la no aceptada (pre viejos) y la declarada (atendida y no atendida).

Durante la vejez no aceptada, el anciano mantiene o afirma tener una salud envidiable, conserva su rol en la sociedad y su estatus es todavía alto, sus decisiones son tomadas en cuenta y en ocasiones continúa siendo el proveedor principal de la familia. En la vejez declarada, atendida, el adulto mayor ya no es el proveedor principal de la familia, pero goza de los cuidados de sus lazos familiares, rara vez se consultan sus decisiones, pero su presencia en la sociedad sigue siendo respetable. Por el contrario, la vejez no atendida es indicador de pobreza, discriminación y marginación. El estado físico de los adultos mayores en esta situación es deplorable, no tienen un ingreso económico propio y viven, en la mayoría de las ocasiones, de la caridad. Sus redes familiares y de apoyo social son escasas o nulas y su estatus social es de invisibilidad.

El autor de este capítulo construye una definición clara de la carrera hacia la vejez, se entiende como la serie de actividades y acciones que realizan los sujetos en el transcurso de su vida, que se verán reflejadas en su ancianidad, y las cuales les otorgarán un rol y un estatus social alto o bajo.

Con base en los resultados obtenidos en el estudio, se concluye que el mayor soporte en la vejez son las redes sociales y familiares, formadas durante la vida de la persona, indican que un buen funcionamiento de la sociedad es el mejor apoyo para los adultos mayores. Reyes hace distinciones analíticas, entre la vejez rural y la urbana, pero afirma que no hay una distinción clara entre ambas. Para la primera, el estatus y el rol están determinados por la solvencia económica, los lazos familiares, la salud física y mental y la herencia que vaya a dejar el anciano en caso de ser varón. La feminización del cuidado de la salud de los otros es un factor que rige a este contexto, y la cultura define en la mayoría de las ocasiones cómo serán vistos los ancianos en esta última etapa de su vida. Por el lado de la vejez urbana, los adultos mayores cuentan con servicios médicos básicos como los asilos, sin embargo, las redes familiares se vuelven más frágiles. No hay una distinción clara y total entre ambos contextos, ya que el significado que se da a esta etapa de vida está permeado por el culto a la juventud, tanto en el ambiente rural como urbano.

En el capítulo siguiente, titulado "Construcciones sociales de la vejez rural/urbana a partir de la experiencia religiosa", Felipe Vázquez Palacios explica de manera profunda y a la vez sencilla el tema complejo de la religión, expone como idea principal su utilización como estrategia de supervivencia para los ancianos. La religión ayuda a significar y resignificar los distintos procesos culturales, sociales, económicos, psicológicos y demás, a través de los cuales pasa el individuo; lo auxilia en la dificultad y desintegración social, para darle una perspectiva diferente a sus últimos años de vida.

El objetivo del capítulo es analizar cómo repercuten las experiencias religiosas en la vida de las personas adultas mayores, por lo que el autor plantea la pregunta "¿Cómo construyen los ancianos e integran a sus vidas las prácticas y creencias religiosas, ante la complejidad de sus problemas y necesidades en la sociedad contemporánea?" (p. 183). Vázquez sostiene que la religión no es sólo un apoyo más para difuminar las ideas alrededor de la vejez, sino una herramienta que les permite reposicionarse en la sociedad y obtener un estatus honorable dentro de ella.

Para explicar esto, el capítulo se divide en tres apartados, primero se exponen los estudios pioneros sobre religión y vejez; segundo, las vivencias religiosas y sus formas de manifestarse y tercero, el papel de lo religioso en la vida de los ancianos. La temática se analiza de dos formas, a) la religión como sistema de lenguaje y prácticas que influyen en el comportamiento y b) como modelo de comportamiento, creado a través del discurso y el actuar de los ancianos.

El autor explica que en México no se han realizado investigaciones que involucren religión y vejez, y hace un recorrido a través de los autores principales que han estudiado esta relación en otras partes del mundo. Con base en el análisis, se señalan varios puntos importantes sobre el tema. En cuanto a la religión, las ancianas son más creyentes que los ancianos, y son las encargadas de trasmitirla al resto de la familia, principalmente a las generaciones más jóvenes; el discurso de ellas es más profundo, apropiado y apegado a las ideas religiosas que el de ellos.

En cuanto a las actividades relacionadas con el tema, éstas se distribuyen de manera diferente entre hombres y mujeres: las ancianas se dedican al cuidado interior y limpieza de los templos, a la oración por los enfermos y a los cargos de ejecución de las iglesias. Por su parte, los ancianos cuidan el exterior de los templos y ocupan puestos directivos. El discurso de ambos también tiene sus diferencias, mientras que ellas piden en sus oraciones por la familia e hijos, ellos lo hacen por su salud y la solución de sus problemas.

Estas diferencias entre el discurso y la actuación entre hombres y mujeres, brindan un panorama de los roles de género de manera explícita y clara, reforzados por los aspectos culturales que impone la religión. Para ambos, la significación de lo religioso se ve construida y deconstruida por las relaciones interpersonales y el ambiente cultural en el que conviven a diario.

Al analizar la religión en los ámbitos rural y urbano, se encontró que en el primero, el grupo social delegó el rol religioso de forma exclusiva a un conjunto de ancianos encargados de trasmitir la ideología religiosa de manera tradicional; mientras que en el ambiente urbano, hombres y mujeres eran más activos dentro de la comunidad religiosa, pero no necesariamente como trasmisores de la religión. En el estudio, Vázquez hace una comparación entre evangélicos y católicos, en donde los modelos se ajustan a las creencias de las ideologías y los modos de comportamiento, y la diferencia principal radica en el compromiso que le otorgan a cada una.

Concluye que la religión hace que el rol del anciano se reposicione y crezca su estatus social, y así la actividad aumenta su calidad de vida. El autor remarca que es importante estudiar la vejez desde esta perspectiva, ya que ayudará a comprender cómo los ancianos van construyendo su realidad en esta etapa.

Imelda Orozco Mares, en el capítulo "Imágenes de la vejez", explica el significado que los mismos ancianos dan a su estado. Al citar a Pickering (2001), define cómo la significación colectiva de la vejez construye a los sujetos y los hace identificables por grupos sociales (p. 222). En el caso de la adultez tardía, según Pampel (1998), el anciano pasa por dos imágenes distintas, una de dependencia y otra de persona con conocimiento y experiencia (p. 222). Orozco analiza sólo la significación negativa de las imágenes sobre vejez de los entrevistados, por dos razones: son las más recurrentes en el discurso y se relacionan con problemas de salud, estado económico y social.

La autora muestra dos aspectos de la salud, que llevan a una dependencia en la vejez: las capacidades físicas, aunadas a la imagen corporal, y la pérdida de las habilidades mentales. En los cuatro estados donde se realizó el estudio, no se encontraron contrastes en las descripciones de las imágenes asociadas con la vejez, expresadas por los ancianos, pero sí en su repercusión en su estilo de vida (entre lo rural y lo urbano). El interés principal en el trabajo era mostrar cómo estaba presente la imagen de la vejez en los y las informantes. Otro rasgo similar eran las representaciones y estereotipos de los ancianos con referencia a la dependencia y vulnerabilidad que sentían.

Pobreza y vejez están relacionadas, esto hace que las percepciones e imágenes de los ancianos sobre esta etapa se vinculen sobre todo con la llegada de la jubilación, ya que son propensos a sufrir problemas económicos por no pertenecer al ámbito laboral. Pese a que la pensión es un seguro financiero, no alcanza a cubrir sus necesidades básicas, y cuando necesitan pagar algún servicio de atención para su salud ésta se reduce de manera considerable, y puede ocasionar situaciones catastróficas para ellos y sus familias. La discriminación laboral es fuerte, y el mercado de trabajo está cerrado casi en su totalidad para los adultos mayores. El apoyo de diversas instituciones funciona en ocasiones, pero el proceso burocrático de los trámites no es siempre el que más satisface las demandas. Otro aspecto importante es la distinción de género: por lo general las ancianas cuentan con más apoyo que los hombres mayores.

Orozco concluye que el proceso de envejecimiento va más allá de simples números, ya que involucra historias de vida que construyen el significado de este proceso y que en relación con la vejez, se asocia con la cuestión física y la disminución de su situación económica y social.

El último capítulo, "El cuidado a los ancianos: la feminización de la obligación filial", es muy interesante; la autora, Leticia Robles Silva, conjunta de una manera contundente cómo la feminización del cuidado de los ancianos tiene sus raíces en la construcción de una realidad alrededor de los roles de género, lo concibe como algo común, "normal", y libre de cuestionamientos, tanto en nuestra cultura como en muchas otras.

El objetivo central del trabajo es conocer la forma en la que este aspecto microsocial, inmerso en la privacidad de las personas, da forma a todo un contexto cultural integrado en cada individuo de manera implícita e incuestionable, y da forma a un significado e interpretaciones colectivas sobre la obligación filial en el cuidado de los ancianos. Para lograrlo, y sin perder el enfoque de la población de estudio, la autora decidió indagar sobre a quiénes consideran los responsables de llevar a cabo esta obligación, pero más importante, quién es el indicado para el cuidado (el cuidador ideal).

La vía analítica de la autora denominada "jerarquía de sustitución", indica el orden de los cuidadores; primero, son los cónyuges, seguido por los hijos, después otros parientes y al final los amigos y vecinos. Sin embargo, esta categorización tiene tres diferencias importantes entre lo rural y urbano. La primera radica en dos tipos de jerarquías entre ambos ámbitos, la segunda en la ocupación del primer puesto en el escalafón y el uso de los asilos, y por último la ausencia de los cónyuges. Para explicar esto, Robles Silva analiza a estos últimos como cuidadores.

Cuando se elige al anciano como cuidador se enfocaba principalmente a la pareja, por el conocimiento del cuerpo y la responsabilidad conyugal; no obstante se inclinaba más hacia la elección de la mujer, por la esperanza de vida de más años y la división sexual del trabajo en el orden de los roles de género tradicionales. A pesar de ser la elección ideal del anciano, su ausencia dentro de la jerarquía de sustitución se debía a la pérdida de capacidades físicas para ejercer un cuidado idóneo, y esto da lugar a otros actores dentro de la misma.

Éstos, por lo general, eran los hijos. Un argumento central rondaba en torno a las creencias de los ancianos: lo ideal es que el cuidador sea de su mismo sexo para considerarse aceptable, pues había que manipular el cuerpo. Pero si por distintas circunstancias lo aceptable no puede cumplirse, se daba lo inevitable, el cuidado por un hijo del sexo opuesto. Estas ideas llevan implícitas connotaciones de género sobre la sexualidad.

Cuando sucedía lo inevitable, las creencias se resignificaban para aliviar la tensión producida por la manipulación del cuerpo por una persona del sexo opuesto, y se otorgaba una definición asexuada y sin relaciones de género al hijo que asumía la responsabilidad, y se le denominaba "buen hijo". No obstante, al referirse al cuidador ideal, no se encontraron diferencias entre el área rural y urbana, ya que en ambos contextos se mencionaba como tal a la hija.

La autora llega a algunas conclusiones bastante atinadas: se identifica una homogeneidad del cuidador ideal, tanto en el medio rural como en el urbano, a pesar de que el envejecimiento no es un proceso homogéneo. Otra caracterización similar entre los ancianos expresa el orden dentro de la jerarquía de sustitución. El imaginario colectivo sobre el cuidador ideal, referido a mujeres que se dedican del todo al ámbito doméstico de manera tradicional, puede generar tensiones sociales por dos razones: no cumplir con las expectativas de los ancianos y significar un mayor esfuerzo y desgaste físico para ellas, lo que repercutirá en el estado de salud en sus últimos días. La inclusión de la perspectiva de género en el estudio, da un enfoque de análisis nuevo sobre las repercusiones sociales del imaginario colectivo de los ancianos respecto al cuidador ideal.

El último apartado presenta las conclusiones generales de las investigaciones. La obra es una, pero al mismo tiempo se divide en cuatro estudios, que profundizan sobre alguno de los aspectos. Nos parece que la lectura es clara, si el lector opta por tomar sólo uno o dos de los capítulos temáticos, sin embargo, reiteramos la invitación a incluir la primera parte, ya que en ésta se plantean las bases teóricas, metodológicas y sociodemográficas.

Los autores reconocen que una de las aportaciones principales de la investigación se refiere al significado de "exclusión social" de la vejez, según la perspectiva de los ancianos, ya que, sin dejar de lado el elemento económico, la explican como "el hecho de experimentar una expulsión social y simbólica de los espacios y relaciones sociales, los cuales fueron parte de su identidad en las etapas previas de su vida" (p. 288), sobre todo debido a su incapacidad de seguir siendo productivos como cuando eran jóvenes. Ellos consideran que ser excluidos es injusto y denigrante, sin embargo se identifica en sus narrativas la resignificación de la vejez, acompañada con ciertas prácticas, como una estrategia de recuperación de su dignidad como sujetos sociales, y no resignarse a ser tomados como sujetos marginados.

Otro hallazgo se refiere a las diferencias mínimas encontradas en las áreas urbanas y rurales, quizá en parte a que la cohorte generacional a la que pertenecen los ancianos de la investigación tienen sus raíces en su vida en el campo; esta homogeneidad se debe también a que los grandes cambios sociales, económicos y políticos han alcanzado todos los confines geográficos, y las diferencias entre lo urbano y rural se han diluido.

Un tercer elemento conclusivo atiende a la naturaleza del objeto de investigación, ya que éste indagó sobre el imaginario social, más que en las prácticas. Tampoco se dio voz a los que acompañan a los viejos, sus familiares o redes sociales, que seguramente tendrían otra visión del envejecimiento. Ésta sería otra línea para investigaciones futuras, así como la de incluir a los adultos mayores sin familia, desde luego con otras condiciones e historias. Una pregunta que queda pendiente es por qué las representaciones de los ancianos sobre la vejez son negativas. Sobre esto se trazan varias líneas analíticas: ahondar en los temas incluidos en esta obra, hacer entrevistas a profundidad, más que depender de la guía de entrevista; buscar de manera explícita los elementos positivos e inclusivos de los ancianos e indagar sobre su tiempo libre o su participación política. La cuestión de género, expresada en la investigación, no debería quedar al margen de esta profundización; muchos estudios sobre la vejez parten de que en esta etapa de la vida no hay diferencias mayores, cuando no es así: ser mujer y anciana mantiene la subordinación de género.

 

Bibliografía

Pampel, R 1998. Ageing, Social Inequality and Public Policy. Califonia: Pine Forge Press.        [ Links ]

Pickering, M. 2001. Stereotyping. China: Palgrave.        [ Links ]