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Región y sociedad

versión On-line ISSN 2448-4849versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.19 no.40 Hermosillo sep./dic. 2007

 

Artículos

 

Masculinidad, riesgos y padecimientos laborales. Jornaleros agrícolas del poblado Miguel Alemán, Sonora

 

José Eduardo Calvario Parra*

 

* Estudiante de doctorado en Sociología en El Colegio de México.

 

Correspondencia:
Carretera Picacho Ajusco 20, Pedregal de Santa Teresa,
México D. F., Centro de Estudios Sociológicos (CES) de El Colegio de México.
Teléfono: 01 (55) 56 55 89 68.
Correo electrónico: jcalvario@colmex.mx

 

Recibido en junio de 2006
Revisado en diciembre de 2006

 

Resumen**

Los varones tienden a omitir o minimizar los daños causados por el trabajo, pues, como hombres, los consideran una naturalización de su desempeño laboral, y, por tanto, asocian la manera masculina de conducirse con ideas de mayor fortaleza e invulnerabilidad ante los riesgos y padecimientos laborales. El presente artículo explora las vivencias de los jornaleros agrícolas del poblado Miguel Alemán (PMA) , en Sonora, en los procesos de salud–enfermedad y la construcción social de la masculinidad dominante. El objetivo principal es documentar las prácticas de autoatención y autocuidado de los varones de la región y los costos para la salud en un contexto de orden de género. Después de revisar los postulados teóricos utilizados, se analizan casos de accidentes de trabajo (como la intoxicación por el agroquímico cianamida hidrogenada), las hemorroides y el efecto de la relación entre la idea de una inmunidad subjetiva (IS) y la identidad masculina, frente a la enfermedad y el peligro. El artículo permite acercarse a los procesos microsociales con enlaces empírico–metodológicos de los ámbitos laboral y doméstico, y describe etnográficamente prácticas y discursos de los actores y actrices.

Palabras clave: género, masculinidad, experiencia del padecimiento e inmunidad subjetiva.

 

Abstract

Men tend to omit or make light of health damages caused by work, since they are considered a natural part of the working lives of men. Consequently, masculine conduct is associated with ideas of greater strength and invulnerability to work–related risks and illnesses. This article explores life experiences related to the health–disease process and the social construction of dominant masculinity of farmworkers in the community of Miguel Alemán, Sonora. The main objective is to document the self–care practices of men in the region as well as health–care costs in a gendered context. After a brief theoretical review, examples are analyzed of job–related accidents and ailments (such as hydrogenated cyana–mide poisoning and hemorrhoids) and the consequences of the relationship between male identity and the perception of subjective immunity in the face of disease and danger. This article observes microsocial processes in light of empirical and methodological links between the work and home environments, eth–nographically describing actors' practices and discourse.

Key words: gender, masculinity, experience of illness and subjective immunity.

 

Introducción

Este artículo es producto de un estudio descriptivo–analítico1 sobre la caracterización de prácticas sociales y su relación con los distintos niveles analíticos de la investigación: identidades masculinas, padecimientos e IS en los jornaleros agrícolas del poblado Miguel Alemán, municipio de Hermosillo, en Sonora.2 Se pretende lograr un acercamiento a los procesos subyacentes en las distintas prácticas sociales, para obtener datos de los propios actores y actrices. El enfoque metodológico fue cualitativo, por lo que se utilizó la entrevista semi–estructurada y la observación participante y no participativa.

En la postura metodológica asumida, el investigador es el instrumento principal de observación: "reconociendo su sesgo ideológico–emocional y experiencia propia y previa en el fenómeno a estudiar" (Denman y Haro 2000, 33). Por ello, parte importante de la metodología consistió en la participación del autor como jornalero agrícola en tres campos de la Costa de Hermosillo, en momentos distintos del proceso de producción de vid. La observación participante consistió en dos incursiones etnográficas, con la intención de entender las relaciones de género establecidas en, por lo menos, dos fases distintas. El criterio de selección de las etapas de trabajo obedeció a la experiencia previa sobre la importancia social de la producción de uva; es decir, a la identificación de que la masificación del mercado de trabajo en torno al producto durante este periodo, condujo a "quejas" constantes de los jornaleros debido a los daños físicos sufridos en fases determinadas de la producción. Por ello, la observación participante se realizó en torno a tres actividades diferentes: poda, aplicación del fertilizante y "remojo de racimos".3

Asimismo, las entrevistas a varones y mujeres fueron formales, en sus hogares, por la tarde y duraron en promedio dos horas. La selección se efectuó de acuerdo con los criterios teórico metodológicos siguientes:

1. Incluir personas de 15 a 54 años. El interés en este grupo, además de ser el más numeroso (los mayores de 15 años, pero menores de 50 representan 94.3 por ciento, 3 828 individuos, de la población en la Costa de Hermosillo (Gobierno de la República 2000, 33), fue aproximarse a las semejanzas y diferencias en varios grupos de edad.4

2. Vivir en el poblado Miguel Alemán. Principalmente para garantizar un contexto sociocultural y epidemiológico común.

3. Estar y haber trabajado más de dos años en alguna actividad relacionada con la producción de uva de mesa o industrial.

4. Elegir 11 jornaleros para realizar entrevistas semiestructuradas, cuatro mujeres y siete hombres (véase cuadro 1). Se incorporaron los significados de las mujeres no para explorar la identidad femenina como eje principal, sino para conocer lo que ellas piensan de los hombres, de su autoatención, sus padecimientos, etcétera.

Con esta lógica, el acercamiento analítico–descriptivo persigue la exploración de la forma de operar de las ideas, de lo que "debe ser un hombre", entre los jornaleros agrícolas, para atender sus padecimientos y enfrentar el peligro en el trabajo sin que signifique, de manera mecánica, una predeterminación de los varones como hombres (Guttman 2000) en todas las prácticas sociales. Aquí se exploran expresiones de las identidades de género en los jornaleros, traducidas en situaciones concretas, como la ausencia de prevención ante el riesgo laboral y en la autoatención (Haro 2000), como experiencia subjetiva en distintos espacios sociales como el trabajo y el hogar (Castro 2000; Kleinman 1980; Osorio 2001). Se resalta la presencia de una cultura masculina dominante, que favorece prácticas sociales perjudiciales para la salud de los varones (Seidler 2000; Sabo 2000; Verbrugge 1988; De Keijzer 1998 y 2002). Es relevante enfatizar el carácter ambivalente, por parte de los jornaleros, respecto a situaciones socialmente designadas como peligrosas.

En primera instancia, no se pretende considerar a las identidades masculinas como determinaciones, pues se entiende que, bajo influjos culturales provenientes del orden de género, pueden estimular "prácticas machistas", que no restringen la coexistencia de las que no lo son. Se buscó responder las siguientes preguntas: ¿cómo las ideas de lo que debe ser un hombre contribuyen a la manera en que se atienden los padecimientos? y ¿cómo se enfrentan a situaciones socialmente identificadas como peligrosas en el escenario laboral? La hipótesis se desprende de los hallazgos de la teoría feminista, la cual señala las consecuencias dañinas de las desigualdades determinadas por el género entre hombres y mujeres (Segarra y Carabí 2000; Szasz 1999; Lorber 1997). En este tenor, se sostiene que los varones pueden llegar a omitir o minimizar daños como resultado de una naturalización de su desempeño laboral como hombres y, por tanto, asocian la manera de conducirse con la idea de mayor fortaleza e invulnerabilidad ante los peligros y padecimientos laborales. La creencia de una inmunidad subjetiva (Douglas 1996) ante el padecimiento proporciona "pistas", para realizar acercamientos analíticos sobre la cultura masculina dominante.

Primero se presenta una descripción breve de la Costa de Hermosillo en general y del PMA en particular, enseguida se plantea el problema que guió la investigación. En tercer lugar, se brinda un bosquejo de categorías analíticas utilizadas para discutir el alcance y limitaciones para los propósitos teórico metodológicos del trabajo. El último apartado consta de varias secciones: la primera explora prácticas sociales consideradas como temerarias, resaltando el carácter indeterminado de ellas; la segunda se refiere al autocuidado y autoatención de los jornaleros en la aplicación del agroquímico cianamida hidrogenada; la tercera describe un caso particular, para evidenciar consecuencias corporales en el informante, a la luz del análisis teórico. Finalmente, se rescata la experiencia propia en el escenario de estudio, junto con las observaciones registradas y revisión de entrevistas, para aportar elementos sobre la relación analítica de la identidad masculina y la inmunidad subjetiva ante el peligro.

 

Marco teórico referencial

Muchos estudios en torno a la masculinidad atribuyen demasiada importancia a la estructuración del sujeto por parte de las representaciones colectivas (es decir, el conjunto de ideas, creencias y saberes que se organizan a partir de un marco normativo), de lo que debe ser un hombre o mujer en una sociedad dada (Fuller 1998; Valdés y Olavarría 1998; De la Cruz 1999; De Keijzer 1998). Según Robert Connell (1997, 35), la estructura social es la que alimenta fundamentalmente la posición del sujeto en la sociedad, y en específico en el orden de género, y la masculinidad es producto de una práctica "comprometida con esa posición de género". No obstante lo certero de estas visiones, no explican la manera en que las contradicciones sociales y, en especial, la identidad de género, logran desembarazarse de las imposiciones culturales de la masculinidad o feminidad dominante,5 para permitir las transformaciones en el ámbito del género.

Aquí se parte de una tradición interpretativa en la que los actores filtran la realidad social, pero siempre en dilemas constantes, y en ocasiones sucumben ante las imposiciones estructurales.6 Se asume que la interacción entre el medio social y las subjetividades no impiden al sujeto la interpretación del mundo. Por el contrario, ambos procesos se nutren dialécticamente.7 Aunque la tendencia a imponer ideales normativos de la masculinidad dominante encuentra eco en la manera de conducirse en la vida diaria, existe un margen de expresión social que refleja resistencia a estas "aculturaciones" (Núñez 1999, 54). El sujeto sociológico es capaz de reinterpretar su realidad, aunque la socialización primaria (Berger y Luckman 1990) lo haya nutrido de convenciones sociales comprometidas con la construcción social del género, de tal forma que los encuentros cara a cara entre los actores promueven formas emergentes nuevas de relacionarse entre varón–varón o varón–mujer. El carácter interpretativo de los individuos y su creatividad se encuentra en una oscilación constante entre las imposiciones de "una masculinidad" sobre otra.

Robert Connell (1997, 39), a través de la idea gramsciana de hegemonía, utiliza el término masculinidad hegemónica para referirse a los procesos de configuración de la práctica genérica, que "encarna la respuesta aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado", garantizando la subordinación de las mujeres. Sin desconocer la situación de ellas en las relaciones genéricas, aquí se prefiere la noción de masculinidad dominante. Este término se utiliza para caracterizar empíricamente la propensión a no ser sentimentales y no buscar ayuda por parte de los hombres (Seidler 2000), a razón de conjuntos culturales objetivados en las realidades inmediatas. En un segundo momento, se persigue problematizar cómo surgen las contradicciones y las respuestas ante estas inercias sociales.

Es pertinente incorporar críticas recientes a los estudios de los varones desde el género (Rivas 2005; Núñez 2006). En un lugar central se encuentra el uso de los términos "hombre" como sinónimo de masculino. Es Guillermo Núñez quien llama la atención sobre la "transparencia" que se le otorga a este término. Es decir, existen numerosos estudios que refieren las masculinidades sin problematizar si en realidad los informantes se ven como hombres (2006, 5–6). Se da por sentado que existe la categoría de "hombre" sin más. Es indudable lo provechoso del señalamiento; por ello en el presente texto se recurre a lo que los mismos actores hacen y dicen para ubicarse como tales en su contraste con las mujeres, su contraparte genérica. Simultáneamente, el conjunto de ideas, nociones y creencias que rondan el ambiente, sobre lo que deber ser un hombre, permiten complementar las autodefiniciones de cómo se ven a sí mismos como hombres.

Héctor Rivas (2005, 33), en una investigación de la sierra de Sonora, encontró que los estereotipos masculinos manejados por la academia no son útiles para estudiar a los hombres, ya que sobredimensionan los comportamientos asignados como temerarios. Explica que los varones del pueblo estudiado se alejaban de las nociones de temeridad, conductas "machistas" y descuidadas, que se han configurado en el imaginario académico latinoamericano. Es pertinente el matiz sobre los estudios que enfatizan el carácter normativo y estructural depositado en las identidades y representaciones de género según este autor; sin embargo, ello no significa que estén erosionados por completo los estereotipos8 o configuraciones estándar de lo masculino como referentes analíticos, sobre todo en la Costa.9 Por una parte es loable la intención de evitar la "cosificación" o "transparencia" de las categorías de masculino–hombre–varón, ya que está próxima una esencialización del término. No obstante, es oportuno apuntar algunos aspectos metodológicos centrales.

Las diferencias regionales, incluso dentro de un mismo estado, y las limitaciones de alcance espacial de los estudios ayudan a configurar escenarios multiculturales con variaciones marcadas. Así, es factible explorar expresiones distintas de lo masculino, que se acercan a las construcciones estereotípicas de los varones en cuanto seres genéricos, aunque también es posible lo contrario. Se sostiene que estas convenciones de lo "masculino" aún poseen carácter heurístico, pero no explicativo en última instancia. Pueden guiar y servir como "pistas" para la comprensión de los discursos y prácticas. Aquí es conveniente problematizar las subjetividades, en cuanto a lo que dicen los actores y actrices, y mantener una observación minuciosa para contrarrestarlo con lo que hacen.

Sin duda se ha abusado de los arquetipos masculinos tradicionales, y se han logrado acercamientos empíricos con poco realce en las transformaciones actuales. Por consiguiente, es menester analizar y tender el puente entre las construcciones subjetivas emergentes (de cambio) y las prácticas antiguas, que se acercan a los estereotipos convencionales. Para lo anterior, son útiles las categorías analíticas de IS y padecimiento. De este modo, se evita mantener la postura mecanicista de que los hombres no se cuidan, exclusivamente por las construcciones identitarias de su masculinidad y, según los registros etnográficos de este estudio de la Costa, es también desventajoso suprimir el horizonte cultural nutrido por un orden de género específico.

La versatilidad de la práctica social entre los jornaleros agrícolas del PMA se materializa al "tomar distancia", ante la tendencia a imponer posturas desafiantes en el trabajo, la aceptación tácita de unos mandatos sociales, como competir en el rendimiento laboral entre varones y, al mismo tiempo, la negación de otros, como la obligación de ser productivamente mejores que las mujeres. Reinterpretar lo que le acontece en su entorno equivale a constatar la existencia de significados sociales en un contexto determinado. La capacidad de dar significado permite salirle al toro a situaciones de penuria familiar (reflejo de la idea dominante sobre cómo debe afrontar las situaciones difíciles un varón), o dar y recibir carrilla según las expectativas y escenario social.10

Durante el proceso de investigación cobró relevancia el concepto inmunidad subjetiva, acuñado por Mary Douglas (1996, 57), referido a la propensión de las personas a creer en una inmunidad ante el riesgo por el exceso de confianza depositada en su entorno, debido a la familiaridad de sus rutinas sociales. Concepto que resultó útil bajo la óptica teórica del género, ya que permitió analizar las posiciones de los varones sobre el riesgo y la enfermedad, y dio lugar a una reformulación del término. Si bien Douglas no refiere la importancia del género en la configuración de la IS de los sujetos, aquí se identifica una tendencia a depositar confianza genéricamente situada en escenarios familiares dentro de las actividades laborales y extra laborales. La IS ante el riesgo (y padecimiento) contribuye a la construcción social de la identidad masculina, y forma parte de la socialización temprana del sujeto genérico. La conformación de la fuerza (ser aguantador, ser más rápido) constituye un aliciente para poseer mayor confianza en las situaciones de peligro, sean accidentes o enfermedades.

Así, se traspasan los límites de confianza en los juegos de competencias, para ver quién termina primero la tarea (trabajo diario a destajo) y, por tanto, dar cuenta del rendimiento social de su masculinidad. El exceso de confianza cobra sus víctimas, no sólo en las competencias, sino en las demás actividades en que se omiten los peligros para la salud, debido a la idea de una IS ante el padecimiento, por el hecho de ser hombre. Este proceso en ningún caso es lineal, un mismo sujeto puede experimentar la influencia externa para acoplarse a las expectativas de los demás y así, inclinarse a "competir" con un contrincante sin la menor atención en su salud, pero, en distintas fases de su biografía, puede llegar a problematizar esta situación.

En síntesis, las tensiones entre la masculinidad dominante y las reinterpretaciones singulares de lo que deben ser como hombres tanto en el trabajo, casa o calle, permiten un reacomodo discursivo de las masculinidades. Es decir, ante las imposiciones de lo que debe ser un hombre en el trabajo se van gestando contradicciones, sobre todo en el discurso, con la masculinidad dominante. Una de las claves de éstas es el padecimiento y el riesgo por el trabajo. Mientras el imperativo de la virilidad implica "aguantarse como los hombres" y no ser "culón" ante la enfermedad (además de afrontar los riegos sin vacilaciones), las vías interpretativas alternas de este imperativo "ablandan", no sin fricciones, las definiciones de la masculinidad.

Para abordar la enfermedad en su aspecto analítico, se recurre a la sociología y antropología médicas. Aunque no existe un consenso sobre la manera de referirse a las dimensiones de la enfermedad, según la corriente interpretativa–crítica, se parte de la idea de que hay tres maneras de analizarla: la dimensión biológica (disease), la cultural (illness) y la social (sickness). Estos términos se traducen como enfermedad (objetiva–biomédica), padecimiento (experiencia subjetiva) y malestar (procesos de socialización de ambas), respectivamente (Young 1982). Las experiencias cotidianas de la enfermedad, así como la manera de percibirla, evaluarla y aprehenderla se consideran como parte del padecimiento (illness); parafraseando a Kleinman (1980, 74), se elabora un proceso de construcción cultural del padecimiento como respuesta adaptativa, que el individuo establece a través de lazos comunicantes con la familia y la red social. En los procesos experimentados en la Costa, para que se presente una socialización del sickness, en este espacio se privilegia el illness desde su dimensión subjetiva; esto es, el padecimiento que sufren los jornaleros derivados de accidentes laborales y manifestaciones corporales definidas como enfermedad, originadas por o en el trabajo. Este concepto permite aproximarse a las vivencias de la enfermedad, considerándola no sólo como extensión de su sentido biológico, sino como un conjunto de significados culturales que dan sentido a la manera de experimentar el padecer.

Finalmente, en este artículo se debe aclarar el uso teórico de autores(as) que han abonado los estudios de la masculinidad. Sin desconocer que algunos(as) de ellos (as) por provenir de tradiciones teóricas divergentes, como es el caso de Víctor Seidler, Pierre Bourdieu y Matthew Gutmann, resultaron provechosas las nociones de: masculinidad(es) dominante(s) y la concepción teórico metodológica en los estudios de los varones al considerarlos como hombres en un contexto de contradicción permanente. Así, se utiliza el término "cultura masculina dominante", y masculinidad dominante indistintamente, en alusión a la caracterización expresada por Seidler,11 donde la elaboración de las identidades masculinas está fincada en la idea de la razón en contraposición a la sinrazón (evitar sentimentalismos por parte del varón). Este término fue útil en la medida en que se registraron etnográficamente referencias de los varones de estudio por no ser sentimentales y débiles. A la par, se recurrió a Bourdieu para reforzar la caracterización de la dominación masculina sobre las mujeres, en cuanto la asociación de feminidad e inferioridad en el trabajo. Respecto al carácter contradictorio de las masculinidades en los informantes, fue provechoso el trabajo del antropólogo estadounidense Matthew Guttmann, asimismo, su insistencia en usar la noción de estudiar a los hombres en cuanto a lo que hacen y dicen como hombres.

 

Escenario de estudio

La Costa de Hermosillo es una zona ubicada a 60 kilómetros de dicha ciudad, en la región centro occidental del estado de Sonora, con una extensión aproximada de 200 mil hectáreas, cuyo poblado principal es Miguel Alemán.12 Para 1990 el PMA contaba con 13 244 habitantes, 2.9 por ciento del total del municipio; en 2000 llegó a 3.7. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) calculó para ese año una población de 22 mil habitantes. Actualmente, las autoridades locales estiman alrededor de 30 mil (véase cuadro 2).

La Costa de Hermosillo y la zona norte del estado generan 5 2 por ciento del valor total de la producción agrícola, 5 2 de los empleos y 71 de las divisas estatales. En contraposición, ocupa 27 por ciento de la superficie sembrada, y utiliza 18 por ciento del total de los recursos hidráulicos del estado (Martínez y Reed 2002, 16). En la Costa ha disminuido la inversión de empresarios agroindustriales en granos básicos, pero han aumentado los productos hortofrutícolas, entre ellos la vid (Martínez y Reed 2002, 15). De esta forma, en la Costa, "[...] el avance de los productos hortofrutícolas saltó de menos de 13 por ciento del área en el periodo inicial del distrito a representar actualmente más de 53 del área bajo cultivo" (Martínez y Reed 2002, 16).13

En 1960, año en que empezó a cultivarse la vid, la superficie era de 270 hectáreas contra 71 mil de trigo. Para 2000, la superficie pasó a 12 mil hectáreas de uva contra 10 mil de algodón (Gobierno del Estado de Sonora 2001, 19). En este contexto, del total de jornaleros (as) de la Costa de Hermosillo, 74.7 por ciento correspondió a varones (3 888) y, de éstos, los mayores de 15 años pero menores de 44 representaron 93.3 por ciento, con 3 628 individuos (Gobierno de la República 2000, 33).Véase cuadro 3.

 

El problema de investigación

En el año 2000, existían cerca de 4.7 millones de jornaleros agrícolas en toda la república mexicana; 60 por ciento eran varones, con edad promedio de 33 años (Gobierno de la República 2001, 19). Interesa señalar que la actividad agropecuaria es el sector económico que concentra mayor proporción de varones a escala nacional, con 86.4 por ciento (INEGI 2001, 327). En Sonora el panorama es diferente, donde los hombres que laboran en actividades agropecuarias suman 22 por ciento de la población ocupada, mientras las mujeres componen 6 por ciento (Gobierno de la República 2001, 329). A pesar del aumento significativo de la fuerza de trabajo femenina en el mercado laboral en las últimas décadas, predomina la participación masculina en la agricultura. Paralelamente a esta situación, en 1999 la incidencia acumulada de los accidentes de trabajo o trayecto y enfermedades laborales para varones de 15 a 59 años de edad en Sonora fue de 2.24 por cada 100 trabajadores, mientras que en las mujeres fue de 0.51 según el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS 2000, 11), lo que revela una mayor incidencia de eventos laborales que afectaron la salud en varones en comparación con las mujeres, de lo que se deduce una exposición mayor a riesgos de trabajo.14

 

¡El chiste es que duela!, las posturas desafiantes

La competencia es la ofrenda que todo hombre trabajador–jornalero debe poner en el escenario laboral, y así cubrir la cuota social para evitar la estigmatización de ser torta, joto, culón, biscocho, etcétera. También, es cierto que algunos se resisten a cubrir la cuota y toman actitudes críticas respecto a ella. La combinación de estas dos posturas se da, en ocasiones, contradictoriamente. Por posturas desafiantes se entiende la disposición de los hombres a no cuidarse, a sabiendas de las consecuencias para su salud. Como Seferino (El Taxista),15 Ricardo, don Pedro o Sergio (mi compañero de línea)16 y otras personas observadas que comían, fumaban o bebían cerveza durante y después de la aplicación del agroquímico. Incluye la experiencia del padecimiento referido a no hacer nada debido a una creencia de inmunidad subjetiva (Douglas 1996) y confianza en el autocontrol del padecimiento (Pittman 1999). La socialización del riesgo es genérica, es decir, las prácticas y discursos que emiten mensajes de peligro laboral, independientemente de la ocurrencia real del evento, tiene su extensión en las diferencias de posturas desafiantes entre hombres y mujeres.

En la segunda incursión etnográfica se atestiguó uno de los juegos de mayor reconocimiento en la confirmación de la virilidad: las vencidas con las manos.17 Alrededor de esta práctica hay variantes importantes, como la siguiente:

En nuestro caso, nos pusimos a competir dedo a dedo a manera de vencidas, se trataba de vencer al oponente doblándole el dedo. Neftalí propuso una variante más ruda, la cual yo rehusé, manifestándole que dolía más de esa manera. A lo cuál me contestó: —¡ese es el chiste, que duela más! (PMA abril, 2003).

Juegos físicos como el descrito son habituales en los descansos, por falta de material o mala organización laboral. Resaltar la fuerza constituye una prerrogativa masculina. La frase el chiste es que duela conlleva la aceptación implícita por quien lo dice y quien lo acepta, el supuesto de la confrontación sin vacilación al dolor. El riesgo a lastimarse los huesos de los dedos (metacar–pianos, falanges y carpios) se difumina ante la confrontación simbólica encarnada en los retos de resistencias físicas. Si bien no se encontró evidencia de que las mujeres asuman de la misma forma y regularidad posturas desafiantes, ello no excluye que tengan accidentes de trabajo. En conversación informal, la hermana (jornalera de 17 años),18 de Rubén,19 señaló el infortunio de una de sus amigas al caer de un camión en movimiento, mientras salían del campo rumbo al pueblo.20 La protagonista del siguiente relato es Isabel (jornalera de 39 años, oriunda del PMA).21 Ella, es hermana de Ramón22 (informante de la investigación), confirma las posturas agresivas que suceden alrededor del trabajo:

Ya cuando salimos, ya veníamos para la casa, —te voy a pegar me decía, jugando,—no, estás muy grandote para mí, le decía, yo estaba plebita todavía, tenía como unos 18, 19 años. Pero ellos estaban más grandotes y como no queriendo me tiró así, pues ya hombres grandes y pero a mí me gustaba llevarme con toda la gente, era muy llevada y me pegó en la boca del estomago el muchacho [..] Si pues, uno es sensible, pues cualquier golpe te duele verdad, pero ese sí luego me tumbó (PMA marzo, 2003).

Es la mayor de siete hermanos y está acostumbrada a trabajar desde muy chica, confiesa que le gustaba "llevarse con la gente". Esta frase se utiliza localmente para referirse a comportamientos más allá de lo permitido. Es cuando alguien "inferior" trata de relacionarse de la misma manera con alguien "superior". Lo más común es cuando alguien de menos edad trata de "llevar" los mismos juegos de palabras o físicos con alguien mayor, significa un atrevimiento social. Si esta "osadía" es bien lograda, entonces la presunción se vuelve incentivo para continuar con dicho comportamiento. En este caso, ella trató de evitar el juego con un hombre mayor, pero fracasó en su intento, y recibió un golpe que la incapacitó. Omitió el supuesto cultural de que la mujer no debe realizar este tipo de "juegos" con varones, según el contexto de la Costa. No obstante lo dio por sentado.

Isabel coincide con la expresión de Rubén y Tomás, El Maracas,23 en relación con su percepción sobre el autocuidado en los varones, para evitar los accidentes: "[...] es como que le(s) vale gorro [...], los hombres se atienden menos cuando se enferman [...]" (PMA marzo 2003). Por extensión, "valerles gorro" implica también los esfuerzos extra para cotizar más en las labores de corte, empaque, poda y anillada. Consideran que es perder el tiempo detenerse para pedir pastillas, suero o agua en abundancia cuando la temperatura es alta o en caso de sentir una molestia o padecimiento.

Ramón relata la ocasión en la que, mientras trabajaba en el corte de uva, tuvo la necesidad de enfrentarse a golpes con un compañero que lo provocaba, a pesar de las advertencias reiteradas para que se abstuviera de hacerlo. La productividad material y en consecuencia el rendimiento económico pasó a segundo plano, era más fuerte la necesidad de no dejarse porque de lo contrario, advierte: "le tengo que entrar, ni modo que me haga pa' tras [..] (Si lo hago) me van agarrar de torta" (PMA abril, 2003). Ser torta es ser inferior y no enfrentar las provocaciones y, sobre todo, es causa de desprestigio ante los demás. También es quien recibe la mayoría de las burlas y chascarrillos por su bajo rendimiento en el corte, poda y tolva.

Respecto a las competencias, tanto explícitas como implícitas, que ocurren mayormente en los trabajos por contrato, Ramón comenta acerca de la necesidad de ir siempre adelante: "tienes que ir adelante de la gente [..] o sea no ir tan atrás" (PMA marzo, 2003). No lograr un rendimiento igual al de los demás, reconoce, transforma eventualmente al compañero de trabajo en torta, "pero no les hago caso porque si les hago caso es peor" (PMA marzo, 2003).

La poda y el corte de uva son los trabajos que requieren de mayor habilidad, astucia, resistencia y fuerza para terminar tres o cuatro líneas diarias (que puede representar hasta tres salarios, es decir 300 pesos por día). Sixtos24 relata la anécdota de dos hombres durante el corte de uva, quienes realizaban la actividad lo más rápido posible, pero en medio de bromas mutuas. Uno de ellos, no obstante la advertencia, empezó a interrumpir al otro con la finalidad de ganarle. La interrupción consistía en meter la mano en el espacio del corte para distraer al "contrincante". El desenlace no fue feliz para el "arriesgado", ya que terminó sin un dedo (PMA agosto, 2002).

No es fácil que los varones reconozcan que las competencias se dan para demostrar superioridad entre ellos, y está más acentuado en los de mayor edad, don Jesús,25 en forma vacilante, mencionó la resistencia para rivalizar en la productividad. El coraje hace que compita para podar más líneas:

A veces sí se dice (competencia explícita), ¡hey que no te rinde, he hecho yo más! los mismos cuadrilleros dicen —oyes mira que aquél te va ganando— ¿y por qué tú no puedes? [..] sí, sí hay competencia.
JECP: ¿entra usted a las competencias?
Je. Pues, ellos me comparan, pero yo no me comparo [...] pero me da coraje a veces porque si aquellos pueden, ¿por qué yo no?, y trato de que salga más (PMA marzo, 2003).

Rubén se da cuenta cuando alguien trata de competir, y siempre contesta acelerando el ritmo. En una ocasión, un señor trató de ganarle, y comenta: "No es que me la dé muy acá, pero nadie me gana en la poda o el desbroche o la tolva, esa vez, el señor trató de rebasarme y no es por nada, pero salí mucho tiempo antes que él (de la línea o surco)" (PMA marzo, 2003). Que una mujer sea quien gana en velocidad y, por tanto, en productividad, provoca las risas en algunos de los informantes. Es el caso de Ramón y don Jesús, el primero, enfático afirma que no le importa si se burlan de él cuando su novia termina primero. Don Jesús es más conservador al respecto, y reconoce que en ocasiones resulta incómodo que le gane una mujer.

En síntesis, las posturas desafiantes, como el de meter las manos para distraer al "adversario" (corte, poda o tolva) y las resistencias para competir (por mayor productividad y presunción viril), no ser torta y enfrentar los retos (en el trabajo), configuran situaciones en las que tienen lugar las ambigüedades sociales. Por ello don Jesús se resiste a competir, aunque finalmente el coraje al verse disminuido en su capacidad de rendimiento social (como hombre) hace que "entre" a las competencias.

Ramón, para no ser torta, trata de ir siempre adelante y responder a las agresiones cuando se presentan. Aunque cuando su novia le "gana" ignora las burlas de sus compañeros (de esta manera, relega a segundo plano la categorización del torta). En contraste, Rubén reconoce el significado de ser torta pero valida su posición de superioridad en el rendimiento laboral. El desafío por parte de las mujeres tiene lugar, dentro de las relaciones de género. En los apartados siguientes, se profundiza en la importancia y efecto de padecimientos como la intoxicación por químicos o las hemorroides, en la vida de un jornalero del PMA. Con esto se pretende brindar evidencias sobre el padecimiento y la repercusión en las masculinidades, con una cultura masculina dominante como referencia (Seidler 2000).

 

¡Me puse como tomate, rojo, rojo!
La quemada con cianamida hidrogenada

La propensión a realizar trabajos con exposición alta al peligro a cambio de recibir mayor remuneración, por parte de la clase trabajadora campesina y urbana, ha sido registrada profusamente (Douglas 1996; De Keijzer 2002). Una de las actividades de mayor peligro para los trabajadores agrícolas es la aplicación de cianamida hidrogenada (Ch).26 En el presente escenario de estudio, es común que por recibir más dinero y debido a la escasez de empleo, los trabajadores realicen jornadas largas en temperaturas extremas, y se expongan a sustancias químicas altamente tóxicas, como la cianamida. El fertilizante se aplica a la vid, para acelerar la brotación, en diciembre y enero. Una vez podada la planta, se aplica (rociando o mojando, según el equipo empleado) la cianamida a los espolones (guías para los racimos de uva).27 La exposición sin equipo de protección provoca una serie de signos y síntomas agudos que, en algunos casos, no son atendidos por los servicios de salud local.

Los antecedentes de la intoxicación por cianamida son de vivencia directa o indirecta y las molestias corporales son distintas. Los intercambios de experiencias por intoxicación se comparten entre amigos, compañeros de trabajo, familiares, vecinos, y en menos proporción, entre supervisores y cuadrilleros. Es decir, a través de los años, debido a la regularidad del patrón de cultivos en la región, hay experiencias particulares de "quemarse", hincharse, "ponerse como tomate" y abrirse la piel (sobre todo de los pies y caída de uñas). Además, hay complicaciones internas como mareos, dolor de cabeza y náuseas. Si bien el tiempo en que se presentan las molestias es corto, la regularidad, las características sintomáticas las respuestas a ello y el contexto sociocultural (de etnia, género, clase, edad, etcétera) de la Costa, hacen que las trayectorias terapéuticas sean distintas o incluso no se atiendan (Kleinman 1980, 74).

Así, los indígenas que habitan en esta región recurren con frecuencia a saberes tradicionales, que combinan con los modernos, incluso, puede que se inculque la resignación ante un pronóstico desfavorable de la enfermedad. La clase trabajadora se ve obligada a utilizar servicios de salud privados de mala calidad y, en menor proporción, acuden a la medicina tradicional.

Cuando hay accidentes o enfermedades graves, es altamente problemático trasladar a la persona para una atención oportuna. La experiencia del padecimiento en grupos generacionales presenta inconsistencias, que no permite concluir si los jóvenes se atienden más que los de mayor edad o viceversa. A continuación se profundiza en este aspecto, tomando como referente empírico la exposición a cianamida. Sixtos, comenta:

Bueno [..] sí una vez quise tomar una cerveza y sí me sentí muy caliente todo el cuerpo. Me dijo mi esposa: —te está haciendo daño ¡estás colorado, colorado!, estás bien colorado, me dijo; —y si no dejas de tomar te va hacer daño (agregó).Y Pedro mi suegro, ese se le ponía bien machín y no le pasaba nada (PMA abril, 2002).

Además de asignar el papel de cuidadora a su esposa, el informante está "consciente" de la peligrosidad de este trabajo, al que se expone, pese a las molestias corporales, para ganar un poco más de lo habitual. La autoatención derivó de la advertencia de su esposa y consistió sólo en dejar de beber. De hecho, reconoce que no le gusta beber, pero la ocasión de festividad de fin de año, además de la insistencia de otros varones y la aparente inmunidad de don Pedro a la cianamida, propició que lo hiciera.

El caso de Rubén, de poco menos de la mitad de la edad de Sixtos, se contrapone a la conducta imprudencial descrita líneas arriba. Los peligros identificados como tales, implican para Rubén temores sobre el futuro de la paternidad en los varones, que se exponen a trabajar en esta actividad:

Es mortal eso, si no tiene cuidado o le sale defectuoso el aparato que les dan, si es por esponja se le escurre todo, con el tiempo hace daño, si la mochila sale con fuga pues se baña todo, y no, no tengo necesidad de andar en esos [...] ¡Puede quedar hasta estéril uno! [...] (PMA abril, 2002).

Por último, en conversación informal con un jornalero mientras esperaba la paga, se le preguntó si había tomado durante Nochebuena: "a mí me vale verga que haga daño", contestó. A pregunta expresa sobre la reacción de su esposa, añadió "y si te pones hacerle caso a la esposa ahí te van hallar".

En suma, en el trabajo de aplicación de cianamida intervienen varios factores sociales, que provocan en los varones actitudes distintas ante la posibilidad de trabajar en ello. La identidad masculina se convierte, en ocasiones, en factor secundario ante las medidas de cuidar su salud o experimentar el padecimiento. En otras, se reivindica con expresiones como ponerse machín, con las consecuencias previsibles o no para su salud. En la medida que el peligro es considerado por los varones como requisito para afianzar la identidad masculina, el riesgo es un estimulante social en las relaciones entre ellos. El trabajo con la cianamida se convierte en un caso y no representa la norma.

El margen social de los jornaleros (como hombres) frente a las prácticas dominantes al enfrentar el riesgo laboral, está sustentado en un abanico amplio de posibilidades. Rubén y el Maracas validan su posición con lo opuesto a las posturas desafiantes y afirman: "a uno ya le entra la razón" y, por lo tanto, evitan trabajar con la Ch. Capitalizan el efecto de una socialización del riesgo, para salvaguardarse de las eventualidades dañinas para ellos. Es tentador deducir de lo anterior que los comportamientos como los de Rubén y el Maracas (y de otros tantos) están divorciados de las concepciones dominantes de la masculinidad. Otro ejemplo es el de José.28 Él está consciente del peligro que representa trabajar con la cianamida y, por lo tanto, la idea de rehuir del riesgo parece apartarlo de quienes lo hacen. Como se verá más adelante, José expresa implícitamente que los hombres (él mismo) no reconocen con facilidad la necesidad de ayuda terapéutica y, cuando lo hacen, chocan con muros sociales traducidos en carrillas (burlas) y presiones que los estigmatizan, como el ser acusados simbólicamente de "jotos".

Por otra parte, la construcción sociocultural del padecimiento es genérica (Lorber 1997), la vivencia de las "molestias" (como resultado de la actividad laboral) es diferente entre hombres y mujeres. Lejos de la afirmación de Kleinman (1980), la construcción cultural del padecimiento tiene lugar a raíz de intoxicaciones, en este caso por cianamida. La autoatención, es decir, las respuestas ante el padecimiento, no se sustrae de la repercusión del género en el escenario de estudio, y en específico de las masculinidades, porque el no hacer nada, minimizar los daños y confiar en el autocontrol masculino se convierten en referentes de validación social.

Para Ricardo,29 los hombres saben cuidarse mejor del peligro de la cianamida, porque conocen mejor la labor y saben trabajar con la sustancia, en contraste con el reconocimiento generalizado sobre la "naturaleza" preventiva de las mujeres. No obstante, reconoció que: "Me chispeaba los ojos, me los limpiaba así nomás, y así los dejaba [...]" (PMA febrero, 2003). El Maracas recuerda su incursión en este trabajo, y minimiza la exposición al líquido: "se mancha uno la cara cuando vas apurado, así chispeando, pero una gota cualquiera, no mucho" (PMA febrero, 2003).

En contraste, el primer día de trabajo de Flor,30 no le afectó que le cayera líquido a sus tenis, a ella, ni a su compañera. Al segundo día la situación no se presentaba tan bien: "No sé, no pensábamos en nada, ni en que nos íbamos a llegar a enfermar [...] yo la verdad nunca me imaginé que me iba hacer daño, por eso yo no me cuidaba" (PMA enero, 2003). Al término del tercer día empezaba a sentir las consecuencias de la exposición; experimentaba un padecimiento que le duraría varias semanas, junto con el temor de perder su pie:

Luego me empezó a salir unos granos en la boca [...] había veces que no comía porque me ardía [...] con el dolor en los pies llegué a llorar porque ya no aguantaba pues, y ya ni sabía qué hacer con mis pies, cada vez que los bajaba de la cama o caminaba, me dolían bien feo, cada vez que me paraba me caía yo sola, parecía un bebé que no podía caminar (PMA 28 de enero, 2003).

Los informantes se refieren a este padecimiento31 como se quemó o, simplemente, las quemadas del cianamida. Un hecho significativo es que las quemadas les sucedieron a las mujeres y el ponerse como tomate lo experimentaron los hombres.32 El sentir acalorado el cuerpo y enrojecerse es producto de la combinación de la exposición y posterior ingestión de alcohol. Ricardo reconoce que un amigo le advirtió, en una fiesta en casa del taxista,33 acerca del posible daño a su salud si bebía cerveza, él hizo caso omiso, y le contestó: "puro verbo, tú güey no te creo" (PMA febrero, 2003). El discurso social, para Ricardo, puede ser hueco, sin contenido real; el verbo remite a las palabras, que no trascienden porque el discurso es manipulado según el antojo de cada quien. La credibilidad disminuye al tratarse de un amigo, porque no son comunes las advertencias respecto a la salud ajena. Narra las inconveniencias de esta omisión:

No pues me dolía la cara, me ardía [...] y no pues, nomás me acosté y me siguió ardiendo, ya me dormí y al otro día ya no traía nada, no sé si sea por eso, me levanté, quería prender el foco y tenía acalambrado el brazo, lo alcancé y me dolió bien feo. Nunca me había dolido así (PMA febrero, 2003).

Según relata, esa noche intentó no hacer mucho ruido a su llegada, aunque el contexto microsocial le permitía llegar tarde a casa (mayor tolerancia de su mamá para hacerlo, a diferencia de su hermana, una prerrogativa genéricamente condicionada). Aun con dicha concesión, en esta ocasión su mamá estuvo atenta para cerciorarse que no hubiera bebido. Si bien reconoce medianamente que le hizo daño, al mismo tiempo lo minimiza con la expresión "pero nomás".

Resulta tentador concluir que el mayor daño en mujeres se debe a la inexperiencia en el trabajo agrícola, como lo señalan el taxista y Ricardo, y dejar de lado la construcción social del género. Pero esta inexperiencia, precisamente, está mediada por las concepciones culturales de las diferencias genéricas. Existe un discurso de diferenciación y acuerdos para que las mujeres no trabajen en determinadas actividades, por su "debilidad". Así lo reconocen el Maracas y su amigo, "protegen más a las mujeres para que no trabajen en eso" (PMA abril, 2003).

En el diálogo siguiente, sostenido con el Maracas (M) y Rubén (R), se muestran las afirmaciones ambiguas respecto a la participación de mujeres y hombres en el trabajo con cianamida:

JECP: ¿por qué creen que las mujeres no trabajen ahí?
R. Si es con mochila, no la van a poder las mujeres
[...]
M. Pero no dejan, les hace daño y por muerte también o que pueden quedar embarazadas (y por lo tanto hay peligro de daño al niño)
R. El campo (los dueños) lo que quieren es que acabes de volada esos, y el hombre es más rápido [...] Nunca procuran a las mujeres.
M. Sí tiran de eso las mujeres, pero por el día calmadito, con un palito le ponen un pedazo de esponja, y así en las orillas como el deste blanco que tiran como señador, así también pero poquito, no más con un botecito chiquito y con una esponjita (PMA abril, 2003).

No es casual que el Maracas utilice de manera reiterada diminutivos para referirse a las actividades de las mujeres. Por experiencias anteriores de la investigación, se sabe que no es creíble su afirmación categórica sobre la manera de participación de las mujeres con cianamida: "por el día calmadito, con un palito le ponen."; las observaciones realizadas y las afirmaciones de Flor refutan esta idea. No obstante la aseveración y el sentido (de la frase), asociar "calmadito" y "poquito" con mujeres, refleja la unión indisoluble de feminidad e inferioridad (Bourdieu 2000) en el trabajo agrícola. Cuando llegan a contar con experiencia, se alude a ella sólo para realizar la actividad de manera diferenciada.

En síntesis, el padecimiento por sufrir un accidente de intoxicación con cianamida, es diferente entre hombres y mujeres. Está acompañado con discursos que tienden a imponer visiones esencialistas (el hombre es más rápido y más fuerte, la mujer es más precavida y más débil). La configuración del macho se presenta como entidad negativa y lejana a la vida propia (a pesar de que los hechos demuestran similitudes con las prácticas que realizan). Por último, la minimización de las situaciones peligrosas, por parte de Ricardo y el Maracas y el uso de diminutivos al referirse al trabajo de las mujeres aportan evidencias respecto a la importancia de las identidades de género. A continuación, el caso de un padecimiento ocurrido a uno de los informantes, y que se muestra como significativo para explorar la relación de la experiencia con la identidad masculina.

 

"Y me puse a llorar donde no me vieras tú".
El caso de las hemorroides

Otros padecimientos, además de los provocados por la cianamida, se relacionan con las temperaturas altas en los campos agrícolas de la Costa. Tanto el corte, la anillada, el desyerbe y la uva de tolva se realizan en los meses de mayor calor, por lo cual los informantes (sobre todo las mujeres) expresan comúnmente haberse deshidratado o padecido diarrea, mal de orín, comezón y mal olor de pies (entrevistas 2002 y 2003). En algunos casos, reconocer ciertos padecimientos es resultado de un proceso largo de confianza mutua, debido a su significado cultural. Este es el caso de las hemorroides.

Entre los informantes, sólo José exteriorizó, después de varias entrevistas, haber padecido hemorroides. Según él y su pareja, se debió a las "sentadas" en lugares calientes durante el trabajo. José es originario de Guanajuato, pero lleva la mayor parte de su vida en el PMA. En la actualidad vive con Adelina.34 José relata que la intensificación de las molestias del cuerpo va a la par con el aumento de la edad. Como manifiesta Benno de Keijzer (2002), existe la idea, entre los trabajadores, de una equivalencia entre el cuerpo y la máquina: "'Todo por servir se acaba'. Es una frase que frecuentemente he escuchado referida tanto a objetos y maquinaria como al cuerpo masculino". En esta coyuntura, ocurre la génesis de la decadencia de su cuerpo, cuando sufre una enfermedad significativa para él.

Las entrevistas para esta investigación se realizaron en presencia (salvo en una ocasión) de la pareja de José. Esta construcción de confianza permitió que, ante la impronta revelación de su pareja, José expresara su padecimiento de las hemorroides y explicara por qué permaneció por más de dos semanas en completo silencio. Estuvo trabajando todo ese tiempo, hasta que Adelina lo descubrió:

Como cámara in fraganti lo descubrí y pues no le quedó de otra, ni a mí me decía no me tenía ni confianza a mí, y eso está mal porque se supone que es un matrimonio, que es una pareja [...] fue como un día domingo que andaba muy de blanco mi paloma, y ahí cargaba el manchonón parece que andaba reglando, —¿y eso? ¿Qué te pasa a ti? Pues cargaba un sangrero, una florona cargaba ahí. Pues se soltó llorando [..] ¿por qué no me decías? (PMA abril, 2003).

José relata a lo que se exponía si decía que andaba enfermo de hemorroides; un señor de edad avanzada también se enfermó de lo mismo y le empezaron a dar carrilla,35 como expresión de desprestigio y denostación viril. Poco a poco fue reconociendo la vivencia de las hemorroides y la significación en su vida laboral. La vergüenza acompañó todo el tiempo a José, hasta que "sanó" por completo:

JECP: ¿pero, por qué no decías?
J. y A. Risas (sobresale la de José)
J. Me daba vergüenza (riendo) tuve que ir a fuerzas (al IMSS) , porque ya no aguantaba [...] me daba vergüenza decirle (a su pareja) que andaba malo de ahí (en tono serio y contundente) (PMA abril, 2003).

La falta de confianza con su pareja y la burla de ésta, la probable carrilla en el trabajo si se enteraban, junto con el significado cultural de la zona de molestia (zona femenina, de pasividad, de connotación sexual como la región anal), tuvieron una repercusión sobre el significado de su masculinidad. Este padecimiento representaba un peligro eminente para su reputación como hombre de trabajo y, además, la localización del origen lo convertía en presa fácil de los discursos de desprestigio o carrillas. Entre vacilaciones al hablar, decía que se aguantaba para llorar 'cuando me levantaba me tenía que sentar porque me dolía cuando hacía fuerza' (PMA abril, 2003).

Como él mismo reconoce en conversaciones posteriores, las enfermedades se dan igual tanto en hombres como en mujeres, lo que pasa, dice "es que uno no lo quiere reconocer". En concordancia con lo documentado por Seefoó, con los jornaleros de Michoacán "los varones en parte no reconocen su padecimiento por orgullo" (1997, 254). El teórico de la masculinidad, Víctor Seidler, narra este hecho: "La idea de que de algún modo tenemos que 'arreglárnosla' por nuestra cuenta está profundamente inmersa en una cultura masculina dominante" (2000, 204). En el apartado siguiente se extiende el análisis sobre el aguantarse y la cultura masculina dominante, junto con la idea de la IS el padecimiento y el peligro laboral.

 

La inmunidad subjetiva ante el padecimiento: "debilidad de la sangre" y "debilidad de las mujeres"

La mayoría de los informantes varones admitieron que se enfermaban sólo en casos excepcionales. Había situaciones, como la aplicación de la cianamida, que facilitaban el reconocimiento de la afección. Aun así, se referían a las mujeres como las de mayor susceptibilidad de enfermarse (experimentar algún padecimiento). Don Lupe, por ejemplo, viejo líder popular de las primeras invasiones en la década de los ochenta, durante las entrevistas iniciales, no admitía con facilidad la presencia de molestias corporales; incluso señalaba que en temporadas de invierno no usaba chamarra, para protegerse del frío. Cuando reconocía algún malestar, lo atribuía a la debilidad de la sangre.36 La asociación entre la debilidad del cuerpo y la sangre es producto de una concepción mecánica de la enfermedad y del cuerpo. La debilidad como signo femenino, y por lo tanto de difícil reconocimiento, lo remite paradójicamente a la sangre, núcleo de la vida.37 La masculinidad implica recuperación y confianza en el propio cuerpo, a diferencia de las mujeres (Pittman 1999, 90). Si la sangre se vuelve débil, el cuerpo tiende a perder inmunidad ante enfermedades, pero sólo en casos extraordinarios como los accidentes graves o los padecimientos como el de José.

Sobre la causalidad de la enfermedad, don Pedro (jornalero con más 30 años de vivir en la Costa), explica su idea sobre lo que hace a unos enfermarse:

Se me afigura que no todos tenemos la sangre igual, unos tenemos la sangre más débil [...] Por ejemplo hay muchos que no les hace daño el polvo (se refiere al azufre que se aplica a la planta de la uva), que no les da rasquera, entonces quizás yo tenga la sangre más liviana. Dicen que eso depende de la sangre (PMA agosto, 2003).

La importancia de la sangre se realza una vez más con el reconocimiento de don Pedro sobre la debilidad de su sangre. En primera instancia, reconoce las reacciones diferenciadas de las personas ante exposiciones distintas. Sin embargo, si hay un orden causal para estas divergencias, éste se encuentra en la sangre; si es débil, entonces significa que es liviana y con ello se entiende el por qué las molestias corporales. Contradictoriamente, la vulnerabilidad ante un agente externo (azufre) es compensada con la invulnerabilidad a otros escenarios y agentes (químicos). Por ejemplo, a pesar de la advertencia, no ha tenido contratiempos cuando ha trabajado con cianamida: "Eso depende de la sangre, que la sangre delgada, que ciertas químicas le hace daño a uno. Tanto como la cianamida, a cuántos le hacen daño y a mí no, y tomaba y fumaba ayudándoles a llenar las destas (tambos con la mezcla)" (PMA agosto, 2003).

La adjudicación de la debilidad de la sangre se realza cuando se presentan situaciones graves de molestias corporales (la gravedad para cada caso en particular puede llegar a ser diametralmente distinta). Por ello, don Lupe y don Pedro se refieren a la sangre como entidad explicativa, porque cuando se vieron imposibilitados para trabajar no era factible creer que esto les hubiera ocurrido a consecuencia de la predisposición como hombres, para enfrentar el riesgo de trabajo.

Cuando los jornaleros se encuentran bajo los requerimientos laborales, la creencia en la amplitud de los umbrales del dolor debido al entrenamiento social, inherente a la identidad masculina, tiende a opacar la necesidad de ayuda y atención cuando experimentan padecimientos (a consecuencia del trabajo). La inmunidad subjetiva ante la experiencia del padecimiento es sobreestimar las dificultades sociales sobre su cuerpo por la asociación, desde temprana edad, entre el ser hombre y la invulnerabilidad ante el dolor y el sufrimiento (Kaufman 1997). Las molestias corporales, como el enrojecimiento de la piel por ingestión de bebidas alcohólicas o la experiencia de molestias agudas (como el caso de las hemorroides), se hacen invisibles para otros hombres o se minimizan al tratarse de uno mismo (caso de el Maracas y José).

La invisibilidad u omisión intencional queda registrada en la nota de campo sobre la experiencia propia en el escenario de estudio:

En mi última visita al PMA sucedió un hecho significativo [...] Hace algunos días mantuve inflamado el brazo izquierdo [...] (Al visitar a mis informantes y amigos) Ni don Pedro, ni Sixtos, ni José, y en menor medida, Juan (hijo de don Pedro) y Saúl (hermano de Ricardo), me preguntaron por mi aparente daño ya que la venda que traía enredada en mi brazo izquierdo así lo delataba. En cambio, Adelina, esposa de José, Flor, novia de Ricardo y Lupe, esposa de Sixtos, sin vacilar un segundo y sorprendidas me preguntaron que si qué me había pasado [...], Adelina lo hizo en presencia de José, antes ya había platicado varios minutos con José y éste no se atrevió a hacerlo, lo cual significa que no fue sólo falta de confianza, porque en realidad he pasado más tiempo con José que con Adelina. En el caso de Sixtos fue sólo el hijo mayor, varón de 12 años, quien, en su presencia, me preguntó que si qué me había pasado (Sixtos, previamente a la pregunta de Daniel, ya me había visto con la venda enredada y no hizo un comentario en relación a ello). Su esposa Lupe, en cuanto me vio me dijo que me quitara la venda para ver la intensidad de la inflamación [...] Saúl, es el único que no mantenía una relación cercana (lo había visto un par de ocasiones). Flor, a los minutos de la conversación me preguntó sorprendida lo que tenía. Existió una omisión intencional de mi daño por parte de los varones, con quienes he mantenido mayor acercamiento durante la investigación (Registro etnográfico, PMA 8 de junio, 2003).

La socialización del varón se aleja simbólicamente de todo aquello relacionado con la preocupación, el cuidado y la atención por el padecimiento ajeno. El varón "enfermo" se ve obligado a expresar menos su dolor y, por lo tanto, a socializar menos su padecimiento y disminuir la posibilidad de recibir ayuda potencial para solucionar su situación por parte de las demás personas, sobre todo de otros varones. Este es el caso de las hemorroides de José. Don Pedro expresa su situación cuando se enferma de infecciones estomacales: "cuando le pega a uno en el trabajo, se aguanta un [..] tiene que aguantarse, trabajar" (PMA junio, 2003). Don Jesús, respecto a ello, manifiesta lo siguiente acerca de un padecimiento que ha tenido desde hace años: "trabajo muy desagusto, con sacrificio por el dolor, y el dolor y el dolor [...] (autoatención) no más aguantarme, levantarme y doblarme, y a veces cuando de plano no aguantaba, le decía al mayordomo [...] voy a ir al Seguro (Social)" (PMA marzo, 2003).

En definitiva, la creencia en la inmunidad ante la enfermedad está íntimamente relacionada con ocultar las molestias corporales de los varones, como signo de ser hombre. Esta inmunidad no implica que ellos no se enfermen por cualquier cosa, como las mujeres o los niños, sino que se establece en un discurso social que trasciende corazones y razones de los hombres trabajadores, lo que les hace creer en esa posibilidad. Meses después de la omisión intencional de un padecimiento, se le preguntó sobre lo ocurrido a José, a don Pedro y a dos hijos de él, a don Jesús y finalmente a un varón tractorista, ajeno a la investigación. Don Jesús, con una pizca de asombro y sonrisa leve, confirmó mi sospecha en torno a la relación entre la omisión intencional y la dificultad de expresar dolor en los varones. Don Pedro, con la aprobación de sus hijos, mencionaba que las mujeres son más sentimentales y los hombres no, por lo tanto, el interés por la salud de alguien tiene connotaciones sentimentales.

El hecho de aguantarse se presenta en forma consustancial a la condición de hombre trabajador, pero, en casos graves o agudos, se problematiza para fortuna de él mismo. El conjunto de comportamientos y prácticas sociales, como evitar "rajarse" en el trabajo, afrontar las exigencias de las labores pesadas y ocultar las molestias y padecimientos (o minimizarlos), confluyen como constantes en las definiciones sociales de la identidad masculina.

 

A manera de conclusión

La construcción de subjetividades en marcos regionales específicos revela los efectos de las distintas variaciones de la socialización asimétrica en hombres y mujeres. En este sentido, no cabe una generalización homogeinizadora de los procesos microsociales en que se expresan las masculinidades. En este artículo se utilizaron categorías analíticas que enfatizan un aspecto en la construcción de las identidades masculinas. Con ello, aunado al recurso analítico de la experiencia del padecimiento y la creencia en una inmunidad subjetiva ante el riesgo, fue posible explorar cómo se manifiesta la masculinidad dominante en los jornaleros del PMA.

Aunque los hallazgos de esta investigación coinciden con otros trabajos respecto a la tendencia masculina por resaltar la valentía, el orgullo, el "aguante", el descuido y desatención (Szasz 1999; Sabo 2000; Verbrugger 1988; De Keizjer 1998), hay matices que los ubican en rasgos concretos y diferenciados. Se hace eco del peligro de usar estereotipos tradicionales para "estandarizar" los comportamientos masculinos como poco cuidadosos (Rivas 2005), sin embargo, se advierte su utilidad para realizar exploraciones preliminares que permitan, a posteriori, profundizar en las relaciones del discurso y la práctica.

En este contexto, es importante hacer notar que, si bien, persisten ideas generalizadas en el imaginario colectivo respecto a la preeminencia de "mandatos" para conducirse como hombre en distintos escenarios sociales, cotidianamente se presentan las resistencias, contradicciones y ambigüedades en los varones jornaleros, respecto a la concepción genéricamente establecida de sus prácticas y significaciones como hombres.

La construcción de la identidad masculina está nutrida por convenciones sociales, como la estigmatización del "torta" y la predisposición general de "ponerle machín al trabajo", a pesar de las molestias corporales. Por ello, la vivencia del padecimiento en los jornaleros con frecuencia se extiende al espacio laboral, convirtiéndose en fuente constante de dolor (Kimmel 1997), no sólo físico sino también moral, porque la obligación de proveer es ineludible a su condición de hombre. Aunado a lo anterior, el aguantarse cuando se padece alguna enfermedad durante el trabajo, la tendencia a la inacción terapéutica (en su autoatención), la confianza excesiva y minimización del daño están amalgamados a la construcción social de la masculinidad dominante. Se configura así la tendencia a creer en una inmunidad subjetiva (Douglas 1996) ante al padecimiento y, por tanto, también al daño físico que puede resultar al enfrentar el riesgo.

Existen, a la par de la cultura dominante masculina, resistencias y dilemas constantes a los que se enfrentan los varones jornaleros. La configuración del macho como figura masculina negativa demuestra las distintas posiciones que asumen los varones trabajadores del campo. Evitan ubicarse dentro de la categoría del macho, aunque esto no equivale a desaparecer "vestigios" machistas en sus acciones, en el marco del horizonte cultural en que se desenvuelven. En el discurso, el macho es una figura desprestigiada, pero a la hora de realizar acrobacias frente a amigos, tratar de ganar al oponente en las tareas agrícolas, creer en una superioridad física e intelectual sobre las mujeres (con el consiguiente control sobre sus esposas, hijas y hermanas, principalmente) surgen comportamientos apegados a la idea dominante sobre la manera de actuar como hombres. Por el contrario, hay situaciones en las que se desechan posturas temerarias y poco cuidadosas, y se reconocen las vulnerabilidades ante el padecimiento.

Queda por explorar, a profundidad, la hipótesis respecto a las diferencias generacionales sobre el efecto de la identidad masculina y el desarrollo de prácticas y discursos sobre la salud–enfermedad, es decir, cómo la generación (jóvenes y adultos mayores por ejemplo) se compromete con posturas desafiantes o despliegue de prácticas de autoatención o autocuidado, considerando la autodefinición constante de las masculinidades. Asimismo, es crucial documentar las dinámicas microsociales expresadas en las elaboraciones constantes de lo que se considera cómo debe actuar el varón como hombre y sus costos sociales, en este caso, la dimensión de la salud–enfermedad y la repercusión para él mismo y el grupo doméstico. Fuera del debate sobre el carácter esencialista de la vulnerabilidad socio–biológica de las mujeres frente a los varones, es improrrogable la consideración en las políticas públicas (y programas operativos que se desprenden de éstas), la dimensión vivencial, emotiva y participativa de los(as) jornaleros (as) agrícolas.

 

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Notas

** Agradezco a Gerardo Álvarez Hernández, Jesús Armando Haro, Nelson Minello, Guillermo Núñez Noriega y Rosario Ozuna sus comentarios y sugerencias a versiones previas del presente artículo.

1 Está basado en la tesis de maestría en Ciencias Sociales Masculinidad, padecimientos y riesgos de trabajo en jornaleros agrícolas de la Costa, elaborada con apoyo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) y El Colegio de Sonora (COLSON), bajo la dirección de Catalina Denman, durante 2002–2003.

2 En el apartado Escenario de estudio se brindan detalles sobre este aspecto.

3 La primera tuvo lugar el 29 de diciembre de 2002, como jornalero en el campo Casas Grandes. Del 30 de diciembre al 3 de enero de 2003 se laboró en la aplicación de cianamida hidrogenada en el campo San Luis. El 29 y 30 de abril, y el 2 y 3 de mayo la actividad fue "remojo de racimos" en el campo 8 de Mayo. La poda consiste en cortar las ramificaciones que quedaron de la cosecha anterior. En la segunda actividad se aplica el agroquímico en los espolones (especie de puntas en los tallos llamados guías), que servirán para el desarrollo futuro de ramificaciones nuevas. Finalmente, una vez que el fruto tiene el tamaño poco menor al de una "canica" se aplica el ácido giberédico.

4 El anteproyecto actual de investigación doctoral pretende profundizar en la importancia de la generación en la construcción social de las identidades masculinas.

5 Con ello se quiere expresar la existencia de un orden de género que comparten hombres y mujeres, pero que conlleva mensajes simbólicos diferenciados, convirtiéndose en imperativos sociales para cada género.

6 Este enfoque se desprende de la tradición weberiana, y ésta a su vez de la influencia diltheyana de la ciencia cultural interpretativa. Jeffrey Alexander (1987, 231) distingue entre el enfoque hermenéutico y el interpretativo. Esta investigación se apega al segundo, y se distingue de la primera sobre el énfasis "en el subjetivismo del actor", en detrimento de las constricciones estructurales de la sociedad.

7 En su acepción sociológica, la dialéctica comprende los procesos, conflictos, contradicciones y dinámicas que se suscitan en los fenómenos materiales de la vida social, tiene su origen en las ideas filosóficas de Hegel, reformuladas más tarde por Marx (Ritzer 1993, 20).

8 Se refiere a los estereotipos, según Rivas, para advertir las conveniencias e inconveniencias que surgen al transpolar los rasgos que socialmente describen comportamientos convencionales masculinos, a una realidad empírica dada.

9 En ese sentido, Rivas no enfatiza con prontitud los referentes espaciales de las distintas regiones socioculturales (2005, 63), por ello es entendible que no encuentre en sus informantes los estándares masculinos tradicionales y además no tiene por qué ser así; no destaca el problema subyacente a los estudios sociales respecto a la validez externa, de tal suerte que se puede rechazar el afán de generalización por parte de los estudios basados en el conjunto de rasgos y prácticas resaltados convencionalmente como "masculinos".

10 Lo anterior no equivale a decir que los significados sociales carezcan de una coherencia interna para el sujeto, más bien obedecen a una visión particular que requiere ser explorada. Por ello, prácticas como beber después de la aplicación de cianamida, ponerse hules encima de los zapatos para protegerse y poder beber (algo contraindicado para la salud, después de aplicarla), discriminar alternativas "machistas" a favor de otras con menor costo para su salud, etcétera, contienen significados propios para los jornaleros.

11 Este autor proporciona argumentos valiosos sobre los hombres en el contexto de la teoría social y la modernidad (2000, 22–30). Señala que el núcleo de la teoría social está comprometido con una concepción kantiana de la racionalidad que se contrapone con la naturaleza. Si bien este artículo no trata el asunto de la racionalidad como expresión de las identidades masculinas, sí explora algunas de las contradicciones entre estos dos polos: la neutralidad sentimental (racional) y la sensibilidad emotiva.

12 El 10 de octubre de 1986, el Congreso del Estado aprobó la creación de la comisaría Miguel Alemán; con una extensión de 5 643 km2, representa 37.92 por ciento de la superficie total del municipio de Hermosillo (Ramírez 1997). En los años sesenta, según Ramírez, el PMA se convirtió en uno de los principales polos de atracción de flujos migratorios. Si bien el Censo General de Población y Vivienda de 1980 no registró puntualmente este crecimiento; arrojó una población de 3 274 (Ramírez 1999, 26). Los diarios de la época estimaban un total de 300 viviendas, y catalogaban al PMA como un "centro de vicios y de problemas sociales" (Acosta et al. 1990, 110).

13 En 2000, había 66 mil hectáreas sembradas en el distrito de riego 055, y se cosecharon 13 752 hectáreas de vid, que representaron 67.5 por ciento del valor de producción total del distrito. Sólo en 2001 la de uva de mesa significó 52.8 por ciento del volumen total del estado, con un valor de 1 339.3 millones de pesos. Esta situación propició la utilización de 32 por ciento de los jornales ocupados en cultivos perennes (Gobierno del Estado de Sonora 2001, 218).

14 Las incidencias acumuladas se obtuvieron de las estadísticas del IMSS, que llama "riesgos de trabajo" a los accidentes sucedidos en el lugar o trayecto y enfermedades laborales, desde el punto de vista epidemiológico, es un concepto impreciso, ya que alude a los efectos y no a las condicionantes que promovieron el accidente o enfermedad (información proporcionada por el epidemiólogo Gerardo Álvarez, en febrero de 2007). Para los propósitos de este trabajo, sólo se hace referencia al término para resaltar las frecuencias de enfermedad y accidentes en hombres y mujeres. Para este mismo año, la incidencia acumulada de "riesgos de trabajo" (como los llama el IMSS) en México fue de 4.37 y 2.83 en hombres y mujeres, respectivamente (IMSS 2000, 4). En 2000, el IMSS registró, a escala nacional, poco más de 454 mil "riesgos de trabajo", de los cuales 74 por ciento ocurrieron en hombres y 26 en mujeres (INEGI 2001, 355).

15 A Seferino lo conocí durante el trabajo en un campo agrícola. Popularmente, a los choferes que tienen a su cargo una camioneta tipo van, y transportan a jornaleros del PMA hacia algún campo agrícola, se les denomina "taxistas".

16 Sergio, compañero de surco en la observación participante, no figura como entrevistado formal. No hay grabaciones de él y otras personas con las que hablé y conviví en esta fase. En este caso, el diario de campo resultó útil para rescatar las impresiones y expresiones surgidas en este lapso. Para detalles véase Calvario (2003).

17 Se realiza sobre cualquier superficie fija (como el frente del carro de transportación). Con los brazos ligeramente inclinados, dos hombres se toman de la mano de tal manera que el codo quede en la superficie, se trata de doblar al oponente por medio de uno de los brazos, por lo regular el derecho.

18 Entrevista informal. Con secundaria incompleta, su hermano intentó apoyarla para que continuara estudiando, pero según Rubén, prefirió trabajar. Nació con diabetes mellitus tipo I (insulinodependiente). Su mamá trata de que se cuide, por eso ella evita las bebidas altamente azucaradas.

19 Originario del PMA, no terminó la preparatoria, y tenía 20 años de edad cuando se hicieron las entrevistas. Dice que no concluyó sus estudios por falta de recursos. Es el mayor de tres hermanos, por lo que su papá le confiere autoridad en su ausencia (con regularidad trabaja en Estados Unidos). Intenta ayudarle a su mamá con los gastos de la casa.

20 Ella manifiesta que es común entre su grupo de amigas subirse en la parte exterior (las "racas") de los pick ups tipo tonelada mientras avanzan.

21 Con más de 20 años trabajando en las labores del campo (y no sólo en la Costa sino también en Estación Pesqueira y el valle de Ensenada). Tiene primaria completa y actualmente pertenece al grupo religioso Testigos de Jehová.

22 Ramón, como el resto de sus hermanos, es originario del lugar. Lo conocí por referencias de una amiga en común, por medio de la técnica cualitativa bola de nieve. No terminó la primaria porque no le gustaba, según relató.

23 Es amigo de la familia de Rubén, particularmente de éste y su hermano. Tiene 19 años y es originario del PMA. No hubo entrevista formal; en varias ocasiones que se visitó la casa de Rubén, Tomás se encontraba con ellos, lo cual se aprovechó para conversar informalmente con él.

24 Sixtos, de 38 años y originario de Empalme, Sonora, ha vivido en el PMA alrededor de 11 años. Al salir de su pueblo natal, Estación Ortiz, incursionó en las labores agrícolas de la Costa de Hermosillo. Cuenta que su infancia y adolescencia fueron traumáticas por los regaños y golpes de su padrastro (además de las condiciones de pobreza), pero una vez con la edad suficiente logró independizarse de su familia. Por ello, expresa la frase de salirle al toro en alusión a la capacidad de enfrentamiento por sí mismo ante las condiciones adversas que le esperaban como joven aventurero en la Costa. Procreó con su actual pareja dos varones y dos mujeres.

25 Originario de Villa Hidalgo, pueblo de la sierra de Sonora, al momento de las entrevistas contaba con 49 años de edad, y con 19 como jornalero. Terminó la primaria con muchos sacrificios. Es padre de un varón adolescente y una niña de nueve. En años recientes ha incursionado como líder barrial, sobre todo tras su afiliación a un partido político.

26 Es una amida de cianógena utilizada en el cultivo de uva, como regulador artificial de crecimiento en la época de brotación de las yemas.Tiene propiedades tóxicas caústicas, por inhalación, ingestión o por contacto en piel u ojos, cuyo efecto principal es la excitación del sistema nervioso parasimpático. Los síntomas agudos principales son mareos, irritación de piel y ojos e inflamación de zonas expuestas. La intoxicación crónica produce enrojecimiento, con escarificaciones y comezón de la piel. La combinación con el alcohol, al ser éste inhibidor del acetaldehído deshidrogenasa (efecto Antabuse), da lugar a rubo–ración, náuseas, vómito, cefalea, mareos, vasodilatación extrema, sudoración de cara y otras partes del cuerpo. Además, junto con otros agentes químicos (nicotina, Paraquat, organoclorados y cianuro, entre otros) puede llegar a causar choque hipotensivo, taquicardia, dolor de cabeza y disnea. Véase Parmeggiani (1983); Gosselin, Smith y Hodge (1984).

27 Existen tres modalidades de la aplicación de cianamida: a) por medio de tractor con equipo de fumigación, aquí las personas cargan el líquido y operan la maquinaria; 2) por medio de equipo de bombas individuales tipo spray, en la espalda del trabajador (sólo varones) cargan una "mochila" para abastecerse del líquido. Utilizan overoles con cubre bocas y en algunos casos con botas y c) la forma más rudimentaria consiste en utilizar dos varas con esponjas en las extremidades y de manera simultánea un recipiente con el cianamida, el cual se tiene que estar llenando continuamente para abastecerse. Se utilizan overoles sin botas, cubrebocas y lentes, empleados por hombres y mujeres de distintas edades (14 años en adelante).

28 De 35 años y originario de Guanajuato, aunque desde muy pequeño ha vivido en Sonora. Inicialmente en el valle de Empalme, después junto con el resto de su familia se trasladó a la Costa.

29 Jornalero de 16 años, empezó a trabajar en verano desde muy pequeño, con secundaria incompleta, decidió salirse de la escuela, con la desaprobación de su mamá. Es oriundo de este lugar y cuenta con dos hermanos, al parecer su mamá se separó de su padre y actualmente vive con ellos al igual que su padrastro. La relación con éste es cordial, pero sin llegar a la confianza.

30 Novia de Ricardo, de la etnia triqui de Oaxaca. Tiene 1 6 años y nació en Sinaloa durante el recorrido migratorio de su madre, aunque desde muy pequeña vive en el PMA. Cursó hasta quinto año de primaria, aunque intentó continuar con instructores del Instituto Sonorense de Educación de los Adultos (ISEA). Le quedaba muy lejos y terminó por desanimarse.

31 Los síntomas se presentan desde la biomedicina, como producto de intoxicación por agroquímicos dentro de registros de riesgos de trabajo en el IMSS–PMA. En este trabajo se considera como padecimientos, aunque esté ausente un rótulo biomédico específico.

31 En primera instancia, esta aseveración encierra un criterio cuantitativo, sin embargo, lo que interesa resaltar es la expresión somatizada sobre "las quemadas" en las mujeres. Existe un pronunciamiento mayor sobre el malestar en ellas y el caso contrario en los varones, cuyos relatos relacionados con las manifestaciones agudas fueron menos dramáticos.

33 En muchas ocasiones los "taxistas" fungen como cuadrilleros para ganar más, suelen tener experiencia en las labores agrícolas.

34 Lleva cuatro años viviendo en unión libre, por lo que la historia de pareja es reciente. Cuenta Adelina que al principio ella trabajaba para mantener a sus dos hijas pequeñas, rentaba cuartos en periodos distintos. Ahí conoció a José, y al poco tiempo decidieron "juntarse" (vivir en unión libre), y luego resultó embarazada de su única hija en común. Habla del tesón por querer hacerse de un patrimonio, ya que decía que por eso ella se había arriesgado a trabajar a pesar de que estaba embarazada de Brisa.

35 Expresiones verbales y gestuales en las cuales se trata de denostar a un adversario simbólico, por un atributo socialmente no deseado. Forma parte de los juegos de palabras en los cuales se puede escenificar una batalla simbólica, para vencer al oponente y dejarlo expuesto socialmente.

36 La sangre como fuente materializada de vida y parte constitutiva del cuerpo, también se extiende a las relaciones sociales de las personas con la expresión: "[...] es de sangre liviana (o pesada)".

37 Según la teoría humoral del siglo XVI, las enfermedades tienen origen en la interioridad y exterioridad del cuerpo. Las internas las provocan los humores sanguíneos. El color de la sangre indica el humor que tiene la persona enferma (De Esteyneffer 1978, 731).

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