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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad v.19 n.38 México ene./abr. 2007

 

Artículos

 

La "fiebre del oro" en Baja California durante la década de 1850: su impacto sobre el desarrollo del territorio

 

Lawrence Douglas Taylor Hansen*

 

* Profesor–investigador de El Colegio de la Frontera Norte.

 

Correspondencia:
Kilómetro 18.5 carretera escénica Tijuana–Ensenada,
San Antonio del Mar, Tijuana, Baja California, México,
C. P. 22560.
Correo electrónico: ltaylor@colef.mx

 

Recibido en mayo de 2006
Revisado en junio de 2006

 

Resumen

La serie de descubrimientos de oro en el Partido Norte de Baja California durante la década de 1850 repercutió en el crecimiento de la entidad. Aunque las fiebres de oro de este periodo no produjeron una gran bonanza, constituyeron antecedentes importantes para los hallazgos de las décadas posteriores. El flujo de gambusinos de Estados Unidos a la región se vinculó con problemas de seguridad y de orden interno, que constituyeron el desafío más grande para mantener la autoridad gubernamental en este partido fonterizo.

Palabras clave: minería, oro, Baja California, fiebre del oro, Partido Norte, minerales, historia de la minería.

 

Abstract

The series of gold discoveries in Baja California's Partido Norte during the 1850s impacted on the overall development of the region. Although the gold rushes of this period did not result in any great bonanza, they constituted an important antecedent for the mineral discoveries in later decades. The influx of prospectors from the United States to the region became linked to internal order and security problems, which constituted the greatest challenge for the maintenance of governmental authority in this border territory.

Key words: mining, gold, Baja California, gold rush, Partido Norte, minerals, history of mining.

 

Introducción

En general, los estudios sobre la minería de oro en Baja California se han enfocado al periodo de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Entre las obras relativas a la historia de la minería en el norte de la península destacan las de Chaput, Mason y Zárate Loperena (1992), Romero Gil (2001), así como el ensayo extenso de Heath Constable (1998). Con respecto a las áreas mineras específicas, la mayoría de los estudios se han centrado en los minerales de Real del Castillo (1870) y El Álamo (1889), donde ocurrieron los dos descubrimientos de oro más grandes en la historia de Baja California. Entre los trabajos sobre estos dos pueblos mineros, cabe destacar los de Heath Constable (1999) y Padilla Corona (1999). También existen algunos estudios de otros tipos de minerales, como los de Romero Gil (1991) y Taylor Hansen (2004).

Con respecto a la minería de oro en particular, los historiadores han aseverado que el primer auge fue en Real del Castillo, iniciado en 1870, en el rancho de Ambrosio del Castillo, situado al este de Ensenada, donde se descubrieron ricos filones de oro y plata. Dicho esplendor duró hasta principios de la década siguiente, cuando la producción empezó a decaer. Los historiadores afirman que el segundo gran descubrimiento sucedió en El Álamo y el valle cercano a Santa Clara, a unos 64 kilómetros al sureste de Ensenada. Mientras que la fiebre del oro1 de Santa Clara duró unas seis semanas en 1889, las operaciones mineras de El Álamo se prolongaron hasta 1906 aproximadamente, con una producción cada vez más descendiente. La región de El Álamo y Santa Clara, que llegó a tener cientos de minas y denuncias durante su periodo de producción máxima, constituyó la zona minera más productiva en la historia de Baja California (Chaput, Mason y Zárate Loperena 1992,92–102, 137–151; Heath Constable 1999, 266–279; Padilla Corona 1999, 120–121 y 128).

En realidad, el lapso de la fiebre del oro en la península comenzó mucho antes de los descubrimientos en Real del Castillo y El Álamo. Durante la primera mitad de la década de 1850 hubo una serie de hallazgos de oro en sitios distintos del Partido Norte de Baja California, que dieron lugar a varios movimientos de buscadores de oro, desde California hacia el sur de la frontera, con la esperanza de encontrar una bonanza.

El propósito principal del presente artículo es analizar esta serie de movimientos y su importancia para el desarrollo de la región norte de Baja California a mediados del siglo XIX. La atención se centra, en particular, en el trasfondo de los acontecimientos y las circunstancias que los originaron. También se considera la repercusión que tuvo la entrada de los buscadores de oro al Partido Norte en su estabilidad y orden interno. Al mismo tiempo, se examinan las relaciones entre los descubrimientos de oro y los ataques filibusteros en el noroeste de México, que constituyeron una amenaza externa para la seguridad e independencia de la región.

 

Baja California a mediados del siglo XIX

La fiebre del oro de 1850 en Baja California ocurrió después de la guerra desastrosa con Estados Unidos, en la que México había perdido poco más de la mitad de su territorio. La península, sobre todo en su parte septentrional, se quedó aislada y poco poblada. Por lo tanto, era difícil proteger la zona contra la entrada de extranjeros, así como su asentamiento, sin autorización oficial.

El 12 de abril de 1849, el Congreso federal decretó la división de la península en dos secciones o "partidos", con cabecera en La Paz. El gobierno consideró este paso esencial para la conformación de una entidad política distinta o "subprefectura", para la parte septentrional y así controlar mejor la región. También fue visto como un paso previo al crecimiento de la entidad, por medio de la colonización.2

Entre tanto, el 19 de julio de 1848, el gobierno del presidente José Joaquín de Herrera había decretado un proyecto para la creación de una serie de colonias militares a lo largo de la frontera.3 Se contemplaba que estarían integradas por una mezcla de soldados activos, así como de los militares dados de baja y quienes quisieran comprar terrenos en los lugares seleccionados para su ubicación. También se esperaba atraer como colonos a inmigrantes mexicanos de las regiones del centro y sur del país, así como a los que habían sido expatriados a México, en conformidad con el Tratado de Guadalupe Hidalgo. El plan fracasó debido a la falta de empeño y de fondos de las autoridades federales y regionales. A final de cuentas, únicamente se logró establecer la mitad de las 18 colonias proyectadas (Faulk 1968, 39–40).4

Una de las colonias militares fue establecida en el Partido Norte; la pequeña guarnición, integrada por 22 soldados a las órdenes del capitán Manuel Castro, fue fundada inicialmente en la ex misión de El Rosario, a 300 kilómetros al sur de la línea internacional. En diciembre de 1850, cuando la colonia tenía alrededor de cien habitantes fue reubicada más al norte, en terrenos de la ex misión de Santo Tomás, debido a la escasez de agua. Al principio, progresó y para junio de 1851 llegó a tener casi 200 habitantes.5

En general, el plan para incrementar la población de la entidad fracasó. En 1850, Rafael Espinosa, jefe político del territorio de Baja California, calculó que, con base en censos realizados por los alcaldes y otros funcionarios en los diversos lugares de la península, había 7 921 habitantes en el Partido Sur, pero sólo 500 en el Partido Norte.6 Cinco años más tarde (1855), el teniente coronel José María Oñate levantó otro censo, en el que indicó que el Partido Norte contaba con una población de 3 72 personas, entre blancos y mestizos, así como de 2 500 indígenas; habitaban la región comprendida desde el delta del río Colorado hasta las sierras de Juárez y San Pedro Mártir. Urbano Ulises Lassépas, agente del Ministerio de Fomento en la Baja California, notó que la estimación de Oñate contrastaba notablemente con la cifra de habitantes —sobre todo indígenas— que vivían en la península anteriormente. Lassépas atribuyó esta disminución a la emigración de mexicanos a California, a raíz de la fiebre del oro, las epidemias de cólera y otras enfermedades, así como los estragos provocados por el filibustero William Walker y sus hombres durante su invasión a la península en 1854 (Lassépas 1995, 107–114).

La fiebre del oro en California, en particular, causó una disminución de la población peninsular. Según Espinosa, alrededor de 1 200 de los miles de mexicanos participantes en este movimiento provenían de la península.7 La fiebre del oro afectó, incluso, a los miembros de la guarnición militar en Santo Tomás, que, según el historiador californiano Hubert Howe Bancroft, "andaban buscando algo para comer o desertaron con el propósito de dirigirse a los placeres resplandecientes de los yacimientos auríferos de California" (Bancroft 1889, II: 720). Allí, aquellos gambusinos que tuvieran la suerte de encontrar oro podían ganar mucho más dinero en un solo día que el sueldo percibido como jornalero o soldado (Caughey 1975, 16, 20–22 y 31–33).

La ganadería, al igual que en el caso del sur de California, era el sostén principal de la economía del Partido Norte. Durante la época misional, las actividades económicas giraban en torno a las misiones, cuya producción en varias de ellas estaba dedicada al autoconsumo, mientras que todo el excedente —principalmente frutas, verduras, granos, vino y pieles de nutria y lobo marino— se intercambiaba con otras misiones o se destinaba al comercio exterior.8

La fiebre del oro en California estimuló grandemente la demanda de productos alimenticios, sobre todo de carne de res. En el sur de California y el Partido Norte de Baja California, muchos rancheros se dedicaban a la cría y producción de ganado vacuno. En ausencia de control gubernamental en la frontera, en forma de aduana, los ganaderos de los dos lados podrían trasladar sus manadas (o parte de ellas) libremente, a través de la línea internacional sin pagar los impuestos correspondientes. El precio de la carne proveniente de la compra y venta de ganado para el mercado de las minas californianas alcanzó su punto máximo en 1849; en los años siguientes empezó a decaer a raíz de la creciente producción, a precios más económicos, en Illinois, Missouri y otros estados. La decadencia progresiva del auge minero, sobre todo en la década de 1860, produjo una disminución correspondiente en la producción ganadera en el Partido Norte (Rohrbough 1997, 143; Ruiz 2002, 224–225).

Otra actividad importante era la pesca de ballenas. Se establecieron estaciones balleneras a lo largo de la costa occidental de Baja California, en las bahías Magdalena y Vizcaíno, en Ojo de Liebre, Santo Tomás y Punta Banda. Dichas estaciones siguieron activas a lo largo del siglo XIX, hasta que el negocio ya no fue redituable debido a la reducción de los cetáceos. El estadounidense Charles Melville Scammon fue uno de los balleneros que operó con más éxito en la región, entre 1852 y 1859. En el trascurso de una de sus expediciones a la península, descubrió el criadero principal, lugar que en lo sucesivo se conocería como la laguna Ojo de Liebre o Scammon (Scammon 1970).

La única industria minera de importancia durante esta época fue la extracción de sal de las salinas de la bahía de San Quintín, a 190 kilómetros al sur de Ensenada. La explotación de estos yacimientos se remontó a la época misional y, durante la primera mitad del siglo XIX, también fueron explotados en ocasiones por los buques balleneros y comerciales extranjeros, que viajaban por las aguas de la costa occidental de la península. Durante la fiebre del oro en California, San Francisco llegó a ser el mercado principal de consumo de este producto (Meigs 1994, 130; Lassépas 1995, 131, 150–152).

El Partido Norte constituía, en general, una región con pocos habitantes y una economía basada mayormente en la cría y producción de ganado. La zona carecía de tropa suficiente para su defensa, salvo la pequeña guarnición militar de Santo Tomás —la nueva cabecera de la región—.Aunque el Partido Norte estaba sujeto nominalmente a la autoridad del jefe político de La Paz, de hecho permanecía como una entidad independiente debido a las grandes distancias y la topografía montañosa que separaban el centro administrativo en La Paz de la parte septentrional de la península (Valadés 1974, 25). Tampoco había agentes e inspectores gubernamentales en la frontera, para controlar el paso a México de personas, mercancía y bienes en general provenientes de Estados Unidos. Esta falta de vigilancia y control se volvería particularmente notable después del descubrimiento de yacimientos de oro en la entidad, que daría lugar a la inmigración de grupos sucesivos de buscadores de oro a través de la frontera.

 

Los descubrimientos de oro en el Partido Norte

Hasta cierto punto, la fiebre del oro ocurrida en el norte de la península bajacaliforniana, durante la primera mitad de la década de 1850, constituyó una parte de la búsqueda de oro y plata que se extendió rápidamente por las regiones del oeste de América del Norte.

Para 1850, cuando en California casi había terminado la etapa durante la cual se podía recoger oro fácilmente de los yacimientos en la superficie, comenzaron a circular entre los mineros de la región ciertos rumores de que se podrían encontrar vetas auríferas semejantes en los territorios del noroeste de México. Para varios de los buscadores de oro, era lógico suponer que, en vista de que este mineral abundaba en la sierra californiana, también proliferaba en la región montañosa y desértica del noroeste de México; donde se esperaba existieran yacimientos de oro de igual magnitud —o incluso superior— a los de California (Daily Alta California, 26 de septiembre, 1851 y 16 de agosto, 1852; Ryan 1850,II:331–338; Perkins 1964, 312 y 351).

Existía cierta lógica en esta suposición, pues las dos Californias compartían una historia geológica semejante. La mayoría de los yacimientos auríferos de California se encontraron en las montañas bajas del lado poniente de la Sierra Madre. Y en Baja California, la mayor parte estaban en el lado occidental de la sierra, si bien en cantidades mucho más pequeñas (Chaput, Mason y Zárate Loperena 1992, 19–21).

En los campos auríferos de California también se rumoraba que los misioneros españoles habían encontrado minas ricas en el noroeste. Se afirmaba que se había extraviado el conocimiento de la ubicación exacta de ellas o que los padres intencionalmente lo habían mantenido en secreto, para evitar la entrada de colonos blancos a los territorios indígenas. Con respecto a Baja California, también se decía que antes de ser expulsados del territorio, los jesuitas habían escondido en la península un tesoro en joyas, lingotes y ornamentos de templo, en una misión "perdida", cuya ubicación, también se desconocía (Gabb 1869, 105; Bailey 1971, 313–328; Gerhard 1958, 101–105).

Los mexicanos y chilenos que se dirigieron a los campos auríferos de California, a través de toda la península bajacaliforniana desde San José del Cabo,9 habían adquirido algún conocimiento de las posibilidades para la minería en el Partido Norte de Baja California. Algunos de ellos se quedaban en ciertos sitios, para buscar yacimientos de metales preciosos. Las minas que los gambusinos mexicanos y chilenos comenzaron a explotar durante este periodo, en la sierra norte de la península o la región del desierto central, continuaron en operación durante mucho tiempo. En algunos casos, hasta las primeras décadas del siglo XX. 10

Varios angloestadounidenses siguieron esta ruta a los campos auríferos de California. Constituían grupos de buscadores de oro que, mientras viajaban en barco de Panamá a San Francisco naufragaron a lo largo de la costa sur de la península, o desembarcaron tras la fatiga por el largo viaje marítimo, al creer que la travesía hacia California por tierra reduciría el tiempo, así como los peligros del viaje completo por mar. Los que decidieron ir por tierra pronto descubrieron que la vía no era muy rápida y, además estaba llena de incomodidades. A diferencia de los mexicanos y chilenos que siguieron esta ruta, no existen evidencias de que alguno haya encontrado oro o plata en el trascurso de su recorrido por la península (Robinson 1971, 49–53; Hawks 1869, 132–142; Etter 1993, 2–12).

Aunque no existen datos al respecto, es probable que, como en el caso de varios de los descubrimientos posteriores de minerales en la península, las primeras noticias o indicaciones sobre la existencia de yacimientos de oro en el Partido Norte provinieran de gambusinos mexicanos o de personas que radicaban en las regiones donde ocurrieron los hallazgos.

A partir de 1849, varios estadounidenses, muchos de ellos veteranos de las campañas militares en la península de 1847 a 1848, se dirigieron a Baja California, en muchos casos, sin pedir autorización a la jefatura política en La Paz. Mientras que una porción de estos inmigrantes eran gambusinos que esperaban encontrar una bonanza, otros habían ganado algún dinero en California, y partieron a la península para asentarse allí como granjeros, rancheros y comerciantes (Daily Alta California, 16 de marzo, 1851; Taylor 1971, 143; Bancroft 1889,II:727).

En febrero de 1851, se anunció en el Daily Alta California el descubrimiento de un rico yacimiento de oro en el valle de San Rafael, a unos 64 kilómetros al sur de la frontera. El sitio se encontraba en los límites del rancho San Rafael, propiedad de Francisco Xavier Gastélum y su familia. Ya existían otras minas pequeñas de oro en la zona: La Candelaria, de Francisco Zapata de Durango, otra perteneciente al francés D. Augustín Jovan y una tercera que fue trabajada por Francisco Álvarez. Al divulgarse la noticia en San Diego y otras comunidades del sur de California, cientos de personas se dirigieron al sitio.11

Juan Bandini, un comerciante destacado de San Diego, estaba entre las personas que visitaron el sitio. En la década de 1840, Bandini había encontrado oro y cobre en los terrenos del rancho Ensenada, cerca del pueblo actual de San Antonio de las Minas. En 1845, para seguir trabajando la mina, compró una parcela de tierra a Gastélum, dueño de la propiedad. Para 1851, Bandini no sólo era un minero experimentado, sino que también estaba interesado en ampliar sus inversiones en este ramo. La visita de Bandini al sitio minero de San Rafael y sus observaciones favorables al respecto ayudaron a despertar el interés del público en las posibilidades de la minería en Baja California.12

Casi dos décadas después, en este mismo valle, Ambrosio del Castillo descubriría un rico yacimiento de oro, que daría inicio al primer gran auge minero en la zona. La fundación del mineral de Real del Castillo, así como la gran demanda por equipo minero y suministros de todo tipo, constituyeron una de las razones principales para la fundación subsecuente del puerto de Ensenada en 1871 (San Diego Union, 2 y 9 de febrero, 29 de junio, 16 de noviembre, 1871).

El 23 de junio de 1851 se descubrió otro yacimiento aurífero, en el rancho San Isidro –también conocido como Jesús María y Ajajolojol– cerca de la línea internacional actual. Los terrenos donde se encontró el otro pertenecían al otrora soldado José López y su familia. También se descubrió un filón de plata en esta misma zona. En 1851, José Matías Moreno y Guillermo Norlin establecieron la compañía "Margarita", con el fin de explotar este yacimiento de plata; el mineral se enviaba a San Francisco por medio de la compañía Wells Fargo Express (Long 1972, 241–242; Moreno 1984, 9 y 27; Alric 1995, 201 y 209).13

En el mismo mes, se descubrió un yacimiento aurífero a unos 24 kilómetros al sureste de Santo Tomás, que se conoció como la mina de San Jacinto (San Diego Herald, 17 de julio, 1851; Daily Alta California, 11 de agosto, 1851). Aunque no era particularmente rico, siguió produciendo hasta 1870. La mina fue controlada por una sociedad de inversionistas de San Diego, integrada por E. W. Morse, W. H. Cleveland, Victor Misanne y otros. En 1868 fue vendida a Misanne, quien formó una compañía nueva junto con Louis Mendelsohn, C. B. McAleer y otros (San Diego Union, 25 de abril, 1873 y 16 de junio, 1874).

En un principio, los descubrimientos mineros en el Partido Norte obstaculizaron el crecimiento económico de San Diego, debido a la escasez de mano de obra. Con el tiempo, sin embargo, la situación económica del pueblo mejoró sustancialmente. Gracias a su ubicación estratégica, como el puerto oceánico más cercano a la línea de demarcación entre los dos países, San Diego se convirtió en un punto importante para la salida de las expediciones mineras a la península, así como la base para la compra y suministro de abastos. Varios de los comerciantes locales, particularmente los dueños de tiendas de comestibles y ferreterías, también poseían minas o tenían acciones en estas empresas. Tal fue el caso de la compañía formada por José Matías Moreno y Guillermo Norlin para la explotación de plata en San Isidro Ajajolojol (San Diego Herald, 25 de septiembre y 6 de octubre, 1851; Hughes 1974, 32).

La falta de agua limitaba la explotación de los placeres de oro y de la minería en general en la península. Debido a que la divisoria de aguas en la sierra peninsular es bastante angosta, las lluvias, que ocurren sobre todo en el invierno, fluyen rápidamente hacia el océano Pacífico o al golfo de California; en épocas de sequía también son frecuentes. Los mineros utilizaron la técnica dry–washing o lavado de oro "en seco", introducida a California por los mineros mexicanos. Después de depositar el mineral dentro de una batea de madera cónica, la aventaban al aire con el propósito de quitar, con la acción del viento, los materiales más livianos, mientras que el oro, que era más pesado, se quedaba en el fondo del recipiente. La técnica, aunque sencilla, no era muy eficiente, pues únicamente se podían recuperar las pepitas o fragmentos de oro más pesados, mientras se perdía una porción considerable en forma de polvo. Una técnica semejante consistía en colocar el mineral sobre una sábana o pedazo de lona y aventarlo al aire (Ryan 1850, II: 13–15; Chaput, Mason y Zárate Loperena 1992, 93–94).

En los años siguientes, hubo noticias sobre otros descubrimientos minerales en el Partido Norte. En septiembre de 1854, por ejemplo, se encontró un filón de cuarzo aurífero en los terrenos del rancho y antigua misión de Guadalupe, aproximadamente a 120 kilómetros al sur de San Diego (San Diego Herald, 16 de septiembre, 1854). En 1845, Pío Pico, el último gobernador de California, había otorgado a Juan Bandini una concesión de terrenos en el lugar, que incluían los de la antigua misión de Guadalupe. Esto como recompensa por la ayuda que Bandini había brindado a los estadounidenses durante la guerra de 1846 a 1848 y por ser ciudadano de Estados Unidos. El gobierno mexicano declaró nulos sus derechos sobre la propiedad de Guadalupe. En noviembre de 1858, José Matías Moreno, como representante del gobierno, dio la concesión temporal sobre los terrenos de Guadalupe a Custodio Sousa. Finalmente, en junio de 1863, el mismo Moreno adquirió los derechos sobre la propiedad, que se convirtió en su residencia permanente hasta su muerte (1869) (Long 1976, 130–134; Lassépas 1995, 109–110, 263, 283, 375–3 76). La mayoría de los descubrimientos de oro de este periodo fueron en áreas al sur de la línea internacional actual. En mayo de 1851, el San Diego Herald reportó que T. Turner había encontrado una pepita de oro de 4 kilos, en Poor Man's Creek. En mayo del año siguiente, se informó que dos indígenas habían hallado algunas muestras de oro en una cañada entre Old Town y la misión de Alcalá, San Diego. Sin embargo, no se encontraron cantidades significativas de oro hasta 1869, cuando ocurrió el gran descubrimiento en la sierra Cuyamaca, cerca del pueblo actual de Julián (San Diego Herald, 29 de mayo, 1851, 15 de mayo, 1852; San Diego, 1870, 423–427).

En comparación con los hallazgos mineros posteriores en la península —los de Real del Castillo, El Álamo y Santa Clara—, las fiebres de oro de los primeros años de la década de 1850 fueron de una escala menor. Duraron poco tiempo y, después del agotamiento de los placeres o cuando se descubrió que los yacimientos no eran tan ricos, la mayoría de los buscadores de oro regresó a casa y a sus trabajos anteriores. Aunque los sitios no les dejaron ganancias a quienes esperaban hacerse ricos por medio de su explotación, algunos mineros los consideraban suficientemente redituables para trabajar. Por ejemplo, los gambusinos del distrito de Santo Tomás nunca ganaron menos de cinco dólares diarios, aun cuando el oro encontrado no era de buena ley (San Diego Herald, 17 de julio, 1851).

Además, a finales de junio de 1855, el gobierno del presidente Antonio López de Santa Anna autorizó la exportación de minerales del territorio sin pagar impuestos, así como la libre importación de equipo y otros abastos necesarios para trabajar en las minas. En 1857, la disposición presidencial fue renovada para cubrir otro lapso de cinco años. Esta medida dio un estímulo importante para los extranjeros que querían buscar minerales en México en el Partido Norte y en otras regiones del país.14

A pesar de no haber encontrado la gran bonanza que esperaban ansiosamente, los buscadores de oro estadounidenses se mantuvieron optimistas ante esta posibilidad. Ya se sabía de la existencia de oro, plata, cobre, hierro, plomo y otros minerales en la península, y se consideraba que únicamente faltaban el capital y la iniciativa yanqui para convertir sus sueños en una realidad. Se creía también que los españoles, así como los mexicanos que los reemplazaron como los gobernantes del territorio, no habían explotado estos recursos debido a su supuesto letargo y actitud de indiferencia. "Si alguna raza como la estadounidense llegue a ejercer el control sobre este territorio", exclamaba el editor del periódico Daily Alta California, "estoy convencido de que se harán ganancias y se descubrirían riquezas de tal magnitud que sus habitantes actuales jamás hubieran creído ser posibles" (Daily Alta California, 21 de febrero, 1851).

Las autoridades mexicanas se preocupaban por la entrada de los buscadores de oro al Partido Norte. Les interesaba, sobre todo, mantener la paz y el orden en la zona, así como evitar que la llegada de los mineros condujera a incidentes de violencia o, peor todavía, la anexión del territorio a Estados Unidos. El misionero jesuita Francisco Javier Clavijero había expresado este tipo de presentimiento en su libro Historia de la antigua o Baja California, publicado en 1789, al comentar que "a los californios les sería desventajoso que hubiese en su península algo que pudiese atraer a la gente malvada, cual suele ser la que se ocupa en sacar de las entrañas de la tierra aquel precioso metal" (Clavijero 1990, 15).

 

Los buscadores de oro y los problemas de la seguridad interna

Aunque el gobierno había logrado establecer una colonia militar en el Partido Norte de la península como baluarte para su defensa, ésta pronto se debilitó a raíz de la discordia entre sus jefes. En julio de 1851, el capitán Manuel Castro, comandante de la guarnición, se perturbó al enterarse que el jefe político, Rafael Espinosa, había designado al teniente coronel Francisco del Castillo Negrete como inspector diputado de la colonia. Preocupado porque el nuevo delegado gubernamental descubriera pronto todos los detalles de su manejo corrupto en los asuntos de la colonia, se refugió en California. En octubre de 1851, al llegar Castillo Negrete a Santo Tomás, fue detenido por el subjefe de Castro, el teniente José Antonio Chávez. Resuelto a proteger a su comandante superior, el astuto Chávez envió a Castillo Negrete con una escolta de regreso a La Paz, junto con una carta sellada dirigida al jefe político en la cual acusaba al portador de varios cargos falsos.15

El incidente marcó el comienzo de un periodo de desorden entre las diferentes facciones de la región, que luchaban entre sí para alcanzar el control sobre el norte de la península. Sin la autoridad de un mando supremo en el Partido Norte, algunos rebeldes dirigidos por el padre Reales y Antonio Sosa se levantaron en armas. Para reprimir la revuelta, el gobierno envió una fuerza de cien hombres de la Guardia Nacional de Todos Santos y San José, bajo las órdenes del capitán Juan de Dios Angulo. No obstante, la expedición se tardó tanto en llegar al norte de la península que, cuando finalmente lo hizo, los rebeldes ya habían sido derrotados por los propios fronterizos.16

Entre tanto, el gobierno se empeñaba en evitar la entrada a la península de extranjeros —principalmente estadounidenses— sin su autorización y consentimiento. En parte, la reacción del gobierno fue consecuencia de la guerra reciente con Estados Unidos, y su preocupación de que los estadounidenses seguirían agitándose en favor de la anexión a su país de porciones adicionales del territorio mexicano. El gobierno estaba resuelto a tomar cualquier medida que considerase necesaria, para detener la influencia estadounidense en la zona e impedir cualquier movimiento anexionista.

En 1850, por ejemplo, después de expulsar a dos ciudadanos de Estados Unidos de La Paz, acusados de promover la anexión de la península a su país, la Secretaría de Relaciones Exteriores envió una circular a las autoridades estatales para prohibir la concesión de permisos a extranjeros, para viajar a Baja California (Zorrilla 1977, I:304). Asimismo, en la prensa estadounidense y mexicana corrieron rumores, durante la primavera y verano de 1851, de que grupos grandes de buscadores de oro del país vecino estaban en camino hacia Sonora y Baja California, con el propósito de tomar estos territorios por la fuerza. Espinosa pidió al gobernador de Sonora doscientos fusiles con sus municiones correspondientes, para armar a la unidad de la Guardia Nacional destacada en la península.17

Al enterarse de que gambusinos y colonos extranjeros estaban entrando al Partido Norte en números cada vez más grandes, el gobierno envió instrucciones a los comandantes locales para que los detuvieran y obligaran a regresar a sus lugares de origen. A pesar de tales disposiciones, debido a la situación turbulenta en la península, junto con la falta de tropa suficiente para vigilar la frontera, las autoridades fueron incapaces de detener este flujo.18

Mientras que el gobierno federal intentaba enviar refuerzos al Partido Norte con el fin de mantener el orden y dispersar a los grupos insurrectos, las continuas luchas de poder en la zona crearon una situación peligrosa para los mineros y demás colonos de la región. En mayo y junio de 1852, Antonio Meléndrez y Santiago Álvarez, dos caudillos de la región, dirigieron una revuelta contra las fuerzas gubernamentales al mando de Juan Mendoza. Después del saqueo de Santo Tomás por los rebeldes, los comerciantes y demás propietarios estadounidenses del pueblo pidieron al gobierno mexicano que les proporcionara protección adecuada contra tales ataques (San Diego Herald, 15 y 22 de mayo, 28 de junio, 1852; Walther Meade 1988, 19–22).

Algunos extranjeros participaron activamente en las revueltas internas. Tal es el caso de Isaac Van Ness de San Diego y McDonald, quienes acusados de colaborar con los rebeldes, fueron pasados por las armas por las autoridades. En vista de la intervención anterior de algunos estadounidenses en las revueltas internas de las entidades fronterizas de México, es probable que haya habido colaboraciones de este tipo en el caso de las luchas internas en la península (Pourade 1963, 187).

Aunque no ocurrieron las supuestas "invasiones" de grupos de gambusinos armados al noroeste de México, hubo cierta conexión entre la búsqueda de oro en dicha zona y las expediciones filibusteras encabezadas por el estadounidense Joseph Morehead y los franceses Charles de Pindray y Gastón de Raousset–Boulbon contra Sonora, de 1851 a 1854; surgidas de propuestas –mayormente de líderes de estos grupos en colaboración con las autoridades federales en la Ciudad de México, para poblar la parte septentrional del norte de Sonora con colonos extranjeros. De mala gana, las autoridades sonorenses permitieron que los grupos de "colonos" entraran a la región, en el entendido de que no llevarían armas y obrarían de acuerdo con las leyes mexicanas y las instrucciones del gobierno estatal. Los "colonos" se volvieron cada vez más agresivos y llegaron a constituir —en el caso de las expediciones encabezadas por Raousset–Boulbon— un peligro para la seguridad del estado. Al fracasar en sus intentos por controlar a los extranjeros, a los sonorenses no les quedaba otra alternativa que rechazar con las armas los ataques de los agresores (Taylor Hansen 1996, 131–132).

La expedición filibustera, que afectó directamente a Baja California, fue la encabezada por el estadounidense William Walker, de 1853 a 1854. Aunque originalmente estaba dirigida contra Sonora, debido a la falta de fuerzas suficientes, el jefe optó primero por tratar de subyugar a la península para utilizarla como base para la conquista posterior de Sonora. Debilitados por la falta de refuerzos y deserciones, Walker y sus hombres fueron obligados a replegarse a Estados Unidos, seguidos de cerca por la fuerza de guerrilla encabezada por el jefe bajacaliforniano Antonio Meléndrez, quien en agosto de 1854, después de la expulsión de los filibusteros, dirigió una misiva al comandante de Loreto, del Partido Sur, para que el gobierno enviara refuerzos a la frontera, porque, "el país está en una miseria espantosa y no tenemos armas ni gente para resistir un fuerte golpe" (Aguirre 1977, 78). Aunque la invasión de Walker no estaba relacionada con la entrada de los buscadores de oro a la península, mostró lo inadecuado de las defensas de la región.

Mientras tanto, surgieron las luchas internas en el Partido Norte. A finales de la década de 1850, Mendoza, después de ser derrocado por las fuerzas rebeldes, estableció una base nueva en el área de San Diego y, con el apoyo de algunos estadounidenses, dirigió una serie de incursiones contra Baja California desde este punto. Hubo varias escaramuzas entre las fuerzas de Mendoza y las del gobierno en el valle del río Tijuana. Debido a la proximidad de la lucha a San Diego, varios de sus ciudadanos pidieron que el gobierno estadounidense aumentara las fuerzas de defensa en la frontera. Desesperadas, las autoridades del pueblo mantuvieron piquetes de vigilancia durante las noches para dar aviso en caso de cualquier emergencia (Pourade 1963, 209 y 213; Conklin 1988, I: 426).

La inestabilidad provocada por las luchas internas empeoró debido a la situación de violencia y desorden general, gran parte de la cual se centraba en los campos auríferos del Partido Norte. Los descubrimientos minerales en la zona habían atraído a muchos ladrones y vagabundos de California y de otras partes. El bandolerismo y el abigeato eran comunes en ambos lados de la frontera, y era difícil mantener el orden. En el Partido Norte, el problema era tan grave que, entre 1856 y 1861, varios hombres fueron juzgados culpables de ser bandidos y ejecutados (Pourade 1963, 209–212 y 254–255; Taylor 1971, 171).

Un incidente casi condujo a un conflicto armado entre las dos Californias. En 1858, William Cole y otros dos hombres de San Diego, que habían estado explotando un yacimiento mineral en la región de Santo Tomás, mataron al estadounidense Bill Elkins y a un mexicano, al creerlos culpables del robo de un caballo. Cole y sus compañeros fueron encarcelados por las autoridades en Santo Tomás, y quedó pendiente su juicio. Thomas R. Darnall de San Diego, quien viajó hasta Santo Tomás con el propósito de persuadir a las autoridades de que dejaran a los dos hombres en libertad, también fue encarcelado. Al enterarse de esta noticia, un grupo de residentes de San Diego propuso organizar una expedición armada, en la que también participarían voluntarios de Los Ángeles, a fin de invadir Baja California y liberar a los prisioneros. Afortunadamente, los hombres encarcelados fueron liberados antes de que la contemplada expedición pudiera ponerse en marcha (Pourade 1963, 212–213).

La situación de anarquía en la frontera terminó con el nombramiento de Teodoro Riveroll como jefe político del territorio en noviembre de 1860, junto con la llegada de cien hombres del batallón Plácido Vega. Riveroll designó a José Matías Moreno encargado de la sub jefa tura del Partido Norte, después de la derrota de la rebelión encabezada en la región por Feliciano Ruiz de Esparza, durante la guerra de Reforma. En 1862, como parte de las medidas para restablecer el gobierno civil y el orden en la frontera, Riveroll recomendó al ministro de Fomento y Colonización que fueran excluidos todos los extranjeros de los yacimientos auríferos del Partido Norte, a raíz de que provocaban violencia y desorden. También recomendó el establecimiento de una fuerza policíaca adecuada, para tratar estos problemas. Moreno, por su parte, sugirió la sustitución de la Guardia Nacional por un destacamento militar permanente en el Partido Norte, como medida para asegurar la paz en la zona.19

Durante las décadas siguientes, se tomaron varias medidas significativas para cumplir con estas metas; destacan el establecimiento de una aduana en Tijuana (1874), la transferencia de la cabecera a Ensenada (1882), la elevación de la entidad a la categoría de Distrito Norte (1888), así como el establecimiento de la compañía fija del ejército en el puerto y servicio de gendarmería en la región. Aunque hubo incidentes de violencia y bandolerismo en las áreas mineras durante las últimas décadas del siglo XIX, las medidas nuevas ayudaron a conservar el orden. Aun así, el control del gobierno sobre la zona permaneció bastante débil durante muchos años, y fue hasta el sexenio del presidente Lázaro Cárdenas cuando se logró integrar este rincón del país al resto de la nación.

 

Conclusiones

Aunque los descubrimientos de oro en el Partido Norte de la Baja California durante el periodo estudiado no resultaron en una gran bonanza, tuvieron, sin embargo, una repercusión importante en el desarrollo de la región.

Por un lado, las "fiebres de oro" duraron poco tiempo y no condujeron al establecimiento de minas, plantas de fundición o pueblos permanentes donde ocurrieron. Los yacimientos de minerales encontrados no eran muy extensos ni ricos en general, y el entusiasmo al respecto rápidamente se apagaba, una vez que se terminaban las estampidas o movimientos iniciales hacia estos sitios. No obstante, en algunos casos, los lugares no se quedaron totalmente abandonados, sino que algunos gambusinos —quizá los que tenían más paciencia o les gustaba el trabajo duro de la minería— los encontraron redituables o de rendimiento satisfactorio para sus necesidades. Asimismo, algunos de los descubrimientos —como el del valle de San Rafael, por ejemplo— ocurrieron en las mismas regiones donde se encontraron posteriormente yacimientos mucho más grandes; hecho muy importante para el futuro de la minería en la entidad.

Desde el punto de vista de la seguridad nacional y de mantener a la península como parte integral de la república, fue afortunado para México que no se haya realizado ningún descubrimiento mineral en la región, comparable con los de California y Australia. Es probable que el hallazgo de oro o plata en grandes cantidades hubiera provocado una verdadera "invasión" de gambusinos de todas partes que, con el tiempo, hubiera conducido a la anexión de la región a Estados Unidos. Esta posibilidad ayuda a explicar la preocupación y desconfianza de las autoridades mexicanas con respecto a la entrada de los gambusinos extranjeros al Partido Norte, así como la tendencia de relacionarlos con los peligros provocados por las expediciones filibusteras de esta misma época. También, explica la determinación de las autoridades para impedir la entrada de los gambusinos extranjeros al territorio, o por lo menos preservar el orden en la entidad.

Aun así, la entrada de mineros y colonos al territorio creó varios problemas de control y supervisión para el gobierno, que persistieron hasta la década de 1860 e incluso después. Hasta cierto punto, los problemas que surgieron eran típicos de aquellas regiones aisladas, que carecían de pobladores y de un control gubernamental adecuado. No obstante, debido a la situación de lucha interna que prevaleció en el Partido Norte durante este lapso, el problema en torno a los gambusinos extranjeros se volvió mucho más grave cuando éstos, en algunos casos, participaban activamente en la lucha. La ausencia de un control y vigilancia sobre la frontera también perjudicó los esfuerzos del gobierno para mantener el orden en la región. Los problemas de seguridad sobre la zona permanecieron, en una u otra forma durante las décadas siguientes, y fueron resueltos hasta bien entrado el siglo XX.

 

Archivos

Archivo General de la Nación (AGN).

Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Autónoma de Baja California (IIH–UABC).

San Diego Public Library, California Room (SDPL–CR).

 

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Mapa

 

Notas

1 La expresión "fiebre del oro" se refiere al desarrollo rápido en una zona o región específica de un gran número de placeres de oro (Morrell 1968, 3).

2 Decreto congresional del 1 2 de abril de 1849 para la división del territorio de Baja California en dos partidos, Archivo General de la Nación (AGN), fondo: AGN, en Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Autónoma de Baja California (IIH–UABC), c. 2, exp. 15.

3 Proyecto para el establecimiento de colonias militares en las fronteras de la república, 19 de julio de 1848, AGN, fondo: Gobernación, vol. 7, leg. 1451, exp. 2, en IIH–UABC, c. 7, exp. 14.

4 En el artículo 24 se especificaba que únicamente los extranjeros que solicitaran personalmente al inspector de colonias podrían ser incluidos como colonos. Otros dos proyectos de colonización, la del diputado sonorense Mariano Paredes en 1850 y la del senador Juan Nepomuceno Almonte, se distinguieron del que fue decretado por el gobierno de Herrera al sugerir que los inmigrantes fueran una mezcla de mexicanos, gente de otros países de América Latina o europeos (Faulk 1969, 117 y 1 26–127; Herring 1969, 109).

5 Correspondencia y otros documentos relacionados con el establecimiento de la colonia militar en Baja California, en IIH–UABC, archivo de micropelícula, rollo 9.

6 Rafael Espinosa al ministro de Relaciones Interiores y Exteriores, 3 de septiembre de 1850, AGN, fondo: Gobernación, en IIH–UABC, c. 7, exp. 67.

7 Para 1855, aproximadamente la mitad de ellos había regresado a la península. Informe de Rafael Espinosa al ministro de Relaciones Interiores y Estado, 1 de abril de 1850, en AGN, fondo: Gobernación, vol. 378, sección s/s, exp. 8, en IIH–UABC, c. 7, exp. 54; (Taylor 1971, 140).

8 "Reseña estadística sobre la antigua o Baja California", elaborada por Rafael Espinosa, jefe político del territorio de la Baja California, 4 de julio de 1853, AGN, fondo: Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, t. IV, en IIH–UABC, c. 1, exp. 4; Meigs (1994, 247–249 y 261).

9 Los mexicanos procedentes de las regiones del sur y oeste de México salían desde los puertos de la costa del Pacífico, como Mazatlán, San Blas o Guaymas, atravesaban el golfo de California a La Paz y luego se dirigían a California por la ruta terrestre desde aquel sitio. Los mineros del norte de Sonora, en cambio, viajaban al norte hasta topar con el río Gila en el sur de Arizona. De allí, se encaminaban al oeste hasta llegar a Los Ángeles.

10 Varios sonorenses también habían participado en la fiebre del oro en el valle de San Fernando, aproximadamente a 60 kilómetros al noroeste de Los Ángeles, de 1842 a 1846 (Gabb 1869, 104 y 109; Guinn 1910–1911, 228–230; Sauer y Meigs 1927, 294).

11 Juan Bandini a Abel Stearns en Los Ángeles, California, 20 de febrero de 1851 (Chaput, Mason y Zárate Loperena 1992, 92–93); Daily Alta California, 27 de febrero de 1851; Moreno 1984, 26).

12 Contrato firmado por Francisco Gastélum referente a la venta de una parte del rancho Ensenada a Juan Bandini, 18 de diciembre de 1845 y carta de Bandini a Stearns de Los Ángeles, 1 de octubre de 1851, en Chaput, Mason y Zárate Loperena (1992, 5–67).

13 En 1887, la propiedad minera fue adquirida por Federico Appel, comerciante de Ensenada, quien la compró a la viuda de Moreno, Prudencia López (Piñera Ramírez 1991, 102).

14 Autorización para la exportación de minerales extraídos del territorio de la Baja California, AGN, fondo: Gobernación, vol. 2 (1855), en IIH–UABC, c. 9, exp. 18; extensión del decreto que regula la exportación de minerales de la Baja California durante un periodo de cinco años, 1857, AGN, fondo: Gobernación, vol. 458, sección s/s, exp. 7, en IIH–UABC, c. 9, exp. 43; Alric (1995, 204).

15 Correspondencia entre Castro y Chávez, fechas varias, en Aguirre (1977, 42–44). Véase también Bancroft (1889, II:720–721).

16 Proclama de Santo Tomás, 4 de enero de 1852, en San Diego Public Library, California Room (SDPL–CR,) Archivo Vertical; Valadés (1974, 23–25); Walther Meade (1983, 51–52).

17 Espinosa al gobernador de Sonora, 3 y 22 de mayo de 1851, en Aguirre (1977, 76–77) y Stout (1973,44).

18 Acuse de recibo de Robles, del Ministerio de Gobernación, en torno a la comunicación procedente del Ministerio de Relaciones Exteriores, con respecto al informe del jefe político de Baja California, 4 de julio de 1851, AGN, fondo: Gobernación, leg. 2111, c. 2599, exp. 2, en IIH–UABC, c. 16, exp. 22.

19 Teodoro Riveroll al ministro de Fomento y Colonización, 2 de abril de 1862, AGN, fondo: Justicia, vol. 659, leg. 217, ff. 242–243, en IIH–UABC, c. 9, exp. 53; Alric (1995, 175–199 y 217–219).