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Norteamérica

versión On-line ISSN 2448-7228versión impresa ISSN 1870-3550

Norteamérica vol.7 no.2 México jul./dic. 2012

 

Análisis de actualidad

 

La migración a Estados Unidos: una visión del primer decenio del siglo XXI

 

Fernando F. Herrera Lima*

 

* Posgrado en Estudios Sociales, línea de Estudios Laborales, UAM Iztapalapa, rfhl19@yahoo.com.mx.

 

Recibido: 10/04/2012
Aceptado: 25/07/2012

 

Resumen

Aquí se abordan, cuantitativamente, algunas de las principales características de la migración hacia Estados Unidos, principal país receptor de migrantes en el mundo y principal origen de los flujos de remesas internacionales entre 2000 y 2010. Se presenta primero un panorama de la migración mundial; después se ofrece una visión de la migración específica a Estados Unidos. El artículo en general se dedica a analizar algunos aspectos centrales de estos flujos migratorios (autorizados y no autorizados). Las fuentes de referencia fueron la Organización Internacional de las Migraciones, la Oficina del Censo de Estados Unidos y el Pew Hispanic Center.

Palabras clave: Estados Unidos, migración internacional, migración autorizada, migración no autorizada, remesas.

 

Abstract

This article deals qualitatively with some of the main characteristics of migration to the United States, the world's principal receiving country and the main origin of international remittances between 2000 and 2010. It first presents an overview of world migration and then offers a vision of specific migration to the United States. In general, the article analyzes some central aspects of these migratory flows, both authorized and unauthorized. Sources used were the International Organization for Migration, the U.S. Census Bureau, and the Pew Hispanic Center.

Key words: United States of America, international migration, authorized migration, unauthorized migration, remittances.

 

Presentación

En este artículo se abordan, desde un ángulo cuantitativo, algunas de las principales características de la migración hacia Estados Unidos, el primer país receptor de migrantes en el mundo y el principal origen de los flujos de remesas internacionales entre los años 2000 y 2010. Primero, se presenta un breve panorama de algunos aspectos relevantes de la migración mundial en años recientes, para tener un referente contextual. Más adelante, se ofrece una panorámica de la migración a Estados Unidos a lo largo del siglo XX. El cuerpo general del artículo, a partir de ahí, se dedica a presentar y analizar algunos aspectos centrales de estos flujos migratorios, tanto en los que cumplen con los requisitos legales fijados por ese país, como en los que ingresan sin cumplir con aquéllos. Las fuentes principales son las que mayor confiabilidad presentan en este terreno: la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), la Oficina del Censo de Estados Unidos (USCB, por sus siglas en inglés) y el Pew Hispanic Center (PHC). Cierto es que son fuentes disponibles para todos; pero no sólo son muchas, sino que además dispersan su información en múltiples formas de presentación. El objetivo de este artículo es proporcionar una síntesis ordenada de la enorme cantidad de información disponible, de tal manera que sea una base posible para articular el análisis de la dinámica de los flujos de personas hacia Estados Unidos con las necesidades del modelo neoliberal de acumulación de capital.

Muchos aspectos importantes de la migración hacia ahí quedan fuera de los alcances del trabajo, como los relativos a la inserción laboral y las condiciones de vida y de trabajo de los migrantes, de su distribución geográfica, de sus formas organizativas en tanto que migrantes, de sus niveles educativos, de sus preferencias religiosas o de sus procesos de incorporación social, así como del cambiante y complejo marco legal que norma el ingreso de extranjeros a ese país, por señalar algunos de los más relevantes y estudiados en la muy amplia literatura que constantemente se genera en torno a esta movilidad espacial.1

 

Algunos elementos del contexto migratorio mundial

La historia del capitalismo está marcada por importantes desplazamientos de grupos humanos que se han visto en la necesidad de abandonar sus lugares tradicionales de asentamiento para dirigirse hacia donde las necesidades de la acumulación de capital los han convocado (Castles y Miller, 2004; Hobsbawm, 1977). Cierto, las migraciones anteceden con mucho a la historia del capitalismo, pero con éste la movilidad espacial de los hombres cobra dimensiones hasta antes desconocidas.

El proceso de despojo de las tierras a los campesinos, en lo que Marx llamó el proceso de acumulación originaria de capital; la subsecuente persecución de los desplazados que se resistían a la incorporación forzada al trabajo industrial en las emergentes ciudades de la Revolución industrial (en las condiciones descritas por Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra y por Dickens en sus obras literarias, ambas obras tan vigentes hoy como en el siglo en que fueron escritas) y la gran ola migratoria hacia Norteamérica de los campesinos y los artesanos excluidos del nuevo mundo industrial en el fin del siglo XIX y principios del XX (Hobsbawm, 1977), son hitos de esa historia migratoria; que tiene otros importantes momentos en la diáspo-ra judía frente al ascenso y consolidación del nazismo y en los desplazamientos forzados de campesinos rusos hacia distantes e inhóspitos destinos en la dictadura staliniana (Deustscher, 1971).

En América Latina, los procesos tardíos de industrialización en varios países (Argentina, Brasil, México) implicaron igualmente muy importantes desplazamientos del agro a la industria y del campo a la ciudad. Por supuesto, los procesos políticos impactaron de manera significativa dichos procesos de traslado masivo de la población entre diversas regiones y países. El ascenso de las dictaduras en Latinoamérica, por ejemplo, tuvo como consecuencia el reasentamiento de numerosos grupos de gente de Argentina, Brasil, Cuba, Uruguay y Centroamérica y el Caribe en varios países de acogida, entre los que destaca México, cuando éste aún practicaba su loable tradición (hoy abandonada) de brindar refugio a los perseguidos, como había sido el caso de los exilados españoles de la república.

En el presente, existe una nueva era migratoria mundial (Castles y Miller, 2004), al menos desde los años ochenta del siglo XX, que presenta tanto continuidades como elementos novedosos frente a las que la han precedido. El modelo de acumulación salvaje y depredador, característico del neoliberalismo, no puede prescindir de la disponibilidad constante de una fuerza de trabajo vulnerable, barata, sin derechos, dócil, flexible y sumamente móvil, susceptible de ser incorporada con gran facilidad y ductilidad en los trabajos más precarios que se generan a lo largo y ancho de las cadenas de valor globalizadas. Una fuerza de trabajo transnacional, acompañada de un enorme ejército transnacional de reserva, constituyen uno de los pilares básicos del modelo (Benencia et al., s.f.; Sandoval, 2007).

Ahora bien, esa vulnerabilidad y esa precariedad son construcciones sociales intencionadas, no accidentes o consecuencias inesperadas de la acción; son estrategias desarrolladas por actores intencionados, que van de los empleadores individuales a las grandes corporaciones transnacionales, a las ubicuas y diversificadas cadenas globales de producción, distribución, mercadotecnia y comercialización y, por supuesto, a los Estados (¿qué otra cosa son las legislaciones antiinmigrantes y los procesos de desmantelamiento de los Estados sociales y de destrucción del sindicalismo?) y organismos multinacionales de diversos tipos. Existen, por supuesto, razones de tipo estructural que así lo demandan (Benencia et al., s.f.). En el centro, se sitúan las necesidades e intereses del capital financiero especulativo, que están en el origen de la gran crisis por la que atraviesa actualmente el mundo y que, como lo muestran elocuentemente los casos de Grecia y España, trasladan finalmente el costo de aquélla a quienes han producido la base material del auge especulativo precedente: los trabajadores en general; pero especialmente los más vulnerables, los migrantes, que son los primeros en ser señalados como los causantes del problema y en ser desplazados no sólo de sus trabajos, sino también de sus lugares de destino transitorio, en su peregrinar determinado por las necesidades de la acumulación y cada vez menos guiados por las redes de relaciones sociales (París, 2007), que han quedado cada día más subordinadas, a su vez, a la acción de los intermediarios mercantiles de los mercados de trabajo transnacionalizados (Anguiano, 2006; Spener, 2009).

Un claro indicador de la importancia de las migraciones en la actualidad puede encontrarse en el muy significativo incremento del volumen de los flujos migratorios en el mundo durante la última década: entre el año 2000 y el 2010, el stock migratorio pasó de ciento cincuenta millones a doscientos quince millones de personas, lo que representa el 3.1 por ciento de la población mundial (en 2005 fue el 3 por ciento) (OIM, 2010: XIX, 119).2

La migración internacional se dirige principalmente, como es lógico suponer, hacia las economías del mundo que presentan las mayores potencialidades de creación de empleos y que, pese a que los trabajadores migrantes encuentran en ellas acomodo en los nichos laborales más precarios, les ofrecen salarios considerablemente superiores a los que les sería factible encontrar en sus países de origen.3 Ahora bien, los destinos específicos de los flujos migratorios, así como los momentos en que éstos se desarrollan, tienen que ver con elementos tanto geográficos (vecindad en el caso de México y Estados Unidos), como históricos (por ejemplo, pasados coloniales, como en los casos de la migración africana a Europa), mercantiles (en las migraciones contemporáneas, los traficantes deciden en mucho los destinos migratorios) y, sin ánimos de exhaustividad, sociales (existencia de redes sociales). También debe agregarse, por supuesto, que existen razones no directamente económicas para quienes toman la decisión de migrar.

Destaca en este campo, por supuesto, Estados Unidos, que concentra la mayor cantidad de personas migrantes en el mundo y que genera la mayor cantidad de remesas a nivel global. En la lista de los diez países que presentan las mayores poblaciones de personas nacidas en el extranjero en 2010, que suman un total de ciento doce millones de personas, poco más del 52 por ciento por ciento de la migración mundial total (doscientos quince millones) (véase la gráfica 1), como fuerza que atrae mano de obra destaca obviamente la economía de dos países de la región del tlcan, Estados Unidos y Canadá, que concentran al 44.6 por ciento (un 38.4 tan sólo en Estados Unidos) del total. De manera agrupada, destaca también la importancia de los países de la Unión Europea, en donde sólo cuatro de ellos (Alemania, España, Francia y Reino Unido) absorben al 27.2 por ciento de los ciento doce millones de personas; y de dos naciones de la antigua URSS (la Federación Rusa y Ucrania) que incluyen un 16.3 por ciento. Finalmente, en Arabia Saudita e India se encuentran, respectivamente, el 6.25 y el 5.6 por ciento (OIM, 2010). En la gráfica 1 se presentan las cantidades aproximadas absolutas de personas involucradas en cada uno de los diez países.

Como fuentes del trabajo migrante, en la otra cara de la moneda, en cuanto a los países expulsores (véase el cuadro 1), son varios los comentarios que deben hacerse. En primer lugar, destaca el notable crecimiento que muestran las emigraciones originadas en China y en India a lo largo de la primera década del siglo XXI. Mientras que en el primer país crecen casi diecisiete veces, en India son más de trece veces. En la Federación Rusa, por su parte, el total de migrantes baja moderadamente, pero mantiene una importante participación en el stock de migrantes mundial. Destaca, por supuesto, el caso de México, que pasa a ocupar el primer lugar mundial, con casi trece millones de personas en calidad de migrantes internacionales. Pero también en el caso de Bangladesh y Ucrania los crecimientos son notables (alrededor de once veces en la década).

En sentido inverso a los flujos migratorios, se presentan las corrientes de remesas que quienes migran envían regularmente a sus lugares de origen (véase la gráfica 2). No resulta extraño constatar que nuevamente es Estados Unidos el que encabeza de lejos la lista de los diez países que mayores cantidades aportan, con un total de 48 000 millones de dólares (mmd, en adelante) de los 184 mmd que suman dichas naciones. Los países europeos que se incluyen en esta lista, por su parte (Suiza, Alemania, Italia, España, Luxemburgo y los Países Bajos) suman un total de 81 mmd. Los países árabes incluidos, Arabia Saudita y Kuwait, suman 36 mmd. La Federación Rusa, en tanto, contribuye con 19 mmd a este flujo de remesas (Banco Mundial, 2011).

Como se observa, existe una fuerte concentración del origen de las remesas en un mínimo de regiones del mundo, mientras que los destinos presentan una diversificación considerablemente mayor (véase la gráfica 3). Destacan claramente como beneficiarios de estos flujos India y China, con montos cercanos a los 50 mmd, mientras que México y Filipinas, considerablemente menores en la cantidad de sus poblaciones y sus economías, reciben un poco menos de la mitad que los primeros. No deja de llamar la atención que, en conjunto, los países europeos incluidos entre los primeros diez mayores receptores de remesas (Francia, España, Alemania y Bélgica) concentren cerca de 45 mmd.

En relación con las remesas, cabe regresar a una importante discusión que en el ámbito académico parece estar más que zanjada, pero que en los medios masivos de comunicación y en los políticos se mantiene abierta: ¿qué son las remesas?, ¿un fondo de ahorro y, por tanto, una palanca para el desarrollo?, ¿uno de consumo? La posición de quien esto escribe es clara: las remesas son parte del salario y como tal se gastan. Son un fondo de consumo que se origina en múltiples puntos de los lugares de destino de los migrantes y se dirigen a una enorme cantidad de destinos en los países de origen de aquéllos, en forma de millones de pequeños envíos a lo largo de todos los meses de cada año. Nunca forman un fondo unificado (Canales, 2005).

 

La migración a Estados Unidos

Un panorama secular

Estados Unidos es un país conformado de migrantes y por migrantes. Los que llegaron por el estrecho de Bering, los que arribaron de Europa, los que provinieron de Asia, los que tenían como origen el sur. Los que llegaron, siguen y seguirán llegando desde todo el mundo. Los que lo volvieron multinacional y multicultural. Este país es producto de una larga historia de múltiples fases migratorias, muchas de éstas superpuestas, que arrojan como saldo un panorama sumamente heterogéneo.

En el recuento histórico que presenta Camarota (2011) 4 puede verse la presencia de las dos grandes oleadas migratorias hacia Estados Unidos5 (véase la gráfica 4); la primera, durante el cambio del siglo XIX al XX, que se nutrió básicamente de los desplazados por la revolución industrial europea y cuyos efectos se prolongaron hasta la década de los treinta del siglo pasado (Castles y Miller, 2004).6 Y la más reciente, que se inicia hacia los años setenta y que se extiende hasta el presente, conformada sobre todo por latinoamericanos y, más específicamente, por mexicanos, por asiáticos y por centroamericanos y caribeños (con la presencia menor de grupos sudamericanos); lo que en el caso de México se explica por los fuertes vínculos históricos existentes entre México y Estados Unidos y por su enorme frontera: vecindad, historicidad (Durand y Massey, 2003); por los procesos complementarios de la evolución demográfica y de reestructuración productiva en ambos países; por la integración subordinada de México a la zona del tlcan; por la precarización del trabajo en México y, en fin, por la existencia de un mercado de trabajo transnacional altamente consolidado en la región norteamericana (Delgado y Cypher, 2005; Herrera Lima, 2005; 2007). Esta ola migratoria reciente tiene como característica el ritmo vertiginoso de crecimiento, que lleva el total de inmigrantes de 9.6 millones en 1970 a 40 millones en 2010.

Como consecuencia, en el año 2010, la proporción de la población estadunidense que representaban los nacidos en el extranjero (véase la gráfica 5) era cercana al 13 por ciento de la población total de Estados Unidos, a partir de un crecimiento constante desde 1970, cuando esta proporción llegó a un mínimo histórico de sólo el 4.7 por ciento. Antes de esto, se había presentado una caída sostenida desde 1910, luego de haber alcanzado un máximo histórico del 14.7 por ciento, precisamente en 1910.

Tendencias generales de la migración en los primeros años del siglo XXI

A partir del 11 de septiembre de 2001 se abre en Estados Unidos un nuevo periodo histórico en lo que a las migraciones se refiere: el de la criminalización de la migración no autorizada/ que se suma a los que Durand y Massey (2003) han ubicado a partir de los inicios del siglo XX. Pese a lo anterior y a sus consecuencias (muro fronterizo con México, militarización de la vigilancia en las zonas de paso, proliferación de legislaciones locales antiinmigrantes), en la última década, en el contexto de la más reciente ola migratoria, la población inmigrante total de Estados Unidos no ha dejado de crecer (véase la gráfica 6) y pasa de 31.1 millones de personas en el año 2000 a 40 millones en el 2010, lo que representa un incremento superior al 28 por ciento en ese periodo.

En relación con la inmigración en general a Estados Unidos, cabe señalar, como lo hace Camarota (2011), la relativa autonomía de su crecimiento frente al comportamiento del mercado de trabajo en ese país, lo que habla de que no son exclusivamente razones económicas las que promueven los desplazamientos hacia Norteamérica, como se ha planteado insistentemente desde las perspectivas no economicistas. En efecto, durante los noventa, la tasa de ingreso a Estados Unidos creció en un 13.2 por ciento, y el empleo, a una del 22 por ciento. Pero en el periodo 2000-2010 la tasa de crecimiento de la inmigración fue del 13.9 por ciento, mientras que la del empleo no sólo dejó de crecer, sino que disminuyó en un 0.4 por ciento (Camarota, 2011).

Ahora bien, ¿de dónde provienen los millones de migrantes que han tenido a Estados Unidos como destino? (véase la gráfica 7). No puede ser una sorpresa que México destaque con una gran ventaja entre los primeros diez países exportadores de fuerza de trabajo barata hacia aquel país. No sólo aventaja numéricamente con una diferencia de casi once millones a Guatemala, décimo en la lista, sino que supera por poco más de nueve millones y medio al segundo lugar, que en los datos de Camarota (2011) lo ocupa el agregado de China, Hong Kong y Taiwán. Pero si se atiende al conjunto de los países asiáticos considerados, el total de su migración a Estados Unidos asciende a poco más de ocho millones de personas. También hay que señalar que la suma de los países de América Central y del Caribe, todos de tamaño reducido, aporta en conjunto poco más de cuatro millones de personas. Visto por regiones del mundo, entonces, América Latina destaca claramente como la más importante productora de migrantes para Estados Unidos, con el 53.1 por ciento del total (véase la gráfica 8), seguida de Asia, con el 28.23 por ciento y con Europa ubicada lejanamente, con un 10.71 por ciento. De otras partes del mundo llega el 6.58 por ciento.

De América Latina, con una gran ventaja cuantitativa, destaca México (véase la gráfica 9) con el 55.18 por ciento. Los pequeños países de Centroamérica y el Caribe, por su parte, proveen poco más del 27 por ciento y el resto proviene de diversos países de Sudamérica, cuyos migrantes tienen una movilidad mucho más diversificada, en especial hacia Europa (Benencia et al., s.f.). En el caso de América Latina y de México en particular, razones históricas, coyunturales, económicas, sociales, demográficas y culturales, como ya se ha señalado, explican este hecho (Castles y Miller, 2004; Durand y Massey, 2003; Herrera Lima, 2007).

Otra pregunta pertinente para seguir trazando el perfil de la inmigración a Estados Unidos es la siguiente: ¿cómo cambia a través del tiempo el origen de quienes migran a ese país? En el cuadro 2 se presenta un corte general y una visión panorámica de cómo ha evolucionado el origen migrante a lo largo de las cohortes decenales, según la forma en que la población de origen extranjero de las distintas regiones de origen llegó a Estados Unidos, tomando como base el total de la población extranjera en 2010. En el conjunto, destaca la importancia de las migraciones recientes desde América Latina y desde Asia, en especial a partir de los años ochenta, y la pérdida de peso de la inmigración europea. Pese a que los europeos en Estados Unidos a partir de la década de los noventa aumentan su presencia después de haberla disminuido en los ochenta, lo hacen a una tasa notoriamente menor a la de los provenientes de las otras dos regiones. En la gráfica 10 puede centrarse el análisis en los datos correspondientes a 2010. Como se observa, los extranjeros de origen latinoamericano son casi el doble de los de origen asiático, sus más cercanos numéricamente. Ahora bien, es necesario insistir en el carácter sumamente heterogéneo de estos flujos migratorios y llamar la atención hacia los niveles mucho más altos de vulnerabilidad que presentan, frente a los asiáticos, los latinoamericanos en general y, en especial, los indocumentados.

 

Al analizar la evolución de la inmigración hacia Norteamérica a lo largo de las cohortes de ingreso, llama poderosamente la atención la gran similitud, pese a las diferencias en los volúmenes implicados (véase la gráfica 11), en las tendencias de los orígenes latinoamericanos y asiáticos. Ello parece ser consecuencia de los cambios en la política inmigratoria estadunidense, que contó con un marco legal cambiante desde mediados de los sesenta. Primero, en 1965 se presentaron modificaciones que favorecían la inmigración a Estados Unidos de personas originarias de países que previamente habían sido poco bienvenidas, como las nacidas en Asia y América Latina. Más adelante, en 1976, se establecieron precisiones legales y administrativas que continuaron con esa tendencia (Herrera Lima, 2005). Como se advierte en la gráfica 12, la distribución en las cohortes de ingreso a ese país de estos dos tipos de migrantes son sumamente parecidas: el 16.53 por ciento contra el 16.67 por ciento hasta antes de 1980, para Asia y América Latina; el 20.74 por ciento contra el 19.77 por ciento, entre 1980 y 1989; el 26.74 contra el 28.36 por ciento, entre 1990 y 1999; y, finalmente, el 36.38 por ciento contra el 35.2 por ciento, de 2000 en adelante. Lo anterior no quiere decir que puedan homologarse entre sí estas migraciones. Basta con ver la muy divergente forma de inserción laboral, mucho más favorable para los asiáticos, para abstenerse de esa tentación (Giorguli y Gaspar, 2008).

 

La inmigración no autorizada

La lucha contra la migración no autorizada es uno de los principales ejes de la acción de toda la derecha neoliberal del mundo. Tanto en la Unión Europea (Berlusconi y Jean-Marie Le Pen son un ejemplo destacado) como en Norteamérica (aquí lo es el Tea Party), en donde las economías no funcionarían sin su presencia;8 nuevamente, grupos vulnerables para trabajos precarios como una necesidad sistèmica y no como consecuencias imprevistas de la acción. Es pertinente, por lo tanto, explorar las características de esta población en Estados Unidos, la más vulnerable y desprotegida.

De la migración total a ese país, conforme a los datos que aportan Passel y Cohn (2010), en 2009 había un 72 por ciento (28.4 millones de personas) calificados como inmigrantes con un estatus legal y un 28 por ciento de no autorizados (11.1 millones) (véase el cuadro 3).

Al igual que sucede con la migración en general a Estados Unidos, en el caso de la no autorizada destaca la fuerte presencia de México (véase la gráfica 13), con más de seis y medio millones de personas, de los casi nueve millones que provienen en conjunto de América Latina y que representan al 80 por ciento de este tipo de migración. Cabe recordar que una gran parte de estos migrantes ingresan a Estados Unidos partiendo de México, que se ha convertido en una de las más grandes fronteras verticales del mundo, como lo hacen también algunos de los migrantes que provienen incluso de Asia, que aporta una masa de 1.22 millones a este flujo, y de África. El resto del mundo reduce a sólo un 8 por ciento su participación en este desplazamiento. De la importancia de la inmigración asiática no autorizada cabe reflexionar sobre la no determinación de la cercanía o lejanía geográficas en la configuración de los desplazamientos migratorios. De la impactante presencia de migrantes de países en los que la precarización del trabajo es la norma (bajos salarios, desprotección legal, malas condiciones de trabajo, etc.), así como lo es el desempleo y el subempleo, lo que ocurre en México, en América Central y el Caribe, cabe desprender un conjunto de conclusiones acerca de las características del funcionamiento del mercado transnacional globa-lizado de fuerza de trabajo. Como se adelantó al inicio de este texto, este mercado no funciona sin una enorme masa de sujetos vulnerables y desprotegidos, altamente móviles y dispuestos a insertarse en los trabajos más precarios de los países de destino.

Por el lado de la magnitud de la inmigración no autorizada, cabe destacar, como lo hacen Passel y Cohn (2010), que a lo largo del decenio 2000-2009 se presentan dos fases diferenciadas (véase el cuadro 4), y que las tendencias difieren parcialmente de las de la migración en general. En la primera, de 2000 a 2007, muestra un crecimiento constante y el total de migrantes no autorizados en Estados Unidos pasa de los 8.4 millones de personas a los doce millones, lo que significa un crecimiento promedio anual de más de medio millón de personas y representa una clara continuidad con las tendencias de la década anterior. En la segunda fase, el número de migrantes no autorizados decrece en 2008 y 2009, hasta alcanzar un monto de 11.1 millones en el último año. Es importante subrayar que, de la primera fase, podría concluirse que la política de criminalización de la migración no autorizada y de militarización de la frontera sur de Estados Unidos no consiguió impedir su persistencia al alza; mientras que la segunda permite observar el efecto de la crisis de la economía norteamericana en el fenómeno y permite también preguntarse qué tan factible será que esta tendencia decreciente se mantenga ante un posible escenario de recuperación sostenida del empleo en Estados Unidos; o bien, que se revierta, pese a la subsistencia e incluso la profundización de la política antiinmigrante que tiende a afianzarse en ese país.

Al observar el caso de la migración no autorizada proveniente de México, se refuerza la imagen anterior, lo que no debe extrañar debido a que es el mayor productor de este tipo de migrantes (véase la gráfica 14). Claramente, la disminución del volumen coincide con el inicio de la crisis y el aumento del desempleo en Estados Unidos. El total de personas en esta condición parte de 4.6 millones y asciende constantemente hasta alcanzar un tope histórico de siete millones en 2007. Durante los siguientes dos años, 2008 y 2009, por primera vez en décadas disminuye el número total de migrantes mexicanos no autorizados en Estados Unidos y llega a un total de 6.7 millones.

Sin embargo, este fenómeno se observa desde un ángulo complementario (véase el cuadro 5), que modifica lo que se desprende de la información anterior, si se analizan las cantidades de este tipo de inmigrantes que ingresan a Estados Unidos en distintos subperiodos de la década 2000-2009. De esta manera, es posible ver que la tendencia a la disminución del número de nuevos inmigrantes no autorizados es perceptible desde el inicio de la segunda mitad de la década, al bajar de un promedio anual de ochocientos cincuenta mil personas, entre marzo de 2000 y marzo de 2005, a quinientos cincuenta mil entre marzo de 2005 y marzo de 2007 y a sólo trescientas mil desde esta última fecha hasta marzo de 2009. Esto lleva a pensar que la política antiinmigrante, sumada a las campañas xenófobas y las actividades de los grupos armados de la ultraderecha en ese país, especialmente en los estados sureños, sí tienen un efecto disuasorio sobre los potenciales migrantes no autorizados, combinado con el incremento de las detenciones fronterizas y las deportaciones; lo que lleva a cambiar la tendencia del saldo migratorio de este tipo especial de migración desde mediados de la década, aunque lo anterior sólo se refleja en el número total de migrantes no autorizados cuando se suman los efectos de la crisis y el desempleo, hacia el fin de la década.

Esta idea se refuerza si se observa la distribución de los ingresos de los migrantes no autorizados en Estados Unidos, tomando como base el total de 2009. Como se observa en el cuadro 6, la mayor parte (el 40 por ciento) ingresó en la década de los noventa, en pleno crecimiento de la economía estadunidense y del empleo. Los ingresos disminuyeron desde los primeros años del siglo XXI (2000-2004), cuando llegó al 32 por ciento; fueron los años del inicio de la criminalización hacia esta forma de migración y cuando aún se sentían los efectos de desaceleración de la economía, de finales de los noventa y principios de la década del 2000. Entre 2005 y 2009, con el estallido de la crisis en el último trimestre de 2007, el porcentaje disminuyó a sólo el 15 por ciento.

Cabe agregar, por último, una reflexión acerca de los efectos de la inmigración no autorizada en Estados Unidos en el periodo reciente. Los analistas antiinmigrantes, entre los que destacan George Borjas y Mark Krikorian, investigadores del Center for Immigration Studies y ex asesores de la administración de Bush,9 insisten en señalar que esos nuevos migrantes van a ese país con el objeto de aprovechar los beneficios sociales en terrenos como la educación, la salud y la vivienda, y que son una carga fiscal para la sociedad estadunidense. Sin embargo, las estadísticas disponibles muestran que los migrantes llamados latinos, que conforman la mayoría de los no autorizados (en especial, los mexicanos) son quienes menos utilizan dichos beneficios y que su aporte a la economía de Estados Unidos es considerable. Según la información de la OIM (2011), los migrantes latinoamericanos contribuyeron con el 17.3 por ciento al crecimiento del plb estadunidense, entre 2000 y 2007, contra el 14.4 por ciento de otros migrantes; pero la relación entre los beneficios recibidos de los servicios sociales públicos y los impuestos pagados en Estados Unidos, en 2008, fue de sólo el 0.5 por ciento para los migrantes latinoamericanos, contra el 0.8 por ciento del resto de los migrantes, el 1.4 por ciento para los nativos blancos y el 1.2 por ciento para los otros nativos. Puede verse aquí, más bien, un importante efecto en el sentido contrario: los migrantes transfieren parte de sus ingresos al financiamiento de los servicios públicos estadunidenses. Los más vulnerables y precarios subsidian a los más protegidos y privilegiados.

 

Comentarios finales

En un mundo caracterizado por la globalización y la transnacionalización de los procesos productivos y los mercados de bienes y servicios de todo tipo, incluido también el de trabajo, lo que es fundamental para comprender la lógica de los grandes desplazamientos humanos contemporáneos, la construcción de grupos sociales vulnerables, altamente móviles por necesidad y disponibles para ser insertados en todo tipo de trabajos sumamente precarios, es un requisito indispensable para el funcionamiento del modelo convergente de acumulación de capital que caracteriza al neoliberalismo, con su enorme dosis de inequidad y desigualdad, entre Estados nación, países, regiones, nacionalidades, géneros y, por supuesto, entre clases sociales.

El crecimiento constante de la migración mundial llega cada año a récords históricos. Millones de seres vulnerables cruzan de múltiples maneras las fronteras de casi todos los países del mundo, en condiciones sumamente riesgosas, con un costo en vidas humanas (muertes, mutilaciones, enfermedades físicas, emocionales y mentales) superior al de muchas guerras. Sus países de origen siguen expulsándolos por la persistencia de modelos económicos incapaces de garantizar trabajo decente y suficiente. Una poderosa y boyante industria, la del coyotaje, ilegal y criminal, ligada muchas veces a las redes del narcotráfico,10 acompaña y conduce el proceso a través de zonas cada vez más peligrosas, como puede verse, por ejemplo, en los masivos desplazamientos de México y Centroamérica a Estados Unidos (Anguiano y Trejo, 2009) y del África subsahariana a la Unión Europea. En las fortalezas del capitalismo mundial se establecen barreras de todo tipo para hacer más vulnerables a los migrantes, legales las unas; otras políticas; muchas militares; materiales y electrónicas otras más, como los muros entre México y Estados Unidos, y los de Ceuta y Melilla en la España del norte de África. Se vive actualmente un mundo de muros divisorios que señalan la pista de la construcción social de la vulnerabilidad. El racismo, la xenofobia y la intolerancia, traducidos muchísimas veces en actos criminales, florecen desmedidamente en Norteamérica y la Unión Europea.

En ese contexto, Estados Unidos se erige como la principal potencia que atrae migrantes y la fuente más importante de envíos monetarios de salarios devenidos en remesas hacia sus países de origen. Aun a lo largo de su crisis más reciente, el flujo migratorio no sólo no se detiene, sino que sigue aumentando; si bien, específicamente, la migración no autorizada muestra un moderado decremento en la segunda mitad de la década pasada. Pero debe llamarse también la atención hacia el importante cambio que muestra el mapa migratorio mundial a lo largo del decenio, en el que destaca la diversificación de los orígenes y el gran incremento del peso relativo de China e India tanto en el renglón de la emigración como en el de la recepción de remesas; terrenos ambos en los que destaca la presencia de México, con una población y un pib claramente inferiores.

En los flujos que se dirigen a Estados Unidos, autorizados o no, el origen latinoamericano es el principal y, dentro de éste, México avasalla, lo que es un claro indicador del enorme costo que ha tenido para los mexicanos el modelo neoliberal, pero es notoria la importancia creciente de las migraciones asiáticas.

¿Qué sucederá cuando la crisis económica se revierta, si es que eso sucede en Estados Unidos? Predecir es difícil, especialmente si se trata del futuro, decía más o menos el destacado físico Niels Bohr, en una frase muy citada en los últimos tiempos de incertidumbre. Pero difícilmente puede esperarse que se reviertan las causas de la emigración en los principales países emisores de migrantes hacia la potencia. En México, por ejemplo, pero también en muchas otras naciones, tendría que cambiar radicalmente el panorama de precarización y desprotección en el trabajo, de desigualdad extrema y de exclusión del mercado interno en el modelo económico; y eso no sucederá de la noche a la mañana, incluso en el caso de que un nuevo gobierno se lo llegara a proponer como meta. Es poco probable que se desarticule la gigantesca y ubicua infraestructura migratoria mundial de la noche a la mañana. Si Estados Unidos se cerrara realmente al influjo migratorio, tendría que renunciar a sostener un ritmo creciente de actividad económica, dada su probada dependencia del trabajo barato y desprotegido de los migrantes. Por lo tanto, no es de esperarse que la militarización y fortificación de las fronteras ni las legislaciones antiinmigrantes frenen el curso ascendente de la migración mundial y en especial de la que tiene a Estados Unidos como destino: al parecer, el futuro de su economía seguirá dependiendo de esa reserva laboral transnacional del capitalismo (Sandoval, 2007) que son los grupos vulnerables, baratos y móviles, excluidos de sus países de origen como personas, pero incluidos como indispensables productores de remesas.

 

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Notas

1 Estos temas forman parte de una agenda de investigación con la que el autor prepara actualmente un libro sobre la migración mexicana a Estados Unidos en los primeros diez años del siglo XXI. Véase Herrera Lima, 2006.

2 El más amplio y documentado panorama de las principales características de los flujos migratorios a nivel mundial puede encontrarse en los informes de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM, 2003, 2005, 2008, 2010, 2011).

3 Entre la amplia producción al respecto, véase Canales, 2000, para el inicio de la década, en Estados Unidos; Canales, 2009, para los latinoamericanos en Europa; Giorguli y Gaspar, 2008, para el momento inmediatamente anterior a la crisis, en Estados Unidos; Benencia et al., s.f., para los latinoamericanos en varias regiones del mundo; Sandoval, 2007, para una buena reflexión de orden general a partir de un caso particular.

4 Los datos de Camarota difieren de los de la OIM: en 2010, ésta da un total de 43 millones de nacidos fuera de Estados Unidos, contra los 40 millones que da Camarota como total de inmigrantes. Los datos de Camarota provienen de la American Community Survey (AMS) de la uscB. La razón para incluir los datos de ambas fuentes divergentes consiste en que los de la OIM son comparables con los que esta agencia presenta para el resto del mundo; y no así los de la ams, que a su vez ofrecen una enorme información sobre Estados Unidos, con una riqueza de detalle que no es posible obtener de la OIM.

5 Camarota precisa: "En este reporte (2011), los términos 'nacido en el extranjero' e 'inmigrante' son empleados como sinónimos. Los inmigrantes son personas que viven en Estados Unidos y que no eran ciudadanos de este país en el momento de su nacimiento. Lo que incluye a personas naturalizadas, residentes legales permanentes (poseedores de green card), extranjeros ilegales [sic] y gente que realiza estancias temporales de largo plazo como estudiantes o trabajadores huéspedes [...]. No incluye a los hijos de ciudadanos estadunidenses nacidos en el exterior o a personas nacidas en territorios de Estados Unidos ubicados en el exterior, como Puerto Rico" (traducción propia).

6 En las dos últimas décadas del siglo XIX ingresaron a Estados Unidos 5.25 millones de migrantes, entre 1881 y 1890; y 3.69 más, entre 1891 y 1900 (Herrera Lima, 2005).

7 La expresión migración no autorizada es la que utiliza el Pew Hispanic Center y la que se adopta en este trabajo por no tener la connotación criminalizante de migración ilegal ni la ambigüedad de la designación migración indocumentada.

8 La muy divertida película de Sergio Arau Un día sin mexicanos (2004) muestra en forma de comedia lo que pasaría en el estado de California si los mexicanos desaparecieran de la noche a la mañana.

9 En las siguientes direcciones se pueden consultar sus trabajos: Center for Immigration Studies (cis): <www.cis.org>; Gorges Borjas: <www.borjas.com; y Mark Krikorian: www.cis.org/krikorian>.

10 Muchos testimonios e indicios avalan esta afirmación. Entre los primeros, vale la pena leer el que aparece en la revista Proceso (2012).

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