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Norteamérica

versión On-line ISSN 2448-7228versión impresa ISSN 1870-3550

Norteamérica vol.7 no.1 México ene./jun. 2012

 

Análisis de actualidad

 

En un porvenir incierto. La transición a la adultez entre jóvenes de un municipio de la Sierra Norte de Puebla, México

 

María Leticia Rivermar Pérez*

 

* Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. lrivermar@gmail.com.

 

Recibido: 03/09/2011
Aceptado: 25/01/2012

 

Resumen

El objetivo central de este trabajo es analizar el tránsito a la adultez de jóvenes originarios de un municipio rural de la Sierra Norte de Puebla, marcado en las últimas décadas por un proceso de migración acelerada hacia Estados Unidos y en el que habitan poblaciones mestizas, nahuas y otomíes. Con el fin de ubicar las coincidencias y discrepancias en ese tránsito, consideramos las diferencias de género y étnicas. La información etnográfica que sustenta lo aquí presentado fue recopilada a lo largo de cuatro años de trabajo de campo en la cabecera mestiza y en una localidad otomí.

Palabras clave: Sierra Norte de Puebla, transición a la adultez, educación, trabajo, migraciones, género y etnicidad.

 

Abstract

This article’s central aim is to analyze the transition to adulthood by young people from a rural municipality in the Northern Mountains of Puebla, inhabited by groups of mestizos, Nahua, and Otomí, characterized in recent decades by accelerated migration to the United States. To situate the overlaps and discrepancies in that transition, the author looks at gender and ethnic differences. The ethnographic information that is the basis of what she presents was gathered over four years of field work in the mestizo municipal government seat and in an Otomí community.

Key words: Northern Mountains of Puebla, transition to adulthood, education, work, migrations, gender and ethnicity.

 

INTRODUCIÓN

En este trabajo se analizan las características de la transición a la adultez entre jóvenes del municipio de Pahuatlán,1 Puebla, que se caracteriza por sus altos grados de marginación y por un acelerado proceso de desagrarización, lo que ha alentado la migración de varones en edades productivas hacia Estados Unidos, de manera prioritaria al estado de Carolina del Norte, desde fines de los años ochenta. La migración con fines laborales –internacional y dentro del país– es probablemente la estrategia fundamental que los hogares pahuatecos han adoptado en las últimas décadas para enfrentar la escasez de oportunidades laborales en el municipio y la región.

A diferencia de lo que acontece entre jóvenes de clases medias, el tránsito a la adultez entre los pahuatecos ocurre en el momento en que se da el abandono escolar o la postergación de la trayectoria educativa como consecuencia de la maternidad/ paternidad y la unión conyugal, así como la inserción al mercado laboral, lo que ocurre en edades tempranas. En este análisis, partimos de la premisa de que las diferencias étnicas y de género dan matices específicos a esa transición, por lo que su examen será de fundamental importancia.

El material etnográfico que sustenta lo aquí presentado está conformado por los testimonios de cuatro jóvenes –dos varones y dos mujeres, dos mestizos y dos otomíes– originarios de las localidades de Pahuatlán de Valle y San Pablito Pahuatlán, pertenecientes al municipio de Pahuatlán. Sin embargo, dado que la información recopilada entre varones sobre estos temas es relativamente escasa, en contraste con la de las mujeres, la comparación de las experiencias de hombres y mujeres en su tránsito a la adultez tiene ciertas limitaciones. Resulta relevante señalar que, en tanto hacemos nuestro el concepto de sujeto plural –al que definimos como el sujeto cuya palabra es representativa en la medida en que condensa en sí misma las palabras de los otros–, consideramos que estos testimonios ejemplifican las experiencias de los jóvenes pahuatecos en su tránsito a la adultez.

Cinco apartados conforman este artículo: en el primero delineamos la perspectiva teórica que guía nuestro análisis y la situación de los jóvenes en México; en el segundo hacemos un rápido esbozo de las características demográficas, laborales y educativas del municipio; en el tercero y cuarto, a partir de los testimonios, analizamos las trayectorias educativas y laborales de los cuatro jóvenes; por último, a manera de conclusión, reflexionamos sobre las características del tránsito a la adultez entre jóvenes residentes en una zona rural y las diferencias que el género y la etnicidad imprimen a esa transición.

 

SER JOVEN EN EL MÉXICO NEOLIBERAL

Tres han sido los puntales de lo que Rubio (2001) ha llamado la "subordinación excluyente" de los productores rurales en México: 1) el retiro del Estado como gestor de la producción agropecuaria, que permitió a las agroindustrias ocupar el lugar de los productores rurales; 2) la liberalización comercial, que conllevó la apertura de las fronteras a productos agrícolas importados, y 3) la política agropecuaria estadunidense, basada en la expansión de las exportaciones alimentarias a países subdesarrollados. Esta subordinación excluyente ha traído como resultado la exclusión de la mayoría de los agricultores de la esfera de dominio de las agroindustrias, por lo que se han visto obligados a buscar otras fuentes de ingresos (Rubio, 2001: 24-25), entre las que destaca el trabajo asalariado dentro o fuera del país y particularmente en Estados Unidos.

Los empleos en los que se ocupa la mayoría de estas poblaciones en México se caracterizan por no contar con contrato laboral, por ser de carácter temporal, carentes de prestaciones sociales y con bajas remuneraciones, atributos todos de un mercado laboral flexibilizado, que demanda abundante fuerza de trabajo con escasas calificaciones y dispuesta a realizar empleos en condiciones de total precariedad. En este escenario, la movilidad de habitantes de las zonas rurales mexicanas en búsqueda de fuentes de ingresos se ha incrementado sostenidamente desde los años noventa del siglo XX.

Estos desplazamientos han tenido diversos efectos a nivel comunitario y familiar. En este último ámbito, destaca la alteración de los patrones de residencia de los miembros del hogar; el condicionamiento de su ciclo productivo y la modificación de las condiciones de las actividades productivas y el consumo como resultado de los cambios en el equilibrio entre miembros activos e inactivos (Muñoz, 2000: 139). Otras repercusiones de las migraciones en el espacio doméstico van

desde el fortalecimiento inicial de los vínculos familiares como mecanismo para enfrentar la contingencia abierta por los desplazamientos, hasta la resignificación de los roles centrales como la maternidad y la multiplicación del trabajo de parentesco desempeñado por algunos miembros de la familia [...] (Ariza y D’Aubeterre, 2009: 357).

Para documentar la exclusión de los productores rurales de nuestro país, seguimos el postulado que, a contracorriente de la idea de que las poblaciones pobres se ubican fuera del sistema, plantea que el acceso de estas poblaciones a instituciones especialmente diseñadas para éstas les permite convertirse en miembros de la sociedad de segunda clase (Roberts, cit. en Saraví, 2009a: 25); es decir, estos procesos de exclusión son reforzados por otros de inclusión desfavorable (Saraví, 2009a: 26), en este sentido, podemos decir con Zygmunt Bauman que estas poblaciones

[están] "afuera", pero sólo de manera temporal: su estado de exclusión es una anormalidad que reclama a voces un remedio y exige una terapia; necesitan a todas luces que se les ayude a "volver adentro" lo antes posible. Son "el ejército de reserva de la mano de obra" y se les tiene que poner y mantener en buena forma para que puedan regresar al servicio activo a la primera oportunidad (2007: 49).

Desde esta perspectiva de análisis, planteamos que para un alto porcentaje de jóvenes mexicanos la escuela se ha convertido en una de las instituciones que coadyuvan a su conversión en miembros de la sociedad de segunda o tercera clase. Al respecto, la exclusión de la educación de una parte importante de los jóvenes habla por sí sola: según el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), en 2008, de 19 275 600 jóvenes de entre quince y veintinueve años, 7 319 600 no cursaron la primaria; 2 100 000 no fueron a la secundaria y 11 956 000 carecen de preparatoria (La Jornada, 2011). En su discurso de bienvenida a los alumnos de nuevo ingreso en 2010, el rector de la UNAM, doctor José Narro, señaló que sólo uno de cada tres jóvenes tiene acceso a la educación superior (La Jornada, 2010c). Esta situación se recrudece entre las poblaciones indígenas: de acuerdo con datos de la Sub secretaría de Educación Superior, sólo diez de cada cien indígenas estudiaron primaria, siete de cada cien tienen secundaria, cinco de cada cien cuentan con bachillerato y únicamente el 2 por ciento de esta población está matriculada en alguna institución de educación superior (La Jornada, 2011).

Esta exclusión también se ha expresado en procesos de empobrecimiento de la mayoría de los jóvenes: el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) –organismo desconcentrado de la Sedesol–, reveló que en 2008, del total de la población de entre doce y veintinueve años, que asciende a 34 800 000 personas: 14 500 000 personas viven en pobreza, 14 900 000 en pobreza multidimensional2 y 3 300 000 en pobreza extrema.3 Para el caso del estado de Puebla, el porcentaje de jóvenes en condición de pobreza multidimensional se eleva a 61.6 por ciento (CNN, 2010).

De acuerdo con el informe "Panorama de la Educación 2010" de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (ODCE) (La Jornada, 2010a), el 45 por ciento de los jóvenes entre quince y veintinueve años de edad no estudia ni trabaja. En el estado de Puebla, el 16 por ciento de los jóvenes se encuentra en esta situación (Murayama, 2010).

Según Abdala (2004: 27), podemos decir que el hecho de que las tasas de desempleo entre los jóvenes prácticamente dupliquen a las de los adultos, denota una "discriminación etaria en el mercado laboral". Sin embargo, quienes tienen empleo tampoco gozan de una mejor situación económica: el INEGI reveló que los jóvenes laboralmente activos devengan, en promedio, de uno a dos salarios mínimos (La Jornada, 2010b). En suma, "en un contexto de escasez de empleos y desregulación de las relaciones laborales, la fuerza de trabajo más joven está expuesta a condiciones laborales extremadamente precarias" (Oliveira, 2006: 38-39). Este escenario de precariedad ha traído como consecuencia que las experiencias de los jóvenes, en su proceso de transición a la adultez, no sólo sean distintas en relación con el sector social al que pertenecen, sino que, lo más

relevante y significativo es que estas experiencias son más extensas y fracturadas, menos previsibles e institucionalizadas [de lo que fueron en el pasado]. Por lo que pueden ser aprovechadas diferencialmente por los jóvenes, dando por resultado procesos de creciente desigualdad y polarización que se expresan para algunos en situaciones de exclusión social (Saraví, 2009a: 41).

Según Saraví (2009a: 33), la mayor extensión y fractura de estas experiencias es resultado de las profundas transformaciones ocurridas en las últimas décadas en cada uno de los tres pilares fundamentales sobre los cuales se estructuró el modelo del Estado benefactor: el mercado de trabajo, la familia y el Estado, que han dejado a amplios sectores de la población indefensos ante nuevos riesgos. La articulación de estos pila res constituía "una red de protección social que permitía reducir los riesgos que podían enfrentar los individuos en el transcurso de sus vidas" (Saraví, 2009a: 33), especialmente en los procesos de transición a la adultez. Asimismo, el género y la etnicidad son variables que generan matices en este tránsito (Saraví, 2009a: 38).

Como sabemos, hablar de juventud implica aludir a una edad cronológica transformada por la sociedad y por los grupos sociales de pertenencia en edad social, es decir, la juventud es una construcción social. Así, en las sociedades contemporáneas occidentales u occidentalizadas, como sería el caso de amplios sectores de la sociedad mexicana, la llegada a la adultez se asociaría con cuatro transiciones clave:

a) la transición del sistema de educación formal al mercado de trabajo; b) la formación de una nueva familia a través de la unión conyugal o la paternidad-maternidad; c) la obtención de la independencia residencial a partir del abandono del hogar de los padres y d) la búsqueda y construcción de una identidad propia (Saraví, 2009a: 37).

No obstante, en las comunidades indígenas de raíz mesoamericana, el tránsito a la adultez está marcado fundamentalmente por la unión conyugal. Así, por ejemplo, un joven de quince años que inicia una vida marital adquirirá el estatus de "señor" y las obligaciones comunitarias y familiares que ello implica.

En contrapartida, encontramos a hombres o mujeres mayores que han permanecido en la soltería, por lo cual su edad social es la de "muchacho viejo" o "muchacha vieja". Sin embargo, tal como Pérez Ruiz (2008: 17) lo ha advertido, la forma como los jóvenes indígenas enfrentan los cambios en las relaciones genéricas y generacionales, resultado en buena medida de sus experiencias escolares y migratorias, puede estar modificando los cánones tradicionalmente aceptados en el paso de la juventud a la adultez. Al respecto, Urteaga Castro Pozo (2008: 678) ha señalado que

las tres situaciones o factores más importantes que ha[n] hecho posible la producción o invención de una nueva condición etaria –la juventud (y adolescencia)– en el ciclo de vida de la población que habita en áreas y regiones rurales e indígenas son la migración, la introducción de la escuela secundaria y los medios de comunicación, aunque la migración es determinante en este proceso.

En este último sentido, Pérez Ruiz (2008: 26) observa que la migración genera una especie de "moratoria" o "negociación" en torno a algunas normas tradicionales –la temprana edad en la que debe contraerse el matrimonio, el momento para asumir las obligaciones adultas e incorporarse a las obligaciones sociales, entre otras–, presentándose como una vía para modificar las normas sobre la sexualidad entre los jóvenes.

La transición hacia la adultez, como consecuencia de la unión conyugal, que también se da entre los jóvenes de los sectores pobres no indígenas urbanos y rurales, implica en la mayoría de los casos el abandono escolar y la inserción en el mercado laboral. Esto no significa que ambos hechos no se den antes del matrimonio, pues la pobreza en la que hoy vive la mayoría de los jóvenes mexicanos los obliga a abandonar la escuela a edades tempranas, o a realizar alguna actividad para obtener un ingreso. Esta pronta incorporación al mercado laboral trae como resultado que la escuela pierda centralidad en la vida de los jóvenes.

En la medida en que "las demandas escolares compiten con otras preocupaciones y con frecuencia ocupan un segundo plano, la disposición y las expectativas hacia la escuela se trastocan [...]" (Saraví, 2009a: 213), dando lugar a lo que Saraví ha definido como "escuela acotada".4

 

EL MUNICIPIO DE PAHUATLÁN, UN CASO DE EXCLUSIÓN CON INCLUSIÓN

El municipio de Pahuatlán pertenece a una región donde (desde la época colonial) han convivido poblaciones nahuas, otomíes y mestizas, que se caracterizan en la actualidad por tener altos grados de marginación. En 2010, el municipio tenía un grado de marginación alto: ocupó el lugar 52 (de un total de 217) entre los municipios con mayor marginación en el estado y el lugar 547 (de un total de 2438) a nivel nacional (cat.microrregiones.gob.mx/catloc/default.aspx?tipo=clave...21, consultada el 16 de diciembre de 2011). De sus 34 localidades, sólo Pahuatlán de Valle, cabecera municipal –donde habita el 17.5 por ciento de la población– tiene marginación media, el resto presenta alta y muy alta marginación (Coespo, 2004: 46).

Este grado de marginación es patente en el plano educativo: en 2010, la escolaridad de la población del municipio fue de 5.6 años, 2.4 años menos que la presentada en la entidad (cat.microrregiones.gob.mx/catloc/default.aspx?tipo=clave...21, consultada el 16 de diciembre de 2011). En ese mismo año, mientras el 10.4 por ciento de la población de quince años y más del estado de Puebla era analfabeta (Tirzo, 2011), en el municipio, el 28.8 por ciento de este grupo presentaba la misma condición (cat.microrregiones.gob.mx/catloc/default.aspx?tipo=clave...21, consultada el 16 de diciembre de 2011). Las diferencias en este rubro por género son evidentes: en tanto que para los hombres la escolaridad fue de 4.6 años, para las mujeres fue de cuatro. Destaca, asimismo, que hubiera mayor analfabetismo femenino: de cada cien analfabetos, sesenta eran mujeres (Coespo, 2004: 46-47).

En cuanto a las diferencias marcadas por la etnicidad, en el cuadro 1 se aprecian los fuertes contrastes en los porcentajes de analfabetismo y los años promedio de escolaridad, atendiendo al origen étnico de los habitantes.

En la actualidad, todas las localidades del municipio cuentan con escuelas primarias y algunas con telesecundaria y bachillerato. En estos dos últimos niveles hubo un importante aumento de la oferta educativa en la última década: mientras en el ciclo escolar 2000-2001 había diez planteles educativos de nivel secundario y tres de bachillerato, en 2009 esta cifra se elevó a once y a siete planteles, respectivamente. Destaca que en este último año el número de alumnos matriculados en secundaria fue de 2105 y en bachillerato de 1225 (http//www.inegi.org.mx/sistemas/mexicocifras, consultada el 16 de diciembre de 2011); suponemos que esta marcada diferencia se relaciona con el hecho de que muchos jóvenes deciden migrar (mayoritariamente con fines laborales), al interior del país o a Estados Unidos, al concluir su educación secundaria. La única opción educativa de nivel superior con que cuenta la población del municipio es la Universidad del Desarrollo Sustentable (Unides), institución creada por la SEP estatal, que se estableció en la cabecera municipal en 2007 y que ofrece las carreras de Derecho, Administración de Empresas, Turismo y Docencia Universitaria.

En cuanto a la oferta laboral local, se observa en el cuadro 2 que el sector primario sigue siendo el más importante generador de empleos en el municipio; en segundo lugar, ubicamos el sector secundario y, finalmente, el terciario. A pesar de la patente importancia del sector primario, conviene anotar que éste no es un nicho laboral atractivo para los jóvenes; pocos se ocupan en las actividades agrícolas, la mayoría cifra sus expectativas en el trabajo asalariado en la región, fuera de ésta o allende las fronteras nacionales. La producción cafetalera en huertas familiares es una de las pocas actividades agrícolas (por no decir la única) que ocupa fuerza de trabajo asalariada, emplea fundamentalmente a varones mayores de cuarenta años y, en época de cosecha, destaca la contratación de mujeres y niños.

Las empresas o negocios que conforman los sectores secundario y terciario del municipio se definen por su precariedad, así como por generar empleos con esa misma característica. Se sostienen fundamentalmente con trabajo familiar, la escasa fuerza de trabajo asalariada que ocupan devenga muy bajos salarios y carece de prestaciones sociales. El sector secundario lo integran una maquiladora de camisetas, una cohetería y una "industria" de la construcción que se sustenta en la construcción de vivienda familiar, la cual ha sufrido una importante contracción en el pasado trienio, a raíz de la merma en el monto de las remesas que llegan al municipio desde Estados Unidos.

Por último, el sector terciario lo conforman pequeños negocios: tiendas de abarrotes, misceláneas, fruterías y verdulerías, papelerías, farmacias, cafés internet, tortillerías, panaderías, fondas, entre otros. Resulta interesante señalar el sustancial crecimiento del servicio de taxis, pues muchos de los que regresan de Estados Unidos invierten sus ahorros en la compra de un automóvil para el transporte público, por lo que hoy en día este servicio está totalmente saturado.

Mención aparte merece la producción de artesanías. La localidad otomí de San Pablito Pahuatlán es reconocida mundialmente por su producción de papel amate, también los sanpablitos se dedican a la confección de joyería de chaquira. En Xolotla y Atla, comunidades nahuas, el bordado de servilletas, blusas y camisas es una actividad importante entre las mujeres. Aunque la producción artesanal prioritariamente es de trabajo familiar, en el caso de la producción de amate destaca el empleo de mujeres y niños como trabajadores a destajo, por parte de quienes tienen asegurada la comercialización de su producción.

Las escasas oportunidades educativas y laborales existentes en el municipio han generado una movilidad histórica de la población. Hasta hace unas décadas, pobladores de este municipio, especialmente indígenas, migraban a la zona baja de la sierra, mayoritariamente a la región de La Ceiba, donde se ocupaban como jornaleros en las grandes fincas cafetaleras. La migración circular y permanente de mestizos e indígenas a las ciudades cercanas, entre éstas Tulancingo, en el vecino estado de Hidalgo, y la Zona Metropolitana del Valle de México, es práctica cotidiana de estas poblaciones.

En estas localidades laboran como estibadores en las grandes centrales de abasto, empleadas domésticas, meseras de fondas, jornaleros, albañiles; también se emplean en las cadenas de restaurantes Vips y Sanborns, en hoteles y en el campo. Asimismo, destaca una migración temporal de jóvenes nahuas a Zacatecas y Chiconcuac (Estado de México), donde se ocupan en florerías y puestos de ropa, respectivamente, así como en el servicio doméstico.

Paralela a esta migración interna, en los años cincuenta, algunos jóvenes (en su mayoría mes tizos de la cabecera municipal) se contrataron a través del Programa Bracero (1942-1964) para trabajar temporalmente en campos agrícolas estadunidenses. Esta experiencia no sentó precedentes para el flujo hacia Estados Unidos, que se iniciaría hacia fines de los años setenta, cuando varones de San Pablito, valiéndose de las redes migratorias gene radas por los otomíes de la localidad vecina de San Nicolás de Hidalgo, enfilaron sus pasos al estado de Texas, donde trabajaron en ranchos lecheros y granjas avícolas. Durante algunos años, estos trabajadores practicaron una migración pendular entre Texas, Florida y las Virginias, siguiendo las temporadas de cosecha de diversos productos.

Con el paso del tiempo, se mudaron a Carolina del Norte, donde, durante los primeros años, se ocuparon en los campos tabacaleros del condado de Raleigh. En 1994, inició una segunda etapa de esta migración, cuando mestizos y nahuas se incorporaron a este flujo. Hoy en día, la mayoría de los pahuatecos –hombres y mujeres, mestizos e indígenas– han hecho del condado de Durham su lugar de destino privilegiado; ahí laboran en las más diversas ramas: destacan la industria de la construcción, las maquiladoras, el trabajo doméstico, el cuidado de niños y la jardinería (D’Aubeterre y Rivermar, coords., 2011).

A partir de 2008, a raíz de la crisis de la economía estadunidense, que ha afectado especialmente al sector de la construcción, así como por el endurecimiento de la política migratoria del gobierno de Estados Unidos, ha habido un importante retorno de jóvenes originarios del municipio, quienes habían migrado en la última década a aquel país en búsqueda de mejores condiciones laborales y de vida. Reinsertos en sus localidades de origen, estos jóvenes ven pasar los días al frente de los precarios negocios que instalaron con los ahorros traídos del Norte, esperando que las condiciones en el otro lado mejoren para reemprender la aventura, pues aquí, en el terruño, no ven ninguna posibilidad para salir adelante.

Los testimonios que presentamos enseguida son de cuatro jóvenes cuyas vidas están marcadas por el abandono o la postergación de las trayectorias escolares, la maternidad/paternidad, la unión conyugal y la inserción al mercado laboral tempranas. Contrastaremos cada uno de estos eventos atendiendo a las diferencias de género y étnicas, con el fin de ubicar las divergencias y similitudes dadas por estas variables en el tránsito de la juventud a la adultez.

 

¿QUÉ PASA CON LA TRAYECTORIA ESCOLAR CUANDO SE TRANSITA AZAROSAMENTE A LA ADULTEZ?

Como consecuencia del ingreso temprano al mercado laboral, del que no salen nunca más por la necesidad de aportar económicamente al hogar de origen, los jóvenes se ven impedidos de continuar estudiando; abriéndose así un círculo de reproducción de la pobreza, pues al cortar su formación no pueden aspirar a empleos de calidad en el futuro (Abdala, 2004: 27).

Como señalamos antes, en tanto el curso de vida de jóvenes de clase media sigue lo que Ariza (2005: 65) denomina un "calendario normativo", cuyas transiciones se enlazan jerárquica y ordenadamente siguiendo la trayectoria que va desde la escolaridad completa-trabajo independiente-transiciones familiares, el de los jóvenes de sectores pobres carece de uniformidad. En algunos casos, la transición a la adultez entre estos jóvenes la define el abandono de la escuela-unión-hijo-separación; en otros, por el abandono de la escuela-trabajo remunerado-unión-hijo. Diremos, parafraseando a Ariza (2005: 64), que el tránsito a la adultez de los jóvenes pobres es precoz en relación con sus pares de sectores sociales más favorecidos.

Esta precocidad, como lo veremos en los siguientes testimonios, se agudiza por las diferencias de género y étnicas. Algunos autores (Pérez, cit. en Echarri, Pérez, 2007: 48) han observado que las mujeres residentes en localidades rurales muestran patrones más tradicionales, aun la generación más reciente tiende a experimentar el abandono de la escuela, la inserción en el mercado laboral, la salida del hogar pater no, la primera unión y el nacimiento del primer hijo a edades más tempranas, en compa ración con su similar urbana.

Tomando en cuenta estas consideraciones, enseguida analizamos los testimonios, pero antes es importante señalar que, dada la escasa información recopilada sobre el curso de vida entre varones indígenas, en este apartado examinaremos sólo los dos testimonios de las mujeres (una mestiza y la otra otomí) y el del varón mestizo.

Rocío, oriunda de Ahíla, comunidad mestiza de la cabecera municipal, tiene veinte años de edad, fue madre a los dieciocho, cuando estudiaba el bachillerato. Al enterar se de que estaba embarazada, su novio ya había decidido irse a Carolina del Norte, por lo que Rocío decidió esperar hasta que él se encontrara en aquel lugar para darle la noticia:

– ¿Y qué te dijo cuando le dijiste que estabas embarazada?

¡Huy! estaba yo llorando o riéndome. Y dice "¿Te estás riendo?". Y yo "No". "¿Estás llorando?" "No, me estoy riendo", le decía. "Pues es que no sé qué siento", le digo. O sea, no sabía qué hacer ni qué decirle. Al principio como que dijo "¿Qué vamos a hacer?" Y yo le dije "No sé, tú dime". Y dice "¿Cuántos meses tienes?" Y ya le expliqué.

Iba yo en el bachillerato allá en Ahíla, entonces dijo: "¿Vas a dejar de ir a la escuela?" Y le dije: "Sí". Él venía al bachillerato aquí, en Pahuatlán, y sabía que sí permitían a muchachas embarazadas, entonces me dijo: "Pues vete allá, cámbiate de bachillerato, allá sí te aceptan". Yo no quería, si no hubiera sido por él no estuviera aquí, en la universidad, porque igual me daba pena, en ese tiempo, cuando apenas te enteras, ya después ya no.

Ya después seguí yendo al bachillerato, inclusive yo fui al bachillerato y le fui a decir al director: "¿Sabe qué? Deme mis papeles porque ya me voy, estoy embarazada y pues yo creo que aquí no me aceptan así". Y el director dice: "No, quédate, ya te faltan unos cuantos meses para salir". Me faltaba un año, yo salía en mayo, junio del siguiente año. Me dio chance el director y ya pasó noviembre, nació mi niña y volví a entrar en enero, volví a hacer mis exámenes, todos los hicimos en ese tiempo. Y ya salí en mi graduación, me llevé a mi niña, todo bien.

Y sí, me puse a estudiar porque él [el padre de su hija] me dijo: "Échale ganas" y mi mamá igual. Todos me apoyaron, todos, de no haber sido por él y por mis papás no hubiera hecho nada. Salí el año pasado, en el 2006, y se abrió la convocatoria en la Unides en agosto, entramos en septiembre. Salí del bachillerato y como que me sentí rara y yo dije: "Pues, qué hago". Y pues la universidad se abrió y dije: "Ah, pues me voy para allá". O sea, no me quedé así, sin estudio, porque me aburro. A pesar de que tenía a mi niña, era una razón para quedarme, pero no [lo hice].

– ¿Cuáles son tus planes ahora?

Pues ahorita que empecé la carrera de Docencia no me gustaría dar clase, bueno sí, es lo que estoy estudiando, pero me gustaría trabajar en lo que me gusta y educar a mi niña yo sola. Bueno, no yo sola, pero si él [el padre de su hija] está, pues que también él la cuide. O sea, pues terminar más que nada mi carrera, a mí me gusta entrarle a todo, si dicen que hay una convocatoria pues yo voy. Pues haz de cuenta que mi mamá dice que uno nunca deja de estudiar y le digo: "Yo quiero aprender a hacer pan", le digo.

Como se observa, la posibilidad de que Rocío continuara su trayectoria escolar estuvo dada por el importante capital social con que cuenta. Su madre se hace cargo del cuidado de su niña y su novio le envió dinero para la manutención de su pequeña hija hasta unos meses antes de haberla entrevistado (a fines de 2007), "pero ahorita ya no, en este año la situación está crítica y no me ha mandado porque no tiene trabajo o a veces tiene y a veces no, y yo tampoco me siento así de exigirle". Entre semana se hospeda en la casa de la hermana del padre de su hija, a quien ayuda con el cuidado de sus niños y el trabajo doméstico, lo que le permite ahorrar un poco de dinero al no tener que regresar todos los días a Ahíla. Vale la pena anotar que su madre ejerció durante un tiempo como profesora de educación básica, por lo que siempre la ha alentado a continuar en la escuela.

Sin negar la importancia de la ayuda que su madre le brinda con el cuidado de su hija, cuando Rocío se encuentra en la cabecera municipal atendiendo sus actividades escolares y laborales, y del gran apoyo que para ella representa en términos afectivos su familia, los recursos materiales con los que cuenta para continuar su trayectoria educativa son precarios. Rocío es la cuarta de diez hermanos, los tres más grandes residen en Estados Unidos, en donde tienen sus propias familias, y los seis más pequeños viven con sus padres en Ahíla. Su padre, quien está enfermo, se dedica a la agricultura, y su madre, además de ayudar en el trabajo del campo, se hace cargo del cuidado de sus hijos y de su nieta, así como de las labores domésticas. Además, Rocío ve muy remota la posibilidad de iniciar una relación conyugal con el padre de su hija si llegara a regresar algún día a Pahuatlán.

En suma, diremos que Rocío está prácticamente sola en esa empresa que se llama "ser adulto", que implica, en su caso, como en el de muchas jóvenes que comparten sus condiciones, no sólo velar por su propio bienestar, sino también por el de su pequeña hija, por lo que su futuro también está plagado de incertidumbre. Todo esto es una evidencia de los escollos estructurales a los que alude Ariza (2005), con que los jóvenes de los sectores pobres, en especial las mujeres, se enfrentan para continuar una trayectoria escolar que supondría en el futuro una inserción al mercado laboral en condiciones menos desfavorables.

La historia de Julia, otomí originaria de San Pablito Pahuatlán, de veinticuatro años de edad, casada y madre de un niño, en algunos aspectos es similar y en otros contrasta con la experiencia de Rocío. Cuando se "fugó" con su novio tenía dieciocho años y estudiaba el bachillerato:

– ¿Se fueron a casa de los papás de tu esposo?

No, nos fuimos para México.

– ¿Y por qué se fueron para México?

Porque tenía miedo de que mi mamá no me aceptara con mi novio. Ya después le hablé para decirle dónde estaba yo.

– ¿A dónde fue a trabajar tu esposo?

Como a él se le hace difícil hablar bien el español, se le hacía difícil encontrar trabajo y todo. Yo hablé con la señora de la fábrica de mangueras, porque mi hermana había trabajado con ella, y me preguntó que con quién andaba y le dije que con este muchacho, pero no le dije que era mi esposo, pero ya luego nos dio el trabajo a los dos. Nos quedamos allá un año exactamente y entonces regresamos.

– ¿Por qué se regresaron?

Porque como nosotros teníamos [beca de] Oportunidades llegó mi nombre, que según estaba en el bachiller, y me habló mi mamá y me dijo "¿Qué les parece si regresan a la escuela? Ya hablé con los maestros y si quieren y aceptan que nunca es tarde para estudiar". Y yo le dije a mi esposo: "¿Qué dices?". "Bueno [me dijo él], si es así nos vamos juntos, yo sigo en mi escuela y sigues tú en la tuya". Y nos venimos. [Ahora] los muchachos todos le hacen así, parece que dimos el ejemplo.

– ¿Y a dónde vinieron a vivir?

En casa de mis suegros. Empecé a hacer papel amate. No sabía yo, porque no trabajé en eso antes, pero me salía bien. Y como yo tenía Oportunidades, a mi mamá le llegaba el dinero y me lo daba y con eso nos manteníamos, tanto él como yo.

– ¿Y alcanzaste a terminar así el bachillerato?

No, nomás fui un año.

– ¿Y por qué no seguiste?

Ya no quise porque me embaracé. Los maestros me dijeron: "Pero no es nada, ya si te alivias vas a suspender dos meses y nada más y vuelves a la escuela, el chiste es que cumplas con tus trabajos y todo, te mando las tareas y todo y le digo a un compañero que estudie para que te ayude". Pero como está bien lejos ya no quise ir.

– ¿Pero tu esposo sí terminó?

Sí terminó. Yo le dije: "Estudia, aunque tenga que trabajar, te apoyo". Y así lo apoyaba en todo y por eso terminó su bachillerato.

Aunque Julia, al igual que Rocío, contó con el apoyo de su madre para reanudar su trayectoria escolar estando ya unida, es claro que no tuvo el capital cultural necesario para superar las dificultades que representa continuar en la escuela con un emba razo a cuestas, en un entorno comunitario y familiar en el que esta situación es fuertemente censurada. Además, en el caso de Julia, como en el de muchas otras mujeres no sólo de los sectores pobres, sino también de otros sectores sociales, esta imposibilidad está marcada por mandatos de género que obligan a las mujeres a abandonar o posponer proyectos individuales, en aras de brindar apoyo a la pareja para que concluya sus propios planes.

Resulta relevante detenernos a analizar el comentario de Julia, en el sentido de que su experiencia fue un precedente importante para hombres y mujeres jóvenes de la localidad que enfrentan situaciones similares a la vivida por ella y su pareja. San Pablito Pahuatlán es una comunidad indígena sumamente tradicional, en donde los espacios genéricos están claramente acotados. Sin embargo, a pesar de la vigencia del mandato que confina a las mujeres desde edades tempranas al espacio doméstico, la presencia en la localidad de la secundaria y, posteriormente, del bachillerato hace ya más de una década, así como la importante mediación de los profesores para que las jóvenes no abandonen la escuela, han generado significativos cambios en este terreno, algunos de los cuales se relacionan con la posibilidad de elegir a la pareja sin la intermediación de los padres y que las mujeres ocupen espacios públicos –como la escuela– cuando están embarazadas o cuando son madres. Al respecto, coincidimos con Urteaga Castro Pozo (2008: 685), quien señala que la escuela es

el espacio donde los jóvenes y las jóvenes se van formando y conformando como personas, con los valores y modelos de conducta que fomentan una mayor individualidad y poder de decisión y elección, y en ese sentido permean las percepciones juveniles sobre los roles tradicionales que se les tenían asignados, particularmente en lo que refiere al noviazgo y al matrimonio, así como a sus aspiraciones laborales y de vida.

Por otro lado, uno de los aspectos que Julia comparte con Rocío es la precariedad económica de su familia. Su madre es viuda, vende dulces, refrescos y frituras a la puerta de su miserable casa. Su hermano regresó hace poco de Estados Unidos con unos cuantos dólares en la bolsa, que invirtió en la compra de instrumentos musicales para organizar un grupo, por lo que se fue a vivir a una localidad en donde no había tanta competencia. A los pocos meses de emprendida esta empresa fracasó y regresó a vivir junto con su reciente pareja a San Pablito, donde nació su hijo. El esposo de Julia, quien vive en Texas, dejó de enviarle dinero hace algún tiempo y aunque cada año pro mete regresar, hasta la fecha esto no ha sucedido. En este escenario, Julia, al igual que Rocío, como lo veremos en el siguiente apartado, ha tenido que ocuparse en las más di versas actividades para mantenerse ella y a su hijo, así como para ayudar a su madre.

El siguiente testimonio nos permitirá ubicar las diferencias de género en relación con el abandono o la posposición de la trayectoria escolar y el curso de vida. Carlos, joven mestizo originario de la cabecera municipal, tiene veintiocho años de edad, se casó a los dieciséis y es padre de dos hijos. A los dieciocho años, estando ya unido y habiendo procreado una hija, emprendió el camino a Estados Unidos, entonces suspendió sus estudios de bachillerato:

– Cuando te fuiste a Estados Unidos ¿qué edad tenías?

Dieciocho años.

– ¿Hasta qué año habías estudiado?

Cuando me fui, tuve que interrumpir la preparatoria.

– ¿Por qué decidiste dejar la escuela e irte a Estados Unidos?

Porque yo sentí que en ese momento me hacía falta dejar un rato los estudios para darle algo a mi familia, pero nunca perdí la idea de estudiar. Pero sentí la necesidad de empezar a reacomodar, primero lo primero: atender a mi familia, a mi esposa y mi hija. Ahora, además de dedicarme al comercio también estoy estudiando Derecho en la Unides. Habiendo terminado la universidad, quiero ver si me voy tres años a Puebla a estudiar Administración Pública.

Una de las primeras cosas que llamó poderosamente mi atención al revisar esta entrevista fue que Carlos, a diferencia de Rocío y Julia, no abunda sobre su unión conyugal y paternidad tempranas. Una posible explicación de esto se relaciona con el hecho de que, en tanto las dos mujeres fueron entrevistadas por investigadoras y alumnas, Carlos fue entrevistado por un investigador, para quien los significados de estas experiencias no eran de su interés (al respecto, véanse Bordieu, Chamboredon y Passeron, 2008). A pesar de estas limitaciones en la información, advertimos que para Carlos la posposición de su trayectoria escolar se relaciona con lo que Saraví (2009b: 101) ha denominado "la capacidad de generar ingresos", que "constituye la esencia de la imagen de hombre proveedor, fuertemente asociada con la identidad de adulto y masculina", lo que se expresa de manera nítida en su idea de que lo prioritario en el momento en que decide dejar la escuela para irse a Estados Unidos era atender a su esposa y a su hija.

Asimismo, a diferencia de Rocío, con quien comparte el origen étnico, Carlos cuenta con mejores condiciones para culminar una carrera universitaria, el sustento de esta posibilidad es su importante capital social. En la actualidad, él y su familia viven en la casa de sus abuelos, a quienes reconoce como sus padres por haberlo criado, y tiene el apoyo de su esposa para atender su negocio.

En suma, planteamos que Carlos posee más recursos materiales y simbólicos que Rocío y Julia. El importante acompañamiento con el que ha contado en su tránsito a la adultez le permitirá, eventualmente, mejorar su condición socioeconómica y, con ello, la de su familia, lo que corrobora lo comentado por diversos autores (Saraví, 2009a; Goes Pereira, 2008, y otros) en el sentido de que el diferente aprovechamiento de las experiencias vividas por los jóvenes redunda en procesos de creciente inequidad y polarización, que se expresan para amplios sectores en exclusión social. Así, tal como lo observamos en los testimonios anteriores, la formación escolar puede convertirse en una posibilidad para los jóvenes de seguir un camino diferente del de sus pares, parientes y vecinos, cuando las condiciones locales de vida son difíciles.

 

LA INSERCIÓN EN UN MERCADO LABORAL PRECARIO

Marina Ariza (2005: 43) ha anotado que la incorporación en el mercado laboral de los jóvenes comúnmente se caracteriza por la inestabilidad y la discontinuidad en el ca mino hacia la independencia económica, lo que se recrudece cuando esta inserción ocurre simultáneamente a la escolarización, o mientras se sigue viviendo en la casa de los padres o de otros adultos mayores, factores que favorecen la inserción de esta fuerza de trabajo en empleos precarios.

Como se ha dicho, la falta de oportunidades laborales a nivel local obliga a los jóvenes del municipio de Pahuatlán a desplazarse dentro del país o a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades de trabajo y de vida. En este escenario, la migra ción, concebida como una transición, es un evento que favorece la disrupción o el replanteamiento de las trayectorias de vida de estos jóvenes (Ariza, 2005: 46).

Por otro lado, Echarri y Pérez (2007: 52) han detectado diferencias en el inicio de la vida laboral, atendiendo tanto al género como al lugar de residencia. Según estos autores, siguiendo los patrones del mercado laboral mexicano, los varones empiezan a trabajar antes que las mujeres: la tasa de varones que inician su vida laboral antes de los quince años de edad es 22 puntos porcentuales más alta que la de las mujeres. Además, en las localidades rurales la tasa de hombres y mujeres que se incorporaron al mercado laboral antes de los quince años es más alta que la de sus similares en localidades urbanas: 14 por ciento en el caso de las mujeres y 6 en el de los hombres. Esta situación la corrobora Oliveira (2006: 41), quien indica que "la precariedad laboral de las y los jóvenes menores de veinte años, definida de acuerdo con sus niveles de ingreso, jornadas de trabajo y prestaciones laborales, es más acentuada en las localidades menos urbanizadas [...]".

Enseguida, a partir de los testimonios de Rocío, Julia, Carlos y Armando, joven otomí oriundo de San Pablito Pahuatlán, cuyo caso se abordará más adelante, analizamos las características de los empleos que ocupan jóvenes rurales pobres, así como algunas de las razones que los obligan a insertarse en el mercado laboral a temprana edad.

Rocío refiere como razones fundamentales para iniciar su vida laboral la difícil situación económica que sus padres enfrentan al tener que mantener a una familia numerosa y el hecho de que el padre de su hija dejó de enviarle dinero. Trabaja los fines de semana como encargada de un café internet en la cabecera municipal. Además, a cambio de ayudar a la hermana del padre de su hija, Rocío cuenta con hospedaje y, probablemente, con alimentación seis días a la semana:

– ¿Por qué decidiste entrar a trabajar?

Pues no me alcanza. Lo de la escuela y luego [...]. Yo les pedía dinero a mis papás y pues yo veía que igual se las veían duras. Pues ¿te imaginas? Son seis niños, seis chavos en la escuela, conmigo siete. ¡Está cruel!

– ¿En qué trabajas?

Ahorita estoy trabajando los fines de semana en el ciber, atiendo las computadoras y todo lo que me pidan. El viernes me voy a mi casa, es el único día que tengo para irme a mi casa. En la semana estoy aquí, ayudándole a Gaby, le hago de comer a los niños, como ella no está todo el día.

– ¿Cuánto ganas?

En el ciber me paga la muchacha 200 pesos, no, 150 los dos días, y es todo el día de nueve a nueve, y ya salgo muy tarde. Una vez llegué aquí, creo, a las once, porque luego te piden trabajos, si no los terminas pues tienes que acabarlos.

– ¿Te ayudan tus papás a cuidar a tu niña?

Sí me ayudan. El papá de ella está en Carolina y pues igual me manda, pero la situación allá está crítica, bueno este año está crítica, porque el pasado sí me ayudó. Y por eso también decidí entrar a trabajar. Cuando me mandaba dinero pagaba yo todo, pero ahorita ya no.

Julia empezó su vida laboral cuando tenía diez años, elaborando sencillas artesanías de chaquira. Más tarde, al emparejarse, se incorporó al trabajo asalariado en la ciudad de México. Cuando regresó a San Pablito retomó la producción de artesanías de chaquira y aprendió a hacer papel amate. Hoy en día labora como promotora de salud y encargada de educación inicial, asimismo apoya a su madre en la venta de golosinas y refrescos:

– ¿A qué edad comenzaste a trabajar?

Como a los diez años. Llegando de la escuela hacía yo chaquira, por ejemplo, pulseritas, diademas, lo que pudiera yo hacer, y con eso nos ayudábamos.

– Cuando te fuiste a México ¿trabajaste fuera de tu casa?

Sí, cuando me junté con mi esposo trabajé en una fábrica en México, haciendo mangueras.

– Y cuando nació tu bebé ¿en qué trabajabas, seguías con el papel amate?

Sí, porque ya ves que los niños cuando nacen se la pasan todo el santo día durmiendo.

Pero no me puse a hacer papel amate luego, luego, tardé como tres meses.

– ¿Y qué hacías con el dinero que ganabas de tu papel?

Era para mis suegros. Pero como aparte hacía chaquira en las tardes, con ese dinero me quedaba yo.

– Ahora ¿en qué trabajas?

Aquí, en la clínica.

– ¿Cuál es tu trabajo?

Soy promotora de salud y la encargada de educación inicial.

– ¿Desde cuándo empezaste a trabajar aquí?

Hace dos años; va a ser tres años en septiembre.

Carlos incursionó en el mundo laboral a los dieciséis años, al iniciar su vida conyugal. Entonces se ocupó como encargado de una ferretería en San Pablito. Dos años ocho meses después, tal como él lo anota, ante la precariedad de los salarios que se pagan en Pahuatlán, decidió irse a Durham, Carolina del Norte, en donde se empleó como carpintero en la industria de la construcción. Al regreso de su última estancia en aquella ciudad, invirtió sus ahorros en una tienda de abarrotes, negocio que cerró ante el aumento de la renta del local en el que se encontraba. Entonces instaló una pequeña miscelánea en su casa, pero tampoco le dio el resultado esperado. En la actualidad, Carlos, junto con su esposa, tiene a su cargo las cooperativas del bachillerato y de la Unides:

– ¿Qué fue lo que te motivó a irte a Estados Unidos?

Los sueldos aquí son muy bajos, no hay suficiente empleo, yo creo que en Pahuatlán los círculos ya están cerrados. Antes de irme, yo estuve en San Pablo, de encargado de una ferretería, entonces un vecino me dijo: "Vente a Estados Unidos". Empecé a sentir la necesidad de irme porque quería tener un patrimonio estable. Cuando decidí irme, mi hija tenía 2 años 8 meses para ser exacto. Y pues me fue bien, gracias a Dios, junté para mi negocio.

– ¿Cuándo te fuiste la primera vez?

En 1999, entonces me quedé por allá tres años. Fue muy duro para mí, fue una de las experiencias más importantes que he tenido en mi vida. Me fui siendo ya padre de familia, la razón por la cual me fui fue para brindarle un mejor futuro a mi familia. Me fui a Durham, en Carolina del Norte. Ahí estuve trabajando en carpintería, trabajé tres años. He ido ya cinco veces, siempre he trabajado en lo mismo.

– ¿Regresarías?

Sí, no pierdo la idea, pero yo pienso que ya en otra situación.

Armando, otomí originario de San Pablito Pahuatlán, tiene veintiocho años, es casado y padre de tres hijos. A diferencia de Rocío, Julia y Carlos, Armando sólo cursó la primaria, pero, igual que aquéllos, inició su vida laboral tempranamente. Cuando tenía quince años se ocupó vendiendo flores en los campos de cultivo de San Andrés Totoltepec, pueblo de la delegación Tlalpan, en la ciudad de México. Al año siguiente se dirigió al condado de Raleigh, Carolina del Norte, donde se empleó en los campos tabacaleros y en la industria de la construcción. Hoy radica en San Pablito trabajando en la producción de papel amate:

– ¿Hasta qué año de la escuela fuiste?

Nomás fui a la primaria.

– ¿Cuándo fue la primera vez que fuiste a Estados Unidos?

La primera vez que me fui a Estados Unidos tenía 16, 17 años. Estaba yo soltero, después vine y ya me junté.

– ¿Cuánto tiempo estuviste por allá?

Como seis años y medio.

– ¿Cuántas veces has ido para allá?

Varias veces.

– Antes de irte ¿en qué trabajabas aquí?

En México, en San Andrés Totoltepec, trabajaba en el campo, vendiendo rosas.

– ¿Cuántos años trabajaste allá?

Poquito, poquito tiempo, como un año.

– ¿Luego ya te fuiste para el otro lado?

Sí.

– ¿A dónde fuiste la primera vez?

A Raleigh, ahí trabajé en los campos de tabaco y en una compañía de armar techos.

– ¿Cuánto te pagaban?

Trescientos dólares a la semana por diez horas al día.

– ¿Por qué te regresaste?

Es que, bueno [...] estábamos tomando, manejamos el carro briagos y me quedé dormido en un semáforo. Por eso nos agarró la policía y nos echaron pa’fuera.

– ¿Quién vive en esta casa Armando?

Mi esposa y mis hijos.

– Estando ya casado ¿nunca viviste con tus papás?

Sí, antes vivíamos allá, en la casa.

– ¿Tú compraste este terreno con lo que trajiste de allá?

Sí, con la primera vez que fui.

Como observamos, estos cuatro jóvenes, al igual que la gran mayoría de la población juvenil del municipio de estudio, iniciaron su vida laboral a temprana edad debido a tres razones fundamentales: la pobreza de sus hogares de origen, la unión conyugal y la maternidad/paternidad tempranas. El empleo informal –comercio y producción de artesanías–, el empleo como encargados de negocios, que no ofrece ninguna prestación social, es temporal, de tiempo parcial y devenga muy bajos salarios, así como la migración tanto dentro del país, como a Estados Unidos, en donde también se ocupan en empleos precarios, han sido la norma en la experiencia laboral de estos jóvenes. Con Abdala (2004: 18-19) y Saraví (2009a: 207) concordamos en que, al igual que la mayoría de los jóvenes pobres de nuestro país, quedan atrapados en empleos precarios e inestables como resultado de la carencia de credenciales educativas, destrezas, aptitudes, perfil actitudinal y comportamental y redes sociales.

A pesar de que la precariedad es la característica de las ocupaciones en que se emplean estos jóvenes, se advierten importantes contrastes que atienden las diferencias de género y étnicas. Mientras que las redes que han permitido a los varones desplazar se fuera de la localidad en búsqueda de empleo están conformadas por hombres con experiencia migratoria, las mujeres han tenido el apoyo de otras mujeres –madres, parientas o amigas– para incorporarse al mercado laboral local o regional.

Por otro lado, como lo ha señalado Murillo López (2005: 265), la pertenencia étnica –auna da a otros factores individuales, familiares y del entorno comunitario– es una varia ble estrechamente relacionada con el abandono escolar y la incorporación temprana al mercado laboral de los jóvenes indígenas. Esta situación es evidente en el caso de Julia y Armando, en tanto que la primera, a diferencia de sus pares mestizas, abandona su trayectoria escolar debido a su embarazo; Armando inicia su vida laboral habiendo cursado apenas la primaria.

Los contrastes marcados por las diferencias étnicas entre los hombres del municipio que migran por razones laborales también son patentes. Mientras que los otomíes, como es el caso de Armando, se han ocupado en algún momento de su vida laboral en actividades agrícolas, los mestizos no han incursionado en ese espacio laboral. Resulta interesante detenernos en la explicación que da Carlos sobre los diferentes empleos que otomíes y mestizos ocupan en Carolina del Norte y las razones de estas diferencias:

– ¿Tú ves que la gente de San Pablito se emplee en cosas diferentes de las de ustedes?

Sí, en cosas menos riesgosas. Por ejemplo, el de San Pablo trabaja más en restaurantes, trabaja mucho la yarda, cortar el césped, el pasto, también se emplean en la pintura, en los acabados, hay un porcentaje fuerte que se mete a las fábricas para hacer las cabrillas, la pintura que va encima de las casas. Uno hace los techos de las casas.

– ¿Por qué será que ellos trabajan en cosas distintas? ¿Ganan menos?

Ganan menos, es un sueldo menor pagado.

– ¿Por qué hay diferencias entre uno y otro? ¿A qué le atribuyes tú las diferencias entre los de aquí y los de allá?

Para empezar, la responsabilidad, porque trabajar en la construcción es un trabajo de más responsabilidad, de más peligro, por los riesgos, por las precauciones que hay que tomar para hacer una casa, supongamos, a cierta altura.

 

CONSIDERACIONES FINALES

El análisis de las experiencias de estos cuatro jóvenes ratifica lo dicho en el sentido de la carencia de uniformidad que define el curso de vida de los jóvenes de sectores pobres de nuestro país, carencia que, como hemos observado, deriva de la inclusión excluyente en que hoy se desenvuelven las vidas de estos jóvenes. Inclusión en un sistema educativo en el que la baja calidad de la enseñanza les negará las credenciales necesarias para insertarse en empleos de calidad; inclusión en sectores de baja productividad que les impedirá remontar la pobreza de sus hogares de procedencia. En fin, inclusión en una sociedad que los arrincona en los bordes.

Asimismo, tal como lo ha acotado Marina Ariza (2005: 46), la migración, concebida como una transición, es un evento que favorece la disrupción o el replanteamiento de las trayectorias de vida de los jóvenes de sectores pobres; disrupción que no sólo experimentan quienes salen de sus localidades de origen, sino también quienes se quedan, como en el caso de Rocío y Julia, para quienes la migración de los padres de sus hijos las obligó a asumir una serie de responsabilidades y a ocupar espacios antes vedados para ellas.

Sin embargo, una diferencia entre estas dos jóvenes se relaciona con el hecho de que mientras Rocío es madre soltera y vive en casa de sus padres, Julia, en tanto mujer casada, tuvo que permanecer un tiempo en casa de sus suegros cuando su marido se fue a Estados Unidos, lo que la obligó a aportar una parte de sus ingresos al gasto familiar.

Sin negar la validez de lo dicho por Urteaga Castro Pozo (2008) en el sentido de que, en la búsqueda de hacerse adultos, tanto hombres como mujeres que habitan las zonas rurales de nuestro país y especialmente los indígenas, "encuentran nuevas formas de relacionarse fuera de las establecidas por la tradición y la comunidad", habría que preguntarse, tal como lo hace Bauman (2007: 11) "cómo modifican estas novedades la variedad de desafíos que tienen ante sí hombres y mujeres en su vida diaria; cómo, de manera transversal, influyen en el modo en el que tienden a vivir sus vidas".

Por último, quisiera reflexionar en torno a la idea de que la migración y la escuela son vistas como una vía para modificar las normas sobre la sexualidad entre los jóvenes indígenas. Sin negar la veracidad de esta afirmación, diría que, en general, las mujeres jóvenes residentes en localidades rurales, en particular indígenas, como hemos advertido en los testimonios aquí analizados, siguen mostrando patrones tradicionales en relación con su sexualidad, la edad a la que inician su unión conyugal y a la que tienen su primer hijo y los patrones de residencia.

Esto me lleva a pensar que todavía queda un largo trecho por recorrer en el estudio del tránsito a la adultez de las y los jóvenes que habitan en localidades rurales e indígenas de nuestro país, y que los interesados en el tema habremos de elaborar o replantear nuevas herramientas teóricas y metodológicas que den cuenta de estos asuntos, considerando tanto los cambios producto de la globalización, como las permanencias resultado de los intentos de estas poblaciones de asirse a algo que les per mita tener ciertas seguridades en un mundo marcado por la "transitoriedad, indeterminación y provisionalidad" de las que habla Bauman (2007).

 

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Notas

* Este trabajo es parte del proyecto "Circuito migratorio Pahuatlán, Puebla-Durham, Carolina del Norte: educación y diferenciación social", que contó con apoyo de la Vicerrectoría de Investigación y Estudios de Posgrado de la BUAP y del Departamento de Sociología de la Universidad de Duke. Una primera versión del presente texto fue presentada como ponencia en el XXIX Congreso Internacional de Lasa, Toronto, Canadá, 6-9 de octubre de 2010.

1 Este municipio se ubica en la porción noroeste de Puebla, a 215.7 km de la ciudad capital. Colinda al Norte con el municipio de Tlacuilotepec y el estado de Hidalgo, al Sur con los municipios de Naupan y Tlacuilotepec y al Poniente con el municipio de Honey y el estado de Hidalgo. En 2010 contaba con 20 618 habitantes.

2 "una persona se considera en situación de pobreza multidimensional cuando sus ingresos son insuficientes para adquirir los bienes y los servicios que requiere para satisfacer sus necesidades y presenta carencia en al menos uno de los siguientes seis indicadores: rezago educativo, acceso a los servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación" (Conapo, 2010: 13).

3 "[Se] habla de pobreza extrema o pobreza absoluta para referirse a la falta de ingreso necesario para satisfacer las necesidades de alimentación básicas. Estas últimas se suelen expresar en términos de requerimientos calóricos mínimos" (Martínez, 2004), http://www.eumed.net/tesis/amc/11.htm, consultada el 3 de abril de 2011.

4 Al respecto, cabe indicar que en una encuesta aplicada a estudiantes de tercer grado de secundaria y bachillerato de cuatro localidades del municipio de Pahuatlán, Puebla, un alto porcentaje de los estudiantes de la comunidad otomí de San Pablito Pahuatlán anotaron como primera actividad el trabajo artesanal y como segunda la escuela. Este hecho corrobora lo acotado por Saraví (2009a: 213), en el sentido de que una de las consecuencias de la pérdida de centralidad de la escuela es la generación de "una creciente prioridad del trabajo sobre la escuela entre los propios jóvenes [...]".

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