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Norteamérica

versión On-line ISSN 2448-7228versión impresa ISSN 1870-3550

Norteamérica vol.4 no.1 México ene./jun. 2009

 

Reflexiones: Apuntes bibliográficos

 

Estados Unidos y el mundo en el siglo XXI

 

Arturo Borja Tamayo*

 

*Director ejecutivo de Comexus y profesor afiliado de la División de Estudios Internacionales, CIDE. arturo.borja@comexus.org.mx.

 

¿Veremos en el siglo XXI el fin de Estados Unidos como la gran potencia dominante en la política internacional? ¿Está Estados Unidos en camino de perder las ventajas comparativas en materia económica, tecnológica y militar que lo han colocado por encima de las otras grandes potencias en el último siglo? ¿Contemplaremos en el siglo XXI el desplazamiento de Estados Unidos por nuevas potencias como China y la India o por potencias que ya han desempeñado ese papel anteriormente, como Europa y Rusia?

Estas preguntas aparecen recurrentemente en el debate político estadounidense. En la coyuntura más reciente, los serios problemas y limitaciones que enfrentó la política exterior del presidente Bush hijo –con las intervenciones militares en Irak y Afganistán, que se extendieron por más de seis años– y la profunda crisis financiera, que desde Estados Unidos se ha extendido al resto del mundo, han producido una serie de libros que plantean la cuestión de la posible decadencia de Estados Unidos. Las respuestas y argumentos que el lector encuentra en estos trabajos son muy variados. En ocasiones se complementan y con frecuencia también se contradicen. En este ensayo bibliográfico se comentan cinco de estos libros, seleccionados tanto por el peso de sus argumentos, como por la difusión que han logrado entre el público lector de Estados Unidos.

Un primer acercamiento al tema lo encontramos en el trabajo de Andrew J. Bacevich titulado Los límites del poder. El fin del excepcionalismo americano. El libro forma parte de un proyecto colectivo titulado The American Empire Project, que ha producido en los últimos años obras de autores como Chalmers Johnson (2006) y Noam Chomsky (2003), quienes comparten una visión crítica de la política y del Estado norteamericano.

El argumento central de Bacevich es que los graves problemas que enfrenta la sociedad estadounidense no son el resultado de los acontecimientos externos, sino del modelo de vida que ha adoptado su sociedad y el papel de los intereses que han atrapado al Estado, volviéndolo prisionero de una ideología de seguridad nacional que da como resultado una postura expansionista que prácticamente justifica la intervención armada de Estados Unidos en cualquier parte del mundo. Todo esto con la excusa de defender la libertad y la democracia.

Esta ideología, que determina márgenes muy estrechos para el debate en Washington, no es algo nuevo. El autor nos dice que los orígenes de esta complicada situación actual se remontan a la presidencia de Truman durante la segunda posguerra. De ahí en adelante, y siempre con el manejo hábil de la amenaza externa, los distintos gobernantes fueron alterando la esencia del sistema político, creando la "presidencia imperial" y trastocando el equilibrio entre los tres poderes de la Unión y el sistema de pesos y contrapesos diseñado por los padres fundadores de la república americana. Nos dice también que los estadounidenses se acostumbraron a la abundancia y a la expansión imperial que permitiría la continuación de ese estilo de vida. No se dieron cuenta de que al perpetuar estas tendencias perversas, en realidad estaban sacrificando la libertad, que estaba en la base del proyecto original de nación. La ideología de la seguridad nacional se apoderó así del Estado. La administración de Bush hijo simplemente reforzó el modelo de vida basado en el consumismo excesivo y el desperdicio de recursos. Las decisiones que su administración tomó después del 11 de septiembre no hicieron más que confirmar el expansionismo imperialista característico del Estado de seguridad nacional.

Este aparato burocrático masivo que ha surgido, el Estado de seguridad nacional, no rinde cuentas y, paradójicamente, ha sido considerado ineficiente por distintos presidentes, que han recurrido a la figura de "asesores especiales" para intentar romper su coraza burocrática protectora. Bacevich plantea dos puntos clave para mostrar lo absurdo que ha alcanzado esta situación: primero, el Estado de seguridad nacional fue incapaz de evitar el 11 de septiembre. Segundo, ante la pregunta de si en realidad esta pesada maquinaria burocrática no produce valor agregado en términos de la seguridad de la sociedad, el autor afirma: "si la respuesta es negativa entonces quizás el momento ha llegado para considerar el desmantelamiento de un aparato que claramente no sirve para un propósito útil" (Bacevich, 2008: 101).

El libro fue publicado antes de la elección del presidente Obama, pero de cualquier forma, el autor es pesimista sobre la posibilidad de que esto pueda cambiar por la llegada de uno u otro presidente:

Una condición de crisis semipermanente que se extiende a través de generaciones ha distorsionado nuestra constitución con resultados casi desastrosos. Imaginar en esta coyuntura que la instalación de una figura fresca en la Casa Blanca o la transferencia del control del Congreso de un partido a otro, o que un esfuerzo más por arreglar el aparato de seguridad nacional hará realmente alguna diferencia, es ignorar décadas de experiencia (Bacevich, 2008: 122).

El autor concluye afirmando que el poderío militar, a pesar de todo el énfasis que se ha puesto en la guerra de alta tecnología, no es una panacea. Los resultados en Irak y en Afganistán muestran las limitaciones de unas fuerzas armadas que se habían desarrollado pensando que las ventajas tecnológicas las harían prácticamente invencibles. Estos dos conflictos muestran también que las guerras que enfrentará Estados Unidos en el futuro no serán cortas, de intervención rápida y "limpia", sino largas y que pasarán a una fase de reconstrucción nacional más complicada que el conflicto mismo. Para ello se requieren estrategias de distinto tipo y fuerzas orientadas a la reconstrucción nacional.

Las tres lecciones más importantes que la visión pesimista de Bacevich transmite pueden resumirse así: primero, la sociedad estadounidense deberá abandonar el consumismo insaciable, alejado de la ética y que asume recursos inagotables y termina atentando contra la libertad. Ésta se conecta con la segunda lección: se debe abandonar la política imperialista–expansionista que muchos consideran indispensable para mantener la insaciable sed de productos materiales y consumo. Tercero, deberá acabarse con la presidencia imperial para restablecer los equilibrios originales del sistema político estadounidense.

En El retorno de la historia y el fin de los sueños, Robert Kagan nos ofrece una visión muy distinta sobre el papel de Estados Unidos en el siglo XXI. Su interpretación, en contraste con la de Bacevich, está centrada en la política internacional. Kagan piensa que el "fin de la historia" que anunció Fukuyama (1993) no era más que una ilusión idealista que, como ya ha ocurrido antes en la historia de las relaciones internacionales, anunciaba la "paz perpetua" y el predominio del liberalismo. Kagan (2008) considera que ni la naturaleza humana ni la política internacional cambiaron con la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el fin de la guerra fría. El retorno de la historia, aludido en el título del libro, se refiere, precisamente, a que, a principios del siglo XXI, tal y como ocurría antes de la segunda guerra mundial, nos encontramos en un mundo de grandes potencias que luchan por sus intereses internacionales y tienen ideologías opuestas. Esto determina, como ha ocurrido a lo largo de la historia, la amenaza de conflictos entre las grandes potencias.

El autor identifica como potencias nacionalistas emergentes a Rusia, China, Japón, la India e Irán. Para su argumento son especialmente importantes las dos primeras porque cree que ellas pueden encabezar, en el siglo XXI, un bloque o asociación de potencias autócratas. El régimen ruso, encabezado por Putin, está siguiendo lo que Kagan llama el "modelo chino". El elemento básico del modelo es un gobierno central fuerte y eficiente en la promoción del crecimiento económico, que impone orden y estabilidad internamente –un gobierno autocrático–. Además de China, Singapur se podría identificar como otro ejemplo del modelo. Al igual que China en el Sur y Este de Asia, Rusia buscaría consolidar una esfera de influencia en Europa del Este y Asia Central. Existen otros países autocráticos, tales como Bielorrusia, Uzbekistán, Kazajstán, Tayikistán, Irán, Venezuela, Vietnam, Egipto y Arabia Saudí, entre otros, que podrían alinearse internacionalmente con un bloque encabezado por Rusia y China.

Frente a este bloque autocrático está la alianza democrática transatlántica, compuesta básicamente por Estados Unidos y la Unión Europea. Con el objetivo de extender el orden liberal–democrático a la "comunidad internacional", la alianza transatlántica ha realizado intervenciones militares en Yugoslavia, en Kosovo, en Afganistán y en Irak. Ha extendido también la OTAN hacia Europa del Este y ha buscado influir en la política interna de países como Ucrania y Georgia. Kagan piensa que estas acciones han sido interpretadas claramente como hostiles por China y Rusia, que las ven como precedentes para el reconocimiento internacional del derecho de intervención preventiva que, en el futuro, podría dirigirse contra ellas u otros países que no tengan regímenes democráticos.

Se estarían así estableciendo las principales alianzas internacionales que marcarán el escenario geoestratégico del siglo XXI: el eje de las democracias y la asociación de autócratas (en estos términos los describe Kagan). A diferencia de lo que ocurrió en el mundo desde la revolución francesa hasta la guerra fría, en la situación actual no hablamos de una rivalidad ideológica. "En el mundo de hoy, la forma de gobierno de una nación, y no su 'civilización' o su ubicación geográfica, puede ser la mejor forma de predecir sus alineamientos geopolíticos" (Kagan, 2008: 73). El autor menciona dos acontecimientos que muestran cómo se delinea esta rivalidad geoestratégica. La primera es la creación de la Organización de Cooperación de Shangai. La segunda es el abierto apoyo militar ruso a las fuerzas separatistas en Georgia. Kagan identifica dos "fallas tectónicas" en las que existen las mayores posibilidades de conflicto en el siglo XXI entre la alianza transatlántica y la alianza autócrata. La primera es la "falla euro–rusa" en las fronteras occidental y sudoccidental de Rusia. La segunda es la "falla asiática", que comprende un arco que se extiende del Noreste asiático hacia el Sureste asiático y termina en Asia Central. Al buen lector no escapará la contradicción en la que cae Kagan cuando nos dice primero que la geografía no será determinante en el siglo XXI, y luego se basa en ella para identificar las "fallas tectónicas" del sistema internacional.

¿Qué papel juega Estados Unidos en este escenario? Kagan afirma que en la imaginación del pueblo estadounidense, su país, después de la guerra fría, desempeñaba el papel de un reluctant sheriff internacional que no buscaba el predominio global. En la práctica, sin embargo, Washington siguió una política exterior agresiva, "insistiendo en la preservación y, de ser posible, la extensión del predominio regional en Asia del Este, Medio Oriente, el Hemisferio Occidental hasta hace poco, Europa, y ahora crecientemente en Asia Central" (Kagan, 2008: 50). Simultáneamente, se adoptó una doctrina militar de alta tecnología y se desarrollaron nuevos armamentos que colocan a Estados Unidos en "una categoría especial de súper poder militar" que no había tenido antes (Kagan, 2008: 50). Con esta política exterior Washington ha buscado construir un mundo que responda a sus valores, obligando con frecuencia a otros a someterse a sus intereses.

Kagan está convencido de que, a pesar de las predicciones que se han hecho a partir de la intervención en Irak en el sentido de una declinación del poderío norteamericano, ello no ocurrirá en el siglo XXI. Él cree que, ante la nueva configuración de poder que está surgiendo en el sistema internacional, Estados Unidos debería asumir el liderazgo y crear un "concierto de democracias" que incluya a la Unión Europea, la India, Japón y otras potencias emergentes como Brasil. Este "concierto de democracias" sería un complemento a la ONU, y representa la forma más efectiva de enfrentar los riesgos geopolíticos que plantea la posible consolidación de un bloque de potencias autocráticas. La inacción plantearía graves riesgos. Kagan cita como un ejemplo concreto la posibilidad de que Irán desarrolle armamentos nucleares, puesto que podría alterar el balance estratégico que todavía es favorable a Estados Unidos y las potencias democráticas. En la conclusión el autor regresa a su planteamiento inicial en el que refuta a Fukuyama: "La gran falacia de nuestra era ha sido creer que el orden liberal internacional está basado en el triunfo de las ideas y en el desarrollo natural del progreso humano" (Kagan, 2008: 102). El regreso de la historia y el final de los sueños consiste básicamente en asumir la posibilidad de conflicto internacional como un elemento natural de la política internacional. Para Kagan, en última instancia, en el siglo XXI el papel de Estados Unidos será muy semejante al que jugó en la segunda mitad del siglo previo, el del líder indiscutido del mundo democrático que encabezará el combate contra las fuerzas opuestas. En el nuevo escenario geopolítico éstas últimas no están representadas por una gran potencia basada en una ideología anticapitalista, sino por potencias pragmáticas, exitosamente capitalistas, pero basadas en una forma de gobierno autocrático. Después de leer la conclusión del autor, uno se queda con la idea de que, no obstante sus esfuerzos por refutarlo, al final él mismo termina ofreciendo una prescripción que recupera el idealismo liberal de Fukuyama.

De los cinco trabajos incluidos en este ensayo bibliográfico, el lector encontrará en los de Fareed Zakaria (El mundo post–americano, 2008) y Thomas Barnett (Las grandes potencias, América y el mundo después de Bush, 2009) los más completos, ambiciosos e interesantes. Las dos preguntas centrales son en ambos casos las mismas: ¿cuáles son los retos que plantea el mundo del siglo XXI a Estados Unidos? y, ¿cuál es la mejor forma en la que Estados Unidos debe responder a estos retos? El argumento y las respuestas de los dos autores tienen un primer elemento en común. Ellos sugieren que, en ningún caso, el contexto internacional de este siglo debe interpretarse por los líderes políticos de Estados Unidos como una amenaza. Comparten también, por la misma razón, una visión extremadamente crítica de la política exterior adoptada por el presidente Bush hijo después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. El punto central del libro de Zakaria (2008) es que, principalmente en términos económicos, se ha cerrado la brecha que separaba a Estados Unidos de otras potencias. Su trabajo consiste en mostrar al lector por qué sería un error interpretar esta tendencia como algo negativo para Estados Unidos. Barnett, por su parte, maneja como argumento principal que los líderes políticos de Estados Unidos perdieron la capacidad de pensar en términos de una estrategia global (grand strategy). Esto les ha impedido concentrarse en el que debe ser el papel principal de Washington en la política internacional: acelerar el proceso de globalización económica e incorporar al mismo aquellas regiones que han quedado fuera (a las que el autor se refiere como "el vacío", the gap).

Un segundo punto importante de coincidencia entre los dos autores es que ven el fenómeno de la globalización como el resultado del predominio que Estados Unidos ha tenido desde el siglo XX. La globalización refleja la aceptación internacional de los valores liberales y democráticos promulgados por Estados Unidos. Precisamente por esto, los dos autores creen que este contexto internacional puede ser positivo para el futuro de la nación estadounidense.

Para discutir cómo debe reaccionar Estados Unidos ante este nuevo entorno, Zakaria (2008) hace una comparación sugerente con la trayectoria de Inglaterra. La diferencia fundamental que establece entre las dos grandes potencias consiste en que el reto que enfrentaba Inglaterra a principios del siglo XX era económico, mientras que el que enfrenta Estados Unidos al iniciar el XXI es político. Inglaterra decayó como gran potencia porque en realidad no contaba con la base económica para competir exitosamente con las potencias emergentes de aquel momento histórico: Estados Unidos, Alemania y Japón. Sobre todo los dos primeros, cuando estalló la primera guerra mundial, superaban ya a Inglaterra en capacidad de producción industrial y en el desarrollo tecnológico en los sectores económicos estratégicos. La gran habilidad política de líderes ingleses como Winston Churchill prolongó el papel central de Inglaterra en política internacional hasta la segunda posguerra, pero económicamente la decadencia era inevitable desde finales del siglo XIX.

Zakaria piensa que, a diferencia de Inglaterra, Estados Unidos hoy cuenta con la base económica para mantenerse como una gran potencia. Su economía sigue siendo competitiva internacionalmente y mantiene su liderazgo en tecnologías claves para el futuro, como la nanotecnología y la biotecnología. Por otra parte, él ve al sistema universitario estadounidense como otra gran ventaja comparativa, pues no sólo forma excelentes recursos humanos nacionales, sino que representa el lugar de destino más importante para los mejores estudiantes y científicos internacionales. El verdadero reto para que Estados Unidos no siga la suerte de la Inglaterra posvictoriana, nos dice Zakaria, es político. Si la sociedad y, sobre todo, la elite política de dicho país no logran entender que el surgimiento de nuevas potencias no representa una amenaza para Estados Unidos, podría darse un escenario en el que predominen las fuerzas aislacionistas que apoyan las respuestas unilaterales a los problemas de la política internacional. La gran disfuncionalidad que ha mostrado en décadas recientes el sistema político estadounidense es vista por el autor como un factor de riesgo ante estos retos. También lo es la incapacidad de algunos sectores productivos para entender que, aun cuando las manufacturas han emigrado del territorio estadounidense, la economía mantiene ventajas en sectores productivos de punta y en los servicios. Si finalmente prevalecieran las fuerzas aislacionistas, nos dice el autor,

En generaciones posteriores, cuando los historiadores escriban acerca de estos tiempos, ellos podrán señalar que, en las primeras décadas del siglo XXI, Estados Unidos triunfó en su gran misión histórica, globalizar al mundo. Pero también podrán escribir que, en el camino, se olvidó de globalizarse a sí mismo (Zakaria, 2008: 48).

La tendencia a que otras potencias incrementen su peso en el sistema internacional y, consecuentemente, se cierre la brecha entre ellas y Estados Unidos es inevitable, nos dice el autor. Para que dicha tendencia se convierta en una fuerza positiva para Estados Unidos, éstos deben cambiar su enfoque y objetivos básicos en política internacional. Zakaria piensa que la unipolaridad que ha experimentado Estados Unidos desde la caída de la URSS, si bien le dio algunas ventajas, volvió a este país "arrogante, descuidado y flojo" (2008: 219). El autor compara la posición de Estados Unidos en ese periodo con la estrategia de negocios de la General Motors que ha terminado por llevarla a la quiebra. Esto se agravó con el unilateralismo, el desprecio por los tratados internacionales y la arrogancia imperial que caracterizaron a la presidencia de Bush hijo. Como resultado, el antiamericanismo en el mundo ha alcanzado niveles superiores a los que se dieron durante la guerra de Vietnam.

El autor dedica un par de capítulos a analizar los casos de China y la India como las dos nuevas potencias más importantes en términos económicos. China lleva, sin embargo, una gran ventaja a la India en desarrollo económico y representa el candidato más importante para disputar a Estados Unidos la supremacía económica que ha gozado desde principios del siglo XX. Pero, para el autor, esto no necesariamente se reflejará en una rivalidad política internacional. Él cree que, en ambos casos, el objetivo central es fundamentalmente interno y centrado en el crecimiento de la economía y la resultante reducción de la pobreza. Por otra parte, Zakaria hace una sugerente reflexión sobre las raíces filosóficas de la política exterior de China y la India. Ni el confucionismo ni el hinduismo, nos dice el autor, se basan en el concepto occidental de Dios y de la religión. No está presente, por lo tanto, en esas culturas, el celo "civilizador" del cristianismo o del islamismo, y no se busca propagar una fe o sistema de valores para "salvar" a las naciones "paganas". Esta visión oriental del mundo podría marcar diferencias importantes en política internacional con la perspectiva que ha prevalecido en Occidente.

El nuevo enfoque que Zakaria sugiere busca lograr una mejor combinación entre el poder "duro"–que ha prevalecido en la posguerra fría– y el poder "suave" de Estados Unidos.

Este nuevo papel es muy diferente del papel tradicional de súper potencia. Requiere consultas, cooperación e incluso compromiso. El poder se deriva de la determinación de la agenda, la definición de los temas y de la movilización de coaliciones. No es una jerarquía de arriba abajo en la que Estados Unidos toma sus decisiones y después le informa a un mundo agradecido (o en silencio). Pero es un papel crucial porque, en un mundo con muchos jugadores, determinar la agenda y organizar coaliciones se vuelven formas primarias de poder. El jefe del Consejo que puede guiar gentilmente a un grupo de directores independientes es, en efecto, una persona muy poderosa (Zakaria, 2008: 233).

El libro concluye con seis lineamientos sugeridos por el autor para el nuevo papel de Estados Unidos. Primero, para evitar la "trampa imperial" en la que cayó Gran Bretaña al escoger pelear la guerra de los Boers, Estados Unidos debe aceptar que no puede involucrarse en todas las crisis que ocurren en el mundo. Segundo, construir un sistema de instituciones, reglas y mecanismos de solución de problemas internacionales y ser el primero en respetarlas. Tercero, tal y como lo hizo en su tiempo Bismarck, el canciller alemán, Estados Unidos no debe tratar de competir con las otras potencias, sino actuar en concierto con ellas ejerciendo liderazgo. Cuarto, a pesar de lo que afirman algunos internacionalistas, la declinación de Estados Unidos como gran potencia y el surgimiento de nuevas potencias, no necesariamente lleva al caos en la política internacional. La interdependencia y globalización han transformado la política internacional. Ante esta nueva realidad, Estados Unidos deberá ser flexible y adaptable, porque no será posible imponer soluciones basadas en la noción tradicional de poder. Quinto, en lugar de pensar siempre en soluciones militares, ante los problemas del futuro, Estados Unidos deberá pensar en términos de construcción nacional y ayuda para el desarrollo. El autor cita el caso de Pakistán como el mejor ejemplo para ilustrar esta recomendación. Sexto, Estados Unidos deberá buscar legitimidad para su poder internacional, aspecto que el gobierno de Bush hijo nunca entendió.

Barnett, por su parte, piensa que el referente histórico que Estados Unidos debe tener presente para enfrentar exitosamente los retos de la globalización es, precisamente, el de la expansión e integración que logró Estados Unidos en su territorio. El éxito que ha tenido el capitalismo en este país y su capacidad para incorporar al desarrollo económico a las masas de emigrantes de Europa, Asia y América Latina, debería ser la guía de la transformación que se requiere a nivel internacional. La clave está en lograr que las poblaciones de los países del tercer mundo sean incorporadas como consumidores para que la globalización se profundice. Es necesario, nos dice el autor, como lo están haciendo China y la India, llegar "a la base de la pirámide", que es donde realmente se encuentran los grupos sociales que, incorporados como consumidores, permitirían hablar de una nueva o segunda ola de globalización. En este esquema que Barnett propone, China juega un papel importante. Gracias a sus enormes necesidades de materias primas, está penetrando en los mercados africanos y latinoamericanos con grandes inversiones y financiamiento para obras de infraestructura. El autor piensa que esto no debe ser visto como una amenaza por Estados Unidos. Al contrario, esto ayudará a la expansión de la globalización, el proceso con el cual se crearon Estados Unidos y después de ahí se ha exportado al resto del mundo. Es un contexto internacional que favorece los intereses de Estados Unidos, y China representa un socio en esta empresa.

Asimismo, Barnett piensa que la mejor forma de desactivar los retos del terrorismo islámico y Al Qaeda es lograr que el grueso de la población de esos países se incorpore a los mercados internacionales como consumidores. Ése es el mejor antídoto al radicalismo islámico. Por otro lado, el autor nos dice que otro error que no debe cometer la política exterior de Estados Unidos es la fijación con imponer la democracia en otras regiones. En países como Irak, China, Rusia y muchos de los países africanos, no existen las condiciones para que la democracia eche raíces. Se puede intentar estimularla, pero imponerla, como se ha intentado en Irak y Afganistán, sólo produciría otros fracasos y altos costos internos.

Uno puede estar o no de acuerdo con el argumento de Barnett, pero si uno está interesado en el gran debate actual sobre el futuro del capitalismo y de Estados Unidos, en su libro encontrará una defensa franca y articulada sobre los beneficios que traería la profundización de la globalización a Estados Unidos y al mundo –en su argumento, en especial, a aquellos sectores que se encuentran en "la base de la pirámide" o en los "vacíos" de la globalización.

El último libro incluido en este ensayo es el de George Friedman, titulado Los siguientes 100 años. Un pronóstico para el siglo 21 (2009). Aunque no se menciona en el título, igual que los libros que he comentado anteriormente, éste también gira en torno al papel que jugará Estados Unidos en este siglo. A diferencia de los otros, el periodo que se cubre se extiende más en el futuro, terminando a finales del siglo actual. Friedman presenta su trabajo como un ejercicio de pronósticos sobre la política internacional con base en la geopolítica. Ésta, nos dice Friedman,

es un método para pensar acerca del mundo y pronosticar lo que pasará más adelante. Los economistas hablan de una mano invisible, en la que las actividades de interés propio y de corto plazo de la gente llevan a lo que Adam Smith llamó "la riqueza de las naciones". La geopolítica aplica el concepto de la mano invisible al comportamiento de las naciones y otros actores internacionales […] la geopolítica y la economía asumen que los actores son racionales (Friedman, 2009: 10).

Como lo aclara el autor desde el inicio, su objetivo consiste en identificar las tendencias mayores que afectarán el papel de Estados Unidos en el mundo y, obviamente, los detalles de los acontecimientos podrán ser erróneos en el libro. Otra forma de calificar el ejercicio analítico de Friedman es de una "especulación informada" sobre el futuro de Estados Unidos y la política internacional. El resultado es interesante y sugerente en algunos de sus pasajes, pero finalmente, más cercano a la ciencia ficción que al análisis riguroso. Como veremos a continuación, una de las debilidades del libro es que con frecuencia habla de cambios importantes en el sistema internacional o del surgimiento de nuevas potencias, sin explicar cuáles son los fundamentos geopolíticos, tecnológicos o económicos que llevan al autor a asumir esos cambios como tendencias relevantes.

El hilo conductor del argumento es el hecho de que Estados Unidos seguirá siendo la gran potencia en el siglo XXI y que su objetivo geopolítico básico consistirá en evitar que otra potencia controle la masa continental euro–asiática. Esta calidad de potencia dominante solamente se pone en duda hacia el final del siglo por disputas sobre el control de América del Norte que comentaré más adelante. En la introducción, el autor nos dice que "si hubiera un solo argumento que yo pudiera expresar sobre el siglo XXI, sería que la edad europea ha terminado, y que la edad norteamericana ha comenzado" (Friedman, 2009:13). Dos aspectos llaman la atención del lector en la afirmación anterior. Primero, la mayoría de los historiadores marcarían el final de la "edad europea" al término de la segunda guerra mundial y no a principios del siglo XXI. Segundo, cuando el autor habla de la "edad norteamericana", en realidad se refiere a la "edad de Estados Unidos", pues, como él lo explica a lo largo del libro, por su ubicación geográfica éstos tienen acceso al océano Pacífico y al Atlántico, lo cual le da ventajas geopolíticas sobre sus rivales asiáticos y europeos. Otros factores geopolíticos que el autor maneja también como determinantes de la supremacía estadounidense son los demográficos (en los que las tendencias de largo plazo nuevamente favorecen a Estados Unidos sobre Asia y Europa), tecnológicos (principalmente en las tecnologías de guerra espacial) y energéticos (él ve como la principal fuente alternativa la energía solar, captada desde el espacio).

Los primeros dos cambios importantes en el panorama geopolítico que el autor nos presenta son la desaparición, hacia el 2020, de Rusia y China como grandes potencias. En el caso de China, Friedman piensa que existen tensiones sociales, diferencias regionales y vulnerabilidad económica que le impedirán consolidarse como una gran potencia. La combinación de estos factores producirá una crisis política que regresará a China al escenario que se daba antes de Mao, uno de fuertes rivalidades regionales y un gobierno central luchando infructuosamente por mantener el control. Como en el pasado, China terminará defendiéndose contra la penetración extranjera y siendo incapaz de proyectar su poder hacia el exterior. En el caso de Rusia, son dos las debilidades principales que llevan a Friedman a predecir su desintegración: sus tendencias demográficas (una población que decrecerá a tasas altas en las próximas décadas) y la problemática que le plantea la indefinición de sus fronteras. Serán justamente, nos dice Friedman, conflictos que se originarán en su frontera occidental con Europa (involucrando a los países bálticos, Polonia y Ucrania) y en la región del Cáucaso, lo que llevará al debilitamiento y desintegración de la Federación Rusa. En el Cáucaso, Estados Unidos y Turquía apoyarán a repúblicas islámicas como Chechenia y a Georgia en su enfrentamiento con Moscú.

El pronóstico de Friedman continúa hacia mediados del siglo XXI cuando el surgimiento de nuevas potencias delineará el que será el siguiente conflicto mundial, que tendrá lugar principalmente con tecnología militar ubicada en el espacio. En Europa surgirán dos nuevas grandes potencias. Por un lado, Polonia, que aprovechará el caos que ocasionará en Europa del Este el desmembramiento de la Federación Rusa. Por el otro, Turquía que, como ya ha ocurrido en el pasado, se convertirá en la potencia islámica más poderosa, expandiéndose hacia el Cáucaso, el Cercano Oriente y Asia Central. Éste, sin duda, resulta uno de los supuestos más polémicos del libro. Uno se pregunta cuáles son los factores o tendencias que llevan a Friedman a ver específicamente a Polonia y a Turquía como grandes potencias a mediados del XXI –momento histórico que, por otra parte, no está ya muy alejado del presente–. ¿No existen más elementos en el presente para pensar que Alemania o Francia en Europa e Irán en el Cercano Oriente fueran mejores candidatos a grandes potencias?

En Asia del Este, por otra parte, el autor cree que la caída china dará lugar al fortalecimiento y expansión de Japón. Éste se convertirá en otra potencia emergente y, como lo hizo en la primera mitad del siglo XX, cuestionará el statu quo internacional marcado por la supremacía estadounidense. El 24 de noviembre del 2050, día de Acción de Gracias en Estados Unidos, Friedman pronostica el ataque que iniciará el tercer conflicto mundial. Japón y Turquía formarán la coalición agresora, y Estados Unidos y Polonia la alianza de potencias atacadas por sorpresa, dándose ciertos paralelismos con el ataque japonés a Pearl Harbor. En el escenario de Friedman para el siglo XXI, sin embargo, no son naves marinas las que son destruidas por los japoneses, sino naves espaciales que controlan el sistema de defensa de Estados Unidos. Después de la sorpresa inicial, nos dice Friedman, las fuerzas de Estados Unidos y Polonia terminarán imponiéndose, lo cual dará paso a una nueva edad dorada para Estados Unidos. Como ocurrió en las décadas que siguieron a la segunda posguerra, se darán importantes avances tecnológicos y una elevación en los niveles de riqueza. Una de las tecnologías que más impacto tendrá en esa etapa será la robótica, que permitirá sustituir mano de obra justo cuando la explosión demográfica en el mundo estará controlada.

Los efectos sociales, económicos y políticos que producirá este último cambio tecnológico ocasionarán el conflicto con el cual el autor cierra su análisis del siglo XXI. Él cree que esto se dará en la década del 2080 y tendrá lugar en América del Norte entre Estados Unidos y México. ¿Cómo dejar a Canadá fuera del análisis del futuro de América del Norte? Friedman ni siquiera menciona al país del norte del continente. En las primeras décadas del siglo continuará la migración mexicana a Estados Unidos. El grueso de ésta se concentrará en el espacio geográfico de Texas y los territorios del suroeste que México cedió a Estados Unidos después de la guerra de 1847. A diferencia de las otras migraciones a Estados Unidos, la mexicana no se asimilará a la sociedad y cultura estadounidenses debido a la cercanía del país de origen de los migrantes. Así, cuando los avances en la robótica, hacia la segunda mitad del siglo XXI, permitan la sustitución masiva de mano de obra en Estados Unidos, el gobierno de este país intentará regresar a México a millones de trabajadores indocumentados con décadas de residencia en Estados Unidos.

Las tendencias actuales de la economía mexicana permiten a Friedman predecir que México se convertirá en una potencia hacia finales del XXI, en posición de plantear un reto a Estados Unidos por la supremacía de América del Norte. En esta crisis, la población de origen mexicano en Estados Unidos jugará un papel similar a la de los franco–canadienses de Quebec en Canadá. Dicha comunidad contará entonces con representación en los congresos estatales y en el federal en Washington, y sus demandas de autonomía y autogobierno se irán radicalizando hasta el punto de plantear la secesión de Estados Unidos y el reconocimiento del presidente de México como su líder político. Hacia la década del 2090 esto llevará a un conflicto entre los dos países. Es justamente en este punto, sin predecir el resultado de dicho conflicto, donde Friedman concluye su análisis. La pregunta que plantea al final del libro es la siguiente: "Por lo tanto, cuando el siglo XXI se acerque a su fin, la pregunta será: América del Norte es el centro de gravedad del sistema internacional, pero ¿quién controlará América del Norte?

Como podemos ver, la mayoría de los autores cuyos trabajos se comentan en este ensayo plantean una visión optimista sobre Estados Unidos en el siglo XXI. Con excepción de Bacevich, quien sí es pesimista sobre el futuro del capitalismo estadounidense, los demás consideran que existen y existirán las condiciones para que Estados Unidos se mantenga como la gran potencia en este siglo. Al inicio de este ensayo yo adelantaba que estamos frente a un debate recurrente sobre la decadencia de Estados Unidos. En contraste con las rondas anteriores que ha tenido este debate cíclico,1 sin embargo, sorprende que los autores no planteen o contemplen la posibilidad de la decadencia estadounidense como ésta se ha planteado anteriormente. Barnett, por ejemplo, cuyo libro está publicado en el 2009, no considera la crisis financiera actual un factor importante y prácticamente está ausente de su análisis.

Un par de coincidencias interesantes entre los autores –nuevamente con excepción de Bacevich– son creer que el centro gravitacional del poder internacional se está desplazando hacia la región Asia–Pacífico. También lo es considerar a China, la India y Rusia como las potencias emergentes que podrán hacer sombra a la hegemonía de Estados Unidos en el nuevo siglo –con excepción del trabajo predictivo, que raya en la ciencia ficción, de Friedman.

A manera de conclusión, ofrezco dos reflexiones que surgen como resultado de la lectura de los cinco libros aquí reseñados. La primera tiene que ver con la facilidad con la que se descarta a la Unión Europea como un actor importante en la política internacional del siglo XXI. En mi opinión, no obstante la emergencia de otras potencias como China, la India y Rusia y la persistencia del poderío estadounidense, el experimento que representa la integración de las democracias europeas podría ofrecernos grandes sorpresas en el futuro. Si bien a Barnett le parece adecuado tomar la integración de Estados Unidos en el siglo XIX como el modelo para la profundización de la globalización, creo que la experiencia de la integración europea puede verse como un proceso de construcción nacional/multinacional con mayor relevancia histórica para el futuro. A diferencia de la expansión estadounidense hacia el Oeste, en Europa estamos presenciando la integración de unidades políticas preexistentes como naciones independientes. Puesto que incorpora a los votantes al proceso e implica la creación de nuevas instituciones supranacionales, en ocasiones parece estancarse o incluso retroceder (pensemos por ejemplo en el reciente rechazo a la Constitución de la Unión Europea). Pero esto es normal en un proceso de ingeniería institucional que es consensuado entre las sociedades europeas. En contraste también con la formación de Estados Unidos como nación, la experiencia europea tiene como una prioridad la justicia social y ofrece un modelo más humano que el del capitalismo estadounidense, en el que claramente se contempla un papel importante para el Estado como regulador de los mercados. Muchos analistas internacionales –entre ellos los de la escuela realista de la teoría de relaciones internacionales y varios de los que aquí se han comentado– tienen todavía la fijación con el poder internacional entendido en su concepción tradicional, medido básicamente a través del poderío militar. Sin embargo, creo que es fundamental que los analistas de las relaciones internacionales piensen más en el bienestar social y menos en el poder tradicional. Es justamente en este sentido en el que creo que el experimento europeo tiene más que ofrecer como punto de referencia histórico y para el futuro.

La segunda es que la interpretación que me parece la más acertada es la de Fareed Zakaria. Creo que él, mejor que los otros autores reseñados, captura nítidamente los dilemas que enfrentan Estados Unidos en el momento actual. Su análisis muestra convincentemente que la brecha con las otras potencias se ha reducido y que, como resultado, será indispensable para Washington lograr consensos y apoyar y promover instituciones y soluciones multilaterales a los problemas internacionales. La alternativa, como bien lo plantea Zakaria en su libro, y que se ha experimentado con la administración de Bush, es el unilateralismo en asuntos internacionales y el predominio de la postura aislacionista dentro de Estados Unidos. El triunfo de esta postura al término de la primera guerra mundial y el fracaso del presidente Woodrow Wilson para que el Congreso ratificara el ingreso de su país a la Sociedad de las Naciones –la antecesora del la ONU– trajo consecuencias funestas en asuntos internacionales. Afortunadamente, el triunfo electoral reciente del ahora presidente Obama y sus primeros pronunciamientos en política exterior, parecieran indicar que el gobierno de Estados Unidos se está moviendo, justamente, en la dirección que Zakaria propone en su sugerente libro: hacia la búsqueda de soluciones multilaterales y consensuadas con las otras potencias del sistema internacional.

 

BIBLIOGRAFÍA ANALIZADA

Bacevich, Andrew J. 2008. The Limits of Power. The End of American Exceptionalism, Nueva York, Metropolitan Books.         [ Links ]

Barnett, Thomas P. M. 2009. Great Powers. America and the World after Bush, Nueva York, G. P. Putnam's Sons.         [ Links ]

Friedman, George. 2009. The Next 100 Years. A Forecast for the 21st Century, Nueva York, Double Day.         [ Links ]

Kagan, Robert. 2008. The Return of History and the End of Dreams, Nueva York, Alfred A. Knopf.         [ Links ]

Zakaria, Fareed. 2008. The Post–American World, Nueva York, W. W. Norton.         [ Links ]

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Chomsky, Noam. 2003. Hegemony or Survival, Nueva York, Metropolitan Books.         [ Links ]

Johnson, Chalmers. 2006. Nemesis: The Last Days of the American Republic, Nueva York, Metropolitan Books.         [ Links ]

Fukuyama, Francis. 1993. The End of History and the Last Man, Nueva York, Avon Books.         [ Links ]

 

NOTA

1 El lanzamiento del Sputnik por los soviéticos en la década de los cincuenta y los avances del capitalismo japonés a principios de la de los ochenta generaron en Estados Unidos un profuso debate sobre la posible decadencia de este país.

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