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Culturales

versión On-line ISSN 2448-539Xversión impresa ISSN 1870-1191

Culturales vol.4 no.2 Mexicali jul./dic. 2016

 

Artículos

Diversidad y estructura. Articulación narrativa en tres libros de historia mexicana escritos para el 2010

Diversity and structure. Narrative articulation in three books of Mexican history written for 2010

Aarón Grageda Bustamante1* 

*Universidad de Sonora (agrageda@sociales.uson.mx)


Resumen:

La presente contribución se enfoca en el reconocimiento de la diversidad cultural en México. Para ello, se analizan algunos ejemplos de la manera en que el pasado mexicano es narrado en tres libros de historia escritos en el marco de las celebraciones del bicentenario nacional en 2010. Las conclusiones sugieren que, contrario a lo expresado por sus promotores (editores, presentadores y autoridades), la estructura narrativa de las tres obras no enfatiza la pluralidad ni la inclusión o la apertura a la expresión de grupos excluidos o minorías. Contrario al espíritu de la sociedad moderna global, los libros promocionan, como fue a finales del XIX, valores morales básicos asociados con el patriotismo, tales como el orgullo nacional, la unidad racial y el liberalismo.

Palabras clave: educación intercultural; enseñanza de la historia; historia de México; libros de texto

Abstract:

The following contribution focuses on the debate on the recognition of cultural diversity in Mexico. By analyzing three national history books written for the bicentennial celebrations in 2010, it presents the readers examples of the way the Mexican past is officially narrated. The findings suggest that, contrary to what is expressed by their promoters (editors, presenters and national authorities), the narrative structure of these history books does neither emphasize plurality nor inclusion or openess to excluded groups and minorities. Instead, and contrary to the spirit of a modern global society, all three books promote, as it was common at the end of 19th century, basic moral values related to patriotism, such as national pride, racial unity and liberalism.

Keywords: intercultural education; history teaching; history of Mexico; history textbooks

Most history text are written as if their authors did not exist,

as if they were simply instruments of a divine intelligence

transcribing officials truths.

Lowenthal, D. (1997). History and Memory,

The Public Historian, 19(2), 36

Introducción

México, al igual que otros países de América Latina, celebró en 2010 el bicentenario de su independencia nacional. A diferencia de otras naciones, en el país se coincidió simultáneamente con el centenario del inicio de la revolución mexicana de 1910. En este doble marco, no fueron pocos los escenarios en los que el sentimiento de júbilo abrió paso a la discusión del pasado nacional. Baste citar exposiciones artísticas temáticas (Mustienes, 2011) y revaloraciones de personajes históricos e instituciones (Ferreira, 2010; Mayer, 2011; Tenorio, 2009). También recorridos histórico-turísticos (Vitienes, 2010), pero sobre todo la edición de monografías, obras monotemáticas y la reedición de textos clásicos (Alcántara y Hernández, 2009; Córdoba, 2009; Puente, 2010). No faltaron tampoco revaloraciones de la función de la enseñanza y la memoria histórica (Plá, 2011; Ríos, 2013). En ese entusiasmo, hubo quienes concluyeron optimistamente que "ambos aniversarios se han prestado a diversas reinterpretaciones académicas, plurales y críticas, de los procesos históricos que antecedieron, culminaron y siguieron a los dos marcadores del tiempo en el devenir de México" (Spencer, 2010, p. 7). No obstante, si se observa con detenimiento, pocos fueron los esfuerzos "plurales y críticos" que llegaron a cuestionar el orden territorial y multiétnico que es constitutivo del país (Filippi, 2010; Stavenhagen, 2011).

La presente contribución tiene como objetivo ofrecer un análisis comparativo de la estructura narrativa y tratamiento temporal de la historia de México en tres libros de texto producidos en el marco de los festejos del bicentenario de la independencia y centenario de la revolución mexicana. Ello complementa estudios previos y contemporáneos centrados en la función de los libros, las políticas educativas y el sentido de mexicanidad que hasta ahora ha sido tematizado,2 no así la función de la estructura narrativa, el contexto que le dio origen y las limitaciones que hoy posee.

Se procederá primero a describir la intención de las obras en voz de sus presentadores, y después se contrastará en los libros la dimensión secuencial utilizada, equiparándolas entre sí para determinar la tradición historiográfica a la que se remontan como esquema narrativo. Una vez realizado lo anterior, surgirán elementos para responder la pregunta en torno a la importancia u omisión que la historia nacional refleja respecto a la diversidad étnica y las regiones, factores de importancia central al momento de explicar qué son México y la sociedad mexicana del siglo XXI.

Libros de historia: breve definición de un campo de estudio

Ha sido propuesto que a nivel internacional, el uso de los libros de texto para apoyar el aprendizaje de los estudiantes es una práctica casi universalmente aceptada (Foster y Crawford, 2006, p. 2). Se puede apreciar el poder y la importancia que éstos poseen, al observar que en cualquier cultura existen siempre repositorios de ideas, valores y conocimientos. Entre las funciones que éstos realizan, está precisamente ser importantes "lugares de la memoria" (Hein & Selden, 2000, p. 4). Este último concepto denota, según su creador (Nora 1992), el proceso por el cual la "memoria real" o viva, la de los contemporáneos, se transforma con el paso de las generaciones, en las sociedades modernas, no sólo en "historia", sino también en manifestaciones u objetos como archivos, monumentos, museos, libros de texto, basados en acontecimientos del pasado entendidos como "lugares" presignificados. Los "lugares de la memoria" no son monolitos, sino "sitios abiertos a significación" y, por lo tanto, invitan a diferentes sujetos a "producir diferentes historias, memorias alternativas que pueden [...] reclamar validez". (Schröder, 2004, p. 419).

Los libros de texto pueden entenderse en esta lógica como "repositorios de conocimiento histórico legítimo, o como materialización de lo que los estudiantes pueden esperar aprender razonablemente de la enseñanza de la historia" (Thornton, 2006, p. 15). Al respecto, se ha afirmado que "debido a su naturaleza, son empleados como si hubieran sido bien investigados, cuidadosamente verificados, libres de toda distorsión, seleccionados por docentes y paneles de educación competentes en sus campos particulares, y con apego a la teoría educativa" (Barnard, 2003, p. 167).

El libro de texto, por el solo hecho de ostentar dicho título, posee cierta aura de veracidad y autoridad. Su aplicación en el nivel primaria "puede ser concebida metafóricamente como un filtro a través del cual se diseminan preceptos específicos de identidad nacional, su correspondiente historiografía (ideológicamente congruente) y su socialización" (Gutiérrez, 1999, p. 70). Se ha propuesto que "son los soportes más utilizados para la transmisión de los contenidos y ejercen una enorme influencia sobre los docentes y alumnos" (Blanco, 1994). Por ello, se afirma que "aunque la conciencia histórica transmitida y construida en el aula es mucho más compleja que los contenidos de los libros de texto, éstos la documentan y permiten analizar las representaciones y competencias que se promueven" (González, 2006, p. 21).

Más allá de su supuesta condición objetiva, y hablando específicamente de su contenido histórico, "los libros de texto son ideológicamente importantes porque buscan regularmente, imbuir en los jóvenes conjuntos de valores compartidos, un ethos nacional y un sentido de ortodoxia política no sujeta a controversia" (Foster y Crawford, 2006, p. 2). Vistos así, se ha reprochado, no obstante, que su forma y estructura no garantizan un procedimiento neutral de presentación de contenido histórico, sino que, en contrapartida, constituyen en sí "una determinante de sentido" (Thorton, 2006, p. 15). En cuanto a su función, han sido denunciados como "artefactos culturales que en su producción y empleo implican un amplio rango de problemas asociados con ideología, política y valores, lo cual en sí mismo funciona en una variedad de diferentes niveles de poder, estatus e influencia" (Foster & Crawford, 2006, p. 3). Desde dicha lógica se comprende que existen en ellos narrativas y relatos que el Estado nación desea transmitir a sus ciudadanos, para explicarse a sí mismo (a través de su uso) y hacerlo también de cara a las demás naciones.

Según evidencia reunida a través de diversos sistemas de educación nacionales alrededor del mundo, el contenido impreso en los libros de texto de historia es parcialmente explicable como "resultado de la competencia entre grupos poderosos que los consideran centrales para la configuración de la memoria colectiva nacional, diseñada para hacer frente a imperativos culturales, económicos y sociales específicos" (Foster & Crawford, 2006, p. 4). Por lo tanto, si bien el uso del libro de texto ha sido una práctica casi universalmente aceptada, ha sido en ese mismo nivel, particularmente a partir de la década de los ochenta, un recurso educativo sujeto a persistentes críticas (Appleby, Hunt y Jacobson, 1995). Se ha propuesto interpretarles como objetos concebidos, diseñados y autorizados por gente real con intereses reales, publicados en el marco de limitaciones económicas y políticas, impuestas por los mercados, los recursos y el poder.

Al radicalizarse el escepticismo en torno a los libros de texto de historia, se ha procedido a emplearles como observatorio, para evaluar "los medios obvios con que se lleva a cabo la hegemonía en educación", llegándose a la conclusión de que "en los textos de historia, la omisión de hechos y puntos de vista cruciales, limita profundamente las maneras en las cuales los estudiantes perciben los eventos históricos" (Griffen y Marciano, 1979, p. 35).

Al arribar a este extremo, es posible considerarlos como vehículos a través de los cuales los grupos hegemónicos introducen y refuerzan su idea de diversidad u homogeneidad cultural, a través de la promoción de actitudes y memorias históricas impuestas o compartidas. Se ha propuesto que para el caso mexicano, a través del análisis de los libros de texto "es posible obtener pistas sobre la manera en la que el Estado intenta dirigir la imaginación de lo nacional, la producción de sujetos nacionales (ciudadanos), la idea de un territorio compartido y la versión de su pasado" (Vargas, 2011, p. 518).

Una vez expuestas algunas de las funciones que el libro de texto conlleva para el Estado, debe recordarse que dicho recurso didáctico existe en México desde 1880, sólo que en sus inicios éstos no eran un esfuerzo coordinado, como tampoco eran universales ni gratuitos, pero cumplían su función básica: ofrecer un destilado de opiniones, ideas e imágenes de la identidad nacional y la función del patriotismo (Vázquez, 1970, p. 64).

No es posible ofrecer aquí una síntesis de la historia de los libros de texto en México, tan sólo apuntar que en 1959 fue creada la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos en el país (Gutiérrez, 1999, p. 68). Tres fueron sus objetivos fundamentales: ofrecer libros de historia que expresaran "el sentimiento y deberes de la patria a los niños que alguna vez serán ciudadanos"; poner fin a la proliferación de versiones de la historia patria; y "hacer accesible los contenidos educativos a niños de áreas remotas" (Neumann y Cunningham, 1984, p. 14). A partir de entonces, y no sin rechazos y acaloradas discusiones (como sucedió en 1992), diferentes sexenios han impulsado versiones actualizadas de libros de texto de historia, promoviéndose incluso recientemente, la confección y divulgación de obras locales de corto tiraje, escritas e impresas en distintas lenguas indígenas de México,3 las cuales incluyen, de manera propia, aspectos diversos de la historia nacional (Cadena, 2013).

Ya que otras contribuciones han estudiado recientemente la historia de los libros de texto de manera crítica (Ortiz, 2005), algunas poniendo énfasis en el peso de la idea de nación y su historia (Sigüenza, 2005; Vargas, 2011), queda pendiente realizar una aproximación en torno a la manera en que es tratada la identidad nacional y cómo se da cuenta de su desarrollo en el tiempo a través de la dimensión narrativa.

Los libros de texto son un prisma que permite observar el tratamiento de la diversidad, toda vez que respecto a las regiones, minorías y grupos étnicos del interior del país, éstos han funcionado como "uno de los más importantes mecanismos de vinculación de las comunidades con la nación" (Gutiérrez, 1999, p. 69). Lo que es más, se puede evaluar la relación centro-periferia, o, si se desea, la compleja interacción región-nación, atendiendo a la intención historiográfica que el libro de texto de historia presenta en un momento dado, como el propiciado en los festejos del bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución mexicana.

Se ha sugerido que el estudio de los libros de texto muestra o puede ayudar a conocer en doble partida "las formas de ver el mundo (tanto del pasado como del presente) que se intenta transmitir en un momento dado, o como un espacio desde donde analizar la circulación de determinadas ideas y su impronta en la conformación de un imaginario colectivo" (Dobaño et al., 2001 p. 12).

Pasado, presente y futuro de México en tres libros de historia nacional

En los últimos años han surgido diversas propuestas metodológicas para analizar el contenido y la forma de los libros de texto de historia. Algunas de ellas, las más cercanas a nuestro interés, parten de cuestionar el empleo de conceptos específicos (Bond, McCrone y Brown, 2003), en tanto que otras abordan las funciones estructurales y narrativas que las obras implican (Rüsen, 1992). Existen aquellas que privilegian la utilización de los libros de texto analizándolos en el contexto general de la educación pública (Vargas, 2011); otras, por el contrario, dan preferencia a observar los ámbito de la ideología, su uso y desarrollo al interior de los mismos (Johnsen, 1996). Del mismo modo, se han realizado propuestas que dan prioridad al análisis de contenido (Ortiz, 2005), dejando los ámbitos de producción, circulación y recepción de los libros de texto de historia, para enfoques más comprensivos o de largo aliento.

La manera como se procede en la presente contribución, en tanto que retoma aspectos de los anteriores enfoques, puede definirse como ecléctica. Se establece primero de manera sucinta, de qué se habla cuando se habla en México de libros de texto de historia. Seguidamente, se hace un repaso de los conceptos historia y nación, observando en la parte medular la estructura temporal o cronológica con que se segmentan las etapas del pasado nacional mexicano. Simultáneamente, se toman en cuenta los objetivos expresados por las entidades, autores o instituciones involucrados en la producción de dichos libros de historia. Las tres obras, al anunciarse como iniciativa educativa para todo público, al ser financiadas en parte o en su totalidad por el Estado y ser reconocidas como aptas para su uso en el sistema educativo nacional, asumen en la práctica funciones de libros de texto. La condición social de producción de los mismos, es decir, la circunstancia que dio vida a las tres obras de historia de México aquí escogidas, fue impulsada por la opinada necesidad de los mexicanos, de reflexionar críticamente sobre su pasado y futuro como país, algo que se promovió por los diferentes niveles de gobierno en el marco del bicentenario de la independencia de México y el centenario de la revolución mexicana.

Al proceder cronológicamente y como se muestra en las portadas de la figura 1, la primera de las obras a describir tiene como coordinador a Enrique Florescano y se intitula Arma la Historia. La nación mexicana a través de dos siglos, misma que fue publicada por Grupo Editorial Grijalbo (2009). La segunda, coordinada por Gisela von Wobeser, tiene el sintético título de Historia de México, siendo publicada por el Fondo de Cultura Económica y la Secretaría de Educación Pública (2010). Finalmente, publicado también por la Secretaría de Educación y Cultura, en colaboración con el Instituto Nacional de Historia y Antropología y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, se aborda el libro intitulado Viaje por la historia de México, edición póstuma de Luis González y González (2010).

Fuente: Elaboración propia

Figura 1. Portada de los tres libros de historia 

Más allá de su indiscutible calidad como obras intelectuales, una serie de aspectos hacen posible comparar los tres libros antes referidos. Entre ellos destaca que: 1) son, a su modo, libros de historia general o síntesis de la historia de México; 2) son publicados para o en el marco de las conmemoraciones nacionales de 2010; 3) constituyen un esfuerzo educativo coordinado desde el centro del país para el resto; 4) van dirigidos primero al público general y especialmente a los jóvenes de México; 5) fueron escritos por historiadores pertenecientes a la élite cultural del país; 6) en todos ellos se vieron relacionados (por lo menos en algún momento de su financiamiento, diseño, producción o difusión) intereses de la Secretaría de Educación Pública, y 7) en todos ellos se emplea la categoría "mexicanos" como entidad no definida normativamente.

Para conocer ahora los objetivos que pretendieron alcanzar las instituciones, instancias o agencias que los hicieron posibles, se da paso a una serie de opiniones, tanto de los presentadores oficiales como de los propios coordinadores de las obras, con el ánimo de conocer la importancia que se les adjudicó como obras centrales en el contexto conmemorativo.

Enrique Florescano resume el pasado nacional en su libro como inventario de etapas, y afirma que el México actual es producto de la independencia: "Arma la Historia es un recuento de los hechos históricos que en doscientos años han convertido a México en la nación que es ahora" (2009, p. 9). En la confección de su estructura narrativa, busca hacer partícipe al lector e involucrarle en el armado de lo que éste considere que fue el pasado nacional. Según Florescano, no es necesario definir la identidad nacional, ni hacer mención a la diversidad que la cuestiona, toda vez que "México ha logrado desde hace poco más de un siglo crear y mantener un sentimiento de pertenencia a la nación, el cual ha fungido como un poderoso punto de unión para los distintos sectores sociales, políticos y regionales" (p. 9). Por lo tanto, lo que ofrece en Arma la Historia es ampliar y profundizar: "En el contexto del bicentenario de la independencia y centenario de la revolución, las nuevas generaciones de mexicanos pueden conocer una visión más rigurosa de los hechos fundamentales de nuestra historia" (p. 10). Al mencionar la relevancia de dicho libro, la historiadora de El Colegio de México, Josefina Zoraida Vázquez, suscribe en la solapa de la obra: "Arma la Historia ofrece una nueva interpretación del pasado desde las preocupaciones actuales. Es una aportación oportuna para celebrar el centenario y bicentenario, reflexionando sobre el presente".

Como puede deducirse de los puntos de vista antes mencionados, respecto a la historia de México coordinada por Florescano, destaca primero el ser entendida como recuento de etapas encadenadas por un sentimiento general de pertenencia a la nación. Si bien el México actual surge hace doscientos años, esa unidad se crea y mantiene en los últimos cien. El aporte original consiste, según expresan su coordinador y presentadora, en ofrecer una visión rigurosa de los hechos fundamentales desde las preocupaciones actuales.

Gisela von Wobeser, por otro lado, en Historia de México declara que la obra que coordina está dirigida a todos los mexicanos y "tiene la finalidad de ayudar a fortalecer nuestra identidad y unidad nacionales". Afirma que "los autores del libro son historiadores reconocidos por su destacada trayectoria profesional", todos ellos "miembros de la Academia Mexicana de la Historia" (2010, p. 15). "Los hechos históricos a los que se refiere su análisis están basados en estudios académicos, realizados por los propios autores u otros especialistas". Afirma que se trata "de una síntesis de la historia de México y ello explica la ausencia de muchos temas" (p. 15). El entonces presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, presentador de la obra, expresó a su vez: "la conmemoración de las principales gestas históricas del país es una oportunidad única para reflexionar sobre nuestro pasado, pero también sobre nuestro presente y futuro". Desde su punto de vista, Historia de México "tiene la finalidad de ayudar a fortalecer nuestra identidad y unidad nacionales", sin dejar de considerar que, "como lógica consecuencia de la pluralidad cultural e ideológica que venturosamente caracteriza a México, las reflexiones serán variadas, incluso algunas encontradas" (p. 7). Respecto a la supuesta unidad nacional que refleja el pasado, refiere que todos se hallan obligados a luchar por "un México donde la pluralidad, gracias a la cual este libro es posible y sin la cual no puede entenderse la libertad ni la dignidad humana, sea la constante en cada rincón del país" (p. 8).

Así expresada, la obra coordinada por von Wobeser es, de acuerdo con las anteriores opiniones, de corte académica, y plural, tanto cultural como ideológicamente; es decir, una narración que como síntesis selecciona determinadas etapas o sucesos centrales, "gestas" del pasado nacional. Ello es abordado por historiadores profesionales y su reflexión pretende ser útil al presente y futuro. En esta obra, la escritura del pasado es medio de un fin último, a saber: fortalecer la identidad y unidad nacionales.

En el caso del libro de Luis González y González, Viaje por la historia de México, se dedica a los jóvenes, aunque su autor afirma que su lectura no sienta mal a los adultos. Como álbum, su esquema procede enumerando biografías selectas de próceres nacionales, lo cual se justifica, ya que "a pesar de las modernas teorías y leyes generales del desarrollo histórico puestas en boga por los científicos sociales, es innegable que", afirma su autor, "la historia la hacen los individuos, y es innegable también que estos individuos no son inmunes a las pasiones del común de los mortales" (2010).

El libro empieza con la descripción sintética de las antiguas civilizaciones y los grandes imperios del actual territorio mexicano, para abrir paso a la narración continua de personajes de la historia nacional, iniciando con Tlacaélel en 1480, y culminando con Carlos Monsiváis quinientos años después.

Respecto al elenco biográfico, justifica su autor:

La elección podría parecer arbitraria [...], pero hay que recordar que una de las características de la historia es que cada persona la ve desde una perspectiva diferente, y no es posible imponer una visión única al pasado [...] Lo que menos pretende esta obra es ser un texto oficial o una guía de nuestro nacionalismo. Aquí se han evitado en lo posible los juicios de valor y las expresiones sonoras, se ha cuidado la veracidad de los datos y el equilibrio de los distintos puntos de vista. (González y González, 2010).

Felipe Calderón, al redactar también la presentación de este libro, apuntó: "nuestra patria es la suma de muchas 'patrias chicas', de muchas 'matrias', como él gustaba de llamarlas, que juntas hacen un hogar construido por millones de personas que han vivido en pueblos como el suyo y en ciudades grandes o pequeñas, creando y recreando los valores materiales y espirituales (éticos, religiosos, artísticos, intelectuales) que nos distinguen". Y concluye señalando: "Ojalá las familias mexicanas disfruten de este paseo por el pasado y encuentren hospitalaria su visión generosa, plural, abierta y constructiva" (2010).

Puede afirmarse que Viaje por la historia de México, según su autor y el presentador, entienden a la nación como la suma de sus regiones. Así como su historia es la suma de acciones personales trascendentes, en su explicación se sigue una secuencia temporal encadenada por biografías de, como su autor expresa, "héroes y villanos nacionales". Está centrada, por lo tanto, en individuos, no en procesos, y afirma no pretender ser la versión última de la historia nacional, sino una narración veraz y equilibrada, con lo que pretende hacer justicia al carácter plural, abierto y constructivo que busca ofrecer a los lectores.

Crítica respecto al objetivo y estructura de las tres obras escogidas

Como se evidencia en las declaraciones anteriores, hay coincidencias en las dimensiones epistemológica, didáctica y fenomenológica presentes en las tres obras. En términos epistemológicos, todas y cada una de las versiones declaran regirse, invariablemente, ya sea por el ideal de un conocimiento objetivo, por un tratamiento académico riguroso o, por lo menos, ofrecer al lector información "veraz y equilibrada". En torno a lo didáctico, buscan, invariablemente, fortalecer la identidad nacional, brindando ejemplos de conflictos, rupturas y pertenencias para y con la nación. Tratan, sin embargo, a México y al mexicano de forma nominalista y de manera homogénea; es decir, no le definen, mas lo asumen como identidad común al espacio nacional, al grado que, en el caso de reconocer entre mexicanos alguna diferencia regional, el objetivo de la obra hace innecesaria su diferenciación. Por último, fenomenológicamente hablando, las tres versiones del pasado nacional declaran su pretensión de ubicar al mexicano en su circunstancia temporal; en otras palabras, ayudarle a reflexionar sobre su pasado desde el presente, para que, con ello, construya un futuro acorde con lo que ha sido como expresión sociocultural.

Sin embargo, cada una de estas dimensiones, como mostraremos, devienen en contradicción si se les observa desde su condición estructural (sincrónica o cronológica) como narración. A continuación se expondrán las estrategias narrativas empleadas en las tres obras, con el ánimo de exhibir con ello si, en efecto, pueden considerarse novedosas, abiertas, plurales y ontológicamente útiles a los mexicanos del siglo XXI.

La atención que en lo subsiguiente se brinda a la cronología, se justifica en el hecho de que, precisamente, en la sucesión de eventos, actores y procesos es donde se plasma la causalidad explicativa del libro de texto; ello se materializa en la concatenación de eventos diplomáticos, guerras, cambios de gobierno y órdenes políticos, así como (en menor medida) en la noticia de ciclos económicos, indicadores, aspectos culturales o sociales.

En este sentido, el esquema que se presenta a continuación (véase cuadro 1), intersecta las etapas de la historia nacional que son comunes en las tres obras estudiadas. Demuestra, a su vez, cómo en cada uno de los tres libros de historia, el nacimiento de lo que se considera México y los mexicanos se narra siguiendo una secuencia sincrónica por etapas, las cuales incluyen, invariablemente, antecedentes coloniales, independencia nacional y la conflictiva época de la formación del Estado nacional, y así en lo sucesivo, hasta épocas más contemporáneas. Dependiendo del libro y de sus alcances, la narración puede remontarse hasta la prehistoria o extenderse a la etapa más contemporánea, pasando todos, sin excepción, por la independencia, la revolución mexicana y el México moderno.

Fuente: Elaboración propia

Cuadro 1. Esquema comparativo de la estructura narrativa en las tres obras analizadas 

Para determinar dónde surge el esquema narrativo por etapas utilizado en los tres libros, valga adelantar que, en esencia, éste coincide con la estrategia de narrar siguiendo compartimentos temporales tomados de la teleología del estado político nacional; algo ya utilizado en el país hace más de ciento veinte años.

Como se conoce, en 1884, Espasa y Ballescá publicaron la enciclopedia México a través de los siglos, descrita entonces como "obra única en su género", la cual pretendía ser "historia general y completa del desenvolvimiento social, político, religioso, militar, artístico, científico y literario de México, desde la antigüedad más remota hasta la época actual" (Riva Palacio, 1884). En el cuadro 2 se describe el empleo de estas mismas etapas, especificando, además, sus autores responsables y los tomos correspondientes.

Fuente: Elaboración propia

Cuadro 2. Etapas de la historia nacional en México a través de los siglos (1884) 

La calidad y manejo cronológico de esta historia de México, cuidada por su editor general, Vicente Riva Palacio, mereció en la segunda mitad del XIX el reconocimiento de uno de los más importantes intelectuales mexicanos de la época, Justo Sierra, quien afirmó: "Después de un cuarto de siglo de analizar las épocas y los hombres que viven en nuestra historia, aplicando los modernos métodos de investigación y examen, después de un cuarto de siglo de monografías fundadas en documentos libre y profundamente estudiados", expresa, "pudiera hacerse una obra que resultaría no mejor, tal vez, pero de seguro diferente" (Sierra y Yáñez, 1948, p. 181). Fallecido en 1912, Sierra alababa de México a través de los siglos (obra histórica base del orgullo nacional mestizo), el uso de sus "épocas y hombres". Lo curioso es que las tres historias aquí comparadas, escritas en el marco de las conmemoraciones de 2010, retoman de ella el mismo patrón constructivo utilizado como esquema narrativo, introducido por primera vez por el equipo de trabajo coordinado por Riva Palacio, para explicar México y lo mexicano a la generación de hombres y mujeres nacida entre 1828 y 1840 (Matute y Trejo, 1991, p. 90).

Por ello, puede afirmarse que al emplear los tres libros la misma concatenación cronológica introducida historiográficamente hace más de ciento veinte años, estas obras exhiben de manera irremediable un carácter repetitivo, tradicionalista, teleológico y centralista. Si bien las etapas clásicas son nombradas de forma distinta o son desagregadas, en cada uno de los libros se emplean los mismos periodos como "tipos ideales" indispensables para narrar con ellos la historia de un pasado homogéneo, común a todo mexicano. Desde esa lógica, si la independencia tuvo sentido para el mestizo y el criollo (lo que justifica su centralidad), deberá tenerla también para el yaqui, el negro, los menonitas o cualquier otro grupo social para quienes la independencia no contribuye a la explicación de quiénes son o cuál es su condición sociocultural.

Aspectos controversiales, o por lo menos historiográficamente debatibles hoy en día, hermanan a los tres libros de historia creados para los festejos nacionales de 2010, con su antecesor de 1884. Por cuestiones de espacio, apuntaremos aquí tan sólo seis de ellos:

  1. La revolución de independencia se asume, por la base social, racial y de intereses sectoriales que en ella confluyeron, como el evento y mecanismo productor de la identidad plural del y lo mexicano hasta nuestros días.

  2. Los periodos, etapas, procesos o acontecimientos de la historia narrada a partir de ese acontecimiento fundador, se entienden y emplean extensivamente como la historia política común a todos.

  3. Los principales protagonistas de esos procesos son por antonomasia, salvo escasas excepciones, predominantemente varones criollos y mestizos. En la obra de Luis González, por citar un ejemplo, de 157 biografías, sólo dos corresponden a mujeres.

  4. Cuando en algunos casos se celebra el papel de mujeres, minorías religiosas, étnicas o de cualquier otra calidad, se les otorga un lugar no central en la épica del estado político nacional. Siguiendo con Luis González, salvo cuatro reyes mexicas del siglo XVI, sólo un indígena más, junto con Juárez, merece ser incluido en su historia.

  5. Tanto el hilo conductor como el fin de la trama narrativa sigue la lógica de una teleología. Ésta describe la consolidación en el tiempo del Estado mexicano moderno y liberal.

  6. Los valores que implican las tres historias aquí comparadas son, en correspondencia, derivados de ambos regímenes ideológico-políticos: orden, progreso y legalidad para finales del siglo XIX; en tanto que pluralidad, democracia, reconocimiento, tolerancia y derechos humanos para 2010.

De esta forma, la narración histórica que relata el devenir de México y los mexicanos en estos tres libros de historia es esencialmente política (centrada en explicar la consolidación del Estado nación y sus valores). Es también elitista (en el sentido que se centra en la actuación y protagonismo de próceres), al tiempo que es costumbrista (al emplear en su estructura las mismas etapas históricas decimonónicas). Estas historias refuerzan, por si fuera poco, un protagonismo predominantemente masculino, y valoran como superiores las culturas ancestrales con patrimonio monumental sobre las que no lo poseyeron.

Así caracterizadas, implican por lo menos seis factores que hacen imposible construir con ellas interpretaciones plurales de la historia del conglomerado nacional; es decir, de forma no teleológica, con enfoques más culturales que políticos; en otras palabras: historias incluyentes, guiadas por la diversidad, inacabadas como narración, centradas en la superación de los retos traídos por el multiculturalismo y conscientes de la pérdida de la referencialidad axiológica que implica hoy la globalización.

Al considerar lo anterior, historias como las aquí comparadas son incompatibles con:

  1. Interpretaciones del pasado como la étnica, que al no necesitar a la independencia como evento fundador de México, posibilita narrativas donde la diversidad no se ve reprimida por el surgimiento de la homogeneidad racial expresada en el uso permisivo del concepto "mexicanos".

  2. Interpretaciones del pasado socialmente relevantes respecto a los esfuerzos de los distintos grupos étnicos y minoritarios del país por lograr su reconocimiento y supervivencia cultural. Si bien las historias los mencionan como conjuntos sociales diferenciados, subordinan el sentido de su existencia al interés mayor del resto de la comunidad nacional, dando cuenta de ellos a través de protagonistas, procesos y etapas de la historia política del grupo racial dominante: el mestizo.

  3. Aceptar que tiene un papel significativo en la narrativa maestra del conglomerado nacional, la lucha contra protagonistas, procesos y etapas que de una forma u otra amenazaron la supervivencia de la diferenciación cultural que representaron los distintos grupos raciales, minoritarios o religiosos.

  4. Interpretaciones del pasado que restituyan legitimidad a valores y prácticas constitutivas de los pueblos indios que -como sucede con la subordinación del voto individual al gobierno de los ancianos, la división sexual del trabajo o el trabajo infantil- contravienen no sólo preceptos básicos de la modernidad y el liberalismo, sino que confrontan también la esencia de la cultura occidental.

  5. Una narración del pasado que no sólo se aparte de la teleología consistente en narrar las etapas clásicas, la consolidación del Estado nación mexicano y el orden político dominante en el país, sino que, haciendo justicia a la diversidad, sirva para explicar el funcionamiento de órdenes políticos alternativos.

  6. Una vivencia permanente de la memoria social y su cultivo, mediadas por el ritual, la tradición y los significados religiosos, tal y como es transmitida de manera colectiva por los pueblos originarios, aceptando de paso, en plano de igualdad (lo mismo para aspectos jurídicos que para historiográficos), los testimonios orales respecto a las fuentes documentales.

Al narrar la historia de México en 2010 siguiendo un esquema de sucesión de épocas creadas para explicar la consolidación del Estado nación (empleada por primera vez por Chavero, Riva Palacio y Vigil en la segunda mitad del siglo XIX), se reitera con ella, irremediablemente, la misma explicación del mexicano y lo mexicano como mestizaje, lo cual nada tiene que ver con la definición actual de nación, misma que emana de la diversidad que aportan los pueblos originarios.

Para decirlo concretamente, las tres historias aquí comparadas, por la concatenación de estructuras narrativas por épocas que efectúan, están imposibilitadas de explicar lo que el artículo 2o de la Constitución mexicana explica como característica esencial de la nación; es decir, "la composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas" (Cámara de Diputados, (1917/2014, p. 2). Por ello, más allá de su mera enunciación, lo pluricultural no encuentra expresión en sus esquemas narrativos, como tampoco el reconocimiento a las "formas de convivencia y organización" que las comunidades indígenas poseen, ni proyectan los valores de "sus sistemas normativos". Son, como lo fue en su tiempo México a través de los siglos, materializaciones de una nueva imposición de sentido respecto al lugar que el mestizo otorga a los indígenas en el tramado nacional. Son historias que a los pueblos originarios les vienen impuestas, despreciando lo que constitucionalmente se expresa como "consulta a los pueblos indígenas", ya que no se incorporan siquiera "las recomendaciones o propuestas que realicen" al respecto.

Conclusiones

Arma la historia, Historia de México y Viaje por la historia de México representan, sin duda, tres libros rigurosos, cuidados con ahínco y exactitud, los cuales, en mayor o menor medida, incorporan avances significativos de la investigación histórica reciente del país. Por sus características, representan esfuerzos de articulación de las regiones, espacios y comunidades por parte del Estado nacional, sus agencias e intereses. No obstante, contrario a la pluralidad, apertura y actualidad que como explicación de México y los mexicanos del siglo XXI pretenden sus autores y presentadores, los tres libros emplean estructuras y esquemas narrativos que reeditan la misma historia de la grandeza mestiza, "indigenista", empleada en el siglo XIX. Por ello, no requieren ser innovadores en su construcción narrativa, al grado que se sustentan en un concepto de nación que es anacrónico (por lo menos quince años) respecto a la definición de nación consignada actualmente en la Constitución mexicana. Lo anterior confirma la tesis de Gutiérrez (1999, p. 73), en el sentido de que el nacionalismo oficial depende de una historiografía del pasado indígena que sigue siendo percibida como fuente de orgullo nacional; es decir, que es "selectiva", está a disposición y es "revisionista" del pasado indígena.

Más que la inversión de haber sido impresos y distribuidos por la SEP en más de veintisiete millones de hogares en todo México (Lujambio, 2010), dos aspectos relacionados con estas obras son particularmente lamentables: por un lado, el no poder explicar lo que efectivamente somos como nación pluricultural a principios del siglo XXI; y por el otro, al verter vino nuevo en odres viejos, desaprovechar la excelente oportunidad que los festejos de 2010 representaron para reconciliarnos como mestizos con los pueblos originarios y las minorías, superando de paso no solamente los agravios propiciados a las regiones por el centralismo, sino, en lo general, narrar finalmente la historia de un pasado oficial que sigue estando caracterizado por la negación, consciente o no, de la diversidad.

Las conclusiones aquí elaboradas traen a la memoria, por último, los análisis comparativos entre narración y discurso hechos por Robert Eyerman (1999) hace algunos años. En ellos sugería que tanto la narrativa como el discurso tienen en común el hecho de que son marcos estructurales que incluyen o excluyen, que dan voz o silencian; condicionan lo que puede ser visto o dicho y por quien. "Mientras los discursos son ejercicios del poder y empoderan a esos que se posicionan adecuadamente", concluía, "las narrativas pueden proporcionar los medios para las 'contrahistorias' para una minoría o un grupo oprimido, en el cual, alguno de los conceptos centrales del discurso de la dominación pueda llegar a ser apropiado y resignificado" (p. 162).

El presente aporte, con sus limitaciones, desea contribuir a la crítica de los artefactos educativos a través de los cuales expresamos y difundimos lo que somos como nación y agregado cultural en el siglo XXI.

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1Mexicano. Doctor en Historia por la Universität Witten/Herdecke en Alemania. Profesor-investigador del Departamento de Historia y Antropología de la Universidad de Sonora. Fundador del Posgrado Integral en Ciencias Sociales en la misma institución (PNPC). Investigador invitado en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, así como del Departamento de Etnografía y Estudios de la América Antigua en la Universidad de Bon, Alemania. Miembro del Sistema Nacional de Investigación (SNI) nivel I, y especialista en historia global. Entre sus publicaciones se encuentran: Aarón Grageda Bustamante (Coord.) (2014), Intercambios, actores, enfoques. Pasajes de la historia latinoamericana desde una perspectiva global, Hermosillo, México, Universidad de Sonora; y con María de Lourdes Herrera Feria (2013), Historia, lingüística y conocimiento. Interacciones, reflexiones y acercamientos, Hermosillo, México, Universidad de Sonora.

2Destacan, en este sentido, contribuciones relativas a la política educativa, al papel de los libros de texto gratuito en la conformación de la nación y su actualidad como proceso con más de cincuenta años de funcionamiento (Anzures, 2011; Greaves, 2001; Villa 1998), así como la crítica y los límites de la mexicanidad que con ellos se construye Álvarez, 1992; Cardoso, 2006).

3Al respecto, véase el interesante debate publicado en la Revista Mexicana de Investigación Educativa (RMIE), sostenido entre Elba Gigante, Ernesto Díaz Couder, Alejandra Pellicer Ugalde y Eleuterio Olarte Tiburcio (2001).

Recibido: 17 de Noviembre de 2015; Revisado: 24 de Febrero de 2016; Aprobado: 10 de Marzo de 2016

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