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Culturales

versión On-line ISSN 2448-539Xversión impresa ISSN 1870-1191

Culturales vol.1 no.2 Mexicali jul./dic. 2013

 

Artículos

 

Caracterización del paisaje del Valle de Mexicali según sus habitantes. Aproximaciones textuales a la topofilia

 

Luz María Ortega Villa, Judith Ley García, Norma A. Fimbres Durazo y Rosa I. Rojas Caldelas

 

Universidad Autónoma de Baja California.

 

Fecha de recepción: 23 de agosto de 2012
Fecha de aceptación: 20 de febrero de 2013

 

Resumen

A partir del análisis textual de las descripciones verbales que hacen del paisaje del Valle de Mexicali sus habitantes, se descubren aspectos de la valoración que se hace del mismo, así como coincidencias y divergencias según el grupo de edad. Asimismo, se hacen evidentes algunos elementos emocionales y vivenciales que inciden en las preferencias e identificación que los individuos manifiestan respecto de algunos lugares de la región, y que se relacionan con el término "topofilia". Si bien el objetivo específico de la investigación que fundamenta este artículo fue caracterizar el paisaje del Valle de Mexicali desde la percepción de sus habitantes, y por ello el interés se centró en la valoración que hacen de dicho paisaje, los resultados permiten acercarse a la topofilia a través de las razones que dieron los entrevistados para preferir o identificarse con un determinado lugar de la región estudiada.

Palabras clave: paisaje, topofilia, desierto, Mexicali.

 

Abstract

The textual analysis of the verbal description about the landscape given by Mexicali Valley inhabitants showed aspects of valuation, as well as similarities and differences according to age group. Also, some emotional and experiential elements that have an impact on the preferences and identification that those individuals expressed in relation to some places in the region were revealed, in which the term topophilia became apparent. Although the main purpose of the research in this article was focused on the inhabitants perception about Mexicali Valley landscape, the results allowed approaching topophilia through the reasons given by the interviewed persons for preferring or identifying with a particular place in the region studied.

Keywords: landscape, topophilia, desert, Mexicali.

 

Los pequeños mundos de la experiencia directa están bordeados por campos
mucho más amplios, conocidos indirectamente a través de medios simbólicos.

Yi Fu Tuan, 2008:88 (trad. propia)

 

El paisaje: un objeto móvil1

No es difícil, en términos coloquiales, entablar una comunicación con alguien acerca del paisaje, comentar sus atributos, evaluar si nos agrada o nos desagrada, y hasta proponer cambios al mismo. En el habla cotidiana, pareciera que nos entendemos sin necesidad de explicar qué es lo que cada uno "dice" al decir "paisaje". No obstante, la labor de comunicar se complica cuando el esfuerzo corresponde a un trabajo académico, donde un primer requisito de coherencia epistemológica es definir claramente aquello que se nombra para estar en posibilidades de designar de manera precisa aquello que se pretende estudiar. Doblemente difícil es hacerlo cuando lo que se nombra es observado desde disciplinas diferentes, como es el caso de este trabajo, que surge de un proyecto interdisciplinario en el que confluyen arquitectos paisajistas, geógrafos, sociólogos y comunicólogos.

Conceptos de paisaje hay varios, por lo que se hará de manera sintética un recorrido conceptual que en su trayecto se ha topado con la misma divergencia que Demeritt (1994) encuentra entre los historiadores ambientales y los geógrafos culturales, y que marca los dos polos de un debate: el de la oposición naturaleza/cultura.

En un extremo, los historiadores ambientales consideran a la naturaleza como un actor histórico "que existe y actúa sobre los humanos independientemente de la percepción que tengan de ella" (Demeritt, 1994:164), y el paisaje es, en consecuencia, un producto de la naturaleza, autónomo respecto de la actividad humana. Cuando se llega a considerar la participación del ser humano es en calidad de observador del paisaje. Esta manera de incorporar la participación humana involucra una escala reducida que toma en cuenta sólo aquello que el ojo humano alcanza a percibir y que es afín a una perspectiva estética donde el paisaje se considera una "escena natural", esa parte sensorialmente perceptible de un sistema geográfico o ecológico (González, 1981:246).

Con ello el paisaje pasa a ser una imagen que representa una escena natural terrestre, lo que corresponde a la segunda y tercera acepciones de "paisaje" en el Diccionario de la Real Academia Española: "extensión de terreno considerada en su aspecto artístico" y "pintura o dibujo que representa cierta extensión de terreno". Las formas visibles de la superficie terrestre constituyen el paisaje, de ahí que los procesos físicos que constituyen las geoformas sean importantes para entender cómo es que el paisaje llegó a ser lo que se percibe. En esta perspectiva, el observador "produce el paisaje" al percatarse de las formas terrestres; es decir, el paisaje como realidad objetiva incluye sólo elementos directamente perceptibles por los sentidos.

Avanzando en este trayecto conceptual sobre el paisaje se encuentran quienes lo consideran como "una porción del territorio en el que se dan cita multitud de elementos de distinta naturaleza que interactúan entre sí formando una estructura dinámica que evoluciona en el tiempo" (Jiménez y Moreno, 2006:104). El paisaje es concebido como sinónimo de ecosistema,2 donde la intervención/acción humana implica un riesgo al sostenimiento del paisaje pues le resta "naturalidad", y al humanizarlo deja de ser un paisaje. En estos casos la dimensión espacio-temporal es muy amplia: millones de años que corresponden a la historia geológica y biológica en el planeta, y kilómetros cuadrados para los geosistemas considerados. En cambio, para Nogué (2007:335), "La noción de paisaje encierra una concreción y una escala más precisa que la de territorio biogeográfico y es más espacial y morfológica que la idea de ecosistema".

Para Sauer, "El paisaje natural está siendo sometido a transformación por las manos del hombre, el último y, para nosotros, el más importante factor morfológico. Mediante sus culturas, utiliza las formas naturales, en muchos casos las altera, y en algunos las destruye" (1925:21). Sin embargo, a diferencia de los geógrafos físicos, para quienes la acción humana en el paisaje conduce a su eminente destrucción, para Sauer la humanización del paisaje natural crea formas secundarias o subsecuentes: "El área anterior a la introducción de la actividad humana está representada por un cuerpo de hechos morfológicos. Las formas que ha introducido el hombre constituyen otro conjunto. Podemos llamar al primero, por referencia al hombre, el paisaje natural" (1925:9), y para las segundas acuña el término "paisaje cultural", que es "un área geográfica en el sentido final. Sus formas son todas las obras del hombre que caracterizan el paisaje. Bajo esta definición no nos ocupamos en la geografía de la energía, usos o creencias del hombre, sino del registro humano en el paisaje" (1925:22). En este sentido, Sauer delimita el estudio de los paisajes culturales a las formas físicas creadas por el hombre en la naturaleza, y no considera el aspecto simbólico que dichas formas adquieren.

Por su parte, Joan Nogué expresa que:

No hay paisaje sin hombre porque la ubicuidad humana ha llevado nuestra huella hasta casi todos los lugares y porque únicamente la mirada del hombre cualifica como «paisaje», y vuelve paisaje lo que naturalmente era sólo territorio. Y no hay hombre sin paisaje porque estamos hechos de él, en reciprocidad vital. Por todo ello los paisajes poseen capacidad civilizadora de retorno, en la que intervienen los efectos de la contemplación y la vivencia directa de sus componentes valiosos. Y también participan en este papel civilizador las imágenes de los paisajes construidas por sus representaciones culturales, las que lo traducen y cualifican, las que nos hacen ver, las educadoras de las miradas, las que dotan de nuevos sentidos a los lugares, a las tramas y a las formas geográficas (2007:336).

Con orientación simbólica/semiótica, Demeritt señala que en la geografía cultural las metáforas utilizadas destacan la construcción cultural del paisaje a partir de procesos de enfrentamiento respecto de su significado; esto es, "consideran al paisaje como una proyección cultural maleable, cuya forma y significado están determinados en última instancia por los contextos lingüísticos y sociales asociados a ellos" (Demeritt, 1994:164), de modo que lo natural (geosistema) sería apenas el "pretexto" material de la significación.

Así, el paisaje puede concebirse como una construcción simbólica, es decir, como un elemento o conjunto de elementos por el cual se representa ese sistema de interacciones entre los elementos naturales no humanos (geosistema) o entre éstos y lo humano (ecosistema) –sistema que otros denominan "paisaje"–, ya que, de acuerdo con la semiótica de Peirce, "nuestro conocimiento del objeto exterior está siempre mediado por los signos" (Rivas, 2001:s.p.).

En tal sentido, el "paisaje" es un hecho cultural, ya que la realidad (en este caso el geosistema o ecosistema, según las perspectivas anteriores) la aprehendemos indirectamente, por medio de signos: no accedemos a la realidad directamente sino a través de las "representaciones" o imágenes que de ella nos hacemos. Por ello, el "paisaje" percibido a través de los sentidos es el signo, que más que permitirnos el acceso a la realidad (el geosistema de la geografía física o el ecosistema de la geografía cultural con todo y la producción humana), nos acerca a "ideas" sobre la realidad que sirven de fundamento para comprenderla. En la expresión más radical de este extremo, no es posible conocer la realidad tal como es, y lo que hacemos es representarla. Por lo anterior, se puede decir que en esta perspectiva la dimensión espacio-temporal es inexistente en cuanto tal, ya que, al ser el paisaje un espacio representado, implica la subjetividad del observador; y de igual modo, el tiempo de ese paisaje puede ser el presente en que se representa, el pasado rememorado, o un futuro imaginado.

De modo similar a lo que ocurre en el caso de la geografía física, para la cual la naturaleza es un agente independiente de la actividad humana (y por ello el paisaje es el paisaje natural), al abordar el paisaje desde esa perspectiva extrema las producciones simbólicas acerca del paisaje son independientes de la naturaleza, pues el significado del paisaje tiene poco o nada que ver con la naturaleza, y mucho con lo que los humanos se representan sobre ella.

No obstante, Tilley (1994) rechaza la noción de que el paisaje corresponda solamente a la forma de una representación mental o de la cognición:

Por "paisaje" quiero, en su lugar, referirme a la forma física y visual de la Tierra como un medio y como un escenario en el que se producen lugares, y en relación dialéctica con lo cual se crean, reproducen y transforman significados. [...] Un paisaje tiene importancia ontológica porque es vivido, mediado, alterado y se trabaja sobre él, está repleto de significado cultural y simbolismo –y no es solamente algo que se ve o que se piensa, un objeto meramente para contemplación, descripción, representación y estetización (1994:25-26, traducción propia).

En afinidad con esta manera de concebir el paisaje, Demeritt (1994:165) expresa que es necesario encontrar un nuevo vocabulario que sirva para discutir a la naturaleza como un "híbrido monstruoso, un actor vivaz, aunque socialmente construido", que permita pensarla, "simultáneamente, como un actor material corpóreo y como un objeto socialmente construido".

Es Toledo quien provee una propuesta conceptual que busca integrar las anteriores, al definir al paisaje como una unidad multidimensional integrada por componentes de la geosfera, la biosfera y la noosfera. Es, por tanto, una entidad compleja, espacial, mental y temporal, una interfase entre procesos naturales y culturales: "Como espacios físicos e imaginarios, los paisajes son complejos multidimensionales en los cuales ocurren procesos naturales y sociales, que pueden ser valorados y representados por signos, significaciones, códigos y conocimientos, planes y estrategias" (Toledo, 2006:9).

El dinamismo del paisaje, sus transformaciones, revelan que éste tiene un aspecto evolutivo, por lo que ha constituido parte fundamental del modo en que se aborda la investigación en el valle de Mexicali: como evolución geológica que ha dado origen a las geoformas que constituyen el medio natural, como evolución biológica de la flora y la fauna que forman parte del geosistema, y como evolución humana cuya presencia y actividades han transformado los ecosistemas; y sumado a este aspecto evolutivo, el paisaje también tiene un aspecto simbólico, porque los grupos sociales han conceptualizado y representado el medio natural asignándole diversos significados a lo largo del tiempo y actuando sobre él con base en dichos significados. Abordar ese aspecto implica adoptar un enfoque de proceso morfológico; es decir, explicar el paisaje actual a partir de las fuerzas que le dan forma; entendiendo que se trata de fuerzas y formas físico-sociales/simbólicas. Este enfoque nos permite rastrear el paisaje en el tiempo como un hecho geosocial-geocultural.

En el caso de la perspectiva simbólica, que es la que interesa en este artículo, el objetivo específico de la investigación que lo sustenta fue caracterizar el paisaje del valle de Mexicali desde la percepción de sus habitantes, por lo que el interés se centró en la valoración que ellos hacen del paisaje del valle, ya que, de acuerdo con Tarroja, el reto no es tanto aprender a gestionar para conservar las formas actuales sino preservar los valores del paisaje, ya sean ambientales, ecológicos, productivos o de recurso para el desarrollo, de calidad de vida y de identidad colectiva. Por ello,

la única forma realmente efectiva de preservar estos valores pasa por intervenir sobre las dos complejas vertientes de las que surge el propio concepto de paisaje: por una parte, los procesos sociales y económicos que generan su transformación (la lógica productiva que origina los paisajes) y, por otra, la formación de las valoraciones sociales y culturales del paisaje (cambiantes en el espacio y el tiempo) como elemento de calidad de vida e identidad (Tarroja, 2009:247-248).

 

El Valle de Mexicali

El Valle de Mexicali tiene una superficie de aproximadamente 3 709 km2 y se encuentra enclavado en una amplia cuenca de origen tectónico formada por sedimentos producto del material depositado por el Río Colorado y de los abanicos aluviales de la Sierra Cucapá (Lira, 2005). Físicamente, se encuentra delimitado al oriente por el Río Colorado, al poniente por las formaciones serranas (Sierra Cucapá, Sierra El Mayor y Cerro El Centinela) y al norte por la mesa arenosa sobre la que se encuentra la frontera con Estados Unidos.

Este valle forma parte de la provincia fisiográfica del Desierto Sonorense o Llanura Sonorense, como una porción de la subunidad Bajo Delta del Río Colorado (Shreve y Wiggins, 1964), la cual se caracteriza por presentar una superficie casi plana, con altitudes de poco más de 40 metros sobre el nivel del mar (msnm), en la desembocadura del Río Colorado (límite oriente), que hacia el valle va disminuyendo progresivamente hasta alcanzar el abanico aluvial de la Sierra Cucapá (bajada).

Dicha sierra presenta una dirección noroeste-sureste; al norte se encuentra el Cerro El Centinela y al sur la Sierra El Mayor. Todos estos elementos delimitan física y visualmente el Valle de Mexicali.

En la porción noreste se localiza la mesa arenosa denominada Mesa de Andrade, que en su mayoría pertenece a los Estados Unidos. Se trata de dunas de origen eólico con altitudes máximas de alrededor de 100 msnm. Hacia el noroeste, esta subunidad desciende hasta alcanzar cero msnm casi en el extremo noroeste de la ciudad de Mexicali.

En la porción oeste, próximo a la Sierra Cucapá, existe una estructura o aparato volcánico llamado Cerro Prieto, que sobresale del paisaje casi plano con una altitud de 220 msnm; es un volcán pleistocénico de tipo domo, inactivo, y alrededor de él se establece el mayor campo geotérmico de producción de energía eléctrica en México.

El Valle de Mexicali es parte de una planicie aluvial que se formó por millones de años de acumulación de material detrítico acarreado por el Río Colorado; no es horizontal sino que forma un parteaguas, con una de sus pendientes con dirección hacia el Mar de Salton, en Estados Unidos, mientras que la otra se orienta hacia el sureste, en dirección a la desembocadura del Río Colorado (Sánchez y Sánchez, 2009).

Tal condición hizo que a la llegada de los primeros exploradores españoles cada una de las vertientes presentara un aspecto particular: mientras en una se tenía paisaje desértico con vegetación de gobernadora (Larrea sp.), mezquites (Prosopis sp.) y cachanilla (Pluchea cericea), la vertiente sureste presentaba vegetación más exuberante gracias a las crecientes del Río Colorado, que propiciaban el crecimiento de álamos (Popolus sp.) y sauces (Salix sp.), así como cachanilla de mayor tamaño (Sánchez y Sánchez, 2009).

Esta zona fue descubierta en 1540 por el español Fernando de Alarcón, quien arribó el 5 de septiembre de 1540 al navegar por el Mar de Cortés y entrar hasta la desembocadura del Río Colorado, para remontarlo hasta lo que es actualmente la ciudad de Yuma, en Arizona, y posterior a él, en el siglo dieciocho, hubo expediciones tanto del padre Francisco Eusebio Kino como del capitán Juan Bautista de Anza, entre otros exploradores, sin que ninguna hubiera producido nuevos asentamientos humanos en la región (Sánchez, 1990) que modificaran la vida de los grupos étnicos que habitaban la zona, al menos hasta mediados del siglo diecinueve (Kelly, 1977).

El poblamiento por personas provenientes de otras partes del país y del extranjero se inició con una ley de colonización promulgada en 1883, por la cual se otorgaron concesiones a la Compañía Internacional Mexicana de Hartford, Connecticut, que en 1889 traspasó sus propiedades a la Compañía Mexicana de Terrenos y Colonización, también conocida como la Compañía Inglesa (Walther, 1996).

Mapa 1

Sin embargo, como región productiva, el origen de su desarrollo económico se debe a los trabajos del geólogo William P. Blake, quien en 1853 estudió la parte estadunidense de la planicie y elaboró un reporte donde mencionaba la posibilidad de aprovechar la pendiente para desviar aguas del Río Colorado a fin de irrigar la planicie desértica con fines agrícolas (Sánchez y Sánchez, 2009). Esta condición fue aprovechada por la California Development Company, encabezada por el estadunidense Charles Rockwood, quien en los albores del siglo veinte fundó una compañía mexicana en asociación con Guillermo Andrade (en ese tiempo, socio mayoritario de la Sociedad de Irrigación y Terrenos de la Baja California, S. A.) a fin de construir un canal que condujera las aguas a territorio de Estados Unidos y que posteriormente también incluyera la irrigación en territorio mexicano. Así, en mayo de 1901 el canal que pasaba por territorio mexicano recibió las primeras aguas, que eran derivadas al vecino Valle Imperial (Walther, 1996).

Viendo las oportunidades de desarrollo agrícola en la porción mexicana de la planicie, inversionistas extranjeros se dieron a la tarea de adquirir terrenos en lo que era entonces el Distrito Norte de la Baja California mediante la creación de compañías con socios mexicanos. Dos nombres de compañías destacan en la historia local, los de la Pacific Land Company y de la Colorado River Land Company, esta última dueña de casi todas las tierras del Valle de Mexicali. Ambas, al efectuarse las obras de irrigación, contrataron mano de obra extranjera o arrendaron las tierras (a chinos e hindúes, sobre todo) para la siembra de algodón, que fue, hasta mediados del siglo veinte, el principal cultivo del valle y que posteriormente fue perdiendo importancia en favor de otros cultivos, como el trigo, la alfalfa y las hortalizas para la exportación (Walther, 1996).

En 1938, el gobierno de Lázaro Cárdenas ordenó la expropiación de los terrenos de las compañías extranjeras y su reparto a mexicanos, con lo que se inició la etapa de desarrollo de los ejidos como unidades productoras comunales, de las cuales muchas fueron otorgadas a inmigrantes de otros estados de la República. Asimismo se fundó el Distrito de Riego del Río Colorado, encargado de distribuir el agua a los ejidatarios y agricultores. Actualmente, el régimen de propiedad en el valle combina ejidos, agricultores particulares y agroindustrias que rentan tierras para cultivos de exportación.

El paisaje del valle fue modificado por la apertura de tierras a la agricultura y por los cambios en el volumen de agua del Río Colorado, ya que dejaron de presentarse las crecientes merced a la construcción de presas en Estados Unidos y la realización de obras de irrigación en el propio valle, a las que se sumó la introducción de especies como el guamúchil y el pino salado (Delgadillo, 1998), de modo que ahora lo que se presenta a la vista son amplias extensiones de tierras en las que se cultivan diversas especies según los ciclos agrícolas, y la diferenciación de la flora entre las vertientes tiende a desaparecer.

 

Algo sobre el método de análisis

Este documento tiene su punto de partida en el proyecto de investigación "Caracterización del paisaje cultural evolutivo del Valle de Mexicali desde tres perspectivas convergentes". Para cumplir el objetivo general de este proyecto se recurrió a las perspectivas evolutiva, visual y simbólica en el estudio del paisaje, y se estableció para cada una de ellas un objetivo particular.

En el caso de la perspectiva simbólica, el objetivo fue –como se mencionó arriba– caracterizar el paisaje del Valle de Mexicali desde la percepción de sus habitantes. Sin embargo, tomando en cuenta que tanto la manera de percibir el paisaje como la valoración del mismo se establecen, se difunden y se comparten socialmente, en la fase de aproximación simbólica a su estudio se propuso explorar la(s) representación(es) social(es) del paisaje del Valle de Mexicali que sostienen los habitantes permanentes del lugar, para lo cual se utilizaron dos técnicas, una de corte cuantitativo –encuesta– y otra de tipo cualitativo –valoración de fotografías en una entrevista–.

La encuesta se realizó en una muestra de 512 viviendas de las localidades de 100 o más habitantes identificadas en el INEGI (2005) y corroboradas en campo3. Las viviendas fueron seleccionadas a partir de un muestreo aleatorio, polietápico, cuyo tamaño se calculó considerando un 20 por ciento de error (no respuesta). La muestra se distribuyó por afijación simple en el total de las localidades. La encuesta fue respondida en cada vivienda por una persona mayor de 18 años que atendiera la invitación.

El cuestionario para la encuesta, además de inquirir sobre información sociodemográfica (edad, sexo, tiempo de residir en el valle, si es nativo de éste o si es originario de otra parte, ocupación), preguntaba sobre especies vegetales y animales que existen o han desaparecido, pedía que se narraran historias, mitos y leyendas relativas al valle, que se mencionaran lugares y personajes importantes para la región, y que se opinara sobre la contaminación en el valle y sus fuentes. De igual forma, se incluyeron preguntas acerca de cómo es el Valle de Mexicali para el encuestado, cuáles lugares del valle le gustan y por qué, y con cuál se identifica y por qué.

Los resultados de dicha encuesta fueron posteriormente procesados en Système Portable pour Analyse de Donées (SPAD) 6.0 para obtener una tipología que sirvió de base en la aplicación de las entrevistas, en las que a los individuos seleccionados se les mostró una serie de fotografías del Valle de Mexicali a fin de que valoraran si representaban a la región y explicaran sus razones.

Los datos fueron sometidos a análisis factorial y de correspondencias múltiples siguiendo las recomendaciones de Doise, Clémence y Lorenzi-Cioldi (2005:25), quienes establecen que los estudios sobre representaciones sociales "no pueden consistir solamente en la localización de saberes comunes, es preciso también estudiar sus modulaciones en función de su imbricación específica en un sistema de regulaciones simbólicas", y de ahí que proponen la reconstrucción de los principios organizadores comunes a conjuntos de personas, pero también de aquellos que organizan las variaciones entre las posturas de diferentes individuos. Tanto el análisis factorial como el de correspondencias múltiples son propuestos por los autores como técnicas de utilidad para acercarse al estudio de un objeto tan dinámico como son las representaciones sociales sin caer en su reificación.

Para Bourdieu, la aplicación de las técnicas mencionadas permite borrar la frontera entre teoría y metodología y superar la oposición entre consenso y conflicto, toda vez que

la adopción de posiciones diferentes, incluso antagonistas, se constituyen como tales únicamente con respecto a posturas comunes, ellas mismas resultantes del espacio de juego en el que actúan, es decir, del espacio de posiciones sociales que el análisis de correspondencias pone al día, proporcionando al mismo tiempo el principio real de la explicación y de la comprensión del espacio de las tomas de posiciones (Bourdieu, 2005:19).

El análisis estadístico de datos textuales –que en este trabajo se sustenta en el análisis multidimensional de datos de la escuela francesa– es especialmente útil para el procesamiento de respuestas abiertas en encuestas, como fue el caso del proyecto de investigación que aquí se reseña parcialmente. Ello debido a que considera las respuestas como actos de lenguaje, producto de las decisiones (conscientes o no) del hablante, y por tanto se centra en lo dicho como resultado de tales decisiones.

De acuerdo con Desmarais y Moscarola (2004), estos métodos buscan elaborar una estadística de las decisiones de lenguaje para entonces llevar el análisis a los factores que pueden explicarlas o trazar la cartografía de las asociaciones lexicales, con lo que se revelan las redes mentales semánticas o modelos rastro que porta el texto. Por ello interesan a este método no sólo las frecuencias de términos sino las asociaciones entre ellos, el contexto –de los mismos términos– en que cada uno se utiliza, la mayor o menor riqueza de vocabulario de los hablantes (la variedad de términos utilizados), así como la banalidad de las respuestas, que no se refiere al contenido de lo dicho sino a la "ocurrencia media de las palabras que componen la respuesta" (Moscoloni, 2005:200). Debido a la extensión de este artículo no se abundará en la descripción del método, que ha sido tratado en profundidad por Moscoloni (2005) y de manera sucinta por autores como Becué, Lebart y Rajadell (1992), y Silva, Hernández y Sosa (2010).

Una de las ventajas que presenta este tipo de análisis es que, mientras el análisis de contenido que se basa en la interpretación del texto depende en gran medida del investigador, de su bagaje de conocimientos y de la actitud con la que se acerca al texto, el análisis lexical permite "tomar distancia respecto del texto y buscar, en los rasgos de la enunciación, las representaciones de los actores" (Desmarais y Moscarola, 2004:11). Además, dice Becué (1992) que los métodos de análisis de datos textuales han demostrado su aptitud para elaborar tipologías con el recuento de las formas gráficas (formas textuales), como fue el caso del presente trabajo, en el que algunas variables de la encuesta sobre paisajes culturales fueron abordadas mediante 27 preguntas de respuesta abierta que fueron poscodificadas y en 20 de los casos se procesaron utilizando el módulo de análisis textual del Système Portable pour Analyse de Donées (SPAD), que incluye la construcción de un diccionario por frecuencias de palabras o segmentos, la elaboración de un listado de las formas gráficas más utilizadas, la identificación de los contextos en que se utilizan los términos de interés para la variable, la construcción de tablas de contingencia léxica, la clasificación de las formas textuales (en este caso, según el grupo de edad al que corresponde el encuestado) y el análisis de correspondencias a partir de la tabla de contingencia léxica.

Para este tipo de análisis los resultados más significativos son aquellos que en la clasificación de formas textuales muestran un valor test ya sea ≥2 o ≤-2, lo que hace posible entender, para valores positivos, de qué manera es más probable que hablen los miembros de cada grupo de edad,4 y en el caso de valores negativos, muestran de qué manera es improbable que hablen. Pero como bien explica Moscoloni (2005:223), "No se trata de decir que la respuesta que está en primer lugar es la respuesta característica, sino que es una forma de reordenar las respuestas del grupo y ver en las primeras respuestas cómo se expresan los individuos de ese grupo".

Por otra parte, el análisis de correspondencias binarias entre los términos hace posible representar en un plano de dos ejes los términos más usados, así como identificar a los grupos que hacen uso característico de tales términos. Con ello, es más fácil identificar posiciones contrarias, encontrar los términos que aglutinan a la mayoría de las opiniones y los que se alejan de ella.

Cabe señalar que las respuestas poscodificadas fueron útiles para procesar los datos de tal manera que se obtuvo una tipología de los habitantes del Valle de Mexicali, en la que después de varios procesamientos se encontró que la variable de mayor importancia para establecer los tipos era el grupo de edad del encuestado, por lo que en la fase de análisis de datos textuales se continuó utilizando dicha variable para caracterizar a los diferentes grupos, que son: Grupo 1): hasta 35 años de edad, Grupo 2): de 36 a 50 años, Grupo 3): de 51 a 65 años, Grupo 4): de 66 a 80 años y Grupo 5): más de 80 años.

 

Descripciones, preferencias e identificación

Tres fueron las preguntas cuyas respuestas se presentan en este trabajo. La primera de ellas, relativa a cómo es el paisaje del Valle de Mexicali, tuvo como propósito obtener una descripción verbal del encuestado que permitiera identificar aspectos valorados positiva o negativamente. La segunda pregunta se formuló como "¿Cuáles lugares del valle le gusta más y por qué?", y pretendió, por una parte, obtener un listado de los sitios más mencionados, pero sobre todo encontrar elementos que sustentan las preferencias manifestadas. Finalmente, la tercera pregunta implicaba decir con cuáles lugares del valle se identifica el entrevistado, así como las razones de ello, para así obtener también un listado y estar en condiciones de comparar si los elementos que se mencionan como importantes en la identificación con un lugar son similares o no a los que inciden en la preferencia por un sitio.

A continuación se presentan los gráficos resultantes del análisis de correspondencias, los cuadros de frecuencia de las formas textuales más utilizadas (que pueden entenderse de manera coloquial como las palabras o los términos que más se usan en cada grupo de edad) y las respuestas características para cada grupo de edad, que se presentan en la forma de frases u oraciones.

 

Descripción del paisaje del Valle de Mexicali

Al construir el diccionario de palabras con que los encuestados describen el paisaje del Valle de Mexicali, los adjetivos favorables que destacan por su frecuencia son "bonito", "bien" y "tranquilo". Como adjetivos que solamente describen, sin connotación positiva o negativa, se tienen "verde" y "seco", y, en contraparte, el adjetivo desfavorable que muestra mayor frecuencia (pero muy por debajo de los favorables) es "feo"; sin embargo, es pertinente aclarar que también el adjetivo "bonito" fue utilizado para expresar que el paisaje del Valle de Mexicali no es bonito (cuadro 1).

En la figura 2 se muestra la distribución de las formas textuales y la manera en que los diferentes grupos de edad se distinguen por sus expresiones. En esa figura, los términos en itálicas negritas son aquellos que contribuyen en mayor medida a la constitución de cada uno de los ejes factoriales.

En el caso de la descripción del paisaje del Valle de Mexicali, se observa que la gráfica tiene en su centro a los árboles, las plantas y el calor, y cercanos a él se ubican conceptos opuestos como los de feo y bonito, árido, el agua y la vegetación, así como la valoración de cómo se vive.

La clase de individuos con 36 a 50 años (grupo de edad 2) y la de quienes tienen 80 años o más (grupo de edad 5) son las que más contribuyen en la constitución del eje 1, con frecuencias de 43.1 y 35.8 por ciento, respectivamente. Por su parte, para el eje 2 los que mayor contribución tienen son el grupo de edad 1 (hasta 35 años) y el 2 (de 36 a 50 años), con 80.5 y 17.1 por ciento.

En esa figura se muestra que la consideración que se tiene del paisaje incluye, en un extremo del eje 1, a quienes comparan el estado actual del paisaje del Valle de Mexicali (o al valle mismo) con su situación en el pasado, que corresponde a los mayores de 80 años. En oposición a ello, en el otro extremo se ubican habitantes de entre 36 y 50 años que comparan el paisaje del valle con la ciudad, aunque ambos grupos lo describen como bonito. Así, este eje podría denominarse como el eje "del pasado al presente".

Los grupos de edad 3 y 4 (de 51 a 65 años y de 65 a 80 años) se encuentran muy próximos entre sí y al centro de la gráfica, lo que evidencia que existen coincidencias en sus descripciones del paisaje y que ellas se acercan mucho a lo que es la opinión general de que es bonito, verde, tranquilo y con árboles, que fueron las formas textuales con mayor peso relativo en la generalidad de los encuestados.

El eje 2 opone, en un extremo, a los habitantes de 36 a 50 años y, en el otro, a quienes tienen de 18 a 35, cuyas opiniones se ubican, arriba, en el énfasis de que el paisaje es bonito y mejor que la ciudad, además de ser el lugar en que vive el encuestado, y abajo, en que es bonito por ciertos atributos, pero que además su belleza depende de la temporada del año en que se le observe. Éste sería el eje de "las condiciones de la belleza del paisaje".

Se puede apreciar, por las descripciones, que como elementos constitutivos del paisaje del Valle de Mexicali los elementos visibles son las plantas y árboles, que se acompañan por la característica del clima desértico representado por el calor percibido; sin embargo, es de notar que la manera de vivir en el valle es un elemento que interviene en sus descripciones del paisaje y proporciona argumentos para el aprecio que se tenga de él. De este modo, el valor que se otorga al paisaje involucra elementos que no forman parte de la dimensión física, sino que se relacionan con lo que los humanos "hacen" en ella. Estamos aquí ante un aspecto que se retomará más adelante al abordar el concepto de topofilia, en tanto que alude a "la indisoluble relación entre ser y estar que, de cualquier forma, se manifiesta a través del lugar entendido como lugar-de-ser" (Yory, 2006:3).

En este mismo tenor, se puede considerar que "El espacio geográfico regional es una estructura simbólica de mediación en el sentido en que está inscrito, por una parte, en el espacio cósmico sobre la base del conocimiento astronómico y, por otra, se halla en la experiencia humana sobre la base de las experiencias que pertenecen al espacio humano, social" (Gómez Rojas, 2001:122).

Por grupos de edad, entre los habitantes de hasta 35 años las formas textuales (palabras o términos) predominantes se refieren a que el paisaje es "bonito" o "muy bonito", y lo relacionan con "campo", como se puede observar en algunas de las respuestas características (cuadro 2). Por su parte, quienes tienen entre 36 y 50 años muestran opiniones divididas, ya que las formas "bonito", "es bonito", "mejor que" y "más" aluden a una situación favorable o más favorable que en un momento anterior; pero también se tienen las expresiones "seco" y "más o menos", que refieren una valoración menos positiva o ambivalente.

El aspecto visual del paisaje es evidente entre quienes tienen de 51 a 65 años, pues, independientemente de cómo lo valoren, en su descripción del paisaje destacan las formas textuales "mira", "se mira" y "se mira muy". No obstante, en las respuestas características destaca el adjetivo "bonito".

Al igual que el grupo de jóvenes, los adultos mayores de 66 a 80 años consideran que el paisaje es "bonito" y lo valoran por lo que "tiene" en la actualidad, que en las respuestas características se puede apreciar que son los árboles, la vegetación y las hortalizas.

A diferencia de los anteriores, aquellos habitantes cuya edad es de más de 80 años describen el paisaje del Valle de Mexicali por medio de formas textuales que aluden al pasado, como son "antes" y "antes era", aunque entre ellos también destaca el aspecto visual con las formas "se ve bien" y "se ve", y la valoración positiva basada en lo que el valle contiene, al decir que "es bonito" porque "hay" algo. Esta característica de contraste entre el presente y el pasado se confirma en las respuestas características, donde las referencias son explícitas respecto de las transformaciones que ha sufrido el paisaje.

 

Preferencia por algunos lugares del valle

Entre los encuestados el sitio más popular es el poblado Kilómetro 43, seguido por el ejido Michoacán de Ocampo, cuna del movimiento agrarista (cuadro 3; ver figura 1). Sin embargo, destacan también, por su frecuencia, dos respuestas muy similares que aluden a que no hay un lugar en específico que puedan nombrar, sino que al encuestado le gusta "todo el valle" o "todos los ejidos".

Debido al tipo de pregunta, en todos los grupos de edad las respuestas características son escuetas y se limitan a la mención de los nombres de los lugares.

El caso más frecuente entre las respuestas acerca de por qué les gusta un lugar fue aquel en que el encuestado no parece tener una razón definida y que corresponde a que no respondió. En segundo y tercer lugar de frecuencia se tuvieron las palabras "aquí" y "vivo", que remiten a que se gusta del lugar porque es donde viven. También se tienen dos verbos que aluden a lo que "hay" o a cómo "está" el lugar referido, y entre los principales adjetivos para calificarlo se tienen "tranquilo" y "bonito".

Así, entre los jóvenes de hasta 35 años hay preferencia por Los Algodones, así como por la sierra [que puede ser la Cucapá o la de La Rumorosa] y el ejido Nayarit, y las formas textuales "presa", "carreras" y "que hay" denotan las razones por las que les gusta un lugar, pues se relacionan con actividades recreativas y de esparcimiento o con la oferta de algún producto o servicio, además de que en general se refieren a algún lugar diferente a aquel en el que vive, pues entre ellos el valor test de la palabra "aquí" es negativo (-2.030). Al construir las respuestas características (cuadro 2), queda nuevamente manifestada la predilección por actividades recreativas.

El segundo grupo de edad también presenta formas textuales que hacen referencia a la "ciudad de Mexicali" y al poblado "Kilómetro 40", y hasta expresiones de que no les gusta el valle. Por su valor test negativo, sería improbable que en este grupo se mencionara a "todos los ejidos" o al ejido "Nuevo León". Estos individuos de entre 36 y 50 años de edad tienen como respuesta característica el no haber dado una razón de por qué les gustaba determinado lugar ("no respondió"), excepción hecha de que "hay más tiendas para el mandado" (ver el cuadro 2), lo que coincide con la forma textual más frecuente en este grupo ("compras").

En cambio, los adultos de 51 a 65 años se caracterizan por mencionar al "Kilómetro 43" y a "todos los ejidos" como sitios que les gustan, y por su valor test es improbable que mencionaran el "Kilómetro 40" o "La 28", que por tanto se destacan como sitios con actividades para jóvenes (las carreras que ahí se llevan a cabo). En este grupo de edad no se tienen formas textuales características con valor test positivo ni negativo, pero entre las respuestas características destacan la presencia de servicios y vegetación, la tranquilidad o los árboles, además de que tienen familiares, o el tipo de gente (cuadro 4).

Entre los adultos mayores con edades de 66 a 80 años los datos muestran la improbabilidad de que mencionaran el "Kilómetro 40" o algún otro ejido que en su nombre lleve la palabra "kilómetro", y las respuestas más características son las de que les gusta "todo el valle", la presa Morelos y Ciudad Morelos, junto con la colonia La Mariana. No se tienen formas textuales con valor test positivo, aunque en este caso las "compras" muestran valor test negativo (-2.354), lo que los distingue claramente del grupo de adultos de entre 36 y 50 años de edad, pues mientras los adultos jóvenes prefieren lugares para ir de compras, entre los adultos mayores no sería ésa una razón. Esto se confirma al observar las respuestas características en el cuadro 2, donde se refiere como razón de su gusto el que se trata del lugar donde viven o han vivido, seguida por la que alude a la tranquilidad de ese lugar.

Finalmente, los mayores de 80 años se caracterizan por la forma textual "Benito Juárez", que alude al poblado que lleva ese nombre, y son ellos quienes presentan mayor diversidad de respuestas características, pues se mencionan sobre todo diez lugares: la colonia Vista Hermosa, los ejidos López Portillo, Vicente Guerrero, San Luis Potosí, Zakamoto, Benito Juárez, Tehuantepec, Mérida y Paredones, junto con la colonia La Panga.

También tienen los ancianos respuestas más amplias y muestran mayor variedad de motivos para gustar de un lugar, en especial los años de residir en ese sitio, que se vive a gusto y la gente es solidaria, que el lugar es bonito y está más cuidado; o bien, si no muestran preferencia es porque no salen. Ellos tienen dos formas textuales características que aluden al paso del tiempo ("años" y "tengo muchos años") y forman parte de las expresiones que constituyen la razón del gusto por algún lugar (ver el cuadro 4).

Del mismo modo, mientras que las razones para gustar de un lugar son claramente diferenciadas entre los grupos de edad que se presentan como opuestos en función de sus respuestas, el arraigo al sitio en que el individuo ha crecido o donde tiene a su familia constituye un elemento central de la preferencia así estructurada, y también se manifiesta como esencial en las razones por las cuales el individuo se identifica con un lugar, aunque ya no sea por la familia sino, en general, por la gente de ese lugar.

El hecho de que un lugar se mencione como preferido porque "aquí vivo" o porque ofrece oportunidades para el desarrollo de actividades que son del agrado del encuestado confirma lo manifestado por Carlos Mario Yory cuando dice que nuestra relación con el espacio habitado

se remonta a la propia dimensión ontológica de tal tipo de espacio en tanto lugar de mostración de lo que Heidegger llamara nuestro ser-en-el-mundo. Un ser que en su connotación circo-estancial acusa "espacialmente" (estancialmente) sus propias formas de ser consigo mismo y con el otro a través de lo que en consecuencia entenderíamos como una u otra forma de habitar (Yory, 2006:6).

De ahí que la preferencia por un determinado lugar está imbricada con lo que el individuo es en ese "su mundo" y con lo que es en relación con los otros en ese mundo, por lo que se entiende que se explique en función de los años vividos, las relaciones de solidaridad con los cohabitantes o –como en el caso de los más jóvenes– las oportunidades de "hacer" y con ello de "ser" en ese lugar.

Las razones por las cuales a los habitantes del valle les gusta algún lugar en especial se distribuyen, de acuerdo con la figura 3, a lo largo de un eje horizontal que opone, por una parte, a quienes dicen que todo el valle es igual, y por otra, a quienes especifican las razones de sus preferencias, y es en ese extremo (a la izquierda de la figura) donde se concentran las respuestas, que se refieren a que el lugar elegido es donde se crió o donde vive el encuestado, o porque ahí tiene a su familia. Alrededor de ese extremo se ubican razones como que la tierra es buena para cultivar o que el sitio mencionado es grande.

Los grupos de edad más cercanos al centro incluyen a los habitantes de 51 a 80 años, en tanto que los más jóvenes (hasta 35 años) se encuentran alejados, con explicaciones fundadas en la existencia de tiendas en ese lugar que es su favorito, mientras que los adultos de 36 a 50 años se caracterizan porque explican sus preferencias no sólo por las compras que pueden realizar, sino también porque en ese lugar tienen trabajo o un parque atractivo.

En general, se percibe que el carácter agrícola del valle, al lado del arraigo al lugar de residencia o a aquel en que se crió o donde viven los parientes, es el elemento más vinculado con la valoración de un lugar. En este sentido, se observa que las preferencias se asocian con la experiencia que el encuestado tiene de ese sitio, ya sea como parte de su vida o en comparación con lo que tiene (o no tiene) alguna otra localidad del valle. Así, en palabras de Tilley:

Los lugares siempre son "leídos" o entendidos en relación con otros. Mientras que los lugares y el movimiento entre ellos están íntimamente relacionados con la formación de biografías personales, se puede decir que los lugares por sí mismos adquieren una historia, capas sedimentadas de sentido que se forman en virtud de las acciones y eventos que tienen lugar en dichos lugares. Las biografías personales, las identidades sociales y la biografía de un lugar están íntimamente conectadas (Tilley, 1994:27; traducción propia).

Tal entendimiento de un lugar por las relaciones establecidas con otros seres humanos y las vivencias que se han tenido con/entre ellos en un entorno determinado es también un aspecto que destaca en la perspectiva de Yory (2006:6) acerca de la topofilia, ya que para él este concepto se refiere más a "la evaluación de la relación que los distintos individuos pueden establecer, consigo mismos y con los demás, gracias a la manera como habitan su espacio", y no tanto a los atributos mismos del espacio, que no deja de reconocer como importantes.

 

Identificación con algún lugar del valle

De manera general, los lugares con los que más se identifican los habitantes del Valle de Mexicali son, por frecuencia de menciones, Ciudad Guadalupe Victoria y Ciudad Morelos, dos poblados con muchas características urbanas (ver la figura 1). Debido al carácter de esta variable no se construyeron respuestas características (frases completas a manera de respuesta), ya que la frecuencia de menciones de lugares específicos provee la información que se requería (cuadro 3).

Así, al analizar las diferencias según el grupo de edad al que pertenecen los habitantes del Valle de Mexicali, se observa que los jóvenes de hasta 35 años tienen como formas textuales características dos palabras que forman en conjunto el nombre de una población (González Ortega) que es cabecera de la delegación más cercana a la ciudad de Mexicali y que está conurbada a ésta.

Para el grupo de 36 a 50 años no se tiene alguna forma textual que lo caracterice, y la única respuesta con valor test ≥2 fue "No respondió", que indica que en este grupo no hay un consenso respecto de algún lugar con el cual se sientan identificados, o que la indecisión en cuanto a cuál elegir es predominante.

Entre los habitantes de 51 a 65 años las formas textuales características hacen referencia a que se identifican con todos los ejidos, y en especial con el ejido Michoacán de Ocampo, lugar histórico en que año con año se recuerda el reparto de tierras decretado por Lázaro Cárdenas mediante el cual se expropiaron latifundios a grandes compañías extranjeras.

Por su parte, los dos grupos siguientes –que en conjunto incluyen a quienes tienen más de 66 años– no tuvieron formas textuales características, lo que indica que sus opciones fueron muy diversas.

En el cuadro 3 se puede apreciar que las palabras más utilizadas para explicar las razones por las cuales se identifican con un determinado lugar del Valle de Mexicali indican, ya sea el lugar en el que se está ("aquí"), o algún otro al que se hace referencia y que forma parte del valle ("ahí"), y se relacionan con vivir o haber vivido en dichos lugares, lo cual remite nuevamente a la condición de "ser ahí", que en el caso de expresarse en primera persona es un "ser aquí" o haber sido en un "ahí" que fue su "aquí" en un tiempo pasado.

Destaca en la figura 4 la incapacidad para expresar verbalmente las razones por las cuales se identifican los habitantes del valle con algún lugar mencionado, pues en el centro se ubica la no respuesta, junto con "la gente", casi en el centro. Como otras razones de menor peso se tienen la facilidad para hacer compras o ir al mandado debido a que ahí se localizan comercios y se tienen servicios, por lo cual se acude más a dicho lugar, donde se tienen amigos y familiares, que son argumentos comunes a los cuatro grupos de edad. No obstante, la distribución de estos grupos en el espacio de la gráfica da cuenta de cómo, nuevamente, los más jóvenes y los más viejos se colocan en lugares opuestos, mientras que los grupos 2 y 3 (quienes tienen de 36 a 65 años) se hallan más cercanos.

Cuadro 5

El hecho de que en su mayoría los encuestados no hayan podido verbalizar las razones de su identificación no significa que no existan, sino que, al ser éste un aspecto sobre el cual no se cuestionan porque forma parte de sus vidas cotidianas, encuentran dificultades para racionalizarlo. En palabras de Tilley:

Para dar sentido, reafirmación y significancia a sus vidas, las personas rutinariamente recurren al conocimiento que tienen sobre el paisaje y sobre los lugares en los cuales ellas actúan. El lugar opera dialécticamente de modo que crea a la gente que es de ese sitio. Estas cualidades de los lugares y los paisajes originan un sentido de pertenencia y arraigo, y una familiaridad que no nace sólo del conocimiento sino de la incumbencia que provee seguridad ontológica. Dan origen al poder de actuar y al poder de relacionarse que es, a la vez, liberador y productivo (Tilley, 1994:26; traducción propia).

Así, se observa que si bien no fue un propósito de la investigación identificar la presencia de rasgos que dieran cuenta de vínculos afectivos entre los habitantes del Valle de Mexicali y su entorno, éstos se fueron haciendo evidentes cuando las respuestas trataban de explicar el porqué de la preferencia o la identificación con un lugar. En este sentido, la identificación se revela como un re-conocimiento (una confirmación del conocimiento) de la persona misma merced a lo que se "es ahí" o se "es aquí" en ese/este lugar y en relación con otros. Con base en estos resultados, se hizo necesario reflexionar sobre ellos mediante un recurso conceptual que pudiese dar cuenta, no sólo del arraigo o del gusto por un lugar, sino además de los aspectos emotivos y relacionales que se pusieron de manifiesto en las respuestas, razón por la que se recurrió al concepto de topofilia.

 

La topofilia: entre el sentimiento y la interacción humana

En un sentido etimológico estricto, "topofilia" proviene del griego topos (τόπος), es decir, lugar, territorio, y philos (φιλος), que significa amor, de modo que implica "amor al lugar o al territorio". Tomado así, en su sentido básico, el concepto tiene dos elementos: uno pasivo, que es el territorio, receptor del afecto, y otro activo, el del sujeto que ama a ese territorio. Se desprende de esta relación entre objeto amado y sujeto que ama que tal afecto puede ser detonado por los atributos o cualidades del territorio, o bien, que puede surgir en el amante sin que el objeto amado tenga "mérito" alguno. A decir de Yi-Fu Tuan, "la palabra topofilia es un neologismo, útil en la medida en que puede definirse con amplitud para incluir todos los vínculos afectivos del ser humano con el entorno material. Dichos lazos difieren mucho en intensidad, sutileza y modo de expresión" (2007:130).

Mientras que para este autor la reacción estética ante el entorno puede ser relativamente fugaz y predominantemente sensorial, el sentir que se tiene hacia un lugar "porque es nuestro hogar, el asiento de nuestras memorias o el sitio donde nos ganamos la vida" (2007:130) es más permanente; y aun cuando el entorno no es por sí mismo el causante de la topofilia, ofrece los estímulos sensoriales que –al ser percibidos y atendidos, valorados o amados– se convierten en símbolos de diverso alcance: pueden tener importancia particular en la vida de una persona o tener una valoración compartida por un grupo social en función de las fuerzas culturales que actúan en un momento determinado.

De este modo, para Tuan la topofilia es un sentimiento de aprecio y valoración positiva, de vínculos afectivos, hacia un lugar en el cual el individuo ha forjado recuerdos o donde ha vivido o vive.

No obstante, Carlos Mario Yory (2006) rechaza el aspecto meramente psicológico de la emoción que –dice– prevalece en el concepto de Tuan, y afirma que la topofilia es más un proceso de filiación que remite a la manera en que los seres humanos habitan el espacio estableciendo relaciones y compartiendo significados; es decir, a la manera en que se es en el mundo. De este modo, el concepto de topofilia "alude tanto a la eventual relación de cada cuerpo individual con otros cuerpos individuales como a la relación del propio cuerpo social (al que de una u otra forma pertenecemos) con el topos mayor con el que en cada caso se inscribe y, de tal suerte, responde: un barrio, una ciudad, una región, un continente o el mundo en general" (Yory, 2006:11).

El espacio cobra formas que corresponden necesariamente "con una determinada idea del mundo en el que somos en el ejercicio autoafirmativo de nuestro ser-social" (Yory, 2006:6). De ahí que, de entrada, la topofilia es "la forma que cobra el espacio, a través de la apertura y puesta en obra de la naturaleza relacional de nuestra existencia" (Yory, 2006:11, cursivas en el original). Así, la topofilia se va construyendo en el entretejido de las relaciones humanas, y no sólo en la relación con un lugar físico.

Dado que para Yory el ser humano es un "ser de camino" entre el hacia y el desde, la base de la espacialidad de los seres humanos es la movilidad; por ello dice este autor que no se "pertenece" a algún lugar estático detenido en el espacio-tiempo, sino que "a través de nuestra existencia (y su dinamys) abrimos el lugar mismo en su espacialidad" (2006:11).

Así, mientras para Tuan la topofilia es apego o arraigo a un lugar fijo, para Yory es más que nada la capacidad de establecer relaciones con otras personas y, a través de ellas, con los lugares en los que se "es" debido a la movilidad, que es característica humana. Este segundo autor no niega el sentido de pertenencia, aunque lo observa sobre todo en los pobres y excluidos, que conservan y defienden como única propiedad lugares específicos y concretos, y que otorga no sólo "adscripcionalidad espacial" o territorialidad, sino también el sentido de grupo o colectividad. Para él, "los conceptos emotivo-afectivos de arraigo y pertenencia (en el sentido sentimentalmente restrictivo y, por lo mismo, poco operativo que, desde aquí, le da Tuan a la topofilia) no son más que parciales adjetivaciones de la territorialidad misma en su connotación profundamente política y, por tanto, pro-activa..." (2006:13). Yory profundiza en su conceptualización al definir a la topofilia como "el acto de co-apropiación originaria entre el ser humano y el mundo mediante el cual el mundo se hace mundo en la apertura que de él realiza el ser humano en su naturaleza histórico-espaciante y el ser humano se hace humano en su espacializar" (2006:15). Según él, el mundo "abierto" por la acción de habitar es el lugar de acción, y por tanto, de sentido y significación; esto es, el lugar de realización del ser humano en cuanto tal.

Esto se hace evidente en las respuestas dadas por los habitantes del Valle de Mexicali, quienes identifican sus preferencias a raíz de las actividades que pueden realizar en un determinado lugar o por las relaciones de parentesco o amistad que han establecido con otras personas, ya sea en el lugar donde tienen su residencia o en los sitios del valle donde residen esas personas. En su actuar, en las actividades que les son agradables (comprar, pasear, ir a las carreras), los habitantes se re-conocen y se ubican en los sitios preferidos, a los cuales acuden (se movilizan) para estar y, en el estar, para ser. Y por otra parte, los lugares se impregnan de significado y se distinguen con base en el afecto que se siente por otros con los cuales se hallan vinculados, a la vez, por experiencias compartidas (como la familia o los amigos) en esos lugares.

Si la topofilia es más un proceso de afiliación, éste se observa en ciernes entre los habitantes más jóvenes, que prefieren determinados lugares o se identifican con ellos por una valoración de lo que en ese lugar "hay" o lo que en ellos se puede hacer, mientras que los mayores explican sus preferencias en función de vivencias, del tiempo transcurrido y de las relaciones establecidas. En este sentido, los jóvenes están en un activo proceso de construcción de relaciones y memorias al tiempo que dan forma al espacio de su habitar, mientras que los mayores –que manifiestan menor movilidad– muestran más claramente lo que ha sido su trayecto desde el ahí hacia el aquí que habitan, y con ello se puede observar una territorialidad más aguzada, aunque no por ello el proceso de afiliación se puede considerar concluido.

 

Conclusiones

Entre los participantes en la encuesta, la diversidad y riqueza de formas textuales varía según el tema: mientras que los jóvenes son más explícitos al decir por qué les gustan ciertos lugares del valle o por qué se identifican con otros, los ancianos lo son en lo que se refiere a los cambios que han observado en el paisaje. La memoria del pasado a partir del tiempo vivido en el valle es, en los ancianos, un elemento que impulsa su verbalización.

Los jóvenes, por su parte, hacen énfasis en los aspectos tecnológicos de la agricultura o en los sitios de diversión y recreación, mientras que los ancianos comentan los problemas que hay, los que les tocó vivir en épocas pasadas, así como las transformaciones que han observado en la agricultura, la economía y el modo de vivir.

De manera general, se puede concluir que la descripción (con rasgos valorativos) que se hace del paisaje se basa en buena parte en los elementos presentes en el geosistema y ecosistema, de donde se deriva que se le califique como "verde" o "seco", y aun como "bonito", debido a la presencia de determinadas especies vegetales en algunas épocas del año; sin embargo, parece haber también un componente emocional, que se manifiesta al describir al paisaje como "tranquilo".

El aspecto visual del paisaje lo dan los diferentes cultivos, pues como atractivo se mencionó el ver las parcelas o los campos de trigo y de hortalizas, de modo que la acción del hombre sobre el paisaje natural es la que –para los encuestados– ha dado valor a esta zona, por vía de los colores y texturas que proporciona la diversidad de especies sembradas. De este modo, si bien para la mayoría de los encuestados el valle es "bonito" porque se han acostumbrado a él debido a que es lo que cotidianamente viven y han aprendido a valorar, los jóvenes encuentran esta característica en el hecho de que es verde y hay trabajo, mientras que los más viejos lo ven bonito porque ya no es como antes, cuando ellos llegaron a poblarlo hace más de 50 años, cuando era un desierto de matorrales.

Si bien se observa una consistente oposición entre los grupos de edad 1 y 5 (los más jóvenes y los ancianos de más de 80 años) y, en menor medida, entre los grupos 2 y 4 (entre 36 y 50 y de 66 a 80 años), ésta se refiere sobre todo a aspectos que son secundarios a las principales caracterizaciones. Es decir, existe una coincidencia y una centralidad en valorar al paisaje del Valle de Mexicali como bonito y caliente, aun cuando las razones y atributos que le otorgan belleza sean diversos según el grupo de edad (el aire puro, la vegetación, la tranquilidad).

Con base en los resultados se puede afirmar que, en efecto, existe una predominancia de los aspectos visuales cuando se trata de valorar el paisaje, pero en este caso particular, y vinculado al clima extremoso, se asocia al paisaje un potente elemento no visual: el calor (en el Valle de Mexicali las temperaturas en verano alcanzan los 45 a 50°C). No obstante, al tratarse de preferencia o identificación por un lugar los aspectos visuales no presentan importancia, ya que los elementos que aluden a la interacción humana, a los vínculos establecidos con el lugar a través de las relaciones con otras personas, son los que adquieren predominio. Así, un lugar es preferido por un individuo o es "su" lugar (con el cual se identifica, donde se encuentra a sí mismo) porque ahí tiene sus vivencias, sus interacciones con sus "otros", los que le permiten ser y ubicarse en el mundo por oposición a su ser él mismo, y son precisamente estos resultados los que manifiestan rasgos considerados parte de lo que Yory (2006) entiende como topofilia, que no se agota en el afecto a un lugar, sino que se constituye mediante las interacciones con otros seres humanos que cohabitan en un espacio.

Desde la perspectiva de la evolución física, todo el valle pertenece a una sola unidad fisiográfica, el Desierto Sonorense, que para fines de este trabajo de investigación se dividió en tres unidades de paisaje considerando sus características estético-visuales. Pero estas oposiciones y conjunciones, resultado de lo dicho por los habitantes, apuntan ya a la necesidad de reducir todavía más la escala en que se aplica el análisis, y considerar que "el paisaje del valle" puede ser uno (el que une en aspectos comunes de tipo visual) y muchos a la vez, según se viva en un ejido o en otro, según se sea viejo o joven y, sobre todo, según los vínculos de relación humana que se establecen con personas en uno u otro lugar. Por ello resulta que al estudiar el paisaje no es posible descartar la cotidianidad, ya que ésta es espacio. Como diría Gómez Rojas:

las entidades espaciales regionales, aunque no pueden descomponerse en una multiplicidad de lugares aislados y de acciones individuales, tampoco podrían definirse o estudiarse sin considerar a los individuos que son "participantes", es decir, que toman parte en ellas como personajes o sujetos de un discurso que les afecta en su propia existencia (2001:123).

Esa cotidianidad del espacio vivido, del paisaje que se observa en el lugar en que transcurre la vida, se expresa espacialmente con el abundante uso de la forma textual "aquí" en diversas respuestas: ya sea para decir que el lugar que más les gusta es ese en el que viven o que se identifican más con el ejido en que habitan, el "aquí" es siempre el lugar donde el individuo tiene su lugar, único e irrepetible, que lo sitúa en el espacio cósmico, y son las estructuras simbólicas las que median entre el espacio cósmico y el espacio vivido, para constituir así la experiencia cultural del espacio (Gómez Rojas, 2001:121), una experiencia que puede ser captada a través del lenguaje, bastión de toda cultura.

 

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Notas

1 Este artículo es resultado del proyecto de investigación "Caracterización del paisaje cultural evolutivo del valle de Mexicali desde tres perspectivas convergentes", que fue apoyado por la Convocatoria Ciencia Básica 2008 del Conacyt. [Con relación a la disposición sobre el número de autores establecida por el Comité Editorial, los autores entregaron las constancias necesarias que obran en el expediente respectivo. Nota del Director.]

2 La geografía tradicional era metodológicamente cercana o dependiente de la ecología, de ahí las propuestas de clasificación de los paisajes en escalas taxonómicas compuestas por zonas, dominios, regiones naturales, entre otros subsistemas, o bien en geótopos (unidades más pequeñas del espacio natural) donde pueden encontrarse diferentes ecótopos (células de paisaje o subsistemas). Ver "La cartografía de los sistemas naturales" en http://www2.ine.gob.mx/publicaciones/libros/602/paisaje.pdf, consultado el 30 de noviembre de 2009.

3 En la visita al campo se identificaron 128 de las 131 localidades reportadas por el INEGI.

4 Los números que aparecen entre paréntesis al final de cada frase característica corresponden al número de folio del cuestionario aplicado.

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