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Culturales

versión impresa ISSN 1870-1191

Culturales vol.6 no.12 Mexicali jul./dic. 2010

 

Artículos

 

La configuración de culturas juveniles en comunidades rurales indígenas de la Sierra Norte de Puebla

 

Spencer R. Ávalos Aguilar1, Benito Ramírez Valverde1, Javier Ramírez Juárez1, Juan Fco. Escobedo Castillo1 y Francisco J. Gómez Carpinteiro2

 

1 Colegio de Postgraduados, Campus Puebla, avalos_aguilar@yahoo.com.mx, bramirez@colpos.mx, rjavier@colpos.mx

2 Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, panchog@hotmail.com

 

Fecha de recepción: 28 de junio de 2010
Fecha de aceptación: 13 de julio de 2010

 

Resumen

En este trabajo buscamos identificar los elementos culturales que conforman la identidad de los jóvenes de ocho comunidades de Puebla. Para ello se llevó a cabo un muestreo simple aleatorio con mujeres y hombres jóvenes. Se identificó que los y las jóvenes construyen un estilo mediante la apropiación de géneros musicales específicos, la preferencia por ciertos programas de televisión y el uso de ropa que los distingue. También se encontró que los jóvenes rurales han generado una serie de prácticas culturales que han transformado la dinámica de su comunidad.

Palabras clave: jóvenes rurales, prácticas culturales, música, comunidad, totonacos.

 

Abstract

Rural youth sector has been poorly studied in Mexico. Research addressing the youth issues discussed mainly in urban areas. This paper seeks to identify the cultural elements involved in shaping the identity of rural youthfrom eight communities in the state of Puebla. This was conducted through simple random sampling with young men and women from these communities. As part of the results identified that the young people build a particular style from the appropriation of specific musical genres, the preference for certain television programs and the use of clothing that distinguishes them from the rest of the population. Similarly, we found that rural youth have generated a series of cultural practices that have transformed the dynamics of their community.

Keywords: rural youth, cultural practices, music, community, totonacos.

 

Introducción

A lo largo de diferentes trabajos, Reguillo (1997, 2000 y 2003) ha señalado que el concepto de juventud surge en las sociedades desarrolladas durante la segunda mitad de los años cuarenta del siglo pasado. De acuerdo con esta autora, dicho concepto adquiere sentido a partir de una reestructuración económica y jurídica que hace visible a este grupo, así como de la generación de bienes para el consumo exclusivo del sector. Por otra parte, González (2003) afirma que las primeras investigaciones académicas que abordan la temática juvenil fueron llevadas a cabo por la escuela de la microsociología urbana desarrollada en Chicago y Birmingham, así como por la antropología norteamericana. Estos primeros trabajos estaban orientados a estudiar dos temas: a) las culturas juveniles y sus fricciones interurbanas y b) las sociedades no occidentales y los fenómenos de endoculturación.

En América Latina, la psicología y la sociología abordaron el estudio de los grupos juveniles desde enfoques estructural-funcionalistas y marxistas. Los trabajos con orientación estructural-funcionalista estaban interesados en estudiar a los jóvenes como producto de los procesos de industrialización y migración rural-urbana. Las investigaciones de corte marxista estaban centradas en analizar los movimientos juveniles, principalmente estudiantiles.

En México, Reguillo (2003) ubica los primeros estudios sobre juventud en la década de los ochenta. Para esta autora tales estudios se caracterizaron por hacer un tratamiento descriptivo del fenómeno sin contar con las herramientas teórico-metodológicas necesarias para abordarlo. En los años noventa se llevaron a cabo un segundo bloque de investigaciones, que adoptaron una perspectiva interpretativa y hermenéutica que busca problematizar tanto a su sujeto de estudio como a las herramientas que emplean. Sin embargo, algunos de los trabajos más importantes acerca de la juventud realizados en nuestro país han estado orientados únicamente a los contextos urbanos (Valenzuela, 1988; Urteaga, 1992; Feixa, 1995).

En términos generales, el estudio de la juventud en contextos rurales ha sido escaso. González (2003) ubica las primeras investigaciones sobre la juventud rural en América Latina durante los años setenta. Estos trabajos eran de tipo sociodemográfico y estaban enfocados a estudiar los fenómenos migratorios, las expectativas de los jóvenes y su incidencia como actores en el desarrollo. Para el caso mexicano, los artículos de Pacheco (1997 y 1999) fueron de los primeros y de los pocos trabajos que abordaron esta temática desde la perspectiva rural-indígena.

Durante todos estos años, los trabajos sobre la juventud han transformado la forma de abordar dicha temática. En los inicios los grupos juveniles eran estudiados desde una visión biológica y psicológica que le daba un gran peso a la edad y al periodo de moratoria social como factores determinantes en la construcción de una identidad juvenil. En la actualidad, muchos investigadores consideran que esta categoría se establece a partir de aspectos de tipo social y cultural; es decir, que las identidades juveniles se configuran y reconfiguran a través de elementos simbólicos y materiales tanto del contexto en el que se desarrollan los grupos como elaborados fuera de él.

En este trabajo nuestro objetivo es analizar la configuración de las culturas juveniles en ocho comunidades rurales del estado de Puebla con el estudio de los rasgos simbólicos.

 

Las culturas juveniles

Uno de los investigadores que adopta este enfoque sociocultural en sus estudios sobre la juventud es Carles Feixa. Él emplea el concepto de culturas juveniles para analizar a ese sector social. Para él las culturas juveniles representan el "conjunto de formas de vida y valores, expresadas por colectivos generacionales en respuesta a sus condiciones de existencia social y material" (Feixa, 1995:73). Es mediante este concepto que puede entenderse la aparición de la juventud como sujeto social, generador de una "microsociedad" que goza de autonomía relativa respecto del mundo adulto y que adopta tiempos y espacios específicos.

De acuerdo con Feixa, las culturas juveniles se construyen con base en la asimilación de las normas y valores propios del contexto del cual forman parte, con los que entran en contacto en las interacciones cotidianas que establecen en el seno familiar, en el vecindario, con los amigos y en la escuela. En estas interacciones los jóvenes interiorizan elementos culturales que luego emplearán para elaborar su identidad. De igual manera, las culturas juveniles se constituyen por las relaciones de conflicto y adaptación que los jóvenes establecen con las formas de distribución y ejercicio del poder que operan en diferentes campos, como la escuela, los medios de comunicación, el sistema productivo, la comunidad (para el caso rural), entre otros. Por último, el contacto de los jóvenes en espacios de ocio como la calle, los bailes o los lugares de diversión permite intercambiar valores y comportamientos que complementan las normas y valores que han adquirido en su entorno cotidiano.

Las culturas juveniles se constituyen en dos niveles: social y simbólico. En el ámbito social, los principales elementos que articulan a estas culturas son la generación, el género, la clase, la etnicidad y el territorio (Feixa, 1996); en el simbólico, las culturas juveniles se identifican por medio de un estilo, que integra elementos materiales e inmateriales provenientes del lenguaje, la música, la vestimenta y las prácticas culturales. Feixa (1996:81) define al estilo como "la manifestación simbólica de las culturas juveniles, expresada en un conjunto más o menos coherente de elementos materiales e inmateriales, que los jóvenes consideran representativos de su identidad como grupo".

Cada cultura juvenil crea su propio estilo al darle significado a una serie de objetos y símbolos elaborados por sus integrantes o adoptados de grupos o contextos diferentes. En el caso de los elementos adoptados, es importante aclarar que éstos son reordenados y contextualizados por el grupo de jóvenes para adaptarlos a sus condiciones particulares de vida. Ahora bien, sin importar el origen de los símbolos u objetos empleados por las culturas juveniles, éstos deben estar directamente relacionados con las actividades y la forma de pensar de los jóvenes para que de esta forma exista una identificación tanto al interior como al exterior del grupo que permita considerar como tal a éste. Feixa (1996:82) plantea que "lo que hace [a] un estilo es la organización activa de objetos con actividades y valores que producen y organizan una identidad de grupo".

En cuanto al lenguaje empleado por las culturas juveniles, se caracteriza por su intención de marcar diferencia, y hasta oponerse, al lenguaje adulto. El lenguaje empleado por los jóvenes hace uso de una gran cantidad de palabras, frases, entonaciones, sonidos y muletillas que solamente son conocidas y entendidas por ellos. Respecto a la música, ésta permite diferenciar a las culturas juveniles de los grupos adultos y al mismo tiempo identificar a cada grupo juvenil de acuerdo con las preferencias por ciertos ritmos o géneros musicales.

Acerca de la vestimenta, se considera que el uso de cierto tipo de ropa y accesorios sirve a los jóvenes como otra forma de diferenciarse de los adultos. Esta vestimenta puede ser elaborada por ellos o adquirida en lugares específicos. Para el caso de los jóvenes rurales, la adquisición de las prendas o de los accesorios que emplean para marcar su estilo se lleva a cabo principalmente en locales ubicados fuera de la comunidad. Ellos tienen acceso a estos sitios durante sus estancias migratorias regionales, nacionales o internacionales.

En cuanto a las prácticas culturales, los dos aspectos que se deben considerar son las actividades que realizan los jóvenes y los espacios que ocupan para llevarlas a cabo. Las actividades realizadas por las culturas juveniles sirven para reafirmar su identidad como grupos y contrarrestar el estigma impuesto por los adultos. Los espacios juveniles son lugares de reunión donde se comparte el tiempo de ocio y se practican ciertos rituales que reafirman la identidad grupal y marcan la frontera, simbólica y físicamente, con el resto de la sociedad. En el caso del ámbito rural, con esa frontera se busca separar a las culturas juveniles del resto de la comunidad.

Por último, cabe retomar la sugerencia hecha por Feixa en cuanto a la caducidad y dinámica propia de los estilos. El autor afirma que los estilos "Pueden experimentar períodos de apogeo, de reflujo, de obsolescencia e incluso de revitalización. Pero en la mayoría de los casos, su vida acostumbra a ser corta, y no influye en más de una generación de jóvenes. En el proceso, la forma y los contenidos originales pueden experimentar diversas metamorfosis" (Feixa, 1996:86-87).

 

Los grupos juveniles rurales

Todos aquellos trabajos que han abordado el estudio de la juventud desde perspectivas biológicas y psicológicas han desestimado la posibilidad de que en los contextos rurales, indígenas o no, sea posible la conformación de grupos juveniles con una identidad propia. Tal argumento se basa en tres aspectos: la rápida inserción laboral y el matrimonio a una edad temprana entre los habitantes de estas zonas, lo cual aparentemente imposibilita contar con un periodo de moratoria social que les permita experimentar diferentes roles.

En segundo lugar, esos trabajos mencionan el papel preponderante que las familias tienen como agentes socializadores de este sector poblacional, y les adjudican a los amigos y a la escuela un papel secundario en ese proceso de socialización. Bajo este argumento, la posibilidad de que muchachos y muchachas tuvieran contacto con realidades diferentes a las de su ámbito familiar estaría restringida y únicamente se enfocarían en reproducir las condiciones de vida de sus padres. En tercer lugar, los trabajos con perspectiva psicobiológica dan por sentado que en los contextos rurales toda la población, adulta o juvenil, comparte los mismos rasgos e intereses, y por lo tanto la misma identidad, basados en un fuerte apego a la comunidad.

Por otra parte, la mayoría de los trabajos que han abordado el estudio de los jóvenes desde una perspectiva sociocultural lo han hecho principalmente en ámbitos urbanos. Por tal motivo, la idea de que en las comunidades rurales los grupos juveniles son prácticamente inexistentes sigue prevaleciendo. Sin embargo, en la actualidad existen muchos elementos que permiten demostrar que este rasgo ha dejado de caracterizar al total de las comunidades rurales.

Respecto a la pronta inserción laboral en ámbitos rurales, ésta inicia desde la niñez, ya que al interior de las unidades domésticas a todos los miembros se les confieren responsabilidades y se les designan tareas. Esas responsabilidades traen consigo ciertos derechos y libertades que aumentan o disminuyen de acuerdo con la edad, el género y la posición social que se ocupe, entre otros factores. Como ejemplo se encuentra la libertad que tienen niños y jóvenes varones para organizar su tiempo libre. Todo esto permite entender que llevar a cabo actividades laborales no es un factor que imposibilite contar con tiempo libre para configurar una identidad juvenil.

Con relación al matrimonio a temprana edad en dichos contextos, esto no impide que la nueva pareja siga siendo tratada por sus respectivas familias como sujetos dependientes y subordinados, rasgos que caracterizan a la condición juvenil. Por ejemplo, en ocasiones los familiares intervienen en la toma de decisiones sobre la forma de vida de los recién casados debido a que ellos no cuentan con las condiciones económicas suficientes para ser considerados independientes y/o están sujetos a los usos y costumbres locales. Por tal motivo, este factor, más que impedir la construcción de elementos juveniles, la confirma.

En cuanto a la afirmación que coloca a la escuela y a los amigos en un papel secundario como agentes socializadores, se puede decir que se trata de una aseveración sesgada. En primer lugar, porque el modelo familiar campesino en el que se basa es anacrónico, debido a que se ha modificado a partir de los cambios que han tenido las comunidades rurales por la migración, la diversidad de actividades económicas, la diversidad religiosa, entre otros factores. En segundo lugar, porque la escuela ha adquirido una función importante en la dinámica social de la comunidad y particularmente en la dinámica de la población juvenil. Esto, porque la escuela como institución legitima la existencia de grupos juveniles y como espacio es identificado como un territorio perteneciente a este grupo. Los amigos y amigas han adquirido mayor importancia en el proceso de socialización de los jóvenes al convertirse en los únicos miembros de la comunidad que comparten intereses y necesidades comunes. Todo esto permite considerar que los y las jóvenes rurales tienen la posibilidad de construir su identidad desde una amplia gama de referentes al interior de sus comunidades.

Finalmente, hay que aclarar que los jóvenes rurales, al igual que los urbanos, tienden a marcar diferencias con respecto a los adultos que integran sus comunidades, pero al mismo tiempo buscan marcar diferencias entre sí, debido a diversos factores sociales (clase, género, etnicidad) y simbólicos (prácticas culturales, lenguaje, etcétera). Los y las jóvenes rurales se agrupan y diferencian entre sí con base en sus gustos, intereses y condiciones de vida. Todo esto está vinculado tanto con su ámbito local de interacción como con referentes de la región, del país y del ámbito internacional.

Ese acceso a referentes supralocales ocurre principalmente con la migración laboral y/o educativa y el acceso a los medios de comunicación de masas (radio, televisión, internet) que experimentan los muchachos y muchachas. Estos referentes los han acercado al discurso modernizador, y por tanto a la adquisición de símbolos culturales diferentes, a la adopción de nuevas ideas y a la generación de expectativas de vida diversas. Es adecuado aclarar que los y las jóvenes rurales se apropian de estos elementos simbólicos "urbanos" de una manera dinámica, es decir, los integran a su identidad mediante un proceso de reacomodo y resignificación de acuerdo con sus condiciones particulares de vida, con la selección de determinadas representaciones sobre otras. Este panorama también afecta a las comunidades al designarles un papel en la conformación de las identidades juveniles rurales, sea como escenario principal o como referente secundario.

 

Materiales y métodos

El ámbito de estudio

El trabajo de campo se realizó en 2007 en la junta auxiliar de Coyay, perteneciente al municipio de Hermenegildo Galeana (mapa). Este municipio está ubicado en la Sierra Norte del estado de Puebla y colinda al norte con el municipio de Jopala y el estado de Veracruz; al sur con los municipios de Amixtlán, Coatepec y Olintla; al oeste con San Felipe Tepatlan y al este con Olintla (INEGI, 1996:281).

El significado del nombre de la comunidad (Coyay) es confuso, pues sus pobladores argumentan que surgió debido a que en un tiempo había coyotes en la zona (Ávalos, 2005:54). Franco (1976:86) considera que el nombre de esta comunidad probablemente surgió de las dicciones náhuatl "coyolli, cascabel grande; atl, agua, y la terminación y, por yan, lugar; resultando de ahí la voz coyo-a-y, que por contracción se pronunció después coyay", y que significaría "lugar de agua que hace ruido como cascabeles", lo que describe las condiciones geográficas que presenta dicha comunidad, pues cerca de ella pasa un río que forma parte de la cuenca del río Tecolutla y que tiene gran importancia en la historia y en el imaginario local. Como ejemplo se puede mencionar el relato que los habitantes cuentan sobre el origen de la campana de su iglesia. Según dicen, la campana provenía de otra comunidad y llegó hasta Coyay luego de que la iglesia de aquel lugar, del cual no se tiene información exacta, fuera destruida. Según esta versión, el río arrastró la campana y los pobladores de Coyay la encontraron y decidieron subirla. Lo que los habitantes actuales no saben explicar es cómo se logró transportar dicha campana desde el río hasta el centro de la comunidad.

Sobre su origen se sabe aún menos; los habitantes no recuerdan ningún dato referente a la fundación de la comunidad. Sin embargo, se ha podido recopilar alguna información documental que da cuenta de una parte de su historia. De acuerdo con la Relación geográfica de Hueytlalpan, hecha en 1581, Coyay perteneció, junto con Amixtlan y Cuautotola, a la cabecera colonial de Jojupango (Acuña, citado en Valderrama, 2005:34). La siguiente información encontrada remite a principios del siglo veinte. Es en esta época cuando el estado de Puebla sufrió modificaciones importantes en su división territorial debido a la aplicación de la Ley del Municipio Libre (artículo 115 de la Constitución de 1917) y de las reformas a su Ley Orgánica Municipal, con las que surgieron nuevos municipios en la entidad. Por este motivo, Coyay continuamente fue removido de varios municipios del ex distrito de Zacatlán; en aproximadamente 15 años formó parte de tres diferentes entidades municipales. De 1923 a 1930 perteneció a Hermenegildo Galeana y de 1930 a 1938 a Coatepec (INEGI, 1996). Finalmente, en 1938 fue anexado al municipio de Amixtlán, del cual fue separado aproximadamente en la década de 1960 para ser integrado nuevamente a Hermenegildo Galeana, al cual seguía perteneciendo al momento de realizar la investigación (INEGI, 2008). Esa movilidad ha dificultado la obtención de otros registros documentales que permitan conocer más acerca de este lugar. Sin embargo, por los pocos datos recabados se sabe que es una comunidad con un origen posiblemente anterior a la conquista española.

En la actualidad, Coyay tiene la categoría administrativa de junta auxiliar, una de las tres con las que cuenta el municipio de H. Galeana. A su resguardo tiene otras siete comunidades consideradas inspectorías o rancherías: Cacatzala, Calpuhuan, Caxtillu, Coyoy, El Plan, El Zecna y Palos Grandes (INEGI, 2005). De acuerdo con la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, el municipio al que pertenece Coyay cuenta con un número importante de hablantes de lengua totonaca (CDI, 2009). Con este criterio, se puede considerar de manera general a ésta y a las siete localidades que administrativamente están a su resguardo como comunidades indígenas.

De acuerdo con Masferrer (2004), las poblaciones totonacas cuentan con una organización social, religiosa y cultural basada en usos, costumbres, cosmovisiones y tradiciones ancestrales. Sin embargo, desde hace varias décadas en muchas de estas comunidades hay presencia de población mestiza, por lo que la cotidianidad de los grupos indígenas ha cambiado y se ha creado un sincretismo con el que habían vivido en relativa normalidad hasta finales del siglo veinte. Desde la década de 1980 el campo mexicano comenzó a sufrir una serie de transformaciones, que en esta región se mostraron en una crisis cafetalera. Esta situación obligó a un mayor desplazamiento de la población totonaca hacia las zonas alejadas de la Sierra Norte. La continua migración, junto con el nuevo tipo de relación económica y cultural que se estableció desde ese momento entre las comunidades rurales y las zonas urbanas, ha producido modificaciones en la estructura social de las primeras.

Según el INEGI, la población total de esta junta auxiliar en 2005 era de 2623 habitantes, 1359 hombres y 1264 mujeres, y representaba el 34.7 por ciento de la población total de H. Galeana. Más de la mitad de la población de Coyay y sus inspectorías tenía en ese año edades que iban de los 0 a los 19 años. Esto refleja el importante cambio generacional que estaba ocurriendo al interior de la junta auxiliar. Este cambio ha afectado de manera directa la reconstrucción de la identidad comunitaria de sus habitantes, sus rasgos culturales, sus actividades económicas, los periodos y lugares a donde migran, sus prácticas religiosas, entre otros aspectos.

 

Metodología

Para llevar a cabo la investigación en estas ocho comunidades se emplearon técnicas cuantitativas, específicamente el muestreo aleatorio. Se elaboró un cuestionario para identificar los elementos sociales y simbólicos que intervenían en la conformación de la identidad de la población juvenil de estas localidades. De los resultados obtenidos se desprende la parte que se presenta en este artículo referente a los elementos simbólicos que han intervenido en la configuración de dichas identidades.

El cuestionario se aplicó a jóvenes con una edad de entre 15 y 20 años. Se retomó la edad como criterio de selección para establecer el universo de la muestra, no por considerar el elemento biológico como factor determinante en la construcción de la identidad juvenil, sino porque los y las jóvenes de ese rango específico nacieron en un periodo de transición de sus comunidades. Este periodo estaba relacionado con las transformaciones ocurridas en el campo mexicano y, específicamente en la región, con la crisis cafetalera. Tal crisis ocurrió entre los años ochenta y noventa del siglo veinte en México y en el nivel internacional, y se expresó en la caída del precio de ese producto y en el desmantelamiento del Instituto Mexicano del Café (Inmecafé), que era el encargado de regular el comercio del aromático (Bartra, 2003; Martínez, 2004). Esto afectó la dinámica económica de las comunidades y, por lo tanto, reconfiguró su estructura social y su base cultural. Tal situación afectó directamente a la población juvenil, pues abrió el espacio para que este grupo comenzara a construir una identidad propia y a elaborar símbolos que los diferenciaran del resto de la población. De esta manera, la población que se seleccionó podía tener construida, o tener en proceso de elaboración, una identidad juvenil claramente definida.

Para determinar el tamaño de la muestra se utilizó la siguiente ecuación:

donde:

d Precisión

Z α/2 Confiabilidad

N Tamaño de la población

pn Proporción con la característica de interés

qn Proporción sin la característica de interés

El tamaño del universo de estudio se obtuvo de la revisión documental realizada en el registro civil de los municipios de Hermenegildo Galeana y Amixtlán, por el cual se identificaron 467 jóvenes. La confiabilidad fue de 95 por ciento y la presión de 10 por ciento La variable migración fue considerada sumamente importante para este estudio y fue determinante para establecer el tamaño de la muestra y se determinó la proporción de 0.9 para la característica de migrante y de 0.1 para la categoría de no migrante. El tamaño de la muestra resultó de 32 jóvenes por entrevistar, a los que se agregó un 10 por ciento más por razón de seguridad, por lo que la muestra estuvo finalmente compuesta por 36 jóvenes, 11 hombres y 25 mujeres. El número de mujeres jóvenes que participaron en este trabajo fue mayor debido a que en el momento en que se aplicó el cuestionario los hombres jóvenes estaban fuera de las comunidades.

 

Resultados y discusión

El grupo de estudio

Los y las jóvenes con quienes se trabajó residían en la comunidad o la visitaban continuamente. De los 36 jóvenes, 23 mujeres y 11 hombres eran bilingües, mientras que dos mujeres decían ser monolingües en español. De los 34 jóvenes bilingües, 28 tenían como lengua materna el totonaco (18 mujeres y 10 hombres), tres más (todas mujeres) tenían como lengua materna el español y los tres restantes (dos mujeres y un hombre) aprendieron español y totonaco al mismo tiempo. Por otra parte, la mayoría de los jóvenes se consideraban campesinos; sólo uno dijo no serlo. Mientras tanto, 16 de las jóvenes dijeron percibirse como campesinas, siete dijeron no identificarse como tales y dos prefirieron no responder.

Del total de jóvenes, 21 se dedicaban a estudiar y el resto trabajaba: los hombres, como albañiles, estibadores o carpinteros, y las mujeres, como amas de casa o empleadas en algún tipo de negocio. De los y las jóvenes que estudiaban, dos hombres y una mujer estaban en secundaria, 13 mujeres y cuatro hombres estaban en bachillerato y una mujer estudiaba la licenciatura en comunicación.

El grado máximo de estudios de quienes se dedicaban a trabajar variaba. Para el caso de los hombres, había quien únicamente terminó la primaria, los que tenían la secundaria incompleta (dos), el que había logrado terminar la secundaria y el que había terminado el bachillerato. En el caso de las mujeres, había quien no terminó la primaria, quienes lograron terminarla (cinco), quien concluyó la secundaria y, finalmente, las que terminaron el bachillerato (cinco).

Del total de la población juvenil ocupada, 24 habían salido de su comunidad, 15 mujeres y nueve hombres; mientras 12 jóvenes nunca la habían dejado hasta ese momento, 10 mujeres y dos hombres. Solamente una joven había migrado con fines educativos; el resto lo había hecho para trabajar. Los lugares a los que más migraba la mayoría eran la capital del estado, los municipios cercanos, como Zacapoaxtla, Cholula y Huejotzingo, y entidades federativas cercanas, como Tlaxcala y el Distrito Federal. Los más aventurados iban hasta estados del norte del país, como Sonora o Chihuahua. La migración internacional hacia Estados Unidos y Canadá era una práctica relativamente reciente, pero ninguno de los participantes de la muestra, tal vez por su corta edad, había salido hasta allá.

A continuación se presentará el análisis de la información relacionada con los elementos simbólicos que participaban en la configuración de las identidades de estos jóvenes en sus comunidades.

 

Los gustos musicales de los jóvenes rurales

El primero de los elementos de tipo simbólico es la música. Su importancia radica en la doble función que tiene actualmente entre la población juvenil rural, como aglutinadora y como diversificadora identitaria. De acuerdo con González (2006), este uso de la música como referente identitario es "uno de los cambios fundamentales de esta generación [de jóvenes] con respecto a las precedentes". Este autor explica que para las generaciones previas la música tenía un papel secundario como forjadora de identidad juvenil, pues únicamente se le percibía como algo "que se escuchaba o bailaba mientras ocurrían otros episodios importantes". Al mismo tiempo, González afirma que desde los años ochenta las nuevas generaciones rurales construyen su identidad juvenil a partir del "consumo de bienes simbólicos" como la música, que tiene una rápida distribución en grandes sectores de la población tanto urbana como rural. Para Reguillo, un factor que hizo que la música adquiriera gran importancia como elemento identitario juvenil, tanto en zonas urbanas como rurales, fue que ésta era "el primer territorio liberado respecto de la tutela de los adultos y un lugar clave para la autonomía de los jóvenes" (citada en González, 2006).

En cuanto a la doble función (aglutinadora y diversificadora) que tiene la música entre los grupos juveniles, ésta se explica por la variedad de estilos, ritmos y géneros musicales que las muchachas y muchachos escuchan. Los y las jóvenes se agrupan alrededor de la música que aborda temáticas y letras relacionadas con la realidad que viven y, al mismo tiempo, se diferencian de sus pares discriminando entre diferentes estilos y géneros musicales.

Una vez que se ha aclarado por qué es tan importante la música como elemento identitario entre la población juvenil, se procederá a presentar los datos recopilados al respecto. En la gráfica 1 se muestran las preferencias musicales de los muchachos y muchachas de las comunidades del estudio. Del total de jóvenes, únicamente dos mujeres y un hombre aseguraron no escuchar música; el resto mencionó cuál era el género musical que más le gustaba.

La mayoría de las mujeres jóvenes mencionaron que el duranguense era el principal género musical que les gustaba escuchar. Otro número considerable de muchachas mencionó que le gustaba oír el pop. El resto de las jóvenes comentó que preferían escuchar regaetón, música grupera y electrónica. En el caso de los muchachos, también la mayoría prefería el duranguense. A diferencia de las muchachas, el resto de los jóvenes mostró una mayor diversidad en cuanto a sus gustos musicales. Éstos estaban repartidos entre el regaetón, la cumbia, la música cristiana, el rock y el rap.

Como puede observarse, los gustos musicales de los y las jóvenes eran muy variados y a la vez diferentes de los gustos que tenía la población adulta, principalmente acostumbrada a escuchar música ranchera, norteña y corridos. Además, se aprecia que muchachos y muchachas sabían identificar claramente cada uno de los géneros musicales mencionados y ubicaban sus preferencias dentro de un estilo particular. Acerca de los géneros musicales, es de llamar la atención que la mayoría de éstos estaban estrechamente vinculados con el ámbito urbano, sea en sus letras, en sus ritmos o en sus estilos (pop, regaetón, rap, rock y electrónica).

De esta manera se puede identificar la doble función que la música cumplía entre la población juvenil de las comunidades donde se realizó esta investigación. La aglutinaba a partir de una serie de estilos propios que en nada se relacionaban con la música adulta. Al mismo tiempo, diversificaba sus expresiones juveniles por medio de los diferentes géneros musicales. Al respecto, es importante mencionar que dicha diversificación respondía también a las diferencias, principalmente de clase, que existían al interior de este sector de la población. No hay que olvidar que el consumo de cierto tipo de música entre los jóvenes rurales también sirve para remarcar la posición que se ocupa en la estructura social. Como ejemplo puede mencionarse la información recabada entre 2001 y 2003 en esta misma comunidad, cuando se identificaron dos grupos de jóvenes que se asociaban en función de sus preferencias musicales y de su posición de clase. Por un lado se encontraban los cholos, que eran muchachos migrantes, hijos de jornaleros, que habían abandonado la escuela, que eran clasificados como drogadictos y que escuchaban música sonidera. Por otra parte estaban los potrillos, hijos de algunos de los comerciantes de la comunidad, familiares entre sí, estudiantes en algunos casos y que se identificaban con la música de banda. En los bailes que había en la comunidad era común que ambos grupos se enfrentaran a golpes con la finalidad de tomar revancha de anteriores rencillas (Ávalos, 2005).

Finalmente, todo lo anterior reafirma el importante papel que tenía la música para estos jóvenes como elemento simbólico conformador de su identidad. Elemento que no solamente les permitía reconocerse como diferentes de las generaciones adultas sino también de sus propios pares, y, por lo tanto, experimentar lo juvenil desde diferentes perspectivas.

 

Los jóvenes rurales y la televisión

Los medios electrónicos, y en particular la televisión, han tenido un papel importante en la conformación de identidades juveniles en el ámbito rural. Rodríguez (1999) identificó que en el sur del estado de Puebla los medios electrónicos habían modificado la moda y el lenguaje de los jóvenes rurales. Tanto hombres como mujeres cambiaban su arreglo personal y así lograban diferenciar se de los adultos y ancianos, y al mismo tiempo se confirmaban como jóvenes. En el caso específico de la televisión, Rodríguez comentaba que las películas y telenovelas eran los medios en los que ellos y ellas aprendían a ser novios y aclaraban algunas dudas sobre sexualidad. De igual manera, este tipo de programas les permitían acceder a realidades lejanas y a experimentar la vida fuera de su lugar de origen. Feixa y González (2006) también registraron el impacto de la televisión en la dinámica de una comunidad zapoteca de Oaxaca. En este caso, los habitantes del lugar comentaban sobre la influencia negativa de ese medio, que resultaba en la pérdida de valores. Según esto, la televisión enseña a "casarse y divorciarse", igual que a "tener novia" y después "dejarla" (Feixa y González, 2006:181). Podemos deducir, entonces, que la televisión no sólo opera como medio para la transmisión de símbolos y valores "externos" que pueden ser retomados por los jóvenes en el proceso de construcción y reconfiguración de su identidad; además, en ciertos contextos puede ser considerada como referente de dicha identidad juvenil, cuando los jóvenes de las comunidades rurales e indígenas relacionan sus contenidos con los discursos de diferenciación que ellos manejan. Finalmente, puede pensarse que los jóvenes rurales de estas comunidades podrían hacer un uso más creativo del contenido de la televisión y sacarle mayor provecho, posiblemente, como un nuevo referente juvenil en su contexto.

Los datos obtenidos en las comunidades del estudio se muestran en la gráfica 2. En esta gráfica se presenta el número de jóvenes que acostumbraban ver televisión. La mayoría de los muchachos y muchachas tenía el hábito de verla. El principal tipo de programas que preferían las jóvenes eran las telenovelas. En menor cantidad gustaban de los noticieros y de los programas familiares y cómicos. En el caso de los jóvenes, los gustos eran más diversos. Veían novelas, películas y programas familiares, musicales y deportivos.

Respecto a la frecuencia con que los y las jóvenes veían televisión, en nueve de los 31 casos lo hacían a diario, ocho lo hacían varias veces a la semana, cinco la veían solamente los fines de semana y otros cuatro una vez a la semana. El resto no contestó a esta pregunta. También se detectó el uso de reproductores de DVD, en los que muchachos y muchachas acostumbraban ver películas y videos musicales. La forma de acceder a los DVD era comprarlos en versión "pirata" en el mercado local durante los fines de semana, en algún mercado de la región o del estado durante alguna salida y/o por el intercambio o préstamo entre amigos.

 

La vestimenta de los jóvenes rurales

Otro elemento valioso para analizar el estilo desarrollado por las culturas juveniles de estas comunidades era la ropa que usaban. Diez de los varones acostumbraban usar a diario pantalón de mezclilla y solamente uno prefería usar pantalón de vestir. De los 11 jóvenes, nueve preferían usar playeras y los otros dos vestían camisas. El tipo de calzado que usaban era variado: seis muchachos vestían zapatos, tres más utilizaban zapato de suela ancha tipo cholo y el resto calzaba tenis y botines.

En el caso de las mujeres, 21 preferían vestir pantalón de mezclilla, tres acostumbraban usar falda y solamente una utilizaba pants. La mayoría de las jóvenes comentó que a diario usaba blusas (21 casos) y el resto (cuatro) afirmó usar playeras. En cuanto al calzado, 12 muchachas acostumbraban calzar zapatos, ocho usaban sandalias, cuatro más calzaban tenis y solamente una empleaba botas.

Este tipo de ropa era completamente diferente a la usada por la población indígena totonaca presente en sus comunidades. De acuerdo con Elio Masferrer (2004:34), la vestimenta tradicional de los hombres totonacos es "el calzón [de manta industrial usada desde principios del siglo veinte], que es un pantalón similar al empleado en el siglo XVIII [y] calzan huaraches (de suela de llanta de carro, con tirantes de piel)", mientras tanto las mujeres totonacas "usan un vestido también de manta industrial, pero con un bordado en el cuello [...] También pueden emplear una blusa o quexquémitl y una falda de manta blanca o lana tejida [...] habitualmente caminan descalzas y si usan calzado, casi siempre son sandalias de plástico". Es así como la vestimenta juvenil se distinguía claramente de la vestimenta indígena, aunque para el caso de los jóvenes el tipo de ropa usado no era muy diferente al de los hombres adultos rurales. Caso contrario ocurría con las jóvenes, quienes no sólo se distinguían de las mujeres indígenas por el tipo de ropa que usaban. Además se diferenciaban del resto de las mujeres adultas por vestir mezclilla, blusas y playeras, en lugar de usar faldas o vestidos.

En cuanto al lugar donde adquirían su ropa, se identificó que 20 jóvenes la compraban en alguna tienda de la comunidad y una más en el mercado local. Mientras tanto, tres jóvenes iban a las tiendas de la región por sus prendas y otros siete acudían a los mercados regionales para adquirir su ropa. Por último, cuatro jóvenes habían comprado su ropa en alguna tienda del estado de Puebla y una lo había hecho en algún mercado del estado.

Respecto a la forma en la que obtenían el dinero para adquirir su vestimenta, siete varones contestaron que compraban sus prendas con dinero obtenido de su trabajo, otros tres más las pagaban con su salario y con dinero que recibían de sus padres y solamente uno pedía dinero a sus papás para comprar ropa. En el caso de las mujeres, 13 de ellas le pedían dinero a sus papás para comprar su ropa, cinco la pagaban con su salario, cuatro compraban con dinero de su salario y de sus padres, y las otras tres le pedían el dinero a sus maridos.

 

Los jóvenes rurales y su asistencia a bailes

En las comunidades rurales las fiestas tradicionales, de carácter cívico o religioso, presentan una dinámica particular. Se caracterizan por contar con la asistencia de gran parte de la población local, se organizan en espacios públicos, son coordinadas por la población adulta (profesores, presidentes municipales, párrocos, mayordomos) y siguen protocolos basados en los usos y costumbres locales. En años recientes han aparecido en esas comunidades otro tipo de festividades: los bailes. Este tipo de eventos no son bien vistos por la mayoría de la población pues chocan con la idiosincrasia y las costumbres locales. Por esta razón los asistentes son casi siempre jóvenes que aprovechan esos espacios para reafirmar su identidad juvenil y reconfigurarla. Los bailes pueden tener una función similar a la música como marcador identitario, pues sirven como medio de expresión de las emociones juveniles. Al mismo tiempo, se convierten en espacios de cortejo y de competencia entre jóvenes. La asistencia a bailes genera también momentos para unificar las biografías juveniles y producir una conciencia común, ya que las experiencias compartidas crean nexos entre los involucra dos. Un ejemplo son los viajes grupales que los jóvenes rurales llegan a realizar para asistir a bailes que se llevan a cabo en otras comunidades.

A pesar de la relevancia que el baile, como práctica juvenil, puede tener en la conformación de identidades emergentes, en los ámbitos rurales indígenas no existen investigaciones al respecto. Lo más que se puede llegar a encontrar son referencias indirectas sobre el tema. En los contextos urbanos, Urteaga y Feixa (2005) abordan dicha temática para ofertarla como posible línea de investigación, sobre todo cuando se trabaje con jóvenes de los sectores populares. Guerrero (1999) también llega a mencionar el asunto mientras presenta el caso de los jóvenes rurales en Aguascalientes. Refiere que ellos tienden a agruparse para realizar actividades de tipo recreativo o de ocio. Una de ellas es la organización de los bailes "populares". Feixa y González (2006) presentan una situación similar pero en con textos rurales chilenos. Mencionan que ahí a los jóvenes no se les reconoce el aporte laboral que realizan en sus comunidades, pues su participación no les otorga alguna clase de prestigio o forma de poder. Solamente llegan a reconocerlos como grupo al asignarles la responsabilidad de organizar en la comunidad las actividades lúdicas, ya sea festivas o de recreación, como una manera de compensar esa situación. En estos dos últimos casos puede verse que el tema del baile se liga a los jóvenes desde la parte de organización del evento, pero no se habla de la forma como ellos se apropian de éste como espacio constructor de identidades juveniles.

En el caso particular de las comunidades donde se aplicaron los cuestionarios, los datos recabados se muestran en la gráfica 3. Como puede verse, la asistencia a bailes varía de acuerdo con el género. En el caso de los hombres hay una relativa mayoría de jóvenes que acostumbran asistir a los bailes, Mientras tanto, en el caso de las mujeres una relativa mayoría no acostumbra hacerlo. Sin embargo, lo parejo de las respuestas refleja una situación de transformación al interior de la comunidad, pues, a pesar del rechazo de la mayoría de los adultos a la realización de este tipo de eventos, existe un grupo considerable de muchachos y muchachas que acuden a ellos. Es de destacar también el amplio número de mujeres que asisten, sobre todo partiendo del hecho de que ellas en general viven ciertos grados de subordinación que las relega al espacio privado, al ámbito doméstico. La presencia de mujeres en los bailes demuestra la influencia que ha ejercido el discurso modernizador en la tolerancia de los adultos a este nuevo tipo de prácticas sociales.

 

Los jóvenes, el noviazgo y la soltería

Hasta hace unas décadas, en las comunidades rurales no existía el noviazgo como se concibe en las sociedades occidentales; las parejas de jóvenes contraían matrimonio después de una negociación que llevaban a cabo los padres de los novios. Eran los padres quienes definían con quién y cuándo se realizaría la unión. En el mejor de los casos, el joven varón escogía a la muchacha con la que quería casarse y le solicitaba a los padres que hicieran las diligencias correspondientes. Pero la que siempre asumía un papel pasivo y secundario en todo este proceso era la mujer, quien tenía que acatar las indicaciones de sus padres. El trabajo etnográfico de Macario Bautista (2009) muestra la forma en que esta práctica operaba en una comunidad del municipio de Jonotla, ubicado en la Sierra Norte de Puebla, y sirve para ilustrar el referido proceso de "pedida" de la novia en contextos indígenas.

Desde hace unos años esta práctica ha perdido fuerza en algunas comunidades rurales, principalmente en aquellas donde la escuela y la migración les han permitido a los y a las jóvenes conocer realidades diferentes a las suyas y optar por otras formas de establecer relaciones de pareja. Es así como el noviazgo hace su aparición en estos ámbitos como forma para que los jóvenes puedan cortejar y establecer lazos afectivos, y en algunos casos experimentar la sexualidad,1 y no necesariamente como preludio al matrimonio. Esta nueva práctica cultural no sólo ha servido para reafirmar la identidad de los jóvenes, sino que ha modificado la dinámica de las localidades debido a la necesidad de crear ritos, códigos y espacios para el cortejo. Además del noviazgo, cada vez es más frecuente encontrar en estas comunidades varones y mujeres jóvenes y solteros cuya proyección a futuro no incluye casarse en el corto plazo sino dedicarse a estudiar o trabajar. En algunos casos, principalmente entre las solteras, se plantea la posibilidad de buscar a posibles parejas fuera de la comunidad para evitar repetir la situación que vivieron sus madres: vejaciones y maltratos a mano de sus padres. Esta forma de pensar rompe con la visión tradicional que las mujeres rurales tenían sobre su futuro. Para ellas su único destino era el matrimonio; sólo así podrían dejar la casa de sus padres y al mismo tiempo ejercer su sexualidad sin ser juzgadas (Ponce, 1999). Más allá de que esas prácticas se lleguen a concretar o no, esta forma de pensar entre los jóvenes solteros muestra la construcción de un nuevo discurso acerca de las relaciones de pareja y del desarrollo personal. Es así como la aparición del noviazgo y el prolongamiento de la etapa de soltería reafirman los valores y representaciones sociales que distinguen a la población juvenil y al mismo tiempo impactan de manera directa en la reproducción económica y social de los grupos domésticos campesinos de la comunidad.

En el cuadro 1 se puede observar cuál era la situación en la que se encontraban los jóvenes de estas comunidades en el momento en que se llevó a cabo la investigación. Como puede verse, el mayor número de varones era de solteros, otro número importante tenía novia y en menor cantidad aparecían los jóvenes casados. Lo mismo ocurría con las mujeres, lo cual muestra un patrón general entre este sector de la población de postergar el compromiso que representa el matrimonio.

 

Reflexiones finales

Existen varios factores que han permitido que muchachos y muchachas configuren y reconfiguren sus identidades juveniles de manera radical, al tiempo que transforman la dinámica de su comunidad: el mayor nivel escolar que tienen respecto a sus padres, el continuo flujo de información y productos que mantienen debido a su interacción con los medios de comunicación y sus salidas de la comunidad.

Los datos recabados con el muestreo hecho entre la población juvenil en las ocho comunidades del estudio han permitido corroborar la importancia que elementos simbólicos como la música y la vestimenta y prácticas culturales como la asistencia a bailes, el consumo de ciertos programas televisivos y el noviazgo tenían en la creación de diferentes estilos juveniles. Estos diferentes estilos reflejaban la diversidad de grupos juveniles que se podían conformar dentro de la comunidad y las diferentes formas de construir las identidades juveniles.

Finalmente, es importante señalar que la conformación de las culturas juveniles en los contextos rurales tiene características particulares y no necesariamente es una copia de lo que ocurre en los contextos urbanos. Por tal motivo, hay que desarrollar las herramientas teóricas y metodológicas que permitan identificar dichas características en el proceso de transformación de los grupos juveniles rurales. Esto, ya que dicho fenómeno no es exclusivo de una región específica del país y al parecer se ha vuelto común a todas. Por lo tanto, parece necesario abordar con mayor seriedad los cambios ocurridos en la población juvenil rural para tener un panorama más claro de los cambios que en general se han verificado en los ámbitos rurales.

 

Literatura citada

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Nota

1 Al respecto, Lara (1999) comenta que con la aparición del noviazgo, y específicamente con la práctica de la sexualidad entre jóvenes, en varias comunidades rurales indígenas de Oaxaca se incrementaron los casos de madres solteras jóvenes y se produjo un proceso de visibilización de la homosexualidad y bisexualidad entre los hombres jóvenes. Este nuevo tipo de prácticas y realidades es una muestra más de la especificidad de la identidad juvenil.

 

Información sobre los autores

Spencer Radamés Ávalos Aguilar. Mexicano. Licenciado en antropología social, adscrito al Colegio de Postgraduados, campus Puebla.

Benito Ramírez Valverde. Mexicano. Doctor en Estudios Latinoamericanos. Profesor–investigador del Colegio de Posgraduados, campus Puebla. Su línea de investigación es desarrollo regional y sustentabilidad. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores CONACYT. Autor de una amplia producción académica. Libro reciente: Investigación multidisciplinaria en la sierra norte de Puebla, CP–UIEP–ALTRES COSTA–AMIC. México, 2009. ISBN: 968–839–547–1.

Javier Ramírez Juárez. Mexicano. Doctor en Ciencias Agrícolas por el Colegio de Postgraduados. Profesor–investigador del Colegio de Postgraduados, campus Puebla. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores CONACYT. Su último libro se titula Recomposición territorial de la agricultura campesina en América Latina, GEODE–CNRS, Plaza y Valdés, CP. México, 2010. ISBN: 978–968–839–576–9.

Francisco Javier Gómez Carpinteiro. Mexicano. Doctor en Ciencias Sociales adscrito al Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Francisco Javier Escobedo Castillo. Mexicano. Doctor en Desarrollo Rural adscrito al Colegio de Postgraduados, campus Puebla.