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Andamios

versión On-line ISSN 2594-1917versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.18 no.47 Ciudad de México sep./dic. 2021  Epub 17-Oct-2022

https://doi.org/10.29092/uacm.v18i47.882 

Artículos

Autonomía y sostenibilidad en prácticas de vídeo participativo con comunidades indígenas. El caso de La Marabunta Filmadora

Autonomy and sustainability in participatory video practice with indigenous communities. La Marabunta Filmadora as a case-study

Thor Morales* 

Soledad Muñiz** 

David Montero Sánchez*** 

José Manuel Moreno-Domínguez**** 

*Actualmente colabora en InsightShare, México. Facilitador de larga experiencia que combina prácticas participativas, medios audiovisuales y pasión por el cambio. Es etnobiólogo de formación y fotógrafo autodidacta, videógrafo y facilitador de videoparticipativo y Fotovoz. Correo electrónico: thor@insightshare.org

**Directora de programas de InsightShare, Gran Bretaña y Argentina. Especialista en comunicación participativa y en vídeo participativo. Correo electrónico: smuniz@insightshare.org

***Profesor contratado doctor en el Departamento de Periodismo I de la Universidad de Sevilla, España. Correo electrónico: davidmontero@us.es

****Profesor asociado de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla y miembro del Departamento de Estudios e Incidencia Política de la Fundación Entreculturas, España. Correo electrónico: jmoreno7@us.es


Resumen

El presente artículo analiza dos dinámicas clave en las experiencias de vídeo participativo con colectivos indígenas: 1) la autonomía de los grupos participantes, que aparece como el horizonte necesario hacia el que deben caminar estos proyectos para generar la apropiación de la tecnología en sus formas de uso e imprimir un auténtico valor político a las actividades desarrolladas, y 2) la sostenibilidad, que actúa como base material de dicha acción en el tiempo. A través del estudio de La Marabunta Filmadora, el texto examina críticamente desde esta perspectiva aspectos como la relación con los financiadores externos, el papel de la facilitación, la relación con la comunidad o dinámicas de sostenibilidad en este tipo de propuestas.

Palabras clave: Autonomía; indigenismo; La Marabunta Filmadora; sostenibilidad; vídeo participativo

Abstract

The text examines key dynamics underpinning participatory video experiences with indigenous collectivities: (1) Autonomy appears here as a very specific and necessary goal, particularly if these projects aim to achieve empowerment and a real political impact within indigenous communities, and (2) Sustainability represents the material ground in order to maintain these actions over time. Taking La Marabunta Filmadora as a case-study, we analyze aspects such as the role played by external funders, facilitation as a process, community dynamics or how sustainability is achieved in these kind of participatory video experiences.

Key words: Autonomy; indigenism; La Marabunta Filmadora; participatory video; sustainability

Introducción

En la práctica del vídeo participativo (en adelante VP) convergen dos dimensiones teóricas que se han incorporado de manera significativa en las últimas décadas a la academia contemporánea, especialmente en los estudios en comunicación. Por un lado, las metodologías participativas, que han ganado nueva vigencia en el campo de las ciencias sociales, sobre todo en investigaciones y proyectos en los que el riesgo de etnocentrismo resulta evidente si no se incorpora de forma significativa a las comunidades estudiadas o participantes. Por otro, la emergencia de la comunicación para el desarrollo como disciplina ha puesto en primer plano el estudio del papel de los medios de comunicación y de las innovaciones tecnológicas en procesos de transformación social. Si bien estas perspectivas convergentes no han bastado para promover altas dosis de interés teórico por el VP, sí que han provocado que la mayor parte de los estudios hasta la fecha se hayan centrado en los beneficios de esta práctica para participantes y comunidades, soslayando algunas cuestiones que han venido reclamando una mayor atención crítica y una complejización en la mirada académica sobre este fenómeno (Montero y Moreno, 2020).

Al mismo tiempo, se ha acentuado la dimensión política del VP (White, 2003) entendiendo la política, no sólo como de actividad de incidencia en temas o asuntos sobre los que se pronuncian los tomadores de decisiones (autoridades, cargos públicos, representantes políticos), como se ha recogido tradicionalmente en las guías de acción y en la sistematización de este tipo de experiencias, sino también en cuanto a su faceta ética y de actividad cívica que implica involucrarse y pensar en temas de interés público, en los fines y objetivos de cualquier comunidad. De hecho, para algunos pensadores (Habermas, 1994; Lyotard, 1987) la función última de la política es la cohesión social y la creación de sentido de pertenencia al grupo social.

No obstante, en los últimos años aspectos como las relaciones de poder entre facilitadores y comunidades participantes; la aparición de posibles intereses encontrados entre los diferentes actores de una experiencia; la cuestión de la sostenibilidad de los proyectos de VP o incluso las dificultades para establecer espacios de acción autónoma en torno a estas prácticas, han comenzado finalmente a ser sometidos a un mayor escrutinio crítico (Shaw, 2012; Mitchell, De Lange y Moletsane, 2014; Walsh, 2016; Milne, 2016).

Se trata de temas que tienen especial relevancia en el caso de experiencias de VP en las que toman parte comunidades indígenas dado que en ellas se dan dinámicas de autorrepresentación cultural en las que estas problemáticas se sitúan en primer plano. Más aún si nos remitimos al contexto histórico y cultural latinoamericano en el que la práctica audiovisual ha estado irremisiblemente ligada a cuestiones identitarias. Experiencias como la de Video Nas Aldeias en Brasil, la acción del Centro de Educación Popular Qhana en Bolivia o la herencia teórica y fílmica del Tercer Cine Latinoamericano han abierto líneas de reflexión que apuntan hacia una conciencia especialmente desarrollada a partir de la importancia de preservar la imagen y la mirada indígena mediante la comunicación y la cultura.

En el presente artículo se aborda un caso de estudio que se integra en esta tradición transformadora que se ha venido desarrollando en América Latina en torno al VP. Nacido en 2015 y formado por jóvenes indígenas, el colectivo La Marabunta Filmadora (en adelante MF) procede en su origen de una serie de prácticas de VP que se han venido desarrollando desde 2010 en el noroeste de México. Tanto la organización británica InsightShare como The Christensen Fund en Estados Unidos han jugado un papel fundamental en la formación y consolidación de este colectivo con el objetivo de “compartir el vídeo participativo y crear una red de comunidades indígenas en defensa de los territorios, la cultura, los derechos y la naturaleza”, tal y como sus miembros lo definen. Nuestra intención en estas páginas es estudiar la evolución de esta experiencia en términos de autonomía y sostenibilidad, así como las dinámicas de poder que se establecen entre los agentes externos presentes en esta iniciativa y los colectivos indígenas que participan en ella. En este sentido, el enfoque de nuestro trabajo se reconoce a sí mismo como indigenista y descolonizador, ya que parte de la necesidad de generar espacios de cooperación claramente orientados por principios de agencia, autonomía y justicia social que permitan a los colectivos indígenas avanzar en prácticas independientes de desarrollo.

A nivel metodológico, cabe señalar que nuestro conocimiento de la MF refleja una variedad de posiciones en relación con la experiencia: una implicación directa como actor externo ligado al desarrollo de la MF, un trabajo directo y continuado con el colectivo en el rol de facilitador y, por último, un rol académico de observación y conceptualización de la experiencia. Entendemos que esta diversidad de miradas ofrece una oportunidad estratégica para llevar a cabo una investigación exhaustiva que tenga en cuenta factores internos y externos al propio colectivo. En este sentido, la presente propuesta debe enmarcarse dentro del contexto de la investigación activista y participativa (Fuster, 2009; Greenwood, 2007; Hale, 2006; Malo, 2004). Así se contempla, junto con el análisis documental y la revisión teórica relativa de los procesos estudiados, el ejercicio de la observación e interacción con los miembros de la MF en el desarrollo de diferentes actividades y en sus propios debates y evaluaciones del proceso.

Nuestro estudio de la MF parte pues del conocimiento y acompañamiento de la experiencia durante los últimos diez años, apoyándonos en los informes de sistematización de las actividades realizadas construidos colectivamente con el grupo, así como de entrevistas realizadas y del conocimiento de primera mano de los testimonios y pareceres de los miembros del colectivo. En el texto partiremos de una exploración teórica amplia que tratará de encuadrar el trabajo de la MF en torno a dos ejes de reflexión principales. Por un lado, examinaremos las relaciones de poder entre actores externos y comunidades indígenas en el ámbito del VP, haciendo hincapié en las formas en las que el VP puede politizar las prácticas comunicativas entre las comunidades indígenas mediante la generación de conciencia crítica. Por otro, cuestionaremos cuáles son las necesidades y condicionantes que pueden permitir hoy día avanzar en la sostenibilidad de este tipo de proyectos de cara al surgimiento de espacios de expresión audiovisual autónoma en el seno de las comunidades indígenas latinoamericanas.

La traslación de estos principios teóricos a nuestro estudio de caso se traduce en el análisis de tres dimensiones más concretas: la relación con organizaciones financiadores y auspiciadores de las experiencias; el papel que han jugado los procesos de facilitación en el caso de la MF y, por último, la cuestión de la sostenibilidad de la experiencia en el tiempo.

Comunidades participantes y agentes externos: poder y autonomía

Prácticamente, la totalidad de los textos canónicos disponibles sobre el VP apuntan a la generación de conciencia crítica entre los participantes como uno de los objetivos irrenunciables de este tipo de prácticas (Shaw y Robertson, 1997; Braden y Huong, 1998; White, 2003; Lunch y Lunch, 2006). Dichos textos enmarcan el VP dentro de una tradición cuyo origen se encuentra en la obra de Paulo Freire y sus ideas acerca de la pedagogía crítica. Los textos de Freire que más claramente parecen haber influenciado la literatura sobre VP son, de hecho, aquéllos en los que el pensador brasileño introduce su pedagogía como un método de reflexión grupal basado en la creación de imágenes generativas que permiten ampliar la conciencia social de los participantes en relación con las formas en las que experimentan injusticia y los motivos que la causan. Freire describe este proceso como una forma de aprender a “leer el mundo”, siempre de cara a actuar sobre la propia realidad para promover un cambio social. En estos primeros textos, Freire no menciona de forma explícita el vídeo, algo que sí haría veinte años más tarde cuando resalta la utilización del vídeo como espacio generador de conciencia crítica (Horton y Freire, 1990). En su trabajo, Freire aborda el vídeo como una forma de estimular diálogo acerca de las estructuras ocultas que dan forma a la desigualdad:

Si se da una cámara a un grupo de personas y se les dice: “Grabad lo que queráis. La semana que viene nos encontraremos para discutir acerca de vuestros vídeos”, esas personas leerán la realidad a través de la cámara. Sólo será necesario profundizar en esta lectura y debatir con el grupo sobre aspectos que se encuentran tras la realidad, a menudo ocultos. Tratarán de comprender la realidad concreta en la que están inmersos (Freire en Horton y Freire, 1990).

Si bien las raíces del VP se encuentran claramente asentadas en los movimientos sociales emancipatorios de las décadas de los setenta y ochenta (para los que Freire era también una referencia esencial), el sentido de transformación social vinculado a la participación quedó muy diluido a lo largo de la década de los noventa y durante la primera década del siglo XXI. Durante este periodo, como ya han argumentado varios teóricos, el concepto de participación sufrió un proceso de cooptación e institucionalización que acabó vaciándolo de sentido y creando “una nueva ortodoxia de la participación” (Braden y Huong, 1998, p. 94). En términos prácticos, la situación se hizo insostenible; cualquier iniciativa social debía demostrar sus credenciales participativas, sobre todo a la hora de obtener financiamiento. La fuerza de este mandato era tal que Cooke y Kothari (2001) la definen como una “tiranía de la participación”. El resultado fue, por un lado, la disolución completa del sentido transformador del término, es decir, una ritualización y despolitización de la participación (Cleaver, 2001). Por otro, los procesos participativos pasaron a legitimar acciones y proyectos claramente impuestos a nivel institucional y en línea con los intereses de las organizaciones que los diseñaban y de los donantes que los financiaban (Shaw, 2007, 2012).

En los últimos años, se han dado pasos importantes para “repolitizar” la participación de cara a vincularla de nuevo con procesos de cambio social (Benest, 2010; Roberts y Lunch, 2015; Williams, 2004). En el ámbito del VP, esto implica la concepción de los colectivos fílmicos como actores sociales que actúan políticamente en sus entornos de acción desde la conciencia de las relaciones de poder sistémicas que estructuran la comunidad a nivel interno y determinan su relación con actores externos a la misma. Esto incluye, por supuesto, un ejercicio autorreflexivo que aborde el papel de estos colectivos y los intereses que articulan una experiencia de VP a todos los niveles.

En esta nueva ola crítica, varios aspectos relacionados con la propia metodología del VP han sido puestos en cuestión, en particular aquellos vinculados con las dinámicas de facilitación. Por ejemplo, la idea del facilitador como mediador entre la comunidad y la utilización de una tecnología externa a la misma ha sido claramente cuestionada (Mitchell, De Lange, Moletsane, 2014, p. 438). De igual forma, se ha argumentado que los condicionantes políticos de las mismas experiencias de VP enfatizan un tipo de empoderamiento personal que no da suficiente importancia al papel que desempeñan las fuerzas políticas y sociales en los procesos de marginación de las comunidades participantes (Walsh, 2016, p. 406). En cualquier caso, dichas aportaciones han abierto una brecha desde la que se evalúa críticamente el VP como práctica, particularmente en lo que respecta a las dinámicas de poder que se dan en cada experiencia.

En este sentido, se ha teorizado a menudo acerca de las formas de poder implícitas en la relación entre los agentes externos (facilitadores, investigadores y organizaciones que coordinan estas iniciativas) y los participantes en cada experiencia. Gran parte de la literatura disponible en relación con el VP apunta que un enfoque auténticamente abierto a la participación debe tender hacia “la desestabilización de las relaciones de poder entre el investigador o facilitador y las personas participantes, así como hacia la exploración del propio concepto de transformación y de cómo la experiencia generará cambio” (Kindon, 2003, p. 144. Traducción del autor).1 Las buenas prácticas en este sentido se asocian al uso independiente de la tecnología por parte de las comunidades que toman parte en este proceso y, en último término, al reposicionamiento de todos los implicados como participantes que adoptan diferentes roles en el proceso.

Se trata de un mecanismo íntimamente relacionado con aspectos como la sostenibilidad y la posibilidad de los participantes de apropiarse de la experiencia y convertirla en un eje de acción que trascienda los límites temporales e institucionales establecidos para crear un recurso al servicio de la propia comunidad. Aunque se trata de un tema poco teorizado en el campo del VP (De Lange y Mitchell, 2014), en varias ocasiones se ha señalado la importancia de mantener un vínculo sostenido en el tiempo entre el equipo de facilitadores, las organizaciones que apoyan la experiencia y los propios participantes de cara a explorar un compromiso más intenso que sostenga los beneficios de una experiencia y propicie un verdadero cambio social en las estructuras de poder de las comunidades (High, Sing, Petheram y Nemes, 2012, p. 38).

A menudo, dicho compromiso implica la formación de los participantes de manera que ellos mismos se conviertan en facilitadores de experiencias de VP dentro de las comunidades de las que forman parte. Tamara Plush explica que dicho enfoque requiere mucho más que el simple mantenimiento del contacto entre facilitadores, organizaciones y participantes:

Se debe promover una visión a largo plazo desde el primer momento, integrando la metodología del propio taller a aspectos como el desarrollo de propuestas relativas como el proyecto, tanto en lo que atañe a su diseño como al presupuesto, la incorporación de un modelo de formación de los participantes o incluyendo financiación para la ejecución de actividades de concienciación y de incidencia política (Plush, 2012, p. 75).

La literatura disponible ofrece varios casos en los que dicho compromiso termina dando como resultado el establecimiento de estructuras de acción, habitualmente colectivos cinematográficos o “media centers” que, por un lado, comparten con otros miembros de la comunidad la formación de la que disfrutaron los participantes originales y, por otro, mantienen la producción y el trabajo de diálogo social iniciado por una experiencia de VP.

A la hora de valorar estas cuestiones en experiencias de VP que involucran a comunidades indígenas conviene igualmente tener en cuenta ciertos condicionantes socio-culturales concretos que matizan de formas diferentes las cuestiones más generales que hemos visto en la sección anterior. En primer lugar, en el caso de comunidades indígenas, resulta imposible separar la comunicación de la cultura, en tanto los propios procesos de comunicación quedan definidos como espacios culturales connotados y, por lo tanto, el mismo sentido de lo que significa comunicarse puede transformarse en un ámbito profundamente político, sometido a tensiones entre las propias comunidades y los actores externos. La cultura indígena, por ejemplo, concibe la comunicación como un proceso inseparable del entorno natural que se habita. Dicho vínculo se materializa a través de rituales que giran en torno a la relación con la tierra, la naturaleza y el mundo espiritual. La comunicación no se plantea pues como ejercicio de construcción de esfera pública, sino más bien como parte de un legado oral, como elemento social cotidiano que resulta inseparable de la ética y la espiritualidad (Chuji, 2007).

Esta particular concepción de lo que significa comunicarse puede reinscribirse también como una de las asimetrías contra las que previene Gunther Dietz a la hora de discutir el concepto de interculturalidad y su relación con el indigenismo. Dietz habla concretamente de asimetrías “entre un enfoque etic -necesariamente parcial, que sólo refleja la visión externa y estructural del fenómeno estudiado- y un enfoque emic -también parcial-, centrado en la visión interna y accional del mismo fenómeno” (Dietz, 2011, p. 13). Según este autor, una aproximación decididamente intercultural sólo puede emerger de un enfoque emic que contenga ciertas dosis de autorreflexividad, es decir, actores externos que reconocen y deconstruyen su posición como tales, al tiempo que tratan de negociar espacios de acción que respeten la “visión interna” de los indígenas. En cualquier caso, conviene tener en cuenta que las experiencias audiovisuales con comunidades indígenas se transforman siempre, y en gran medida, en el testimonio de un encuentro intercultural. Como explica Elisenda Ardèvol, en ellas se produce siempre un entrecruzamiento de miradas que relaciona al realizador, a los sujetos filmados y a los espectadores en torno a cuestiones culturales específicas (Ardèvol, 1997, p. 8).

Junto con el propio Dietz, son varios los autores que van más allá y abordan la necesidad de que estos encuentros interculturales movilicen una perspectiva decolonizadora como principio general que debe regir las interacciones entre los agentes externos y las comunidades indígenas participantes en este tipo de experiencias. En este sentido, es importante que el proceso de toma de conciencia crítica que mencionábamos anteriormente se extienda desde el comienzo a los actores externos y facilitadores, de forma que los valores que guían su acción se hagan explícitos y se compartan abiertamente con las comunidades sobre las que intervienen.

Un acercamiento más directo a los vídeos producidos en experiencias indígenas revela algunas de las motivaciones que se encuentran tras estos procesos que, como apunta Gabriela Zamorano, acaban convirtiéndose en algún caso en auténticos “sitios de lo político” (Zamorano, 2017, p. 40-42). A menudo la necesidad de conservar la memoria de las comunidades es una de las razones por las que los indígenas se sienten atraídos hacia las experiencias de VP (Moller, 2019). Los medios de comunicación masivos han permanecido, en su mayor parte, fuera del alcance de los pueblos indígenas, por lo que la posibilidad de contrarrestar las representaciones dominantes y exóticas del indigenismo en estos medios aparece también a menudo como una de las prioridades. Frente a esto, la posibilidad de orientar la representación, expresarse en su propia lengua y abordar los problemas que acucian a la propia comunidad otorgan gran importancia a este tipo de actividades (Magallanes y Ramos, 2016, p. 421). Igualmente, la defensa del territorio o la preservación de los derechos humanos son temas que aparecen de forma recurrente (Sandoval, 2015, p. 116).

Una referencia indígena para el vídeo participativo

La Marabunta Filmadora (MF) es la materialización de una propuesta de 9 hombres y mujeres de las naciones Yoeme (Yaqui) y Comcaac (Seri) que en 2015 se constituyen como un colectivo indígena de creadores y facilitadores de vídeo participativo. Entre sus objetivos fundacionales se encuentra tejer una red de pueblos originarios en defensa del territorio, la cultura y la dignidad indígena en el noroeste de México, apoyados en la capacidad de la imagen para trasladar con mayor impacto identidades, reivindicaciones, exigencias y necesidades.

El nombre que escoge el colectivo para identificarse proviene de las hormigas que forman grandes “caminos” en las selvas y arrasan con todo. Con la idea de crear un “movimiento hormiga” que se haga imparable y se expanda por todas las comunidades indígenas del continente. Más allá de la ambición de la propuesta, la experiencia de la MF tiene una serie de características originales -y en gran parte inéditas- dentro del ámbito del VP que la convierten en una iniciativa relevante a varios niveles:

  • — La extensión en el tiempo. Pese a que se marca su inicio en 2015, la base de la MF está ya presente en 2010 cuando, de la mano de la organización británica InsightShare y a través de una serie de capacitaciones, miembros de los pueblos indígenas Yoeme y Comcaac se convirtieron en cineastas comunitarios, utilizando el vídeo comunitario para trabajar temas vinculados al cambio climático, el acceso al agua, la conservación biocultural y la seguridad alimentaria. Una vez incorporada la práctica del vídeo y del vídeo participativo como herramienta de uso por parte de estas comunidades, InsightShare suma a su propuesta original dos talleres, impartidos en 2015, que permiten a los miembros de la MF convertirse en facilitadores de VP que profesionalizan su labor y que la planifican a medio y largo plazo.

  • — La dimensión de género. Es importante reseñar que la mayoría de integrantes fundacionales y los miembros más activos de la MF son mujeres. Sin duda, esta característica marca una seña de identidad que rompe con muchos estereotipos y prejuicios existentes de cara a conformar una propuesta que ya es rompedora en su manera de constituirse y funcionar y que plantea -desde la propia visión de las mujeres que la conforman- un cuestionamiento a la perspectiva androcéntrica de las prácticas audiovisuales y también en gran medida, del funcionamiento de las comunidades indígenas y de nuestras sociedades contemporáneas.

  • — La evolución y el alcance de la propuesta. Teniendo en cuenta la irregularidad que acompaña a muchas de las experiencias de VP, resulta difícil encontrar propuestas que se hayan consolidado en el tiempo y hayan logrado fomentar patrones de autonomía entre las comunidades participantes en dichas experiencias. En el caso de la MF coincide además un marcado afán de autonomía con una acción estratégica que se dedica de forma consciente a replicar la experiencia en diferentes contextos. En este sentido, en los últimos años, MF ha buscado fortalecer su propuesta a partir de un centro propio de formación que capacite en herramientas audiovisuales y promueva espacios de concienciación y sensibilización entre los pueblos indígenas del noroeste mexicano. Hasta el momento ya han tenido la oportunidad de colaborar y cocrear con comunidades Comcaac, Yoeme (Yaqui), Yoreme, Makurawe o Guarijio, Tepehuano, Pima, Tohono O´odham y Ralamuli de diferentes regiones de la Sierra Tarahumara. Además, con indígenas migrantes de la etnia Tinujei (Triqui), provenientes del estado de Oaxaca y asentados en Sonora.

De hecho, desde los tres focos de trabajo de la MF (la lengua y la cultura, Juya Ania -la naturaleza- y la defensa del territorio) se articulan una serie de problemáticas comunes entre los pueblos indígenas como la pérdida de saberes tradicionales y lenguas originarias, la escasez y/o la contaminación del agua, la deforestación o la tala indiscriminada de árboles autóctonos, las invasiones del territorio a través de megaproyectos industriales o de grandes infraestructuras, la criminalización del activismo o la recuperación de las señas de identidad y la historia, que se repiten, con distintos matices o intensidades, en la mayoría de estas comunidades.

Así, el VP ha funcionado no sólo como instrumento de denuncia política,2 sino como herramienta de reflexión interna en el seno de las propias comunidades, estableciendo prioridades, agendas propias o recuperación de tradiciones culturales. Las culpas se dejaron de poner en “los de afuera”, los yoris,3 los blancos y mestizos. A través del VP se abrieron espacios para la discusión y reflexión colectiva, comunitaria e individual. Los videos proyectados en “noches estrelladas o de luna llena” se convirtieron en un espejo para la comunidad, uno que les mostraba la realidad tal cual, la que veían a diario, pero no siempre se aceptaba (Benest, 2010; Roberts y Lunch 2015). Al mismo tiempo, el trabajo de la MF ha ayudado a las comunidades a moverse y obtener fondos para adquirir equipos de vídeo, pero también para encontrar apoyos a sus propuestas y reivindicaciones.

Si profundizamos en la experiencia en términos de autonomía y poder de la propuesta queremos abordar, al menos, tres aspectos: 1) la relación con financiadores y auspiciadores externos, 2) el papel de la facilitación y de las personas facilitadoras y, por último, 3) la sostenibilidad de la propuesta en términos económicos y de perspectivas de futuro.

La relación con financiadores y auspiciadores externos

Como ya hemos señalado, la organización británica InsightShare ha jugado un papel fundamental en el acompañamiento y apoyo a esta experiencia, sobre todo en sus inicios. En la raíz del proyecto, la dimensión de la sostenibilidad aparece ya, entendida como la posibilidad de un proyecto de mantenerse en el tiempo de manera prolongada y efectiva en cuanto a su capacidad de acción, como una de las prioridades tanto de InsightShare como del propio colectivo participante, lo que lleva a plantear, desde los primeros talleres, dinámicas de la participación específicamente enfocadas hacia el trabajo autónomo del colectivo. En el caso de la MF, este compromiso deriva hacia la formación de formadores como estrategia no sólo de multiplicación de la acción transformadora, sino como un importante eje de empoderamiento que va a permitir la consolidación del colectivo.

En línea con estas ideas, el trabajo de base de InsightShare se identifica explícitamente con una propuesta de descolonización metodológica, donde sistemáticamente los grupos indígenas lideran cada etapa de los proyectos y donde las propuestas están al servicio de los intereses, necesidades y decisiones de cada una de las comunidades involucradas. Dicho compromiso sólo puede resultar efectivo si se articula más allá del cambio individual, involucrando el trabajo en red entre diversos colectivos y organizaciones.4 Por lo que la culminación del proyecto aparece necesariamente vinculada a poder replicar el ejercicio de formación y a la acción de la propia MF ya como un colectivo autónomo.

Junto al trabajo de dinamización participativa de InsightShare, la fundación The Christensen Fund se ha constituido como la principal institución financiadora. Fundada en 1957, esta organización sin ánimo de lucro ha enfocado su trabajo desde 2003 en torno al eje temático de la diversidad biocultural. A través de su programa de ayudas apoya “el movimiento global de pueblos indígenas en sus esfuerzos para avanzar los derechos y oportunidades de los administradores de la diversidad biocultural”. La percepción de la MF de este actor externo en su labor de financiador es, en general, positiva, a pesar de diferentes cambios en los representantes del fondo para el noroeste de México y de modificaciones en su propia planificación estratégica, valorando sobre todo la estabilidad, flexibilidad y el compromiso de The Christensen Fund, que le lleva a financiar no sólo a la MF, sino también a la asociación civil Jamut Boo´o, A.C. a la que pertenecen algunas de las miembros de la MF. Como explica una de las participantes en la MF, “han sido muy flexibles en todo momento y se han adaptado a situaciones sobrevenidas”.

Un caso particular y relevante que ilustra la flexibilidad fue la grabación del documental sobre la danza del venado. En la propuesta sometida a financiamiento no se incluía la producción documental en ningún rubro. Sin embargo, después de un taller de innovación a través de la metodología TRIZ, el equipo Yaqui de la MF decidió que era indispensable embarcarse en la producción de un documental sobre uno de los pilares de su cultura: la danza del venado. Bastó dar aviso a The Christensen Fund para tener el visto bueno y poder asignar fondos para la realización del filme, sin que se precisasen otros trámites burocráticos o modificaciones administrativas. Este tipo de apertura fomenta la autonomía y la verdadera participación. Un enfoque de financiamiento otorgado a organizaciones y no a proyectos es necesario para impulsar y consolidar iniciativas de VP como la de la MF. Es la única forma de dar total libertad y confianza a los colectivos para desarrollar sus proyectos libremente y adecuados a sus realidades cambiantes.

Desde InsightShare como organización que, hasta el momento, ha venido canalizando la ayuda de The Christensen Fund, también se hace hincapié en la flexibilidad en el apoyo. “Pese a que esto no es habitual en el ámbito de la cooperación, el donante ha estado siempre muy abierto a dejar que la comunidad elija qué quiere hacer y nunca ha impuesto una línea de trabajo restringida”. El propio grupo siente igualmente que esta actitud ha contribuido de forma decisiva a la consolidación de la MF, generando autonomía en la toma de decisiones y en la planificación de las actividades que abordaba. De hecho, por dificultades de dedicación de tiempo del equipo u otras circunstancias sobrevenidas han sido habituales cambios en los indicadores de trabajo previamente establecidos sin que esto haya tenido una incidencia negativa en la relación con los financiadores.

El papel de la facilitación y de las personas facilitadoras

Desde la perspectiva del estudio del VP como realidad metodológica, la experiencia de la MF ofrece la posibilidad de trazar una evolución muy clara en el concepto de facilitación y acompañamiento. Se puede observar un desplazamiento desde una importante presencia de la facilitación en un primer momento, a la asunción de estas responsabilidades por parte de los miembros de MF como responsables autónomos de la realización de talleres y del inicio de otros procesos de trabajo con comunidades indígenas de la mano del VP.

Es relevante destacar que el mismo desplazamiento puede observarse en InsightShare como organización responsable de la facilitación, pasando de conducir una serie de talleres sobre VP a ofrecer talleres sobre facilitación de acuerdo con los propios intereses de la MF. Desde ese momento, el apoyo en la facilitación por parte de InsightShare puede definirse como ocasional, pasando a desarrollar tareas de acompañamiento, mediación y apoyo para canalizar las propuestas que surgían del propio colectivo. En este sentido, es muy significativa la sensación de los propios miembros de MF a medida que ganaban en autonomía y confianza para impartir sus formaciones e intervenir en diferentes espacios en representación del colectivo hasta consolidar una metodología propia de trabajo. Desde InsightShare nos señalaban:

Las facilitadoras de La Marabunta hacen de los talleres experiencias significativas interculturales, compartiendo desde su visión, aquella que tanto se pretende entender, respetar y dignificar desde afuera. ¿Quién mejor que ellas para preparar a los “otros”, los de afuera, para intervenir en las comunidades?

En el seno de la MF se señala igualmente que una de las dificultades más evidentes en este proceso de apropiarse de la facilitación apunta hacia los prejuicios de clase y género y los signos de racismo que todavía se evidencian en las sociedades mexicanas, incluidas las indígenas.

En ocasiones, las personas que participaban del taller esperaban facilitadores blancos o mestizos, ignorando a las compañeras de La Marabunta. Cuando el grupo se daba cuenta de la confusión había risas y disculpas, pero sutilmente ya se había expresado el inconsciente colectivo ¿Cómo dos mujeres indígenas podrían facilitar un taller de vídeo? (InsightShare, 2019b)

Cabe destacar que las características y dificultades de este desplazamiento de la MF de la posición de participantes a la de facilitadores se ha percibido por parte del colectivo como una ocasión para enriquecer la metodología aprendida del VP desde sus propios parámetros culturales como miembros de una comunidad indígena o, en palabras de Freire, “como sujetos de investigación antropológica y social, beneficiarios de programas gubernamentales o proyectos de organizaciones civiles, como discriminados y discriminadores, como indígenas y pobladores rurales” (Freire, 1970; Freire, Horton y Freire, 1990).

Con el paso del tiempo y la experiencia de trabajo se han llegado a generar formas y dinámicas propias de facilitación, utilizando lo aprendido de forma adaptada a sus propias maneras de entender los procesos de aprendizaje y también la tecnología. Un ejemplo lo encontramos en el proceso de introducción del dron dentro de los talleres de vídeo participativo. De hecho, InsightShare muy pocas veces ha incluido el uso de dron como parte de los “trainings” de capacitación. Si bien fue uno de los facilitadores de InsightShare quien capacitó a la MF en el uso del Yoeria, como se ha bautizado el dron en lengua Yaqui, no había expectativas claras de que se replicara con otras comunidades sin “supervisión” de este facilitador externo. Lejos de esta idea, la MF instauró su propio método participativo para el Yoeria que incorporó en varias facilitaciones, ya que identificaron, por un lado, que era una herramienta muy efectiva para enganchar tanto a los/as participantes como a las audiencias de los vídeos que se grababan y que, por otro lado, abría enormes posibilidades para que las poblaciones locales re-apreciaran y re-valoraran sus territorios, recuperando el deseo y el compromiso de cuidarlos y defenderlos. Esta experiencia habla de una gran capacidad para “soltar el poder” y depositar confianza en las personas que participan de los talleres para manejar equipo delicado y costoso. Además, evidencia una seguridad personal de las facilitadoras, tanto para el manejo técnico, como para el proceso de incorporar nuevas metodologías en sus procesos formativos.

Estas dinámicas de apropiación y transformación de la tarea facilitadora, una vez puestas en marcha en experiencias con otras comunidades indígenas han generado resultados que se traducen en un diálogo difícil de imaginar en condiciones diferentes. Se trata de un proceso que ha hecho que no sólo exista un empoderamiento del grupo a la hora de realizar actividades, sino también una toma de conciencia sobre la importancia de su labor y una autovaloración del trabajo realizado. Así lo manifiesta, por ejemplo, Anabela Carlón a partir de su experiencia como ponente en un encuentro:

Cuando presenté el estudio de caso de la MF, me hizo reevaluar todo el camino que había viajado con el equipo de vídeo participativo. No porque lo subestimé, sino que lo vi con más profundidad y me di cuenta de lo importante que es nuestro equipo. La Marabunta ha servido no sólo para la defensa territorial, también estamos fortaleciendo otras comunidades y pueblos indígenas (InsightShare, 2019a).

La sostenibilidad de la propuesta

Con casi 8 años de experiencia en VP, la Marabunta ofertó por primera vez en 2018 talleres para blancos, mestizos e indígenas. Activistas, funcionarios de gobierno, sociedad civil, estudiantes de posgrado, investigadores y cineastas se convirtieron en el público objetivo de sus acciones. De alguna forma se invirtieron los papeles propios de las dinámicas de conocimiento más habituales en el seno de las comunidades indígenas: en esta ocasión, las indígenas salieron de las comunidades rurales para “enseñar”. Sin embargo, dicha dinámica no pasaría de ser anecdótica si no fuese acompañada del desarrollo de procesos de aprendizaje desde una perspectiva alternativa, conjugando estrategias participativas y horizontales, que fomenten una conciencia crítica sobre las estructuras de conocimiento que operan en las sociedades contemporáneas y sus condicionantes políticos, económicos y sociales.

Dicho enfoque se configura como un elemento clave en relación con la sostenibilidad. La mirada indígena, descolonizadora, amplía de forma significativa las posibilidades de la MF desde la perspectiva de la autosuficiencia económica. En esta línea, en los últimos años, el colectivo ha realizado dos talleres de facilitadores de vídeo participativo, uno en la Ciudad de México en asociación con colectivos de medios locales y organizaciones de derechos humanos, y otro en Xalapa, Veracruz, en colaboración con una institución de investigación social. Al mismo tiempo, han ampliado su visión de generar recursos no sólo con la facilitación de formaciones en VP sino a través de conferencias, participación en seminarios, articulación de procesos de participación ciudadana o incluso con la prestación general de servicios de vídeo.

Las decisiones del colectivo demuestran unos niveles de conciencia altos en lo que respecta a la necesidad de mantener una metodología indígena y participativa como seña de identidad del trabajo. En este sentido, la MF ha explorado en diversas ocasiones la búsqueda de recursos nacionales e internacionales que pudiesen garantizar el funcionamiento del colectivo a medio plazo desde el punto de vista económico. Sin embargo, ante el sesgo político de muchas de estas ayudas, las decisiones colectivas han primado la independencia política (y, por ende, la autonomía en la toma de decisiones) en aras de preservar las bases de un trabajo participativo efectivo.

Por último, recogemos aquí una idea que nos parece clave para abordar el tema de la sostenibilidad aludiendo a la alianza de la MF con las comunidades como compromiso de sostenibilidad que va más allá de la dimensión económica. Se trata de una idea presente en la acción cotidiana del colectivo y que representa uno de los ejes de relación entre la MF y las comunidades con las que entra en relación. Se entiende el proyecto como un compromiso con el bien común. La MF no se concibe como la articulación de los intereses personales de los miembros que la conforman, sino que se asume como un proyecto que pertenece al conjunto de la población y que se configura como recurso clave en la defensa de la identidad indígena, siempre en la medida en la que el proyecto siga comprometido con las comunidades indígenas y con su entorno. Se subraya así, ese carácter político del colectivo y del uso del vídeo no sólo de manera instrumental sino bajo una concepción más profunda ligada al sentido de comunidad y a objetivos compartidos de medio y largo plazo.

Conclusiones

Si analizamos la evolución de la experiencia de La Marabunta Filmadora nos encontramos por lo tanto con un proceso que ha ido creciendo en términos de alcance, consolidación y retos de futuro. Se trata de un proceso que ha llevado ya al colectivo a otros países en un esfuerzo por unir más pueblos indígenas y continuar la labor hormiga con cámaras y proyectores. Así, en septiembre de 2019, gracias a una colaboración con el colectivo Midia India y el Instituto Catitu, MF impartió un ciclo de formación en la tierra indígena Arariboia, el hogar del pueblo Guajajara en Brasil. Nueve años después del primer taller de VP en el que miembros de comunidades Yoeme y Comcaac recibieron equipos de vídeo y edición, algunas de estas mismas personas iniciaban un nuevo núcleo de VP, ahora en el sur del continente americano. Se trató de una capacitación de varios días en las que diez jóvenes, con el respaldo de las autoridades locales, recibieron equipo de vídeo, edición y proyección para que puedan difundir las voces de su comunidad y las del pueblo Guajajara en Brasil y en todo el mundo.

Entre los colectivos indígenas el vídeo participativo ofrece la posibilidad de generar una mirada crítica hacia el entorno, promoviendo herramientas de participación que se conciben desde la intervención política y social en el seno de las comunidades. Sin embargo, más allá de los beneficios asociados con el VP, las dinámicas de autonomía y sostenibilidad que promueven este tipo de proyectos han sido aspectos a menudo ignorados en la literatura asociada a este tipo de prácticas. Nuestra exploración de la MF se articula precisamente en torno a estas dinámicas. Hablar de autonomía requiere, en primer lugar, unos altos niveles de conciencia en torno a las relaciones de poder que subyacen a las propias experiencias de VP. En el caso del trabajo con colectivos indígenas esto implica necesariamente una mirada “descolonizadora” (Dietz, 2011, p. 13) que transforme los proyectos en auténticos espacios de lo político. Si nos centramos en la MF, las experiencias puestas en marcha por Insightshare, con la financiación de The Christensen Fund, han buscado fomentar un sentido de facilitación “desautorizada” en la que los facilitadores no se conciben como formadores en un sentido estricto, sino que abren la experiencia a la apropiación social por parte de los colectivos participantes. En la práctica, lo que se persigue es generar patrones de apropiación que alcanzan a medio plazo un claro intercambio de roles.

La MF representa igualmente un caso de interés desde la perspectiva del VP debido a la longevidad del proyecto y a las dinámicas de sostenibilidad que presenta, un aspecto que a menudo ha sido definido como el auténtico talón de Aquiles de este tipo de experiencias de participación. Como hemos visto en el texto, en gran medida la sostenibilidad de esta iniciativa está vinculada de forma directa a la capacidad del grupo de promover patrones de replicabilidad que permitan a otros grupos sumarse y utilizar el VP como forma de intervención social en sus propias comunidades indígenas. En el caso concreto de la MF, existen al menos tres factores específicos que parecen afianzar el carácter duradero de la experiencia de cara al futuro.

El primero es su carácter abierto y absolutamente flexible para incorporar voces, temas y propuestas que, de alguna forma, hacen que el colectivo sea capaz de adaptarse y moldearse según las necesidades y oportunidades del momento. Un ejemplo de esto lo encontramos en la historia de Elizabeth Isame, una de las últimas mujeres que se han incorporado al grupo. Elizabeth transmitió en mayo de 2019 un directo de Facebook documentando cómo una familia Yaqui estaba cortando ilegalmente álamos centenarios en el cause del río Yaqui (en territorio del pueblo Babojori) para vender como madera. A partir de esta denuncia, la MF le ofreció organizar para ella y para otras personas interesadas una formación sobre VP que les ayudase a abordar el tema de la tala ilegal. De esta formación no sólo surgieron algunos vídeos sobre el tema, sino la propuesta para que Elizabeth se incorporase como miembro activo de la MF.

El segundo es la consolidación de un esquema de trabajo en red que se conecta con otros pueblos indígenas latinoamericanos y que además, gracias a la alianza con InsightShare, lleva a la MF a formar parte de una red global de colectivos indígenas ubicados en Nagaland, India (los Naga), en Loliondo, Tanzania (los Maasai) o en el noreste de Kenya (los El-Molo), por nombrar algunos de los grupos que se vienen consolidando en torno a trabajos con el VP. Esta riqueza a la hora de compartir experiencias y la posibilidad de encontrar proyectos a través de otros y de redes con las que pueden compartir motivaciones y/o propuestas apuntalan la experiencia de la MF más allá de su lugar de nacimiento.

Y, en tercer lugar, la incorporación del vídeo y de otras herramientas de comunicación online como parte de las formas de expresión de los pueblos indígenas que configuran la MF. Asumir el uso del vídeo, de las redes sociales y de espacios en línea de difusión se configuran como nuevos modos de hacer y de contar que ya no vienen de una iniciativa particular o de un grupo facilitador que lo quiere promover, sino que ahora se establece como una dinámica habitual que estas comunidades incorporan a la hora de expresar sus problemáticas o intereses. Igualmente, estas herramientas se conciben como una manera de preservar y promocionar prácticas culturales tradicionales, lenguas y/o conocimientos ancestrales que estaban quedando en el olvido.

La importancia del VP entre diferentes grupos indígenas radica por lo tanto en tener las herramientas para crear vídeos y difundir mensajes usando la tecnología, ya sea hacia dentro o hacia fuera de sus propias comunidades, sin que nadie externo dicte la forma o el fondo de los vídeos, de las voces. Algo tan simple y a la vez tan importante. El VP no es acerca de crear vídeos, se trata de los procesos comunitarios -tanto colectivos como personales- que se desatan y llevan a las comunidades a reflexionar sobre sus propias realidades, problemas, sueños, pasado, presente y futuro. Puede ser desde la necesidad de mantener una lengua y cultura vivas, hasta unificar un pueblo en contra de una invasión o abuso de sus recursos naturales. No es el vídeo la única forma para apoyar la resistencia de los pueblos indígenas, pero sí es en la comunicación y en la imagen donde estos pueblos encuentran un aliado para amplificar las voces, resonar los gritos y generar más “caminos de hormigas marabunta” en favor del cambio social.

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1A menos que se indique lo contrario de forma específica, todas las traducciones en el texto están realizadas por los autores

2Los autores, estamos desarrollando otro trabajo de análisis sobre esta dimensión política más instrumental ligada a la búsqueda de cambios concretos y denuncias de situaciones a revertir en la vida diaria que ha desarrollado la MF a través de sus videos, de sus proyecciones, del canal de YouTube y del diálogo con las administraciones públicas, que vendría a completar junto con éste una visión integral de la dimensión política de esta experiencia.

3Yoeme (yoemen en plural) es el vocablo con el cual los yaquis se nombran a sí mismos frente a otros grupos étnicos y al ciudadano nacional e instituciones mexicanas y se podría traducir por hombre, humano o persona indígena. Por su parte, el vocablo yori es usado para designar a la persona blanca o mestiza (Velázquez, 2012).

4Más información sobre esta iniciativa de trabajo en red denominada Living Cultures se puede encontrar en la siguiente dirección web: https://insightshare.org/network/

Recibido: 17 de Noviembre de 2020; Aprobado: 07 de Septiembre de 2021

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