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Andamios

Print version ISSN 1870-0063

Andamios vol.15 n.38 México Sep./Dec. 2018

http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v15i38.659 

Artículos

Territorios de excepción: la posibilidad del sujeto como emplazamiento del Común

Exception territories: the possibility of the subject as emplacement of the Common

Mariano A. Ferretti* 

*Profesor de la Universidad de La Salle, Bajío. Correo electrónico: marianoferretti@gmail.com

Resumen

Las relaciones teóricas que se han producido en torno a disciplinas como la sociología, el psicoanálisis y la antropología urbana, han insistido en los procesos de acumulación y reorganización que el capital le impone al territorio a partir del agrupamiento y homogeneización de formas arquitectónicas y jerarquías funcionales, con su consecuencia directa en la conformación de territorios como procesos de subjetivación. Tomando en cuenta los aportes que desde el psicoanálisis se establecen con el concepto de vacío ontológico -como disponibilidad simbólica aún no captada por el capital-, se propone dialogar sobre la condición del sujeto en una nueva fase de su relación con los otros a partir del emplazamiento excepcional de estructuras lingüísticas en el espacio urbano: el Común.

Palabras clave: Territorio y sujeto; vacío ontológico; emplazamiento técnico

Abstract

The theoretical relationships that have been produced around disciplines such as sociology, psychoanalysis and urban anthropology have been insisting on the processes of accumulation and reorganization that capital imposes on the territory from the grouping and homogenization of architectural forms and hierarchies functional, with its direct consequence in the conformation of territories as processes of subjectivation. Taking into account the contributions that psychoanalysis establishes with the concept of ontological vacuum -as symbolic availability not yet captured by capital-, it is proposed to discuss the condition of the subject in a new phase of his relationship with others starting from exceptional location of linguistic structures in the urban space: the Common.

Keywords: Territory and subject; ontological gap; technical emplacement

El tema de las centralidades en la actualidad

El cambio que se produjo en la sociedad contemporánea -al ser atravesada por debates y demandas acerca del rumbo a seguir como comunidad global- a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, han conducido a la desestabilización y ruptura de los pactos generados en la economía mundial por el llamado Consenso de Washington, que propició no sólo el endeudamiento de las naciones periféricas -entre ellas Latinoamérica- sino que delimitó el rol que debía tener la región en el desarrollo de la ciencia y la técnica, es decir, escaso o nulo desde la tecnología, la investigación y el desarrollo, y expansivo en cuanto al auge de las materias primas. Tales hechos, entre otros tantos acontecimientos asociados a la geopolítica económica, delinearon casi definitivamente la posición y el rol de la región como periferia económica y cultural del llamado primer mundo.

El presente de la arquitectura como disciplina, que se fundamenta desde el campo de los lazos sociales y sus instituciones de representación como el Estado, las agrupaciones profesionales y las tradiciones históricas, han perdido su atracción y se han visto desvirtuadas producto de lo que Lyotard (1984, p. 35) describe como el “redespliegue económico en la fase actual del capitalismo, que ayudado por la mutación de técnicas y tecnologías, marcha a la par […] con un cambio de función de los Estados: a partir de ese síndrome se forma una imagen de la sociedad que obliga a revisar seriamente los intentos presentados como alternativas”. Según el autor, las funciones de regulación y por lo tanto de reproducción quedan -bajo esta coyuntura- confiadas a autómatas.

Por lo tanto, la atención particular al sujeto, comprendiendo sus implicaciones en la coyuntura actual. permitiría también la definición de los rasgos constitutivos de la arquitectura que puedan explicar desde los aportes de otras disciplinas cómo, desde la teoría arquitectónica, las posibilidades que ella posee para instituirse como nuevos emplazamientos del Común, como una forma de emancipación de las encrucijadas del presente dominadas por la condición hegemónica de las decisiones centrales.

Es preciso destacar que la sociología clásica -sea funcionalista o marxista estructuralista- toma la sociedad como un todo, como algo dado y excepcionalmente intenta dar una explicación acerca del proceso histórico mediante el cual las instituciones sociales han ido emergiendo de las interacciones entre los individuos. Siguiendo este razonamiento, parecería entonces evidente que no podemos seguir considerando las entidades sociales desde la explicación de sus jerarquías y sus decisiones centralizadas que, como insiste De Landa (2011), dejan muy poco lugar para la auto-organización, sino más bien atender “las consecuencias colectivas no intencionales de las decisiones intencionales y es en esto último que podemos esperar que ocurra generación espontánea de estructura”. Asimismo, continúa sugiriendo que un ejemplo de institución social emergida espontáneamente como producto de la interacción de la toma de decisiones descentralizada se corresponde, por ejemplo, con la de los mercados “precapitalistas” en tanto que entidades colectivas surgidas de la interacción de un número importante de compradores y vendedores sin la necesidad de una coordinación central (p. 15).

Estos procesos de auto-organización que explican la realidad en la que se relacionan los sujetos, hacen del territorio su escenario principal y en él podemos insertar la arquitectura también como un proceso que tomaría el siguiente camino: acumulación matérica > coexistencia > interacciones > auto-organización > generación de estructuras > forma > re-acumulación.

Estas estructuras a las que hace mención el autor son, para el presente análisis, los contraemplazamientos que se oponen por un devenir no lineal a la acción que el capital en sus intensificaciones ejerce en el espacio urbano como formas hegemónicas bajo las cuales se sustentan, por ejemplo, las arquitecturas del espectáculo con formas cerradas y consumadas del objeto técnico o los grandes equipamientos culturales y de ocio constituidos como emplazamientos oficiales de unas supuestas estructuras sociales legitimadas por un orden racional de tipo centralizado. Hablamos de formas de utilización del espacio que tienen la capacidad de surgir de manera reivindicativa como producto de las provocaciones ejercidas por la acción hegemónica propiciadas por los intereses de acumulación constante del capital. Dichas utilizaciones espaciotemporales son los procesos de subjetivación que desde el lado de los individuos intentan equilibrar en el ámbito de lo público las construcciones de sentido común al interior de las agrupaciones homogéneas preparadas para el consumo por parte de las hegemonías.

Castells (1995) también anuncia la necesidad de un nuevo tipo de sociedad ante la vigencia aún reconocida del modo de producción capitalista, reclamando un nuevo modelo de desarrollo que habilite el pasaje de un modo industrial al que asistimos en el presente, a un modo informacional dado que el conocimiento y la información siempre cumplieron un rol central en el proceso productivo.

Por su parte, Guevara (2015) pone en duda las apreciaciones vertidas por Castells, ya que -a su juicio- ignora que modo de producción y tipo de sociedad no pueden ser escindidos, y avanza así en el reclamo de que “es necesario matizar la afirmación que postula la emergencia de una nueva geografía de la centralidad”, argumentando que las ciudades que integran los lugares más privilegiados de la red global, “son prácticamente las mismas que lideraron la economía en etapas previas” y, por consiguiente, lo inédito de esta etapa es “la reestructuración productiva que determina la relocalización industrial en los países periféricos” (p. 9), como en nuestro caso lo es Latinoamérica.

Lo crucial aquí, insiste el autor, sería la posibilidad de recreación del término centralidad por uno de mayor representatividad, sobre todo en momentos de profunda crisis económica, social y cultural de las centralidades habituales que pareciera ser, han usufructuado de las tradicionales periferias del mundo para seguir sosteniendo su fabulosa excepcionalidad ante tanta desintegración del presente. Esas alternativas al paradigma moderno del control y el dominio por la racionalidad donde el rol de la técnica ha sido crucial en la construcción hegemónica, ya están en su fase de reacomodamiento y contextualización a partir de la paulatina aparición de un nuevo sujeto, ya no cooptado por los mecanismos embelecedores del objeto técnico sino a través de una nueva conciencia global de reclamo a la objetividad dominante.

Es más aún, si es válido el análisis heideggeriano del nexo entre la metafísica, el humanismo y la técnica, el sujeto al que se propone defender de la deshumanización técnica es precisamente él la raíz de esa deshumanización, ya que la subjetividad, que se define ahora sólo como el sujeto del objeto, es función pura del mundo de la objetividad y, por lo tanto, tiende irresistiblemente a convertirse ella misma en objeto de manipulación. (Vattimo, 2007, p. 45)

Por lo tanto, es en este punto donde nos interesa la relación entre arquitectura, sujeto y territorio, partiendo de la idea de que, ante la emergencia de un nuevo paradigma de tipo cultural, tanto las nuevas sociedades periféricas como las arquitecturas que resulten de sus modos de producción, se emplazarían a partir de nuevas lógicas de relacionamiento, disposición y materialización en el espacio urbano.

Las hegemonías en arquitectura y el sujeto como excepción

Gran parte de la producción arquitectónica en la contemporaneidad, parece estar desvinculada de la necesidad de responder a un tipo de sujeto nuevo, es decir, a la demanda vacante que constantemente se genera cuando intervienen componentes exógenos a ella como, por ejemplo, las tensiones entre lo público y lo privado, entre el poder de los medios hegemónicos de producción -superestructuras organizadas del capital financiero- y los emplazamientos emergentes de lo colectivo -más anárquicos en sus estructuras organizativas, pero no menos significantes desde su propio origen. Más concretamente, el antagonismo reinante entre individuo y sociedad, entre las arquitecturas de la soledad autorreferencial de los discursos hegemónicos y aquellas otras que parten del sujeto contemporáneo en crisis ya anunciado por autores como Touraine (2005), Delgado (2013) y Bauman (2002). Por su parte, Touraine (2005) advierte sobre la ruptura del lazo social como una condición emergente de la contemporaneidad en la que surgen nuevos paradigmas propios de la modernidad basados en dar “fundamentos no sociales a los hechos sociales”, imponiendo “la sumisión de la sociedad a principios o valores que, en sí mismos, no son sociales” (p. 96). Este final de lo social adquiere un sentido nuevo que va en la dirección de la sociedad -como cuerpo basado en ella misma- a la producción de sí por los individuos que en un escenario de desocialización como el que se presenta, “libera también una relación con uno mismo, una conciencia de libertad y de responsabilidad que era prisionera de los mecanismos institucionales cuyo papel era imponer a todos valores, normas, formas de autoridad y el conjunto de nuestras representaciones sociales” (p. 31).

Por otra parte, es no menos cierto que tal descomposición libera también fuerzas de cambio descontroladas del capitalismo globalizado que atentan contra el espacio social debilitándolo, pero a su vez reordenándolo a partir de nuevas figuras institucionales o, dicho de otro modo, a partir de la institucionalización de nuevas figuras representativas de lo social.

Al atender al sujeto en una vertiente posestructuralista, Aleman (2014) lo plantea desde el déficit ontológico de origen en la necesidad de plus de goce desde su condición de ser hablante, sexuado y mortal, como vehículo que le permita establecerse como nuevos exteriores en su lazo con los otros. Esta visión aporta la idea de que el sujeto puede ser captado por el objeto técnico no como consumidor de una mercancía, sino como un emplazamiento diferente en el territorio, es decir, el espacio urbano. La principal cuestión radica, en primer lugar, en la caracterización que significa para la arquitectura el sujeto por ella afectado; en segundo lugar, la problematización de dicho sujeto desde su acción en el territorio de lo público como lugar donde la arquitectura como objeto de la técnica y atrapada en el discurso capitalista, responde al sujeto en soledad produciendo y reproduciendo la lógica cíclica de la mercancía para el consumo y su satisfacción en términos de plusvalía, donde el territorio se ve constantemente dislocado en su espacio de temporalidad como producto de las acumulaciones que el capital le impone (Harvey, 2012).

En la caracterización de dicho sujeto, intervienen elementos que nos interesa describir en la búsqueda de un posible punto de entrada -a partir de la teoría posmarxista- en disciplinas como la geografía, la sociología o el psicoanálisis, que puedan arrojan luz acerca de los condicionamientos o más bien de las implicaciones que conlleva la acumulación del capital en el espacio urbano contemporáneo, ya oportunamente desplegada por Harvey (2012). Conceptos como el de “Común”, nos acercan principalmente a un estado de la discusión política en torno a los sujetos y sus vínculos donde para nuestro interés de estudio, la arquitectura y sus condiciones lingüísticas puede ser un vehículo para su emancipación. Jorge Alemán (2012), psicoanalista y principal referente de la escuela lacaniana, se refiere de la siguiente manera a la interpretación que de Lacan hace al abordar el concepto del Común basado en el otro:

No obstante, el sujeto del que estamos hablando aquí, el sujeto lacaniano, es inconcebible sin su relación al Otro que lo precede lógicamente. En efecto, en la enseñanza de Lacan, el Otro, el orden Simbólico correspondiente a la estructura del Lenguaje, siempre precede lógicamente al sujeto. El sujeto nace sincrónicamente en el lugar del Otro, tachado por el Otro. Sus historias, sus legados, sus herencias, sus destinos anatómicos quedarán siempre modulados por el juego combinatorio del significante. Incluso sus elecciones más íntimas y cruciales. (Aleman, 2012, p. 13)

En estos términos, podemos inferir de manera anticipatoria que el concepto de Común elaborado por el autor a partir del sujeto, establece una primera instancia excepcional al problema de las hegemonías que operan sobre las configuraciones del territorio modificándolas y que representan no sólo una constante de tipo económica sino también cultural perfilada en la actual coyuntura por el estado de los medios de producción en la lógica neoliberal.

Estas reconfiguraciones se dan a partir de procesos de reestructuración permanente que, según Harvey, se deben a “ajustes espacio-temporales” donde la sobreacumulación cíclica del capitalismo supone que los excedentes de trabajo y capital sean asimilados e incorporados de diversas formas como, por ejemplo, el desplazamiento temporal a partir de grandes infraestructuras o equipamientos proyectados a largo plazo (2005, citado en Guevara, 2015, p. 17).

Es aquí donde la arquitectura participa de estos mecanismos de ajuste al ser una característica significativa de la reestructuración territorial del capitalismo en curso y que el mencionado autor denomina “acumulación por desposesión”, lo que implica alianzas entre los poderes estatales (Estados Nación, municipios locales, etc.) “y los aspectos más depredadores del sistema financiero internacional, en contra de la voluntad popular de las mayorías” (p. 17). Si bien esta argumentación pone su énfasis, por un lado, en la condición abstracta de sus mecanismos operacionales y, por el otro, en la condición rizomática de sus emplazamientos territoriales, lo cierto es que estas dinámicas producen constantemente nuevas formas de reposicionamiento y clausura que resienten el espacio urbano.

Por lo precedente, pareciera ser que en este juego de acciones y reacciones donde la acumulación de capital impone las reglas en un tablero de juego en el que el sujeto es un componente pasivo al modo de masa uniforme o de un todo que tiende sistemáticamente a la sumisión de las formas de la mercancía. Es en este punto donde interesa insistir en la excepcionalidad del sujeto y las lecturas que de él se pueden extraer para poder reposicionarlo en este juego.

Arquitectura, sujeto y territorio: el vacío ontológico

En el contexto de los debates actuales en torno a la arquitectura, las discusiones generales vienen asociadas principalmente al rol de la disciplina en la conformación de ambientes urbanos que respondan a las necesidades actuales vinculadas con la mejora del espacio de lo público a partir del ordenamiento de lo privado, la posibilidad de que se estructuren nuevas y más eficientes relaciones entre la gestión del espacio urbano y la implementación de buenas prácticas desde la arquitectura. Por otra parte, la extensión de estos debates hacia otras disciplinas que retoman el hilo de la discusión, han desplazado el eje que habitualmente centralizaba y mantenía encriptados los debates arquitectónicos basados en la preeminencia del objeto como unidad de mercado y propia de intereses muy sectorizados a la definición de una historiografía casi erudita y funcional a la producción de iconos internacionales con vocación universalizante, como si la realidad social fuese única para todos los contextos. Es también recurrente el hecho que la disciplina ha venido perdiendo el peso que en épocas anteriores poseía como vehículo para el mejoramiento de nuestras vidas y de la comunidad en general, desde valores como la inclusión y la participación en nuevos procesos colectivos.

Tal y como señala De la Torre (2010), “a partir de los años sesenta, los planteamientos genéricos de la urbanística moderna evolucionan hacia un paulatino proceso de contextualización” mientras tienden a la problemática “sobre el vacío existente entre el hombre y su entorno urbano en general y los espacios públicos en particular”, lo que significó un enorme caudal de producción teórica basada en una “teoría del espacio sobre la base de la psicología de la percepción” (p. 62). En las últimas décadas, esos debates fueron enriquecidos desde la sociología y la antropología por autores como Álvarez Pedrosián (2014), Castells (2012), García Canclini (2011), Lindón (2009), Delgado (2007a), Bauman (2002) y desde la propia arquitectura en puntualizaciones que intercambian con la idea de la política como acción cotidiana a Montaner y Muxí (2011), Delgado (2007b), desde el reclamo de nuevos espacios simbólicos de producción de la arquitectura hasta temas como la sostenibilidad, la igualdad de género y la participación comunitaria, entre otros.

Es notable la marcada tendencia que se observa en la evolución de la teoría y el pensamiento hacia temas relacionados tanto con el rol de la arquitectura como participante de un contexto social como aquellos aspectos más característicos de la realidad conformante del sujeto como por ejemplo su actuación como actor político en tanto que ciudadano, su necesidad de vínculos sociales y su propia conformación interna como ser que habita e interactúa con los otros. Esta preeminencia del sujeto se ve atravesada por las acciones que el capitalismo como superestructura conformante de toda lógica de lo cotidiano impone como dinámica de construcción de subjetividades, afectando desde los medios de producción, distribución y legitimación a su alcance, la condición del arte y la arquitectura. Esto desvirtúa su razón de ser al situarlos como mercancía y desplazando al sujeto a una posición de pasividad al margen de sus posibilidades de interacción como protagonista activo. En ese sentido, se puede comprender la irrupción del psicoanálisis en la elaboración de nuevos escenarios de discusión contemporáneos donde la condición del sujeto en su relación material con el objeto pueda ser redefinida bajo las condiciones generadas por el discurso capitalista.

El hecho arquitectónico se ve así en la actualidad, clausurado en sus formas más primitivas de reflejar al sujeto, de contenerlo como condición necesaria que le permita completar el vacío ontológico al que Alemán (2014) hace referencia como el excedente de goce que no es otra cosa que el resto suplementario que no puede ser captado por el discurso capitalista.

El sujeto, en tanto que usuario, podría definirse como la entidad más significativa que interviene en el proceso de la producción de arquitectura, pero se podría decir, además, que es su principal instrumento de legitimación. En esa dirección, el campo de lo simbólico, entendido como la sumatoria de significantes que desde el lenguaje comunicativo que en todas sus dimensiones e intrínsecamente poseen no sólo las palabras sino también los objetos en sus relaciones, son capaces de construir un sentido que se va estableciendo a partir de la relación con otros significantes y de la contrastación o puesta en situación de sus diferencias y similitudes (Lacan, 1999).

Estas construcciones simbólicas del sujeto se establecen también por un sistema comunicativo constituido por acciones y reacciones, la relación que puede establecer con su ambiente hallándose condicionado por acumulaciones y disgregaciones de temporalidades constantes y cíclicas en el territorio. En ese sentido, De Landa aporta elementos desde el pensamiento complejo al afirmar que el territorio se encuentra determinado por las tensiones entre jerarquías y transversalidades al modo de un rizoma en el que

la realidad es un flujo continuo de materia y energía experimentando transiciones críticas y en las que cada nueva capa de material acumulado enriquece la reserva de dinámicas y combinatorias no lineales disponibles para la generación de nuevas estructuras y procesos. (De Landa, 2011, p. 21)

Estas estructuras, que forman ritmos en sus combinaciones y acumulaciones, forman la materia prima con la que se expresan de un modo lingüístico los espacios urbanos y son el marco de referencia donde actúan los sujetos para producir arraigo. Un desafío que la arquitectura tiene frente a sí para producir nuevos significantes que puedan capturar en el terreno de lo simbólico los restos suplementarios del vacío ontológico de los sujetos. Más precisamente, la necesidad de la arquitectura de separar de su seno, los elementos del poder que han capturado al sujeto para poder constituirse como un vehículo para su emancipación, que no es otra cosa que la emancipación de la propia arquitectura hacia un espacio Común. En ese sentido, se torna necesario cuestionar sobre cuál ha sido el impacto en términos de la ruptura señalada que ha sufrido el sujeto en soledad en tanto que vacío ontológico producido por la disyunción entre individuo y sociedad a la que los medios de producción -la técnica y sus sistemas ideológicos- han abonado.

Ese sometimiento a la implantación constante de técnicas científicas que el poder produce como mecanismo para la cura terapéutica de los males que el objeto fetichista de la mercancía produce en el sujeto, encuentra su correlato en la arquitectura, a la vez que usuario y protagonista de la relación sujeto-objeto en la noción marxista de la plusvalía y en la noción lacaniana del plus de goce (Alemán, 2014).

Espacio urbano contemporáneo: el Común

Centrándonos en el espacio urbano surgen cuestionamientos en relación al impacto en términos de la ruptura señalada que este ha sufrido producto de los intereses emplazados de los medios de producción -la técnica y sus sistemas ideológicos-, al ser la arquitectura y el arte en general, los reflejos y las resonancias de un momento crucial que se viene presenciando. Es en la dialéctica entre arquitectura y sujeto donde se alcanza un arraigo nuevo, un estatus diferente en su camino de legitimación ya no jerárquica como reflejo de un sistema técnico absoluto sino como un dispositivo de mediación más transversal donde los sujetos, a partir de la relación de cada uno con lo real de la existencia, logre conjugar la singularidad, es decir, con el deseo como diferencia absoluta y particularizante. Asimismo, el vacío ontológico del sujeto - mencionado como posible problema- radica para nuestro interés en el impacto que puede significar para la arquitectura y desde ella al espacio urbano en la construcción de un sentido lingüístico o morfológico que abone a la definición del Común y que frente al poder hegemonizante y homogeneizante del discurso capitalista basado en el individuo en soledad, el sujeto devenga con el otro y desde el otro en comunidad a partir de la construcción de nuevas formas de relacionamiento en el espacio. Formas que habiliten el deseo como potencia abierta para la acción política basada en la negociación de las diferencias, y eso es el Común. Algo que la cultura moderna había dejado como vestigio de un paradigma científico y técnico basado en la utopía del usuario en tanto que sujeto de consumo del hecho arquitectónico.

Poder problematizar al sujeto en su lazo con la arquitectura desde estas perspectivas, significa entender no sólo el momento actual de la disciplina como síntoma de las manifestaciones del poder y sus constantes tensiones entre los valores que definen el ámbito de lo colectivo y el carácter individual que la arquitectura posee per se, sino también acercarse a una delimitación de tipo fenomenológico que pueda arrojar cierta luz sobre las capacidades de respuesta que el hecho arquitectónico posee -en la búsqueda de su legitimación- para emplazarse como un vehículo de lo Común (véase Figura 1), entendido como la instancia final que sucede a la ruptura del sujeto en su soledad como individuo cuando encuentra, en su relación con el otro, la posibilidad de “un cruce radical, no metafísico, entre la singularidad más radical y la matriz más común” (Aleman, 2014, p. 77).

Fuente: elaboración propia.

Figura 1 Relaciones topológicas entre arquitectura, sujeto y territorio: nuevos emplazamientos 

El emplazamiento técnico de la arquitectura: la técnica como hegemonía

Es posible que en la condición actual estemos presenciado la formación de un nuevo orden entre el Poder como universalismo metafísico que legitima al mundo unipolar y el sujeto legitimado por un pensamiento débil que, como pensamiento postmetafísico en su devenir histórico, permitiría la emergencia de interpretaciones de la realidad menos dogmáticas y autoritarias (Vattimo, 2007).

La arquitectura puede ser también interpretada bajo esa perspectiva dialéctica que conduzca a producir un nuevo antagonismo basado en el deseo de cada uno sin renunciar al otro: el Común sería el camino resolutivo entre individuo y otredad que, inserto en el espacio urbano, proponga un estatus en su organización técnica tal que generando estructuras comunicativas pueda incorporar al sujeto en un entorno diferente. Cuando Luhmann (1998) critica la teoría de los sistemas en su teoría de los sistemas sociales, propone una discusión acerca de la dificultad que esta posee para posicionar al sujeto fuera de su dinámica binaria entre interior y exterior que, por otra parte, poseen los sistemas autopoiéticos al producir y reproducir sus elementos a partir de procesos de selección basados en sus propios elementos. Es decir, sistemas autorreferenciales. Una manera posible de romper con esa barrera autogenerada por el propio sistema es a partir de la irrupción de lo subjetivo, de lo comunicativo. El autor hace referencia a la teoría del discurso intersubjetivo en el que los sujetos se hacen cargo de las consecuencias de sus implicaciones en la acción comunicativa del diálogo intersubjetivo, pero esto no hace que dichas acciones puedan perforar el propio interior del sistema social al que estos pertenecen como mera sumatoria de actores o individuos.

Sólo cuando la emergencia en la comunicación de los sujetos sucede, es cuando la acción comunicativa puede producir un exterior y trascender de esa manera su condición autopoiética y autorreferencial que propone la intersubjetividad. Por lo tanto, en la medida en que existan exteriores al sujeto susceptibles de revelar esas acciones al modo de “artificios atributivos” (p. 10) que el sistema social produce como contexto, se estaría más cerca del emplazamiento de una estructura lingüística en el que la arquitectura como estructura de lenguaje pueda producir un estatus comunicativo diferente con los sujetos. Por otra parte, en la perspectiva del pensamiento complejo y en una pendiente similar a la propuesta por Luhmann, Edgar Morín (2009) suma antagonismos al debate sobre el rol de la técnica como envoltorio y las organizaciones vivas como la “máquina antropo-social”. La primera (la técnica), anunciada ya desde mediados del siglo XX como la gran reguladora de la sociedad, ha terminado arruinando civilizaciones y culturas, subordinando todo tipo de desarrollo únicamente al tecno-económico, “incluso la ingenua y terrorífica locura de creer que el crecimiento industrial es por esencia regulador y ordenador llevaba en sí, mutilada y falsificada, una gran idea aún por desarrollar, la de un devenir al mismo tiempo abierto, creador y auto-regulador” (p. 256).

La segunda,

la historia antropo-social, son las nuevas nupcias destructoras y creadoras entre el desorden y la organización. La forma más terrorífica del desorden en el seno de una organización, lo que se llama “retroacción positiva”, se convierte en el fermento necesario de las evoluciones y en onda de choque de las revoluciones. (Morin, 2009, p. 256)

Esta potente máquina “despierta los desequilibrios e inestabilidades que, siendo genésicos, aportan la posibilidad de nuevas formas organizadoras más allá del desequilibrio y de la inestabilidad” (Morin, 2009, p. 257), hallándose caracterizada por la creación de tendencias a partir de desviaciones, esto quiere decir, desde la diversidad y la complejidad potenciales descritas en un proceso que adquiere la siguiente forma: desviación > tendencia > creación de novedad > diversidad (cismo/ morfogénesis).

Frente a este Espíritu creador de la segunda -la máquina antropo-social- como la idea arcaica del Dios-Creador, Elohim, como forma de torbellino genésico, potencia creadora y proceso organizador de donde emanan las leyes aparentemente universales de la Naturaleza, se le opone el Dios-Ordenador de la Ley, Yavé, como instituidor de la Ley, como dispositivo informacional para mandar controlar la máquina antropo-social, convirtiéndose así en el Dios-Programa (p. 261). Por lo tanto, la excepcionalidad a la hegemonía sólo se puede explicar desde un regreso al sujeto, al individuo que Touraine (2005) sitúa ahora en el cambio de paradigma como la constitución de sí mismo al “reconocer la necesidad de crear, contra una organización burocrática y autoritaria, relaciones de reciprocidad y de reconocimiento mutuo” (Morín, 2009, p. 158) y eso también es cuestión de la técnica que, desde los comienzos, ha insistido en el reemplazo de las virtudes de producción material del sujeto.

En efecto, y a los fines de plantear resumidamente el problema, podemos inferir que el emplazamiento técnico se halla fuertemente condicionado por tres cuestiones generales. En primer lugar, el estatus técnico de la arquitectura, es decir, en la caracterización que significa para ella el sujeto afectado y el rol de amplificadora y facilitadora de los contactos que -como caja de resonancia- permitan estudiar la posibilidad de un emplazamiento diferente del hecho arquitectónico en su exterioridad con el Común del sujeto, es decir, el sujeto con el otro desde su comunicación con el hecho arquitectónico.

En segundo lugar, las formas culturales asociadas al sujeto, es decir, la problematización de dicho sujeto desde su acción en el territorio de lo público como lugar donde la arquitectura como objeto de la técnica y atrapada en el discurso capitalista, responde al sujeto en soledad produciendo y reproduciendo la lógica cíclica de la mercancía para el consumo y su satisfacción en términos de plusvalía según la definición marxista o que pueda -de otro modo- establecerse como un nuevo emplazamiento en respuesta al vacío ontológico que la implantación de técnicas científicas presentadas como “cura terapéutica” pretenden salvarlo de los “males que ocasiona el propio proceso fetichista de la mercancía” (Alemán, 2014, p. 14).

En tercer lugar, los cambios de espacio-tiempo en el territorio como la arena de disputas entre las técnicas emplazadas del Capital -como la arquitectura- en constantes maniobras de dislocación espacio-temporal y las tramas relacionales y comunicacionales (lingüísticas) que allí se disputan con el sujeto como el principal vehículo para su legitimación.

Discusión

De la excepción del sujeto al Común como emancipación. Es en esta dialéctica donde la arquitectura alcanza un arraigo nuevo, un status diferente en su camino de legitimación ya no jerárquica como reflejo de un sistema técnico absoluto sino como un dispositivo de mediación más transversal que logre conjugar la singularidad y la relación de cada uno con lo real de su existencia, es decir, con el deseo. Ese mismo deseo que es a su vez parte del proceso que en arquitectura podría estar referido al campo de las intenciones, no es más que la diferencia absoluta y particularizante del arquitecto llevada al territorio de lo común y que luego las estructuras de la técnica canalizan en el hecho arquitectónico.

El sujeto en tanto que usuario y arquitecto, relacionados y condicionados ambos por el objeto arquitectónico en una puja constante entre el deseo y el goce en el ámbito de lo común -el territorio-, donde las diferentes instancias del poder como la técnica homogeneizante, las instituciones jerárquicas y la plusvalía, entre otras, no puedan intervenir en las experiencias que el Capital pueda llegar a reducir a mercancía, haciendo de ellas los verdaderos momentos igualitarios donde se em plaza el Común como emancipación.

El vacío ontológico mencionado como posible problema radica en la separación de la arquitectura -en tanto que proceso de acumulación de individualidades- en la construcción de un Común (Alemán, 2012) frente al poder hegemonizante y homogeneizante del discurso capitalista, que basado en el sujeto en soledad y su individualismo, devenga en sujeto con el otro y desde el otro en comunidad a partir de estructuras de tipo lingüísticas que establezcan el entorno necesario para producir las diferencias entre el sistema social y el sistema psíquico en la forma de lo subjetivo (Luhmann, 1998). Algo que la cultura moderna había dejado como vestigio de un paradigma científico y técnico basado en la utopía del usuario en tanto que sujeto de consumo de la arquitectura.

[…] todo aquello que de algún modo fue anticipado por Marx en su Manifiesto cuando sentenció que todo lo sólido se iba a desvanecer en el aire [...] Señalemos que si bien acordamos con las descripciones sobre lo líquido, sobre el socavamiento y la erosión de las figuras simbólicas actuales del Otro, también es preciso señalar que para que esta corrosión esté ocurriendo, tal como Marx lo supo ver, tiene que existir una estructura muy potente que logre emplazar como nunca se ha hecho antes, con una potencia inusitada, a los sujetos y a los vínculos sociales. (Alemán, 2012, p. 27)

Surgen aquí algunos interrogantes necesarios de ser formulados, en primer lugar: ¿cuál ha sido el impacto que ha sufrido el espacio urbano como consecuencia de la división del sujeto a partir de los acontecimientos planteados? y ¿a través de qué canales simbólicos y significantes -estructuras lingüísticas- el hecho arquitectónico puede contribuir en la conformación de un sujeto arraigado al campo de lo Común? o, desde otro punto, ¿cuáles serían las implicaciones que este vacío ontológico trae aparejado en la caracterización de la arquitectura actual para la mutua emancipación?

Para poder abordar con mayor precisión estos cuestionamientos, es importante comprender la influencia que el Poder posee como contra-estructura en el territorio que en términos de lo que plantea Foucault (2010), acerca de que este siempre se reconstruye en nuevos y diferentes horizontes histórico-culturales, siendo importante la arquitectura -en ese sentido- para entender “la organización, la efectuación del poder, y todas las técnicas a través de las cuales el poder se ejerce en una sociedad” (p. 97).

A modo de conclusión

El vacío ontológico, es decir, la carga de construcción simbólica que le falta al sujeto desde su vacío ontológico. Según Cassirer (2003), el hombre es ser cuando conoce y ese conocimiento se da a partir de la construcción simbólica producto del Espíritu que le da sentido y ese sentido es el que transforma la materia en mundo, lo hace suyo. Esta construcción significativa del hombre en Ser se relaciona con el vacío ontológico, aquella porción del sujeto que aún no ha sido cooptada por la técnica y que produce el Común pero sólo a partir del lenguaje.

Para que la arquitectura se emplace como objeto técnico, emancipando al sujeto y constituyendo un nuevo lazo hacia el Común, debe hacerlo a partir de una construcción de tipo lingüístico que pueda completar significativamente esa parte libre del sujeto -que no ha sido cooptada por la técnica en forma de mercancía- y pueda, a partir de tales estructuras lingüísticas, disputarle a la mercancía una nueva hegemonía tendiente a reordenar el lazo social.

En respuesta a Foucault, De Certeau señala una sustitución diaria del sistema tecnológico de un espacio coherente y totalizante por una retórica pedestre de trayectorias que presentan una estructura mítica entendida como una historia edificada chapuceramente con elementos tomados de dichos Comunes, una historia alusiva y fragmentaria cuyos hiatos se enredan con las prácticas sociales que simboliza. (Harvey, 2012, p. 239)

El territorio es una sucesión de estructuras localizadas de materia y forma que, al relacionarse entre sí, producen tipos de lenguaje que pueden empatizar o irrumpir en la comunicación con los sujetos (véase Figura 2). Es una estructura precedente de lenguaje que se legitima per se en tanto que existe porque existe la forma. Como contrapartida a esta puja, el territorio tiende a descentralizar las relaciones atomizándolas, producto de la dislocación espacio-temporal que sobre él opera el capital. Si el espacio urbano es la arena de esas disputas y si sus dinámicas actuales tienden a la dispersión y desconcentración de sus múltiples afectaciones, quiere decir que un posible contra-emplazamiento lo debería ofrecer la arquitectura como estructuradora y organizadora del lenguaje, de la compleja urdimbre que implica su acción en la organización de su emplazamiento técnico, de su trascendencia matérica.

Fuente: elaboración propia.

Figura 2 Estructuras operantes en el territorio 

Estas acciones de captación y realimentación de materia esperando ser significadas por el sujeto, es lo que deviene en re-posicionamiento o re-localización en el territorio, y es una posibilidad para alcanzar el estatus del Común como salida comunicativa diferente de la que propone en la técnica del capital. Es la localización del individuo a través de la materia disponible frente a su dislocación en ámbitos ya racionalizados por la técnica.

Hablamos de los ordenamientos homogeneizantes de toda acción como pueden ser las plazas comerciales, las calles altamente estilizadas de los centros históricos renovados por el capital, etc., que funcionan como estructuras lingüísticas ya decodificadas donde los individuos actuantes no encuentran muchas opciones para su improvisación. La materia disponible en el espacio urbano (banquetas, mobiliarios, lugares de permanencia, carteles o simples lugares remanentes), es el lenguaje aún sin codificar por el ordenamiento estratificado de la técnica del capital. Es la latencia del sentido, es decir, del Ser (Cassirer, 2003). La arquitectura como objeto de la técnica, puede colaborar en esa relación porque ella es parte constitutiva del territorio. Su estatus técnico, así como su emplazamiento, son dos propiedades que la vinculan de dos maneras diversas al territorio de los sujetos en estructuras de tipo funcional-comunicativa.

La idea de Común viene a posicionarse en este ámbito de discusiones como alternativa de tipo lingüística, ya que se fundamenta por la forma y el tipo de espacialidades que se ponen en juego para alcanzar otro estatus de comunicación entre los individuos en el espacio. Sus resultados derivarían en formas nuevas de experimentar el espacio y el tiempo a partir de la sola necesidad de establecer vínculos diferentes y no utilitarios como alternativa a la constante utilidad de los lugares centrales. Es decir, las embestidas que el capital propina sobre la utilización del tiempo de los individuos en formas dirigidas de acción basadas en parámetros de consumo, generan fuertes diferencias ónticas (diferencias de posibilidad) por el carácter de sus delimitaciones y exclusiones en los espacios del consumo. Estas formas de acción son, en definitiva, estructuras de lenguaje emplazadas en modos autoritarios sobre la escena urbana donde actúan los sujetos.

En la medida en que los individuos puedan trascender hacia otras formas de relacionamiento más igualitarias por la sola necesidad de habitar el espacio, estableciendo vínculos simbólicos, se podrá poner al servicio la brecha ontológica, la parte no captada por el goce del consumo, su vacío ontológico. El Común es precisamente eso, la potencia disponible en cada uno de hacer del uso del espacio-tiempo una versión diferente y superadora de los componentes semióticos disponibles en toda materialidad existente en lo urbano: formas, disposiciones, límites y conexiones: la excepcionalidad de los sujetos en el campo de lo simbólico, sus lazos comunicativos. El Común, entonces, es la emergencia de la diferencia en un registro que reconoce la posibilidad de la igualdad.

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Recibido: 17 de Septiembre de 2016; Aprobado: 02 de Julio de 2018

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