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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.15 no.38 México sep./dic. 2018

http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v15i38.654 

Dossier

Imaginarios y prácticas del espacio público. La Feria de Colectividades de Rosario, Argentina

Imaginaries and practices of the public space. La Feria de Colectividades of Rosario, Argentina

Diego Roldán* 

*Investigador vinculado al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y a la Universidad Nacional Rosario, Argentina. Correo electrónico: diegrol@hotmail.com

Resumen

Este artículo constituye una reflexión sobre los imaginarios y las prácticas del espacio público. La Fiesta de Colectividades de Rosario permite reconstruir los agentes y las figuraciones que imaginan al espacio público en los términos de una dualidad. La primera figuración se sustenta en un imaginario de cierre, ligada al diseño y el gobierno, imagina al espacio público como un lugar de encuentro entre iguales y privilegia la uniformidad mediante regulaciones y dispositivos de seguridad. La segunda se apoya en un imaginario de apertura y diferencia que promueve la producción de acontecimientos y multiplicidades. En este trabajo, se analizan el encuentro, las fricciones, los conflictos y las asimilaciones de estas dos figuraciones producidas por el diseño y los usos de los espacios públicos en el territorio intermedio y práctico que constituye la Fiesta de Colectividades de Rosario. A través de una argumentación que combina el debate teórico, una hermenéutica del discurso oficial y periodístico sobre el espacio público y una aproximación etnográfica a la fiesta, se analizan los procesos de securitización y mercantilización, la expresión de las relaciones sociales en los espacios feriales y los imaginarios y prácticas de consenso y disidencia que se proyectan sobre el espacio público.

Palabras clave: Espacio público; Imaginarios urbanos; Ferias; Cultura popular

Abstract

This article is a reflection on the imaginaries and practices of public space. The Rosario´s Fiesta de Colectividades allows reconstructing the agents and the figurations that imagine the public space in the terms of a duality. The first figuration is based on an imaginary of closure, linked to design and gubernamentality, imagines the public space as a meeting place for equals and privileges uniformity through regulations and security devices. The second is based on an imaginary of openness and difference that promotes the production of events and multiplicities. This work analyzed the encounter, the frictions, the conflicts and the assimilations of these two figurations produced by the design and the uses of public spaces in the intermediate territory that constitutes the Fiesta de Colectividades. Through an argument that combines the theoretical debate, a hermeneutics of the official and journalistic discursive on the public space and an ethnographic approach to the collective fair, the article explore the processes of securitization and commodification, the expression of social relations in the exhibitions spaces and the imaginary and practices of consensus and dissidence projected on the public space.

Keywords: Public space; Urban imaginaries; Fairs; Popular culture

Introducción

En los últimos años, el espacio público se ha convertido en uno de los ejes de las gestiones locales y de los centros estructuradores de lo urbano. Numerosas publicaciones han abordado este problema. Enfoques y perspectivas han sido variadas, el espectro abarca desde un tono optimista (Borja y Muxi, 2003) hasta una crítica sin concesiones (Delgado, 2011). En la ciudad contemporánea, diseñada con la intervención de los promotores inmobiliarios (Hall, 1996), el espacio público ha devenido un dispositivo urbano, cultural y político novedoso y fundamental.

La polifuncionalidad y las actividades culturales del espacio público constituyen las diferencias más importantes con los más antiguos espacios verdes, destinados a la higiene urbana, la reparación de la fuerza física y la inoculación de ideales ciudadanos y nacionalizadores (Gorelik, 1997; Armus, 1996 y 2007; y Roldán y Godoy, 2017). Hoy la construcción de espacio público urbano articula los diseños públicos con la inversión privada, una convergencia de doble propósito. Por el lado del mercado, genera valor adicional a los proyectos inmobiliarios y, por el del municipio, permite establecer un consenso de la gestión ante la ciudadanía (Roldán, Pascual y Vera, 2016). En el discurso, el espacio público está ligado a la construcción de un ámbito comunitario, participativo, sin conflictos y abierto. Como fórmula capaz de restituir lazos, producir identidades comunes y elevar la calidad de vida, el espacio público quizá sea el módulo de mayor potencia en la construcción de legitimidad para los gobiernos locales. En el imaginario oficial y hegemónico el espacio público sería un dique discursivo-material contra el avance de la ciudad neoliberal (Hackworth, 2007 y Carrión, 2004). También es una herramienta para la puesta en valor de los residuos de la ciudad industrial en el marco de un capitalismo de acumulación flexible, que privilegia la producción de bienes y servicios y la articulación de las inversiones inmobiliarias con el ocio, el turismo y la patrimonialización (Harvey, 1990).

De modo recurrente, las definiciones y los imaginarios contrahegemónicos a las propuestas anteriores, han sido buscados en movimientos de resistencia (Hidalgo y Janoschka, 2014). Una atención menos focalizada han recibido las experiencias y los eventos de apropiación desarrolladas por los agentes urbanos. Menos se sabe acerca de cómo esas prácticas revelan la apertura de un juego de fuerzas evanescente, pero que emerge como el trasfondo de la aparente isotropía de la planificación urbana. Esas prácticas no son ejecutadas siguiendo un protocolo ni de manera organizada, no son resistencias conscientes y programáticas. Al contrario, la disposición de los agentes subalternos pasa por ejercer una reterritorialización (Haesbert, 2011), muchas veces corporal (Low, 2003), desplazada y descentrada de los objetivos planteados por los agentes hegemónicos que proponen la normatividad y el orden urbanos. Se trata de una territorialización cotidiana efectuada a través de las artes de hacer subalternas (De Certeau, 1999), cuyas apropiaciones, trayectorias y movilidades afectan y reconstruyen (Scott, 2000) el sentido atribuido desde arriba al espacio (Haffner, 2013). Entonces, una de las estrategias analíticas orientadas a captar y complejizar esa doble valencia del espacio público es registrar e interpretar los procesos de su apropiación subalterna.

En Rosario, el Parque Nacional a la Bandera fue uno de los primeros espacios verdes que relacionaban al río Paraná con la ciudad a través de un uso no vinculado al transporte de cargas y pasajeros. Desde mediados de los años ochenta del siglo pasado, allí se celebró un Encuentro de Colectividades que intentaba homenajear, bajo el formato de la feria de atracciones costumbristas, culinarias y danzantes, los orígenes inmigratorios de Rosario.1 Paulatinamente, la Fiesta fue cobrando mayor envergadura y carácter popular. En los años de la recesión económica, que preludió a la crisis de 2001, la Fiesta de Colectividades se transformó en uno de los momentos en que los agentes socioculturalmente subalternos y urbanamente periféricos llegaban y se apropiaban del área céntrica, tradicionalmente ocupada por las élites.2

Recientemente y con los nuevos desarrollos turísticos de Rosario, la Fiesta se ha convertido en objeto de disputa para los distintos agentes urbanos que intentan reformular la ciudad y aprovechar (mercantil y políticamente) la construcción de un nuevo espacio público. Desde 2009 y por motivos de seguridad, el predio fue cerrado con vallas-rejas temporales a las que luego se agregaron soportes fenólicos y cámaras de vigilancia. En 2014, se presentó el proyecto de cobrar una entrada mínima para reforestar y reparar el parque después del evento. Ambas propuestas, orientadas por finalidades “aceptables” (garantizar mayor seguridad a los concurrentes y conseguir fondos para restaurar posibles daños y roturas), redistribuyeron las condiciones de acceso a ese espacio público. Este proceso colocó entre paréntesis dos consignas tradicionalmente atribuidas a ese tipo de espacio. La primera, el espacio público debería poderse recorrer en cualquier dirección y por cualquier ciudadano o habitante. Segundo, el ingreso a ese espacio tampoco debería ser restringido a partir de controles ni el cobro de un canon.

Al constituir a la Fiesta de Colectividades en un observatorio de los imaginarios y las prácticas culturales, sociales y urbanas, este trabajo procura abordar cinco problemas en los que convergen el diseño, la organización y la apropiación del espacio público en las ciudades contemporáneas: 1) Los procesos de securitización y mercantilización del espacio público. 2) La distorsión operada por las fuerzas mercantiles sobre la integración y participación igualitaria. 3) Los modos en que las jerarquías y segmentaciones del espacio público expresan la fragmentación de las ciudades contemporáneas. 4) Cómo una clase media imaginaria (Delgado, 2011) se convierte en el parámetro normalizador de conductas en el espacio público. 5) Las formas de apropiación disidente de ese espacio. La estrategia metodológica articula dos formas exploratorias cualitativas. Por un lado, la compulsa de materiales documentales: discursos oficiales y las publicaciones de la prensa local. Por otro, se establece una reflexión sobre las experiencias de observación con participación en el terreno del espacio público durante el evento.

Espacio público en el imaginario hegemónico-oficial de Rosario

Don Mitchell (1995)) ha observado dos caracterizaciones diferenciadas sobre el deber ser de los espacios públicos. La primera afirma que el espacio público debe ser planeado, ordenado y seguro. Sus usuarios y promotores deben coincidir en la preocupación por el confort, el incremento de la circulación y del equipamiento para el ocio y el consumo. Esta visión es la que habitualmente sostienen los planificadores y los inversores urbanos. Las propuestas derivadas de este imaginario ubican al espacio público como un factor para el estímulo al turismo y la gentrificación urbanos. Un ejemplo local es el imaginario construido por la empresa METRA TGLT sobre sus inversiones en Puerto Norte, el área de mayor renovación de la costa rosarina. La firma realizó una campaña publicitaria que aludía explícitamente al espacio público aledaño y su animación como factores decisivos en el incremento de la “calidad ambiental” de los departamentos que ofertaba.3 La segunda caracterización sostiene que el espacio público debe estar marcado por la interacción libre y múltiple de los ciudadanos y la ausencia de coerción o violencia institucional. Así, el espacio público debe ser un lugar capaz de dar albergue a una diversidad no exenta de conflictos y desacuerdos. Entonces, el público no debería estar obligado a ser socialmente ni culturalmente homogéneo, ni a asumir comportamientos uniformes. Esta producción del espacio público aparece vinculada al carácter eventual de la apropiación diferencial. Por ejemplo, los movimientos socioeconómicos y culturales alternativos fomentan una apropiación que no se centra ni en el confort ni el consumo ni el ocio, sino que más bien explora e intenta experimentar con las cualidades políticas, productivas, culturales y experienciales alternativas de los espacios públicos urbanos. En este plano, otro ejemplo local lo constituyen las comunidades de okupas y de pescadores artesanales que se afincaron en la Costa Central sometida a la renovación urbana (Roldán y Godoy, 2018).

Entre aquellos dos imaginarios y prácticas de apropiación del espacio público, existe una amplia zona gris. Allí, la concurrencia de los inversores, los planificadores y los usuarios del espacio público plantean contradicciones. Entonces, emergen las desigualdades desarrolladas al margen de las escenificaciones espectaculares y por debajo del discurso romántico del espacio público (Gorelik, 2008). Este tipo de conflictos se manifiesta con fuerza en el seno de sociedades capitalistas avanzadas y de gestiones devoradas por la sobreproducción de un marketing urbano (Ward, 1998).

La documentación oficial de la Municipalidad de Rosario ofrece una noción de espacio público que bascula entre un lenguaje político que intenta pulsar ciertas cuerdas afectivas y una estrategia de marketing urbano minimalista. El empleo más superficial aparece en el primer Plan Estratégico de Rosario de 1998 (PER, 1998). La idea de espacio público está ligada a un imaginario de familiaridad y mutuo conocimiento de los habitantes de la ciudad mediana y aún poco atractiva a los turistas. Es el espacio público de una ciudad con lazos comunitarios. Las ideas de encuentro, juego, uso y disfrute retratan, no sin vaguedad conceptual, un espacio urbano que intenta atender a las necesidades de los residentes. En ese contexto, los espacios públicos fueron rotulados con la leyenda: “Rosario, la mejor ciudad para vivir”; leitmotiv de una ciudad residencial y preturística. El espacio público era imaginado como vacante de conflictos, formado por la convivencia de intercambios simétricos entre iguales. Estos imaginarios idílicos del espacio público son los que Manuel Delgado (2011) ha calificado como ideologías. Estas fórmulas a la orden del día en la Planificación Estratégica fungen como la coartada progresista del conservadurismo urbano (Delgadillo, 2014).

En el PER 1998, el sector privado es invocado como uno de los potenciales y necesarios impulsores del proceso de modernización de la ciudad y de producción de un nuevo espacio público de alta calidad, capaz de derivar beneficios ambientales y constituirse en un instrumento para la recualificación y jerarquización urbana. En 1998, el municipio observaba que las debilidades del desarrollo urbano eran la consecuencia de “la falta de incentivos a la inversión privada en el sector inmobiliario” (PER, 1998, p. 28). La flexibilidad impositiva, las garantías a las inversiones, la coproducción de la planificación pública y el financiamiento-ejecución privados del espacio público lograrían revertir ese diagnóstico. Luego de la crisis de 2001 y con la recuperación del ciclo económico, Rosario consiguió promover los proyectos esbozados en el PER 1998.

Hacia 2005, con la reconstrucción de las condiciones para la acumulación económica y la disponibilidad de los excedentes derivados del consenso de los commodities y del boom sojero (Svampa y Viale, 2014), los inversores, otrora aletargados, se mostraron ansiosos por comenzar a invertir en desarrollos inmobiliarios. Según la propia Secretaria de Planeamiento, Mirta Levin (2012), la nueva planificación urbana fue impulsada por el interés de los consorcios inmobiliarios en los nuevos proyectos. El resultado fue el Plan Urbano Rosario 2007 (PUR, 2007), marcado por el pragmatismo a la hora de intervenir sobre partes de la ciudad. Los proyectos de mayor envergadura realizados hasta el momento se concentran en la zona septentrional de la costa.

En el Plan Estratégico Rosario Metropolitana 2010 (PERM, 2010), surgen algunas nociones menos ambiguas del concepto de espacio público y sus posibles derivaciones, aplicaciones y efectos sobre la planta urbana. Se declara la irrelevancia de la naturaleza geofísica del espacio público y se enfatiza su contenido social y cultural, sus usos y apropiaciones, subrayando que su disfrute es para todos y todas. Se declara al espacio público como ámbito por excelencia de la sociabilidad urbana y de potenciación de la convivencia ciudadana. El PERM 2010 celebra la construcción de importantes espacios públicos en la costa centro-norte de la ciudad. Puerto Norte se ha convertido en el paradigma de la urbanización de los nuevos fragmentos de la ciudad y en el emblema de la planificación púbica y la inversión privada (Scarpacci, 2014). El diseño procuró generar en las franjas de las barrancas sistemas de recorridos públicos con plazas, ramblas y espacios verdes.

En líneas generales, el espacio central es puesto en valor a partir del circuito paisajístico de la costa y la conexión con instalaciones de valor histórico-patrimonial. Los nuevos edificios son los artefactos de una ciudad que se despliega en fragmentos, desde la centralidad emergente de Puerto Norte y el circuito gastronómico anexo a la ribera que penetra por el eje de Bulevar Oroño en la trama urbana de los barrios históricos de Pichincha y Refinería. Este aglomerado configura un área apta para el turismo cultural y el ocio. El PERM 2010 continúa manifestándose a favor de “valorizar la convivencia solidaria en el espacio público” y pensar esos “espacios en constante proceso de apropiación en tanto reformulación de usos y prácticas”. No obstante, las formas de estructuración de la política gubernamental se alejan de esas consignas que combinan conceptos de las ciencias sociales con una plataforma progresista. Marcado por la diseminación de una estética y una ambientación que evoca a los shoppings, el espacio público de Puerto Norte está mejor relacionado con el diseño, el consumo y el ocio que con los valores colectivos invocados en la planificación.

Como lo ha indicado Mitchell (1995), existen dos grandes tendencias respecto a la planificación y el uso de los espacios públicos. La primera se sustenta en un imaginario de cierre, está ligada al diseño y el gobierno, tiende a imaginar al espacio público como un lugar de encuentro entre iguales y estimula, aun veladamente, la producción de una uniformidad específica, a través de regulaciones y protocolos securitarios. La segunda se apoya en un imaginario de apertura y diferencia que privilegia la producción de acontecimientos y multiplicidades. Este estudio analiza el encuentro, las fricciones, los conflictos y las asimilaciones de estas dos figuraciones producidas por el diseño y los usos de los espacios públicos, que en los términos de Lefebvre (2014) podrían pensarse como espacio público concebido y vivido, en la escenificación discursiva y práctica de la Fiesta de las Colectividades de Rosario.

La Fiesta de Colectividades: tensiones entre la seguridad y lo público

En un emplazamiento intermedio entre la planificación hegemónica y el uso contrahegemónico del espacio público, aparece la Fiesta de las Colectividades de Rosario. Este encuentro nocturno al aire libre comenzó a realizarse en 1985, de manera autónoma y sin controles municipales (El Ciudadano, 4 de noviembre de 2010). El éxito de las primeras convocatorias llamó la atención de la Subsecretaría de Turismo de la Municipalidad que se interesó en sus posibilidades económicas, políticas y culturales. En tres años, la fiesta decuplicó sus concurrentes: de 50 mil visitantes en 1985, pasó a 300 mil en 1987 y más 500 mil en 1988. Esta convocatoria promovió la declaración del encuentro como Fiesta Nacional. En 1991 contó con la presencia de varios embajadores y autoridades locales. Se tejían vínculos con las ciudades españolas y sus procesos de renovación, la Barcelona de las Olimpíadas y la Sevilla de la Exposición Universal, ambos eventos de 1992.

Con la recesión de mediados de los años noventa y la crisis de 2001, el brillo inicial de la fiesta fue declinando. Cuando la economía se recuperó, dejando atrás a la desocupación y el escaso poder adquisitivo de la concurrencia, la seguridad ocupó el lugar central. En 2009 comenzaron a discutirse nuevas medidas. Preocupaban los arrebatos de carteristas y los robos en el cierre de cajas. El espacio abierto y la oscuridad nocturna facilitaban la huida e impedía control en el acceso. Cercar el emplazamiento con un vallado y fijar puntos de ingreso fue una de las soluciones. Lydia del Grosso, titular de la Asociación de Colectividades Extranjeras, afirmó que la construcción de un vallado permitiría reforzar la seguridad tanto en el interior como en el exterior del predio (Rosario Noticias, 6 de octubre de 2009). Los ingresos fueron asegurados con la presencia de la Guardia Urbana Municipal, la Policía Provincial, Defensa Civil y, más recientemente, Gendarmería. El primer vallado contó con mil 600 metros lineales de rejas para avalanchas. Detrás de los estands de las colectividades se colocó un fenólico y se propuso levantar empalizadas de madera, donde eventualmente pudieran colocarse imágenes de las fiestas anteriores e incluso carteles publicitarios (La Capital, 29 de octubre de 2012).

Si bien el anterior dispositivo alcanzó un amplio consenso entre los organizadores, los funcionarios y el público, también despertó sospechas. Una vez culminada la fiesta se destacó la capacidad del vallado para generar un medio definido: “produjo un clima más familiar que años anteriores” (El Ciudadano, 18 de noviembre de 2009). El dispositivo, también, sembró interrogantes alrededor de la naturaleza de la fiesta. ¿Era el vallado un preámbulo a un relanzamiento de la Fiesta de las Colectividades como un espectáculo con la presencia de artistas de renombre nacional que ocuparían los escenarios y demandarían el cobro de entradas? (Redacción Rosario, 16 de noviembre de 2009). Esa reformulación tenía dos implicancias. La primera suponía un desplazamiento de los artistas provenientes de las colectividades y centros de extranjeros que habían protagonizado los shows. La segunda establecía una justificación para el cobro de una entrada, lo que completaría económicamente la tarea iniciada por las vallas en el plano de la seguridad. El Ente Turístico Rosario (en adelante, ETUR) negó que la medida trascendiera la seguridad.

El vallado contemplaba medidas de seguridad adicionales sobre los alimentos y su comercialización desregulada. Uno de sus objetivos era “impedir el ingreso de vendedores ambulantes a trabajar entre los stands habilitados” (La Capital, 29 de octubre de 2009). Como argumentó el concejal Sciutto, “es un contrasentido que haya control bromatológico con los stands mientras circula gente vendiendo comida sin control” (La Capital, 29 de octubre de 2009). La disposición poseía relación con los procesos de ordenamiento del espacio público. “El vallado servirá para ordenar un poco el predio” (La Capital, 29 de octubre de 2009), sostuvo Carlos Bustos, coordinador del evento por el ETUR. Sus justificaciones fueron variadas: mayor seguridad, acceso rápido y fácil, sencillo cierre de los stands y mayor vigilancia. Se trataba de un artefacto demarcador de límites, generador de espacios dentro y fuera. Con él, la heterotopía que propone cualquier fiesta quedaría encorsetada (Foucault, 2010, p. 77). El perímetro creaba artificialmente un mapa y reducía el espacio a un diagrama administrable. Convertiría el lugar de la fiesta, las expresiones, relaciones, experiencias y prácticas en un conjunto de coordenadas y objetos localizables y gobernables. El vallado cuadriculaba el espacio, distribuyendo y diferenciando a los comerciantes habilitados y los no habilitados. Las rejas materializaban los límites entre una feria formal y otra informal.

Con 800 mil concurrentes, los balances fueron muy positivos. La valoración de Lydia del Grosso resultó paradigmática:

Se notó que el ingreso fue mayoritariamente de familias con bebés y en general hubo un público más distendido. Creo que eso tuvo que ver con el vallado, que se tradujo en más control y menos hechos de robos. Esto nos alienta a seguir implementándolo a futuro. (La Capital, 19 de noviembre de 2009).

Los dispositivos securitarios orientados a la transformación del medio (milieu), en el sentido propuesto por Michel Foucault (2006), habían conseguido su carta de ciudadanía multicultural en la Feria de Colectividades de Rosario.

Con un tono comunitario, abrió la edición del Bicentenario de la Independencia (2010). La fiesta nacional contaminó con su homogeneidad la multiplicidad de las colectividades extranjeras. Las familias protagonizaron las descripciones de la concurrencia. Lo familiar, como un dispositivo de control y selección, en el imaginario conformaba una garantía del orden social de la feria. Del Grosso afirmó que desde la instalación del vallado, “volvió la familia. Este 2010 fue muy común ver grupos familiares, niños y cochecitos […] se recuperó un público que se había perdido” (El ciudadano, 14 de noviembre de 2010). El intendente aseguró que el récord de visitantes no obedecía al Bicentenario, sino a “los cercamientos y controles. Con un ordenamiento interno, y con el esfuerzo que hizo cada stand para mejorar su oferta y la incorporación de otros atractivos.” (El ciudadano, 14 de noviembre de 2010). Ese año se implementaron nuevas atracciones, la proyección de filmes europeos en los galpones del puerto y el dictado de clases de cocina extranjera a cargo de chefs locales. Mediante pasantías, se involucró a los estudiantes de Turismo y Publicidad del centro educativo privado de la Universidad Abierta Interamericana, quienes diagramaron folletería y encuestas. El municipio comenzó a interesarse en convertir a la fiesta en un atractivo turístico. No sin euforia se expresó de Benedictis, el responsable del ETUR:

éxito, no sólo de gestión, sino de la fiesta en sí misma, que se supera cada año […] no estoy solo satisfecho porque entró más dinero, sino porque se demostró que colectividades se puede vender […] no hubo problemas de inseguridad; esto hizo que volviera la familia a colectividades […] Es una oportunidad de negocios para la ciudad porque tienen un millón de personas cautivas; estamos en una época del año que la gente está pensando un destino turístico para las vacaciones. (El Ciudadano, 15 de noviembre de 2010).

En 2011, la feria recibió otra innovación en materia de control. Al vallado se añadieron más luces, efectivos policiales y el control electrónico de cámaras de video-vigilancia, distribuidas estratégicamente en los accesos e inmediaciones del predio. El subsecretario de Seguridad Municipal, sostuvo que “queríamos poner la tecnología que venimos utilizando para otros operativos al servicio de esta fiesta popular […]. No sería realista pensar en que no habrá problemas; uno siempre tiene que prever el peor escenario” (El ciudadano, 4 de noviembre de 2011). Los efectos del dispositivo de seguridad fueron dos. Por un lado, el mentado regreso de las familias y, por el otro, el incremento del número de detenidos en los alrededores del predio.

Con todo, la feria continuó revistiendo un marcado carácter popular y masivo. En 2013, Página 12 publicó una extensa nota firmada por Julia Coloma: “La otra ciudad de fiesta en el Centro de Rosario”. El texto ponía en juego un imaginario de dualidades urbanas para interpretar a la Fiesta como expresión de la situación de Rosario. En el registro de la crónica, Coloma comienza narrando su llegada al predio en el transporte público y relata con detenimiento el recorrido previo al acceso. Propone un contraste entre la Fiesta de Colectividades y otra feria de carácter informal. Ofrece postales de ambas.

Ubicada en la Plaza 25 de Mayo, la plaza central de la ciudad, ese otro mercado presenta un sinfín de mercancías: “pelotas, lentes, relojes, aros, pulseras, espadas con luces, fundas para celulares, sandalias, perritos que mueven la cabeza, etc.” (Página 12, 26 de noviembre de 2013). Unos productos que conviven con alimentos para ser consumidos al paso. Coloma argumenta que esta feria informal, paralela y sin controles municipales, no compite con la oficial. Lejos de eso, su rol es el de una antecámara, un preámbulo a la Fiesta de Colectividades. El ingreso al espacio del predio oficial constituye “una experiencia cercana a la convulsión” (Página 12, 26 de noviembre de 2013). Las distintas colectividades, el sonido disonante de músicas, el olor contrastante de las comidas, el montaje visual de los escenarios y las luces, los carteles de identificación, las diferencias de los trajes y los movimientos de las danzas, todo ese conjunto de multiplicidades evoca en la narrativa a una inmersión caleidoscópica. En medio de ese bullicio, de los movimientos y de esa confusión de sabores, los países latinoamericanos tienen el color y la variedad de una feria completa, semejan un mundo aparte.

Están las familias con sus niños, parte de la clase media, los pibes de los barrios, las empleadas, los que estudian, los que laburan, los ni-ni, los pibes de gorra, las madres adolescentes, los que pueden ganarse una moneda en un plato, los que vienen sin un mango, los perseguidos por la policía y los rechazados por el derecho de admisión. (Página 12, 26 de noviembre de 2013).

De la postal festiva no participan las elites, los sectores más pudientes de Rosario están excluidos. La feria de colectividades es uno de esos momentos en que los subalternos logran disfrutar de la parte más atractiva y espectacular de la reproducción del orden social: el ocio, la fiesta, los espacios públicos y las comidas que interfieren la dieta monótona. Pero, sobre todo, en la fiesta se juega la apropiación del espacio público. “Durante diez días los vecinos de todos los barrios de Rosario hacen suyo un lugar público que, fuera de esta fiesta, parecen no apropiarse.” Con algunos matices, concluye que los “dueños” de esa porción de la ciudad, de “la vista al río, los parques, los bares, el derecho a la ciudad no desean compartirlo”. Esta hipótesis es confirmada por la empleada de un bar que comenta que los clientes habituales no concurren en esos días “porque hay otro tipo de gente a la que prefieren evitar” (Página 12, 26 de noviembre de 2013). Desde esta perspectiva, Colectividades sería un punto de condensación donde se observan las consecuencias culturales y espaciales de la dualización urbana (Mollenkopf y Castells, 1991).

En 2015, la Fiesta de Colectividades cumplió su trigésimo aniversario. El debate alrededor del evento comenzó con la propuesta de la intendencia de cobrar entradas. Los desembolsos del municipio alcanzaban los cuatro millones de pesos. Ese dinero era consumido por la logística, el vallado, los controles, la seguridad, la iluminación, el sonido, el montaje del escenario y la programación cultural, sin contemplar la limpieza y las posibles reparaciones del parque. La propuesta consistía en cobrar diez pesos como entrada simbólica y establecer un día con acceso libre. (Página 12, 24 de noviembre de 2014). Ese año, la feria se emplazaría en el espacio público vecino a los galpones recuperados para la Ribera Joven (Vera, 2017). No se quería exponer ese sector de alta calidad a un rápido deterioro. Los concejales de la oposición calificaron la propuesta de ilegal y sostuvieron que tergiversaba el sentido del espacio público. Desde una especie de “manía tarifaria” hasta “la demostración palmaria de la ruina del tesoro municipal”, fueron algunas de las conclusiones que los ediles opositores derivaron de la propuesta. Roberto Sukerman hizo las declaraciones más críticas:

La intendencia alude a la recuperación del espacio público para justificar este arancelamiento. Entonces, el socialismo está poniendo en evidencia la concepción privatista del espacio público, dejando afuera del espectáculo a muchísimos vecinos. Está claro que se trata de una maniobra con fines solo recaudatorios. (Página 12, 22 de noviembre de 2014).

Plano fiesta de la colectividades 2014

La Fiesta ha concitado un espacio para el debate y la discusión sobre el espacio público, sus formas de apropiación, circulación, gestión y puesta en valor. Las tentativas de cobro de una entrada simbólica, del reforzamiento del vallado y de otros dispositivos de seguridad marcaron las tendencias de los últimos años. Paralelamente, la Fiesta de Colectividades ha continuado incrementando el número de sus asistentes. El último año recibió un total de 1.2 millones de visitantes, más del 60% de ellos no eran residentes de la ciudad. Dentro del vallado, la Fiesta sostiene y profundiza su carácter multicultural y pluriétnico, pero afuera dominan los cierres y controles. A través del vallado, la fiesta se ha convertido en un espacio económico, social y cultural normalizado. El alza del número de turistas que la visitan parece consolidarse como nueva tendencia. El rumbo hegemónico de la fiesta actualiza las palabras del responsable del ETUR acerca de las garantías que prestaba la seguridad para las posibilidades de vender el evento y convertirlo en una oportunidad de negocios y turismo para la ciudad. (El Ciudadano, 15 de noviembre de 2010).

La aproximación etnográfica

En los últimos años, bajo el eslogan “una historia de convivencia”, la feria ha sido reubicada en el área renovada del Parque Nacional a la Bandera. Como ecos de la rehabilitación de los galpones del puerto, aparecieron nuevos caminos internos pavimentados. Estas mejoras de infraestructura se han esparcido sobre el predio, siguiendo una orientación norte-sur. Para los organizadores, este tipo de acondicionamiento favorece la circulación del público, permitiendo recorridos más ágiles.

En las inmediaciones, como se ha comentado en el punto anterior, existe un mercado informal emplazado sobre la Plaza 25 de Mayo. Aunque su localización ha variado en los últimos años. Este nomadismo obedece a las presiones del municipio en pos de desarticular la feria informal o, al menos, ubicarla en accesos y vías urbanas secundarias, como el lateral sur del predio, sobre la Av. Belgrano. Los puestos son muchos y exhiben innumerables mercancías. Pueden encontrarse desde comidas al paso hasta frazadas, pasando por juguetes y adornos para la casa. También, aparecen instalaciones culinarias paralelas de menor escala y mayor fragilidad. La comida y la bebida son menos costosas y variadas que en el interior del predio. Algunos concurrentes optan por estas dosis previas y económicamente menos exigentes de hamburguesas, choripanes, panchos y empanadas.

Afuera del predio, el denominador común son los precios populares. Pero queda oculta la distribución y la logística de lo comercializado. Los puesteros eluden esos temas, prefieren concentrarse en las virtudes de sus productos. Por diez noches, este grupo de vendedores comercializará mercancías fuera de las normas de seguridad y control que rigen vallas adentro. A pesar de la duplicidad implícita, este enclave de puestos está acoplado y sincronizado con el ritmo de la feria formal. La fiesta de colectividades y la existencia del vallado, en tanto perímetro que delimita lo oficial de lo extraoficial, constituyen las condiciones de posibilidad para la instalación y el funcionamiento de la feria informal.

En correlación espacial inmediata aparece la feria oficial, cuyo cercamiento en algunos trayectos tiene varios metros de altura. Esta frontera material es reforzada por la presencia de efectivos de la policía, defensa civil y la guardia urbana municipal. Hay tres accesos habilitados. El principal está franqueado por los encargados de cobrar una entrada voluntaria. Con ojos de sociólogo amateur, abordan a determinados concurrentes para intentar convencerlos de la conveniencia de pagar entrada. Hasta las 22 horas, no son muchos los policías. Luego su presencia se hace más visible. Aparecen munidos de armas largas y de detectores de metales portátiles. Sin más criterio que el llamado “ojo u olfato policial” (Garriga Zucal, 2016), los oficiales seleccionan a quienes aplican esas revisiones.

El municipio cuenta con un buen número de agentes que intentan instalar actividades que no están estrictamente vinculadas con el espíritu de la feria. Algunos trabajan con el presupuesto participativo, sugieren “que lo conozcas y que votes un proyecto para tu barrio”. Más allá de las declaraciones alrededor del turismo, los organizadores conocen a fondo el espectáculo que auspician. Es uno de los momentos en que los habitantes de los barrios de la ciudad se dan cita en un solo lugar. Es la ocasión en que puede interactuarse con los vecinos de manera concentrada y en un clima distendido. Esa es una de las explicaciones de la inscripción del presupuesto participativo en la fiesta.

En las últimas ediciones, la modestia de los puestos ha quedado contrastada por el estand municipal cuya escala y materialidad sobrepasa al entorno. El domo naranja del municipio, mezcla de dispositivo ferial, inflable infantil y artefacto de diseño, domina el ingreso de las colectividades. En su interior se puede solicitar gratuitamente el plano del predio, votar el presupuesto participativo, jugar con la “bici” del proyecto de transporte sustentable y transitar por un conjunto de actividades lúdicas enlazadas a la gestión de la ciudad. A pocos metros del estand municipal, se elevan las banderas y las instalaciones del City Center, el Casino de Rosario. Se brinda la posibilidad de probar suerte en algunas de las máquinas tragamonedas de la entrada. Junto con el de la municipalidad, el estand del casino es de los que no comercializan bebidas y comidas. Su emplazamiento es una interrupción del entramado ferial.

A partir de las obras de rehabilitación de la Costanera Joven, la feria quedó seccionada en dos sectores. Por un lado, la zona más próxima a las nuevas instalaciones. Allí los caminos internos son de cemento y hay bancos de hormigón. También de ese lado, la concurrencia es un poco más indefinidamente popular. Antes de la medianoche, esa zona es la preferida por las clases medias. Mayoritariamente, quienes acceden por la puerta principal o el acceso norte se dejan seducir por la infraestructura mejor establecida y optan por el costado norte de la feria. Pero hay otro ingreso ubicado más al sur, en las inmediaciones de la Estación Fluvial. De ese lado, la infraestructura es más tradicional. El parque apenas había sido acondicionado hasta la última edición de la fiesta. Los caminos interiores eran de tierra. Todavía no hay bancos de hormigón ni intervenciones renovadoras destacables. Allí, el perfil de los circunstantes es más definidamente popular. Están los estands de las colectividades latinoamericanas y de los pueblos originarios. Pese a estos seccionamientos internos, la fiesta como fenomenología disuelve esas diferencias. Cuando la fiesta se puebla, la sensación principal es la de un espacio público muy animado y móvil. El cenit del encuentro se alcanza cuando los grupos habitualmente separados por las rutinas del barrio y el centro, por los trayectos y las derivas de las partes de la ciudad, comienzan a convivir y a moverse en el mismo espacio.

Los detractores de la feria sostienen que sus atractivos culturales son más bien escasos. Desde este punto de vista, amparado en cierto elitismo cultural, todo giraría alrededor de una comida no demasiado sofisticada y performers de escaso valor artístico En las últimas dos ediciones, esta tendencia ha sido revisada por la exhibición fotográfica sobre las nuevas identidades de Marcos López y de personajes y obras de Roberto Fontanarrosa. Dos artistas que comparten una relación fuerte con lo visual y que si bien transitan con soltura por el mundo de la alta cultura, sus trayectorias utilizan insumos y motivos provenientes de la cultura popular y masiva. Con estas inclusiones estratégicas, los organizadores muestran su conocimiento de la circularidad cultural (Gramsci, 1972; Bajtin, 1987; Ginzburg, 1998).

La mercancía culinaria exhibida y consumida aparenta poseer cierto poder aglutinante. Capaz de obrar un hechizo sobre un público que, en determinados espacios y momentos, parece revelar propiedades transclasistas. La mercancía y las exhibiciones, las cajas, las cocinas, los mostradores y los escenarios organizan el espacio interior del predio. En esos días, durante unas pocas horas, todos comparten el mismo lugar al calor de cierto reconocimiento mutuo y de las mercancías que circulan de manera formidable alrededor de un encuentro que no cesa de crecer. No obstante, se observan actitudes y modos de conducirse diferenciados. Están los mayores y las familias populares sentadas, estáticas, quizá permanezcan toda la noche en un estand. Muchos conocen a los que atienden los puestos e incluso tienen parientes entre los vendedores y artistas de la colectividad. Por otro lado, están los jóvenes que van de un lado a otro infatigables. Pasan una y otra vez por los mismos estands, dudan entre comer esto o aquello, en dónde conviene comprar la cerveza, etc. Existen relaciones que se tejen con la mirada, con el roce del transitar de los cuerpos en ese hormigueo que comienza alrededor de las 23 y declina con suavidad a la 1 de la madrugada. También están los que se detienen bajo el escenario para observar de cerca a quienes bailan, unos ensambles que hasta no hace mucho recordaban las descripciones de las tillers girls de Kracauer (2008).

En medio de la agitación que produce encuentros y diferencias, convergencias y separaciones, totalidades y fragmentos, la Fiesta de Colectividades engendra una fenomenología peculiar del espacio. Un momento en que ese espacio es atravesado por diversas corrientes y sujetos socioculturales. Más allá de la planificación y el diseño, son esas fuerzas de la diversidad, esas energías múltiples y multiplicadoras y esos encuentros dependientes del acontecimiento los que producen y significan el espacio público metropolitano. A pesar de las fricciones y lo caótico de los encuentros, pese a los intentos de minimizar esos choques y esas diferencias a través de vallados, efectivos policiales y cámaras de video-vigilancia, es precisamente en esas relaciones, tensiones y encuentros sociales imprevisibles donde se produce lo público de la ciudad. En el corazón de esas prácticas que tergiversan y desplazan el sentido y la materialidad de ese medio diseñado y perimetrado para el consumo y la circulación, se produce el espacio público y, a veces, se inician procesos de deconstrucción y reconstrucción, en los que los imaginarios urbanos hegemónicos deben resignar una cuota de su voluntad de control y acceder a negociar con las prácticas y las experiencias marcadas por lo popular y lo masivo. Porque sin esa animación y apropiación que proviene desde abajo, en el sentido thompsoniano del término, ninguna fiesta sería posible (Thompson, 1991 y Bajtin, 1987).

Conclusiones

Las heterotopías configuran un espacio diferente, un lugar donde se expresa y asila la otredad y cuyas reglas son singulares. Las ferias son heterotopías del acontecimiento, la multiplicidad y la recurrencia. Según Foucault (2010), se trataba de “maravillosos emplazamientos vacíos en los bordes de las ciudades que se pueblan una o dos veces al año con casuchas, puestos de objetos heteróclitos, luchadores, mujeres-serpiente y echadoras de la suerte.” La peculiaridad de la Feria de Colectividades es su localización y su temporalidad, está en el centro de la ciudad y no en sus márgenes; se celebra durante la noche y no en horas del día. Esa ubicación central contrasta con los contenidos populares del festejo. La Fiesta interpela a la concurrencia popular. En razón del modelo de segregación residencial de Rosario, esa convocatoria conduce a los agentes subalternos a un área de la ciudad que habitualmente no frecuentan. Ese tránsito de los barrios al centro y ese momento de cohabitación masivo que propone la fiesta generan una animación extraordinaria del espacio público, pero también ponen en guardia a aquellos que imaginan a ese espacio como un lugar donde puedan licuarse los conflictos sociales y las injusticias espaciales (Soja, 2014 y Bret, Gervais-Lambony, Hancock y Landy, 2016). Y también a quienes lo imaginan como un lugar cuya seguridad y control declinan junto a la luz diurna.

En la ciudad de Rosario, el espacio en el que tradicionalmente se celebraba esta fiesta fue, también, el lugar donde comenzó la renovación del espacio público en los años noventa. Esas intervenciones comportaron la sustitución de los muelles del puerto, los elevadores de granos, las vías y los galpones ferroviarios abandonados por un nuevo espacio público cogestionado. El proceso estimuló la rehabilitación y el lanzamiento de la ciudad postferroportuaria. En las inmediaciones de ese espacio urbano renovado y el tradicional centro comercial-residencial de Rosario se monta, con pequeñas variaciones de localización, la Fiesta de Colectividades. Esta coexistencia impulsa la aparición de reservas sobre el uso, los usuarios y la afectación del parque. Desde 2009, se decidió que el predio fuera vallado durante los días de fiesta, se fijaron ingresos vigilados por fuerzas de seguridad, poco después se colocaron cámaras de video-vigilancia y se propuso el pago de una entrada simbólica.

En la ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina, vallar con rejas los espacios públicos de manera permanente y promoviendo su cierre nocturno es una práctica con larga tradición. Desde mediados de los años noventa y por razones de preservación de los ajardinamientos, se valló el Rosedal de Palermo. A partir de entonces, estos perímetros no han cesado de desplegarse alcanzando un ascendiente bastante amplio en los últimos quince años. Uno de cada tres espacios públicos de la ciudad de Buenos Aires se encuentra enrejado, en rigor algo más de 80 sobre un total de 250. Para 2013, las vallas colocadas en los distintos espacios públicos alcanzaban los 35 kilómetros lineales, lo que equivale a la mitad de la extensión de los límites de la ciudad de Buenos Aires. Este tipo de políticas generó fricciones entre puesteros, vecinos y el gobierno de la ciudad. Las autoridades nunca revisaron estas medidas e invariablemente afirmaron que los vallados “son una demanda de los vecinos de todos los barrios”. Como lo aseguró María Eugenia Vidal, por entonces, vicejefa del gobierno porteño: “la reja es una protección de la plaza y de los vecinos” (La Nación, 29 de enero de 2013). Frente a estas tendencias securitarias, el vallado eventual del predio de la Feria de Colectividades aparece como un fenómeno marginal. Sin embargo, de esa configuración de sentido interesa la forma en que tensiona dos imaginarios urbanos en disputa acerca de la función, el sentido, los usos y las formas de preservación del espacio público.

Según Adrián Gorelik (2008), el espacio público sería en la actualidad una especie de categoría residual. Más allá de las lecturas de la filosofía y el urbanismo de los años sesenta y las relecturas de politológicas de los ochenta, el espacio público como concepto y materialidad habría perdido su antiguo vigor. Hoy con los significantes de espacio público se procura aludir a algo que ha desaparecido del orden de lo real y que vuelve como una aparición espectral, idéntica en sus significantes y formas, pero que se inserta en un nuevo entramado de relaciones sociales, tecnológicas y culturales que le atribuye una carga simbólica diferente.

Quizá Perella, uno de los presidentes del Centre Catallá, tuviera razón al afirmar sobre Colectividades que “no existe en el país un festejo que junte la cantidad de gente que viene acá. Es muy popular. Uno puede venir, no pagar entrada y pasear y no consumir. Eso no ocurre casi en ningún lugar del país” (La Capital, 4 de noviembre de 2010). Si hubiese que pensar la Fiesta de las Colectividades por comparación, quizá convendría vincularla a las ferias del Sur de Estados Unidos o algunas fiestas latinoamericanas. Esos encuentros son democráticos más por convergencia de población que por convicción de los organizadores y el centro de gravitación y atracción de ese espacio público está puesto en la comida.

A escala local, también puede ponerse en relación de contraste la Fiesta de Colectividades con los hábitos de las poblaciones que recorren los fines de semana los shoppings y con los que transitan los circuitos gastronómicos de Rosario. Si bien allí también hay comidas, se presentan bajo otros formatos, el consumo se produce en entornos diferenciales y las formas de acercarse y relacionarse con la mercancía son otras. Auscultar cómo los agentes recorren los espacios de la mercancía a cielo abierto reivindicando o, al menos, relacionándose con una identidad cultural, una herencia histórica y social, en contraste a como lo hacen en espacios cerrados donde se celebra un culto a una mercancía impersonal, anónima, traficada en pasillos de acero, cristal y cajas de cemento, en los no lugares de la ciudad posmoderna (Amendola, 2000), posiblemente nos permita saber más sobre la Fiesta de Colectividades. Quizá problematizando en esos contrastes de prácticas, actividades, culturas y espacios podamos revelar algo más de las formas en que se imagina, se vive y se experimenta el espacio público. Tal vez sea en ese costado experiencial, en esa invención cotidiana de los agentes subalternos, en esas derivas expresadas a ras de piso, fuera del plano y la planificación donde la ciudad contemporánea conseguirá reencontrarse con aquel sentido vital y presumiblemente extraviado del espacio público.

Ese sentido, se conecta con lo que Lefebvre propone (1969) como el derecho a la ciudad y la producción del espacio. Según el filósofo francés, ejercer el derecho a la ciudad estaba bastante lejos de la mera planificación, diseño, producción y co-financiamiento de los espacios públicos. Antes se trataba de una reapropiación colectiva de la ciudad mediante el derecho a decidir cómo producir ciudad y a generar las condiciones de posibilidad para poder imaginar desde abajo qué tipo ciudad se busca generar, para qué usos y orientada a qué sociedad. En la misma línea, más recientemente desarrollada por David Harvey (2013), si la cuestión continúa siendo en qué tipo de ciudad deseamos vivir, quizá convenga conocer hasta qué punto y de qué formas las prácticas sobre el terreno de los agentes subalternos son capaces de esbozar las líneas maestras de esas ciudades otras.

Fuentes consultadas

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1 Rosario es una ciudad cuyas condiciones de posibilidad estuvieron enlazadas a su carácter de nodo de la red ferroviaria de capitales extranjeros en su vinculación con el puerto que articulaba el mundo europeo con el hinterland agrícola de la provincia de Santa Fe. Su carácter ferroportuario derivó en el establecimiento de una ciudad comercial, con un importante componente demográfico inmigratorio. A comienzos del siglo XX, más del 50% de la población de Rosario referenciaba sus orígenes nacionales allende el Atlántico.

2La segregación urbana de Rosario posee distintas fases. A fines del siglo XIX se observa una suburbanización estacional y en ocasiones permanente de las élites. Esta tendencia comienza a declinar en las primeras décadas del siglo XX. Alrededor de los años veinte y treinta, se advierte una reversión del sentido de la segregación. La periferia comienza a poblarse de agentes subalternos y el centro es reconquistado por los agentes hegemónicos. (Roldán, 2010).

3La publicidad estuvo disponible en Youtube en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=YzVs4rwfwPk&feature=youtu.be. Consultado el 12 de abril de 2014.

Recibido: 23 de Febrero de 2018; Aprobado: 31 de Julio de 2018

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