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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.15 no.37 México may./ago. 2018

 

Dossier

Subjetividades amenazadas: testimonios de jóvenes en contextos de violencia

Threatened subjectivities: testimonies of young people in violent contexts

Jeannet Quiroz Bautista* 

América Espinosa Hernández** 

Mario Orozco Guzmán*** 

Ricardo García Valdez**** 

*Profesora Investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México. Correo electrónico: jeaquib@yahoo.com

**Profesora Investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad Veracruzana, México. Correo electrónico: amespinosa@uv.mx

***Profesor Investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México. Correo electrónico: orguzmo@yahoo.com.mx

****Profesor Investigador adscrito al Instituto de Investigaciones Psicológicas de la Universidad Veracruzana, México. Correo electrónico: rigarcia@uv.mx

Resumen

La persistencia de la violencia en México ha incidido en la conformación de nuevas subjetividades a partir de su interiorización como una forma de resistir dentro de una sociedad en la que la palabra ha perdido su efectividad simbólica. La adscripción de jóvenes al crimen organizado y la manifestación de conductas violentas, en cualquier ámbito, es cada vez más frecuente. El silencio y el miedo operan como fuentes de legitimación de la misma. El presente trabajo muestra algunas líneas de reflexión en torno a testimonios de jóvenes que habitan en contextos de violencia ligados al narcotráfico. Dichos testimonios ilustran cómo estos perciben su vida en un contexto donde las únicas opciones aparentes son la asimilación o la indiferencia.

Palabras clave: Violencia; subjetividad; grupo; imaginario; ley

Abstract

The persistence of the violence in México has allowed new ways of subjectivity through its internalization as a way to resist in a society where the words have lost their affectivity. The ascription to organized delinquency by the youth or the manifestation of violent behavior in different ambits has become more frequent. The silence and the fear also work as sources to legitimize this violence. The present paper presents some lines of thought about the testimonies of young people, who live in a context where the settlement of organized crime is accentuated. Their testimonies illustrate how they see their lives in a context that appears to present only two options: to assimilate or to be indifferent.

Keywords: Violence; subjectivity; group; imaginary; law

Introducción

Tras el avance del narcotráfico en México, la violencia se ha convertido en parte inquietante y perturbadora de la vida social; se presenta de manera cruenta y brutal a través de los medios de información y las redes sociales, donde se exponen con acentuado interés escenas de decapitaciones, ejecuciones, asesinatos, fosas comunes, feminicidios, etcétera. El escenario visual de esta violencia y sus´ efectos no deja de evocar la pintura del siglo XVI de Pieter Brueghel, que exhibe un macabro Triunfo de la Muerte. El narcotráfico ha traído consigo la ferocidad de sus pugnas entre cárteles, lo virulento de su afán punitivo y vengativo respecto a deslealtades y traiciones y, también, lo desmesurado de su voluntad al infundir horror en la ciudadanía. Ha portado una violencia sui generis donde destaca el repudio a la significación simbólica de la sepultura y la ostentación de lo real crudo de la muerte. Pero también, ha configurado un ominoso modus operandi que los mismos medios y redes encuentran en comportamientos de niños jugando a cobrar la cuota o en el de estudiantes extorsionando a sus profesores por una calificación. Es así como se ejerce una violencia sobre la que se alardea, la cual en su despliegue de presunto poder absoluto resulta fascinantemente seductora. Y, del mismo modo, esta demostración de violencia expone la figura del narco como “alguien” que ejerce poder de manera grandilocuente y que genera atracción como identificatorio de la ambición.

La violencia es un término difícil de definir pues posee múltiples sentidos y significaciones. Se emplea, de manera general, para nombrar mucho de lo que en la vida diaria estremece al ser humano, para describir las imágenes de asesinatos, secuestros, violaciones, robos y demás crímenes expuestos en los medios y los cuales, a su vez, se trasmiten a través del relato oral. Violencia es una palabra que, si bien surge como sustantivo, para poder definirla es necesario acompañarla de otro término que la acote y que, de cierta forma, la contenga como una especie de apellido que demarque su filiación y al mismo tiempo delimite aquello que se intenta describir. Por su parte, Blair (2009) cree que una de las problemáticas para la definición del término radica en la utilización de una misma palabra para describir diferentes escenarios, la considera un término muy extensivo que intenta explicar fenómenos que van desde la violencia criminal hasta la agresión militar. Por ello advierte, siguiendo a Sémelin (1983, p. 17), que “a quien habla de la violencia, de su violencia, hay que preguntarle qué es lo que entiende por ella.”1 En este sentido, la violencia sobre la que aquí se habla no es aquella pensada como fenómeno, sino aquella que se define por lo que cada sujeto designa como tal. El presente trabajo se adscribe a la propuesta de Askofaré y Sauret (2002, p. 242): entre la violencia del mundo natural, que le interesa a los filósofos de la naturaleza, y la violencia sociohistórica, que les interesa a los sociólogos, habría la posibilidad de apertura hacia a una dimensión subjetiva que implicaría simultáneamente a “el sujeto (que presupone al Otro), su goce (sus modalidades) y el lazo social”.2 Es decir, se trata de hablar sobre violencia a través del sujeto, de “aquella subjetividad que es cuestionada por la violencia” (Wieviorka, 2001, p. 339).

Wieviorka (2005) propone estudiar la relación entre violencia y subjetividad bajo la premisa de que esta destruye todo lazo social, pero al mismo tiempo propone otros que definen ciertas modalidades de subjetividad. El autor plantea que se pueden establecer cinco figuras de sujeto a partir de la relación entre este y la violencia: el no-sujeto, el anti-sujeto, el hiper-sujeto, el sujeto flotante y el superviviente. En particular, la violencia que está unida al narcotráfico compromete una posición de no-sujeto, pues en el caso de los sicarios la violencia se apropia de la banalidad del mal y se despliega de manera irresponsable bajo la coartada de obediencia al jefe. Se trata, por lo tanto, de instancias del cumplimiento del deber y de la obediencia a un jefe.

Frente a dicha realidad, resulta necesario preguntarse en torno a esa violencia aportada por el fenómeno del narcotráfico, la cual propone condiciones de sojuzgamiento e intimidación a ultranza. No sólo aparece la posición de no-sujeto en quienes ejercen la violencia, también aparece una dimensión anti-sujeto en las víctimas que son arrojadas en vías públicas o colgadas en puentes con mensajes que aluden a un estatuto inhumano (se les trata como animales o cosas, francamente, inhumanos). A su vez, se encuentra presente la categoría de violencia de hiper-sujeto que esgrime un discurso que parece no sólo justificar las acciones de destrucción sino también hacerlas plausibles. La venganza se discierne como argumento, lo mismo que la expansión territorial, con la finalidad de obtener mejores ganancias económicas; incluso, se puede hablar de una presunta “protección” a la ciudadanía contra las acciones de otro grupo criminal que pudiera pretender apoderarse de vidas y propiedades, de tranquilidad y honestidad de sus gentes.

Otro aspecto de violencia es el que se refiere a la supervivencia. Aquí se presenta una especie de encrucijada para el sujeto que tiene que responder con violencia ante el asedio violento de otro. Está en juego la vida propia o la vida de otro que parece haber llevado su extremo poder a los límites mismos de la existencia. Por último, el sujeto flotante es aquel cuya violencia surge como una respuesta a una insoportable sensación de negación de su subjetividad o a la amenaza de desubjetivación y encuentra en la destrucción o la autodestrucción la única vía posible para salir de la condición de objeto-víctima y como resultado obtiene reconocimiento.

¿Cómo resistir estas condiciones de violencia que comprometen la posición de sujeto? Es el sociólogo alemán Hans Joas (1999, citado en Wieviorka, 2005) quien ha propuesto la concepción de sujeto como alguien que en su carácter creador posee la posibilidad de construirse como ser singular con la capacidad de formular sus elecciones y de resistir a las lógicas de dominación, una de ellas es el crimen organizado enlazado a las políticas de Estado. La violencia es una problemática que entrelaza diversas dimensiones del sujeto. Específicamente, la violencia relacionada con el narcotráfico ha dejado su impronta en el lazo social, afectando tanto a las personas directamente relacionadas con el mismo, ya sea en su condición de actores o de víctimas, como a todos los sujetos que conviven en esta sociedad.

Teniendo como contexto todo lo anterior, en el presente trabajo se muestran algunas líneas de reflexión, resultado de una investigación más amplia, en torno a las representaciones imaginarias y simbólicas asociadas a modelos de la violencia y las repercusiones que tienen a nivel subjetivo y social, según los discursos de ciertos jóvenes inmersos en contextos de violencia. Se parte de la premisa de que la violencia se relaciona de forma directa con el sujeto y el lazo social, por ello se consideró importante reflexionar sobre su diversa significación a partir de un trabajo grupal, tomando como base la propuesta de Rene Käes (1995), quien concibe al grupo como un modelo de relación y expresión de lo social a través de dos series de representaciones: psíquicas y socioculturales y, también, de un encuentro de alteridades e identidades.

El grupo con el que se trabajó estuvo conformado por sujetos que han vivido en condiciones donde la violencia del narcotráfico ha tenido un gran nivel de incidencia a nivel social, siendo o no víctimas directas de esta. Se buscó, como plantea Conde (2009, p. 49), que “el decir del grupo se relacione, se produzca desde el lugar social que comparten los asistentes y que unifica al grupo”; y al mismo tiempo, se trató de dilucidar la posición subjetiva de ellos en ese contexto específico. El trabajo se llevó a cabo en un municipio del estado de Michoacán, situado por Global Peace Index (Institute for Economics & Peace) en 2015 entre los cinco más violentos de la República Mexicana. Siendo además, según el reporte, el único estado donde la violencia ha incrementado de forma drástica a causa tanto del tráfico de droga como de los enfrentamientos entre cárteles. De la misma manera, se le considera como poseedor de los más altos índices de crímenes por armas a nivel nacional, en donde al menos el 70% de los homicidios recaen en la población civil a manos del crimen organizado (Lemus, 2015).

El grupo estuvo conformado por un total de 10 participantes: 7 mujeres y 3 hombres, entre 20 y 23 años. Los integrantes pertenecen a la misma institución educativa; sin embargo, no todos eran originarios de la misma zona poblacional, ya que dicha institución reúne a jóvenes de diferentes zonas. Así mismo, otra de las características de dicha población es que reúne a jóvenes de diferentes estratos socioeconómicos, pues sólo existen dos escuelas de educación superior en la región. Se trabajó un total de 7 sesiones, con una duración de 2 horas cada una. Para la conformación del grupo se lanzó una convocatoria en una institución de educación superior abierta a quienes se interesaran por participar en un grupo de trabajo acerca de la violencia en su contexto.

La modalidad de trabajo grupal propuesta mantiene una línea entre lo reflexivo y lo terapéutico, ya que, si bien se buscaba profundidad en las reflexiones, no se trataba de un trabajo clínico con los integrantes, pero sí se buscaba la apertura discursiva suficiente para profundizar en los elementos subjetivos de la violencia en su acontecer cotidiano. De la experiencia grupal se expondrán en este artículo solamente tres fragmentos de secuencias discursivas. Se trata de aquellos que se relacionan directamente con la violencia ligada al narcotráfico y permiten abrir la reflexión respecto a la postura de los jóvenes frente a esta, desde una de resistencia, como observador, víctima o coparticipante. Por lo tanto, se retomaron y destacaron aquellas participaciones individuales que tuvieron eco y fueron reiteradas en el discurso grupal, partiendo de la premisa de que el carácter recurrente de un tema posee un carácter estructurante y de vinculación en el trabajo grupal (Käes, 1995).

Con este propósito y con la finalidad de acotar la información obtenida a través de las sesiones, las secuencias discursivas se presentan no como una trascripción literal en su totalidad; sino que se optó por ir narrando el acontecer grupal, tratando de resaltar algunas frases y conversaciones acaecidas en momentos específicos. Estas fueron expresadas de manera individual y confluyen con las posturas del resto del grupo o con sectores del grupo. Así, con la finalidad de identificar a cada presentación del discurso individual, se usará la forma típica del diálogo; para identificar de mejor manera a cada participante, se usarán las letras del alfabeto de la A la G para referirse a las mujeres y de la H a la J para los hombres. Es importante notar que del discurso se omitirán las referencias a nombres y lugares específicos para conservar la privacidad y el anonimato de los participantes.

Primera secuencia: de la crítica al otro a la violencia mortífera

El primer elemento que aparece en el trabajo grupal es aquel que se refiere a la descripción del contexto, el cual se considera hostil. Dicha hostilidad va desde la intolerancia a la diferencia y el rechazo al cambio, hasta aquel que deviene en el uso de prácticas violentas ya establecidas en la comunidad y otras más que se refieren a violencias actuales en la sociedad. Esta hostilidad del contexto aparece plasmado, en primera instancia, dentro del discurso de uno de los participantes con la frase A: me quiero ir de aquí,3 y reiterada por el grupo. Una de las principales causas de este deseo de salir e irse de ese contexto es, como lo expresa la misma participante, sentirse parte de un ambiente que se caracteriza por estar saturado con muchas violencias, mismas que hacen que los jóvenes sientan una imposibilidad para seguir viviendo en ese lugar. El grupo comienza por describir una serie de formas en las que perciben lo que llaman “violencia”. La primera a través de las llamadas “críticas”: G: no pueden ver alguien diferente, o alguien quien piense más allá porque luego, luego empiezan a criticar y a criticar. Paulatinamente, estas pequeñas intolerancias se tornan, en el discurso de los jóvenes, en algo peligroso; dejan su carácter simbólico y pasa a convertirse en acto: H: no es así como de la crítica de ahí entre personas está bien, pero hay gente de que va y te lo dice y ya eres objeto de agresión en la calle o cosas por el estilo, así que pues

Tras abordar el tema de la intolerancia, surge una inquietud en el grupo, los hombres insisten en hablar sobre la falta de empleo y cómo esta se suma a los elementos que contribuyen a esa necesidad de querer salir de aquel lugar donde no se puede, idea constante que se expresa en diversos momentos. También surge otra representación de la intolerancia, ahora dirigida hacia una cuestión de género. El grupo discute sobre un contexto en el que no hay empleo, advirtiendo que el actual resulta esclavizante, de pago no muy buena y donde se solicitan señoritas, como dice H; y J agrega: tiene que ser mujer porque eso es lo que jala ahí. Tienen que ser mujer porque eso es lo que realmente pide la sociedad. Sin embargo, esta posición de supuesto beneficio para las mujeres trae de la mano una desventaja, ya que este favoritismo acarrea peligro. Los integrantes del grupo describen cómo los trabajos que solicitan exclusivamente mujeres son aquellos en los que se las busca por su atractivo estético. H: es que es más atractivo que las mujeres estén en un ciber, tener a una muchacha que te atienda que sea bella a un muchacho. Ahora bien, dentro de otro contexto dicha situación no provocaría ningún riesgo y parecería ser una ventaja; sin embargo, las mujeres del grupo exponen que dicha circunstancia las deja por el contrario expuestas a ser agredidas y violadas.

La percepción de ventaja/desventaja laboral es compartida por los hombres y las mujeres del grupo. Pese a esto, son ellas quienes dejan claro que existe, como una constante, el miedo a la violación, pues es una posibilidad inminente dentro de su realidad. Este miedo se presenta dentro del discurso de las mujeres asociado a un conjunto de historias y narraciones acerca de otras mujeres que han sido violadas o abusadas tanto por desconocidos y familiares como por autoridades institucionales. Lo que un primer momento es expresado por los hombres como queja acerca de las supuestas prerrogativas de las mujeres, termina develando una vulnerabilidad social, misma que es reconocida por estos.

Sin embargo, los jóvenes conceden que la sensación de peligro, de amenaza, no está centralizada en las mujeres, aparece como algo que se extiende y posee una condición de ubicuidad. Se inscribe en cualquier persona, conocida o desconocida. La mirada propia o la del otro vehiculiza hostilidad, reto y odio. Si las armas son vehículos de intimidación, los vehículos devienen en potencial arma criminal.

J: Aquí ya no sabes ni con quien te topas, porque ya cualquiera... te puede… traer arma, sacar la pistola, yo por eso ya no salgo.

H: Ya no puedes ni saludar al que iba en la prepa contigo.

F: O simplemente te le quedas viendo a alguien que como que conoces y ya te quieren echar como problema o algo así.

H: Ya ni tanto es el arma, es por cualquier cosa, de que porque traen carro ya te lo avientan o cosas por el estilo o ya directamente el arma, hasta con una moto ya se sienten.

D: Intentan dejar claro que ellos son más que tú. Así es la violencia aquí.

Estos discursos remiten a la facilidad con la que se desencadena una situación de violencia. Esta puede emerger a partir de una simple mirada, que puede considerarse ofensiva para alguien, hasta el hecho de que un arma o una moto exacerba los sentimientos de superioridad, marcando particularmente una diferencia en cuanto a la capacidad de sometimiento al otro. Se podrían extraer muchas reflexiones de esta secuencia, sin embargo en este momento prestaremos atención al deslizamiento que se da en el discurso desde la crítica hasta la violencia.

El contexto se define a partir de una crítica mordaz que lleva a los sujetos a querer salir prácticamente huyendo del lugar, pero ¿qué posee la palabra para generar esa reacción? La crítica es una forma de preservar la identidad, dice Páramo-Ortega una forma de diferenciarse del otro y al mismo tiempo de identificarse con un grupo, la crítica sirve para discernir entre el yo y el otro. En cierta forma, la crítica estaría vinculada al proceso formativo del yo, porque “criticar es no tolerar por completo la diferencia, la alteridad del otro. […] crítica e intolerancia son conceptos secretamente enlazados” (Páramo-Ortega, 2006, p. 324).

Criticar es un modo de preservar la identidad propia, una manera de no confundirse con el otro. Freud usa el término narcisismo de las pequeñas diferencias para referirse al fenómeno por el cual, vía identificación, es posible conformar el lazo social, es decir, ligar el amor a una multitud “con tal de que otros queden fuera para manifestarles la agresión” (Freud, 2001[1930], p. 111). Este narcisismo se jugaría en dos frentes. Por un lado, permitiría la cohesión y protección de aquellos que comparten algo con el individuo y, por otro, promovería la intolerancia de aquello que es diferente. Desde esta perspectiva, toda práctica de tolerancia traería implícita una de intolerancia. El narcisismo, en su afán de preservación, toma toda divergencia como crítica intolerable, en una especie de hipersensibilidad que predispone al odio y a la agresividad respecto “al extraño, al diferente, al que no concuerda conmigo y que más bien sostiene un rasgo que suscita una aversión insuperable” (Orozco Guzmán, 2014, p. 147).

Asoma, entonces, un doble movimiento en donde por un lado hay una separación de ese otro, de esa alteridad que no soy yo, y a su vez, el sujeto se diluye en el grupo, en el del rasgo compartido. La crítica operaría como un recurso reparador de un narcisismo amenazado en donde “ante el debilitamiento del sentimiento de la propia identidad, el otro se ha convertido en una amenaza para mí” (Páramo-Ortega, 2006, p. 231), por lo que ofrecería una salida a la agresividad. Pero en este contexto del cual hablan los y las jóvenes, la crítica se torna en un acto violento. La diferencia del otro ya no es sólo algo que se señala, es algo que no se soporta, se agrede, se amenaza, se viola y entre más fuerte es la amenaza, más fuerte es la respuesta violenta. La palabra, por lo tanto, pierde su efectividad e incluso la mirada se convierte en una afrenta de vida o muerte.

Esta reciprocidad entre amenaza y respuesta violenta se puede ver en la caracterización que hace el grupo de la violencia como ostentación de dominio sobre el otro. Páramo-Ortega (2006) describe cómo una de las caras de la crítica es el hecho de querer demostrar que se está por encima de lo criticado. Como resultado, las diversas manifestaciones de violencia descritas se convierten en una búsqueda de poder. Es así como poder y violencia se entremezclan y confunden, no se trata de una violencia ejercida con el fin de robar o adquirir ganancia monetaria, sino de una que intenta imponer jerarquía, traduciéndose esto en relaciones de poder y apetencia de sometimiento.

En esta búsqueda de poder las armas toman un rol estelar como un medio de alarde. Para Sofsky (2006), el arma existe como potencia y es solamente el acto humano el que lo convierte en instrumento de destrucción, es por ello que un objeto es sólo un objeto hasta que es investido por la subjetividad humana. El carácter destructivo de un objeto está en la condición humana y no en el objeto per se. Por su parte, Lacan establece que en el alarde, la seducción y el despotismo entre dos niños se establece una relación de identificación, ya que en estas acciones hay una paradoja: “la de que cada compañero confunde la parte del otro con la suya propia y se identifica con él” (Lacan, 2003, p. 47). En el caso de las armas parece haber un movimiento similar, el sujeto que las porta se funde y confunde en ella y, en consecuencia, el arma toma forma de un ideal de sí mismo.

El objetivo de mostrar el arma es conseguir colocarse sobre otro, demostrar que se es más que el otro y se establece una especie de metonimia: me respetan porque tengo un arma, soy más porque tengo un arma, que se contrae y convierte en un: soy más, tengo respeto, soy el arma. Hay una alienación del sujeto al objeto: “el arma le hace más fuerte, acrece su poder y su confianza en sí mismo […]. El arma infunde coraje y da a las intenciones un objetivo y una figura […], el arma materializa el ideal de su cuerpo” (Sofsky, 2006, p. 30). Es por ello que no resulta extraño el trato que se le da a las armas o a la decoración de las mismas. En el mundo del narcotráfico, la decoración de las armas, que se incrustan de oro, provee estatus, y, en otros casos, el arma pasa a formar parte del individuo al ser tatuada en su cuerpo.

Empero, la problemática planteada por estos jóvenes no parte del hecho de la mera posesión de las armas, sino de lo difuso de la amenaza causada por el no saber. El arma ya no se encuentra suscrita al Estado o a un cierto grupo, sino que la posesión de ese objeto ahora puede estar en cualquiera. El significante cualquiera adquiere un lugar singular en el discurso de los jóvenes, ya que devela por un lado, la posibilidad abierta de la amenaza y la angustia que ello suscita creando una posible posición paranoica ante el contexto y, por otro lado, marca una imposibilidad para nombrar o señalar aquello que hace mal al contexto. Se nombran los efectos de la violencia mas no al ejecutor, el cual aparece como un personaje incierto, tanto como la situación desencadenante de la violencia.

Estas incertidumbres se presentan a nivel social y familiar. Existe una transformación en la persona, quien antes resultaba cercana por sus vínculos de amistad y ahora deviene en personaje hostil. El conocido se vuelve extraño, alguien a quien no se puede mirar. El otro es fuente de peligro inminente, esto puede tal vez entenderse a través de lo que Freud nombra como Das Umheimliche, es decir, lo “ominoso”, pero que en su raíz alemana se traduciría como lo “no familiar”, y el psicoanalista vienés define como “aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo” (Freud, 2013[1919], p. 220). El autor se pregunta cómo es posible que algo que era familiar se convierta en terrorífico. En la siguiente secuencia discursiva se muestran elementos que ayudarán a entender lo antes señalado.

Segunda secuencia: la venganza y la búsqueda de reconocimiento

Dentro del grupo se comenta que la situación de violencia no siempre ha sido tan grave, con anterioridad se escuchaban ya historias sobre asesinatos, robos o violencia hacia las mujeres; sin embargo, eran sucesos acaecidos en otros lugares y siempre se recomendaba no meterte, según C. Lugares donde es común escuchar que alguien mató a otra persona porque lo vio feo o que un chavo macheteo a la novia o al nuevo novio de la ex novia, y cosas por el estilo (H). Los integrantes del grupo logran percibir un antes y un después, a pesar de que no pueden ubicar el momento preciso en que esto ocurrió. De igual manera, alcanzan a avizorar que aquello que alguna vez fue ocasional terminó por convertirse en algo habitual. Empiezan a presentarse actos violentos que se atribuyen al crimen organizado: robos, secuestros, asesinatos, tableadas,4 etcétera. Todas estas actividades, plantean ellos, tienen como característica común permanecer impunes y realizarse con cierto grado de cinismo y complacencia de parte de las autoridades.

Poco a poco los integrantes del grupo se van sintiendo en confianza y pueden hablar sobre el fenómeno que experimentan dentro de su cotidianeidad. Si bien resulta difícil nombrar algo que se considera el punto de origen de un cambio negativo, paulatinamente existe una apertura en el discurso y se aborda con libertad el tema del narco. Cabe destacar que dicho tópico surgió después de tres sesiones y fue de la siguiente manera:

G: aparte también lo del narcotráfico aquí, antes no se veía tanto y bueno, tiempo reciente, se ha visto poquito más… Bueno a mí una vez me pasó, iba saliendo de una fiesta y nos paró una camioneta y nos detuvo y nos dijo: a dónde van, y les dijimos: a nuestras casas, y dijeron: menos mal porque si no los vamos a subir, y sacaron la pistola y nos apuntaron. Estaba bien chiquillo yo, creo iba saliendo de la secundaria yo creo, y dije: no pues no, nos echamos a correr a nuestras casas (risas del grupo). Es el miedo que te mete la gente para ya no querer ni salir de tu casa, o no estar tan mucho afuera, porque a varios sí me platican amigos que sí los tableaban.

Fue de esta manera que al aparecer la palabra “narcotráfico” en el discurso surgió el testimonio sobre una experiencia de violencia vivida directamente. De esta forma, se presentó la primera implicación subjetiva de una situación violenta relatada. Cabe destacar que este recuerdo al narrarse frente al grupo produjo risa y no miedo. Es decir, una experiencia que en su momento infundió terror y angustia, al rememorarse obtuvo un sentido opuesto. Tal vez la risa surge como efecto de ahorro del sistema defensivo innecesario al poner en palabras el pánico suscitado (Freud, 2003[1905]).

Al seguir discurriendo sobre la transformación del contexto, se habló sobre un cambio de orden: tanto en el sentido de condición social, como en el sentido de establecimiento de un mandato. En este último, se identificó una inversión en las relaciones de poder, como lo demuestra el siguiente testimonio:

H: Digamos como que el orden cambió, por decirlo de alguna manera. Antes estaban los que daban trabajo y los que trabajaban para, ahora era como tú trabajas para mí: tienes, tienes que pagarme la cuota, digamos como en esta clase de orden, digamos cambió. ¿Cómo decirlo?, bueno lo puedo decir, era como un caso “X”, era una persona trabajaba para, bueno con mi papá. Era como el… al que como que capacitas, el que sabía manejar la maquinaria y de pronto, cuando empezó todo esto, él pues renunció. Pasaron como los meses y al año el que iba a cobrar la cuota era él. Y ya no era de dirigirse como Don X. Digamos esta, esta persona era como muy amiga, como muy cercana a la familia porque como desde creo los 14 años comenzado a trabajar, digamos para mi papá o con mi papá, o como quieran llamarlo. Y de repente, pasó de decirle a mi papá le dicen Don X, no le decía Don X, ahora llegó a decirle cosas y decirle: “a ver hijo de… pague y cosas por el estilo”.

En el caso anterior se nota cómo reaparece el tema de la transformación del amigo en enemigo, del cercano a la familia en el extraño, del subyugado en jefe. El cambio de orden tiene que ver con quién es ahora la persona que da las órdenes y quién, en este caso, pone orden en la localidad y en la realidad.

A partir de esta narración el grupo comenta sobre otros casos donde personas conocidas, los empleados, los encargados de cargar cosas o de actividades menores, fueron los que posteriormente regresaron a cobrar la cuota. B expresa ahora yo soy el que está sobre ti, por decirlo de alguna manera y, al hacerlo, describe su visión respecto a cómo se posicionan estas personas. El narcotráfico permite que ellas se erijan como autoridad en la localidad, haciendo uso de la extorsión para lograr una especie de vindicación y reivindicación. Varios miembros del grupo plantean cómo gente que anteriormente tenía negocios, que prosperaba en los mismos, terminó siendo objetivo criminal a través del secuestro o la extorsión. Finalmente, dicho panorama ha llevado al autoexilio a los antiguos miembros de la comunidad.

Continuando con los testimonios, un participante señaló que la gente que entró al narcotráfico no sólo buscó cobrarse afrentas reales o imaginarias en el ámbito laboral, sino que también sirvió para el cobró de afrentas amorosas:

H: Una vez… un chavo de estos que se metió al narco, y todo esto, a una chava digamos como pudiente o algo por el estilo, y luego ya cuando tenía la camionetota, el arma, el fajo de billetes en la bolsa y así, fue como ¡ah!, ¿te acuerdas cuando me viste menos o así? O sea, la muchacha ni en cuenta, o sea, no sabía ni quién era ni nada, pero él fue a restregarle y decirle: te acuerdas cuando me veías de esta manera. Mira ahora lo que soy. Y cosas por el estilo.

El grupo llega a una conclusión: si bien es cierto que llegó gente de fuera con el narcotráfico, su éxito en esta localidad se relaciona de forma directa con haber logrado que los mismos integrantes de la comunidad se hayan adherido a sus filas. E señala: llegaron muy pocos, pero aquí se hicieron más, con los que ya estaban aquí. No fueron tanto los que llegaron, sino que llegaron unos tantos (F: y se reprodujeron), y entonces convencieron a muchos de aquí, y así fue. Es decir, el crimen organizado encontró terreno fértil en esta comunidad. Los miembros de ésta se dejaron seducir por las mejoras económicas que implica un trabajo de dicha magnitud. En especial, este discurso de sentido vindicativo resultó seductor para personas que se sentían poco valoradas o ignoradas.

Seguidamente surge en el grupo un deslizamiento de la palabra al tema de la indefensión. El grupo comenta cómo la policía juega un papel importante al momento de sentirse desvalidos e indefensos, resultado de una ley fallida y de un sistema de seguridad que no garantizan protección a la ciudadanía. Sobre la policía se señaló, de manera común y general, su implicación con los grupos de delincuencia organizada:

A: Y ahorita que tocaban el tema de los… pues sí de los que están secuestrando y eso, me decían es que uno ya no sabe con quién ir para que te defiendan, porque si tú vas con un policía, pues también un policía está aliado con ellos, y entonces no sabes en realidad con quién irte. A muchos se nos hace más fácil, pues… pues en realidad meternos o dedicarnos a eso… aquí no hay ni quién te defienda, no sabes a quién dirigirte, por lo mismo de que están igual o peor… porque luego esa persona ya tiene pues acá palancas, por así decirlo.5

Como se puede ver, no sólo se trata de la complicidad entre los representantes de la ley jurídica y el crimen organizado, siendo estos últimos los nuevos garantes de la seguridad; también, se presenta la disyuntiva que plantea para estos jóvenes un camino fácil (el del crimen organizado) y otro que se encuentra imbuido de inseguridad. Sobre esto un miembro del grupo comentó lo siguiente: la gente lo que hacía en lugar de acudir a la policía, y cosas así, acudían al que le pagaban la cuota y era la forma en que recuperaban a sus hijos vivos. Porque siempre pasaba de que iban con la policía y sí le entregaban al secuestrado pero en una caja (I).

La anterior secuencia discursiva revela la forma, específica, en que los jóvenes modificaron sus relaciones sociales a partir de la llegada del narcotráfico y la manera en que son representados aquellos que se unen a sus filas; de la misma manera, expresa cómo se representan los motivos que llevaron a que dicho fenómeno ocurriera. Ríos (2009) señala las diversas causas de incursión de lo que ella denomina “la profesión del narcotráfico”, como la falta de empleo redituable, la falta de capital para emprender un negocio legal y a otras características psicológicas como un “gusto por el poder” (p. 3) y agrega: “al narcotraficante le gusta su trabajo y le gusta más que cualquier otro trabajo que pudiera tener en la industria legal” (p. 2).

El discurso de los jóvenes que integran el grupo deja claro que las condiciones económicas juegan un papel importante para logar el ingreso al narcotráfico; sin embargo, existen otros factores que conducen a ello. No se trata sólo de la falta de trabajo y la búsqueda de bienestar económico, sino lo que este trabajo y este bienestar abonan como plus seductor a jóvenes que también tienen aspiraciones e ideales narcisistas en un plano de grandeza y poder. Está, por un lado, la supuesta “facilidad” con la que se pueden obtener las cosas y, por el otro, lograr un estatus y dominio sobre aquel o aquellos que con anterioridad habrían ultrajado u ofendieron al individuo que acaba de ingresar al universo del crimen organizado. Unirse al narcotráfico permite que el individuo utilice la violencia como medio para cobrarse venganza tras la humillación sufrida al narcisismo. El crimen organizado ofrece una vía más eficaz e inmediata a los jóvenes para posicionarse por encima del otro al cual estaban subordinados, sobre todo en un lugar donde las palabras pierden su sentido o adquieren otro totalmente opuesto.

Dentro de los métodos utilizados para obtener venganza está el cobro de la cuota. Quienes lo llevan a cabo no sólo “cobran” lo que su organización les exige para proveer una supuesta seguridad a los pobladores, sino que, mediante ese acto y el poder que se les ha otorgado, “cobran” la afrenta recibida (real o imaginaria). Por otro lado, la búsqueda de venganza habla de la posición de los sujetos en un sistema en el que se sentían amenazados y no reconocidos, un sistema en donde sólo hay dos posibilidades: trabajar para o con. Estaban abajo y ahora están arriba de las personas que les daban trabajo. Este retorno al individualismo vengativo y codicioso es posible por el progreso económico del narcotráfico. La posición destacada de las figuras individuales de los jefes narcos se reproduce en la imagen de los encargados de cobrar cuotas y todo tipo de cuentas pendientes.

El narcotráfico no perdona. Zaltzman (2008) señala que la “sed de venganza, a menudo ignorante de sus verdaderos orígenes, se alimenta de falsos objetivos” (p. 113). Gran parte de este escenario plagado de cuerpos descarnados expuestos en las vías públicas, tiene su origen en la satisfacción de apetitos de venganza. Frecuentemente, se trata de castigar al desleal, al que traicionó al grupo pasando información a los sistemas policiacos del Estado o a un bando criminal real. ¿Por qué impresionar de manera aterradora a la población civil como objetivo destacable por parte del crimen organizado? ¿Qué verdadero origen está siendo ignorado? ¿No se advierte la manera en que se calca la ambición insaciable del gran capitalista que pugna por expandir sus productos en el mercado de la competitividad? En este sentido consignaríamos un asentamiento del narcisismo patológico, propio de la condición moderna, como dice Zizek (2004a), que se solaza en su expansión de dominio sobre las personas. El negocio del narcotráfico no se reduce a la producción, distribución y venta de drogas; también busca su expansión a través de los negocios de los civiles. Su objetivo es adueñarse de medios de subsistencia, de familias y de sujetos. Como si se tratara de una auténtica catástrofe natural, el narcotráfico hace huir a quienes impacta mediante el ejercicio de su violencia.

La figura del jefe, ahora destituido de su posición de poder, podría resumirse en una suerte de declinación social de la imago paterna, la cual Lacan situaba como constituyente de una crisis del orden familiar: “declinación condicionada por el retorno al individuo de efectos extremos del progreso social, declinación que se observa principalmente en la actualidad en las colectividades más alteradas por estos efectos: concentración económica, catástrofes políticas” (2003: 93). El narcotráfico ha determinado un sistema de concentración de riquezas en manos del crimen organizado que coopta empresarios y políticos. El gran jefe narco se vuelve el empleador de los que antes trabajaban para el padre de familia y este a cambio le confiere un poder basado en la intimidación, en la amenaza de la destrucción a la familia. El padre, en consecuencia, pierde el derecho a ser llamado “Don” y con ello pierde también su atributo de poder, autoridad y respeto. Sobre esta misma línea, Wieviorka (2001) sugiere que el incremento de la violencia está relacionado con la desinstitucionalización o declinación de la autoridad reconocida de modo institucional, en este caso la del padre.

La caída de la imago paterna no se representa únicamente a través de la venganza contra las cabezas económicas de la localidad, también aparece dentro del discurso de los jóvenes al hablar sobre el papel de la policía y su colusión con el crimen organizado. Se advierte, desde la primera exposición discursiva del grupo, el deterioro de la confianza en el ámbito de la amistad, pero también con las instituciones y el contubernio entre ley y crimen. Se concluye que el cobrador de cuotas puede llegar a ser más confiable que la policía misma, el grupo dialoga sobre los secuestros y destaca que es más efectiva la ley de los criminales pues ellos regresan a los secuestrados con vida; en cambio, la policía se considera un signo funesto, un signo de muerte, un signo de ineficacia. Los que protegen la ley no sólo son ineficientes, sino que son aliados de los criminales al generar un implacable enredo ético.

No resulta raro entonces que en el momento de narrar esta colusión sea en el que se advierte la implicación subjetiva a partir del pronombre nos, ante la falta de discernimiento entre lo legal y lo ilegal. Así, el sujeto transita hacia una nueva forma de relación con la ley, la cual pierde su sentido debido a que ya “no se constituye como una instancia tercera que aseguraría, de alguna manera, el hecho de que nadie abuse de nadie. Ahora es una ley que cada cual puede doblegar. La ley del perverso” (Espinosa, 2013, p. 35). Se trata de la ley del que comanda al crimen organizado o una sección del mismo y, como tal, ostenta presuntos privilegios de dominio sustentados en una inmensa capacidad de intimidación. La adscripción al crimen organizado parece abrir un camino de disfrute y gozo del poder otorgado por el gran jefe, se posibilita la coparticipación dentro de su dominio y se crea una presunta ley que dispone de nuevos lineamientos a la sociedad. Esta “nueva ley” ofrece una imagen de poder y a cambio pide sometimiento y servidumbre, la cual se paga con la vida, según comentan los miembros del grupo. El narcotráfico, así pues, toma el lugar de semblante de ley (Orozco, Gamboa y Pavón-Cuellar, 2016) y marca los límites de lo permisible y lo no tolerable, impone presencia de dominio y como instancia de orden y castigo.

Retomando el planteamiento de Wieviorka (2004) acerca del llamado sujeto flotante, aquel que el autor describe como un sujeto poseedor de un vivo sentimiento de injusticia, de no reconocimiento por la convicción de vivir en una sociedad que no le da lugar y, en consecuencia, la violencia: “[…] ya que esta negación de la persona como sujeto, es vivida como particularmente dolorosa por los jóvenes sin gran porvenir y sometidos a la discriminación y el racismo”. (p. 25)6 Es decir, para estos jóvenes la única vía de reconocimiento es la violencia o la adscripción a grupos violentos, pues encuentran ahí una forma de reconocerse como sujeto. Respecto a esto, planteaba Fanon (1983) que “el campesinado, el desclasado, el hambriento, es el explotado que descubre más pronto que sólo vale la violencia” (p. 9). Sin embargo, habrá que advertir que en los jóvenes que se introducen al narcotráfico, aunque pareciera que sus causas tienen que ver con situaciones de desigualdad y sus búsquedas de reparaciones, sus motivos no pueden confundirse o limitarse a los de la lucha de clases, los cuales no tienen como fin y propósito necesariamente la venganza. La violencia del narcotráfico a la cual se adscriben los jóvenes no pretende cambiar el statu quo de los individuos, sino que en buena medida lo mantiene, subvirtiendo solamente la localización del poder.

Tercera secuencia: del silencio como protección frente a la indiferencia

Durante el trabajo grupal surgió una interrogante interesante: ¿por qué resulta más fácil hablar sobre las historias de otros, en vez de las propias, cuando se aborda el tema de la violencia? Respecto a esto, uno de los miembros del grupo señaló: es más fácil hablar de lo que estoy percibiendo por fuera y no desde una violencia que estoy percibiendo hacia mí (D). Además, concuerdan en que, aún sin darse cuenta, han normalizado la violencia: algo muy común, que ya no nos damos cuenta (B). Pero también reconocen que al hablar sobre las historias de otros abren cierta brecha hacia el miedo: porque son temas peligrosos (G). Por ello, hablar sobre eso que pasa en su contexto es algo que prefieren omitir: es que por ejemplo, ahorita se está permitiendo hablar, pero incluso a veces entre amigos es mejor que no […] El silencio es prácticamente como una protección (D). Como se puede observar, a través de los fragmentos, el espacio de diálogo posibilitó a los participantes expresar sus ideas con libertad y sin temor; sin embargo, existieron también momentos de censura, marcados por las frases que los participantes dejaron incompletas cuando hablan sobre la violencia.

Los integrantes del grupo plantearon que no sólo se trataba de plegarse a la condición de mantenerse callados, sino también había que mantenerse ciegos y ajenos. En la medida de lo posible, se trata, como lo dice un participante, de no meterte (H). Es decir, no involucrarse o comprometerte, lo cual puede considerarse una actitud de indiferencia respecto a lo que acontece en su entorno. Sobre los motivos que conducen a dicha actitud, se señalaron algunas situaciones en las cuales las personas, incluso sus propios familiares, se han puesto en peligro para ayudar al otro: por ejemplo, al ver a una mujer agredida tratan de defenderla y es la misma mujer quien termina por agredir a sus defensores, así lo comenta C: Yo pienso que es así como dice “H” de que como que ya no te metes, por tu propio bienestar. Es un: pasa así, tú como si nada y no voltees. Volverte ciego ante ciertos actos e incluso en la propia familia.

La violencia, por lo tanto, se vuelve una experiencia común y natural, a tal grado que se hace invisible, como sucede en las relaciones de pareja: el elemento de denigración del otro o de su descalificación se vuelve una parte tan intrínseca de sus condiciones que termina por pasar desapercibido. Dentro del contexto violento la solidaridad con el prójimo es algo que no se aprecia ni valora; ser solidario, sostener un lazo social de apoyo con la víctima toma un valor contrario y posibilita que ésta violente a su protector en vez de agradecer su ayuda. El individualismo cobra fuerza y se vuelve un arma de sobrevivencia: G: de que lloren en su casa a que lloren en la tuya, que lloren en la suya. Así, dicha frase es enseñada en casa y posteriormente reproducida a manera de consigna. El mundo se transforma en una dicotomía agresiva, como lo enfatiza uno de los participantes que ratifica la frase: te jodo o me jodes (H). La lucha por la sobrevivencia conduce a una actitud violenta y aparece una especie de encrucijada entre la vida y la muerte, entre la vida propia y la muerte del otro. Todo se reduce a una realidad simple: si algún dolor debe manifestarse que sea el del otro, bajo ninguna circunstancia el mío.

Es así como, tras el avance de las sesiones, los jóvenes van dejando al descubierto lo que ellos consideran como la postura de los otros y, a su vez, muestran su posición respecto a estas violencias. Dejan claro que dividen al mundo en una dicotomía agresiva y la lucha está en no ser el jodido y el que llora. Su realidad es un escenario de confrontación a ultranza que remite a la agresividad como momento de tensión e identificación y, al mismo tiempo, se crea una competencia imaginaria “que no tiene otra salida -Hegel lo enseña- [más] que la destrucción del otro” (Lacan, 2001, p. 254). Esta violencia que emerge de una disyuntiva radical tendría como fin último la destrucción del otro, siendo esto una vía de autoconservación del yo. Wieviorka (2004) denomina al ejecutor de esta violencia sujeto sobreviviente, es decir, aquel cuya violencia no se manifiesta a través de pulsiones de pura destrucción o por el placer de hacer sufrir, sino que se trata de una cuestión de autoconservación de una persona que se siente en riesgo de ser dominado, sometido o destruido por otro.

En la búsqueda de autoconservación, el silencio se vuelve indispensable y, por ello, hablar con libertad sobre el tema es percibido como algo sumamente peligroso, incluso entre amigos. Dice Sibony (1998) que “el miedo de la violencia recuerda unos miedos originarios de estar sin defensa ante el otro, tomado por él como objeto de goce o de otra cosa” (p. 71). La violencia mediante la promoción del miedo conduce a experiencias de indefensión y desvalimiento y esto se acompaña del temor a ser capturado por otro que puede hacer conmigo lo que le plazca. En consecuencia, el silencio se vuelve a la vez supuesta seguridad, pero también complicidad y complacencia ante esta captura del otro en su goce.

El silencio surge como un recurso defensivo, se vuelve una envoltura que protege contra la inmanencia de un grito de llamado dirigido al otro. Lacan (1964-65) plantea una articulación entre el grito y el silencio, a raíz del análisis de la obra El grito del pintor noruego Edvard Munch. El autor se enfoca no sólo en la presencia de la figura asexuada cuya boca aparece abierta y enmarcada por sus manos, dando la apariencia de que grita, sino que presta atención en la aparición de dos figuras secundarias que aparecen dibujadas en el fondo, en una suerte de sombras indiferentes a lo que ocurre en el primer plano, a lo que le ocurre a aquella figura que la hace gritar y dice: “el grito parece provocar el silencio […], el grito hace el abismo donde el silencio se precipita […], es el grito lo que sostiene el silencio y no el silencio al grito. De alguna manera el grito hace al silencio ovillarse en el impasse mismo de donde brota, para que el silencio no se escape” (p. 57). Hablar ya no es suficiente cuando lo que se quiere es gritar para que el otro acuda y brinde una estructura fiable. No hay lugar para el grito o para el grito ahogado, “el grito es atravesado por el espacio del silencio” (p. 57), por el silencio del miedo.

El corte en el discurso, el no poder nombrar aquello que indica peligro, marca una ruptura a nivel simbólico, es decir, si no se confía ni en la amistad, ni en la palabra, sólo queda replegarse en el silencio. Los jóvenes se ven conminados a no hablar sobre aquello que viven cotidianamente, se condicionan para “no ver” lo que pasa a su alrededor y, al mismo tiempo, permanecen atentos a todo aquello que se dice socialmente, a todas esas voces de alerta. El silencio se impone ante el imperio del miedo pero también ante el grito que reclama la presencia del otro, un grito que haga valer a la palabra y al sujeto. Sofsky (2006) señala que el miedo arroja a su víctima sobre ella misma, es decir, reprime su necesidad de movimiento y su aliento de huida, “el miedo sujeta al hombre al aquí y al ahora. No existe nada más afuera del miedo. El tiempo se reduce al instante presente” (p. 64) De este modo, las víctimas terminan clavadas por el miedo, ahogan un grito que invoca la posible solidaridad con otros que a su vez pasan indiferentes frente a la violencia.

Sofsky (2006) describe dos clases de espectadores, uno que desde las gradas se siente partícipe de la escena que mira (a través de la mirada participa del acto violento) y otro, el espectador no participante (aquel que es testigo de la violencia pero intenta bloquear la percepción, generalmente caminando lejos de allí con la finalidad de no enterarse de lo que pasa, de poner distancia interior y exterior). Este último, al mantenerse al margen, “en modo alguno es ignorante de lo que acontece […], sabe lo suficiente como para saber que él nada más quiere saber” (Sofsky, 2006, p. 104). La distancia que el sujeto pone entre “eso” sobre lo que no quiere saber nada (pero está allí) no es diferente al proceso de exclusión necesario para ejercer violencia sobre otro: el sujeto pone distancia entre él y eso que ve, entre él y la víctima y su perpetrador; se separa del agresor y de la víctima en medidas iguales. Inmerso en el silencio, en esa aparente indiferencia, este espectador que concede, permite, evita y evade, simplemente deja de lado la responsabilidad y la solidaridad con el otro.

Los jóvenes que integran el grupo de estudio refractan aquello de lo que son víctimas. Si a la ley le es indiferente lo que pase con los ciudadanos, de la misma forma, ellos asumen una postura de indiferencia. Ya Freud lo vislumbraba en Pulsiones y destinos de pulsión (2003[1915]) cuando describió a la indiferencia como la oposición primordial, tanto del amor como del odio, y la sitúa dentro de la polaridad yo -mundo exterior. Es decir, estos individuos se inscriben en un proceso completamente narcisista, no en el de las pequeñas diferencias que implica el reconocimiento del otro, de una alteridad, sino dentro de aquel donde el yo se sustrae del mundo exterior. Se habita, entonces, en la ficción de un mundo donde el yo sólo advierte que existe una realidad exterior si ésta contiene elementos de amenaza y peligro para su subsistencia y su bienestar. Por lo tanto, los individuos se encapsulan en el silencio por un miedo que los podría hacer gritar, pues involucra la imposibilidad de vivir separados del lazo social y de la responsabilidad como sujetos sociales frente otros de su misma condición.

Habría que pensar si la embestida de la violencia, como la generada por el crimen organizado que está aliado con las representaciones institucionales, precipita a los individuos hacia ese tipo de condición que Zizek (2004) denominó pasividad activamente asumida, la cual implica “encontrar el goce en una situación pasiva en la cual uno está atrapado” (p. 85), actitud que podría leerse en la facilidad con la cual podrían verse cooptados estos jóvenes por el crimen organizado, dejándose seducir por los malos y desprendiéndose de todo tipo de nexo de compromiso con la ciudadanía en lucha contra toda forma de opresión, configurándose un narcisismo patológico (Zizek, 2004a).

Elie Wiesel (1999), galardonado con el Premio Nobel de la Paz, comenta respecto a la indiferencia, en una de sus conferencias:

¿Qué es la indiferencia? Etimológicamente, la palabra significa «falta de diferencia». Un estado extraño y poco natural en el cual no se distingue entre la luz y la oscuridad, el amanecer y el atardecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal. ¿Cuáles son sus caminos y sus consecuencias ineludibles? ¿Se trata de una filosofía? ¿Puede concebirse una filosofía de la indiferencia? ¿Es posible considerar la indiferencia como una virtud? ¿Es necesario, en ocasiones, practicarla para mantener la cordura, vivir con normalidad, disfrutar de una buena comida y una copa de vino, mientras el mundo que nos rodea sufre unas experiencias desgarradoras?

La indiferencia puede ser más peligrosa que el odio, ya que, como dice el autor, el odio se puede crear, se puede transformar, incluso puede suscitar respuestas, pero frente a la indiferencia no hay respuesta, ésta únicamente es amiga del enemigo.

Conclusiones

El trabajo con el grupo de jóvenes mostró que la violencia del narcotráfico no sólo dejó su impronta especifica sino también reforzó o exacerbó algo que ya se encontraba como germen en el núcleo mismo de su contexto local. Hasta cierto punto expuso un individualismo narcisista reflejado como actitud de des-implicación subjetiva en la tarea y el compromiso solidario. Frecuentemente se discurre cómo el problema de la violencia en su localidad se liga con la llegada y establecimiento de los grupos de delincuencia organizada. Sin embargo, el discurso de los jóvenes que integraban el grupo develó un ámbito social resquebrajado en sus cimientos. Un ámbito social en el que la violencia se encuentra asentada y se la concibe como una más de sus expresiones culturales; un ámbito sustentado en el imaginario de la ostentación y seducción del poder, sea este ilegítimo o no. Un ámbito cuya desigualdad exhibe una brecha insorteable entre los trabajadores y los empleadores, en la que parece que la única forma de reconocimiento es la integración identificadora a los grupos que infunden miedo o el autoexilio. La violencia ligada al narcotráfico representa, según su discurso, un camino para engrandecerse de modo narcisista teniendo a otros bajo el control del miedo y el silencio. Reducir a los otros a la indefensión exalta al yo al envolverlo del poder propio de una figura dominante. En una época donde el padre en su función simbólica e imago de respeto se quebranta, se levanta la imagen del jefe narco que hace su propia ley o él mismo se posiciona como semblante de ley.

Son los mismos integrantes del grupo quienes plantean, con algo de dolor y sorpresa, que el problema no se limita a los individuos que llevaron el narcotráfico a ese lugar, sino que éstos se ocuparon de seducir y convencer a miembros de la comunidad para agrandar sus filas. Bajo esta mirada, el aspecto seductor del narcotráfico se plasma ligado al discurso de la facilidad para adquirir poder y riquezas, para hacerse valer y reconocer a ultranza acudiendo al sentido vindicativo y reivindicativo que tiene su imperativo o llamado a la violencia radical. El narcotráfico, bajo esta lectura, ofrece una oportunidad para fácilmente conseguir una imagen asociada a la satisfacción de fantasías ambiciosas y también permite resarcir lo que sienten han sido ultrajes infligidos a su ego. La representación de la violencia que se hacen estos jóvenes contiene algunos elementos simbólicos, ya que a través de ella los sujetos procuran hacerse reconocer en la industria del miedo.

Así mismo, este tipo de discurso devela cómo ellos en gran medida han perdido la confianza en sus instituciones, producto de un Estado que se presenta como autoritario, ineficaz y promotor del terror. Un Estado que ha llevado a la legitimación de los grupos de delincuencia organizada como los únicos capaces de establecer orden; sin embargo, se trata de una ley que se sustenta en la intimidación, en el alarde y en la imagen de lo tiránico.

Este predominio imaginario de la violencia, como ley, conduce a una pérdida de la confianza no sólo a nivel de las instituciones supuestas garantes de la seguridad, sino a una desconfianza que va permeando los lazos de comunidad, la familia y las amistades. Nadie es digno de confianza, ni ellos mismos. Ante este panorama, los jóvenes se encuentran en una disyuntiva, o bien se posicionan como un sujeto flotante que tiene que ser violento para hacerse reconocer o valer, o bien se adscriben a la violencia como una forma de supervivencia. La única vía entonces para resistir la violencia pareciera ser la violencia misma o la indiferencia como alternativa no menos peligrosa.

Esta perspectiva resulta alarmante y desesperanzadora, como el clima que por momentos se creaba en el grupo cuando sus integrantes narraban sus experiencias. Sin embargo, también abre luz sobre una posibilidad de acción, no en una postura de confrontación ante la violencia del narcotráfico sino de acción comunicante y comunitaria que ataje aquella violencia que se encuentra en la estructura misma y de la cual el crimen organizado se alimenta. La experiencia de grupo que emprendimos ofreció una posibilidad de hablar de cosas que se silencian y que se callan. En ese sentido se constituyó en un espacio de apertura y superación del miedo. El pensar y hablar en libertad en grupo surge como una forma o herramienta de resistencia en contextos donde la palabra es amordazada por formas corruptas y corruptoras del poder político. La constitución de este tipo de espacios representa una posibilidad de tejer desde lo simbólico y en lo colectivo nuevas formas de vinculación que restituyan algo de la confianza perdida.

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1 «A qui parle de LA violence, de SA violence, il faut toujours demander ce qu’il entend par là». Esta y las traducciones que siguen son propias.

2«Le sujet (qui présuppose l’Autre), sa jouissance (ses modalités) et le lien social».

3Este y todos los fragmentos del discurso que fueron expresados dentro del grupo de estudio, se reprodujeron en el presente artículo respetando la sintaxis de quien narró la experiencia.

4Los participantes explican que “tablear” se refiere al castigo que imponían los narcotraficantes a los jóvenes que se encontraban tarde en las calles haciendo desorden. El castigo consistía en golpearlos, ya sea en las nalgas o en las piernas, con tablas, las cuales en ocasiones tenían clavos incrustados.

5El subrayado es nuestro.

6“[…] lorsque cette négation de la personne comme sujet, vécue comme particulièrement douloureuse par des jeunes sans grand avenir et soumis à la discrimination sociale et au racisme”.

Recibido: 12 de Octubre de 2017; Aprobado: 21 de Marzo de 2018

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