SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.10 número21Sobre el antropomorfismo político en la República de PlatónReflexiones sobre el poder destituyente de los movimientos sociales en América Latina índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Andamios

versión On-line ISSN 2594-1917versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.10 no.21 Ciudad de México ene./abr. 2013

 

Artículos

 

Del pensar domesticado al pensar emancipado. Notas sobre la transformación del trabajo intelectual en América Latina

 

Housebroken at the Thought of Thinking Emancipated. Notes on the Transformation of Intellectual Work in Latin America

 

Ricardo Ernst Montenegro*

 

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Profesor Adjunto I de Psicología en la Facultad de Humanidades de la USACH. Correo electrónico. r.ernst.m@gmail.com

 

Fecha de recepción: 1 de marzo de 2011.
Fecha de aprobación: 4 de mayo de 2012.

 

Resumen

Asumiendo la escena en la cual, durante el último medio siglo, la mayoría de las sociedades de la región han experimentado profundas transformaciones políticas, económicas y culturales, en el presente artículo se ofrece una reflexión crítica sobre el sentido y desarrollo de una de las actividades sociales que concurre en el modelamiento de este proceso en nuestra región: el trabajo intelectual.

Esta reflexión inicia con una breve desambiguación de la categoría, delimitando su especificidad. Luego, se analizan diacrónicamente algunos de los hitos en la lucha por desestabilizar / estabilizar una cierta visión hegemónica sobre ella. Finalmente, se ofrecen algunas claves para evaluar la actualidad y posibilidades de este proceso en la región.

Palabras clave: Epistemología, política, trabajo intelectual, hegemonía, cambio social.

 

Abstract

Assuming the scene in which, during the last half century, most societies in the region have experienced profound political, economic and cultural changes, this article offers a critical reflection on the meaning and development of one of the social activities which have modeled this process in the region: the intellectual work. This discussion begins with a brief disambiguation of the category, defining its specificity. Then, we analyze diachronically some of the milestones in the fight to destabilize / stabilize a certain hegemonic view on it. Finally, we offer some clues to assess the present and possibilities of this process in the region.

Key words: Epistemology, politics, intellectual work, hegemony, social change.

 

CLAVES INICIALES

Tal y como ocurre desde que la humanidad comenzó a trascender su condición puramente animal —mediante el dominio del fuego— la generación y aplicación intensiva de conocimiento juegan un papel fundamental en el desarrollo de la vida social moderna. Desde el diseño y uso de máquinas hasta la construcción de relatos que proveen de sentido y orientan la acción, el saber y su aplicación social han constituido uno de los pilares fundamentales sobre los cuales el ser humano se ha desarrollado hasta convertirse, a escala planetaria, en la especie dominante.

Dentro de los múltiples cambios que esta generación y aplicación intensiva de conocimiento han implicado —desde la consolidación del imperio humano sobre la naturaleza hasta la transformación radical de nuestros propios cuerpos— destaca la distinción social que, al interior de las comunidades humanas, genera la posesión (o no) de unos ciertos saberes específicos. En nuestras sociedades se les asignan muy distintos valores, recursos y consideraciones a los sujetos que pueden acreditar la posesión de ciertos conocimientos y los que no. Aquellos que poseen "títulos" y ejercen "profesiones" viven, en general, en mejores condiciones que la mayoría de aquellos que viven de "oficios" y su mayor capital es su "experiencia". Esta diferenciación social se funda, principalmente, en la distinción entre "trabajo manual" y trabajo intelectual".

Una forma usual de proveer contenido a esta distinción es aquella que construye una definición por referencia a la sustancia de la actividad. Así, se afirma que ambas formas de trabajo pueden distinguirse, en principio, por la diversa proporción en la cual se encuentran presentes en cada una de ellas actividades de índole más propiamente física o cognitiva. Mientras en el trabajo manual tienden a prevalecer las primeras —como en el caso de un estibador de puerto—, en el trabajo intelectual, en cambio, tienden a hacerlo las segundas, como en el caso de un gerente de banco.

Una limitación de este camino —llamémosle esencialista— es que las categorías así definidas no resultan excluyentes la una de la otra, pues toda labor humana, en distinta magnitud, comprende ambos tipos de actividad. Así como todos hacemos algunos trabajos manuales (manejamos "cosas") sin ser obreros, todos hacemos algunos trabajos mentales (manejamos "ideas") sin ser intelectuales. Otra limitación de esta vía es que la distinción entre ambas formas de trabajo, así estructurada, no recoge la especificidad de la acción social en cuestión más, allá de su reflejo en la vida social económica.

Iniciada en la era de las cavernas con el par cazador-recolector/chaman, desarrollada en la antigüedad con el par esclavo/escriba, actualizada en la edad media con el par campesino/académico, y consolidada en la modernidad con el par obrero/intelectual, esta distinción, más allá de su dimensión puramente económica, ha resultado fundamental en la articulación global de los diversos tipos de arreglos sociales ensayados por la humanidad.

Una influencia tal para una diferenciación social en apariencia secundaria —a diferencia de como se piensa desde la aproximación esencialista descrita—, radica en que aquella permite distinguir ciertas funciones, posiciones e identidades concretas en la sociedad para amplias masas de sujetos, creando las condiciones para el surgimiento de estratos (intelligentsia) y grupos (intelectuales) sociales específicos,1 dedicados a sostener los distintos aspectos de la diferenciación social que señala y asegurando, en caso de sintonía con los relatos en ese momento y lugar hegemónicos, su reproducción. A través de su expresión en variados espacios de operación —del hogar al cuartel, pasando por la escuela, la iglesia, la fábrica o la oficina—, se volvió posible, a la vez, organizar la fuerza de trabajo, articularla con el sector tecnológico y proveerla de la justificación moral de todo ese orden y su lugar en él. Esta distinción contribuyó, así, a desarrollar y validar unas formas de conocer y gobernar útiles para sostener aquellas formas específicas de dominación en las cuales ella se inscribe.

La batalla argumental y política que se ha sostenido para hacer prevalecer unas u otras ideas que justifiquen estas distinciones sociales ha sido larga y, al día de hoy, aun cuando soterrada, también sostenida. Del siglo XIX a la época actual pueden reconocerse, al menos, cuatro momentos diferentes en los cuales se ha puesto en juego, de diversas maneras, el "sentido común" prevaleciente en torno a las ideas que configuran la noción de trabajo intelectual y prefiguran sus prácticas. Coincidiendo con un cierto Zeitgeist secular, observamos tensiones y disputas importantes hacia mediados y fines de los siglos XIX y XX, mismas que se pueden personificar en los debates impulsados, respectivamente, primero por Bilbao y Marx, luego por Weber, a continuación por Gramsci y Hayek y, finalmente, por Wallerstein y los neozapatistas. Veamos, en la medida que el espacio nos lo permite y como insumo para el análisis, cómo es que esto se ha desarrollado.

 

TENSIONANDO EL PENSAR DOMESTICADO

Bordeando la primera mitad del siglo XIX, luego de muchos siglos en los cuales la distinción entre trabajadores manuales e intelectuales no hizo otra cosa que ensancharse, comienza a visibilizarse un cuestionamiento —primero marginal pero de ahí en más constante— de la desigualdad social que se construye y legitima a propósito de tal diferenciación. La disputa sobre un mundo donde es natural que unos puedan saber y otros no y donde, además, se presupone que eso está bien; el cuestionamiento del mundo del pensar estéril para transformar y mejorar al mundo, el mundo del pensar domesticado.

Tan temprano como en 1844, con su obra clásica Sociabilidad Chilena, Francisco Bilbao puso en el tapete la discusión sobre de qué manera la exclusión del trabajo intelectual significaba para el común de la gente una condición de la permanencia y profundización de su marginación social. Lamentándose de la operación exitosa de esta distinción en la conciencia de los por ella oprimidos dijo allí, por ejemplo, que "[el campesino] No sabe sino lo que sus padres le enseñaron y esto es para él el punto final de su trabajo intelectual. Lo demás lo rechaza" (Bilbao, 1844: 79). El aislamiento y la barbarie que ve en el mundo rural de la época son, en su concepto, las obvias derivaciones de un pensamiento moldeado por "creencias católicas y españolas". Por ello dirá en El Evangelio Americano:

La educación de la conquista era la religión de la conquista; la religión de la conquista era el catolicismo [...] la más apta y favorable de las religiones para conservar perpetuamente una conquista [...] [por] la obediencia a la autoridad en lo que debo creer, en lo que debo amar, en lo que debo hacer [...] El movimiento, la asociación, el trabajo intelectual son declarados enemigos (Bilbao, 1864: 80-81).

Desde la convicción que mediante la educación y el acercamiento de la cultura a toda la población se reducirá la diferenciación y la inequidad entre trabajadores manuales e intelectuales fundó poco después (1850) la llamada "Sociedad de la Igualdad", una de las primeras organizaciones político-sociales de la región que, amparada en un credo liberal-revolucionario, se dedicó, entre otras luchas, al combate del uso clasista y excluyente de esta diferenciación social.

Por las mismas épocas, al otro lado del Atlántico —desde donde una buena parte de los librepensadores latinoamericanos decimonónicos abrevaban sus ideas—, apareció otro desafío, esta vez más abierto, al predominio de una visión escolástica y aristocrática sobre el sentido y la función de los intelectuales en la sociedad. Al inicio de La Ideología Alemana (1846), Marx y Engels, al mismo tiempo que fundaban la corriente de pensamiento llamada materialismo histórico señalaron, con la misma claridad que Bilbao, la importancia de esta distinción en relación con el resto del arreglo social en que opera. De ahí la idea sobre que "la división del trabajo sólo se convierte en verdadera división a partir del momento en que se separan el trabajo material y el mental" (Marx y Engels, 1980: 13).

Ahora, tampoco escapará a la vista de Marx que al interior de la distinción entre ambos tipos de trabajo la generación, desarrollo y aplicación de conocimiento intensivo y organizado, es decir la ciencia y su práctica técnica, operan estableciendo un dominio no sólo sobre las cosas sino, más fundamentalmente, también sobre los sujetos. "La ciencia, que obliga a los miembros inanimados de la máquina —merced a su construcción— a operar como un autómata, conforme a un fin, no existe en la conciencia del obrero, sino que opera a través de la máquina, como poder ajeno, como poder de la máquina misma, sobre aquel" (Marx, 2007: 219), dijo discutiendo la idea de la máquina y la tecnología como medios del trabajo del obrero, afirmando, a la inversa, el carácter opresivo y alienante de éstas sobre aquel. Aunque en la misma línea, más allá de Bilbao, Marx verá hasta qué punto la aplicación intensiva del conocimiento, vía la intervención y diseño científico-tecnológicos, representa un evento nuevo, de amplísimas consecuencias, en la dinámica de la vida social:

La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles... Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fijo revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social mismas han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo (Marx, 2007: 229-230).

Estas primeras tensiones al que hemos llamado pensar domesticado, si bien tuvieron en su momento una recepción, difusión e influencias muy limitadas —ya sea por las resistencias del establishment, por lo reducido de los círculos ilustrados y/o por las dificultades materiales para la circulación de ideas— señalan un antes y un después en la disputa por llenar de contenido la distinción entre trabajadores manuales e intelectuales. De hecho, al plantear públicamente sus vicios y volver su transformación en parte de un programa de cambio social, inician la disputa.

Si bien la magnitud de las dificultades señaladas privó a este debate de un reconocimiento e impacto más rápido, el cuestionamiento que introduce al orden social vigente en su época funcionó como una semilla en la conciencia de los sujetos, a uno y otro lado de la distinción. Por primera vez se ponían en duda las certezas que hablan sobre las diferencias divinas y/o naturales que separan a unos y otros trabajadores, iniciándose el declive de la idea del intelectual como oráculo del pueblo y el ascenso de la idea del intelectual como maestro del pueblo.

Estas ideas comenzaron a ser públicamente atacadas, algunas décadas después, por muchos pensadores conservadores. Un ejemplo de ello ocurrió en la Tercera República Francesa, a propósito del llamado caso Dreyfus, en 1894.2 Mientras pensadores como Émile Zola, con su conocido Yo Acuso (1898), defendieron ardorosamente al capitán judío —personificando la idea del trabajador intelectual al servicio de la sociedad, señalando la injusticia y trabajando por la emancipación social vía educación— otros, como Maurice Berrés, lo denostaron a él y a sus defensores. Fue entre aquellos en donde se dice se acuño el término "intelectuales" (Bobbio, 1997; Zaid, 2004; Bauman, 2010), en este caso usado peyorativamente para referirse a los pensadores liberales, a quienes consideraban alejados de "la realidad" y de valores supremos como "la patria" y "la autoridad".

En parte como una respuesta defensiva ante el avance arrollador del positivismo más fundamentalista, en parte reaccionando al éxito de la "tesis de las dos culturas"3 y sumándose a sus filas, Max Weber tomó el relevo en la discusión aportando nuevos argumentos que, desde entonces, convencen a muchos.

En dos conferencias pronunciadas recién acabada la I Guerra Mundial, ante estudiantes de la Universidad de Münich, Weber expuso una visión sobre la, según él, necesaria separación entre las cuestiones intelectuales, éticas y políticas en el quehacer científico, cuestión que zanja el debate acerca del sentido y la tarea de los trabajadores intelectuales especializados poniendo a éstas (y a aquellos) por fuera del ámbito de la política (de no ser funcionario y/o especialista) y, desde ahí, sin una relación objetivada mediante valores entre sujetos y objetos de conocimiento (Weber, 2000). Fundada sobre su conocida noción de "neutralidad valorativa", sostendrá en 1919 que la ciencia, y por defecto los intelectuales que la llevan a cabo, deben llevar adelante un trabajo que se desarrolle ajeno a valoraciones de cualquier tipo:

una cosa es establecer hechos, definir relaciones matemáticas o lógicas o la estructura interna de fenómenos culturales; y otra cosa es responder cuestiones sobre el valor de la cultura y de sus contenidos concretos, y sobre cuál debe ser el comportamiento del hombre en la comunidad cultural y en las asociaciones políticas. Y si se pregunta por qué no se deben tratar estos problemas en el aula hay qué responder que por la razón de que la cátedra académica no es lugar para demagogos o profetas (Weber, 2000: 139).

Lejanos geográfica e ideológicamente del esfuerzo weberiano por dotar al trabajo intelectual científico de una coherencia fundada en la inanición ética y el silencio amoral, en la misma época y al otro lado del atlántico, los estudiantes universitarios —trabajadores intelectuales por definición— intentaron avanzar en la dirección contraria, llevando adelante la conocida "Reforma Universitaria de 1918", surgida en Argentina y rápidamente extendida por la región. Como se lee en la declaración de la "Primera Convención de Estudiantes" de Chile en 1920, a propósito de la neutralidad del conocimiento y su lugar en la sociedad:

La Federación reconoce la constante renovación de todos los valores humanos. De acuerdo con este hecho, considera que la solución del problema social nunca podrá ser definitiva y que las soluciones transitorias a que se puede aspirar suponen una permanente crítica de las organizaciones sociales existentes. Esta crítica debe ejercerse sobre el régimen económico, y la vida moral e intelectual de la sociedad (Cuneo, 1978: 33-34).

A miles de kilómetros de distancia, aunque por la misma época, surgieron más voces que se opusieron al mantenimiento y profundización de las diferencias sociales a propósito de la condición (o no) de trabajador intelectual. Hacia fines de la segunda década del siglo XX, destacó entre ellas la de Antonio Gramsci. De tal suerte, "todos los hombres son intelectuales, pero no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales" (Gramsci, 1967: 26) dirá casi al inicio de su obra más conocida sobre el tema, "La formación de los intelectuales" (1931), tomado distancia de la visión esencialista y abonando a una más comprensiva.

Ahora, si bien su contribución más conocida a estos debates es aquel señalamiento clave en cuanto a la distinción entre intelectuales tradicionales e intelectuales orgánicos —mismo que permite el análisis del lugar de los intelectuales en la construcción de hegemonía— quizá lo más valioso de la consideración gramsciana a este respecto pase por la nueva visión general que sobre estas cuestiones propone el pensador italiano.

Este foco analítico, que evita el error metodológico de haber buscado "lo diferencial en lo intrínseco de la labor intelectual" en vez de "situarla en el conjunto del sistema de relaciones en el que ellos vienen a unirse al complejo general de las relaciones sociales" (Gramsci, 1967: 25), le permite ver aquello ignorado (o no declarado4) por Weber: los intelectuales no tienen razón de ser ni posibilidad de operar en una forma socialmente eficiente si se ubican por fuera de la trama de valores morales y relaciones políticas que articulan a los grupos y las sociedades en un momento histórico determinado. Su función social es, precisamente, proveer "homogeneidad no sólo en el campo económico, sino también en el social y en el político" (Gramsci, 1967: 21).

Se ve así como esa misma trama de relaciones en la cual el intelectual está inscrito, al modificarse, hace lo propio con los tipos de intelectuales que genera y demanda. De acuerdo a esto, cobra sentido pensar que la trama social creada por el capitalismo del s. XX se vio en la necesidad de formar sus propios cuadros intelectuales. Dirá en Algunos temas sobre la cuestión meridional:

En todos los países el estrato de los intelectuales ha quedado radicalmente modificado por el desarrollo del capitalismo. El viejo tipo de intelectual era el elemento organizativo de una sociedad de base campesina y artesana predominantemente; para organizar el estado, para organizar el comercio, la clase dominante cultivaba un determinado tipo de intelectual. La industria ha introducido un nuevo tipo de intelectual: el organizador técnico, el especialista de la ciencia aplicada (Gramsci, 1981: 318-319).

Se discute y tensiona así buena parte del argumento sobre la necesidad de la "neutralidad valorativa" como condición del trabajo intelectual, apareciendo a la vez la trama de intereses que a través de ella pretenden justificarse.5 En esta clave de lectura comienza a fracturarse la idea del intelectual como maestro del pueblo, ofreciéndose en el relato gramsciano una visión del intelectual más como un eventual vocero y conductor del pueblo.

Ahora, esta época llegó abruptamente a su fin con el advenimiento de una nueva guerra fraticida de alcances mundiales, moldeándose un escenario nuevo donde se desarrollaron los debates y prácticas en torno al trabajo intelectual.

 

PULSOS DE UN PENSAR EMANCIPADO

La reconfiguración del orden mundial que siguió al fin de la ii Guerra mundial difícilmente puede exagerarse. La contienda no sólo representó la muerte para más de 50 millones de personas, o el exilio o el cambio de nacionalidad para otros tantos. En los hechos, fue una conflagración que permitió a su vencedor principal, los Estados Unidos, erigirse, al menos por un tiempo, como la máxima potencia económica y militar del mundo. Esta situación tuvo las más amplias consecuencias en lo que hace a la vida social en general y a nuestra pregunta por el devenir del trabajo intelectual en América Latina en particular.

De la supremacía militar y económica señalada se derivó también una suerte de hegemonía cultural respecto de ubicar a su sociedad como ejemplo de "la mejor cultura posible" ante el resto de los pueblos occidentales y su esfera de influencia. La victoria militar en nombre de consignas como "libertad" y "democracia", aparejadas a una imagen de tolerancia y respeto en la diversidad (promovida principalmente desde el hecho de su composición multirracial, algo muy diferente y que no necesariamente implica dichas actitudes), logró convencer a muchos sobre la idea que Estados Unidos efectivamente era "el" modelo social y cultural a seguir de ahí en más.

Desde este "lugar" de alta eficacia simbólica en términos propagandísticos, no resultó extraño que las dirigencias de ese país aprovecharan las "ventajas" que les representó en aquel momento ser la única nación de gran tamaño con las capacidades materiales y una pretensión hegemónica suficientes para intentar proyectar al resto del mundo su modelo de sociedad. Y como hemos visto con claridad quienes nacimos en la segunda mitad del siglo pasado, así fue.

Esta proyección cultural significó, entre otras cosas y en lo que a nuestro interés aquí se refiere, profundos cambios en relación tanto al espacio de acción de los trabajadores intelectuales (universidades, gobiernos, instituciones, organizaciones civiles, etc.) como a la manera misma de concebir su existencia, cualidad y función social. Aún cuando, como hemos visto, los espacios de operación social de los trabajadores intelectuales son variados, al día de hoy la universidad y su esfera de influencia sigue siendo su terreno privilegiado, ya que ésta provee el espacio educativo donde se crea, mediante la instrucción profesional, la intelligentsia social, a la vez que constituye el lugar donde trabajan y más fuertemente se articula el subgrupo más destacado de ella, sus intelectuales. Así, la vertiginosa expansión del sistema universitario (Wallerstein, 1996), en particular del modelo universitario norteamericano —que, en una original síntesis de lo que habían sido algunos de los modelos europeos clásicos de universidad, opera subordinándose a la clase política, segmentando la indagación por temas o "áreas" y coordinando las tareas de docencia e investigación aplicada— significó la mayor ampliación conocida hasta ese momento del espacio de reproducción e irradiación sociales de los trabajadores intelectuales.

En este mismo ámbito, la expansión del gasto en investigación (Wallerstein, 1996), siempre de acuerdo a la agenda definida por los "cooperantes" de los gobiernos occidentales o sus instituciones, representó también —por la significativa inyección de recursos que implicó— un fuerte impulso para la educación, desarrollo y actuación de nuevas y más amplias generaciones de trabajadores intelectuales. Aunque acotados por las desiguales —pero en general bajas— tasas de cobertura universitaria mundial, estos cambios tuvieron un efecto importante en ampliar y dinamizar el frágil proceso de ascenso social de muchos de ellos.

Ahora, menos en relación con los medios y más en relación con los fines, durante este período se operan importantes cambios en la manera de concebir el trabajo intelectual, sus agentes y su misión. El nacimiento, expansión y triunfo del neoliberalismo como filosofía política y económica rectora de la sociedad contemporánea —que simbólicamente puede ubicarse entre 1944 y 1974, entre la publicación de Camino de Servidumbre y la entrega a su autor (F. Hayek) del premio Nobel de Economía— representó para la concepción y práctica del trabajo intelectual, al igual que para la mayor parte de la humanidad y sus actividades, un cambio a escala global. La consagración de la idea del mantenimiento y promoción de la desigualdad como valor y guía de la acción social, exactamente a contracorriente de los que se pensaba hacia fines de la guerra y de todo aquel Estado de Bienestar que se tiene por bueno para satisfacer las necesidades de una mayoría de la humanidad, tuvo las más amplias y perniciosas consecuencias.

En lo que hace a nuestra reflexión, por un lado, este proceso vino a consagrar que fuera el mercado —guiado por el afán de lucro y la generación de bienes privados— y ya no el estado —en teoría orientado hacia el bienestar social y la generación de bienes públicos— el principal "demandante" de los "servicios" de la intelligentsia y sus intelectuales, ya fuera como funcionarios o como especialistas en los diversos campos de la actividad económica. Por otro lado —en línea con el esclarecimiento estadounidense en cuanto a la idea que la guerra puede resultar en un significativo factor dinamizador de la actividad económica—, este período es también el inicio de un camino en el cual el ejercicio bélico se volverá cada vez más importante en cuanto a requerir de la acción de estos trabajadores, ya sea como sus justificadores y/o sus técnicos en terreno. Como se sabe, por estas épocas las potencias occidentales, recogiendo las lecciones de las derrotas en Corea y Argelia, comienzan a hacer uso sistemático e intensivo del conocimiento proveniente de las ciencias sociales en el campo de batalla, buscando someter no sólo el cuerpo sino también la subjetividad del enemigo (Ernst, 2010).

Este período fue una época fértil para la expansión y afianzamiento del modelo weberiano del "intelectual neutral", postura epistémico-política que parece avenirse muy bien con un cierto liberalismo (Wallerstein, 2001: 4) en donde no se desea la participación de outsiders intelectuales que eventualmente hagan una intervención ajena a los cálculos de los intereses contingentes de las distintas fuerzas en pugna, poniendo en riesgo los equilibrios alcanzados en el juego de las negociaciones y las decisiones políticas.

Ante esta escena, como muchas veces sucede en estos casos, no faltaron los intelectuales en el propio mundo desarrollado, más allá de nuestras fronteras, que alzaron su voz para denunciar la situación.6 Desgraciadamente, como ya sabemos, y por más "cerca del poder" que se encuentren, nunca el hecho que algunos intelectuales alcen sus voces ha sido suficiente para modificar la voluntad y el accionar de una élite con vocación imperial. Este caso no fue la excepción.

Las consecuencias de todo este movimiento histórico-social para nuestra región, desde antiguo susceptible a los avatares de las naciones centrales, difícilmente se pueden exagerar.

Las sociedades latinoamericanas, desde distintos lugares, se encontraban ante una situación de crisis de su modelo primario-exportador de estado centralizado y enfrentando la urgencia de producir nuevas respuestas para hacerle frente. El aumento de la riqueza absoluta de las naciones, producto de la implementación de la Industrialización por sustitución de importaciones (ISI) (French-Davis, et. al, 1997: 83), así como aquel de la gente ilustrada con conciencia de su derecho a una parte de ella, ocurridos ambos en un escenario general mantenimiento de la desigualdad y concentración, convergieron en presionar hacia un retroceso de la hegemonía de los sectores conservadores tradicionales que eran los principales beneficiarios del modelo. Aunque desigualmente en su curso y grado de éxito, en virtud de sus distintas escalas y realidades concretas, en la mayor parte de la región ocurrió, por ello, un incremento de las tensiones sociales y de las luchas reivindicativas que en ese escenario se agudizan. Ejemplos paradigmáticos de ello son la exitosa Revolución cubana (1959)7 y la fracasada Vía chilena al socialismo (1970).

Las élites locales, en distintos reflejos de autopreservación, ensayaron durante este período tanto políticas de apertura, con la elección de gobiernos de tendencia progresista y la implementación de algunos programas de reformas; como otras de cierre, con el surgimiento de gobiernos autoritarios y la persecución cada vez más abierta de la disidencia y la oposición. Desde la creación de la Alianza para el Progreso (ALPRO) en 1961 (Rodríguez, 1987: 479) hasta la invención de la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) (Comblin, 1979: 23) a inicios de los '70s, fueron las respuestas con las cuales la potencia hegemónica regional ayudó a sus "socios" locales.

Dentro de este escenario de lucha y represión, eso sí, aún hubo pulsos de resistencia y elaboración conceptual por parte de las masas ilustradas latinoamericanas, actos que abonaron en la dirección de recuperar los espacios y los derechos perdidos, siendo muchas y muchos los que se entregaron a estas tareas. A la par que crecía el número de estudiantes y profesionales también seguían activos muchos de sus intelectuales; mientras más personas se educaban, creando y demandando más y mejores empleos, otros miembros de la intelligentsia prosiguieron reflexionado críticamente e intentando influir en el decurso de sus sociedades. Del trabajo de éstos en esas épocas buenos ejemplos son la llamada Filosofía de la liberación y la Teoría de la dependencia.8

No obstante esto, desde mediados de los '70s hasta fines de los '80s este esfuerzo fue emprendido en las condiciones más difíciles. La mayor parte de las energías de los trabajadores intelectuales no adictos o adaptados a los respectivos regímenes autoritarios se consumían en la sobrevivencia y el apoyo más o menos explícito al resto de la población organizada —trabajadores manuales, proletarios urbanos, campesinos y otros marginalizados— que luchaba por la transformación de las condiciones represivas en las cuales vivían; y no pocos pagaron con su vida este compromiso intelectual y social bajo las dictaduras latinoamericanas.

Entre el fin de los '80s y principios de los '90s, con la caída del bloque soviético y la autoproclamación de los Estados Unidos como la única "superpotencia", se allanó el camino para una relectura de la realidad social como irremisiblemente orientada por los valores y prácticas del modelo triunfante, o sea aquellos del individualismo capitalista, marcando una nueva etapa en la cual ni el estado ni la universidad serán los principales referentes orientadores de la acción social de los trabajadores intelectuales: aquel lugar sería ahora ocupado por el mercado, fue el lacónico y perverso nuevo mensaje.

Llegada la década de los '90s, ya habiéndose iniciado los procesos de transición a la democracia en la mayor parte de la región, y cuando la hegemonía del neoliberalismo parecía completa, llegaron desde el sureste mexicano unas voces que llamaron a todos a pensar que "otro mundo es posible". Nos referimos, por supuesto, a la aparición pública, hacia fines de 1993, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El mensaje (neo)zapatista a la sociedad mexicana fue tan claro como la profundidad de su explotación:

se nos ha negado la preparación más elemental para así poder utilizarnos como carne de cañón y saquear las riquezas de nuestra patria sin importarles que estemos muriendo de hambre y enfermedades curables, sin importarles que no tengamos nada, [...] ni un techo digno, ni tierra, ni trabajo, ni salud, ni alimentación, ni educación, sin tener derecho a elegir libre y democráticamente a nuestras autoridades, sin independencia de los extranjeros, sin paz ni justicia para nosotros y nuestros hijos (CG-EZLN, 1993: 1).

Aunque suele catalogarse como un fenómeno netamente político, al considerarlo en el detalle de sus demandas, es fácil percatarse de las profundas implicaciones que éste tuvo (y tiene) también en relación con en el sentido y devenir contemporáneos del trabajo intelectual en América Latina. La demanda zapatista no es sólo por reparación material y restitución de derechos, también es una que implica el reconocimiento cultural y la integración social efectiva en el seno de la sociedad mexicana. No es casualidad que "la preparación" y "la educación" aparezcan en este primer párrafo de la que fue su primera comunicación pública con la sociedad civil mexicana hace casi dos décadas.9

Un intento de transformación de esa magnitud implicó un relectura y búsqueda de caminos nuevos sobre muchísimas cosas. El lugar y sentido del conocimiento y el trabajo intelectual que se la asocia fueron discutidos desde sus cimientos en la más reciente revolución social exitosa en tierras latinoamericanas.

Se plantea una triple crítica, enunciada por el sociólogo francés Andrés Aubry Una crítica epistemológica, contra un saber sordo a la experiencia y los saberes populares; "así como el mando zapatista manda obedeciendo, o como el maestro freireano enseña aprendiendo, así el científico social de abajo investiga escuchando (u observando) y resuelve investigando" (Aubry, 2007: 116). Una crítica ética, contra el saber amoral, exento del juicio valorativo; "Si la objetividad del análisis detecta una injusticia social ¿tiene validez y legitimidad esa neutralidad?" (Aubry, 2007: 114). Y una crítica política, contra un saber jerarquizante que sólo sabe de distinciones y autoridades; "...el poder ilustrado del Estado no camina preguntando (ni ve ni oye), y por lo tanto restablece un orden absolutista, reprimiendo, porque se manda solo [...] y coopta a ciertos intelectuales con el permiso de ser, según Durito, sólo "mercaderes de las ideas con pedantería ilustrada" (Aubry, 2007: 111).

Nos encontramos ante un grupo de habitantes indígenas, en su mayoría sin ni un paso en el sistema educativo formal, quienes viven en uno de los rincones más empobrecidos y explotados de nuestra Latinoamérica y que, a la vez, luego de organizarse y proclamar el conocido ¡ya basta!, han ejercido (y ejercen) la plenitud de la función intelectual y dirigencial en sus comunidades y territorios. Nunca la posición y función social de la intelligentsia en general y de los intelectuales en particular, desde fines del s. XIX, estuvo en entredicho de una manera más simple, radical y evidente.

Ha sido una década y media de encuentros y desencuentros entre los neozapatistas mexicanos y las masas ilustradas de México y el mundo. Las inercias de décadas, cuando no siglos, de distinciones y privilegios han vuelto extremadamente lento y difícil el proceso de sensibilización y cambio en las capas ilustradas de la región y el mundo. Ya lo decía el maestro del MIT a propósito de sus colegas, y discutiendo el texto de Daniel Bell, El fin de la ideología (1960): "[Bell] No relaciona su observación de que los intelectuales han perdido interés en "transformar toda una manera de vivir" con el hecho de que desempeñan un papel cada vez más prominente en dirigir el Estado de Bienestar" (Chomsky, 1969: 66). Cuatro décadas después, y a una escala diferente, bien puede hablarse de un efecto "de mercado" similar en la América Latina de las últimas décadas. Sabemos que aquellos intelectuales que no encuentran sitio en la burocracia estatal, bien pueden hacerlo en partidos políticos, empresas y universidades privadas. Los más sensibles al cambio parecen ser los de ese resto de la intelligentsia que, ilustrada, permanece en el subempleo y la marginación.

 

CIERRE PROVISIONAL

La verdad sobre los intelectuales, y la intelligentsia de la que forman parte, es algo que ha estado en juego desde el nacimiento de América Latina. La primera distinción que se instauró entre conquistadores y conquistados, luego de su diversa cuna, fue aquella entre trabajadores manuales e intelectuales.

Hacia fines de la primera mitad del siglo XIX ya se puede hablar con propiedad de la estabilización de los límites de las unidades territoriales y de los procesos de constitución de las unidades políticas correspondientes, período que —según la historiografía latinoamericana— desembocan en la conformación de los llamados Estados Nacionales. Las guerras de independencia habían concluido alrededor de la segunda década del siglo y en ambos extremos de América Latina parecía que había llegado el momento de las grandes transformaciones que vaticinaba el ideario liberal a la base de las campañas emancipadoras.10 Desde los albores de estas naciones independientes el progreso de la educación y la ciencia aparecían, al menos discursivamente, como una de las vigas maestras en el plan estratégico de desarrollo a largo plazo, estando explicitado en la mayoría de las constituciones políticas que se dieron a sí mismas por aquella época. Incluso, se habla de una relación de abierta complicidad y apoyo de una parte sustantiva de las respectivas comunidades científicas para con los esfuerzos independentistas.11

Entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX se asienta una transformación fundamental en la manera como las élites conciben y operacionalizan el orden social del cual son protagonistas y principales beneficiarías. Si bien la guerra entre estados o la violencia sectaria al interior de las sociedades aún son las herramientas que dirimen los conflictos entre los actores, a la vez, se fue instalado entre los grupos dominantes, en convergencia con los intereses del positivismo y el capitalismo, la idea que mediante la intervención técnico-científica sobre los grupos humanos —modelando la subjetividad y el cuerpo de los disidentes, más allá de su puro y simple exterminio— se materializaría de manera más eficiente la transformación, mantenimiento y desarrollo de la sociedad en la dirección deseada.12 Las clases ilustradas, una vez más, fueron llamadas a ser el cerebro de la transformación social ideada y anhelada por las clases dominantes locales.

Ya en la segunda mitad del siglo XX, experimentando las consecuencias del reacomodo global de fuerzas tras la guerra y en presencia de la segunda más importante transformación demográfica en la historia de la región,13 como lo es aquella producto del aumento acelerado de la población y la migración de los campos a las ciudades, la intelligentsia latinoamericana —también en proceso de crecimiento y expansión— fue otra vez llamada a jugar un papel en el aparentemente nuevo proyecto de desarrollo abrigado por las élites. Esta vez, la "invitación" fue a ser el motor del progreso social integrando los ejércitos de profesionales y burócratas que sacarían a la nación del subdesarrollo. Pero esta invitación fue subordinada a un proyecto de transformación más amplio, cuyo objeto fue ni más ni menos que refundar la sociedad, teniendo al individualismo y la desigualdad por virtudes. Ya sabemos del éxito de esto en beneficio de menos de 1% de la población del planeta.

El giro propiciado en estas cuestiones por la aparición pública del neozapatismo en nuestra región ha resultado fundamental. La relectura que a propósito de ella y otras rebeldías se ha hecho en estos años sobre el sentido y límites del trabajo intelectual tiene importantes consecuencias para la teoría y la práctica que de él se hacen.

En primer lugar, ha quedado en evidencia que la sustantivación del trabajo cognitivo —es decir, la personificación del trabajo intelectual en un tipo específico dentro del espectro de los trabajadores que lo realiza— no es propia del trabajo intelectual en sí mismo, ni es un devenir natural o inevitable de éste. Antes bien, es una construcción ideológica que busca volver permanente en la estructura social la distinción operada por la separación entre trabajo manual e intelectual. El nacimiento del "Intelectual" como actor social obedece a la creciente necesidad de las élites, a partir de un determinado momento de su historia reciente, por construir hegemonía con herramientas más allá de la sola espada y los cañones.

Luego, el reduccionismo e imprecisión de tal sustantivación se puso en evidencia desde la mentada revolución. La función intelectual puede cumplirla cualquier trabajador al ocupar la tribuna pública, al intentar operar, desde ahí, sobre la realidad concreta en que está. Ya lo decía el profesor turinés, "un operario que también desarrolla un trabajo de propaganda sindical o política puede ser considerado un intelectual"14 (Bobbio, 1997: 114).

Esta desacralización de la posición intelectual, así como su consecuente repolitización, están empujando la transformación social en América Latina en la dirección que cada vez más personas dentro de la creciente intelligentsia —e incluso muchas fuera de ella— han perdido el temor y han comenzado a ejercer, en su lugar y circunstancias, plenamente la función intelectual. La autonomía e independencia de políticos e intelectuales profesionales que han mostrado los movimientos sociales recientes en la región parece ser una muestra muy concreta de ello. Toda esta escena, creemos, ofrece grandes desafíos y tareas, tanto para los trabajadores intelectuales como para el resto de la sociedad.

Un desafío es la tarea de proseguir el trabajo deconstructivo de la identidad y función intelectual que se ha realizado desde diversos sectores de la sociedad. Por ejemplo, como se intentó en estas "Notas...", ejercitando replantear la categoría buscando huellas de su devenir en algunos momentos de la historia reciente para, desde ahí, considerarla en cuanto a sus sentido y límites. Como recomendó el desaparecido profesor francés "insertar al sujeto de la ciencia en la historia y en la sociedad no es condenarse al relativismo, sino plantear las condiciones de un conocimiento crítico de los límites del conocimiento, que es la condición necesaria para un conocimiento verdadero" (Bourdieu, 1990: 112).

Una tarea, sin duda, tiene que ver con el mejoramiento de las condiciones de la educación pública latinoamericana. Avanzar en la extensión y calidad de los tres niveles educativos (primario, secundario y universitario) en los que se forma la intelligentsia social; hacerle frente a los procesos de mercantilización de la educación y pauperización de los estudiantes; revalorar el "conocimiento popular", construido en el campo, la calle y el barrio, como fuente de proyecto ético y saber técnico plenamente útiles y legítimos.

Así como cayó el "socialismo real", ha comenzando también a caer el "liberalismo real" y una cierta imagen de su saber y agentes. Como ha señalado Hayek (2007: 79), padre del neoliberalismo, "La historia intelectual de los últimos sesenta u ochenta años es ciertamente ilustración perfecta de una verdad: que en la evolución social nada es inevitable, a no ser que resulte así por así creerlo". Un poder ilustrado al servicio de la dominación —o sea domesticado— no es inevitable; uno emancipado, tampoco. Nuestro trabajo será el que haga toda la diferencia.

 

FUENTES CONSULTADAS

Aubry, A. (2007), "Los intelectuales y el poder", en Contrahistorias, núm. 8, marzo-agosto, México: Morelia, pp. 111-116.         [ Links ]

Bauman, Z. (2010), Legisladores e intérpretes. Sobre modernidade, pós modernidade e intelectuais, Rio de Janeiro: Zahar.         [ Links ]

Bartolomé, M. (1996), Pluralismo cultural y redefinición del estado en México, Brasilia: Universidad de Brasilia.         [ Links ]

Bilbao, F. (1844), "Sociabilidad chilena", en El Crepúsculo. Periódico literario y científico, núm. 2, Tomo II. Santiago de Chile: Sociedad Literaria de Chile.         [ Links ]

Bilbao, F. (1864), El Evangelio Americano, Buenos Aires: Impresora de la Sociedad de Tipográfos Bonaerense.         [ Links ]

Bobbio, N. (1997), Os intelectuais e o poder. Dúvidas e opções dos homens de cultura na sociedade contemporânea, San Pablo: UNESP.         [ Links ]

Bourdieu, P. (1990), "Como liberar a los intelectuales libres", entrevista de Didier Eribon, en Sociología y Cultura, México: Grijalbo.         [ Links ]

Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (CG-EZLN) (1993), Declaración de la Selva Lacandona, disponible en http://palabra.ezln.org.mx/, consultado el 24 de febrero de 2012.         [ Links ]

Comblin (1979), "La doctrina de la seguridad nacional", en Dos Ensayos sobre Seguridad Nacional, Santiago de Chile: Editorial de la Vicaría de la Solidaridad.         [ Links ]

Cúneo, D. (comp.) (1978), La Reforma Universitaria (1918-1930). Documentos y comentarios, Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho.         [ Links ]

Chomsky, N. (1969), La responsabilidad de los intelectuales, Buenos Aires: Galerna.         [ Links ]

Ernst, R. (2010), "Psicología Política: algunas notas introductorias", en VV AA. (Pre)Textos para el análisis político. Disciplinas, reglas y procesos, México: FLACSO, pp. 71-91.         [ Links ]

French-Davis, R., Muñoz, O. y Palma, J.G. (1997), "Las economías latinoamericanas 1950-1990", en Leslie Bethell (ed.), Historia de América Latina, Volumen 11. Economía y sociedad desde 1930, Barcelona: Crítica, pp. 83-164.         [ Links ]

Gramsci, A. (1967), La formación de los intelectuales, México: Grijalbo.         [ Links ]

---------- (1981), Escritos políticos (1917-1933), México: Siglo XXI.         [ Links ]

Hayek, F. (2007), Camino de Servidumbre, Madrid: Alianza.         [ Links ]

Marx, K. (1980), "Tesis sobre Feuerbach (1845)", en Obras Escogidas, vol. I, Moscú: Progreso.         [ Links ]

---------- (2007), Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. 1857-1858, vol. II, México: Siglo XXI.         [ Links ]

Marx, K. y Engels, F. (1980), "Feurbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista. 1845-1846", en Obras Escogidas, vol. I. Moscú: Progreso.         [ Links ]

Rodríguez, O. (coord.) (1987), Cronología. Latinoamérica y el mundo. 900 a.C. - 1985 d.C., Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho.         [ Links ]

Saldaña, J. (1996), "Ciencia y libertad: la ciencia y la tecnología como política de los nuevos estados americanos", en Saldaña, J. (coord.), Historia social de las ciencias en América Latina, México: Coordinación de Humanidades / Coordinación de Investigación Científica de la UNAM/Porrúa.         [ Links ]

Wallerstein, I. (coord.) (1996), Abrir las ciencias sociales. Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales, México: Siglo XXI.         [ Links ]

---------- (2001), "Los intelectuales en una época de transición", en Coloquio Internacional Economía, Modernidad y Ciencias Sociales, Guatemala, disponible en: http://www2.binghamton.edu/fbc/archive/iwguat-sp.htm, consultado el 4 de febrero de 2012.         [ Links ]

Weber, M. (1970), Ensayos sobre metodología sociológica, Buenos Aires: Amorrortu.         [ Links ]

---------- (2000), Política y ciencia, Buenos Aires: El Aleph.         [ Links ]

Zaid, G. (2004), "Los intelectuales", en Antología general, México: Océano, disponible en: http://www.lainsignia.org/2004/septiembre/cul_033.htm, consultado el 12 de febrero de 2010.         [ Links ]

 

NOTAS

1 La polémica sobre el contenido y uso específico de estos términos es larga, como atestigua un antiguo trabajo de Trotski al respecto (1910). Si bien la discusión sigue adelante y se sostienen matices y diferencias, la literatura aquí revisada al respecto suele convenir, por distintas razones, en cuanto al valor heurístico de sostener esta distinción al interior del segmento social de los trabajadores intelectuales.

2 El capitán del Ejército, Alfred Dreyfus, enfrentó un juicio por espionaje y fue encontrado culpable. Tiempo después se aclaró su inocencia y se estableció la profunda motivación racista y xenófoba de la acusación.

3 Según Wallerstein, tesis que sostiene "la idea de que el saber científico de un lado, y el saber filosófico/humanístico del otro, son radicalmente diferentes, y que son modos intelectualmente opuestos de saber el mundo" (Wallerstein, 2001: 1).

4 Considerando su papel como Consultor de la Comisión del Armisticio Alemán para el Tratado de Versalles y la participación que le cupo en la redacción del borrador de la Constitución de Weimar, no puede sostenerse su ignorancia con respecto al papel de los intelectuales en las coyunturas políticas que su tiempo vital les depara enfrentar.

5 No tenemos dudas acerca de su utilidad como principio ordenador, sobre todo en los momentos de la realización y la conclusión del trabajo científico; sin embargo, a la vez, no creemos que ocurra lo mismo en aquellos momentos de la aproximación y operación en la realidad, o sea sobre su pregunta inicial y aplicación, más si lo que se quiere es no sólo entenderla sino transformarla.

6 "La responsabilidad de los intelectuales consiste en decir la verdad y revelar el engaño" (Chomsky, 1969: 22), decía, por ejemplo, el creador de la gramática generativa, ante el dantesco espectáculo que representó la guerra de Vietnam.

7 En teoría, la sociedad comunista a la que se aspira en el régimen cubano resuelve el problema de la distinción entre trabajo manual e intelectual: el fin de la explotación del hombre por el hombre, el uso cada vez más intensivo de máquinas y la educación cada vez más amplia de la población harían que poco a poco la distinción perdiera su sentido, hasta desaparecer. Ahora, como en cualquier formación social humana, sabemos de la distancia, a veces mayor, a veces menor, entre las ideas propuestas y los sistemas sociales realmente existentes. A falta de espacio nueva relevante, dejaremos para otra ocasión la interesantísima discusión que el caso cubano a este respecto suscita.

8 Las referencias sobre ambos cuerpos de pensamiento latinoamericano original son amplísimas. Sólo a modo de orientación, para una primera aproximación al primero ver Beorlegui, C. (2004) Historia del pensamiento filosófico latinoamericano. Bilbao: Deusto, especialmente el cap. 10, "La generación de los setentas. Las filosofías de la liberación", pp. 661-802; para hacer lo propio en relación al segundo ver Rodríguez, O. (1983) La teoría del subdesarrollo de la CEPAL. México: Siglo XXI, especialmente el cap. 1, "La concepción del sistema centro-periferia", pp. 24-40.

9 La revolución indígena iniciada el 1° de enero de 1994 remeció a la región y al mundo. Marcada por la simpleza, radicalidad y justicia de sus acciones y demandas, conformó una escena en la cual por primera vez en suelo americano un grupo amplio y organizado de personas intentaba (y conseguía) construir comunidad y darse a sí mismas gobierno negando los principios de propiedad privada y representación política sobre los cuales se edifica la sociedad capitalista.

10 A lo largo de América Latina comienza a resquebrajarse el dominio que los conservadores habían ejercido desde los tiempos de la independencia. Ejemplos de ello son la caída de Rosas en Argentina (1852), de Santa Ana en México (1855) y de los seguidores de Manuel Montt y Antonio Varas" en Chile (1859).

11 "Los científicos, probablemente por el contacto que habían mantenido desde décadas atrás con el pensamiento moderno y por el conocimiento que habían alcanzado de la realidad americana a causa de sus estudios, fueron sensibles desde el primer momento a los ideales de libertad que movían a los insurrectos y apoyaron su causa" (Saldaña, 1996: 286).

12 Este sendero fue transitado por cierta intelectualidad y clase política europea desde la primera mitad del siglo XIX. Ya fuera desde "la filosofía positiva" de Auguste Comte (1798-1857) o luego el "darwinismo social" de Herbert Spencer (1820-1903), durante estos cien años en Europa nació, se desarrolló y declinó aquella corriente de pensamiento que designamos comúnmente bajo rótulo de "positivismo". El resultado, a la larga y en función de sus promesas de "Orden y Progreso", fue un impulso decisivo para el nacimiento y posterior institucionalización de disciplinas avocadas específicamente al entendimiento y control de lo social, tales como la sociología, la psicología y la criminología.

13 Luego del genocidio realizado por las potencias ocupantes entre los siglos XV y XVII que, como se sabe, entre guerras, enfermedades y trabajos forzados significó la muerte para cerca de 90% de la población originaria de América. Para detalles ver, por ejemplo para el caso de México, Bartolomé (1996).

14 Original en portugués. Traducción nuestra.

 

INFORMACIÓN SOBRE EL AUTOR:

Ricardo Ernst Montenegro. Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Sede Académica de México. Licenciado en Psicología por la Universidad de Santiago de Chile (USACH). Profesor Adjunto I e Investigador Postdoctorando en la Facultad de Humanidades de la USACH. Sus líneas de investigación y publicaciones principales versan sobre: cruces teóricos y prácticos en psicología y política e historia de las ideas científicas y políticas en América Latina.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons