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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.8 no.17 México sep./dic. 2011

 

Entrevista

 

"Desde la experiencia". Entrevista a Ochy Curiel

 

Mónica Cejas*

 

* Coordinadora de la Especialización y Maestría en Estudios de la Mujer, Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)-Xochimilco. Co-coordinadora del dossier de la presente entrega de Andamios.

 

Rosa Ynés (Ochy) Curiel Pichardo es Coordinadora de Postgrado de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia y docente de la misma universidad. Es una de las fundadoras del Grupo Latinoamericano de Estudio, Formación y Acción Feminista (GLEFAS) e integrante del Grupo Interdisciplinario de Estudios de Género (GIEG) de la Universidad Nacional de Colombia. Es activista del movimiento lésbico-feminista latinoamericano y caribeño e iniciadora del movimiento antirracista de mujeres afro de la región. Ha realizado investigaciones sobre el régimen heterosexual de la nación (Universidad Nacional de Colombia, 2011) y las estrategias políticas frente al racismo y el sexismo de tres grupos de mujeres negras en Brasil, Honduras y República Dominicana (Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM)-Centro de Estudios y Programas Interamericanos, 2005).

 

—Para empezar desde lo personal, ¿cómo fue tu encuentro con la teoría postcolonial y con el feminismo?

—Pues yo siempre he dicho que, de hecho, un proceso de descolonización significa reconocer las teorías que salen de las prácticas políticas. Y quiero empezar planteando este primer elemento que me parece muy importante, como un centro que cuestiona la relación saber-poder. La mayoría de los conocimientos a los que hemos tenido acceso fundamentalmente en el feminismo a partir de nuestras primera y segunda ola tuvieron como referencia las teorías europeas, y posteriormente, norteamericanas. Sin embargo, desde las prácticas políticas también se han producido muchísimos conocimientos, sobre todo en nuestro contexto de América latina y el Caribe, que luego se convierten también en teorías y esto tiene mucho que ver precisamente con la teoría postcolonial y la teoría descolonial y quiero hacer una diferencia entre las dos.

Mi historia en el feminismo comienza fundamentalmente en lo que era el Movimiento Amplio de Mujeres en República Dominicana. Te estoy hablando de finales de la década de 1980, cuando había muchos grupos que no habían entrado en la institucionalización. Cuando digo institucionalización me refiero a esta proliferación de ONG'S, de la cooperación internacional. En la mayoría de los países, los grupos de autoconciencia, los grupos, colectivos de reflexión, de lectura, etcétera, eran lo que existía. Ahí llego yo, digamos. Yo no llego ni a través de cooperación ni de proyectos ni de Organizaciones No Gubernamentales (ONG'S), sino más bien de una construcción política que colectivamente íbamos creando en el Movimiento de Mujeres, y ahí se va construyendo un feminismo muy colectivo entre muchas. República Dominicana es un país que está en el Caribe. El Caribe es una cosa muy compleja, ¿no?; cualquiera cree que el Caribe es una unidad, pero no es cierto. Nosotras, hispanoparlantes, hemos tenido más conexión con el resto de América latina que con el resto de el Caribe. Entonces, ese feminismo estaba muy ligado a los procesos que se estaban llevando, más que todo en los países de América latina, que era esa concientización, en un momento de mucho impacto de la educación popular. Fue muy importante para nosotras esta perspectiva en el sentido de que empezábamos a hacer talleres con las mujeres, procesos de conciencia política. Obviamente en ese momento, pensábamos en ese sujeto mujer homogéneo, todavía el tema de la raza no estaba tan presente, aunque era un país predominantemente afro. Recuerda que en América latina uno de los elementos centrales fue el feminismo popular que planteaba una relación con la izquierda. Y la clase sí estaba presente. Las mujeres nos empezamos a cuestionar ese feminismo centrado en mujeres de clase media Ese debate fue central y yo también estuve en esos debates. Luego fue lo del racismo.

Después, en República Dominicana empezamos a hacer articulación entre colectivos, grupos y, ahí sí empezaron a nacer las ONG'S. Aunque en Dominicana hubo un momento, sobre todo a finales de los ochenta, con una particularidad, y es que sí pudimos articular acciones colectivas, tanto con aquellas que eran de ONG'S como aquellas independientes; en esa época no se hablaba de autonomía, sino que éramos independientes. La lógica de la institucionalización no pasó tanto por esas acciones políticas colectivas en la década de 1980, aunque después sí. En los noventa hubo un desplazamiento de la acción colectiva por una presencia importante de las ONG'S, y ya sabemos lo que eso implicó, ¿no?; la jerarquización, la burocratización y la dependencia de los proyectos y de la cooperación internacional.

En ese momento también surgió en Dominicana una propuesta antirracista y antisexista a principios de los años noventa. En Estados Unidos había surgido el Black Feminism. Las feministas negras estaban ya en un debate sobre el tema de la articulación entre raza, clase, sexo, luego viene la sexualidad. El colectivo Combahee River, digamos, fue un grupo pionero en plantear lo que ahora se llama la interseccionalidad, pero antes, estamos hablando de 1978, ya lo habían hecho. Y nosotras en parte influenciadas por esos pensamientos, sobre todo de líderes como Angela Davis, viendo también la situación por ejemplo de las mujeres negras en el Caribe, en América latina, empezamos a construir lo que hoy se puede decir que es el Movimiento de Mujeres Afro. Entonces, ese fue un activismo central para mí. Obviamente también pasamos por todos los procesos por los que todos los movimientos sociales pasan, que primero es pensar a la mujer negra como una homogeneidad, aunque fuese un momento importante en el sentido de que la política de identidad fue un elemento central para poder cohesionarnos frente a un feminismo que no consideraba estas cuestiones. Luego ya veíamos las diferencias de clase, de capital simbólico y material, de lugar y también de perspectivas políticas.

En ese momento, principios de los noventa, participé en la organización del Primer Encuentro de Mujeres Negras de América Latina y El Caribe. Participé y fui impulsora también de lo que fue la Red de Mujeres Afro, siempre articuladas al movimiento feminista. Si hay una particularidad que se dio en Dominicana es que a pesar de que muchas estábamos en el tema del racismo y sexismo, por ejemplo, yo pertenecía a un grupo que se llamaba Casa por la Identidad de las Mujeres Afro, siempre estábamos articuladas con el resto de las feministas, teníamos una perspectiva feminista y así nos asumíamos, aunque la mayoría de las feministas no racializadas no abordaban el racismo, no visibilizaban a las mujeres afro. Entonces, yo vengo de ese proceso.

Posteriormente por esta misma época empecé a politizar mi lesbianismo cuando conocí la propuesta del lesbianismo feminista; todavía no estaba en boga lo que hoy se llama LGTB (Lésbico-Gay-Transgénero-Bisexual). Éramos lesbianas que estábamos dentro del movimiento feminista y que también estábamos dentro de ese movimiento antirracista y antisexista, y yo comencé a politizar el tema del lesbianismo político conjuntamente con otra compañera, Yuderkys Espinosa que era mi compañera en ese momento y fue clave también para ese proceso político. Empezamos a tener en Dominicana una presencia importante como lesbianas feministas visibles, porque en ese contexto ya te puedes imaginar qué difícil era asumirse públicamente como lesbiana. Si hubo una cosa que nos caracterizó siempre, fue tratar de articular las prácticas políticas con la teoría, en un primer momento compartiendo textos, haciendo círculos de estudios en colectivo y mucho más; después ya vino una relación con la academia, que luego te voy a explicar. Entonces digamos, es en torno a estas perspectivas —feminista, antirracista y lesbiana feminista— que en Dominicana se centra mi activismo, muy articulado a reflexiones teóricas.

A partir de 1996 comenzó todo el debate sobre autonomía e institucionalidad, un poco antes digamos, en el encuentro de El Salvador, que fue un Encuentro Latinoamericano y del Caribe, el número vi. Varias compañeras de México y Centroamérica, fundamentalmente articuladas a "Las Cómplices", comenzaron a colocar ya en el centro del debate el fenómeno de la institucionalización del feminismo en el contexto de Beijing y la 4a Conferencia Mundial de la Mujer organizada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Empezaron a colocar toda la crítica a la institucionalización que era no solamente hacia las ONG'S sino a la injerencia del Banco Mundial, la injerencia de la ONU, de la Ayuda Internacional al Desarrollo en el movimiento y la pérdida de principios políticos más radicales y cuestionadores del feminismo. Nosotras, en Dominicana, sin habernos conectado en un principio con estas compañeras, Yuderkys y yo fundamentalmente, ya veníamos teniendo una crisis en este sentido. Fuimos a Beijing y pensamos que era otra cosa, y allá desde Beijing fue cuando nos convertimos en autónomas, porque nos dimos cuenta cómo se tejían todas las relaciones de poder y los objetivos políticos que se perseguían con esta conferencia. Y entonces a partir de ahí, y de manera mucho más concreta en el Encuentro de Chile en 1996, ya nos definimos como autónomas, dentro de la corriente o del movimiento de la autonomía. Yo me posiciono entonces desde el feminismo antirracista, del lesbianismo feminista y del movimiento autónomo, y creo que eso no es casual. Yo siempre digo que no es casual que la mayoría de las autónomas seamos lesbianas feministas o que tengamos una posición antirracista, porque es desde estas posiciones que se puede articular un feminismo contrahegemónico y crítico.

Hasta ese momento yo ya escribía mucho, muchos artículos en torno a nuestra práctica política, articulando siempre la teoría. Cuando vivía en México me decidí a hacer una investigación sobre los aportes de varios grupos de mujeres afros a la teoría feminista, que estaban en Brasil, Honduras y República Dominicana y ahí fue que comencé a sistematizar más mi pensamiento teórico, siempre articulado al activismo.

Estas perspectivas, antirracista, lesbiana feminista y autónoma, son las que he siempre tenido desde que comencé y que han estado acompañándome en este feminismo en los países donde viví: México, Brasil, Argentina, Francia, Colombia y mucho en la articulación que he hecho con otras compañeras de muchos países, sobre todo de Latinoamérica y el Caribe.

Llegué a Colombia en 2006, y empecé a interactuar con la academia colombiana, fundamentalmente en la Universidad Nacional de Colombia, la más importante universidad pública del país, donde, a pesar de que hay de todo, se puede decir que hay muchas propuestas y expresiones de pensamiento crítico. Como espacio académico, es uno que articula mucho el pensamiento contrahegemónico tanto desde grupos estudiantiles, como de también desde la docencia y la investigación. No es casual que en estos momentos la mayoría de los grupos feministas más críticos salen de la Universidad Nacional. Entonces, por eso me interesó la Universidad Nacional. En la Escuela de Estudios de Género me ofrecieron primero docencia con dos cursos centrales que yo doy: Racismo y Patriarcado, y el otro: Teoría lésbico-feminista, que tienen mucho éxito, sobre todo el lésbico-feminista que es el primero que ofrecí, y luego me ofrecen la coordinación curricular de los postgrados en Estudios de Género (maestría y especialización), y hasta ahora estoy ahí, impulsando en la medida de lo posible un pensamiento crítico, porque yo no me trago el cuento de que en las universidades se hacen revoluciones, por más pensamiento crítico que haya, pues al final son instituciones. Se pueden hacer cosas que pueden generar pensamiento crítico y que esto puede derivar positivamente en los movimientos sociales. Esa es mi intención. Eso es para resumirte como treinta años de activismo.

 

—Me hablaste de lo postcolonial sobre todo a partir de la historia personal que tiene mucho que ver con esta posición de mujer afro en/de América latina, además de todos los cruces con la identidad sexual dentro del movimiento. Pero, concretamente, cuando llega la teoría postcolonial a América latina, trata de dialogar en torno a estos planteamientos que vienen de afuera, de otros espacios, también de la India, pero con ciertos intelectuales ubicados en centros de poder. ¿Qué pasó entonces? ¿Se dieron diálogos?; ¿la crítica feminista en América latina lo vio como un desafío o, al contrario, muchas de esas categorías de análisis en realidad dialogan perfectamente, aunque obviamente fueron pensadas en otro contexto? ¿Qué opinas al respecto? Por ejemplo, con la llegada de los planteamientos de Gayatri Spivak, ¿se dio realmente un diálogo, se pueden plantear diferencias que van más allá del contexto? ¿Cómo lo ves tú?

—Mira, cuando hablo de feminismo, hay muchos ámbitos donde éste se desarrolla y se concretiza, como por ejemplo la academia, el movimiento social, el Estado, etcétera. Hay también diferentes corrientes políticas feministas.

Entonces es en la academia, donde el concepto y la propuesta de la postcolonialidad llega, sobre todo de autoras que, aunque son muy críticas, tienen ciertos privilegios en torno al espacio desde donde producen los conocimientos y eso tiene que ver con la forma en que circula el conocimiento. Entonces sabemos que toda esta teoría post-colonial —incluyendo la descolonial—, viene de los centros académicos del norte, de migrantes que, aunque son del sur, han tenido diferentes experiencias en la academia del norte. Yo sé que, por ejemplo, muchas de ellas —Spivak, Mohanty, etcétera—, allá mismo tienen que pelearse también por el hecho de que son subalternas, por ser migrantes del Sur, pero en relación con el resto de los países del sur, y sobre todo frente a nuestra región, pues tienen privilegios, y yo creo que esto marca también el impacto que ha tenido la teoría postcolonial en el feminismo académico en América latina y el Caribe.

Ahora bien, a través del Grupo Latinoamericano de Estudio, Formación y Acción Feminista (GLEFAS), uno de los grupos al que yo pertenezco ahora, lo que estamos haciendo es recuperar todas esas propuestas feministas descolonizadoras que han existido siempre. Han existido desde las prácticas políticas aunque no han sido suficientemente teorizadas, o no las validamos como tales porque siempre se han visto como testimonios no aptos para la teoría. Las mujeres indígenas, las mujeres afro, muchas mujeres mestizas, las mismas mujeres de los sectores populares, han colocado en el centro parte de los debates a los que refiere la teoría postcolonial, por ejemplo, el hecho de que al "sujeto" o la "sujeta", que no tiene privilegios de raza, de clase, de sexualidad, de sexo, no se le reconozcan sus historias, sus relatos, eso es parte de la colonización del saber y del poder, central en la teoría postcolonial y también en la teoría descolonial.

Hace tiempo que en América latina y el Caribe venimos haciendo esto. Después llegó la teoría postcolonial, además como una moda académica. Eso no quiere decir que no tenga aportes interesantes, al contrario; lo que quiero decir es que el surgimiento por ejemplo de los estudios culturales, de los estudios postcoloniales, descoloniales deviene por un lado de una conciencia más crítica dentro de la academia, pero los mismos, por lo menos hoy, también se van institucionalizando, ¿me entiendes? Se trata de analizar cómo el sistema y sus responsables van tomando propuestas críticas para muchas veces hacerlas parte del sistema mismo y despolitizarlas. Por supuesto que me interesa y cito a Spivak, a Mohanty, pienso que tienen muchas cosas que decir, pero también mi apuesta es recuperar parte de las voces, escritos, propuestas, análisis de feministas de estas latitudes que tienen mucho que aportarnos: por ejemplo, la boliviana Julieta Paredes, de Mujeres Creando Comunidad, una indígena aymará, pero también Yuderkys Espinosa, Breny Mendoza, las compañeras indígenas de Guatemala como Aura Cumes; Silvia Rivera Cusicanqui, también de Bolivia, quien hace tiempo nos habló del colonialismo interno; sin embargo hoy se reconocen los aportes de Aníbal Quijano, por ejemplo, quien lo dijo mucho después.

 

—Hace tiempo... desde la historia oral, ¿no es cierto?; todo lo que ella ha aportado también.

—Claro, Silvia Rivera Cusicanqui es una mujer que aporta mucho en ese sentido. Nosotras mismas, como autónomas, muchas compañeras de este movimiento han hecho grandes contribuciones teóricas, como Margarita Pisano, Ximena Bedregal y muchas más que ni siquiera hemos reconocido suficientemente y que son unas grandes teóricas. Creo que en nuestra región sigue la herencia eurocéntrica en pensar que lo teórico se produce en la academia y además que se produce en Europa y Estados Unidos.

 

—Es la colonialidad del saber que está tan fuerte ahí, ¿no?

—Exactamente.

 

—Y en ese sentido, incluso el mismo término "postcolonial" ha sido muy criticado desde América latina. Se entiende en la India porque ahí sí es claro el contexto, y por la experiencia colonial concreta. Pero en el caso nuestro es más complejo, ¿sería más conveniente hablar de lo descolonial, como tú decías, en lugar de postcolonial?

—Sí, yo creo que es más correcto. Primero quiero decir que yo creo que en la teoría postcolonial por supuesto que encontramos elementos comunes, a pesar de que se refiere al contexto de la colonización británica, sobre todo el proceso de independencia que hubo en Asia, particularmente en la India a través de intelectuales también concretos. Y yo creo que sí, por supuesto que tenemos sinergias, porque lo que propone la teoría postcolonial, es reconocer una narrativa histórica de sujetos subalternos que nunca ha sido reconocida, donde Europa siempre fue el centro del poder, del saber y de todo. Lo que yo creo es que, por ejemplo, al concepto de "lo subalterno", hay que contextualizarlo, ver si nos sirven o no muchas de las teorías que se producen en otras latitudes. Yo lo que creo es que tendríamos que pensar en un proceso de descolonización, cuáles son aquellas teorías propias, y cuando digo propias no quiero decir que no estén en relación con otro contexto, sino cuáles son esas teorías y conocimientos que se van produciendo aquí que surgen de la práctica política y de la academia crítica. Siempre en relación con otros contextos.

 

—O que existan en estado puro, eso es imposible, ¿no?

—Exactamente, no existen en estado puro, hay que contextualizarlas, hay que ver el lugar de enunciación de quien escribe, todas estas cosas que ya sabemos. Lo que creo es que para mí es más propicio hablar de teoría descolonial porque, precisamente en nuestro contexto latinoamericano y caribeño, lo que estamos tratando de hacer es descolonizarnos, que no solamente pasa por el tema de la teoría. Yo estoy de acuerdo con el concepto de Quijano de la colonialidad del saber y del poder, que no solamente se limita al colonialismo como un momento histórico, sino más bien se relaciona con toda la herencia eurocéntrica y dependiente que aún tenemos. Estamos súper colonizadas y colonizados en muchos sentidos en torno al racismo, el clasismo, el heterosexismo, incluyendo nuestras relaciones de pareja y relaciones homoeróticas y también las formas en que hacemos feminismo. Entonces, ubico el teorizar descolonial como lo más propicio para este contexto porque, ciertamente, lo que tratamos de hacer quienes nos paramos en una visión crítica es descolonizar esa la relación saber-poder en todas las relaciones sociales. Ahora bien, yo también creo que lo que se denomina como teoría descolonial viene en la misma lógica que la postcolonial, es decir, ha venido de latinoamericanistas que están en el centro, fundamentalmente desde Estados Unidos, además produciendo en inglés, (eso es muy importante por el tema de cómo circula el conocimiento y a quiénes llega el conocimiento), y que luego nosotras, y algunos y algunas, asumimos como que es "la" teoría más crítica. Lo que quiero señalar es que ojalá tuviéramos la capacidad, por lo menos las feministas críticas de esta región, de entender que hace tiempo que aquí se está hablando de descolonización y hay que buscar esa teoría y aplicarla a nuestros análisis políticos. Es decir, no es solamente un asunto metodológico o epistemológico, sino político, ¿me entiendes? Creo además que lo descolonial implica analizar los contextos, entender qué particularidad tiene América latina hoy día; supone analizar el militarismo, la política de seguridad, todo lo que son los megaproyectos, las lógicas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional (FMI), todo lo que son las propuestas de ajuste estructural, y no solamente el tema de la representación porque creo que parte de esa teoría se ha quedado mucho en la representación del poder. Hay que comprender qué es lo que construye ese sujeto o esa sujeta en contextos particulares. Y en el caso de América latina con los niveles de pobreza que tenemos ahora, con unas apuestas de gobiernos supuestamente de izquierda en muchos países, pero que reproducen muchísimo la nueva política de ajuste estructural que hace años se está implementando en América latina, la política neoliberal que está afectando a las mujeres; y digo a las mujeres de manera particular porque yo creo que son uno de los sectores que han sido más afectados por esas políticas y obviamente, hombres racializados, hombres pobres, también mujeres pobres y mujeres racializadas. Descolonización es entender todo esto y actuar sobre ello para transformarlo. Es más pertinente hablar de descolonización porque yo creo, por ejemplo, que la teoría postestructuralista que es muchas veces posmoderna, es bastante individualista. Se centra mucho en el sujeto y además, ¿cuál sujeto? La teoría Queer, por ejemplo (ahora también hay muchas tendencias de lo que se puede llamar teoría Queer), se plantea para evidenciar el no esencialismo de las identidades: mañana puedo ser esto y pasado puedo ser esto otro, mientras que una persona racializada no puede cambiar así. Entonces, ¿a qué sujetos y sujetas refiere realmente esta teoría?

 

—Está dirigida o está apelando, ¿no?

—Exactamente. Y obviamente está despolitizando mucho a los movimientos y a las construcciones colectivas. Muchas veces veo que parte de la propuesta posestructuralista, que asume posiciones bastante posmodernas (por ejemplo, los planteamientos de Foucault), nos deja sin la posibilidad de construir colectivamente contrahegemonías, y ese es el peligro que le veo, aunque reconozco muchos aportes interesantes de estas teorías y también las aplico y las utilizo.

 

— Esa era precisamente también una de las preguntas: ¿Qué posibilidades políticas le vemos a esto? Tal vez la clave de lo que nos estás diciendo, muy fuerte, sería el contexto. Volvamos al contexto y repensémoslo desde el contexto.

—Quiero aclarar que ubicar la mirada y los análisis en un contexto, no quiere decir que no miremos otros contextos. Lo que tenemos que entender es cuál es la genealogía de cierta propuesta política, de ciertas posiciones teóricas, pues los lugares de enunciación son producidos por relaciones sociales contextualizadas.

Yo creo que el feminismo siempre ha sido internacionalista, y creo que tiene que seguir siendo internacionalista, sobre todo ahora con fenómenos como la globalización, en la que cada vez hay más interacciones, en que el tiempo y el espacio se reducen, creo que cada vez más tenemos que hacer alianzas transnacionales. De hecho tenemos que ser antinacionalistas para poder hacer luchas comunes. Pero cuando tú te ubicas en un contexto y ves la propia historia de este contexto y puedes ver la propia historia de otro contexto, tienes posibilidad de comparar y analizar con un sentido histórico. Y en la comparación, de manera positiva digamos, puedes encontrar, ahí sí, elementos comunes tanto de los contextos distintos pero también de los similares, y es lo que nos va a dar la posibilidad de buscar alianzas con base en proyectos políticos más claros, especificando cómo se da la relación entre raza, clase, sexo etcétera, en determinados contextos distintos pero articuladas a cuestiones más sistémicas. Sigo pensando que aunque hubo una crítica a las narraciones únicas, para mí lo estructural sigue siendo muy importante, viéndolo como relaciones sistémicas que se producen en muchos tiempos y en muchos lugares, porque cuando yo menciono al patriarcado, éste refiere a una subordinación que ha sido sistémica y que ha afectado a muchas mujeres en distintas sociedades y en distintos tiempos. Para mí, eso es lo estructural, es decir, cómo los fenómenos se van dando a través del tiempo, por supuesto con diferencias en momentos, lugares, porque nos permite analizar a más largo plazo, ciertos fenómenos que todavía nos afectan fundamentalmente a las mujeres o a la gente racializada o a ciertas personas que no tienen, digamos, privilegios de raza y clase. Para mí el análisis estructural todavía es muy importante, sobre todo para esta región.

—Decías "esta región"; también nos olvidamos de las características que tiene la región. A veces ponemos todo en una misma bolsa, y entonces borramos muchas de las peculiaridades que tiene, por ejemplo, el movimiento afro, el movimiento indígena; hay ciertos elementos que también hacen a la región y que obviamente hay que tener en cuenta cuando hablamos de la posibilidad política. A través de la crítica feminista, postcolonial, descolonial, podemos hacer un análisis crítico, una invitación a repensar la región. Lo triste que nos pasa siempre es que esto viene porque alguien lo pensó en el norte, aunque Silvia Rivera Cusicanqui y otras ya lo estaban diciendo. Tenemos ese problema tan grave de que en nuestra región no nos leemos entre nosotras. Nos leemos mediadas, nos leemos por la traducción, a veces nos leemos en inglés. Pero decías, el Caribe es un mundo que contiene varios mundos, y ahí hay una cuestión fundamental que es el tema del lenguaje y la circulación de las ideas a través del lenguaje. Si nos situamos así, en el mundo de habla hispana, ¿cómo lo ves tú? Sé que hace poco estuviste en el Encuentro que se hizo en Guatemala, ahí parece ser que precisamente la teoría postcolonial tuvo una importancia, tuvo una presencia, y es muy interesante porque fue en la voz de mujeres indígenas. Entonces yo creo que eso es un cambio fundamental. Ahora el asunto es que nos lleguen estos planteamientos a México, que nos lleguen publicados, editados.

—Mira, varias de nosotras desde hace tiempo tenemos como propuesta, en ese proceso de descolonización, primero tratar de buscar teorías propias; que no se trata sólo de la explicación de conceptos, sino también explicar la genealogía de esos conceptos, de dónde vienen, por qué surgen, en qué contexto y para que nos sirven, ¿no?; y en segundo lugar, tratar de publicar, porque desgraciadamente todavía la escritura está por encima de la oralidad; y también legitimar la oralidad como productora de conocimientos. Este es uno de los grandes retos. ¿Cómo reconocer producciones de conocimiento que no estén centrados solamente en la escritura? Es un reto serio, ¿no?, porque no siempre se legitima, inclusive dentro de la misma gente crítica no siempre legitimamos los otros conocimientos que se producen de otra manera, cuando ha sido central aquí, en los pueblos indígenas, en los pueblos afros transmitir conocimientos a través de la oralidad, pero también lo visual es súper importante. Eso por un lado. Lo otro es que, a través tanto del GLEFAS como también desde Brecha Lésbica, una editorial autónoma a la que pertenezco, empezamos a dar a conocer el pensamiento de indígenas, de mujeres afros, de lesbianas indígenas, de lesbianas afros, críticas, eso sí, no solamente para que se conozcan, sino para que sus análisis, pensamientos, prácticas, nos sirvan para el debate, que sean nuestros referentes, para poder reconocer una genealogía del pensamiento propio. Si no lo hacemos, vamos a seguir tomando, como dices tú, parte de la producción que viene del centro que, además, muchas veces utiliza la materia prima de aquí, de la región. Las y los indígenas, las y los afros, siguen siendo los objetos de investigación.

Una de las cosas que yo creo que hay que hacer es tratar de hacer publicaciones propias. La lógica del mercado editorial es terrible. Si tú no publicas, por ejemplo, un gran número de textos en inglés, no eres reconocida como académica, no te da puntos, y no tener puntos significa que tu salario cada vez es más bajo. Ese es uno de los grandes problemas, digamos, de la institucionalidad en la academia. Pero yo siempre digo que el conocimiento no puede solamente circular en la academia; yo creo que hay una responsabilidad nuestra de hacerlo circular en la mayoría de los espacios que podamos, sobre todo donde este conocimiento no llega, para que esto sirva para la conciencia crítica. Porque, ¿para qué sirve el conocimiento si no es para conocer la realidad?; y si tú tienes la opción de transformarla, pues debe servir para transformarla, ¿no? Entonces en este sentido, muchas estamos recuperando parte de esas voces, de esos análisis, de esas propuestas y esas experiencias que surgen de las prácticas políticas, de las feministas que no han tenido privilegios, pero que aportan mucho a construir un feminismo más crítico. Para eso debe servir un feminismo crítico, no puede quedarse en la academia, en los fondos de documentación y en las cabezas de algunas, tiene que circular y circular significa descentralizar el lenguaje, la escritura, las editoriales, las lenguas hegemónicas, fundamentalmente la inglesa, que tienen esas producciones. Y eso creo que tiene que ser una responsabilidad ética, ¿me entiendes? Es una responsabilidad ética con la historia de este continente y con nuestras historias de colonización. Ciertamente este continente no es homogéneo, hay de todo, desde el Opus Dei hasta lo más revolucionario y transformador. Pero yo me refiero a esto último. No podemos seguir leyendo nuestro contexto con otras referencias teóricas europeas o estadounidense, que sí nos pueden ayudar, pero no pueden seguir siendo "las referencias".

 

—Con la intención de que esta entrevista sea una forma de llamado, de diálogo entre nosotras, ¿podrías hablarnos de iniciativas, tanto desde la academia como desde el movimiento, que tú sepas, que conozcas, que están en este plan de recuperación de voces?

—Pues mira, yo quiero recuperar un movimiento del cual formo parte, que son las feministas autónomas, que no solamente fuimos críticas de este fenómeno de la institucionalización, sino que nosotras mismas empezamos a hacer cosas sin necesidad de dinero y sin necesidad de la legitimidad del Estado, sin necesidad de la legitimidad de la academia. Las Cómplices; Margarita Pisano, en Chile; Ximena Bedregal, en México y Bolivia; Las "Mujeres Creando", "Mujeres Creando Comunidad". También en Chile, por ejemplo, está "Memoria Feminista"; en Porto Alegre, Mulheres Rebeldes; en Guatemala, Lesbiradas y la Escuela Lésbico Feminista; en El Salvador, el Colectivo Kali Naualia; en México hay muchos colectivos también... como el Movimiento de Mujeres de Aguas Calientes y muchas más.

Y bueno, nosotras como GLEFAS tenemos una articulación de pensadoras y activistas feministas. Nuestros cursos de formación generalmente toman la experiencia como un elemento central, un aprendizaje del Black Feminism asumiendo que la experiencia también produce conocimiento y eso cuestiona inclusive el concepto de intelectual: ¿qué es lo que es una intelectual, finalmente? Tenemos nuestra propia editorial, que es bastante autogestionada, a veces recibimos algunos pequeños fondos, pero muy pocos, y lo demás lo buscamos nosotras mismas vendiendo los libros, y vamos vendiendo y vamos cooperando para producir otros. De hecho, ahora se va a publicar uno mío basado en mi tesis de maestría sobre heterosexualidad y nación, y otro de Breny Mendoza. Tenemos en nuestra página web muchos de los textos de Silvia Rivera Cusicanqui, de Julieta Paredes, de Yuderkys Espinosa, de todas estas de que te he hablado hasta ahora, y de otras compañeras que aunque no estén en la academia están produciendo bastantes cosas interesantes.

En Colombia, por ejemplo, hay unos grupos feministas de compañeras jóvenes maravillosas que también están haciendo eso que llamábamos educación popular: un pensamiento con la acción. Y están haciéndolo en los barrios, en las mismas universidades con sus propios medios, también buscando ese pensamiento que sale de las mujeres de sectores populares que sabemos, ya que ahí hay mucho conocimiento cotidiano. Aquí en Colombia están el Colectivo Juana Julia Guzmán, que trabaja con detenidas políticas y ahora están trabajando también con jóvenes en los barrios; y está la Colectiva Feminista, las Des-Sujetadas, las Rizomas, que son unas jóvenes de 11 a 14 años. Hay muchos grupos en la región haciendo mucho activismo interesante, autónomo y autogestionario.

 

—No sé si quieres agregar algo más, ha sido muy rica la plática, como para seguir mucho más. Ahora que te vamos a tener aquí, que puedas traer esas publicaciones. También esa es una cuestión, ¿no?, la difusión. ¿Cómo emprendimientos que son autónomos, que no forman parte de las redes del capitalismo editorial; cómo hacer para que lleguen?

—Pues mira... nosotras —generalmente, cuando digo nosotras somos la mayoría de las que te he mencionado— lo hacemos fundamentalmente a través de la cooperación entre unas y otras, ¿me entiendes? Por ejemplo, yo sé que tengo ciertos privilegios, que puedo viajar a muchos eventos a los que me invitan. Siempre ando con los libros nuestros y de muchas, de hecho tengo un problema en los brazos porque cargo tanto, además yo vivo en un quinto piso. Siempre mis maletas van llenas de los libros de otras, de los míos, de los discos míos, pero esa es la manera en que ponemos a circular el conocimiento de otras formas. Ahora, nosotras, como GLEFAS por ejemplo, en estos momentos estamos articulando un proyecto muy interesante que se llama La Globale Bogotá, que es un festival para proyectar documentales con perspectiva crítica, conjuntamente con otros movimientos sociales, porque lo visual es muy importante para producir conocimientos. Desde ahí estamos recuperando parte de la producción de muchos grupos feministas, que sin financiamiento hacen documentales con su camarita. Y ahí estamos promoviendo estas producciones.

Creo que ahora la tecnología tiene la ventaja de que puedes subir textos a Internet, y que subirlos significa que por lo menos alguien va a abrir alguna vez ese texto y que lo va a leer, entonces estamos también priorizando nuestra página web, tratando de hacer conexiones con links de otros grupos que también están produciendo en ese sentido. No tenemos dinero para hacer una distribución como la hacen las grandes librerías. Además, desde mi experiencia, los libros nuestros en las librerías se venden muy poco, hay que esperar una cantidad de tiempo para que se vendan, y es diferente cuando tú vas a las conferencias o das una conferencia, que pones tus libritos ahí y a alguien le mueves la vida, y te compran los libros. Esa es la manera en que nosotras lo hacemos.

Y la otra cosa es, en el caso mío por ejemplo, que estoy en la academia, insistir que los fondos de documentación tienen que llenarse de producción de feministas latinoamericanas críticas. Yo, particularmente, llevo libros al fondo de documentación de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional, presiono mucho en las reuniones de docentes para que entren en sus programas bibliografías de feministas latinoamericanas.

Además, desde hace tiempo hacemos articulaciones con academias críticas. Desde el GLEFAS, por ejemplo, nosotras siempre hacemos un coloquio cada año o cada año y medio. Se hizo el primero en Buenos Aires, el segundo se hizo aquí en Bogotá y el tercero va para Honduras. Entonces, lo que tratamos es de articular con aquellas academias críticas, con gente que viene del movimiento y gente que viene de la academia. Nuestros cursos también son hechos así. En Perú, por ejemplo, hicimos así con la Universidad de San Marcos un curso de formación sobre racismo y patriarcado donde había afros, mestizas, indígenas; fue súper interesante. Hay mucha gente interesante en la academia, o sea la academia no se descarta así porque sí, porque es una institución, yo creo que hay academias y academias, ¿no? Entonces también es una apuesta que tenemos, tratando de que también en esa institución que forma gente por generaciones, pues también esté el pensamiento crítico y que puedan generar acciones más allá de la universidad.

 

—Además, muchas de nuestras estudiantes son activistas, ¿no? Y están todo el tiempo ligando la academia con el activismo; tratando de conciliar todo ese discurso académico, en esa tensión con el activismo. Creo que ese tipo de cursos, precisamente que invitan a discutir esa tensión son muy ricos, no sólo para las docentes, no sólo para el ambiente académico, sino para los mismos movimientos. Yo trabajo mucho temas de África, trabajo sobre el movimiento de mujeres en África y una de las cosas que plantean muy fuerte las feministas africanas —donde también ellas hablan de feminismos en plural— es que antes que todo, es un feminismo postcolonial, pero además, toda feminista de la academia es necesariamente alguien que está en la militancia, en el movimiento, en el compromiso social; que es imposible separar una de la otra. Incluso, aunque tengas la académica que después va a un puesto en el gobierno y toma por esa vía. Digamos que hay una idea clave: no se puede separar. Y en el caso nuestro muchas veces aparece como un dilema, ¿no? La academia y la militancia, y cómo congeniar esas formas discursivas.

—Y además yo creo que también hay una parte del feminismo activista que niega toda la teoría, cuando ellas mismas están haciendo teoría probablemente; pero yo creo que tiene que ver con esa separación teoría-práctica que te decía antes; con pensar que sólo en determinados espacios se produce conocimiento (que es parte de la colonización también). Es la lógica de la ciencia neutral, el conocimiento verdadero, el conocimiento legítimo. Lo que nosotras vamos a decir de entrada es que en los dos se producen discursos y teorías y también prácticas; el tema es cómo articular eso, y todo obviamente depende de los proyectos políticos que tengamos, sea en la academia, sea en el movimiento, sea donde sea.

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