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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.8 no.15 México ene./abr. 2011

 

Reseñas

 

Sobre la transmisión y el sujeto

 

Mariflor Aguilar Rivero*

 

Oliva, Carlos, Relatos. Dialéctica y hermenéutica de la modernidad, México: Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), (Colección Seminarios), 2009.

 

* Profesora de carrera del Colegio de Filosofía, Facultad de Filosofía y Letras (FFYL), UNAM. Doctora en Filosofía por la FFYL, UNAM. Correo electrónico: mariflor@servidor.unam.mx

 

Comienzo leyendo una confesión del autor: "Todo el trabajo se fue bordando sobre una tesis capital de Hans–Georg Gadamer: la verdad se encuentra en el pasado, explícitamente en lo que sin dejar de ser pasado continua aconteciendo" (p. 26). Y sigue: "la idea es de Hegel, quien dibujó en su fenomenología el mundo del espíritu occidental. Al hacerlo, canceló los mundos pasados, pero a la vez, en tanto estaban descritos, ya eran presencia negativa y ataque constante a la pretensión absoluta del presente [...]" (p. 26).

Con estilo ensayístico, el filósofo Carlos Oliva da cuenta de algunos de los más agudos problemas de la filosofía contemporánea, logrando que hasta la difícil relación hegeliana entre sustancia y sujeto, se vea como un tema cotidiano de nuestro presente. Me gusta la idea de pensar que así como H.–G. Gadamer logró convencer y mostrar de qué manera el pasado continúa aconteciendo, Carlos Oliva logró mostrar el acontecer cotidiano de la filosofía.

El volumen que hoy presento versa sobre la transmisión: del pasado que acontece, y de una forma específica de su transmisión que es la de la norma clásica que, según se nos dice, es la forma más productiva para la interpretación del mundo, pero también es la que se transmite sin fuerza, sin ejercicio del poder (p. 103), y se materializa en lo que se presenta como ilustre personaje de la primera parte del libro, que es el sensus commmunis, el cual se analiza ampliamente y se articula con otros conceptos que le son afines pero de los que a la vez hay que distinguirlo, lo que el autor hace en un delicado trabajo de artesanía conceptual. Se aclara, así, que el sensus communis pertenece al orden del conocer, pero de un conocer práctico; es reflexivo pero no en el sentido de la razón pura sino en el de la razón práctica; es común, pero no es innato, sino al contrario, es el resultado de un largo proceso de formación; es racional y dialéctico, pero la racionalidad que en él opera es la de la articulación con los semejantes, y su dialéctica se modifica cada día (p. 124).

En una ocasión, discutiendo sobre la singularidad o particularidad de las respuestas a la transmisión, en particular una tesis de Homi Bhaba que dice que, en ciertas circunstancias, la respuesta individual ante la transmisión de la barbarie no se inscribe en ningún contexto ideológico sino en la biografía personal, la intervención de Carlos Oliva fue en el sentido de una parte del libro que ha publicado, y acotó señalando, palabras más, palabras menos, que lo que debía pensarse no era lo singular sino lo común en la respuesta, lo que nos une a otros; en otros términos: lo que la tradición ha transmitido.

Las reflexiones sobre la norma hermenéutica y lo clásico abren interrogantes y proyectan sugerencias de distinto tipo, como por ejemplo, cuántas formas —o estructuras— de transmisión puede haber; o también, si en algunos casos se corresponden necesariamente la forma de transmisión con lo transmitido. Según lo dicho, al sensus communis, que alberga a la tradición, cuya materialidad es un tejido de prácticas y rituales, le corresponde una forma de transmisión que se caracteriza por no recurrir al ejercicio del poder. La interrogante aquí es si a la estructura no violenta de transmisión corresponden siempre la transmisión de formas de relación social no violentas, o si puede ocurrir la ominosa situación, y quizá la más frecuente, que la estructura de transmisión de las más violentas prácticas sociales, sea de material legítimo, naturalizado y naturalizable. O dicho de otro modo, mi duda es si lo clásico y la tradición no podrían también transmitir la barbarie.

Este libro es una toma de postura dentro de y frente a la modernidad, así como frente a sus sujetos. Se sitúa del lado de la escasez, de la transmisión cuyo agente es la tradición y no el sujeto que, aun adoptando formas distintas, siempre opera como sujeto de cambio, sujeto agente; no se sitúa del lado moderno "que sabe analizar y criticar las estructuras sociales y proponer sujetos de cambio" (p. 126).

Esta temática me obliga a engarzarme en una polémica con el profesor Oliva de ya larga data en torno del sujeto, para lo cual recurro a dos puntos. Primero, al balance que hace del humanismo, o mejor, de los humanismos: un humanismo, podríamos decir, hermenéutico (p. 126), cuya conciencia es comunitaria, que estaría asentado en ese sentido común que a su vez se encarna en el lenguaje; y otro humanismo cuyo fin se recorta como utopía del fin del humanismo (p. 127). Si se puede hablar de dos humanismos, yo pregunto ¿no se podrá hablar de dos sujetos o de dos conceptos de sujeto?

Me explico. Siguiendo la línea de la teoría del sujeto que lo concibe como atravesado por el doble proceso de sujeción y subjetivación, representado por la oposición latina subjectus/subjectum; y considerando que la noción de subjectus corresponde al sentido que tenía estar bajo la sujeción del poder y de la norma del soberano o del orden político y legal, y a su vez subjectum sería el Hypokèimenon aristotélico, que Heidegger denunció como lo que está por debajo, como una sustancia estable e impersonal, podría quizá decirse que la dialéctica que Carlos Oliva bien describe entre lo clásico y lo romántico, podría verse reflejada en la naturaleza del sujeto, siendo lo clásico lo correspondiente a la dimensión de la sujeción a las normas del sentido común y las tradiciones, mientras que lo romántico correspondería a eso que se ha llamado la agencia del sujeto, o su voluntad de poder o de hacer. En ninguno de los dos casos se trataría de un sujeto cuya voluntad autónoma rigiera los destinos ni el suyo propio; pero en el segundo caso —el del subjectum— de lo que se trata más bien es de concebir un "representante" en nombre del cual eventualmente pueda reclamarse el respeto de los derechos.

Hay muchos temas que Carlos Oliva trata que valdría la pena comentar o discutir, pero prefiero ocupar el espacio para hacer referencia a un extraordinario hecho semiótico con el que abre este libro y que lleva a pensar si, como dice Rancière, "las artes visuales se apropiaron de la palabra", o si la literatura se apropió del concepto. Sorprende que lo que podría ser, desde una perspectiva semiótica, una repetición, opera como su contrario, como apoyo semiótico, complementariedad y creación de un universo de varias dimensiones, en este caso de cuatro, para ser exactas, construido también en cuatro pasos.

Primer paso: la primordial tesis hegeliana de la identidad resume la narración que la Modernidad hace de sí misma "para cerrar el círculo perfecto entre imagen y discurso" (p. 21).

Segundo paso: Heidegger en "La época de la imagen del mundo" aclara que en realidad lo que eso significa no es que el mundo tenga una imagen sino más bien "concebir el mundo como imagen" (p. 21).

La imagen del decir, hegeliana, deviene el decir heideggeriano de la imagen.

El tercer paso es el epígrafe de Joyce que apoya —¿o deconstruye?— los conceptos. Dice Joyce: "La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar".

El mundo, de imagen pasó a pesadilla, de la que ¿se podrá despertar?

Y para terminar/clausurar este sueño semiótico, está el cuadro de la portada del libro, una fotografía de Jerónimo Arteaga–Silva, que explica el concepto–representación. La fotografía muestra la pequeñez o irrealidad del mundo "real" frente a la avasallante enormidad de las sombras. Digo "enormidad", porque no se sabe si es inmensidad majestuosa o gigantismo monstruoso, pero en todo caso es claro que de eso que se llama realidad sólo queda la sombra, imagen oscura que al recortar la realidad la disuelve.

El libro de Carlos Oliva nos sitúa, queriéndolo o no, ante la disyuntiva de optar por una u otra imagen, la dialéctica o la hermenéutica, su sombra.