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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.8 no.15 México ene./abr. 2011

 

Presentación del Dossier Espacios fronterizos. Literatura y Ciencias Sociales

 

Existen muchas maneras de acercarse a la literatura, pero de entre ellas algunas pueden resultar más propositivas en ciertos contextos. En América latina, donde persisten de diversos modos los estudios tradicionales en torno a la literatura, es fundamental apreciarla desde otros horizontes, situando la mirada a partir de otro lugar. Eso es lo que busca este dossier: promover perspectivas que analicen lo literario desde otros campos de estudio (la sociología, la historia, la política, etcétera), a partir de los cuales sea factible ir más allá de análisis formalistas de las obras. Las preguntas en torno a la producción cultural en cierto contexto histórico, la significación social del relato o la ideología de los textos, resultan fundamentales para enriquecer la exégesis literaria, así como para renovar nuestras tradiciones de análisis y el modo en que concebimos la literatura en la actualidad.

La labor fundamental de la crítica es esa: proponer nuevas maneras de leer, fomentar modos innovadores de interpretar, en este caso, textos. Al establecer cuáles son sus vínculos con otras disciplinas, es posible enriquecer los debates en torno al valor estético y la especificidad de las obras literarias. Lo que aquí se plantea es entonces una suerte de desplazamiento: explorar lo político, lo histórico o lo social, no en los discursos de los sujetos o las condiciones que los aquejan, sino en el modo en que se representan tales fenómenos literariamente, en términos formales y estéticos. La perspectiva no es novedosa, pero por desgracia en América latina (y específicamente en México) es verdaderamente marginal. De ahí, la importancia de recuperarla y ponerla en circulación como una alternativa frente a la poca diversidad que poseen nuestros estudios literarios.

Estamos habituados al análisis intratextual de los textos (ya sea éste formalista, lingüístico, estructural o estilístico) en buena medida porque concebimos a la literatura como invención pura y radicalmente autónoma. Si pensamos en la literatura como un ámbito donde se construyen universos simbólicos exentos del contacto con lo real, su función se reduce al simple entretenimiento, a proveer un espacio de fuga frente al mundo cotidiano (la llamada literatura light sería el ejemplo paradigmático de la ficción leída así, como evasión y esparcimiento). Esta visión (tan generalizada en un medio cultural con niveles de lectura bajísimos) tiende a la simplificación del análisis literario, atendiendo exclusivamente a la estructura, el lenguaje y la trama del relato (a su funcionamiento interno) y dejando de lado buena parte de la complejidad del universo literario, sus modos particulares de representar y significar la realidad.

Para combatir lo anterior, la idea de "espacio fronterizo" resulta de gran utilidad. Es el eje que da forma y organiza este dossier porque se trata de una noción que nos sitúa en los límites y por lo mismo hace referencia a una zona en donde la relación con lo otro, aunque conflictiva, se vuelve posible. ¿Qué puentes se tienden entre escritura y contexto social, entre ficción y verdad, entre relato e historia? ¿Qué problemáticas están presentes a la hora de pensar, por ejemplo, la política en la literatura y cómo pueden ser éstas rastreadas? Dudar de la propia identidad, transgredir convenciones, interrogar la diferencia, traducir lenguas y cruzar al otro lado son experiencias propias de los "espacios fronterizos". También pueden volverse estrategias para explorar los puntos de contacto que la literatura establece con otros discursos y otras realidades.

Con afán renovador, distintas corrientes de pensamiento que tienen como objeto el análisis de textos han intentado explorar esos territorios de frontera para vincular literatura y ciencia social, poniendo en duda y quebrantando las formas tradicionales de hacer interpretación literaria. Ya sea rastreando la "condición social" del discurso literario, buscando develar la "ideología del texto", explorando el "sentido político" de la escritura, analizando el "estatus cultural" de las formas estilísticas, leyendo los géneros como "textos sociales" o entendiendo la literatura como "acto socialmente simbólico", tanto la sociocrítica, como el análisis del discurso, la sociología de la literatura, la teoría de la recepción, la hermenéutica del lenguaje o los estudios culturales, han buscado interpretar las obras literarias más allá de su singularidad y autonomía, concibiéndolas como el resultado de una práctica cultural que configura discursos y sentidos sociales específicos. Gracias al llamado "giro cultural" o "giro lingüístico" y en contra de los análisis inmanentes, estas concepciones en torno a la literatura han puesto en duda la soberanía absoluta del texto literario en tanto universo imaginario ajeno a la realidad; por el contrario, lo conciben como un objeto cultural en cuya conformación pueden interpretarse ciertos significados y sentidos histórico–culturales, pero no de un modo maniqueo o reduccionista.

Leer los trabajos literarios no como el producto de genios individuales o como la expresión espiritual de un pueblo, sino como un tipo (entre muchos otros) de representación textual de la realidad, elimina el purismo estético y vuelve más compleja la relación entre la realidad y su representación. En este sentido, es fundamental entender que la literatura sí habla sobre el mundo, pero lo hace de una manera especial y paradójica. Especial porque descontextualiza, separándose "de los contextos prácticos de enunciación" y suspendiendo "la exigencia de inteligibilidad inmediata" (Culler, 2000: 55). Y paradójica, porque se trata de un discurso que recurre a la invención para incrementar su veracidad. No se trata entonces de practicar lecturas contextuales que asuman a la literatura como reflejo de la realidad y a la ficción como "exposición novelada de tal o cual ideología" (Saer, 1999: 12–13), sino de entender que la relación de la obra con el contexto se da en distintos niveles y no es directa, sino simbólica y sesgada.

Beatriz Sarlo ha dicho que "una sociedad habla, entre otros discursos, con el de la literatura" (1983: 9). Desde esta perspectiva, el texto literario puede ser concebido como un universo abierto de significación y sentido, que congrega en sí mismo el discurso implícito de actores sociales, valores culturales y tradiciones lingüísticas, y en donde se reproducen conflictos de poder y valor. Entender la literatura como "producción simbólica", institución y práctica social, logra repensar lo extratextual no como un simple contexto o un trasfondo ajeno a lo literario, sino como una dimensión necesaria en la que el texto y la sociedad adquieren su forma y se instituyen. Por lo mismo, analizar la construcción formal de los textos literarios debe suponer que las maneras de ver y representar la realidad tienen significados sociales.

Es necesario destacar que la idea de "espacios fronterizos" constituye una manera de pensar el modo en que los estudios literarios pueden acercarse a otras disciplinas, permitiendo saltar la barrera que divide tradicionalmente a las humanidades de las ciencias sociales. Esto implica un reto no fácil de asumir. El espacio abierto por este cruce es un espacio conflictivo y de demarcaciones inciertas, de ahí que no sea posible elaborar mapas seguros o nomenclaturas estables, y aún menos, una metodología unificada. La salida posible de este inconveniente es la constante interpretación, contrastación y traducción de los supuestos, conceptualizaciones y herramientas de cada perspectiva (Perus, 1994: 7–12). No obstante, puede resultar sumamente enriquecedor, en la medida en que ya no es sólo el valor artístico lo que se indaga en el interior de un texto, sino la forma que adquieren las relaciones entre cultura, estética y poder. O por decirlo de otro modo: se trata de pensar las obras literarias como espacio de análisis para indagar en torno a las relaciones entre arte y cultura, entre proyecto estético y modernidad cultural, de forma que la crítica literaria pueda constituirse también como crítica cultural.

Si la literatura se ha desplazado, como lo hemos planteado, lo ha hecho hacia espacios fronterizos. Al reflexionar sobre la noción de "frontera", Juan Villoro escribió que existe "un correlato singular entre la preocupación por los híbridos culturales de nuestro fin de siglo y la adopción de formas mestizas, de género sin género o, para decirlo con Julio Ramón Ribeyro, de prosas apátridas" (1997: 75). Este dossier lo muestra claramente: los textos en donde aparece algún tipo de hibridación resultan propicios para este tipo de lectura. Así, al analizar la obra reciente de Sergio González Rodríguez, Anadeli Bencomo hace énfasis en el rastreo de formas no monológicas, interdisciplinarias y que interpelan al lector, constituyendo una narrativa de la denuncia y de la "reparación", una serie de relatos al mismo tiempo ensayísticos y alegóricos en torno a los feminicidios, el narcotráfico y la crisis de las instituciones.

En sus "Geografías del recuerdo", Mónica Quijano desmenuza las formas transculturales en que se construye la memoria en contextos donde la migración ha sido un proceso constitutivo de la identidad de los autores que le preocupan: Jordi Soler y Margo Glantz. Los modelos escriturales que analiza aparecen como contra–relatos cuya complejidad hace evidente el reduccionismo y la perspectiva unívoca del discurso nacionalista preponderante.

El artículo de José Montelongo también apuesta por una forma híbrida: la crónica, género que no sólo abreva del periodismo y la literatura, sino que mezcla la mirada sociológica con la perspectiva cotidiana, las referencias cultas y el habla popular, lo estético con lo banal. El texto, en buena medida un homenaje, lleva a cabo la genealogía de la obra de Germán Dehesa, un autor poco trabajado desde el ámbito académico y recientemente fenecido.

Por su parte, Sandra Oceja disecciona la relación que existe entre la escritura de la ficción y la escritura de la historia al analizar las novelas sobre la guerrilla urbana escritas en México en las últimas décadas. La ficción como espacio de conformación de ciertas memorias colectivas, como lugar de denuncia y reescritura de la historia oficial confirma sus funciones al mismo tiempo contestatarias, paródicas y restauradoras.

Por último, Belem Clark lleva a cabo un análisis de una obra de José Tomás de Cuéllar, El pecado del siglo, a partir de los vínculos que existen durante la República Restaurada entre hecho histórico y ficción literaria. Buscando renovar la perspectiva de la historia literaria tradicional, la autora indaga en el interior del laboratorio de escritura de Cuéllar, reflexiona sobre los modos en que se ficcionaliza la realidad y da cuenta del contrato de lectura y el carácter pedagógico de la novela histórica del siglo XIX.

Al dossier lo completa la traducción de un artículo de Linda Egan sobre las formas de la parodia poética y musical inscritas en la obra de Carlos Monsiváis, así como una bibliografía especializada en torno a los estudios literarios de corte fronterizo.

 

FUENTES CONSULTADAS

CULLER, J. (2000), Breve introducción a la teoría literaria, Barcelona: Biblioteca de Bolsillo Crítica.         [ Links ]

PERUS, F. (comp.) (1994), Historia y literatura, México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.         [ Links ]

SAER, J. J. (1999), "El concepto de ficción", en El concepto de ficción. Textos polémicos contra los prejuicios literarios, México: Planeta, pp. 9–17.         [ Links ]

SARLO, B. (1983), "Literatura y política", en Punto de Vista, año VI, núm. 19, diciembre, Buenos Aires: Punto de Vista, pp. 8–11.         [ Links ]

VILLORO, J. (1997), "La frontera de los ilegales", en Ana Rosa Domenella, Antonio Marquet, Ramón Alvarado y Álvaro Ruiz Abreu (eds.), Primer Congreso Internacional de Literatura. Medio siglo de literatura latinoamericana 1945–1995, México: Universidad Autónoma Metropolitana, pp. 65–84.         [ Links ]