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Andamios

Print version ISSN 1870-0063

Andamios vol.7 n.14 México Sep./Dec. 2010

 

Reseñas

 

La dimensión económica del patrimonio cultural

 

Víctor Manuel Delgadillo Polanco*

 

THROSBY, D. (2008), Economía y cultura, México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA).

 

* Profesor de tiempo completo del Colegio de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), plantel San Lorenzo Tezonco.

 

Entre los pocos trabajos académicos que analizan la dimensión económica del patrimonio cultural se encuentra esta obra de un prolífico autor a quien sólo se podía consultar en inglés. El libro resume el trabajo teórico de más de tres décadas de este economista. Aquí se abordan las (en apariencia) lógicas diferentes de la cultura y la economía en sus mutuas interacciones: la dimensión cultural de la economía y la dimensión económica de la cultura, en un mundo donde la producción y consumo de bienes y servicios culturales a menudo es reducida a simple mercancía. El pensamiento económico vigente se basa en el individualismo y en la idea de que el libre mercado maximiza el bienestar social, mientras que la cultura, por definición colectiva, produce bienes con significado social que poco o nada tienen que ver con el mercado. Para Throsby, el análisis de la cultura y de los bienes culturales se ha convertido en una subdisciplina especializada de la ciencia económica debido a dos hechos recientes: 1) en el marco del mercado internacional, asistimos a una aguda confrontación por el patrimonio cultural, en sus múltiples expresiones (edificios y barrios antiguos, artesanías, etcétera), entre los intereses económicos y los culturales; 2) se ha reforzado la idea que indica que la cultura puede contribuir al desarrollo económico y social de las comunidades, y que la explotación de los bienes culturales puede generar riqueza y empleo.

La cultura, nos recuerda el autor, ha sido definida como la totalidad de la forma de vida de un grupo social (en términos étnicos, políticos, territoriales o religiosos), lo que abarca el conjunto de ideas, creencias, costumbres, valores y prácticas compartidas, que se expresan en símbolos, textos, lengua, tradiciones, etcétera. La cultura es un proceso cambiante que implica relaciones de poder, formas de cultura dominante impuestas por las élites y expresiones de cultura popular (opuestas a la "alta cultura" o a la cultura hegemónica).

El autor analiza una serie de conceptos que en varias ocasiones se usan con un significado opuesto al de su origen: la cultura de masas no necesariamente es sinónimo de cultura popular; la industria cultural, que en su origen tenía una connotación peyorativa (la mercantilización de la cultura), describe los procesos económicos a través de los cuales los bienes y servicios culturales se producen, distribuyen e intercambian; el capital cultural alude a la mercantilización de la cultura en la visión marxista, pero tiene al menos otros tres significados en la sociología: 1) describe las características tangibles e intangibles de los individuos; 2) para Bourdieu, hay tres formas de capital cultural: el personificado, el objetivado y el institucionalizado, que involucran la mente y el cuerpo del individuo; o se expresan en objetos culturales (cuadros, libros) o diplomas académicos; 3) en Europa el título de "Capital cultural" se otorga a una ciudad durante un año, en el que se efectúan importantes actividades culturales.

 

Valores sociales y valores económicos

El patrimonio, los bienes y servicios culturales son un capital físico y cultural capaz de producir beneficios económicos y sociales. El patrimonio cultural contiene: 1) valores socioculturales estéticos (vinculados a las modas y corrientes artísticas en boga); espirituales (prácticas y creencias religiosas o laicas); sociales (identidad colectiva, cohesión social, uso del territorio); históricos (recuerdo de los antepasados o la ocurrencia de hechos pretéritos) y simbólicos (evocación de significados colectivos); y 2) valores económicos de uso directo (residencial, comercial, recreativo, etcétera); de uso indirecto (beneficiarse de la cercanía de un monumento), y de no uso: (valorar objetos que existen aunque no se visiten, legar el patrimonio a futuras generaciones o por filantropía). Los valores económicos se construyen en el mercado, mientras que los valores culturales se definen en la esfera de las relaciones sociales, se establecen en función de significados colectivos, y son difíciles de conceptuar y complicados de medir.

Para quienes afirman que la "verdadera" valía de una obra de arte radica en sus cualidades estéticas o artísticas, el autor demuestra que esos son juicios de valor que varían entre los individuos, en el tiempo y en diferentes contextos sociales y políticos (algunos ejemplos de arte contestatario, rechazado en su origen, se transformaron posteriormente en objeto de culto). Para alejarse del absolutismo conservador y del relativismo progresista el autor señala que una forma de "medir" los heterogéneos y cambiantes valores culturales, consiste en identificar los significados y los símbolos que tienen para la población; mientras que para determinar el valor económico de los bienes culturales se puede considerar lo que la gente estaría dispuesta a pagar por su consumo. Pero este método tiene limitaciones: la gente no sabe lo suficiente sobre el objeto cultural, algunas cualidades del valor cultural no se pueden expresar cuantitativamente o son intraducibles en términos monetarios. Además, los juicios de valor se forman en interacción con otras personas y los omnipresentes medios de comunicación. Así, algunos objetos tienen un alto valor cultural aunque muy poco valor económico, o viceversa.

En el apartado sobre capital cultural y sustentabilidad el autor establece algunos paralelos entre el capital cultural y el capital natural: ambos son a su manera recursos no renovables, ambos deben protegerse para las generaciones futuras, en varios casos se encuentran en peligro de extinción y ambos son diversos. Para la gestión cultural el autor propone algunos principios de sustentabilidad: 1) garantizar el bienestar material e inmaterial para mejorar la calidad de vida de la población; 2) la equidad inter e intrageneracional que garantice el acceso, uso y disfrute universal a los bienes y servicios culturales; 3) una distribución equitativa de los costos y beneficios, y 4) el mantenimiento de la diversidad cultural, lo que permite la reproducción y renovación constante de la cultura.

 

Responsabilidad pública y privada

Los gobiernos, históricos defensores y beneficiarios del patrimonio cultural, han actuado como propietarios y gestores de instituciones, instalaciones y sitios patrimoniales; apoyando directa o indirectamente en el mantenimiento, funcionamiento y restauración del patrimonio cultural; a través de educación y difusión; o bien de regulación dura (coercitiva) o blanda (incentivos), para obligar o promover en los particulares la adopción de medidas frente al patrimonio cultural. Sin embargo, esas medidas han sido insuficientes, por ello Throsby hace hincapié en la generación de nuevas formas de gestión público-privada, y políticas holísticas (urbanas, económicas, sociales, culturales y medio ambientales), diversificadas pero concentradas en el territorio.

 

Patrimonio cultural y ciudad

Los bienes culturales desempeñan un papel importantísimo en las ciudades. Los edificios simbólicos (Torre de Pisa, la Alhambra o la Torre Eiffel), los centros culturales y la oferta cultural le otorgan identidad a la ciudad, se constituyen en puntos de atracción de visitantes y contribuyen a la construcción de la cohesión colectiva. Las repercusiones económicas de este capital cultural son directas (ingresos por el consumo de esos bienes y servicios), e indirectas (restaurantes, transporte, alojamiento, etcétera). La explotación económica de estos bienes culturales contribuye a diversificar la economía local (particularmente en las ciudades postindustriales en declive económico).

El autor tiene un lenguaje cuidadoso para expresar los riesgos del patrimonio cultural y la erosión de la identidad cultural que se puede generar a partir de la reducción de la liberación de los mercados globales, y la exportación de bienes culturales con sus mensajes simbólicos implícitos, particularmente en los países que indiscriminadamente importan esos productos culturales. Sin embargo, el autor no aborda otros temas sustanciales (las trasnacionales de la industria cultural), ni problematiza temas como la creciente disputa por el patrimonio entre intereses económicos e intereses colectivos, en las esferas local e internacional. No se pregunta sobre la distribución de los costos y beneficios, por el aprovechamiento de un patrimonio por definición colectivo. Ni pone en tela de juicio el papel que desempeñan los distintos actores privados, públicos y sociales en el arreglo de la casa (y del patrimonio cultural) para las visitas (turistas e inversionistas). Algunas problemáticas entre la cultura y la economía son apenas dibujadas. Sin embargo, una idea recorre el libro: es que la razón de ser del patrimonio cultural no tiene una dimensión económica en sí misma, sino que se trata de una expresión de valores esenciales, a través de los cuales los seres humanos manifiestan su identidad y definen sus formas de convivencia.

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