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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios v.7 n.13 México may./ago. 2010

 

 

Presentación del Dossier: Crisis financiera, crisis estructural

 

El nuevo siglo pareció empezar con buenas perspectivas. La corriente dominante en el pensamiento económico y en el político se había concentrado en la producción de modelos matemáticos capaces de controlar el riesgo involucrado en inversiones financieras de diverso tipo. Se repartieron muchos premios Nobel a economistas que produjeron modelos, que luego usaron para fundar fondos de inversión. Para esa corriente de pensamiento las depresiones económicas habían sido superadas. En 2007, los economistas y políticos adscritos al pensamiento dominante tuvieron que reconocer que una crisis recesiva no sólo era posible, sino que había irrumpido sin que se dieran cuenta y, por tanto, no habían hecho nada para evitarlo.

El estallido de la burbuja inmobiliaria en agosto de 2007 marcó el inicio de una fase recesiva sólo comparable a la de 1929 por varias razones: primero, porque la recesión no se circunscribió a un país, o a un grupo de países, como había ocurrido en las crisis anteriores. Segundo, en esta crisis la recesión se generalizó prácticamente a todos los países. Tercero, tuvo un rasgo distintivo de enorme importancia: su epicentro no se localizaba en algún país emergente. Por el contrario, su origen estuvo en Estados Unidos y otros países desarrollados. Cuarto, su profundidad, es decir, la disminución de los niveles de producción y la destrucción de puestos de trabajo, era similar a la de 1929, e incluso en ciertos indicadores esa disminución era aún mayor.

La crisis, pues, estaba de nuevo presente, con las características que, según el pensamiento hegemónico de los centros académicos de los países desarrollados, el avance científico había superado. Es significativo que uno de los economistas de reconocida influencia en la academia estadounidense, laureado con el premio Nobel, hubiera afirmado que el estudio de las depresiones sólo tenía sentido para los historiadores, ya no para los economistas o politólogos. En 2007, el colapso económico se volvió de inmediato un colapso de ese pensamiento dominante y, con ello, regresaron a la discusión económica y política los planteamientos de autores, como Marx, Keynes, Kalecki, Minsky y otros más, que sostenían que las crisis, recesiones y depresiones eran inherentes al funcionamiento de las economías capitalistas.

De manera que, para esta importante corriente de pensamiento, resultaba indispensable que se establecieran organizaciones e instituciones con el cometido expreso de evitar que las crisis se convirtieran en depresiones. Así había ocurrido después de la Gran Depresión de 1929 a 1933, cuando los gobiernos, los bancos centrales y organismos estatales creados ex profeso, a partir de leyes, normas de operación y arreglos políticos tuvieron a su cargo evitar que la crisis ocurriera de nuevo. Lo hicieron exitosamente durante 35 años y el mundo vivió lo que se denominó su edad de oro.

Sin embargo, los problemas fiscales de los gobiernos y la incapacidad para seguir cumpliendo con los compromisos del Estado benefactor llevaron al agotamiento de la política económica de inspiración keynesiana. Las viejas propuestas liberales —planteadas a finales del siglo XIX, se repitieron antes de la crisis de 1929 y, otra vez, después del fin de la segunda guerra mundial— cobraron fuerza y lograron que el cuestionamiento de la visión de un Estado con responsabilidades en la conducción del rumbo económico se convirtiera en un valor aceptado por casi todos los actores políticos.

Reapareció con renovada energía la visión de que los mercados debían funcionar libremente y que el equilibrio al que llegarían con la operación de la fuerza desigual de los participantes en cada mercado se acercaría al óptimo. Esta nueva visión liberal, de allí su designación de neoliberales, se impuso políticamente y los diversos mercados fueron liberados de manera sucesiva. En particular, en el mercado financiero desde finales del siglo XX fueron eliminándose instituciones centrales para el control de los riesgos bancarios y financieros. Las restricciones establecidas para que los bancos comerciales no tomaran riesgos por encima de un múltiplo definido de su capital se levantaron, permitiéndoles operar con las libertades normativas de los bancos de inversión.

La atención de la academia y de las fuerzas políticas dominantes se concentró en la expansión de las actividades financieras, dedicando un empeño especial en producir innovaciones que fueran operativas en tiempo real en el mundo entero. Se desarrollaron, además, modelos matemáticos para evaluar el riesgo crediticio, entendido como una función predecible de los resultados probables de miles de casos. Esto funcionó durante un tiempo, provocando un desplazamiento de las actividades productivas hacia las financieras. La distribución del ingreso, típicamente desigual en el modo de producción capitalista, se concentró brutalmente en la cúspide. Los grandes ricos habían depositado su patrimonio en activos financieros. Hubo una redistribución hacia las finanzas. La financiarización se volvió dominante. Esto ha sido denominado de diversas maneras; quizás una de las mejores es la de "capitalismo de los administradores de dinero", formulada por Minsky en uno de sus últimos trabajos.

Con este dossier, Andamios convocó a la comunidad académica a discutir el tema. En las páginas que siguen aparecen reflexiones que, desde diferentes perspectivas, analizan las consecuencias de la crisis. El recorrido no es, por supuesto, exhaustivo. Cubre, sin embargo, un abanico de asuntos de indudable pertinencia. La convocatoria de nuestra revista propone ampliar la discusión, con un planteamiento que no se restrinja a lo financiero, ni siquiera a lo económico solamente, sino que integre contenidos políticos, laborales, ambientales, etcétera. De su cumplimiento da prueba la selección de artículos que aparecen a continuación. Publicamos, además, la traducción de la primera parte de una investigación de enorme valor, realizada por Clive Dilnot, titulada "El triunfo y los costos de la avaricia", la que se acompaña con una selección bibliográfica de publicaciones recientes sobre la crisis.