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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.6 no.12 México dic. 2009

 

Dossier: El patrimonio cultural urbano: identidad, memoria y globalización

 

Identidad narrativa y el Centro Histórico (de la ciudad) de México*

 

Narrative Identity and the Historic Center of México City

 

Gonzalo Soltero**

 

** Licenciado en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y Maestro en Proyectos Culturales por la Universidad de Warwick, Inglaterra, donde actualmente realiza el doctorado en Estudios de Política Cultural como becario del CONACYT y la SEP. Se ha desempeñado en actividades académicas, editoriales y de difusión cultural en instituciones como el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) , la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) , la UNAM y la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado en las revistas Signos Literarios (UAM) , Estudios (del Instituto Tecnológico Autónomo de México, ITAM) y Curare, así como en Letras Libres, Nexos, Replicante y el suplemento El Ángel, del diario Reforma. Es autor de tres libros de cuento y una novela con la cual ganó el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, recientemente reeditada por el Fondo de Cultura Económica.

 

Fecha de recepción: 15 de abril de 2009
Fecha de aceptación: 3 de agosto de 2009

 

Resumen

Este artículo explora la noción de identidad narrativa con respecto al centro histórico de la ciudad de México. De acuerdo con esta categoría, la identidad se construye de manera narrativa, en diálogo con la cultura, definida por Clifford Geertz como el conjunto de historias que nos contamos acerca de nosotros mismos. Una gran cantidad de los eventos que se han integrado a la historia oficial de México han tenido como escenario el centro de la capital, en particular la Plaza de la Constitución. Su tratamiento como patrimonio cultural y las políticas dirigidas en años recientes a su "rescate" proporcionan un caso ejemplar para estudiar esta noción aplicada a un caso concreto.

Palabras clave: Identidad, narrativa, patrimonio, centro histórico, política cultural.

 

Abstract

This paper explores the notion of narrative identity related to the Historic Center of Mexico City. According to this category, identity is narratively constructed in an ongoing dialogue with culture, defined by Clifford Geertz as the ensemble of stories we tell ourselves about ourselves. A high number of events that have been incorporated to Mexico's official history have had this area as their setting, especially the main square. The cultural policies directed in recent years towards the Historic Center of Mexico City provide an adequate case study for the notion of narrative identity applied to heritage.

Key words: Identity, narrative, heritage, historic center, cultural policy.

 

INTRODUCCIÓN

El título de este artículo sobre el centro histórico de la Ciudad de México lleva un paréntesis que busca sugerir la siguiente pregunta: ¿sería inexacto considerar esta zona de la capital como el centro histórico de todo el país? En el presente texto pasaré revista a la centralización, ante todo simbólica, que ha tenido la nación en el centro de su capital, en especial la Plaza de la Constitución, y que lo vuelve un patrimonio cultural medular para México. La identidad colectiva de más de 110 millones de personas, que ocupan un territorio de casi 2 millones de kilómetros cuadrados, en buena medida se ha generado en este espacio de 668 manzanas, sobre todo en una plaza de 200 por 240 metros.

Como señala Jerome Monnet: "El 'Centro Histórico de la Ciudad de México' es un nombre propio, el de la 'zona de monumentos históricos' definida y protegida por un decreto presidencial de 1980" (Monnet, 1995: 13). Aunque el barrio se identifica con este nombre desde hace relativamente poco, su centralidad ha sido clara desde los orígenes míticos que preceden a la ciudad y se ha desarrollado con ella, como trataré de demostrar.

Mediante un proceso narrativo, que definiré sobre la marcha, las acciones humanas han formado en esta zona, a través del tiempo y en el espacio, una amalgama semántica y semiótica. Esto apunta ya en dirección al patrimonio cultural, que puede ser "[...] entendido como las expresiones culturales de un pueblo que se consideran dignas de ser conservadas", (Rosas Mantecón, 1998: 3). Objetos o ceremonias con valor histórico y estético pueden ser clasificados como tales, pero aquí me abocaré al patrimonio cultural como lugar o espacio. Esta es también la tendencia que se observa en las declaratorias de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) sobre el patrimonio tangible de la humanidad, pues la gran mayoría se refiere a zonas con un fuerte componente arquitectónico; es decir, a las expresiones culturales acoplándose de manera idealmente definitiva al espacio.

Esta versión casi sólida del patrimonio cultural será contrastada con algo tan intangible como el proceso narrativo, que permite al ser humano atravesar el tiempo y adquirir significado: es mediante este proceso que se tejen identidad y memoria, y que se entreveran comunidad, tiempo y espacio. Para tratar de demostrarlo examinaré la noción teórica de identidad narrativa, que podría resultar útil en los campos del patrimonio y la política cultural; así como la relación cíclica entre estos campos y el proceso de centralización simbólica de la zona en cuestión.

Dicha acumulación simbólica se ha generado ante todo como un ejercicio desde el poder, que le sirve a éste para justificarse. De acuerdo con Dundes, una de las funciones políticas del mito es "proporcionar un precedente sagrado para la acción presente" (Dundes, 1989: 24).1 La definición y conservación del patrimonio por parte del gobierno permite que el discurso y la historia oficiales tengan referentes concretos e imponentes. En algunos casos la sociedad civil ha polemizado con esta versión oficial a través de manifestaciones que han contribuido a resignificar el espacio y sus funciones.

En este contexto, y ante la preponderancia que la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de México y del Centenario de la Revolución Mexicana tendrá en la política cultural nacional durante el 2010, resulta propicio dedicarle una mirada a un escenario fundamental para la historia del país, para los dos momentos históricos a festejarse y para la forma en que se han festejado tradicionalmente sus aniversarios.

Finalmente, en lo que respecta a cultura tomaré como punto de partida la definición que propone Clifford Geertz: el conjunto de historias que nos contamos acerca de nosotros mismos (Geertz, 1973: 448, 452). Esta definición franquea el paso para ahondar en aquello a que me refiero con la siguiente categoría: narrativa.

 

LA NARRATIVA COMO PROCESO COGNOSCITIVO Y COMO REPRESENTACIÓN

Hace unas tres décadas el concepto de narrativa dejó de interesar únicamente en el ámbito de los estudios literarios para ser aplicado en campos tan diversos como la psicología, el trabajo social, la educación, la ciencia política, el derecho o la medicina; lo que se ha conocido como el "giro narrativo" (Ryan, 2007: 22; Hyvärinen, 2006: 7; Herman, 2007a: 4). La definición de este término presenta ciertas complicaciones, pues ha sido desarrollada más allá de cualquier consenso por la teoría literaria, mientras que en otras disciplinas se ha tomado del uso cotidiano que tiene la palabra. Dos volúmenes publicados recientemente dedicados a este campo resultan de gran utilidad para revisar el estado de la cuestión (Hyvärinen et. al., 2006; Herman, 2007a).

Los capítulos en ambos libros dedicados a la definición del término son elocuentes sobre las dificultades que presenta. El capítulo de Rimmon–Kennan (2006) lleva un título en plural ("Concepts of Narrative"), como si fuera imposible reducir la categoría a un solo concepto, y termina con una lista de 14 preguntas, como si en vez de conclusiones sólo fuera posible cerrar con preguntas por responder. En su contribución, Ryan (2007) propone una "nebulosa de definiciones" (a fuzzy–set definition)2 para elegir de acuerdo con el caso. A pesar de este panorama tan irresolutivo, a partir de algunos autores que coinciden en varios puntos es posible acuñar una definición básica para el uso que se le pretende dar en este artículo al término: la narrativa es la representación de uno o varios eventos en el tiempo (Abbott, 2002: xi; Bruner, 1991: 6; Gennette, 1982: 127; Ricoeur, 1990: 37, 52).

Esta definición comprende la narrativa no solamente como una historia o discurso que puede tener diversos soportes (textos, recuentos orales, imágenes) sino también como un proceso mental crucial para comprender la realidad. Abbott dice que: "El pensamiento y la expresión humana en general son intrínsecamente narrativos" (Abbott, 2002: 1).

Carr menciona que ningún elemento puede ser incorporado a nuestra experiencia si no es a través de una historia o una narrativa (Carr, 1986: 68). Y Herman asevera que "La narrativa, en otras palabras, es una estrategia humana básica para conciliar tiempo, proceso y cambio" (Herman, 2007b: 3). En este sentido es posible hablar de una construcción narrativa de la realidad.

Por narrativa, entonces, me referiré tanto al proceso cognoscitivo como a las representaciones que produce. De la relación pendular y cíclica entre proceso y representaciones proviene a su vez la relación entre narrativa y construcción de significados: "La narrativa, de acuerdo con este argumento, no solamente refleja o incorpora significado: lo crea directamente. Y si esto es así, entonces la narrativa proporciona un modelo fundamental para la creación humana de sentido" (Bell, 1990: 173). La siguiente cita es sumamente ilustrativa de este proceso:

Las nuevas cosmologías contemplan a la "creación" como algo ambiguo, mitológico e incluso tabú. Preguntar qué precedió al Big Bang y a los nanosegundos primordiales de la condensación y expansión de nuestro universo es, según se nos dice, una sandez. El tiempo no tiene significado de manera previa a esta singularidad. Tanto la lógica elemental como el sentido común nos deberían indicar que tal sentencia es una pretensión arrogante y charlatana. El simple hecho de que podamos articular la pregunta, de que podamos incorporarla en un proceso cognoscitivo normal, le da significado y legitimidad. La premisa de esa nada y esa atemporalidad incuestionables ("que no deben ponerse en duda"), ahora convertida en dogma por los astrofísicos, es tan arbitraria y en muchos sentidos incluso más mística que cualquier narrativa de la creación en el Génesis o cualquier otra fuente (Steiner, 2001: 279).

Aquí, George Steiner prácticamente parece cuestionar la validez de la versión científica que niega la existencia del tiempo antes del Big Bang. En realidad, el cuestionamiento de Steiner se debe a que la existencia del Universo va más allá de la narratividad, lo que dificulta su comprensión. Si una narrativa es la representación de los eventos en el tiempo, y el tiempo todavía no existía —aunque dicha premisa haya sido comprobada de manera científica—, no es posible estructurarla de acuerdo con la lógica humana.

El párrafo citado respalda las definiciones y argumentos que se han expuesto hasta el momento sobre el proceso narrativo. El contraste que Steiner hace entre la premisa mencionada y la religión también es importante. Más que verdaderamente entender la premisa básica del Big Bang, las opciones para quien no puede seguir las ecuaciones de la física se reducen a creerlo o no: en este sentido es, efectivamente, un dogma. Esto ayuda a explicar la adhesión masiva que logran la religión y la historia oficial, que integran mitos y leyendas no siempre fidedignos a los acontecimientos; estos dos tipos de metarrelato pueden proporcionar una visión del mundo que, a pesar de ser falsa en varios aspectos, resulta más congruente con la manera que tenemos de procesar la realidad, y le proporcionan al mundo un sentido con frecuencia necesario para los humanos, aunque no siempre sea fiel a los hechos.

 

IDENTIDAD NARRATIVA

Cuando se entiende a la narrativa como representación y proceso cognoscitivo, su vínculo con la identidad resulta natural. Benson señala sobre la construcción del yo que "[...] la forma de una vida se hace y rehace por las historias que una persona cuenta de sí misma" (Benson, 2001: 46). Bruner menciona que cada individuo puede entender su propia vida sólo a partir de una suma de historias de las cuales es el protagonista, narrador e incluso auditorio (Bruner, 1987: 692–693). Es decir, el individuo y la cultura se forman mediante el mismo proceso narrativo. Sólo a través de dicho proceso puede el ser individual alcanzar su densidad ontológica y reconocerse como parte de un ser colectivo. Paul Ricoeur agrega:

Enfatizo la expresión "identidad narrativa" pues lo que llamamos subjetividad no es ni una serie incoherente de eventos ni una sustancialidad inmutable, impermeable a la evolución. Este es precisamente el tipo de identidad que sólo la composición narrativa puede crear a través de su dinamismo [...]. De manera semejante, nunca dejamos de reinterpretar la identidad narrativa que nos constituye a la luz de las narrativas que nuestra cultura nos propone (Ricoeur, 1991a: 32).

Sin importar la persona del singular o del plural que le anteceda, el ser es un verbo en infinitivo; la narrativa permite que se conjugue a través del tiempo estableciendo una relación de causa y efecto. Causalidad que permite vincular pasado y presente. Un breve enunciado como "somos mexicanos" da cuenta de estos atributos y de cómo contribuyen a la formación de la identidad.

La naturaleza narrativa de la identidad se vuelve aún más clara al observar el estrecho vínculo que hay entre memoria y narratividad. Los primeros recuerdos que cada persona conserva provienen del momento en la infancia en el que se adquiere una capacidad narrativa elemental, que permite unir sujetos con verbos (Abbott, 2002: 3; Barthes, 1977: 124; Bruner, 1991: 9). "Con seguir un sujeto de un verbo, es muy posible que ya estemos involucrados en un discurso narrativo" (Abbott, 2002: 1). Es decir que la memoria humana se activa a partir de que se consigue la ilación del lenguaje con el tiempo.

 

NOSOTROS, EL LUGAR Y EL TIEMPO

Harré apunta: "El ser es una locación, no una sustancia ni un atributo. La sensación de ser es la sensación de estar ubicado en un punto del espacio, de tener una perspectiva en el tiempo y de tener una variedad de posiciones en órdenes morales locales" (Harré, 1993: 4). Aunque coincide con Ricoeur en que el ser no es una substancia, parece que hay una oposición. ¿El ser es narrativo o es una locación?

Benson menciona que la respuesta a ciertas preguntas es necesariamente narrativa. La pregunta que surge ante el patrimonio es un buen ejemplo y contribuye a responder la pregunta del párrafo anterior. "La identidad de un individuo o una comunidad responde a la pregunta '¿Quién hizo esto?'" (Benson, 2001: 45, 46). Este aserto de Benson embona con la definición de Geertz: a la pregunta que surge frente al patrimonio cultural, "¿Quién hizo esto?", la respuesta es: "Nosotros". La enunciación desde esa primera persona del plural permite reconocer a una comunidad que se identifica como tal a través del tiempo, a partir del espacio, mediante una respuesta narrativa. El espacio es el escenario necesario de las historias que ayudan a definir una comunidad; aporta tangibilidad al relato histórico y significado al paso del tiempo.

La coexistencia pacífica de distintos grupos sociales en el mismo lugar se debe en buena medida a la integración que se logra mediante narrativas culturales de identidad. En este sentido, incluso el tejido social puede considerarse como narrativo: el conflicto en una sociedad con frecuencia comienza cuando los límites de inclusión que adquiere el "nosotros" dejan de ser claros. De aquí el papel de la cultura como plataforma para la ciudadanía, que de acuerdo con Reguillo resulta indisociable de pertenencias y adscripciones de carácter cultural (Reguillo, 2005: 48).

Así, se perfila una de las tareas básicas de la política cultural. Miller y Yúdice comienzan a definirla como los apoyos institucionales que sirven de puente entre la creatividad estética y los modos colectivos de vida (Miller y Yúdice, 2002: 1). Estos autores citan el comentario de Massimo d'Azeglio una vez conseguida la reunificación de Italia en 1870: "Ya hicimos a Italia: ahora falta hacer a los italianos" (Ibíd.: 6). Aquí entra otro rol de la política cultural que de acuerdo con García Canclini incluye: "[...] obtener consenso para un tipo de orden o transformación social" (García Canclini, 1987: 26).

El centro histórico de la Ciudad de México es un claro ejemplo de lo que mencionan Miller y Yúdice. La arquitectura que constituye este espacio público, con un papel central en varios modos de vida pública, es una de las formas más concretas que puede alcanzar la creación estética, y con frecuencia alberga obras de arte. "El Centro Histórico reúne los testimonios arquitectónicos de seis siglos (del XV al XX) de historia de la ciudad entera" (Monnet, 1995: 14). De los 4,200 edificios que lo forman, más de la tercera parte está catalogada como monumentos históricos (Ibíd.: 15), y la mayor concentración de museos en el país se encuentra en esta área.3

La relación entre patrimonio cultural e historia oficial, sancionada por el Estado y repetida en las aulas de todo el territorio nacional, es uno de los bastiones de la política cultural. Bruner subraya que un sistema educativo debe ayudar a quienes crecen en una cultura para encontrar una identidad dentro de la misma, pues sin ella la búsqueda de sentido enfrentará graves obstáculos. Esta identidad debe comenzar a crearse a partir de los temas y los programas en la escuela, que ayuden a los niños (lo mismo más adelante cuando sean adultos) a crear una visión del mundo en la cual les sea posible concebir un lugar para sí mismos (Bruner, 1996: 42, 39). La política oficial educativa y cultural ha construido un sólido puente que se tiende entre la nación mexicana y el centro histórico de la capital a través de la formación primaria.

La ciudad ha sido usada con la intención de formar ciudadanía mediante la referencia al simbolismo del espacio público. En este sentido, el Estado requiere del estado sólido como referencia, y éste retribuye con significados que fortalecen a las narrativas de identidad que, a su vez, definen, explican e ilustran el patrimonio. Sobre este proceso de retroalimentación afirma Pablo Páramo:

La vida pública de carácter cultural es facilitada por el recuento de la historia cultural reflejada en los monumentos, calles, plazas y otros elementos del espacio público [...] [que] sirven para evocar conexiones a los eventos pasados que estimulen sentimientos de orgullo nacional y contribuyen a la identidad con la ciudad. Igualmente definen en buena parte la pertenencia de los individuos a los grupos a nivel nacional, como los de ciudadanía o local, como la pertenencia a un pueblo o a un vecindario (Páramo, 2007: 57).

Esta suma de lo sólido y lo discursivo resultan fundamentales para que el individuo pueda convertirse en ciudadano y comprender la relevancia de sus actos en la cultura a la cual pertenece. La toma de conciencia, por ejemplo, puede entenderse justamente como un proceso narrativo mediante el cual el individuo aprende a valorar la importancia protagónica que la participación política, empezando por la suya, tiene en la construcción del futuro colectivo. La ubicación del lugar al que hace referencia Bruner se halla en el presente, pero sobre todo en el futuro, lo que trae a colación el papel que tienen el patrimonio y la narrativa frente al tiempo.

Paul Ricoeur dedicó los tres volúmenes de Tiempo y narración a demostrar que solamente es posible hacer el tiempo humano, comprenderlo cabalmente, mediante narrativas históricas o literarias. En las conclusiones del tercer volumen (1988) y en un par de artículos posteriores (1991a y especialmente 1991b), Ricoeur se pregunta si hay alguna experiencia fundamental que logre aprehender el tiempo e integrar ambos tipos de discurso, ficticio e histórico. Su respuesta es justamente la identidad narrativa, ya sea de una persona o de una comunidad histórica (Ricoeur, 1991b: 194–195).

Bruner concuerda en que solamente a través de nuestra capacidad narrativa podemos enhebrar nuestra identidad a través de pasado, presente y futuro posible. "El ser, entonces, no es una cosa estática ni una sustancia, sino la configuración de eventos personales en una unidad histórica que incluye no solamente lo que uno ha sido, sino también expectativas de lo que será" (Bruner, 1990: 116). Para Anderson, la nación ocurre como "[...] una nueva forma de unión de la comunidad, el poder y el tiempo, dotada de sentido" (Anderson, 2007: 62). El patrimonio, como manifestación del espacio simbólico, dota de sentido al tiempo comunitario a través de las historias que de él cuenta; sirve como un puente entre el presente y un pasado significativo, tránsito del cual obtiene su valor simbólico.

Esto también sucede hacia el futuro: una de las razones por las cuales tanto campañas políticas que aspiran al gobierno, como marchas en contra del mismo desembocan en el Zócalo, es para capitalizar su valor simbólico. La respuesta a la pregunta que surge ante el patrimonio, ¿"Quién hizo esto"?, también está cargada de potencialidad al demostrar de manera palpable lo que la comunidad que reconoce ese patrimonio como suyo es capaz de hacer. La solidez del patrimonio, memoria tangible de un pasado comunitario que se considera valioso, permite mirar con mayor seguridad la incertidumbre del futuro.

Anderson subraya que la necesidad de trascendencia es una de las razones que explican la formación de las naciones: vencer la contingencia de la muerte y trazar un vínculo significativo entre generaciones de padres e hijos. "Lo que se requería entonces era una transformación secular de la fatalidad en continuidad, de la contingencia en significado" (Anderson, 2007: 29). Pocas cosas son más propicias para este fin que la idea de nación. La nación ofrece un futuro colectivo y una trascendencia civil ante la contingencia de nuestro ser transitorio, más tangible que el cielo prometido por las religiones.

Si se concede generalmente que los estados nacionales son 'nuevos' e 'históricos', las naciones a las que dan una expresión política presumen siempre de un pasado inmemorial, y miran un futuro ilimitado, lo que es aún más importante. La magia del nacionalismo es la conversión del azar en destino (Anderson, 2007: 29).

En este sentido, la educación infantil es uno de los caminos más directos para tener control sobre el futuro. Para la política oficial, lo mismo que para la política cultural, infancia es destino. Al respecto, Nivón Bolán opina: "Este conjunto de relaciones también busca la identificación de los ciudadanos con su patrimonio artístico, de modo que se descubran conectados con sus antepasados y con la historia en general y se doten de instrumentos para diseñar su futuro" (Nivón Bolán, 2006: 22). Para este autor, en el caso de México, la definición de la identidad nacional mediante políticas culturales requirió conciliar el pasado y el presente mediante mitos integradores que permitieran unir el México preshispánico con el colonial y el independiente (Ibíd.: 33). Dichos "mitos integradores" son narrativas que se vuelven sensibles al transformarse en patrimonio, y viceversa. Es por ello que el centro histórico, y en especial el Zócalo, más que escenario se han vuelto protagonista fundamental de la identidad mexicana, de las historias que la constituyen y mantienen vigente.

Los "tres Méxicos" a los que Nivón Bolán se refiere —prehispánico, colonial e independiente— surgen, convergen y se mantienen en una misma plaza. Lo anterior ha resultado en un proceso de acumulación simbólica sobre la misma, que a continuación trataré de elaborar, y que tiene implicaciones capitales para su papel como patrimonio cultural y nacional.

 

CENTRALIZACIÓN SIMBÓLICA

El desarrollo de símbolos, es decir el proceso mediante el cual los contenidos semánticos se vuelven semióticos, también puede ser comprendido de manera narrativa. El centro histórico, y sobre todo El Zócalo, han pasado en la política oficial, incluida la cultural, por un proceso de centralización simbólica que funciona de manera cíclica y centrípeta. Haré un breve repaso de este proceso a partir de cuatro aspectos que se interrelacionan (espacial, político, lingüístico e histórico) para comprender cómo esta zona ha acumulado suficiente capital significante como para volverse la piedra angular de la identidad mexicana.

"Centro histórico de la Ciudad de México" es una expresión que en estricto sentido sólo puede utilizarse a partir del siglo XX. Resulta anacrónica para cualquier periodo anterior, en primer lugar porque México no existía antes del siglo XIX, aunque narrativamente se extienda hasta la formación geológica del territorio que ahora ocupa, y en segundo lugar, porque hasta principios del siglo XX la ciudad cabía en lo que ahora es su centro: "[...] constituía hace cerca de un siglo el conjunto de la aglomeración urbana" (Monnet, 1995: 14).

La expresión, no obstante, designa un área que desde el siglo XIV ha fungido como centro político de un territorio de nombre y dimensiones cambiantes. "Centro político" es una locución afortunada porque indica la interrelación entre lo espacial y lo político; si el Distrito Federal es el centro político del país, el Zócalo es el centro del centro; el primer cuadro del Primer Cuadro. "Se trata de la plaza principal, foco geométrico del Centro Histórico y de la ciudad entera" (Monnet, 1995: 18). Retomando el título de este artículo, la pregunta sería si también lo es de toda la nación.

El nombre más popular de la Plaza de la Constitución, el Zócalo, proviene de un proyecto de Antonio López de Santa Anna para construir un monumento a la Independencia que nunca se terminó. Sin embargo, el zócalo del monumento sí fue culminado y estuvo varios años al centro de la explanada, con lo cual se volvió el centro del centro (la plaza) del centro (histórico) del centro (político).

Mi premisa es que el zócalo sigue ahí y se ha ampliado. No de manera física, pero sí de manera discursiva. Esta sinécdoque mediante la cual la plaza entera se restringe al nombre de una de sus partes resulta elocuente. Aunque ese pedestal estuvo de manera pasajera y nunca recibió el monumento que aguardaba, la plaza pasó a ser el zócalo simbólico sobre el que se ha construido la identidad mexicana.

Su centralización simbólica se debe también a la traza urbana española, prototipo de las ciudades latinoamericanas, que parte de una plaza mayor y avanza en una retícula cuadricular, lo cual hace al centro siempre evidente. No sucede lo mismo con otras ciudades capitales, por ejemplo Londres o París. ¿Cuál sería el equivalente de la zona central londinense?, ¿la plaza de Trafalgar, la de Leicester o el cruce de Piccadilly? ¿En París, sería El Campo de Marte, Las Tullerías o la Plaza de la Concordia? Aunque ninguno de estos puntos carece de importancia en la traza urbana o en la vida cotidiana de su ciudad, ninguno tiene esa centralidad intrínseca. A la vez, términos que se utilizan en otros idiomas de manera común para referirse a este tipo de zonas, como downtown en inglés o Mitte en alemán, no conllevan la "umbilicalidad" de la palabra centro utilizada para referirnos a esta área.

Hay otra centralización cíclica que se da nominalmente: México, la ciudad de los mexicas, extendió su nombre al país y lo conservó como capital del mismo. Aunque de manera oficial el Distrito Federal es la capital de los Estados Unidos Mexicanos, por lo general se hace referencia a México, el país, y a nivel nacional también es frecuente que se denomine a la capital con el mismo nombre. En este uso cotidiano del lenguaje hay una segunda sinécdoque que opera en sentido inverso a la primera: si al llamar Zócalo a la plaza se da al todo el nombre de una de sus partes, al llamar a la capital con el nombre del país se nombra con el todo una de las partes. Es tal vez una abreviación, pues la ciudad que alberga a la capital lleva ya este nombre y tendencia (ciudad de México), como si se tratara de su ciudad primordial.

Este centralismo casi fractálico se ha replicado en la provincia también mediante el lenguaje, pues "zócalo" es la palabra con que se nombra la plaza principal de una población o demarcación política. Cabe incluso preguntarse si sería correcto escribir El Zócalo de la Ciudad de México, comenzando el artículo con mayúscula por ser parte de un nombre propio, y los demás en minúsculas, por ejemplo el Zócalo de Tlalpan o de Oaxaca, diferenciando el original de todos los que le han seguido y nominalmente de él provienen.

Desde el punto de vista histórico, un alto porcentaje de los eventos consignados en el relato oficial que le da forma al Estado mexicano se llevaron a cabo en el Zócalo o las calles que conducen a esta plaza. De manera muy esquemática podría decirse que la historia oficial de México es la historia de la toma del Zócalo. Incluso una secuencia de fechas, por ejemplo 1325, 1521, 1821, o 1913 sirven como detonadores narrativos para visualizar algunos de los eventos ahí acontecidos.

Finalmente, la acumulación de significados se da también a partir de los principales símbolos de la identidad mexicana: la bandera y el águila que la tripula, ambos fuertemente vinculados al Zócalo. El libro que Florescano ha dedicado a interpretar la bandera mexicana (1998) y su síntesis de la tradición indígena, religiosa colonial y liberal hace innecesario abundar aquí al respecto. Por lo tanto me concentraré en el águila que ocupa su centro; junto con la virgen de Guadalupe, uno de los dos íconos más representativos de la mexicanidad y, como la ciudad, crisoles de lo oficial y lo popular.

La imagen del águila devorando a la serpiente se refiere al primero de los eventos arriba mencionados (1325), mito fundacional del imperio mexica, retomado a partir de la fundación de México el país (1821). La figura del águila se presta a una mayor maleabilidad simbólica que la pura representación cromática característica de otras banderas. El águila se vuelve moneda de cambio semiótico, de manera literal en una cara de la moneda o junto a la leyenda "Hecho en México", ambos posicionamientos transitivos con una ubicuidad difícil de igualar en el interior y exterior del país, respectivamente. Una vez que comienza a notarse esta ubicuidad no dejan de sorprender los lugares donde brota: baste decir que los jugadores de la selección mexicana de fútbol llevan sobre el corazón de la camiseta el logotipo de la Federación Mexicana de Futbol Asociación (FMFA): un emblema en el cual el águila se posa sobre un calendario azteca (también hallado en el Zócalo) colocado sobre un balón.

La ubicación misma del asta bandera en medio de la plaza asemeja una extensión vertical de esta umbilicalidad simbólica, pues recuerda el origen mítico, el hallazgo del águila que indicaría a los mexicas dónde construir su ciudad y desarrollar su nación. La primera línea del cántico entonado por los niños de todo el país una vez a la semana es: "Se levanta en el mástil mi bandera". El lábaro patrio que tienen enfrente y reverencian de manera ritual remite de manera directa a los eventos y discursos históricos necesarios para darle existencia, muchos fraguados en el Zócalo que se convierte así en el núcleo simbólico y patrimonial de México: su Centro Histórico.

 

CONCLUSIONES: CONSERVACIÓN Y CONTROVERSIAS

La idea del panóptico, desarrollada por Bentham y expandida por Foucault (1976), contempla la posibilidad de una observación constante, comprensiva e imperceptible. El Zócalo logra algo semejante en sentido inverso: su construcción espacial y narrativa lo convierte en el escenario nacional donde confluyen todas las miradas y, por ende, marchas de los movimientos políticos más disímbolos. Tan sólo en esta década algunos ejemplos han sido el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el cierre de campaña de Vicente Fox, las marchas en contra del desafuero de Andrés Manuel López Obrador y las marchas blancas en contra de la inseguridad.

Debido a la centralización simbólica que se ha descrito, el centro opera una última sinécdoque en este sentido: es una especie de mapa o espejo de todo el país que funciona del interior al exterior y del pasado al futuro. Un centro histórico en malas condiciones da una impresión negativa de la nación. Dada la importancia que el Zócalo y el centro histórico tienen como patrimonio merecen una política de conservación ejemplar. Es posible que la ruta hacia a esa conservación haya comenzado en los primeros años de la última década del siglo pasado, con lo que algunos llamaron Proyecto Alameda (Ruelas, 1993; Núñez, 1994). Esta iniciativa se retomó a partir de 2001 mediante un proyecto de mejoramiento (informalmente conocido como "programa de rescate") que ha unido a la iniciativa privada, el gobierno federal y el gobierno local, incluso de administraciones subsecuentes. Es importante, sin embargo, señalar al menos dos riesgos que las consecuencias de este programa podrían entrañar para la construcción de una identidad colectiva, especialmente en el nivel barrial, pero también con implicaciones a nivel nacional.

El primero es que debido a su valor simbólico, que tasa en lo político, se opte por una especie de barniz patrimonial y retórico en vez de un mejoramiento real. Habrá que ver si el objetivo es significar o tan sólo lustrar. Fechas con cariz político, como 2010 (Bicentenario) o 2012 (elecciones) podrían aumentar este riesgo. Si el aspecto más concreto que distingue a esta zona es el arquitectónico, es decir la cantidad de edificios catalogados como monumentos históricos, deberían ser también lo primero a respetar de acuerdo con la legislación y las instituciones correspondientes. Lo mismo procedería con respecto a las posibilidades arqueológicas del subsuelo y las obras de infraestructura que se llevan a cabo, como las que recientemente han beneficiado a La Merced y al corredor peatonal de Regina.

El segundo riesgo tiene varias implicaciones y tiene que ver con una comercialización excesiva de este espacio. Subrayo el adjetivo excesivo pues Monnet (1995) ha demostrado que lo comercial es parte de la esencia del centro. Habría que preguntar para quién se busca "rescatar" el centro histórico. Idealmente, y de acuerdo con la declaratoria patrimonial de la UNESCO de 1987 que protege esta zona, la respuesta sería un nosotros que abarcara a la humanidad entera. Sin embargo, para alcanzar semejante ideal habría que comenzar por la base; por ejemplo los habitantes actuales del Primer Cuadro. El calentamiento inmobiliario de la zona podría lograr lo que no lograron el temblor de 1985, sus consecuencias residenciales y las décadas siguientes de decaimiento: expulsarlos. El centro podría convertirse en una zona exclusiva y excluyente, como lo fue la Alameda cercada en los tiempos porfirianos. El proceso de gentrificación margina a los menos privilegiados, como lo documenta Leal Martínez (2007). Hay que tener presentes los desgarres al tejido social y a la identidad colectiva que ese acotamiento a lo inclusivo del nosotros involucra. De nuevo, de acuerdo con Pablo Páramo: "El lugar en términos culturales se relaciona con asuntos de vecindario, raza e identidad nacional, contribuye a la formación de la identidad de una persona, un grupo o una cultura" (Páramo, 2007: 71).

Otra implicación negativa que podría tener una excesiva comercialización del centro histórico tiene que ver con las divisiones entre espacio público y espacio privado. Donovan menciona las semejanzas entre varios países del mundo anglófono, como Estados Unidos, Australia y el Reino Unido, en los cuales se ha dado una privatización de funciones sociales que antes se llevaban a cabo en el espacio público (Donovan, 2004: 183). Esto se verifica en la vivienda, con el aumento de calles cerradas o "privadas", y en el consumo, con el cambio en los patrones de compra: de realizarla en calles céntricas se ha pasado, cada vez más, a comprar en grandes centros comerciales amurallados. Sobra decir en qué grado se verifica esta tendencia en México. En el centro histórico ya se vuelve evidente en otros rubros, como las cámaras de circuito cerrado privadas con funciones públicas para garantizar la seguridad.

La tercera y última implicación tiene que ver con la corporativización del patrimonio, que ha generado casos tan complejos como el del Casino de la Selva en Cuernavaca o el acervo cultural de Banamex. Al respecto la razón social de la principal inmobiliaria en esta zona me parece de una elocuencia perentoria: "Centro Histórico de la Ciudad de México S. A. de C. V.". Dicha inmobiliaria forma parte de Grupo CARSO, dueño de centros comerciales que han implicado procesos de restauración como Plaza Loreto o Plaza Cuiculco, esta última no sin implicaciones patrimoniales hacia el sitio arqueológico homónimo y vecino, al que ha eclipsado. ¿El precio a pagar por el "rescate" del centro histórico es verlo transformado en una versión monumental de estas plazas? Habrá que examinar cómo se amolda a este esquema la Plaza de la Constitución.

El análisis narrativo pone en tela de juicio la imparcialidad de la intervención urbana y la connotación discursiva de "rescate" en una política pública. Bajo este enfoque, el referente concreto, la Plaza de la Constitución, es altamente maleable a la narrativa dominante, que se proyecta hacia el futuro y que no incluye necesariamente a todos los mexicanos. La noción expuesta en este artículo, la identidad narrativa, permite preguntar: ¿de quién es el centro histórico?, ¿para quién se rescata?, ¿cuál es hoy el papel que cumple el ser narrativo del centro histórico de México para sus habitantes, los de la capital y el resto del país?

La identidad narrativa de una comunidad, que le permite convivir pacíficamente, necesita afianzarse en lo físico para lograr vincular pasado, presente y futuro posible, sobre todo cuando este último se presenta incierto. El patrimonio debe ser cimiento, no adorno. La superficialidad y la exclusión en ciertas dinámicas que actualmente se imponen en esta zona pueden afectar los valores que sustentan la construcción de la identidad. Como ya se mencionó, el tejido social es en buena medida narrativo y el conflicto aparece cuando los límites de inclusión que adquiere el nosotros dejan de ser claros. El centro histórico como símbolo debe contribuir al aglutinamiento de ese nosotros, no a aumentar la fragmentación social que atraviesa el país.

 

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NOTAS

* Este artículo es parte de una investigación doctoral sobre la construcción narrativa de sentido que es posible gracias a una beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) y un apoyo complementario de la Secretaría de Educación Pública (SEP) . Se ha beneficiado asimismo de la investigación que realicé en el Observatorio Cultural del Centro Histórico de la Universidad del Claustro de Sor Juana de 2004 a 2006. Quisiera aprovechar este espacio para agradecer los comentarios de los tres dictaminadores anónimos que leyeron este texto, los cuales me permitieron subsanar algunas de sus deficiencias.

1 Salvo indicación en contra, la traducción de esta cita y de las siguientes que provengan de fuentes publicadas en inglés son mías.

2 Fuzzy–set definition: se traduciría más literalmente como "definición nebulosa" o mejor, "definición de conjunto borroso", dándose a entender que el conjunto de definiciones posibles del concepto de narrativa es de ese tipo. Los conjuntos borrosos o nebulosos (fuzzy sets) son entidades matemáticas que se caracterizan por el hecho de que sus elementos admiten grados de pertenencia o membresía, a diferencia de los conjuntos de la teoría clásica, para cuyos elementos la pertenencia al conjunto está asignada en términos binarios (representada por los dígitos 0 ó 1) determinando una condición bivalente: el elemento, o bien pertenece o bien no pertenece al conjunto; mientras que la teoría de los conjuntos borrosos define para cada conjunto borroso una función de pertenencia, que para un elemento dado puede asumir cualquier valor real entre 0 y 1. [Nota del editor].

3 Un estudio llevado a cabo por el Instituto de Cultura de la Ciudad de México a fines de la década pasada demostraba que había más de 40 museos en el centro histórico (Tostado, 2005). De entonces a la fecha la cifra ha aumentado.