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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios vol.6 no.12 México dic. 2009

 

Dossier: El patrimonio cultural urbano: identidad, memoria y globalización

 

El Centro Histórico de Bahía revisitado

 

The Historic Center of Bahia Revisited

 

Paulo Ormindo de Azevedo*

 

*Arquitecto por la Universidad Federal de Bahía, Brasil. Doctor en conservación y restauración de monumentos y sitios patrimoniales, Universidad La Sapienza de Roma, Italia. Fundador y coordinador del Inventario de Protección del Acervo Cultural de Bahía, proyecto de la Secretaría de Cultura y Turismo del estado de Bahía. Profesor de la Maestría en Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Federal de Bahía (UFBA). Consultor de la UNESCO desde 1975 y restaurador de monumentos y sitios históricos. Miembro de la Academia de Letras de Bahía, del Consejo Consultivo del Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (IPHAN) , del Consejo Nacional de Política Cultural, y del Consejo Estatal de Cultura de Bahía. Recibió el premio Rodrigo Melo Franco de Andrade, do IPHAN. Autor de diversos libros y artículos.

 

Fecha de recepción: 15 de abril de 2009
Fecha de aceptación: 7 de junio de 2009

 

Resumen

Este artículo analiza cuatro décadas de iniciativas públicas de recuperación del centro histórico de Bahía, con sus enfoques, modelos de intervención y énfasis cambiantes: el turismo, el marketing político. Se presenta el histórico proceso de decadencia del antiguo centro y se señala la carencia de sustentabilidad de los programas que se implementan desde 1991. Asimismo, se evidencia el doble proceso de desalojo de la población marginal y de la función habitacional del centro histórico, y de reapropiación del lugar por parte de los diversos grupos afrobrasileños. En las conclusiones se critican los modelos de intervención importados y se aboga por construir una teoría latinoamericana sobre la recalificación de nuestros centros históricos y por buscar soluciones en función de nuestras especificidades.

Palabras clave: Salvador de Bahía, centro histórico, patrimonio urbano, política urbana.

 

Abstract

This paper discusses four decades of public initiatives to recover the historic center of Bahia, with its approaches, intervention models and changing emphasis: tourism, political marketing. We expose the old center's historical process of decay and underscore the lack of sustainability of the programs carried out since 1991. Also, we evidence the double process of evicting marginal population and the housing function of the historic center; and the reappropriation of the place by many Afro–Brazilian groups. In conclusion we criticize imported models of intervention and plead for the development of a Latin–American theory about the requalification of our historic centers, and for searching new solutions based upon our specificities.

Key words: Salvador de Bahía, Centro Histórico, Patrimonio urbano, Política urbana.

 

Salvador de Bahía, en Brasil, ha sido una de las primeras ciudades latinoamericanas en emprender una acción de recalificación de su centro histórico (CH), el barrio de Pelourinho:1 en 1967 bajo inspiración de las recomendaciones de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y de las Normas de Quito de la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre el turismo cultural. El Proyecto Pelourinho ha tenido muchas fases y orientaciones, variando en función de las políticas de los gobiernos en turno y de la disponibilidad de recursos. Su implantación coincidió, además, con una grande reforma urbana, que tuvo un gran impacto en la centralidad de la ciudad.

No obstante estas particularidades, el CH de Salvador tiene muchos puntos en común con otras ciudades de Iberoamérica. Los fenómenos que analizaré aquí son típicos del CH de una gran ciudad, en este caso con 2.7 millones de habitantes actualmente, y cabeza de un área metropolitana industrial y de servicios. Muchos de los problemas de este centro histórico se gestaron en un proceso acelerado de urbanización verificado a partir de la mitad de la década de 1950, en función del inicio de la explotación del petróleo, que tuvo como consecuencias una gran descentralización y el abandono del centro antiguo.

 

LA DECADENCIA DEL CENTRO HISTÓRICO

La decadencia del centro histórico de Salvador empezó a finales del siglo XIX, con la crisis de la agroindustria de la caña de azúcar y la consecuente liberación de los esclavos. Esta enorme masa humana, sin empleo, ni calificación, migró hacia Salvador formando las primeras favelas (asentamientos irregulares auto construidos por población de bajos ingresos) y sobreviviendo como prestadores de servicios eventuales en el centro de la ciudad. La crisis urbana, que se reflejó en su centro, se agravó en los años 30, del siglo siguiente con la quiebra de la Bolsa de Nueva York y la paralización de la comercialización del nuevo producto que reemplazó el azúcar en las exportaciones bahianas, el cacao (Azevedo, 1990).

Pero fue a partir de la II Guerra mundial que dicha decadencia se agudizó, cuando el interés de los grandes capitales transnacionales se fijó en ciertos países periféricos a fin de aplicar en ellos sus excedentes, abriendo nuevos mercados y aprovechándose de los bajos salarios locales. Así, se realizaron grandes inversiones productivas en países como Brasil y México, que ya poseían una razonable infraestructura industrial. Sin embargo, estas nuevas industrias ocuparon muy poca mano de obra, gracias a una intensiva inversión de capital y avanzada tecnología, y por otra parte, distorsionaron otras formas de producción menos modernas, especialmente en ciudades pequeñas y medianas.

A los desempleados urbanos se sumaron enormes contingentes de inmigrantes de la zona rural. Este proceso se vio favorecido con la implantación de la ferrovía y largos periodos de sequía en el interior. Se estima que más del 50% de la población activa actual de las grandes ciudades brasileñas no tiene empleo fijo. En el caso de Salvador, esta población pobre se estableció, no en un anillo periférico, como en muchas ciudades de la región, sino a lo largo de la línea férrea, ocupando terrenos de difícil accesibilidad, como empinadas cuestas y parte de la bahía, donde se instalan en favelas y palafitos que se construyen de manera irregular sobre lagunas, de ahí que reciban el nombre de "alagados" (alagunados en español).

Para sobrevivir, esta enorme masa humana ha invadido el centro de la ciudad con comercios y servicios que se desarrollan en plena calle y plazas públicas. Los primitivos ocupantes, molestos por la expansión del sector terciario y por la ocupación de los espacios públicos por hordas de ambulantes, se desplazaron hacia ubicaciones menos céntricas, alquilando sus inmuebles a capas sociales menos favorecidas, que a su vez subalquilaron a personas aún más pobres, desencadenando el proceso endémico de "tugurización" del centro.

Con la implantación del sistema tranviario en Salvador, en el inicio del siglo XX, los pobladores, el comercio y los servicios del Pelourinho se fueron desplazando lentamente hacia el sur de la ciudad, en dirección a las playas. Otras actividades típicas del distrito central, como los lugares de esparcimiento, los espectáculos y la vida nocturna, han seguido el ejemplo de las demás funciones. Los viejos magazines y cines del centro tradicional cerraron sus puertas. Este proceso concluyó en la mitad del siglo XX (Azevedo y Berenstein, 1992).

 

DEL CENTRO PARTIDO Y LA DESCENTRALIZACIÓN DESESTRUCTURANTE

Mientras que la clase media no entiende la función que cumple la población considerada por ellos, como económicamente marginal, muchos economistas, geógrafos y sociólogos de América Latina consideran que esa masa humana forma parte orgánica de las economías dependientes del Tercer Mundo. Muchos de ellos han desarrollado teorías para explicar el fenómeno. Coincido con el pensamiento del geógrafo brasileño Milton Santos y de otros autores que identifican dos subsistemas en la economía urbana de los países subdesarrollados: un circuito superior, o formal, que emana de la modernización tecnológica, controlado a nivel nacional y global, y otro inferior, o informal, constituido por actividades preindustriales o artesanales, de pequeña escala, que atienden a las demandas de las capas mas bajas de nuestras sociedades. Actividades que tienen un ámbito exclusivamente local (Santos, 1978).

Las poblaciones pobres sin acceso al empleo industrial ni a sus productos, encontraron alternativas en los bienes y mercancías producidas por pequeñas manufacturas que utilizan mucha mano de obra, pero con relaciones informales de producción. Esta actividad informal es la que sostiene ese enorme contingente poblacional, impropiamente calificado como marginal. El circuito inferior, formado por ambulantes, el pequeño comercio, las manufacturas y servicios de baja tecnología, utilizan insumos industriales, atienden a una gran parte de la demanda de productos y servicios de la clase media, y regulan las variaciones del mercado formal de trabajo, rebajando sus sueldos debido a la gran oferta de mano de obra.

Los dos subsistemas se complementan, pero el inferior es dependiente del primero. El circuito superior tiene el apoyo y el financiamiento del gobierno, mientras el inferior carece de ellos e incluso, en muchos casos, es perseguido, como ocurre con el comercio ambulante. Es esa población informal la que habita y mueve el viejo centro. Una de las características de esa actividad es que se realiza, en su mayor parte, en espacios abiertos y públicos, de gran circulación peatonal. Hacia las calles del centro histórico convergen no solamente los que habitan en el mismo, sino los que viven en la periferia realizando actividades en él, como ambulantes, lavacoches, prostitutas, limpiabotas, mendigos y pedigüeños.

Otra característica de la ciudad contemporánea que afecta nuestros centros históricos es la descentralización de las actividades urbanas. Esto no elimina, como llama la atención Castells, la existencia de un centro coordinador de las actividades descentralizadas, con exigencias que difícilmente se adaptan a la escala de las edificaciones y calles de nuestros centros históricos coloniales. Así, se forma un nuevo centro, generalmente vecino al centro tradicional, que pasa a tener una función complementaria, generalmente ligado a la informalidad. Los nuevos centros no son centros de sociabilidad e integración, sino de negocios, que se quedan vacíos a las seis de la tarde y los fines de semana. Es lo que los sociólogos norteamericanos llaman "central business district" (Castells, 1976: 262–276).

La división de la ciudad en un núcleo formal urbanizado y rico, y una periferia excluida no podría dejar de reflejarse en su centro, partido en dos. Por una parte, el centro antiguo, informal y pobre, pero de gran riqueza patrimonial y cultural. Por la otra, el centro moderno, formal y rico, pero pobre desde el punto de vista social y cultural. Esta división ocurrió en las grandes ciudades de la región en las primeras décadas del siglo pasado, sea de forma dirigida como en el caso de Buenos Aires, Río de Janeiro y la ciudad de México; o de forma más o menos espontánea como en São Paulo, Lima y Caracas.

En nuestro caso, esto se realiza tardíamente al final de la década de 1960, bajo el régimen militar, de forma autoritaria, poco planeada, y movida por grandes intereses inmobiliarios. Esta gran reforma urbana comprendió la creación de un nuevo polo vial y de negocios, Iguatemi, el nuevo Centro Administrativo de Bahía y el Centro Industrial de Aratu articulados por grandes avenidas, entonces aún poco ocupados. Esas inversiones provocaron un gran impacto sobre la centralidad de la ciudad y consecuentemente sobre el centro histórico. Fue exactamente en ese momento que se realizaron las primeras acciones de recalificación de esta parte de la ciudad. Pero la descentralización no ha producido un nuevo y único centro de negocios, sino una serie de centros especializados que no logran reestructurar la ciudad (Azevedo, 1986).

 

EL INTERÉS EN LA CALIFICACIÓN DEL CENTRO HISTÓRICO: TURISMO Y REAPROPIACIÓN

En 1943 se iniciaron los estudios del primer Plan Director de Salvador (EPUCS), que proponía una recalificación del área central de la ciudad, como foco de un nuevo sistema circulatorio radio–concéntrico, y que implicaba la realización de grandes obras viarias. Debido a la falta de recursos del municipio este plan no fue puesto en práctica inmediatamente.

Hasta la década de 1950, la economía del estado de Bahía y su capital, la ciudad de Salvador, crecían de forma muy lenta. A partir de esa década, la explotación del petróleo en la Bahía de Todos los Santos empezó a cambiar este cuadro y la ciudad se volvió a desarrollar. No fue fortuito que en 1959 el Instituto de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (IPHAN) declarase al centro histórico y algunos otros conjuntos urbanos periféricos como monumentos nacionales.

Pero el órgano acostumbrado a cuidar los monumentos aislados y las pequeñas ciudades históricas, económicamente estancadas, no tenía experiencia en administrar los conflictos en conjuntos históricos insertos en metrópolis económicamente muy dinámicas. Por esta razón, el IPHAN decidió llamar a un experto internacional. A final de la década de los 60, visitaba Brasil, a solicitud de sus autoridades, el arquitecto francés Michel Parent en misión de la UNESCO. Su informe, "Protección y valoración del patrimonio cultural brasileño en el marco del desarrollo turístico y económico", alertó a los tecnócratas del régimen militar sobre el potencial económico del patrimonio brasileño. Atendiendo a una de las recomendaciones de este informe, fue creada una fundación para la recuperación del centro histórico de Salvador, el Instituto de Patrimonio Artístico y Cultural de Bahía (IPAC) (Sant'Anna, 1995).

El turismo cultural, inspirado en las experiencias europeas de la posguerra, era la palabra de orden en aquella época, tanto para la UNESCO como para la OEA, que en aquel año de 1968, realizó una reunión técnica en el Ecuador, de donde emanaron las Normas de Quito, en las cuales el turismo cultural es presentado como la solución, no sólo para la preservación de los monumentos y centros históricos, sino para el desarrollo de los países de la región. Con esta inspiración se implementaron algunos grandes programas de desarrollo regional con base en el turismo cultural, como el llamado Plan ESSO para la ciudad de Santo Domingo, en República Dominicana y el Plan Copesco para el desarrollo de una franja de 500 kilómetros en la Cordillera Andina, entre Cuzco y Puno, en Perú. Entre 1969 y 1975 fueron invertidos US$ 72.4 millones de dólares financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) . Estos planes han tenido muy poco efecto económico en sus regiones, aunque han posibilitado la restauración de algunos importantes monumentos y la creación de infraestructura urbana en muchos pueblos históricos (Azevedo, 2001).

En Brasil, el informe de la UNESCO causó un gran impacto. En aquella época, los militares promovían el llamado "milagro económico brasileño", y el recién revelado potencial turístico de una de las regiones más pobres del país constituía una salida muy interesante para su desarrollo. De este modo, se creó en 1973 el Programa de las Ciudades Históricas del Nordeste en Función del Turismo (PCH), subordinado a los Ministerios de Planificación y de Educación y Cultura. La principal preocupación de los militares era captar por aquellos medios un gran acopio de divisas para el país, a través del turismo.

Buscando captar recursos del BID, se elaboró en 1969 un primer plan general para la recuperación del Pelourinho, muy depreciado por el proceso de descentralización y por la creación del nuevo centro de servicio del Iguatemi, en la zona de elegante expansión de la ciudad. La idea central seguía siendo el turismo cultural. El plan preveía el desalojo de la población, constituida por familias pobres, ambulantes y prostitutas para dar lugar al turismo (Sant'Anna, 1995). Pero el préstamo no fue conseguido, ni se implementó el plan original de crear una dinámica de recuperación del barrio con la compra y transformación de las casonas en condominios de departamentos y tiendas.

Esto se debió a la visión conservadora y paternalista de las autoridades estatales, que no querían enfrentar a los grandes propietarios de los inmuebles, entre ellos la iglesia católica, las hermandades religiosas y las familias tradicionales bahianas. Tampoco se quería incomodar a los pobladores y obligarlos a asumir una parte de los costos de recuperación, aportados por el municipio, que proporcionaran mejores condiciones de vida.

Los propietarios de los inmuebles del centro histórico querían solamente el rescate económico de esta área central de la ciudad, y la expulsión de los excluidos de la zona. Otros sectores más liberales de la clase media, entre los que están los técnicos de aquella fundación, creían que aprovechando el repentino interés del gobierno por el centro histórico se podría recuperar la zona, no sólo física, sino socialmente. Estos grupos presionaban al sector público para que a la par que se realizara la restauración física del barrio, se desarrollase una acción social paralela.

En el año 1973, el Ministerio de Planificación instituyó el Programa de Reconstrucción de las Ciudades del Nordeste en Función del Turismo, o sencillamente Programa de las Ciudades Históricas (PCH), que pasó a ser la principal agencia de financiamiento de obras de restauración, y construcción de equipamientos turísticos en ciudades históricas del Nordeste. Pero en el caso del Pelourinho se desarrolló, paralelamente, un programa de carácter asistencial, que comprendía la creación de puestos médicos, escuelas y guarderías.

A partir de aquel año y con recursos de esta fuente, del estado de Bahía y de la empresa nacional de turismo, Embratur, se realizó la restauración de algunos grandes monumentos religiosos, la instalación de dos paradores, la conversión de casonas en equipamientos turísticos y equipamientos sociales de carácter educacional y de salud, y la recuperación de las fachadas de la calle que ligaba las tres plazas más importantes del barrio, Terreiro de Jesús, Pelourinho y Largo del Carmo, formando un corredor turístico. Pero, por detrás de estas fachadas restauradas, seguía la pobreza instalada en los tugurios.

 

EL ESPEJISMO DEL TURISMO CULTURAL

Hacia mediados de la década de 1980, con la crisis económica latinoamericana y la extinción del PCH, las autoridades del estado de Bahía tomaron conciencia de que recuperar el centro histórico con la orientación seguida hasta entonces era imposible. La nueva administración estatal, electa en 1987, evaluó las dificultades del proyecto, que consumía sus magros recursos con un cuadro muy grande de personal y servicios puramente asistencialistas, pero no enfrentaba las cuestiones estructurales del barrio, como la accesibilidad, la vivienda y el empleo. Esa nueva administración trasladó a las secretarias estatales específicas la gestión de las guarderías, las escuelas y los puestos médicos, y empezó a estudiar un nuevo modelo de gestión contemplando la vivienda, una vez que había identificado una demanda contenida de población de ingresos medio bajos, especialmente servidores públicos, que aspiraba a vivir en el centro histórico (Sant'Anna, 2001).

Pero sin recursos, el IPAC no logró implementar el proyecto. La situación había vuelto a ser como la del final de los años 60', o peor, en la medida que importantes equipamientos turísticos, como la Posada del Carmo y el Hotel Pelourinho habían cerrado sus puertas o funcionaban precariamente. En el Maciel, barrio vecino al Pelourinho, el 15% de los inmuebles estaban en ruinas.

Fue durante el auge de esta crisis que el centro histórico de Salvador fue inscrito, en 1985, en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Pero este hecho no cambió en nada su gestión. El sector privado no se sensibilizó ante la cuestión, prevaleciendo la lógica de favorecer la ruina de las casonas para desalojar a los inquilinos y obtener recursos públicos para su recuperación, o sencillamente transformarlo en estacionamientos de gran rentabilidad.

Frente a la paralización casi completa de la acción del Gobierno del Estado de Bahía, el Municipio de Salvador se interesó, por primera vez, por el área, llevando a cabo una acción emergente de estabilización de las ruinas, reciclando la infraestructura de la zona, recuperando experimentalmente viviendas en la cuesta de la Misericordia e instalando nuevos equipamientos culturales, como la Casa del Benin y la sede del grupo de carnaval Olodum (de música y danza afrobrasileña). Pero las administraciones municipales siguientes no dieron continuidad a esta política, y la gestión del barrio retornó al Gobierno del Estado de Bahía (Azevedo, 2004).

No se puede decir que estas obras no hayan aumentado el flujo turístico hacia la ciudad, pero sus beneficios no se sintieron en el centro histórico, sino en la ciudad de la clase media, donde están los grandes hoteles y restaurantes. Del mismo modo, la política asistencialista suavizó algunas de las situaciones más dramáticas, pero no habría podido resolver los problemas estructurales de esa zona.

 

LA FUERZA DE LOS MOVIMIENTOS POPULARES

De todos modos, la política asistencialista del IPAC, durante la década de 1980, había fortalecido el movimiento que siempre estuvo presente en el centro histórico y mantenía una gran identidad en el barrio, en particular con el Largo do Pelourinho (Cuadrante del Pelourinho). Esta identidad proviene del siglo XVII con la creación del primer sitio (terreiro)2 destinado para la práctica del candomblé (santería o vudú) en el barrio de Barroquinha, y la construcción de las iglesias sede de la Hermandad de Nuestra Señora Rosario dos Pretos do Pelourinho en 1704, y de nuestra Señora de la Concepción de los Homens Pardos do Boqueirão en 1727. Más tarde fueron creadas la Sociedad Protectora de los Desvalidos en el Terreiro de Jesús en 1832, por un negro liberto (forro), y las academias de Capoeira de Mestre Bimba en 1932 y poco después la academia de Capoeira de Mestre Pastinha.

A estos grupos se sumaría en 1949, el bloco (bloque)3 Afoxé Filhos de Gandhi, formada por estibadores del puerto, en homenaje al líder pacifista hindú asesinado el año anterior, que sintió en carne propia la discriminación racial en África del Sur, donde vivió antes de retornar a su patria para promover la liberación nacional. En esa misma línea, fue creado en el Pelourinho en 1979 un bloco o grupo de carnaval que sería transformado en 1984 en el grupo cultural Olodum, que pasó a desarrollar actividades musicales, culturales y educativas en el barrio. Este cuadro se completaría con la instalación de la Casa de Benin y el Museo Afrobrasileiro en la antigua Facultad de Medicina.

En este contexto de deterioro y creciente ruina del centro histórico, al final de la década de 1980, algunas actividades desarrolladas por estos grupos atrajeron hacia el barrio a gran cantidad de habitantes de los barrios vecinos y de la periferia norte de la ciudad. Se pueden citar, entre otros eventos, la tradicional fiesta de Santa Bárbara, los ensayos de la Banda Olodum, y la distribución de pan, bendiciones y ferias, organizadas por los frailes del Convento de San Francisco, en el terreiro de Jesús. Esos eventos comenzaron a atraer a otros grupos sociales al barrio. Paralelamente se desarrolló en la ciudad un movimiento musical negro, denominado Axé Music, que aunque no se restringe a ese barrio, tiene su foco en el Pelourinho (Azevedo, 2007).

Este movimiento tuvo su origen en 1974 con el bloco carnavalesco lié Aiyê, del barrio Curuzu, uno de los mayores y más populares de la ciudad, que buscaba rescatar la identidad y musicalidad negra con un fuerte componente de percusiones. Además de Ilê Aiyê y Olodum, el movimiento comprendía también los grupos fundados en 1989: Ara Ketu en el suburbio de Periperi y la Timbalada de Carlinhos Brown, nacida en la favela do Candea. Este movimiento ganaría proyección nacional e internacional atrayendo a figuras como Jimmy Cliff, Paul Simon y Michael Jackson, quienes hicieron grabaciones musicales y videos en el Pelourinho con grupos afro bahianos. Aunque se trata básicamente de grupos musicales y carnavalescos, esas asociaciones buscaron reforzar la identidad negra y mantener acciones sociales y culturales muy importantes en sus comunidades.

 

GLOBALIZACIÓN Y MARKETING DE LA CIUDAD

Algo nuevo ocurrió en 1991, con el retorno al poder del gobernador Antonio Carlos Magalhães, que como alcalde municipal y en seguida gobernador del estado de Bahía, en la transición de la década de 1960 para la de 1970, había iniciado las primeras acciones de recuperación del Pelourinho. A este rescate se sumaba otra motivación, quizás más fuerte, de marketing urbano y político, ligado al ascenso de su grupo político a nivel nacional. Tras el poco éxito de las etapas anteriores del proyecto, el nuevo gobierno estatal decidió hacer una intervención radical, que preveía la conversión de todo el barrio en un enorme shopping center a cielo abierto, lo que generó conflictos sociales y pocos resultados prácticos. La tónica en aquel entonces era vender la ciudad como un sitio agradable para vivir, trabajar e invertir. En otras palabras, se buscó transformar el centro histórico en un producto de marketing urbano (Azevedo, 2001).

Este proyecto se apoyaba en el gran éxito de la Axé Music y su identidad con el Pelourinho. Las obras comenzaron en 1992 y en las 4 primeras etapas que duraron tres años, fueron recuperados 334 edificios en 16 cuadras, que se destinaron a fines comerciales y turísticos con recursos exclusivos del estado de Bahía (Couto, 2000). El monopolio de esas acciones por parte del Gobierno del estado, para realizar solo ese proyecto, y la falta de articulación con la Prefectura y otros sectores se revelarían como una de las mayores fallas de esta etapa del Proyecto Pelourinho. Asimismo, la idea inicial de utilizar los pisos altos de los edificios con fines habitacionales fue abandonada. En el transcurso de la realización de las obras fue eliminada la función habitacional con la indemnización y expulsión de 1,154 moradores.

Prácticamente no hubo reacción por parte de los habitantes a esta expulsión, pues no consiguieron organizarse políticamente, en gran parte debido a la tradicional actitud paternalista del Estado. Eran personas muy pobres que vieron en el desalojo una oportunidad para obtener algún dinero y se reinstalaron en baldíos y cortiços4 de barrios vecinos. Las personas desalojadas se esparcieron en los barrios vecinos agravando los problemas sociales de los mismos, relativamente estables.

Los propietarios de los inmuebles fueron los grandes beneficiados de esta operación, pues tuvieron sus edificios desocupados (de los antiguos habitantes) y restaurados sin ningún costo, pudiendo volver a explotarlos en un período de 5 a 10 años, cuando terminase el comodato con el Estado. Después de un breve éxito turístico, los restaurantes finos y las galerías de arte que fueron atraídas por las facilidades ofrecidas por el Estado no resistieron los períodos de "temporada baja" y cerraron sus puertas después de dos años.

El sector privado se retrajo en la medida en que el Estado pasó a ser el proveedor de todo. El gobierno además de desocupar y restaurar los edificios, realizaba el mantenimiento de los inmuebles en comodato y financiaba un programa muy costoso de animación cultural con shows diarios, duplicados durante los fines de semana (Sitio Internacional sobre la Revitalización de Centros Históricos en América Latina (SIRCHAL) , 2000). El viejo modelo de intervención y gestión demostró que no tenía ninguna sustentabilidad.

Sin embargo, el barrio se consolidó como un gran espacio de entretenimiento para los sectores populares vecinos y de la periferia de la ciudad. Un censo socioeconómico de 1996 reveló que de los visitantes del centro de la ciudad, 76% eran del centro y de la región metropolitana de Salvador y apenas el 21% eran turistas. Así, puede decirse que hubo una reapropiación del barrio por parte de la población local, pero no como residentes sino como ambulantes, prestadores de servicios, usuarios y pequeños comerciantes. El gobierno, consciente de que el proyecto falló, se percató que este nuevo uso era políticamente interesante y mantuvo el costoso programa de animación cultural.

Las etapas 5 y 6 del proyecto, realizadas a partir de 1995, incluyeron 184 inmuebles dispersos en todo el centro histórico, la restauración de los grandes monumentos y la construcción de estacionamientos verticales. En estas etapas se notó la preocupación por evitar los errores anteriores, admitiendo la generación de vivienda y comercio, no ligados al turismo. Sin embargo, el gran cambio sólo se dio en la séptima etapa, cuando el estado de Bahía buscó el apoyo del Gobierno federal, específicamente del Proyecto Monumenta, financiado en parte por el Banco Interamericano de Desarrollo y asesorado por la UNESCO. Estos nuevos socios exigieron que en las nuevas etapas del proyecto se incluyera la vivienda como forma de arraigar a la población, y crear una economía más estable para el barrio, con producción y consumo.

La clase media había perdido la relación de identidad con el centro histórico, en la medida en que migró a la zona sur de la ciudad y eligió, a partir de la década de 1970, un nuevo centro de servicios en Iguatemi; éste era su referente de centralidad moderna. Las visitas de estos grupos sociales al Pelourinho se tornaron cada vez más eventuales, para acompañar turistas y visitantes. Hasta las tradicionales bodas y ceremonias de esa clase social dejaron de efectuarse en las bellas y ricas iglesias barrocas del centro. En esas circunstancias, la oferta habitacional de la séptima fase de recuperación del centro histórico, fue orientada hacia los servidores públicos que mostraban interés en vivir en ese territorio, y quienes con sus salarios formales ofrecían la garantía de amortizar los créditos para la obtención de una casa propia. Este proyecto se complementó con la creación de comercios en las plantas bajas de los edificios, cuya venta diferencial ayudaba a financiar los proyectos habitacionales y a crear empleos (Sant'Anna, 2001).

El proyecto de esta nueva etapa comenzó a elaborarse en 2003 e incluía 86 edificios que, una vez recuperados, alojarían 300 nuevas viviendas, 65 comercios y 200 plazas de estacionamiento de autos. Sin embargo, el proyecto no incluía a las familias residentes del barrio, debido a sus bajos ingresos e incapacidad de endeudamiento. 24 familias residentes aceptaron recibir viviendas en otros conjuntos habitacionales y las demás aceptaron una ayuda de reubicación. Por su parte, 103 familias de moradores y comerciantes del centro histórico, orientadas por una Organización no Gubernamental, se inconformaron ante el Misterio Público reivindicando su derecho a permanecer en los inmuebles recuperados. El proceso demoró mucho pero su desenlace favoreció a los antiguos moradores. Esto exigió una revisión de todo el proyecto que sólo volvió a ser reactivado recientemente. El gran problema es la sustentabilidad de un barrio sin una economía propia.

Tras la alternancia del partido político en el gobierno que propició en 2006 el cambio en el grupo que había controlado —durante cerca de 40 años con breves interrupciones— la política en el estado de Bahía, se desencadenó un proceso de revisión en la orientación del Proyecto Pelourinho. La primera señal de esta transformación fue la revisión del área a ser intervenida, comprendiendo no sólo el centro histórico cíclicamente atendido por las políticas ensayadas durante años, sino además la creación de una Oficina de Referencia del Centro Antiguo, que por primera vez procura articular los tres niveles de poder —federal, estatal y municipal— y a la sociedad civil organizada. Por otra parte, reintroduce la vivienda en los 528 inmuebles ya recuperados hasta la sexta etapa, con la creación de nuevas subdivisiones para generar dormitorios, sanitarios y cocinas; es una operación casi tan cara como lo fue su restauración misma. Los desafíos son por lo tanto muy grandes, y la crisis económica mundial y nacional no favorecen una solución en el corto plazo.

 

LAS LECCIONES DEL PROYECTO PELOURINHO

La larga y agitada trayectoria del Proyecto Pelourinho a lo largo de cuatro décadas ha enseñado algunas lecciones que pueden ser útiles para otros países de América Latina:

1. La marginalización y el deterioro de los centros históricos es un problema estructural de nuestras ciudades y sólo puede ser enfrentado con políticas urbanas globales.

2. El modelo de recuperación de los centros históricos adoptado por muchos países europeos con base en el turismo cultural y en la gentrificación no funciona en nuestros países.

3. Nuestra clase media y el sector privado no tienen el sentimiento de pertenencia ni interés por el centro histórico, debido al estigma que priva sobre los centros históricos como espacios de marginalidad social y baja rentabilidad en las inversiones, frente a otras áreas urbanas en donde no existen restricciones para el uso y la reproducción sin límites del área construida.

4. Es fundamental que se genere un modelo participativo de gestión urbana que incluya todas las instancias de poder, la comunidad y el sector privado.

5. La recuperación de esas áreas urbanas es responsabilidad del Estado, en el sentido de la reordenación de la propiedad y de la tenencia de los inmuebles.

6. La eliminación de la vivienda en estas áreas es un golpe mortal para la economía y la seguridad del barrio.

7. La cultura inmaterial de los pobladores actuales de estas áreas puede ser un resorte importante en la recalificación de las mismas.

Resumiendo, las soluciones europeas no se aplican a nuestra realidad. Tenemos que buscar soluciones aquí mismo, en función de nuestras especificidades. El intercambio de las ricas experiencias realizadas en nuestros países es la forma más eficiente de construir una teoría latinoamericana de la recalificación y recuperación de nuestros centros históricos.

 

FUENTES CONSULTADAS

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NOTAS

1 Pelourinho: originalmente significaba picota o sala de tortura. [Nota del editor].

2 Terreiro también puede traducirse como patio o terreno. [Nota del editor].

3 En portugués bloco remite también a referentes barriales de calle como: manzana o cuadra. [Nota del editor].

4 Cortiços: literalmente significa colmena o panal, pero se usa para designar lo que en México conocemos como vecindades. [Nota del editor].