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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios v.5 n.10 México abr. 2009

 

Artículos

 

Historia y paisaje. Explorando un concepto geográfico monista

 

History and landscape: exploring a monist geographical concept

 

Pedro S. Urquijo Torres y Narciso Barrera Bassols*

 

* Profesores del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental. Universidad Nacional Autónoma de México, campus Morelia. Correos electrónicos: psurquijo@ciga.unam.mx y barrera@ciga.unam.mx.

 

Fecha de recepción: 29/06/2007
Fecha de aceptación: 03/03/2008

 

Resumen

El presente artículo tiene por objetivos revisar el devenir histórico y la historiografía del concepto geográfico paisaje, a fin de mostrar su pertinencia operativa en los estudios ambientales, mediante el análisis homeostático de sus elementos tanto biofísicos como socioculturales. Para ello, ponderamos la utilidad de un enfoque epistémico monista —el paisaje como una totalidad en la que no hay separación de sus componentes—, frente al dualismo manifiesto en la dicotomía naturaleza–sociedad, común en pensamiento científico dominante, que poco contribuye a un entendimiento cabal del medio, en un contexto de emergencia ecológica global.

Palabras clave: Paisaje, naturaleza, cultura, sociedad, historia, monismo, dualismo.

 

Abstract

This article offers insights concerning the historical display and the historiography of landscape as a geographical concept. The paper emphasizes the theoretical and practical robustness of this notion in environmental studies. To this end, the paper presents an homeostatic analysis of the biophysical and socio–cultural components of landscape. Taking this into account, we assess the strength and usefulness of a monist epistemic approach –which looks at the landscape as a totality that can not be fragmented by separating its various and complex components–. This in contrast to the dualistic epistemic view that is substantiated by the nature–culture dichotomy. The last approach became a common discourse within the dominant scientific thought, but it is increasingly problematic for a comprehensive understanding of our emergent (environmental) socio–ecological reality.

Keywords: Landscape, nature, culture, society, history, monism, dualism.

 

NATURALEZA–SOCIEDAD

El estudio científico sobre las relaciones o polarizaciones entre los componentes naturales y los sociales en un espacio no es de ninguna manera novedoso. En los últimos cien años, tan sólo la antropología —en su orientación ecológica— y la geografía han estudiado los vínculos entre diversas colectividades humanas y sus ambientes. La antropogeografía, la ecología cultural, la antropología cognitiva, la ecología humana, la ecología del paisaje o la etnoecología, son algunos de los enfoques desde los cuales se ha indagado en torno al vínculo naturaleza–sociedad (Milton, 1996; 1997). En distintos momentos y con argumentos diversos, se ponderó acríticamente la hegemonía de la una sobre la otra. Dicha polaridad fue reforzada por una rígida división académica del trabajo y de estructuras institucionales divididas en "ciencias duras", físicas y biológicas, y en "ciencias blandas", sociales y humanidades. Sin embargo, como referente epistémico, dicha dicotomía se ha vuelto por demás inoperante ante la emergencia de nuestras realidades ambientales.

A finales de la década de los ochenta, el sociólogo de la ciencia Bruno Latour enfatizaba el equívoco epistémico de varios científicos que pretendían realizar sus investigaciones a partir de conceptos puros, derivados de posturas dualistas: "ya no son términos explicativos, sino, por el contrario, requieren de una explicación conjunta" (Latour, 1989: 108). El cuestionamiento al análisis dicotómico naturaleza–sociedad fue un asunto común para varios investigadores que, como Latour, notaron la inoperancia de una perspectiva dual. Entre ellos, podemos mencionar a Edgar Moran (1990), Timothy Ingold (1992), Arturo Escobar (1996) y Philippe Descola (2001). Los argumentos y debates al respecto generaron la paulatina desaparición de las viejas nociones de naturaleza y sociedad, como campos de análisis independientes, y emergieron conceptos aparentemente integrales, tales como "biodiversidad", "socioambiente", "biocultura" o "naturaleza híbrida" (Escobar, 1999). La aparición de estos conceptos evidenció la preocupación por formular investigaciones integrales e interdisciplinarias, pero también puso de manifiesto los vacíos epistémicos y/o las ambigüedades conceptuales de los científicos o grupos de científicos formulantes.

Por un lado, especialistas biofísicos —principalmente biólogos y ecólogos— interesados en la integralidad o en la "complejidad" de la pregonada "posnormalidad", pero ajenos a las teorías sociales, realizaron investigaciones que, debido a la misma lejanía en el manejo de dichas teorías y al sesgo de donde emanaban, resultaron en meras crónicas monográficas sostenidas en datos cuantitativos, cargadas de terminologías biológicas aplicadas arbitrariamente a fenómenos y factores sociales: "análisis cualitativo de los ecosistemas", "evolución cultural", "metabolismo cultural", entre otros. En estos casos, el análisis integral se resolvió con aparejamientos semánticos de dudosa confección (Urquijo, 2008c).

Por otro lado, algunos investigadores formados en las ciencias sociales, partidarios de los modelos teóricos construccionistas radicales, llevaron al extremo la integralidad naturaleza–sociedad, al grado tal de negar la existencia de una realidad biofísica prediscursiva y presocial de la naturaleza. Desde este enfoque, el mundo era incognoscible o carecía de sentido en sí mismo. La confusión se dio, en parte, por la no distinción de la "naturaleza" como cosa —suppositio simplex—, como concepto —suppositio naturalis— o como nombre —suppositio personalis— (Jacorzynski, 2004). Como señalan David Saurí y Martí Boada (2006), procesos como la fotosíntesis, la polinización o la fuerza de gravedad existen plenamente y no son una construcción humana —aun cuando son humanos los que le dan nombre y explicación—. Lo que debe cuestionarse, más bien, no es la preexistencia del mundo biofísico —cuestionamiento de tipo ontológico—, sino las percepciones que se tienen sobre ese mismo mundo biofísico —cuestionamiento de tipo epistémico—.

En la actualidad resulta, por tanto, más que imperante repensar los modelos de análisis de las complejidades ambientales, cuestionando los postulados universales de la ciencia como unívoco pensamiento objetivizante, y a través de un análisis contextual que permita no hacer distinción entre los aspectos naturales y los sociales del medio (Urquijo, 2008c). Como punto de partida, nuestra sugerencia es asumir una postura monista, en que la naturaleza y la sociedad se ubican inseparablemente en un marco común o como una totalidad, enfatizando la vinculación holística del ser humano en los procesos ecológicos e incluyendo aspectos que las ciencias biológicas pasaban por alto, tales como la mente humana, la religión, el ritual y la estética (Rappaport, 1997; Hornborg, 2001). La postura monista en el análisis ambiental nos permite superar la falsa dicotomía que ponderan las tesis dualistas y que suponen los órdenes naturaleza y sociedad como sistemas separados y autónomos, o, en el mejor de los casos, sutilmente matizados desde el enfoque de las esferas dialécticamente interconectadas por flujos de complementos y suplementos (Pálsson, 2001).

Herencia de la filosofía clásica, presente en la metafísica estoica y en los postulados neoplatónicos de Plotino, el monismo —del griego monás, "unidad"— es una de las nociones más fecundas, la cual, en su origen, hace alusión a un universo formado por una sola sustancia, en la que los elementos divinos, naturales y humanos son una y la misma cosa. Dicho pensamiento clásico sirvió como base para que en el siglo xvii el filósofo holandés Baruch Spinoza planteara una solución al dualismo cartesiano, a través de un sistema monista: dentro de la unidad, sólo hay una sustancia; no existe diferencia real entre la piedra, el ser humano o la nube. El mundo sensible, el que nos rodea, es ilusorio. La distinción es la "afección de la sustancia" (Xirau, 2000). Lejos de las implicaciones teológicas que la noción de monismo puede presentar en su devenir epistémico, existe un entendimiento contemporáneo —particularmente en la filosofía antropológica—, en el que se coloca a la naturaleza y a la sociedad en un proceso homeostático, siempre complejo, cambiante e impredecible. El reto está en encontrar los medios teóricos y los instrumentos prácticos adecuados para afrontar los estudios interdisciplinarios desde este enfoque epistémico. En el presente artículo, proponemos una posibilidad.

Para aproximarnos a una postura monista, debemos referirnos a la geografía, disciplina cuyo tema central es —o debería ser— la relación intrínseca naturaleza–sociedad, independientemente de los diversos enfoques de tipo dualista o monista que la abordan o de los campos de especialización de sus practicantes. En este sentido, el paisaje es un concepto clave en el abordaje de investigaciones referentes a la configuración territorial, establecimiento de redes y escalas espaciales, percepción, intervención y/o manejo de la naturaleza. La perspectiva de paisaje es una forma viable para la realización de investigaciones con enfoques monistas, y que además posibiliten la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad.

 

¿PERO QUÉ ES PAISAJE?

Llamamos paisaje a la unidad espacio–temporal en que los elementos de la naturaleza y la cultura convergen en una sólida, pero inestable comunión. Se trata de una categoría de aproximación geográfica que se diferencia del ecosistema o geosistema (Sochava, 1972) —concepto que explica el funcionamiento puramente biofísico de una fracción de espacio (García, 2002)— y del territorio —unidad espacial socialmen–te moldeada y vinculada a las relaciones de poder (Raffestin, 1980)—, en que en el paisaje confluyen tanto los aspectos naturales como los socio–culturales; de tal forma que resulta ser la dimensión cultural de la naturaleza (Sauer, 1995; Ojeda, 2005), o bien, la dimensión natural de la cultura. La concepción del paisaje implica así una posición uni–ficadora frente a la dicotomía naturaleza–cultura —común en el pensamiento científico dominante— que dificulta cualquier comprensión ecológica y social, del ayer, del hoy y del futuro (Urquijo, 2008a).

Más allá del ámbito científico, el ser humano, de forma individual o colectiva, se encuentra en cotidiana interacción con sus paisajes de manera inextricable. Vestimenta apropiada para el clima, instrumentos adecuados para surcar el relieve, vistosas veredas entre árboles frondosos, canales de desagüe, palapas veraniegas, avenidas y barrios ci–tadinos o milpas en ladera, son tan sólo algunas de las adaptaciones culturales con las que los seres humanos modifican ética y estéticamente sus naturalezas, acorde con sus muy particulares condiciones espacio–temporales y de acuerdo con sus contextos. Por ello, cualquier estudio de paisaje es sólo parcialmente comprensible sin su historia social. Al adentrarnos en la historicidad de un paisaje, accedemos a la identificación de las recreaciones, continuidades o rupturas de las lógicas en la permanente transformación del medio, pues las formas paisajísticas son definidas en diferentes momentos históricos, aunque co–existentes en el momento actual (Santos, 2000; Contreras, 2005). La historia del paisaje nos permite así conocer cómo las colectividades humanas han visto e interpretado el espacio inmediato, cómo lo han transformado y cómo han establecido vínculos con él.

Si el paisaje se entiende e interviene en función de los contextos espacio–temporales y de diversos sujetos sociales, debemos considerar, entonces, distintas formas de percepción e intervención paisajística. Por ello, en un mismo paisaje podemos encontrar miradas e intervenciones que se confrontan: por un lado, las que han hecho suyo el medio con la fuerza del devenir, y por otro, aquellas acordes con las modas, formas, paradigmas y técnicas herederas de miradas ajenas al lugar y sus actores (Fernández 2006; Urquijo, 2008b; Urquijo, 2008c). Por tanto, una indagación de tipo monista no puede limitarse a una sola "lectura" espacial, sino que debe propiciar un entendimiento compartido que incluya las distintas escalas y niveles de poder implícitas, esto es, a la historicidad y a la sensibilidad en el acceso a los recursos que ofrece el medio.

Para su análisis, la perspectiva paisajística implica una operación cognitiva. El sujeto observador se aproxima al paisaje en el momento en que dirige su mirada hacia el entorno. Percibe con sus sentidos lo que se le vislumbra y poco a poco hace un recorte del medio, como una especie de polígono mental —en términos cartográficos—. Percepción deriva del latín percipio "mirar y captar", por lo que en un ejercicio perceptivo se alude tanto al proceso contemplativo como al entendimiento cognitivo del medio de manera simultánea. Por tanto, la percepción es la manera en que el yo conoce el mundo (Husserl, 1995). Un paso subsecuente a la percepción lo constituye la fragmentación de los elementos contenidos en el cuadro de naturaleza, analizando así el detalle, para nuevamente conjuntarlos y devolverle la vida al todo paisajístico. La óptica que aplica el observador puede ser con cuatro intencionalidades básicas (Gómez, 2006). En primer lugar, tenemos una mirada estética, de la cual encontramos proyecciones posteriores en la pintura, la fotografía, la literatura o la tradición oral. Otra óptica es la vivencial o utilitaria, cuando el paisaje se percibe como espacio proveedor de recursos. También puede observarse como paisaje identitario, aquél que inspira el sentimiento de pertenencia; esto es, el paisaje vivido. Finalmente, el observador puede poseer una óptica científica o técnica, fundamentalmente analítica y en la que comúnmente se argumenta su fragmentación para facilitar el entendimiento de conjunto.

En términos conceptuales, podemos señalar una serie de características generales del paisaje. Como producto intelectual y material de un grupo social, el paisaje forma parte de una cosmovisión completa que se inserta en un proceso de larga duración (Braudel, 1993; Baker, 2004). De hecho, el paisaje es una manera localizada y aterrizada de una cosmovisión que guía el comportamiento humano. La cosmovisión, por su parte, es entendida como un conjunto articulado de sistemas ideológicos vinculados entre sí de manera relativamente congruente, con el que una sociedad pretende aprehender el universo (López, 1996). El paisaje es también una unidad física de elementos tangibles, visibles, olientes, audibles y degustables, que puede tener uno o varios significados simbólicos o lecturas subjetivas de fuerte raigambre estético y ético. Finalmente, el paisaje posee una escala humana; es decir, sus distancias pueden ser recorridas a pie y su nivel de análisis se ubica en lo inmediato a la percepción sensorial (Fernández, 2006).

 

EL PAISAJE PRECIENTÍFICO

En sí mismo, el concepto de paisaje posee una historia en la que se evidencia el entendimiento monista de un medio natural percibido e intervenido por la actividad humana, siempre indisociable. El concepto proviene de dos raíces lingüísticas diferenciadas. Una de ellas, la germánica, da origen a los términos landschaft —alemán—, landskip —holandés—, y landscape —inglés—. La otra, romance, deriva en paesaggio —italiano—, paysage —francés—, paisagem —portugués— y paisaje —español—. Como señala Javier Maderuelo (2006), estas dos raíces no sólo muestran una diferente construcción gramatical, acorde con los distintos hábitos lingüísticos de los países del norte y del sur de Europa, sino que también corresponden a dos modos diferentes de entender, ver y representar el medio.

Durante la Edad Media, la palabra germánica landschaft, compuesta por las partículas land "tierra" y schaffen "moldeado", o sea "el moldeado del territorio", equivalía a las palabras latinas patria, provincia o regio. Documentado desde el siglo vm (Maderuelo, 2006), el término Landschaft, hacía referencia al espacio que se podía abarcar con una mirada. En el inglés, los componentes del vocablo landscape cumplían los mismos fines: land, "tierra" y scapjan, miz germánica que significaba "crear o trabajar". Esta última partícula cambió a shape, "forma o moldeado", lo que implicó un giro del énfasis del actor modelador a la apariencia resultante; es decir, mientras que landscape denotaba la extensión representada, landschaft hacía referencia al proceso de formación o a la transformación constante (Relph, 1981; Berque, 2000; Fernández, 2006).

Entre las lenguas romances, el término italiano paese y sus derivados, paesetto y paesaggio, mantenían el mismo sentido que las palabras francesas pays y paysage (Maderuelo, 2006). Estos términos, al igual que el paisagem portugués y el paisaje español, tienen su origen en el vocablo latino pagus, "aldea o cantón", y su consecuente paganus, "aldeano o paisano". El ablativo latino de pagus era pago, que hacía referencia a la vida rural (Relph, 1981; Berque, 2000; Maderuelo, 2006; Fernández, 2006).

En la Europa medieval no existió una separación radical entre naturaleza y sociedad, pues el ser humano se consideraba parte integrante del cosmos; así, el hombre no podía mirar a la naturaleza desde afuera porque siempre estaba dentro de ella. La "otrización" de la naturaleza se originó en el Renacimiento, entre los siglos XIV y XV. La pintura renacentista se centró en la indagación cognitiva y espacial en torno al ser humano y su lugar en la naturaleza y en la historia, a través de la perspectiva: el "ver a través". El medio fue entonces un universo alterno cuantificable, tridimensional y apropiado y/o intervenido por el universo humano (Pálsson, 2001).

En los siglos XVI y XVII, los terratenientes del norte de Europa ordenaban plasmar sus dominios en pinturas, con el propósito de exhibir los cuadros resultantes en los muros de sus palacios como símbolo de su poder. Los pintores europeos se preocuparon por delinear representaciones paisajísticas que enaltecieran el orgullo identitario: mares circundados por portentosos puertos, bosques cautivadores, verdes praderas o fértiles campos. La presencia de personas se manifestaba de dos formas: a través de hombres y mujeres laborando, caminando entre árboles o simplemente descansando; o bien, con alguna modificación física en el medio: un camino, una vereda, un puente, una casa, un molino o un cerco. Esos paisajes representaban un recorte del territorio a través de la mirada subjetiva del pintor, compartida posteriormente con los espectadores (Urquijo, 2008b).

En la Gran Bretaña, hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, la tradición paisajística cobró fuerza a través del estilo denominado pintoresco, que hacía alusión a las naturalezas cargadas de connotaciones y significados. Las imágenes proporcionaban escenas de lo que era "apropiado" o "de buen gusto", marcando ideas de "estatus" o "civilización". Las imágenes de plantaciones coloniales en el Caribe, Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Sudáfrica, procuraban evidenciar el sentimiento de superioridad inglés, al presentar una supuesta autoridad natural por encima de los pobladores coloniales y sus lugares. Las ideas paisajísticas se envolvieron con los fines imperialistas europeos: colonización fue al mismo tiempo una naturalización y legitimación del paisaje (Nash, 1999). En este contexto colonialista, las imágenes paisajísticas eran utilizadas para marcar la autoridad inglesa en los nuevos lugares apropiados, además de enfatizar las diferencias raciales o de género. Hacia finales del siglo XIX, la imagen de los paisajes coloniales cambió hacia una postura del encuentro con lo "natural": una visión más romántica y nostálgica de las naturalezas y de sus moradores originales colonizados.

No obstante lo anterior, el origen de lo que ahora se puede entender como sensibilidad paisajística tiene antecedentes remotos y distantes a las etimologías europeas. De acuerdo con Augustin Berque (1997), esta sensibilidad aparece en China, mucho antes de ello y de manera distante. Si bien es cierto que en mandarín existen varias palabras para nombrar paisaje, cada una de ellas expresa un matíz específico. No obstante, el término más genérico e incluyente es el sanshui. Se trata de una filosofía taoísta y confucionista que alude a la profunda interrelación entre lo estético y lo ético del medio natural. El término se compone por dos palabras: san, "montaña" y shui, "agua o río", y se plasma por primera vez en la literatura en el siglo IV, haciendo referencia a una imagen moral que aviva la conciencia mediante la contemplación de la naturaleza. Es decir, un sentimiento de contemplación del medio (qing) lo que crea (wei) lo bello (mei). Si la naturaleza se convierte en algo bello o agradable de mirar es porque se mira como paisaje. La sensibilidad sanshui pasa a la pintura que representa los paisajes cargados de yi: espíritu. Más tarde, en China nace una alianza íntima entre pintura, poesía, caligrafía e interpretación paisajística de los parajes o estudios de los sitios: el fengshui. Sin embargo, difiriendo con Berque, no se trata de encontrar el origen remoto de la perspectiva paisajística, sino, más bien, en cómo las distintas maneras, formas o modos en las que la humanidad en su propia diversidad cultural e histórica ha interactuado con sus naturalezas inmediatas. Más aún, podemos vislumbrar indicios más antiguos al siglo IV chino. Por ejemplo, en el Eclesiastés de Salomón y en varios de sus proverbios (c. 979–930 a.C.) se encuentran diferentes expresiones paisajístico–ontológico–literarias, sumamente interesantes: "Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; nuevamente el agua correrá por los ríos. Se cansarán de hablar y no podrán decir más, pero no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír. Lo que fue volverá a ser, lo que se hizo se hará nuevamente. No hay nada nuevo bajo el sol" (Eclesiastés, 1, 4–9) (Urquijo, 2008b).

Heredero de la tradición china, el concepto filosófico zofu–tokusui japonés, "almacenando el viento, consignando el agua", era una especie de geomancia de los siglos VI al VIII, mediante el cual se seleccionaba un lugar de asentamiento de acuerdo con la configuración de montañas y ríos, y en donde fluía la energía vital de la tierra vinculada al agua. Este lugar debía respetar la relación intrínseca humanos–naturaleza, por lo que el poblado debía presentar montañas por lo menos en tres de sus lados, en función de cobijo (Aguiló, 1999). Por otro lado, Tetsuro Watsuji (2006) señala que el vocablo japonés fûdo, compuesto por los ideogramas "viento" y "tierra", abarca un área semántica que involucra características climáticas, edafológicas, geológicas, de relieve, fertilidad del suelo y configuración paisajística. En el fondo del vocablo, se adivina una antigua cosmovisión que, al igual que en los caracteres chinos sanshui, se percibe el entorno natural como circunstancia ineludible de la vida humana.

Lejos de Europa, China y Japón, en el México prehispánico, el establecimiento de poblados era el resultado de una meditada selección del sitio, posterior a una profunda observación del comportamiento ambiental, lo que implicaba asegurar la estabilidad de laderas y de fuentes de abastecimiento de agua. Las sociedades nahuas del centro de México recurrieron así a formas específicas del paisaje que además de ser funcionales respondían a criterios estéticos y cosmogónicos. La fisiografía más común del periodo Posclásico tardío —entre el año 1200 y 1521—, consistía en una especie de herradura o circunvalación formada por cerros, en cuyas faldas se localizaban los asentamientos, dando la idea de una "olla" protectora, que recordaba el útero de la Madre Tierra. Funcionalmente la fisiografía de este paisaje servía para la captación de agua, además de constituir un abrigo montañoso protector de vientos, heladas, inundaciones e incursiones enemigas. Asimismo, este tipo de paisaje, tipificado como rinconada o xomulli, en náhuatl, ofrecía un horizonte montañoso que permitía fijar referentes astronómicos para la determinación del calendario agrícola, climático y religioso (García, 2000). El asentamiento humano coordinado funcional y estéticamente con el medio recibió el nombre náhuatl de altepetl "agua–cerro" —sorprendente coincidencia con el sanshui chino—. Para la selección del lugar, las formas del relieve no sólo se configuraron como asiento específico de los altepeme —plural de altepetl—, sino también como una evocación de aquellos sitios provistos de memoria y sacralidad. En la selección del lugar de fundación, los pueblos de aquellas latitudes fueron unos estudiosos de su medio, por lo que el nombre de cada localidad describía con frecuencia algún rasgo del paisaje, ya sea de su flora, fauna, hidrografía u orografía. De esta manera, los valores estéticos y funcionales asignados al paisaje quedaron grabados en la toponimia que hoy perdura (Fernández, 2006). En otras latitudes, encontramos términos equivalentes al de altepetl, lo cual nos indica una concepción paisajística de índole estética, geográfica, histórica y simbólica equiparable, tales como el yucunduta mixteco, el chuchu tsipi totonaco o el an dehe nttoehe otomí, cuya traducción literal en dichos casos es "agua–cerro". Abundan otras palabras que, si bien no son traducciones exactas, en ellas subyace la imagen del paisaje; por ejemplo, el nass mixe–zoque, "tierra o suelo" o el teklum chol, "árbol, tierra" (Fernández, 2006; Fernández, 2007; Urquijo, 2008b).

 

LA APROPIACIÓN CIENTÍFICA DEL PAISAJE

En el siglo XIX, el concepto paisaje transcurre de la mirada pictórica y estética al ámbito de la ciencia y su propia lógica. A partir de entonces, se entiende como una unidad geográfica constituida intrínsecamente por elementos humanos y naturales. La pintura paisajística, los poemas naturalistas, las crónicas y relatos de viajeros inspiran a concebir un nuevo modo de aproximarse al medio. Son las primicias de una especie de modelización científica del espacio, diferente al proceso de representación estética. Los artistas —pintores, poetas, músicos o jardineros—, no plasman necesariamente los paisajes observados en el campo, sino más bien toman de ellos lo que les gusta o perciben y proyectan sus visiones sobre el mundo (Urquijo, 2008b; Urquijo, 2008). En cambio, comúnmente los científicos tienen el objetivo de mostrar el paisaje en su especificidad, sin depender de los sentimientos del espectador. Al científico decimonónico no le interesó las apariencias de las cosas, sino las cosas mismas, objetivizadas, congeladas (Frolova, 2006). En ese momento fundante, los geógrafos, especialistas en el análisis del espacio, realizan construcciones intelectuales en torno al paisaje, aparentemente contradictorias y subjetivas: la separación y el ensamblaje de sus componentes. Frente al objeto de observación la mirada analítica disecciona los diferentes elementos del medio, apoyándose en los datos de la percepción. Luego, el investigador geográfico recompone las partes; le "devuelve" la vida.

El transcurso desde la mirada del arte a la ciencia tiene su origen en el movimiento romántico alemán. El romanticismo es un modo complejo y plural que implica, entre otros aspectos, renovados modos de ver, pensar y sentir. La columna vertebral del enfoque romántico conlleva un resurgimiento de la analogía, procedente del neoplatonismo renacentista y que sostiene una visión del universo como sistema de correspondencias, en franca oposición a las pretensiones analíticas y disociadoras del racionalismo puro. Así, el ser humano es partícipe del sistema de correspondencias universales: la analogía es "el espejo que permite reflejar su propia conciencia individual. Toda cosa se corresponde con otra, cada cosa puede verse como metáfora de otra" (Ortega, 1987: 32). Ante el paisaje, el sujeto romántico contempla, siente e imagina; pero también observa, piensa y razona. Lo que a menudo suele separarse y hasta oponerse —ciencia y cultura—, aquí aparece imbricado. De esta manera, se modifica la sensibilidad hacia los factores geográficos y surgen nuevas formas de percibir y comprender el espacio, constituyendo al mismo tiempo un nuevo modo de aproximación a la naturaleza. El romanticismo alemán influye de forma significativa en las propuestas de Alexander von Humboldt y Karl Ritter, ambos personajes pioneros de la geografía moderna.

El barón de Humboldt formó su pensamiento paisajístico tras el acercamiento a los románticos germanos y franceses, lo que le permitió encontrar el equilibrio de las múltiples conexiones de la naturaleza. Entendió así al paisaje como una unidad armónica y monista de contenidos físicos y simbólicos relacionados con la conciencia del sujeto. Pero Humboldt también tenía entre sus lecturas a los racionalistas de la época. Con este bagaje, postuló que la objetividad y la subjetividad se fundían en la actitud de quien o quienes percibían lo natural —por paradójico que nos pueda parecer hoy un racionalismo romántico—, y a la vez se tejían las redes y conexiones de la realidad del mundo natural o del Todo (Urquijo, 2008b; Urquijo, 2008). Para Humboldt, la tentativa de descomponer en sus diversos elementos el paisaje era una temeridad, pues el carácter paisajístico dependía en sí de la simultaneidad de ideas y de sentimientos que movían al observador; el poder de la naturaleza se revelaba justamente en la conexión de las emociones y los fenómenos, y sólo así era posible contemplar esa escena imponente con una mirada holística.

Por su parte, Karl Ritter afirmaba que el ser humano era lo más importante que se podía conocer en la naturaleza, pues era su mirada cognitiva la que concedía a la naturaleza su existencia y le proporcionaba sus complejos significados. Justamente, la mirada humana permitía aprehender la existencia y la significación de las correspondencias del Todo armónico. Esta vocación de totalidad de la tradición geográfica moderna pregonada por Humboldt y Ritter se asoció a una epistemología escasamente dogmática y dispuesta a conceder a la activa presencia del sujeto que conoce —la subjetividad—, "todos los derechos que el objetivismo le niega y el romanticismo rescata" (Ortega, 1987: 40–41).

En el tránsito del siglo XIX al XX, la geografía alemana desarrolló la discusión en torno a las relaciones naturaleza–sociedad en dos direcciones: cómo el ser humano modificaba su medio, y cómo el medio influía en el ser humano. El razonamiento geográfico alemán dio particular importancia a los procesos históricos en los cuales las distintas sociedades modificaban sus entornos y viceversa, quedando el registro de las transformaciones en el terreno mismo. La porción territorial que constituía la síntesis del proceso era el Landschaft "paisaje"; la disciplina que lo estudiaría sería, entonces, el Landschaftskunde "conocimiento sobre el paisaje" (Fernández, 2006).

Entre los primeros teóricos de la ciencia del paisaje, se reconoce a Otto Schlüter. Para él, el análisis paisajístico constituía el centro de cualquier investigación geográfica. Schlüter planteaba el análisis de la fisonomía del medio en el que interactuaban los diferentes grupos humanos a manera de una morfología del paisaje cultural. A pesar de esta primicia, y empezando por el mismo Schlüter, los geógrafos tuvieron grandes dificultades para incorporar los factores sociales en sus paradigmas teóricos; ello, debido a su racionalidad positivista y, por ende, dualista. Alfred Hettner, posteriormente, definió a la geografía como la ciencia corológica de la superficie terrestre, considerando al ser humano como un "pedazo de su esencia". Sin embargo, y contradictoriamente, Hettner clasificó como categorías superficiales a las divisiones territoriales resultantes de la intervención humana, como pueden ser las mojoneras, las provincias o los estados (Gómez, 1983). A partir de ese momento, empezó a solidificarse el binomio naturaleza–sociedad y las discusiones y propuestas en torno a dicha dualidad.

En esas primicias del siglo XX, se gestaba también un enfoque de síntesis, esto es, la geografía regional, como una reacción ante las propuestas desintegradoras, tales como la ecología, postulada por Ernst Haeckel, y la antropogeografía de Frederich Ratzel, la cual declaraba una ruptura con la tradición naturalista en nombre del "humanismo". El precursor de la geografía regional —y de la geografía humana del siglo XX—, fue el historiador francés Paul Vidal la Blanche, seguidor de los postulados humboldtianos y ritterianos. Vidal la Blanche rechazaba el positivismo de Auguste Comte, el determinismo geográfico y la descripción enciclopédica de lugares. El reto de la disciplina era, según su consideración, afrontar el aparente dilema de las relaciones sociedad–naturaleza, dilema que venía cobrando fuerza gracias a la popularidad de las propuestas de Ratzel. Vidal la Blanche planteó entonces estudiar a las comunidades rurales en sus medios naturales, puesto que la interacción dinámica de los componentes físicos y los humanos —genres de vie o géneros de vida— otorgaban la particularidad al paisaje. El medio natural, argumentaba, era el principal armonizador de los elementos sociales (Urquijo, 2008b).

Uno de los grandes exponentes del humanismo vidaliano fue Jean Brunhes, discípulo de Vidal la Blanche. Desde el principio, Brunhes promovió la escuela del posibilismo videliano en las relaciones sociedad–medio; sin embargo, su interés se orientó más hacia temas etnográficos y sociales vinculados a las razas, ciclos de trabajo y enfermedades (Buttimer, 1980).

 

LA BIFURCACIÓN DEL PAISAJE

A pesar de los buenos intentos de la escuela videliana, la separación de los estudios sintéticos de los elementos biofísicos y los socioculturales en geografía fue inminente: el paisaje se fragmentó en aras de la particularización y la super–especialización. Ante la separación de los componentes sociales y naturales, las tendencias paisajísticas se inclinaron por el papel dominante de la geomorfología, considerada por muchos especialistas el cimiento de la geografía en general. En estas condiciones, y con un ambiente intelectual marcado fuertemente por el cartesianismo y el positivismo, la geografía se volvió sectorial y dejó de lado algunas perspectivas básicas de las ciencias sociales y de la ecología naciente. Dentro de esta última, Arthur G. Tansley (1935) intentó proponer a través del concepto de ecosistema, unidad ecológica básica, instrumentos de sistematización de las disímiles y múltiples investigaciones naturalistas; sin embargo, la ecología concluyó en una ciencia unívoca cuyo objetivo era puramente biocéntrico, e incapaz de conseguir el escrutinio global del medio ambiente, reduciendo, en un principio, los hechos sociales a "factores antrópicos", o bien, los mimetizó conforme su propia visión energética sobre el funcionamiento de la naturaleza (Urquijo, 2008b; Urquijo, 2008).

En esa crisis epistemológica, la "integralidad" del paisaje se planteó de muy diferentes maneras: como un conjunto de indicaciones elementales para el ordenamiento ecológico o territorial —uso de la tierra—, como una revisión metodológica —ecología del paisaje—, o como una construcción teórica de balances energéticos, sustentados a menudo en fórmulas matemáticas (Frolova, 2006). El carácter monista del paisaje se fue perdiendo en los disímiles campos de investigación —geografía, ecología, biología, arquitectura, antropología o arqueología—, quedando así separados los componentes socioculturales de los biofísicos. Como consecuencia, además, el concepto varió según los intereses particulares o los objetivos de las diversas investigaciones. El paisaje recibió múltiples definiciones e interpretaciones que podían coincidir o no con su origen monista. Dicho en otras palabras, la ciencia del paisaje que inició el siglo, en unos cuantos años se fragmentó: por un lado, se dispuso el análisis de la superficie terrestre y, por el otro, el medio resultó un mero producto de la intervención antrópica (Hartshorne, 1939).

Particularmente, en la ecología del paisaje se enfatizó el enfoque biocéntrico, considerando al paisaje como un mosaico de ecotopos: ecosistemas concretos localizados en un sitio definido, a manera de células del paisaje. Las unidades de la clasificación paisajística se establecieron escalarmente desde la ecozona hasta el ecotopo (Mateo, 2002). La dinámica del paisaje se consideró entonces como el tejido por el cual fluía la energía, los nutrientes minerales y las especies, entre los ecosistemas (Forman, 1986). Se trataba de una geografía sometida por la ecología, en donde la presencia humana se limitaba a la capacidad funcional para el desarrollo de actividades socio–económicas —complejo territorial productivo—. Los factores perceptivos, éticos y estéticos del medio no entraban en los intereses de muchos ecólogos y ecogeógrafos, por ser éstos consideraciones "subjetivas". A partir de la década del siglo XX, y ante la ambigüedad que generaba la falta de consideración del "factor antrópico", se comenzó a hablar de la dimensión socio–geoecológica del paisaje, que postulaba la articulación entre una triada de categorías paisajísticas: paisaje natural, paisaje social y paisaje cultural (Mateo, 2002); esto, no obstante, sin tomar en cuenta que en su origen epistémico esa triada de paisajes eran uno solo dominio ontológico.

 

LAS PROPUESTAS (RE)UNIFICADORAS

Al transcurrir los primeros treinta años del siglo XX, sin embargo, emergió de forma paralela a las propuestas fragmentarias una potencial tendencia a revincular los elementos paisajísticos, con especial atención al factor humano. Entre los primeros estudiosos que pretendieron la reunificación, sobresalió el geógrafo norteamericano Carl O. Sauer, quien, a través de su Morfología del paisaje ([1925] 1995), retomó planteamientos de la tradición geográfica alemana y reconoció la pertinencia del concepto, definiéndolo para la geografía física como una unidad espacial formada por fenómenos interdependientes, por lo que consideró que la tarea del investigador era encontrar la conexión o el orden de esos fenómenos (Sauer, 1995). Por otro lado, el geógrafo alemán Carl Troll introdujo el término ecología del paisaje ([1938] 2003) al ámbito científico, con el cual realizó una revaloración del concepto al reconocerlo como una unidad de espacio definida por la actuación conjunta de tres componentes principales: el mundo abiótico —físico–químico—, el mundo biológico y el mundo humano (Troll, 2003). Así empezaba a gestarse, aunque lentamente, la rearticulación científica del paisaje.

Hacia la primera mitad del siglo XX, en Francia, la llamada Escuela de los Anales, encabezada por Marc Bloch y Lucien Febvre, emprendió una serie de estudios históricos en los cuales se vinculaban los factores sociales y ambientales. Las primeras investigaciones con este enfoque fueron la Historia rural francesa de Bloch ([1931] 1976) y La tierra y la evolución humana de Febvre (1925). Particularmente, los trabajos de Bloch resaltaban la idea de un paisaje actual que permitía contemplar sus etapas anteriores mediante una perspectiva de conjunto o monista, por lo que se le ha considerado uno de los postulantes de la geografía retrospectiva (Santos, 2000). Sin embargo, fue en la segunda generación de los Anales cuando se consolidó una geografía histórica basada en un modelo ecológico y sociocultural. Dicha propuesta fue fundamentada por Fernand Braudel en su magna obra El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II ([1949] 1997). Braudel planteó estudios históricos en tres tiempos y escalas distintas: la larga duración, el tiempo medio o coyuntura, y el tiempo corto o acontecimiento. Los dos últimos procesos temporales eran considerados por el propio Braudel como meras "espumas" del inmenso océano de la historia. En cambio, los estudios de procesos de larga duración permitían reconocer las acciones y pensamientos de los seres humanos de cara a las fuerzas de la naturaleza. No se trataba de determinar la supremacía del medio sobre los seres humanos —como explicaba el determinismo geográfico—, ni viceversa; se trataba, más bien, de ponderar el valor histórico del paisaje en el complejo devenir de la humanidad. La propuesta braudeliana tuvo seguidores importantes, quienes retomaron sus planteamientos para realizar nuevas propuestas, específicamente en el campo de la geografía histórica o de la historia ambiental, tales como François Chevalier ([1956] 1999) o Emmanuel Le Roy Ladurie (1977).

En este contexto, creció el interés por conocer cómo los diversos pueblos se relacionaban con su entorno. Así aparecieron trabajos fundamentales de investigadores adentrados en la temática como Gordon Childe, Claude Levi Strauss, Mircea Eliade, Alfred Crosby, Karl Butzer y Philippe Descola, entre los más sobresalientes. Este último, Descola (2001), insistió en el hecho de que varias sociedades no separan lo natural de lo cultural, evidenciando dicha separación como una clasificación típicamente occidental.

A principios de la década de los noventa, inserta en el paradigma de la postmodernidad e influenciada por los debates dualistas y monistas de la Antropología ecológica, la llamada Nueva Geografía Cultural replanteó sus objetivos al considerar no sólo las expresiones materiales e inmateriales de la cultura, sino también, y de forma significativa, los rasgos naturales del paisaje. Además de "sacudir" a los geógrafos de su aparente letargo y propiciar el interés geográfico por la alteridad, el giro cultural de la geografía conminó en una invitación abierta a los científicos sociales a poner en tela de juicio la supuesta dicotomía naturaleza–sociedad (Claval, 1995; Fernández, 2005; Fernández, 2006). Las percepciones y valoraciones éticas, estéticas o simbólicas del paisaje se consideraron, a partir de entonces, como parte fundamental de la investigación, pues su escrutinio permitía conocer bajo qué criterios las diferentes sociedades evocaban, proyectaban o transformaban sus naturalezas (Veras, 1995).

Ante las concepciones extremas de ciudades artificiales o materializadas y las naturalezas salvajes o prístinas, el geógrafo Yi–Fu Tuan (2003), propuso reflexionar en torno a los paisajes medios —naturalezas intervenidas por colectividades humanas—, entendidos éstos como obras culturales, pero en los cuales no se reniega de las raíces del mundo orgánico. Es decir, Tuan impulsaba la idea de un justo medio epistémico.

A pesar de los esfuerzos (re)integradores realizados por especialistas de diversos y disímiles campos científicos, existen, al menos, tres enfoques paisajísticos: la ecología del paisaje —fundamentalmente de corte biológico o ecosistemático (Forman, 1986)—, la geoecología del paisaje —inserta en la geografía física y la ecogeografía (Tricart, 1965; Sochava, 1972; Mateo, 2002)—, y la geografía cultural del paisaje —la intervención y percepción humana del medio (Crang, 1998; Brunet, 2002; Fernández, 2006). El reto de los estudios paisajísticos radica, entonces, en explorar el paisaje sin adjetivos, pero considerando su carácter monista, polisémico y multivalente.

 

REFLEXIONES FINALES

Independientemente de los disímiles campos disciplinarios, sin ánimos de homogeneizar pensamientos y a la luz del resquebrajamiento de las visiones fragmentadas de la realidad, el paisaje debe entenderse como un concepto geográfico holístico. De esta manera, es posible reconocer las múltiples influencias que ejercen los procesos naturales y humanos —sólo separados como artificios científicos— en el moldeado histórico. El reto presente está en la búsqueda de las formas más adecuadas que logren impedir su fragmentación. Las investigaciones híbridas ambientales no podrán superar su parcialidad en tanto se continué razonando en términos de separación, contradicción y confrontación entre hechos naturales y sociales (Bertrand, 2006).

Por otro lado, las prácticas inter disciplinarias, institucionales o espontáneas, han mostrado sus propias limitaciones, tanto teóricas como metodológicas, generando discursos confusos y conceptos inestables. A pesar de ello, la interdisciplinariedad es ya un ejercicio imperante sin vuelta atrás. No obstante, la mirada al pasado disciplinario, en este caso al de la geografía, puede permitirnos el hacernos de elementos históricamente definidos, que a su vez nos permitan movernos con mayor seguridad en los linderos inciertos y difusos de los campos híbridos. En este sentido, el paisaje resulta en un concepto más que pertinente y actual.

Como hemos visto, el paisaje no es la adición de elementos geográficos dispersos; es una unidad geográfica holística, definida mediante un proceso homeostático de sus componentes biofísicos y socioculturales. El reto ahora es superar el problema metodológico que esta concepción conlleva, tanto en su dinámica, tipología y cartografía. Pero quizá el mayor reto radique en la reconsideración de la mirada monista que sustentan algunas de las sociedades no–occidentales, lo que podría alejarnos de esa falsa dicotomía procurada por el pensamiento hegemónico y que hoy recorre los caminos cotidianos del laboratorio en nuestras instituciones académicas. Y en esa misma deconstrucción respecto al mismo mundo en que vivimos y padecemos, el concepto paisaje puede resultar iluminador, no sólo para quien lo estudia sino, y fundamentalmente, para quien lo padece. Como unidad monista territorializada, el paisaje requiere ser visualizado bajo la óptica de quien lo produce y reproduce, lo innova, lo sueña o imagina, lo goza y lo sufre —los locales—, y de quienes lo estudian o interpretan desde afuera o de aquellos que intentan dominarlo sin constituir parte de él (Urquijo, 2008).

La discusión en torno a los alcances y límites de la perspectiva de paisaje cobra auge y está abierto a los diferentes especialistas que ven en él un instrumento útil de análisis. El paisaje es, finalmente, un palimpsesto por demás interesante, que muestra la intervención cultural de distintas colectividades humanas en el devenir; la imposición y superimposición de valoraciones éticas y connotaciones estéticas en el medio.

 

AGRADECIMIENTOS

La investigación de la que deriva el artículo fue apoyada por el proyecto PAPIIT–DGAPA (clave IN306806), adscrito al Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental–UNAM. Asimismo, los autores agradecen la colaboración del Dr. Gerardo Bocco Verdinelli en la revisión del texto.

 

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