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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios v.1 n.2 México jun. 2005

 

Reseñas

 

La proliferación de los signos: la teoría social en tiempos de globalización

 

Luis Ponce*

 

Roberto Follari, Nilda Bistué y Claudia Yarza, La proliferación de los signos: la teoría social en tiempos de globalización. Rosario: Homo Sapiens, 2004, 122 pp.

 

* Filósofo. (Q.E.P.D.)

 

El propósito de Roberto Follari en el libro que comentamos puede interpretarse como el de un renovado intento por colaborar con la desalienación de las ciencias sociales. Lo cual implica unos cuantos supuestos y problemas.

En primer lugar, para quien así quiera verlo, se podría hablar de cierto "malestar" en las ciencias sociales, esta vez de nuevo cuño quizás, amén del que ya traen ab origine por la tensión teórico política en la que nacen. Provenientes de contextos capitalistas, signadas por la conflictividad, si el concepto mismo de sociedad es contradictorio, como dice Adorno, las ciencias sociales no pueden serlo menos, reflejándose esto en su ausencia de paradigmas a la Jun.1 En este caso, nuestro autor se refiere a dos campos significativos como el de los estudios de la cultura y la filosofía política, transidos de controversias ya en sus propios arranques protocolares, pero con fuertes pretensiones de hegemonía no sólo académica.

Por otro lado, es indudable que, para Roberto Follari, las ciencias sociales —también aquí, ya lejos del área geocultural en que se originaron y precisamente por esa tendencia que Gramsci llamaba la "occidentalización del planeta"— tienen la capacidad, con las debidas mediaciones, de permitirnos comprender y explicar nuestro mundo social y posibilitar su transformación emancipadora. Lo cual habla de una normatividad inescapable y no menos problemática que las comanda. Pueden afirmar o negar el orden vigente. Este sería un supuesto fuerte en la medida en que la crítica deviene ingrediente constitutivo, estructurante, de las mismas: empezando porque desde la partida la "llevan puesta", al poder ya siempre registrar mundos sociales alternativos, volviendo posible, además de la falsación lógica del registro, su impugnación práctica.

Por propia naturaleza, a su vez, el capitalismo (en cuyo seno hoy estas ciencias se desenvuelven) está llamado a generar la opción radical por su sustitución: no puede ser cambiado sin su aniquilamiento. Aquí no hay "mejoras" que se salven de la inconsistencia teórica o de caídas en lo paradojal, de lo que fue conspicuo testigo la izquierda socialista en prácticamente todo el mundo. En último análisis, algo nos avisa que la figura presente de la sociedad, lo que es, no agota su realidad. "Todo lo que existe merece perecer", decía un notorio pensador de vertiente crítica.

A todo esto, la afirmación de que se puede procurar la desalienación de las ciencias sociales, se convierte entonces en un aserto problemático. Follari se mueve en ese horizonte. A partir de la presunción de criticidad, si las ciencias sociales nacen y operan en una sociedad alienada y de ella reciben su carácter, ¿cómo es posible la crítica misma en ese campo?, es una interrogante que se hace presente a lo largo de todo el texto. No resulta sencillo "dar cuenta de la alienación con herramientas alienadas", como concluía Adorno tras su colaboración con Lazarsfeld. Follari escribe porque apuesta a esa posibilidad: la de reobrar sobre sí, que todo discurso posee. Si no hay un más allá o un afuera del lenguaje, como él glosa a Lacan, es indudable que el lenguaje funda "hacia dentro" la reflexividad como condición de la crítica. No sin referencialidad, las ciencias sociales son una empresa sobremanera lingüística.

¿Qué habría que desalienar a las ciencias sociales? ¿Qué es lo que les impediría ser (o llegar a ser) ellas mismas, alcanzar su sentido genuino? ¿Es que lo hay realmente? ¿Bastaría, para demarcarlo, enlistar las características de un supuesto status teórico relativamente "canónico"? ¿O en otro caso, podrían ser "ciencias sociales" sin ser políticamente críticas?

El texto, como dijimos, puede ser tomado como una búsqueda en esta dirección.

La cuestión que atraviesa el libro podría formularse así: ¿pueden las ciencias sociales, en cualquiera de sus campos o subdisciplinas, desentenderse sin más de la cuestión político económica como mediaciones a la base de la vida social? ¿Pueden desentenderse de la cuestión social misma para devenir mera construcción (o aun re–construcción, legítima por otra parte) discursiva sin relación con la conflictividad y las contradicciones histórico prácticas que la signan? ¿No se trataría nuevamente de un intento por construir unas ciencias sociales "sin sociedad" o bastante al margen de ella? Es decir, la pregunta por la (des–) alienación de las ciencias sociales, nos remite a la de su misma "posibilidad" en un sentido cercano a Kant, dando por sentado que aquí la "trascendentalidad" se vuelve histórica e inevitable el dibujo de una circularidad hermenéutico–crítica.

En cuanto al "malestar" señalado, como dijimos, Follari se refiere al caso de los estudios de la cultura, por un lado, y el de la filosofía política o ética como sucedáneos de la teoría política, por otro. En el primero, nuestro autor señala la presencia de posiciones cada vez menos antagónicas con el capitalismo globalizado; por tanto, un cierto adaptacionismo creciente. Teniendo su origen en la izquierda británica (Willams, Hoggart, etc.) y en su valoración de la cultura de masas, pasan a Estados Unidos y de ahí a Latinoamérica con el sello de la microhistoria, la aproximación a lo cotidiano, el privilegio del punto de vista "etno", entre sus características principales.

Será en Latinoamérica donde el síntoma de la despolitización y el aflojamiento crítico se harán particularmente notorios. Mientras se agrava la cuestión social en medio de la agresión neoliberal, se socava la capacidad conciente de negación, instalándose con fuerza "la superficialidad del campo de la imagen". Ello es notado por Follari en autores como García Canclini y Martín Barbero, en los que aparecen tres problemas ligados entre sí: el autorreferencialismo metateórico; la estanflación (entendida como el estancamiento conceptual con inflación de la producción retórica) y una confusa saga entre lo universal y lo diverso, con predominio de esto último; y pérdida de marcos estructurales con resultados despolitizantes (esfumándose aquí el imperativo histórico moral, universalmente válido, de lucha contra la explotación). Se trata del centramiento de los signos sobre sí mismos, lo que lleva a la impresión "de que la realidad material hubiera eclipsado tras una densa marea de textualidades y representaciones".

Los estudios de la cultura se presentan, por otro lado, con amplia acogida académica, convirtiéndose en una voz investida de los privilegios del stablishment, aunque se precie de antiacadémica y antioficial, al servicio de la celebración "del único mundo posible en cuanto inevitable": éste.

En oposición a los anteriores, Follari propone, en campos emparentables, contiguos al multiculturalismo y a los estudios poscoloniales, autores que muestran precisamente las posibilidades críticas que faltan en los primeros. Zizek, Jameson, Casullo, Moraña, Reynoso, son comentados prolijamente. Vale la pena recorrer el análisis del texto de E. Lander, en su propia compilación en torno a la "colonialidad del saber", para hacerse de las claves de la crítica de nuestro autor.

Su hipótesis expresa es que nos encontramos, entonces, ante una tendencia más general en el campo de las ciencias sociales, dentro de la cual los estudios de la cultura o la filosofía política son un ejemplo entre otros, donde la actual "crisis de la proyectualidad" mueve a preguntar por lo abstracto.

Su balance apunta, en definitiva, a esta tendencia que se abre en dos grandes vertientes, aparentemente contradictorias pero complementarias: a) una progresiva y abierta mercantilización, en servicio directo de intereses gerenciales, ya de las empresas o del Estado, en nombre de un supuesto "nuevo modelo científico", presentado como de corte interdisciplinario, pero con dudosos criterios metodológicos para establecerse como tal; y b) la consagración de una ciencia "débil", globalizada, con disminución de la negatividad en lo ideológico y con caída de lo empírico y lo teórico en pro de lo simplemente retórico, debilitada epistemológicamente, en orden a una "innovación" sin criterios precisables.

Bajo el signo de la penetración de la cultura en el capital y viceversa, las ciencias sociales se muestran condicionadas, en plena cultura de mercado, por la virtualización de lo económico, propia de lo financiero. Esto, combinado con la catarata de estímulos perceptivos operada desde el creciente universo massmediático, hace que el mundo se vuelva fábula y, la realidad, ficción. El trabajo material, el esfuerzo físico presentes en la reproducción de la vida (la antigua "clase obrera", en suma), quedan opacados tras el cúmulo de incitaciones mediáticas al consumo, volviendo indiscernible el aserto de que mientras haya capital habrá siempre trabajo explotado. Otro factor condicionante lo constituye, para Follari, la innovación tecnológica acelerada hasta límites autodestructivos, frente a la que el consumo nuevamente adquiere rasgos compulsivos.

En sus páginas finales, el texto cierra con notable lucidez el estado de cosas que viene describiendo, refiriéndose al efecto de "relación en espejo" que se produce con la asimilación del científico a su objeto de análisis, hasta quedar entrampado en él. El dicho adorniano se cumple al quedar las ciencias sociales constitutivamente afectadas por la situación y los nuevos procesos que desencadena: convertidas en un saber que ignora sus fuentes y ya lejos de su control, "hacen pero no lo saben".

 

NOTAS

1 Este tema se halla lúcidamente analizado por el propio Follari en Epistemología y sociedad (Buenos Aires: Homo Sapiens, 2000).         [ Links ] Es destacable el "uso" espistemológico que Follari hace aquí de un agudo planteo que al respecto propone Jeffrey Alexander acerca de la "centralidad de los clásicos" en las ciencias sociales. Cf. A. Giddens et al., La teoría social hoy (Madrid: Alianza, 1990).