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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios v.1 n.2 México jun. 2005

 

Artículos

 

La ciudad como objeto de estudio de la comunicología. Hipótesis, preguntas y rutas para la construcción de un estado del arte sobre la línea de investigación "Ciudad y comunicación"

 

City as study object of Communication Science. Hypothesis, questions and routes to construct a state of art to investigate "city and communication"

 

Marta Rizo García*

 

* Doctora en ciencias de la comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Profesora–investigadora de la Academia de Comunicación y Cultura y del Centro de Estudios sobre la Ciudad de la UACM. Correo electrónico: <mrizog@yahoo.com.>

 

Fecha de aceptación: 15/01/2005

 

Resumen

Este artículo pretende abrir la reflexión en torno de las múltiples posibilidades que ofrece el abordaje de la ciudad desde las ciencias de la comunicación. En un primer momento se presenta la propuesta conceptual de la comunicología, y sus primeras articulaciones con la ciudad. Posteriormente, se establecen algunas de las principales características de la ciudad y "lo urbano" como objetos de estudio, con especial énfasis en las aportaciones de las ciencias de la comunicación, que impulsan el abordaje de la ciudad como sistema de comunicación y como construcción mediática.

Palabras clave: comunicología, ciudad, cultura, comunicación, estudios urbanos.

 

Abstract

This article tries to open the reflection around the multiple possibilities that Communication Science offers to the study of the city. At a first moment, the author exposes the conceptual proposal of the Comunicology, and his first joints with the city. Later, the paper presents some of the main characteristics of the city and "the urban thing" as study objects, with special emphasis in the contributions of Communication Science, that impel the approach to the city like communication system and media construction.

Key words: Communication science, city, culture, communication, urban studies.

 

PARA ABRIR EL DEBATE

Los objetos de estudio propios de las ciencias de la comunicación van más allá de los medios de difusión masiva. Si bien esta afirmación parece ser conocida y aceptada por el campo académico de la comunicación, sigue existiendo un predominio abrumador de estudios sobre medios, en detrimento de otros aspectos comunicativos igualmente importantes. En términos teóricos, y siguiendo la propuesta del proyecto de estudio "Hacia una comunicología posible",1 se pueden agrupar los objetos de estudio de la comunicología en cuatro dimensiones: la primera es la que se refiere a la expresión, a la configuración de información, a la forma; la segunda tiene como eje central la difusión, esto es, los medios de difusión masiva, considerados como sistemas de información; la tercera es la dimensión de la interacción, que tiene como centro la relación entre sistemas de comunicación, a lo que se suele denominar como comunicación interpersonal; y por último, la dimensión de la estructuración, la más amplia y abarcadora, referida a la relación entre sistemas de información y sistemas de comunicación.

En otro orden de elementos, la comunicología, desde su emergencia como campo del saber, se ha nutrido de las aportaciones teóricas de disciplinas muy diversas. En concreto, se consideran siete fuentes teóricas: cibernética, sociología funcionalista, sociología crítica–cultural, sociología fenomenológica, psicología social, economía política y semio–lingüística. En este sentido, las ciencias de la comunicación son, desde sus orígenes, una disciplina inherentemente interdisciplinaria, pese a que la sociología funcionalista estadounidense, en las décadas de los veinte y los treinta del pasado siglo, comenzó a interesarse oficialmente por la comunicación como objeto de estudio.

Ante este panorama, son muchas las posibilidades de los estudios sobre la ciudad desde la comunicación. Muchos los temas y problemas que se pueden abordar desde su mirada. La riqueza del espacio conceptual de la comunicología asombra, permite ver mucho más allá de los medios, y sin embargo, son todavía pocos los trabajos que los dejan a un lado o no los toman como centro de la reflexión.

La riqueza de observar la ciudad desde una mirada comunicológica viene dada, además, por la complejidad y extensión intrínseca de los estudios sobre la ciudad y lo urbano, mismos que han dado lugar a múltiples especialidades dentro de disciplinas como la sociología, la antropología y la geografía, por citar algunas. La ciudad ha sido objeto de atención, por tanto, de disciplinas muy variadas, y ello no nos debe extrañar, ya que las ciudades se han erigido, desde las revoluciones industriales del siglo XIX, como los espacios básicos de concentración mayoritaria de individuos e instituciones. La concentración de población en los ámbitos urbanos a nivel internacional, y América Latina no es la excepción, han contribuido a hacer de la ciudad un objeto de estudio de interés inter y transdisciplinar.

Estas páginas pretenden impulsar la reflexión en torno de las múltiples posibilidades que ofrece el abordaje de la ciudad desde las ciencias de la comunicación. En primer término, la relación conceptual entre ciudad y comunicación obedece a la dimensión de la estructuración, puesto que son muchas y muy diversas las posibilidades de establecer conexiones entre los sistemas de información y comunicación dentro del espacio urbano. Sin embargo, y más allá de señalar esta generalidad, consideramos más pertinente reflexionar sobre las rutas de investigación posibles que abordan, desde perspectivas varias y con objetos muy diversos, las relaciones entre la ciudad y la comunicación.

 

EL ABORDAJE DE LA CIUDAD DESDE LAS CUATRO DIMENSIONES DE LA COMUNICOLOGÍA

La dimensión comunicológica de la expresión se refiere, a grandes rasgos, a la configuración de la información, esto es, a la forma que presenta la información. La presencia de manifestaciones artísticas en el espacio urbano de la Ciudad de México; las modificaciones formales y expresivas en el espacio del centro histórico de la ciudad; el lenguaje coloquial en las interacciones urbanas en la ciudad y la importancia de la cultura visual en este mismo espacio, pueden ser algunos de los temas posibles para abordar la ciudad desde la dimensión de la expresión.

Como se ha apuntado anteriormente, los medios de difusión, considerados como sistemas de información, han sido el objeto de estudio privilegiado por la comunicología desde sus inicios en el primer tercio del siglo XX. Es por ello que la dimensión de la difusión ofrece muchas y muy variadas formas de abordar la investigación de la ciudad. En el contexto de la Ciudad de México, algunas propuestas de investigación concretas pueden ser la realización de un mapa de medios de difusión en la ciudad; el análisis de la imagen de la Ciudad de México en los medios de difusión masiva; el uso de los medios por parte de las organizaciones ciudadanas; el consumo de medios de comunicación por parte de un sector concreto de la población; el tratamiento mediático de las manifestaciones de cultura popular urbana en la Ciudad de México; la evolución histórica de los medios de difusión en la ciudad; la presencia de las nuevas tecnologías de información y comunicación en alguna zona concreta de la ciudad; y las modificaciones de la ecología urbana dada la presencia de espectaculares publicitarios en la ciudad.

La tercera dimensión comunicológica, la interacción, pone el acento en la construcción de vínculos y relaciones entre los sujetos, mismos que sólo pueden establecerse a partir de intercambios comunicativos de diversa índole. Dicho de otro modo, la interacción se centra en los sistemas de comunicación, en las relaciones intersubjetivas, en los diálogos, en la denominada comunicación interpersonal. La realización de etnografías en espacios urbanos concretos, como plazas públicas, cantinas, calles o comercios, es una de las estrategias metodológicas más utilizadas para explorar los intercambios comunicativos, las interacciones, entre ciudadanos. Otros objetos posibles son la comunicación interpersonal como anclaje de la vida en las vecindades del Centro Histórico de la Ciudad de México; los cambios en las interacciones cotidianas de los habitantes del Centro Histórico ante la llegada de nuevos vecinos de clase media–alta; y las relaciones e interacciones cotidianas entre vecinos de distintas colonias de la Ciudad de México, por citar sólo algunos.

La estructuración es la dimensión más compleja, ya que conecta las tres dimensiones anteriores al vincular las configuraciones de información (expresión) con los sistemas de información (difusión) y los sistemas de comunicación (interacción). En este terreno se pueden abordar cuestiones como la legislación sobre medios de difusión en la Ciudad de México; las relaciones entre medios de difusión, espacio público y sociabilidad; y el uso del espacio urbano para la información pública y la actividad política, entre otras.

Los listados anteriores no pretenden agotar las posibilidades del abordaje comunicológico de la ciudad. Más bien al contrario, configuran una hipótesis de trabajo general que, lejos de ser cerrada, abre posibilidades a un gran número de objetos de estudio que relacionan la ciudad y la comunicación.

 

LAS FUENTES TEÓRICAS DE LA COMUNICOLOGÍA EN EL ABORDAJE DE LA CIUDAD

De entre las siete fuentes teóricas de la comunicología, en el abordaje de la ciudad como objeto de estudio destacan, sobre todo, las aportaciones de la sociología crítica–cultural y la economía política. La primera, por ser la que vincula lo cultural–comunicativo con lo urbano. Y la segunda, porque permite análisis macrosociológicos en torno a la ciudad.

La sociología crítica–cultural recoge las ideas de los estudios culturales, tendencia de investigación surgida en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XX, y consolidada en América Latina desde la década de los noventa. Una de las preocupaciones básicas de los estudios culturales radica en establecer relaciones, tanto teóricas como empíricas, entre la cultura y la comunicación. De esta forma, sus principales aportaciones al campo de la comunicación son el enfoque cultural del fenómeno comunicativo, que ha dado lugar a trabajos sobre consumo cultural, identidades culturales, culturas populares, globalización y desigualdad, entre otros temas. Los estudios culturales toman la ciudad, lo urbano, como escenario de prácticas culturales y comunicativas, como lugar de encuentros y desencuentros, como construcción social —y por tanto también mediática—, como contenedor de luchas sociales y desigualdad, etcétera. Por su parte, la economía política aborda la ciudad en términos de sistema social, haciendo hincapié, fundamentalmente, en los índices de riqueza y pobreza en sus fronteras, en la distribución de bienes y servicios, en la presencia de la industria en las ciudades, etcétera.

Si bien no ha sido la disciplina que más ha aportado a la investigación sobre la ciudad, la psicología social está siendo cada vez más utilizada para el tratamiento de lo urbano. Nos referimos, sobre todo, a los estudios que ponen el acento en las representaciones sociales y los imaginarios en torno a la ciudad, un área de investigación que cada vez toma más presencia en el terreno de los estudios urbanos. ¿Qué imagen de la ciudad tienen los ciudadanos que la habitan? ¿Qué tipo de ciudad desean los ciudadanos? Preguntas como éstas, centradas en lo psicosocial y lo cognitivo, se adentran en el terreno de las motivaciones, las expectativas, y las construcciones sociales y cognitivas de lo urbano por parte de los habitantes de las ciudades.

La cibernética, por un lado, y la sociología fenomenológica, por el otro, han dado lugar a pocas reflexiones en torno a la ciudad. La primera, por ser una disciplina más enfocada al ámbito de la ingeniería, de los sistemas de transmisión de información en un sentido plenamente técnico; y la segunda, por estar a caballo entre la filosofía y la sociología, siendo el primero de estos dos campos de conocimiento poco trabajado en el ámbito de los estudios urbanos.

Por último, la semio–lingüística y la sociología funcionalista son dos disciplinas que también han hecho algunas aportaciones significativas al estudio de la ciudad. Los estudios del lenguaje, la semiótica, el discurso, etcétera, han sido retomados en trabajos más cercanos a lo social que a lo propiamente lingüístico, dando lugar a investigaciones sobre iconos urbanos o usos del lenguaje en el ámbito urbano, entre otros temas. Estos objetos, si bien pueden pertenecer al terreno de lo semio–lingüístico, nos parecen cercanos a otro tipo de temas tratados sobre todo desde la sociología crítica–cultural. Por su parte, la sociología funcionalista ha abordado la ciudad en términos de acciones sociales, y en lo que a comunicación se refiere, se ha centrado fundamentalmente en la presencia y el papel de los medios de difusión masiva en los espacios urbanos.

 

HACIA UN ESTADO DEL ARTE EN TORNO A LA LÍNEA DE INVESTIGACIÓN "CIUDAD Y COMUNICACIÓN"

La construcción de un estado del arte de la línea de investigación "Ciudad y comunicación" permite dar cuenta del tipo de objetos de estudio que se han abordado, así como de los enfoques teóricos predominantes en tal tipo de estudios. Lejos de presentar un trabajo concluido, final, lo que se expone a continuación es resultado de una sistematización bibliográfica que está en construcción permanente, y que por lo tanto está inacabada. Sin embargo, y siendo conscientes de la limitación anterior, el trabajo hecho hasta el momento permite obtener cierta claridad en torno al abordaje comunicativo de la ciudad, y permite saber no sólo qué se ha hecho, sino —y más importante— qué está aún por hacer. Como todo sistema de información que da lugar a un estado del arte, su fortaleza recae en la capacidad de ser "preguntado".

Las líneas siguientes pretenden responder a preguntas como: ¿Qué se ha dicho de la ciudad desde la comunicación? ¿Qué objetos de estudio se han privilegiado en torno a la ciudad desde la comunicación? ¿Cómo se ha definido la ciudad desde una óptica comunicativa? ¿Con qué metodologías se ha abordado la ciudad desde la comunicación? Éstas y otras cuestiones nos enfrentan al reto de construir un primer estado del arte en torno a la línea de investigación "Ciudad y comunicación".

La ciudad es un objeto de estudio multidimensional. Y no sólo lo es por la diversidad de enfoques teóricos y metodológicos que se han acercado a ella, sino por su carácter intrínsecamente complejo, dinámico, variable. Para responder a la pregunta de qué se investiga en la ciudad, podemos anotar, a modo de hipótesis, los siguientes temas: cultura política, instituciones, manifestaciones comunicativas, expresiones artísticas, consumo cultural, diferencias con el mundo rural, juventud, identidades urbanas, barrios, imaginarios y representaciones, espacios públicos y privados, ocio y tiempo libre, calidad de vida, transporte, urbanismo, arquitectura, composición y dinámicas sociales, por citar algunos.

A grandes rasgos, la investigación de la ciudad desde la comunicación ha puesto el acento en tres tipos de temas o macro–objetos de estudio. En primer lugar, se han establecido relaciones entre la comunicación y la esfera pública, en un intento por comprender y analizar las relaciones entre los fenómenos comunicativos, el espacio urbano y la cultura política, como articulación básica para la construcción de democracia en las sociedades modernas. En términos comunicacionales, esta área de estudio intenta ahondar en los procesos de producción, reproducción y transformación de los imaginarios, representaciones y prácticas en torno de asuntos como la construcción de lo público, las formas de emergencia de la opinión pública, la producción institucional de comunicación y la interacción entre la sociedad política y la sociedad civil, entre otros. Un segundo conjunto de temas lo constituye la relación entre las narrativas urbanas y la vida cotidiana. En este caso, el objetivo es analizar la multiplicidad de discursos sociales que coexisten —en armonía o conflicto— en el espacio urbano, y sus condiciones de visibilidad diferencial en el espacio público. El punto central está en el análisis de los diferentes modos en que los actores sociales de la ciudad participan en la construcción de representaciones públicas ancladas en las identidades que articulan tres mundos: la vida privada, la vida pública y la acción social colectiva. En este sentido, algunos de los temas tratados serán, por ejemplo, la sociabilidad y las redes de interacción cotidiana, las prácticas y discursos sociales sobre y en la ciudad y la visibilidad o invisibilidad de distintos grupos sociales y de sus discursos en el espacio público construido por los medios de difusión masiva. Una tercera gran línea o área de estudio, dentro de la relación general entre ciudad y comunicación, podría ser la que vincula el espacio urbano y la producción o construcción de sentidos sobre el mundo y, específicamente, sobre la ciudad habitada. Así, se pretende indagar en las relaciones entre el espacio, por un lado, y los procesos de construcción de sentido con que los ciudadanos usan, nombran y habitan la ciudad. Concretamente, esta área de estudio aborda temas como los usos del espacio urbano, la apropiación de territorios, la comunicación para el desarrollo urbano y los aspectos de estética en la apropiación del espacio, entre otros.

Si tomamos como eje de análisis la propuesta de la comunicología, podríamos decir que la primera de estas grandes líneas de trabajo se centra, antes que nada, en la dimensión de la estructuración, por su voluntad abarcadora y por tomar en cuenta la relación entre sistemas de información —la difusión— y sistemas de comunicación —la interacción—. La segunda tiene como eje la expresión, por su interés en los discursos sociales, aunque también pone énfasis en los procesos de interacción social que generan dichas producciones discursivas. Por último, el tercer grupo de temas o área de trabajo aborda también las dimensiones de la expresión y la interacción, aunque su pretensión de vincular usos, apropiaciones y manifestaciones comunicativas la acercan también a la dimensión más compleja, la estructuración.

Una vez establecidas estas tres grandes líneas de trabajo, nos disponemos a reflexionar con mayor profundidad en torno a qué se ha dicho sobre la ciudad desde la comunicación. Para ello, y reconociendo que antes de abordar la mirada comunicológica son necesarias aproximaciones interdisciplinarias al objeto "ciudad", organizamos el trabajo en cuatro apartados. Luego de una introducción sobre algunos aspectos generales de la ciudad, abordamos la ciudad como espacio social, como experiencia, como escenario de la diversidad y, por último, ya centrándonos en el objetivo de este texto, ahondamos en las múltiples relaciones que pueden establecerse entre la ciudad y la comunicación.

 

A MODO DE INTRODUCCIÓN

Comprender el entorno urbano, la ciudad, requiere en la actualidad una mirada abierta. No debemos abordar el espacio urbano sólo como la dimensión física de la ciudad, sino que es fundamental incorporar la experiencia de quienes habitan en ella. Esta idea se complementa con que las experiencias de vivir en una ciudad son muy diversas y dependen de las expectativas, los logros y las frustraciones de los sujetos. Raymond Ledrut (1974) apunta que la ciudad "no es una suma de cosas, ni una de éstas en particular. Tampoco es el conjunto de edificios y calles, ni siquiera de funciones. Es una reunión de hombres que mantienen relaciones diversas" (Ledrut, 1974: 23–24).

Los estudiosos de las ciudades, igual que los ciudadanos que las habitan, se encuentran hoy con un espacio urbano que da lugar a indeterminaciones y ambigüedades. Los afanes de comprensiones e interpretaciones totalizadoras se convierten en intentos realizados en vano, ya que se distancian en gran medida de la lógica incierta del mundo urbano. Esta lógica ha llevado a definir la ciudad como "sistema anárquico y arcaico de signos y símbolos" (Harvey, 1998: 83). En el mismo sentido, Jelin (1996: 1) define la ciudad como "símbolo de las tensiones entre la integración cultural y lingüística, de un lado, y la diversidad, la confusión y el caos, de otro". La indeterminación del espacio urbano es retomada también por Giandomenico Amendola, quien considera que

la ciudad no se constituye sólo por el espacio de la función, de la previsión y de la causalidad, sino también por aquél de la casualidad, del azar y de la indeterminación. En el paseo se revela la posibilidad de explorar la ciudad en numerosas direcciones, encontrando cada vez nuevos significados, épocas, símbolos, proyectos colectivos y personales. (Amendola, 2000: 101)

En un sentido similar, Manuel Delgado aboga por la emergencia de una antropología urbana que tome en cuenta lo indeterminado de la ciudad:

Una antropología urbana, en el sentido de lo urbano sería, pues, una antropología de configuraciones sociales escasamente orgánicas, poco o nada solidificadas, sometidas a oscilación constante y destinadas a desvanecerse enseguida [...] una antropología de lo inestable, de lo no estructurado, no porque esté desestructurado, sino por estar estructurándose, creando protoestructuras que quedarán finalmente abortadas. (Delgado, 1999a: 12)

Desde la antropología de lo urbano se ha considerado la ciudad como escenario colectivo de encuentro, de contestación y acomodo, de dominio o subalternidad, de contacto o conflicto de culturas diferentes (Pratt: 1991). Negociación o convivencia vs conflicto; éstas parecen ser las posibilidades. Sin embargo, no se debe caer en la simplificación de una dicotomía cerrada. Como espacios urbanos, las ciudades facilitan la emergencia de nuevas formas de interacción, diálogo o conflicto. Así lo afirma Rossana Reguillo:

La ciudad es espacio de investigación prioritario y privilegiado, en la medida en que no es solamente el escenario de las prácticas sociales, sino fundamentalmente el espacio de organización de la diversidad, de los choques, negociaciones, alianzas y enfrentamientos entre diversos grupos sociales por las definiciones legítimas de los sentidos sociales de la vida. (Reguillo, 1995:122)

Una ciudad se reconoce como tal en tanto se diferencian en ella grupos que interactúan entre sí a partir de la necesidad práctica de convivir. No puede pensarse la existencia de un ámbito social urbano sin reconocer la interacción de los grupos sociales. La experiencia urbana se desarrolla en la convivencia de los grupos, en una comunicación ideal basada en la negociación, el diálogo y el entendimiento, y es en esta relación de convivencia donde los grupos buscan su identidad, interpretan la sociedad e intentan imponerse —en el sentido de dotarse de visibilidad como grupo— para satisfacer sus expectativas.

Josep Ramoneda (1998) presenta las nueve categorías fundamentales alrededor de las cuales se articula la idea de ciudad: cambio, pluralidad, necesidad, libertad, complejidad, representación, sentido, transformación y, por último, singularidad. De todas estas ideas destacamos la ciudad como sistema complejo, frente a la idea de la ciudad como algo homogéneo y simple; la ciudad como representación simbólica y, por último, la ciudad como creadora de sentido.2

Sistema, imaginario y sentido son los ejes del triángulo conceptual en torno al que se puede articular la idea de ciudad. La ciudad, desde una perspectiva sistémica,3 se puede entender como ente reflexivo:

La ciudad se convierte progresivamente en reflexiva y es cada vez más consciente de la capacidad de actuar sobre sí misma: no sólo sobre el espacio construido y sobre el esquema organizativo sino también sobre el software, sobre su cultura, sobre la atmósfera. La ciudad nueva contemporánea intenta ser una ciudad que refleja, que organiza y torna exaudibles los deseos. (Amendola, 2000: 63)

Por otra parte, la idea de imaginario social nos acerca a una forma de comprender la ciudad que pone el énfasis en su dimensión simbólica o de representación social. El imaginario social se entiende como el conjunto de representaciones colectivas que rigen los sistemas de identificación y de integración social. Juan Luis Pintos lo define como "aquellos esquemas, construidos socialmente, que nos permiten percibir algo como real, explicarlo" (Pintos, 2000: 2). La tercera y última aproximación nos acerca a la ciudad como constructora de sentidos. Al respecto, Jesús Galindo atribuye a la ciudad el ser el referente básico del ser humano:

La ciudad es nuestra memoria y nuestro olvido, es más fija que nuestra existencia efímera, pero también cambia, ha tenido mil rostros, mil vidas y mil muertes, y sigue ahí. Sus rincones están asociados con el dolor, con la alegría, con la indiferencia. También es la guerra, la lucha cuerpo a cuerpo, lo sublime y lo ridículo. La ciudad está fuera y dentro de nosotros, la ciudad es nuestra y pertenecemos a la ciudad. Aquí se gesta el sentido y la trascendencia, o la náusea y la nada. La ciudad es el centro, reconocerlo es poner la mirada en el centro. (Galindo, 1988: 1)

 

LA CIUDAD COMO ESPACIO SOCIAL

"La ciudad no es ya un simple contenedor, pues ella es espacio, esto es, lugar particular del hecho social que lo produce al generar, potenciar y encauzar fuerzas que sólo son dinámicamente posibles en él y desde él" (Mejía y Zambrano, 2000: 12–13). Esta definición nos acerca al concepto de espacio social, ampliamente desarrollado por Pierre Bourdieu (1992) a partir de su idea de "campo".

Para Bourdieu (1992) el espacio social es un sistema de posiciones sociales que se definen las unas en relación con las otras, y que por tanto ponen en evidencia la desigualdad o las relaciones de poder. El "valor" de una posición se mide por la distancia social que la separa de otras posiciones inferiores o superiores, por lo que el espacio social puede definirse como un sistema de diferencias sociales jerarquizadas en función de un sistema de legitimidades socialmente establecidas y reconocidas en un momento determinado.

En las ciudades modernas, caracterizadas por un alto grado de diferenciación y complejidad, el espacio social se torna multidimensional y se presenta como un conjunto de campos relativamente autónomos, aunque articulados entre sí: el campo económico, el campo político, el campo religioso, el campo intelectual, etc. En un intento de integración teórica entre las aportaciones de Bourdieu (1992) y Luhmann (1993), podemos decir que el sistema social está constituido por campos inter–relacionados.

Bourdieu (1992) recurre a la metáfora del juego para dar una primera imagen intuitiva de lo que entiende por campo. Éste sería

un espacio de juego relativamente autónomo, con objetivos propios a ser logrados, con jugadores compitiendo entre sí y empeñados en diferentes estrategias según su dotación de cartas y su capacidad de apuesta (capital), pero al mismo tiempo interesados en jugar porque "creen" en el juego y reconocen que vale la pena jugar. (Bourdieu, 1992: 73)

En este punto, podemos intentar ver la ciudad como conjunto de campos, o bien como campo en ella misma, sobre todo con base en la consideración del campo como "espacio de juego" (Bourdieu, 1992). Tal y como afirma Manuel Delgado, podríamos decir que las relaciones urbanas son, en efecto,

estructuras estructurantes, puesto que proveen de un principio de vertebración, pero no aparecen estructuradas —esto es, concluidas o rematadas—, sino estructurándose, en el sentido de estar elaborando y reelaborando constantemente sus definiciones y sus propiedades, a partir de los avatares de la negociación ininterrumpida a que se entregan unos componentes humanos y contextuales que rara vez se repiten. (Delgado, 1999b: 25)

Diversas aproximaciones de la vida en la ciudad enfatizan, en la actualidad, el detrimento de la vida pública y el repliegue hacia lo privado, hacia el espacio doméstico. Uno y otro no pueden comprenderse de forma independiente, ya que "la ciudad nace como espacio público que da sentido y pautas a lo privado" (Amendola, 2000: 265). O lo que es lo mismo, la identidad personal o individual tiene en el espacio uno de sus referentes más importantes, de modo que puede ser acertado hablar de la identidad de lugar o place–identity (Hunter, 1987).

El espacio público tiene como virtud principal ser a la vez espacio de representación y espacio de socialización, esto es, de co–presencia ciudadana. Este último aspecto es de vital importancia si consideramos que la socialización es posible gracias a la interacción comunicativa entre sujetos sociales, y entre sujetos y objetos. En este sentido, el espacio público coincide con "el espacio cotidiano de los juegos, de las relaciones causales con los otros, del recorrido diario entre las diversas actividades y del encuentro" (Borja y Muxí, 2001: 95). Como espacio de representación, sin embargo, pudiera parecer que la ciudad tiende a constituirse en un escenario organizado en torno al anonimato y la ignorancia mutua, las relaciones efímeras, y aparentes o simuladas.4 El hecho de combinar ambas dimensiones, la dimensión de lo anónimo y la dimensión de lo social en términos de relaciones de sociabilidad, convierte el espacio público en escenario privilegiado para el estudio de la construcción de las identidades de los que habitan la ciudad, en tanto ciudadanos que arrastran consigo las experiencias privadas, familiares, y las ponen en escena, de forma más o menos visible, en el escenario citadino público.

El abordaje teórico del concepto de espacio público requiere, además, la comprensión de la territorialidad como dimensión primordial de su existencia. Así, el espacio público, como constructor de identidades, sólo puede existir si los que habitan la ciudad logran apropiarse5 de él:

La identificación de los individuos con un área que interpretan como propia, y que se entiende que ha de ser defendida de intrusiones, violaciones o contaminaciones. En los espacios públicos la territorialización viene dada sobre todo por los pactos que las personas establecen a propósito de cuál es su territorio y cuáles son los límites de ese territorio. (Delgado, 1999b: 30)

Como espacio distinto al espacio público, mas no antagónico, hallamos el espacio privado, aquél destinado a la vivencia y experiencia íntima, familiar, doméstica. Si en la antigüedad dicho espacio estaba limitado a los componentes anteriores, en los momentos actuales no se puede afirmar que exista un espacio privado prístino, ajeno a lo público, totalmente diferenciado de éste. Si lo público existe como extensión y visibilización de lo privado, este último debe su existencia, hoy en día, a la entrada de la dimensión pública en su seno.

Otro eje analítico importante para el abordaje de la ciudad lo constituyen las dimensiones espaciales de centro y periferia. En las ciudades actuales, los centros constituyen los motores de su existencia y cambio. El centro "es la ciudad del deseo que produce y soporta imágenes y realidad" (Amendola, 2000: 32), es la ciudad representada mediáticamente, imaginada. Es la esencia de la ciudad, lo mostrable, lo que de forma casi automática atribuimos a la representación que nos hacemos de cualquier ciudad. El centro, entonces, representa a la ciudad entera. De la capacidad del centro para proponer y hacer visibles los aspectos positivos de la ciudad, dependerá el éxito de ésta.

Si el centro genera la imagen de la ciudad, la periferia está destinada a sumergirse en el mundo de lo invisible, de lo no mostrado, hasta de lo escondido. Dicha parte residual de la ciudad "no tiene fuerza para producir una imagen diferente de sí misma. Es la ciudad de las periferias y de los marginados, los residuos de la coketown sin tiempo. Es la ciudad de los no–lugares" (Augé, 2001b), entendidos como aquellos que posibilitan la desimbolización del espacio, aquellos "donde no puede leerse identidad, ni relación ni historia" (Augé, 2001a: 92).

 

LA CIUDAD COMO EXPERIENCIA

La cultura contemporánea se caracteriza por la exaltación de lo vivencial, por la recuperación de la propia experiencia como valor privilegiado para la construcción del sujeto social. Así, la ciudad no es sólo un lugar ocupado, sino más bien un lugar practicado, usado, experimentado. Un lugar vivido en toda su dimensión. O como afirma Artemio Baigorri, la ciudad es "el espacio físico de la coexistencia" (Baigorri, 20: 1). Y en este sentido, se erige como escenario o marco idóneo para la coexistencia de experiencias diversas.

Tradicionalmente, se distingue una doble concepción de la experiencia a lo largo del pensamiento occidental. Por un lado, está la experiencia externa, asociada a los sentidos y a la concepción autosuficiente del objeto; esta tradición va desde Demócrito hasta el neopositivismo, pasando por Platón y los empiristas ingleses. Por otro lado, se habla de la experiencia interna, asociada a la imposibilidad de separar el sujeto del mundo en el acto de conocer, en la tradición que va desde Heráclito y Gorgias hasta los posmodernos, pasando por ciertas interpretaciones aristotélicas, algunas concepciones idealistas implícitas en Descartes, Leibniz, Berkeley y Kant, el vitalismo de Bergson y el psicoanálisis. El anclaje articulado de esta doble visión tiene lugar, sin duda, en la tradición de la fenomenología. Desde los antecedentes hegelianos hasta Husserl, Heidegger y Merlau–Ponty, se traza un puente entre la experiencia como aprehensión del entorno por medio de los sentidos (experiencia externa) y la experiencia como vivencia del mundo por el sujeto en sus dimensiones sensorial y simbólica (experiencia interna).

En los últimos años, el concepto de experiencia se ha convertido en clave para entender los cambios vertiginosos que está viviendo el espacio urbano, ya que implica la consideración del sujeto —del ciudadano— como activo en la representación de la ciudad misma. En este sentido, el ciudadano se convierte en un "actor que construye una ciudad propia, absolutamente personal pero no por ello menos verdadera y menos ciudad, hecha de itinerarios, gustos, redes de relaciones, imágenes, deseos y prácticas" (Amendola, 2000: 105).

El actor social, por lo tanto, no se limita a recitar un papel, pues el papel se interpreta pero la experiencia va más allá: se vive. Estas consideraciones son el punto de partida de los estudios acerca de los imaginarios urbanos, que buscan, como afirma Adrián Gorelik, "hacer presente lo que la gente realmente desea o siente, la multiplicidad de sus experiencias frente a la ambición reduccionista de los planificadores" (Gorelik, 1997: 8).

La ciudad experimentada es trazada por la subjetividad del individuo que la vive. En palabras de Amendola, "con una especie de zapping, la persona elige lugares, estilos, imágenes, códigos, ángulos y los combina en una experiencia personal" (Amendola, 2000: 105). Una experiencia que, si bien es compartible, nunca es transferible de forma idéntica de unos a otros. Por ello, la homogeneidad de la ciudad es una falacia. Siguiendo a Imbert, "la ciudad es palimpsesto. Es un ser inacabado, que se va construyendo de acuerdo con los recorridos que en él se efectúan" (Imbert, 1987: 191).6

La calle, como espacio público por excelencia, es el lugar privilegiado para la vivencia o experiencia urbana. Como lo expresaría Émile Durkheim (1970),7 la calle es el escenario de prácticas, de formas de hacer, ajenas al espacio geométrico o geográfico que se ha construido desde fuera, con base en premisas teóricas y abstractas. En la calle se ponen en escena las diversas formas de vivir y experimentar lo urbano; la calle es el lugar donde convergen los haceres, los sentires, los deseos de los que habitan la ciudad. Es el espacio donde prima la interacción, el espacio de comunicación por excelencia.

Una de las expresiones que mejor sintetizan la concepción de la ciudad como experiencia es la del "ir–haciendo–la–Ciudad–a–través–de–la–vida–en–ella", en el sentido de que la ciudad no nace hecha, sino que es a través de la experiencia de quienes la viven, que la ciudad toma forma y adquiere sentido como tal. George Simmel (1900) ya puso énfasis en las actitudes, los sentimientos y la "vida mental" del habitar humano, de la experiencia urbana del sujeto social.

 

LA CIUDAD COMO DIVERSIDAD

Como espacio experimentado, vivido, la ciudad agrupa las más diversas formas de ser, sentir, hacer y vivir. Es la cuna de la diversidad. Algo que pudiera parecer intrínsecamente positivo —la diversidad como enriquecimiento—, deviene sólo una ilusión, pues en nombre de la diversidad se legitiman prácticas discriminadoras que hacen que la desigualdad se anteponga a lo diverso, a lo distinto.

Las ciudades con altos índices de población inmigrante llevan al extremo ambos rasgos: diversidad y desigualdad. Pero no se debe reducir el asunto de la diversidad a la llegada de inmigrantes. La condición heterogenética de las ciudades modernas ya fue puesta de manifiesto en la primera mitad del siglo XX desde la Escuela de Chicago.8 Esta condición confirma que "una metrópoli no puede estar hecha de otra cosa que de gente de todo tipo, llegada de todo el mundo" (Delgado, 1998: 29).

Otra imagen es la de la ciudad como heterotopía. Siguiendo a Michel Foucault (1984), la ciudad heterotópica estaría a caballo de la ciudad vivida —tópica— y la ciudad soñada o imaginada —utópica—. En este sentido, "la heterotópica es una ciudad donde no hay nada orgánico, un espacio sin territorio ni código, disperso pero opaco" (Delgado, 1998: 44). En palabras de Foucault, la ciudad heterotópica está constituida de

lugares reales, lugares efectivos, lugares que están diseñados en la institución misma de la sociedad, que son especies de contraemplazamientos, especies de utopías efectivamente realizadas en las cuales los emplazamientos reales, todos los otros emplazamientos reales que se pueden encontrar en el interior de la cultura, están a la vez representados, cuestionados e invertidos, especies de lugares que están fuera de todos los lugares, aunque sean sin embargo efectivamente localizables. (Foucault, 1984: 3)

Los procesos de desterritorialización y reterritorialización son también fundamentales para comprender la condición diversa de la ciudad contemporánea, sobre todo en el entendido de que ésta es lugar de partida y llegada de gente de procedencias muy diversas. Por una parte, la ciudad se desterritorializa porque en su seno todo lo que concurre y ocurre es heterogéneo, movible, dinámico. Por la otra, y el asentamiento de inmigrantes es una clara muestra de ello, los espacios urbanos recobran sentido al ser re–usados, re–utilizados, re–experimentados y re–vividos por nuevos habitantes, quienes ponen en escena prácticas distintas, a partir de objetos, signos y símbolos distintos. De algún modo, tiene lugar un "melting pot cultural y sígnico" (Amendola, 2000: 74).

Las interacciones que operan en el seno de los espacios urbanos, así, se fundamentan no tanto en la relación con los semejantes sino, en mayor medida, con aquellos que son diferentes a nosotros. La coexistencia con lo diferente, con lo diverso, hace que los límites de lo urbano, de la ciudad vivida, se hagan hoy más inciertos que nunca, de manera que lo ignoto se insinúa cotidianamente en la ciudad a través de la presencia del otro y de lo extraño.

Sirvan dos últimas imágenes para ilustrar la ciudad como cuna de una diversidad que, demasiado frecuentemente, fomenta las relaciones desiguales. La primera imagen se refiere a la segregación, que

mantiene a un grupo previamente inferiorizado a distancia, apartado en un espacio que le es asignado como propio [...] impone a un grupo inferiorizado un territorio en el que auto organizarse y le restringe la movilidad en el resto de zonas en que puede dividirse una ciudad. (Delgado, 1998: 183)

La segunda imagen es la de la gentrificación, esto es, "el recambio de la población de un área mediante la introducción de grupos sociales superiores por intervenciones de recuperación, tanto inmobiliarias como urbanas" (Amendola, 2000: 29). Esta última imagen nos acerca a la idea de una suerte de isla de bienestar que actúa en el espacio público como "tapadera" de la exclusión, de la segregación, que esconde el mismo espacio en el que se da.

 

LA CIUDAD Y LA COMUNICACIÓN

Los enfoques de la comunicación están enriqueciendo el abordaje, la explicación y el análisis de lo que representa la ciudad desde un punto de vista social, económico, político o urbanístico. A estos enfoques hay que sumar la relevancia que toma la ciudad como objeto de estudio primordial para la comunicología.

Aunque la pregunta por la ciudad y las formas de vida que se dan en ella no constituye una novedad en el campo de la comunicación, se puede afirmar que, actualmente, esta vieja preocupación requiere una mirada más abierta, interdisciplinar, que no reduzca los estudios a los conjuntos de prácticas comunicativas que tienen como telón de fondo el espacio citadino. Esto es, si bien se ha abordado la ciudad desde la comunicación, se aprecia una falta de problematización del papel mismo de la ciudad como generadora de formas de sociabilidad —y de comunicación— específicas. Los estudios sobre prácticas culturales–comunicativas, por un lado, y los estudios acerca de la presencia de los medios de comunicación en el espacio urbano, por el otro, han sido las temáticas predominantes en las investigaciones que han abordado la cuestión desde la disciplina de la comunicación. A pesar de lo reduccionista de los abordajes apuntados, no se pretende afirmar en ningún momento la inutilidad de tales estudios. En palabras de Rossana Reguillo:

la pregunta por la comunicación en la ciudad no se reduce a la infraestructura de los sistemas comunicativos, a la configuración de públicos en relación a esta infraestructura, aunque unos y otros de estos elementos sean parte consustancial de todo estudio sobre la ciudad y puntos de partida para el análisis, mientras no conviertan a la ciudad en un sistema cerrado o se diluyan en una apertura infinita. (Reguillo, 1997: 27)

El trinomio conceptual que relaciona territorio, identidad y acción colectiva puede abrir para las ciencias de la comunicación la posibilidad de análisis más complejos sobre temas hasta ahora casi olvidados, como son la interacción comunicativa —que sitúa el debate en la construcción y mantenimiento de relaciones sociales—; la lucha por la apropiación y definición legítimas de objetos y prácticas sociales —que nos sitúa en los estudios acerca del poder y la construcción de la hegemonía—; y las fuentes de las que se nutren las representaciones e imaginarios que orientan la acción, esto es, la presencia de los medios no como simples emisores de imágenes sino más bien como mediadores entre el ser y el hacer, como constructores de identidades y formas de acción específicas. Suscribiendo las tesis de Capel, desde esta perspectiva "lo que cuenta es, sobre todo, las intensidades de las interrelaciones que se anudan en el interior del espacio urbano" (Capel, 2001: 75), en el entendido de que las interrelaciones tienen como fundamento a la interacción comunicativa.9

La ciudad como sistema de comunicación

"Entre las muchas representaciones (o imágenes y paradigmas) utilizados para interpretar la ciudad, aquella que la ve como un sistema de comunicación es probablemente la más actual y significativa" (Gómez Mompart, 1998: 1). Un sistema es un conjunto interrelacionado de espacios, actores y acciones en actividad constante. Uno de los principios básicos de la teoría de sistemas es que la sociedad no puede existir sin la comunicación; es, en sí misma, comunicación.

Alfredo Mela considera que el entorno o sistema urbano puede ser planteado como producto de la interdependencia de tres subsistemas con lógicas de funcionamiento, reglas y dinámicas autónomas: un sistema de localización de la actividad; un sistema de comunicación física, y un sistema de comunicación social (Mela, 1994: 10). El primer subsistema haría referencia a los campos sociales que constituyen una ciudad; el segundo contiene todo lo referente a los soportes físicos empleados para la transmisión de información; y el tercero englobaría las formas de comunicación, de interacción comunicativa, que se dan entre los diversos actores que conforman la ciudad.

Si partimos de que la ciudad es un espacio de sociabilidad, de construcción de sujetos, mirar la ciudad desde la comunicación implica, en primer lugar, considerar la relación entre la cultura objetivada —lo que en palabras de Pierre Bourdieu (1992) constituyen los campos y sus capitales— y la cultura incorporada o interiorizada —el habitus, siguiendo la propuesta del sociólogo francés—. Ambas culturas se ponen en escena en la forma de lo que él mismo denomina prácticas culturales. Siguiendo a Rossana Reguillo (1997), esta consideración se resume en "la observación de la presencia de instituciones, discursos y prácticas objetivas en las representaciones de los actores urbanos" (Reguillo, 1997: 24). La relación entre lo objetivo y lo subjetivo, dimensiones básicas de la cultura y, por ende, de la identidad cultural, puede ser mirada y objetivada en las prácticas culturales, a partir de ejes analíticos y organizadores de la ciudad como son lo público y lo privado, lo central y lo periférico y, en una dimensión más simbólica, lo legítimo y lo ilegítimo. Así, la ciudad no se reduce a su dimensión espacial o campal, pero tampoco es sólo un conjunto de representaciones incorporadas por los sujetos. Es una compleja combinación entre ambas dimensiones.

La ciudad como construcción mediática

Las percepciones acerca de la ciudad contemporánea se alimentan en gran medida del imaginario urbano construido, representado y narrado por los medios de difusión masiva. Así, la ciudad y sus representaciones mediáticas se producen mutuamente. Como constructores de la realidad, o difusores de representaciones sociales10 acerca del mundo, los medios configuran un determinado "mito urbano". En palabras de Amendola,

viajamos atraídos por estas imágenes de ciudad y de lugares, frecuentemente sólo para encontrar en la experiencia la confirmación de la imagen conocida y para poder narrar nosotros mismos un relato de ciudad ya escrito. (Amendola, 2000: 173)

En este sentido, compartimos con el autor que la imagen urbana, en su dimensión mediatizada, es penetrante y constituye un importante factor de socialización que anticipa el conocimiento de las ciudades, que se convierten en algo conocido antes de haber sido vividas o experimentadas. En la misma línea se sitúa la reflexión de Gómez Mompart, quien afirma que

la construcción imaginaria de la ciudad, producida por las industrias de la cultura y de la comunicación, entabla individual y colectivamente un diálogo con el ciudadano, quien contrasta su visión con la versión mediática, retroalimentándose mutuamente. (Gómez Mompart, 1998: 3)

Los ciudadanos leen la ciudad como primer referente de su experiencia existencial, y a la vez, negocian sus percepciones y vivencias con las lecturas que vienen propuestas —o impuestas— por parte de los medios de difusión. Se produce, así entonces, una negociación —que puede ser compartida o puede generar un choque— entre las cosmovisiones producto de la experiencia subjetiva de los individuos y las versiones que los medios construyen sobre la experiencia urbana.

Lo interesante del debate es ver hasta qué punto una y otra dimensión pueden entenderse de forma independiente. Esto es, ¿hasta qué punto podemos hablar de experiencias y percepciones subjetivas acerca de la ciudad sin tomar en cuenta la imagen que de ella transmiten los medios? Y a la inversa, ¿pueden los medios construir versiones sobre la experiencia urbana sin antes aprehender cómo es que está siendo vivida la ciudad por parte de los sujetos que la habitan? La imposibilidad de dar respuesta a una y otra pregunta nos sitúa en el centro del debate, y hace que consideremos, antes que nada, la interdependencia entre las versiones e imágenes de la ciudad, vivida y construida mediáticamente.

Las imágenes que de la ciudad tienen sus habitantes se nutren, por tanto, de construcciones mediáticas. Sin embargo, vivir la ciudad aporta una experiencia que difícilmente puede ser sustituida por la imagen que de ella conforman los medios. Esta afirmación se sustenta en que, a pesar de que una ciudad es impensable sin su relato, sin el imaginario o la representación que se crea entorno a ella, dicho relato es diferente al objeto que representa. No obstante, analíticamente es difícil separar la ciudad de sus narraciones.

Y es que la ciudad puede ser mirada y vivida de muchas y muy diversas maneras. Las narraciones de los medios son solamente una forma posible de ver la ciudad. Dada esta multiplicidad de miradas, de formas de ver y vivir las ciudades, podemos decir que las fronteras entre la ciudad y los relatos que se hacen de ella tienden a perderse o, al menos, a difuminarse. Y a ello han contribuido en gran medida los discursos de los medios de comunicación, en los que "el mundo real se transforma en un espectáculo permanente en el que se eliminan las barreras entre actor y espectador, entre simulación y realidad, entre historia y ficción" (Amendola, 2000: 81–82).

 

A MODO DE CIERRE...

En este texto se han querido establecer algunas consideraciones generales para fundamentar una línea de investigación sobre "Ciudad y comunicación". Lejos de dar por concluida la reflexión, se han expuesto algunos puntos de partida básicos para comprender la ciudad como fenómeno comunicativo. La multidimensionalidad de la ciudad como objeto de estudio la convierte en un fenómeno idóneo para ser abordado desde enfoques teórico–metodológicos variados. Y la propuesta comunicológica es sólo uno de ellos. Un enfoque que, dada la relativa "juventud" de este campo del saber, requiere una revisión constante que permita ofrecer un mejor sustento de los vínculos conceptuales entre la ciudad y la comunicación.

En estos momentos se continúa con la tarea de revisión bibliográfica para sistematizar la producción académica en torno a la relación entre ciudad y comunicación. Esta tarea está en permanente construcción, y las hipótesis e ideas aquí apuntadas han de servir no sólo para plasmar lo que se ha dicho y hecho en torno a la ciudad desde una mirada comunicativa y comunicológica, sino, y más importante, han de permitir ampliar el abanico de preguntas —y por tanto de posibilidades de investigación— sobre esta área de reflexión.

 

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NOTAS

1 Para mayor información, ver el Portal de Comunicología del grupo "Hacia una Comunicología Posible", disponible en <www.geocities.com/comunicologiaposible> , y ver la página personal del doctor Jesús Galindo, coordinador del grupo "Hacia una Comunicología Posible", disponible en <www.geocities.com/arewara/arewara.htm>.

2 La primera se refiere a la ciudad como red de relaciones sociales, como sistema que se auto–organiza. La segunda entiende la ciudad como imaginario social, en el sentido que su existencia depende de las representaciones que se hacen de ella. Y la tercera idea apunta a la ciudad como entorno constructivo que dota de sentido la vida de las personas que lo habitan.

3 Un sistema es un conjunto de elementos en interacción dinámica en el que el estado de cada elemento está determinado por el estado de cada uno de los demás que lo configuran. El sistema será abierto o cerrado, dependiendo de si intercambia materia, energía y/o información con su entorno. La diferencia entre sistema y entorno es el punto de partida del planteamiento de la teoría de sistemas de Niklas Luhmann. "Un sistema no puede darse independientemente de su entorno, en cuanto que se constituye precisamente al trazar, mediante sus operaciones, un límite que lo distingue de lo que como ambiente, no le pertenece" (Corsi et al., 1996: 148). Cabe añadir que para Luhmann (1993) la comunicación es la operación específica de los sistemas sociales; sin comunicación, por tanto, no existe la sociedad. De ahí que Luhmann hable del "sistema de comunicación llamado sociedad" (Luhmann y De Georgi, 1993: 83).

4 Al respecto, Amendola afirma que "todos añoramos el espacio público porque advertimos la falta del ágora y del espacio de los acontecimientos y con ellos notamos la ausencia de la interacción y de la variedad que los espacios del mercado y de las representaciones sociales permiten" (Amendola, 2000: 266). Sin embargo, si bien es cierto que en la ciudad posmoderna se advierte un anonimato creciente, no suscribimos que se esté dando la total desaparición del espacio público como lugar de encuentros e interacciones sociales.

5 La apropiación es un proceso dialéctico y cíclico entre una componente de acción y otra de identificación simbólica. "Mediante la acción sobre el entorno, la persona y la colectividad transforman el espacio, dejando su impronta, y lo incorporan en sus procesos cognitivos y afectivos de una manera activa y actualizada. Es decir, lo dotan de significado individual y social a través de los procesos de interacción" (Pol y Valera, 1999: 4).

6 El mismo autor, basándose en las aportaciones de Pierre Sansot (1998), afirma que "la ciudad es, ante todo, un ser paradójico: obra del hombre, resultado de un querer–ser histórico y, sin embargo, actante inconexo, no jerarquizado, susceptible de lecturas y recorridos varios. Estructura abierta, si las hay" (Imbert, 1987:193).

7 El autor llega a la conclusión de que únicamente la densidad física y moral que se produce en las ciudades pudo posibilitar tanto la división del trabajo social, como la aparición de la que denominó "solidaridad orgánica".

8 Robert Ezra Park, el inspirador de la Escuela de Chicago, veía en la ciudad el sitio del "surgimiento del individuo como unidad de pensamiento y de acción (Park, 1979: 165). Su aproximación ecológica a la ciudad plantea, entre otras cosas, la existencia de "áreas naturales de segregación" dentro de las ciudades.

9 Esta última afirmación se relaciona con que "la mercancía más importante que se intercambia en una ciudad es la conversación, la información cara a cara, el rumor, etc." (Borja y Muxí, 2001: 31).

10 Hablar de representaciones sociales implica una referencia obligada al concepto de "conciencia colectiva" de Durkheim (1970). Esta noción "es del todo pertinente para comprender la sociedad contemporánea y sus diversas efervescencias, las que se efectúan en torno o a partir de sentimientos, de emociones, de imágenes, de símbolos, causas y efectos de esta conciencia colectiva" (Maffesoli, 2001: 101). En este sentido, la ciudad no se constituye únicamente de cosas materiales, sino que la idea que los individuos se hacen de la ciudad misma es tanto o más importante que la imagen material que la ciudad desprende o contiene.