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Andamios

versión impresa ISSN 1870-0063

Andamios  n.1 México  2004

 

Pasado/Presente

 

De emperadores y mundos de este reino

 

Ariel Arnal*

 

* Maestro en Historia por la Universidad Iberoamericana. Profesor–investigador de la academia de Historia y Sociedad Contemporánea de la Universidad de la Ciudad de México.

 

La historia suele construirse a partir de la materia de la realidad, pero lo que con frecuencia olvidamos los historiadores es que esa realidad también la constituye ese mundo inasible de los sentimientos, las sensaciones, y sobre todo las ambiciones que tienen que ver mucho más con Freud, Dios y su ejército de ángeles, que con los datos "objetivos" a que estamos acostumbrados.

Hace doscientos años, 1804 abría y cerraba con dos acontecimientos lejanos en el espacio, pero cercanos por la radicalidad de lo que uno y otro significarían para la historia de la humanidad. La independencia de Haitíinauguraba el nuevo año con la primera independencia de América Latina asícomo la primera república negra en el sentido occidental del término. En cambio, en Europa, el dos de diciembre, el papa Pío VII consagraba emperador de Francia al que a partir de entonces sería nombrado como Napoleón I.

Estos dos acontecimientos marcan desde luego la historia objetiva, la tangible y comprobable por medio del contraste de la información documental. Pero signan también dos conceptos que rasgan la historia occidental a lo largo de todo su ser: la explotación y marginación de los más débiles, asícomo la arrogancia de la tradición política occidental. A nivel conceptual, lo que la independencia de Haitídemuestra es cómo una economía, y en consecuencia su sociedad y su cultura, pueden ser marginados bajo el estigma racial. Por otro lado, la coronación de Napoleón Bonaparte representa el alto grado de arrogancia a que puede llegar el ser humano y el desprecio por el prójimo.

Más allá de las valoraciones políticas que hoy se puedan hacer de ambos sucesos, lo interesante para el historiador es ver ambos acontecimientos bajo la perspectiva de otras fuentes no tradicionales a su disciplina, tratar de acercarse a la historia desde esos otros aspectos que modelan y constituyen también el quehacer humano. El arte es sin duda un instrumento de esas expresiones que, aparentemente subjetivas, dan muestras de cómo el ser humano siente y comparte con sus semejantes lo que de ello se deriva. La literatura y la pintura se encuentran asíen el campo histórico como narradores de acontecimientos sociales, no tan alejados de nuestros padres positivistas, y en cambio muchas veces más certeros en el meollo de las causas de lo que la historia ha denominado arrogantemente "hechos".

Alejo Carpentier, nacido en 1904, publicaba a sus 45 años la pequeña pero exitosa novela El reino de este mundo, narración real, por mágica, de los antecedentes y desarrollo de la independencia de Haití. De la mano de un joven esclavo que envejece al paso de los acontecimientos de su tierra, el futuro Haití, Carpentier cuenta lo que no cuentan los libros de historia, las sensaciones y realidades que constituyen ese "otro mundo", el de los dioses, que son parte de la realidad porque son parte de nosotros mismos. De principio a fin, lo que a mi juicio fue mal caracterizado como "realismo mágico latinoamericano", recorre de manera absolutamente tangible lo que para sus protagonistas son las verdaderas causas de la independencia haitiana; la lucha entre el destino y los sucesos que se oponen inútilmente a él. Por el contrario, esos "hechos históricos" se convierten sin quererlo en los personajes de una narración de una naturaleza bien distinta, más elevada, atemporal y sagrada.

Lejos de allí, en la catedral de Notre Dame de París, Jacques–Louis David, el pintor oficial de la revolución, del directorio y del imperio, retrataba otro mundo aparentemente real, la coronación de Napoleón y su esposa Josefina por el papa Pío VII.1 Así, David plasmaba en el lienzo el que sería el acto supremo de consagración política de Napoleón frente a una Europa pasmada y horrorizada ante el creciente poder de la Francia posrevolucionaria. En un clasicismo que anuncia ya el romanticismo que le seguirá, David busca ser testigo de un acontecimiento histórico sin más intromisión en la realidad que la que el propio emperador tendría en la disposición ficticia de los invitados y protagonistas de tan regio evento. Asistimos así, cuando contemplamos este óleo, a una "prueba" gráfica documental de lo que fue sin duda un "hecho histórico".

La tradición historiográfica occidental suele utilizar este tipo de imágenes, previo cuestionamiento metodológico, precisamente como una fuente de información para constatar y contrastar lo que fueron los acontecimientos que determinarían los senderos de la historia. Por el contrario, la información que podría desprenderse de narraciones como la que Carpentier hace sobre la independencia de Haití, suelen ser catalogadas por la historia como fetichismo, superstición, y en el mejor de los casos, folclor o historia cultural. De este modo, ambos actos, paralelos en el largo palpitar de la historia, resultan expresiones opuestas y a la vez complementarias.

La propuesta de Carlos Fuentes, que si bien resulta una hermosa ilusión política, señala herramientas que bien pueden servir a quienes trabajan con ese sujeto hechicero y esquizofrénico al que llamamos historia.2 Fuentes afirma que la política en América Latina ha sido un fracaso reiterado desde su independencia porque las naciones independientes no han hecho sino copiar modelos europeos y occidentales a una realidad mestiza con otras tradiciones, muchas veces incompatibles. ¿Legislación napoleónica versus naciente República de Haití? ¿Imperio napoleónico e imperio y reino de Haití, Tortuga y Gonave? Carlos Fuentes sugiere que quienes conducen los destinos de América Latina son cercanos a las formas de hacer política heredadas de los Estados Unidos y de Europa, y a la vez, se encuentran lejos de las realidades latinoamericanas. Esta "realidad latinoamericana" incluye sus vicios pero también sus virtudes. Es entre estas últimas donde América Latina tiene mucho que aportar, su creatividad y su mirada solidaria con el semejante, producto de sus particulares formas sociales y económicas. Algo de la materialización de esas características cercanas a lo que se suele definir como idiosincrasia, se encuentra precisamente en la literatura, y en particular en Carpentier y su Reino de este mundo. Henry Cristophe, rey de Haití, napoleoniza el oeste de la isla de Santo Domingo como si de un cuento de reyes y princesas se tratara; con su corte de 89 familias de reciente nobleza, pajes y mayordomos, obispos y soldados de plomo. Esa es la realidad de la historia tradicional, alejada por su puesto del verdadero sentir de los haitianos y de su vida cotidiana.

En París, en 1804, Napoleón vive también su particular construcción de la realidad. Proveniente de la carrera militar, en pocos años Bonaparte es ya Napoleón I. La idealización del cuento de hadas que él también vive, lo lleva a coronarse, sí, en Notre Dame, pero también a construir un tinglado de cartón piedra semejando una catedral neoclásica. Julio César se hace asípresente en París, coronado como emperador de los franceses. Esa es la realidad de la que nos informa el óleo de David, el inicio del efímero pero poderoso imperio francés. Pero más que mera información, al igual que la novela de Carpentier, el lienzo es toda una declaración de principios y de política palaciega. Notre Dame, catedral gótica, ha sido transformada según los ideales neoclásicos, del mismo modo en que la corte de Henry Cristophe lo ha sido según su modelo napoleónico. El óleo, finalizado varios años después de que ocurriera el suceso que retrata, ha sido modificado según el capricho del emperador, cambiando de lugar a sus protagonistas cuando no desapareciéndolos definitivamente, todo ello bajo el canon de los avatares de la política francesa. De igual modo, varios años después, en el reino de Haití, la realidad afroamericana ha sido desplazada a la bodega, a la antecámara real de San–Souci, lejos de las formas europeas oficiales, pero indefectiblemente cerca de la realidad de todos los días, la que se respira en la calle y la que finalmente instaurará nuevamente la república.

Así, el arte, la literatura y la pintura, dan cuenta de la historia a su manera. No por ello es despreciable, por el contrario, hallaremos allíuna perspectiva distinta, enriquecedora y sin duda gozosa de lo que ha sido nuestro pasado. Comprender es conocer, y ese conocimiento no está sólo en los legajos y series numéricas de los fríos archivos. Se encuentra, más a menudo, en la manera en que se siente y se vive la historia por cada uno de su protagonistas, desde el campesino liberto Ti Noel, hasta el emperador de Francia. Mirar la historia desde nuevas fuentes, sin desechar las tradicionales, será entonces la aportación de esos historiadores que habrán sabido conjugar su tradición historiográfica occidental con su sentir y vivir latinoamericano.

 

NOTAS

1 Los apuntes que a carboncillo y acuarela hiciera David sobre este evento comenzarían antes de la coronación, sobre la maqueta que del tinglado neoclásico de cartón piedra mandara a hacer el propio Napoleón. El lienzo La coronación de Napoleón, no sería concluido sino hasta 1807.

2 Carlos Fuentes, Valiente mundo nuevo. México: FCE, 1993.        [ Links ]