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Economía UNAM

versión impresa ISSN 1665-952X

Economía UNAM vol.4 no.10 México ene./abr. 2007

 

Reseña

 

Otro siglo perdido

 

Rolando Cordera Campos

 

Víctor L. Urquidi, Otro siglo perdido. Las políticas de desarrollo en América Latina (1930-2005), FCE, México 2005, 568 p.

 

Profesor Titular C de Tiempo Completo. Centro de Estudios Globales y de Alternativas para el Desarrollo de México Facultad de Economía, UNAM e integrante del Comité Editorial de ECONOMÍAunam. cordera@servidor.unam.mx

 

En doce densos capítulos, 568 páginas, 12 jugosos cuadros estadísticos y cuatro gráficas de apoyo, nuestro autor ofrece una gran síntesis del fresco abigarrado, poblado de extremos, contradicciones, extravagancias elitistas y caudillescas, descalabros e indudables aciertos y acumulaciones físicas y humanas, que ha sido la búsqueda latinoamericana del desarrollo. De los años treinta del siglo XX, cruzados por la gran crisis mundial, a los primeros pasos en el siglo XXI, amagados por una globalización desbocada y sin un orden institucional y político de corte planetario, América Latina empeñó esfuerzos e imaginación, transformó estructuras productivas, demográficas y sociales, recuperó o estrenó democracias, pero no dejó atrás su secular rezago histórico respecto de otros países y regiones del mundo; y hoy, además, se nos presenta poblada de jóvenes urbanos, con cuotas impresentables de pobreza y desigualdad, sin empleo digno para sus mayorías y en medio de una fase de crecimiento mediocre interrumpida por episodios de franco estancamiento.

Con esta presentación, damos cuenta de una obsesión: el desarrollo de México y de la "región latinoamericana", como Don Víctor propone la llamemos; asistimos a la confirmación de su compromiso indeclinable con la honestidad intelectual y confirmamos su convicción con el rigor analítico académico.

No sin tristeza, celebramos también una trayectoria ejemplar y una manera admirable, aleccionadora, de vivir la vida en México: sin concesiones a las modas y delirios de la profesión; siempre en busca de caminos para la construcción de una sociedad mejor y más justa, sustentada en una economía dinámica, un medio ambiente protegido y un Estado democrático. México y América Latina deben estar abiertos al mundo, sostiene Urquidi, pero a la vez rechaza la liviandad de un cosmopolitismo que en economía se ha probado y se prueba hoy como una vía cerrada, para un desarrollo sustentable y con equidad, el paradigma que para él puede iluminar el siglo XXI latinoamericano. El proteccionismo y sus excesos, nos propone, no pueden ser sustituidos por la ilusión globalista que todo lo cifra en un mercado libre único que no existe ni puede existir.

Del mismo modo como el desarrollo económico fue el faro de su reflexión intelectual y de su trabajo académico y como economista profesional y servidor publico, Urquidi advierte con lucidez lo que había percibido con tristeza años antes: el rezago histórico latinoamericano incluso años antes de que sus economías fuesen abrumadas por el sobre endeudamiento externo y, luego, por los ajustes y el cambio estructural para la globalización.

Ajuste y cambio se hicieron pero sin ajustar en serio las cuentas con lo no hecho y lo hecho mal en la fase de oro de la industrialización dirigida por el Estado y es en esta gran omisión donde se ubica la raíz de los sinsabores presentes.

Este ajuste interior, debería llevar a otro cambio estructural, de calidad y contenidos distintos, aunque no radicalmente opuestos a los intentados en los decenios finales del siglo XX. Sin ello, las nuevas maneras de vincularse al mundo poco pueden ofrecer para superar el rezago y, así, evitar que la metáfora pesimista del "otro siglo perdido" se cumpla. Al final del libro, nuestro autor apunta con sencillez los trazos básicos de este cambio.

Con su proverbial destreza para ordenar, interpretar y sacar jugo a las estadísticas, Don Víctor acometió de modo magistral la atractiva y trabajosa tarea de inscribir la región en el milenio pasado. De aquí el valioso cuadro comparativo que resultó del uso extensivo e intensivo del portentoso trabajo de Angus Madison (The World Economy, A Millenium Perspective, OECD, 2002. The World Economy: Historical Statistics, OECD, 2003). Por sí solos, los cuadros que acompañan el libro, en especial el capítulo uno (introducción y consideración general), constituyen lecciones generosas del profesor para muchos de esos economistas de "altos vuelos" a quienes no está dirigido el libro. Absortos en sus refinamientos técnicos, muchos de estos colegas no parecen haber cursado nunca la asignatura de las cifras y los datos y, en este sentido, bien podría serles de provecho la obra que presentamos.

Presa de un deductivismo chato, que ha vuelto a muchos de sus oficiantes más bien malos detectives de abstracciones y laberintos conceptuales sin fin, la profesión tiene que recuperar la visión y el enfoque inductivos, sobre todo si quiere volver al desarrollo como preocupación central de su ejercicio. En esto, el trabajo de Urquidi es emblemático.

Otro siglo perdido es una lección viva de ingenio y magistratura inductivos, la plataforma más promisoria para volver a la generalización y la simplificación abstracta de los modelos que permitan el diseño de políticas. En este sentido, el libro es una convocatoria abierta, un reto a retomar un compromiso intelectual al que las ciencias sociales parecen haberle dado la vuelta, hasta olvidarlo, precisamente cuando más necesario es, en estos tiempos de globalización desenfrenada y presente continuo en la política y la cultura. Este divorcio de la historia, tal vez sea la obligada contraparte del panorama desalentador que Urquidi presenta en los capítulos finales, luego de pasar revista al fin de los años gloriosos y afrontar los resultados sociales y productivos del estancamiento económico actual. Si hubiere que arriesgar un esquema sobre los vectores maestros del rezago histórico que angustiaba a Urquidi, podría proponerse el siguiente: deuda externa excesiva, (a partir del "parteaguas" de 1973 que en el 1983 se vuelve losa); subdesarrollo agropecuario y rural persistente y persistentemente soslayado en las políticas de desarrollo; atraso -o subdesarrollo vil- en ciencia y tecnología, así como dependencia "onerosa" de la tecnología importada y casi siempre controlada por las multinacionales; y, por último pero no al último, una gran debilidad, a veces oculta por la grandilocuencia de los políticos en turno, política e institucional de los estados y las sociedades civiles de la región, cuya frágil estructuración moderna los llevó al exceso retórico y a la euforia deudística, a proyectos sin dimensión ni racionalidad instrumental o económica; a la renuncia sistemática de la evaluación descarnada de los hecho y lo omitido.

Al final del ciclo largo de expansión, "la edad de oro de la industrialización acelerada" como él la llama, esta frágil construcción intelectual y moral de la política del desarrollo latinoamericano se estrella en la ilusión del cambio repentino, providencial, que ahora, ante sus repetidos incumplimientos, se nos presenta como un horizonte que sólo puede alcanzarse con resignación, expiación, y rechazo heróico a todo intento de transitar otras rutas para redescubrir el desarrollo y retomar un crecimiento esquivo por demasiado tiempo ya. La dialéctica absurda entre realismo y utopismo, o, peor aún, entre sensatez globalista y neoliberal y populismo.

El siglo perdido nos refiere a otras coordenadas. Recoge puntualmente el desaliento de su autor, pero también los signos de esperanza de la democracia redescubierta y de los brotes de modernización y capacidad de competir en y con el exterior surgidos en los últimos tiempos. De estas señas, cuya identidad sigue lejana, podrían emerger nuevas rondas de imaginación sociológica y desarrollista, como las que vivió nuestro autor en la segunda posguerra, alimentó a la CEPAL e inspiraron Prebisch y sus compañeros de la "Orden del Desarrollo", los de la fantasía organizada de la que nos habló Celso Furtado y en cuyas filas marchó destacadamente Don Víctor L. Urquidi. Pero los vientos no son de fronda.

"Los problemas estructurales son, por su propia naturaleza, la sustancia del desarrollo." Y el desarrollo, insiste Urquidi, "no se da por arte de magia, sino con base en inversiones reales de carácter productivo y de incorporación de nuevas tecnologías...". Mal que bien, así se marchó en la región hasta el fin de su edad de oro, estudiada en profundidad en el capítulo IV. Sin embargo, las estrategias globales seguidas entonces "no hicieron suficiente hincapié en la productividad y la expansión del sector agrícola, ni tampoco en mejorar los ingresos relativos de los trabajadores del campo ni los de otros habitantes rurales. (Por eso), propone, la ISI careció del apoyo de un mercado amplio" (p.165).

Las interrelaciones que dan cuerpo al mercado y su dinámica fueron y son mucho más complejas. Por eso era necesario, nos dice, que "los resultados de una industrialización acelerada basada en su mayor parte en la sustitución de importaciones fueran evaluados cuidadosamente, pero no se hizo esa evaluación". Insistir en esto, nos advierte, "interesa sobre todo a la luz de la moda actual de muchos autores y grupos de poder de condenar a la ISI contrastándola con patrones de crecimiento industrial de tipo libre mercado, competitivos y orientados a las exportaciones, como si, por ejemplo, en Estados Unidos, o en países europeos o Japón no hubiera habido programas oficiales de apoyo, subvención o protección arancelaria a las industrias grandes, medianas y pequeñas" (Ibíd).

En abundancia: "Es indispensable colocar a la ISI en su contexto histórico y no debiera juzgarse en términos de una forma ideal de desarrollo. La ISI fue, en gran medida, una política económica con especificidad a una época determinada...

"Fue prematuro, agrega, hablar de agotamiento de la ISI, y aun puede considerarse un tanto inaplicable, ya que incluso en una estrategia de industrialización inducida por las exportaciones debía recordarse que la competitividad funciona en ambos sentidos" (p.166).

Pero la evaluación no se hizo en tiempo y forma y el mundo cambió sin que nuestras estructuras productivas y mentales, políticas e institucionales, lo hicieran a tiempo. "La ausencia de sistemas políticos verdaderamente democráticos y participativos en muchos países... y, por tanto, la ausencia de la alternancia de los partidos en el gobierno... dio continuidad (a las políticas de creciente intervencionismo) y debilitó la presencia de evaluaciones críticas" (p. 248).

El intervencionismo económico galopante no podía demostrar o mantener su eficacia a largo plazo, debido entre otras cosas a la ausencia de mecanismos eficaces de evaluación y adecuación a las circunstancias cambiantes dentro y fuera de la región. Pero, nos dice Urquidi, "tampoco la eliminación de toda traba al libre funcionamiento de los mercados en pro de la libre empresa y una súbita supresión de las distorsiones podía ser eficaz a corto plazo. Según los críticos no dogmáticos, añade, tampoco podía empujarse la apertura y la liberalización hasta sus límites sin crear grandes tensiones y desigualdades internas, como más tarde ocurrió" (p. 249).

Debajo de estas oscilaciones pendulares abruptas están los vectores del rezago histórico que es el hilo conductor del discurso de Urquidi, pero también, como síntesis compleja del esfuerzo latinoamericano que arranca en la segunda posguerra, la gran transformación productiva, demográfica y espacial que tuvo lugar y que él califica como una experiencia "extraordinaria" (p.167).

Con todo, la mecánica de la transformación se impuso al ambiente dinámico general, indujo a mayor endeudamiento y llevó a la región a los panoramas de cuasi estancamiento económico que hoy contrastan con un notable dinamismo político y social que exacerba los extremos de nuestro siempre Extremo Occidente (Rouquier).

Esta mecánica, nos recuerda Urquidi citando a Fernando Fajnsylver, es la de una industrialización "incompleta y trunca" que no genera innovación, la adapta ineficientemente y rechaza la equidad, mientras da lugar a una coalición de intereses antiexportadora, pero también antibienes de capital y desarrollo tecnológico doméstico. La "trama enmarañada de la ISI" como la califica nuestro autor.

Antes del final, en el libro se aborda la cuestión social inscrita, como lo hizo su autor en muchas ocasiones, en la decisiva perspectiva de una demografía cuyas mudanzas no fueron nunca detectas a tiempo y, nos insiste, siguen poco atendidas en su magnitud y potencialidades disruptivas. Sólo como mínima ayuda de memoria, cito (p. 488):" Los gobiernos se despreocupan del desempleo, manipulan las cifras y hacen poco esfuerzo por mejorar las condiciones de trabajo y las normas recomendadas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Muchos gobiernos se escudan en la creación de la economía informal, la economía callejera, que no es empleo sólido sino desempleo abierto sin seguridad, sin prestaciones, sin apoyo para disfrutar de los servicios sociales, de salud y educativos. México, por cierto, excluye al ambulantaje de las cifras oficiales de desempleo abierto.

Luego de pasar revista a la evolución del gasto social per capita en varios países de la región, Urquidi apunta: (p. 498): "Estas cifras reflejan la poca atención que se le ha dado a los temas sociales por parte de los gobiernos latinoamericanos. En el año 2000, la UNRISD (Instituto de las Naciones Unidas para la Investigación del Desarrollo Social) publicó un informe crítico acerca de las políticas sociales en general y su debilitamiento, haciendo hincapié en la necesidad de una mayor conciencia de la dimensión social, en el nuevo contexto de la economía de mercado y la necesidad de aplicar un marco de referencia amplio. El informe hace ver, a propósito, que los proyectos sociales focalizados,... aunque bien intencionados son ineficaces e inequitativos, ya que ayudan solamente los pobres más necesitados"-

"se trata, dice el Instituto, de un enfoque tecnocrático aplicado a un problema social sumamente complejo, que puede tener un éxito parcial a costa de aislar y estigmatizar a los beneficiarios haciéndolos dependientes de las instituciones que los ayudan". Como todos estos informes, comenta nuestro autor, éste ha tenido poca repercusión.

El último capítulo vuelve al título del libro: "el siglo perdido" pero se adentra a una breve reflexión estratégica. Debo decir aquí que el título me desconcertó y que, en realidad, no responde a lo que Don Víctor estudia y expone a lo largo del volumen. Su balance no es de optimismo: "El cierre del siglo XX, dice, no auguraba ni prosperidad ni crecimiento, mucho menos un desarrollo económico y social integrado... con algunas excepciones parciales. Algunos países vieron crecer su economía, pero faltaron políticas sociales para reducir significativamente las desigualdades... En otros, se adoptaron políticas macroeconómicas tendientes a la estabilidad, pero fue a costa del crecimiento. Quedan muy atrás los años del desarrollo acelerado y sobresalen los decenios perdidos" (p. 513). Así, el Gran Rezago se extiende de 1950-1973 a 1973-1990 y a 1990-2000.

Y sin embargo, se mueve. Hay por delante un paradigma, el del desarrollo sustentable y equitativo, pero en medio la región tiene los grandes enigmas y desafíos de sus jóvenes sin empleo ni buena educación, un medioambiente degradado y la necesidad imperiosa de abandonar la polaridad Estado-mercado a que la sometió el dogmatismo neoliberal.

Es decir, frente al Gran Rezago no hay sólo nostalgia sino las configuraciones nuevas y sobrevivientes de la Gran Transformación y sus crisis que fueron también oportunidad para aprender, experimentar y cambiar.

Para Don Víctor la historia sigue y lo que nos lega es la necesidad de entenderla, aprender de ella, usarla creativamente. No se hace esto si se busca reducirla a fórmula publicitaria u ocurrencia de campaña y se propone como razón suficiente para desgobernar a un país que los setenta años anteriores a la alternancia y el gobierno del cambio, fueron "setenta años perdidos". Nada más lejos de la empresa urquidiana que asistir sin inmutarse a la simplificación grosera de la historia y de la economía política.

Lo cito por último: "Para encuadrar con alguna seguridad el derrotero futuro... debe reconocerse a pesar de todo, con claridad, que en la región latinoamericana se ha registrado efectivamente una transformación de la sociedad durante casi tres generaciones... con todo y las desigualdades que han surgido al mismo tiempo. La región latinoamericana no es ya la de los años treinta, como tampoco la de la "época de oro". La capacidad industrial fundamental se ha acrecentado enormemente y en amplias zonas se practica una actividad agropecuaria enteramente moderna... Los servicios modernos absorben una proporción elevada y creciente del empleo en la mayoría de los países. Teniendo en cuenta estos factores positivos, los países están en mucha mejor situación de base y potencial para seguir avanzando que como lo estaban en los años treinta o en los cincuenta... Si algo puede haberse aprendido de la experiencia (histórica) es que el desarrollo entraña cambios de estructura y de entorno general a los que es necesario que las sociedades se adapten, previendo en lo posible sus perfiles principales y fortaleciendo la capacidad de adaptación, cambio y construcción institucional" (p. 524).

Hasta aquí mi recuento del testimonio razonado y sustentado, argumentado y documentado, de un economista mexicano y latinoamericano del "corto" siglo XX. A lo largo de su vida, Víctor L. Urquidi fue un servidor público y un economista profesional abierto al cambio, pero sobre todo un líder académico que se convirtió, con firmeza admirable, en un riguroso intelectual público, crítico de su tiempo y de su realidad, dispuesto a ejercer su talento y sabiduría para la causa del desarrollo sustentable con equidad.

Su pragmatismo histórico, recogido en su obra y en la experiencia memoriosa de sus alumnos y de quienes tuvimos el privilegio de compartir con él las inolvidables sesiones-diálogo del Centro Tepoztlán que ahora lleva su nombre, es un legado valioso para enriquecer la conciencia mexicana del nuevo milenio y dejar atrás el simplismo conceptual y el culto a las modas intelectuales más romas y deleznables que se han apoderado del debate mexicano actual.

En esta su póstuma aportación al conocimiento de nuestras sociedades, Don Víctor advierte que no se trata de un libro para "economistas de altos vuelos, que se interesan sólo en las etapas de posgrado, con grandes refinamientos técnicos de análisis".

Sin embargo, el panorama que construye con su relato, así como los escenarios que ofrece para atisbar el futuro, más bien nos llevarían a contradecirlo: las campanas que ha hecho sonar Víctor L. Urquidi doblan por todos nosotros, de vuelos altos o rasantes.

 

Información sobre el autor

Rolando Cordera Campos Licenciado en Economía por la Escuela Nacional de Economía de la UNAM con estudios de posgrado en la London School of Economics. Es catedrático universitario y ha sido periodista y legislador. En 1998 recibió el Premio Universidad Nacional en el Área de Ciencias Económico-Administrativas. Es miembro del Consejo Editorial y de la mesa editorial de la revista Nexos, y durante diez años fue director y conductor del programa de televisión Nexos. Es consejero de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, miembro del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, de la Academia Mexicana de Economía Política y del Consejo Consultivo de la Fundación UNAM, así como presidente de la Fundación Pereyra. Es autor de libros como Crónicas de la adversidad, Las decisiones del poder, en coautoría con Carlos Tello La Disputa por la nación, coordinador y coautor de Desarrollo y crisis de la economía mexicana, La desigualdad en México, El reclamo democrático, y compilador de 1995: la economía mexicana en peligro. También es autor de innumerables artículos y ensayos y ha participado en diversos foros, seminarios y encuentros de intelectuales de México y el extranjero. En la actualidad es miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM y forma parte del Comité Editorial de ECONOMÍAunam.

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