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Economía UNAM

versión impresa ISSN 1665-952X

Economía UNAM vol.3 no.9 Ciudad de México sep./dic. 2006

 

Notas

 

México en la inmediatez financiera

 

Carlos Martínez Ulloa

 

Socio director de Ingetin Internacional S. C. <ingetin540@hotmail.com>

 

Las perspectivas económicas mundiales en 2006 presentan algunos aspectos de preocupación que habría que tener presentes. Si bien la Reserva Federal de Estados Unidos ha incrementado las tasas referenciales de interés de corto plazo (fondos federales) en 14 veces consecutivas, estos aumentos han tenido poco impacto en los niveles de las tasas de largo plazo. Lo que esto significa es que los mercados financieros están muy líquidos y por otra parte no hay una demanda suficiente por esos recursos. Esto ha permitido que las tasas de interés que se cargan a los consumidores e inversionistas, en especial en las hipotecas, sigan bajas y por tanto los niveles de consumo sigan alentando un crecimiento económico atractivo en la mayor economía del mundo (3 a 4% anual).

En el momento en el que las tasas de largo plazo comiencen a subir, y ya hay señales claras de que esto empezará a ocurrir en breve, serán las propias economías desarrolladas las que reflejen el primer impacto. China continuará creciendo aceleradamente, igual que la India y en menor grado Japón; sin embargo, estos países ejercerán su mayor influencia en Asia y la menor en el resto del mundo, en especial en América Latina y en particular en México, país al que exportan crecientes cantidades pero del cual importan poco.

Es muy probable que 2006 será un año en el que la desaceleración del consumo aumentará la incertidumbre de la inversión. De permanecer altos los precios de los combustibles, seguramente, ahora sí, se reflejarán en la moderación del avance de las economías desarrolladas, el bajar con ello las importaciones de los países de la periferia.

Estados Unidos podría seguir creciendo, pero a menores tasas que las de 2005, tanto por las razones ya apuntadas como por los esfuerzos por contener sus déficit presupuestal y externo. México será, por tanto, el país que más resienta esta moderación en el crecimiento del vecino país. Sin la capacidad o posibilidad de implementar una política fiscal anticíclica y en un año de elecciones presidenciales, no resulta justificado tener expectativas optimistas sobre el desempeño de la economía mexicana. Con el cambio de poderes, una vez más se cerrará un ciclo en donde se habrán frustrado las perspectivas de cambio derivadas del arribo al poder de nuevas gentes, otro partido y circunstancias propicias por aprovechar.

Ahora toca el tiempo a una nueva campaña presidencial, en la que podría aventurarse que poco o nada nuevo se dirá como parte de las ofertas de partidos y candidatos y en donde, a la vez, casi nada de lo que se proponga tendrá sustancia y será viable. Es inexplicable que siendo tan obvios los problemas por los que atraviesa el país, exista tanta incomprensión sobre ellos y las propuestas de solución resulten inefectivas y lejanas a su posibilidad real de concreción.

Como antecedente, resulta útil recordar la carta de buenos propósitos producto de la campaña del ahora presidente Fox. Es claro que su propuesta de gobierno nunca tuvo objetivos precisos, como tampoco una visión objetiva del país que pretendía manejar o de las ideas necesarias para priorizar, atacar y resolver los problemas endémicos que afectan los niveles de bienestar de los mexicanos. Hoy, en el ocaso de su administración, son escasos los logros que se le pueden atribuir a su gestión y prácticamente nulas las instancias en las que se aplicaron medidas innovadoras, producto de su iniciativa o de su ingenio. Contrario a lo ofrecido, la economía del país escasamente ha crecido y, como Alicia en el País de los Espejos, no correr al máximo potencial es causa de estancamiento relativo y de deterioro comparativo frente a las economías desarrolladas, las que, aun ellas, crecen más que la nuestra y ensanchan por eso la brecha que nos separa. Pero también se pierde frente a aquellos países emergentes que han patentado la ruta que garantiza un crecimiento sostenido. Así, mientras el mundo se mueve, nosotros, los mexicanos, permanecemos y nos hundimos en la frustración y la desesperanza. Esto explica el deseo de un alto porcentaje de connacionales por emigrar a países con economías más dinámicas y con una oferta de empleos con mejor remuneración.

En este esquema, no se justifica que los políticos mexicanos pasen por alto la urgencia con la que habría que actuar para poder competir exitosamente en este mundo globalizado. Pero no sólo eso: en un país del tamaño del nuestro y con carencias que se arraigan, lo que se pone en riesgo con la inacción es la seguridad de todos. Las oportunidades de obtener ingresos remunerados por parte de los desempleados crónicos no son amplias, por lo que la tentación para incidir en actividades ilícitas como medio de subsistencia es permanente, lo que conduce a muchos a transitar por un camino ilegítimo e ilícito, no obstante los riesgos. Es por ello que los valores de la sociedad mexicana sufren un permanente asalto, por causa de la inmovilidad de la economía y las pocas oportunidades de educación, capacitación y empleo en actividades productivas, por parte de un importante segmento de la población.

Hay medidas de una gran simpleza que se podrían poner en práctica para revertir el deterioro económico y social. Contrario a lo que sostiene la publicidad oficial, haber alcanzado el equilibrio presupuestal y una baja inflación no es la solución final para las familias: genera estabilidad en las cuentas macroeconómicas, más no crecimiento del empleo o mejora en el ingreso, y no existe un solo funcionario público, ni siquiera al más alto nivel, que haya aceptado la responsabilidad de diseñar e instrumentos medidas y políticas económicas que nos permitan retomar el ritmo de avance que caracterizó al país durante el período 1940-1980. Así, la estabilidad de los precios se prioriza por encima del crecimiento, en un país que expulsa millones de trabajadores y acepta que cerca de 50% del empleo se dé en la economía informal.

México, al tener un superávit de más de 50 000 millones de dólares anuales, no se justifica que no se pueda poner en operación medidas tendientes a aumentar el valor agregado de las exportaciones. Si bien parte del superávit proviene de las exportaciones de crudo, éste se podría transformar en gasolina, productos petroquímicos o derivados, lo que no solamente incrementaría las exportaciones, sino haría innecesarias las importaciones crecientes de esos mismos productos y, a la vez, mejoraría la estructura del comercio exterior del país y permitiría ser menos dependientes de las importaciones de este tipo de productos estratégicos. Igual criterio se podría aplicar al caso del gas. Pero la ineficacia de las políticas públicas y la incapacidad de los Poderes Ejecutivo y Legislativo para crear consensos, es lo que ha conducido al deterioro secular de las cuentas externas. Es de resaltarse cómo cualquier incremento del ingreso se vuelca más que proporcionalmente en importaciones de bienes de consumo, lo que junto con la baja capacidad de ahorro de la economía, califica la vulnerabilidad financiera del sistema. En suma: no producimos insumos industriales, ni suficientes bienes de consumo, y mucho menos bienes de capital. Nos hemos convertido, gracias a las políticas públicas en la materia, en un desarticulado país dedicado a ensamblar y maquilar, que esconde sus fallas estructurales gracias a las remesas de los que laboran en el exterior y a los altos precios del petróleo. De lo contrario, la fragilidad de la economía sería más que evidente y las crisis recurrentes continuarían siendo un peligro permanente. No obstante las elevadas cifras históricas atribuibles a los dos conceptos anteriores, el país escasamente ha crecido a tasas que ni convencen ni impactan los niveles de pobreza y desempleo que afectan a la mayoría de los mexicanos.

Una decidida y bien planteada política industrial, un sistema fiscal coadyuvante y la capacidad para convencer en la adopción de las medidas adecuadas para apuntalar el crecimiento y la creación de empleos, son algunas de las tareas que el país requiere con urgencia.

La falta de planes y proyectos por parte del sector público, junto con el incremento en el ingreso de divisas, producto de los altos precios del petróleo, y el mayor nivel de remesas de mexicanos en el exterior, junto con los ingresos históricamente altos por concepto de turismo en México, han producido, como contrasentido, un incremento considerable en el nivel de las reservas internacionales.

Recientemente, las más altas autoridades del Banco Central opinaron que dicho nivel había alcanzado montos equiparables al de la deuda pública externa, por lo que se creaba la posibilidad de redimir anticipadamente a ésta, con parte de esas reservas. Cabría aclarar que si bien el valor nominal de la deuda externa se encuentra en alrededor de los 70 000 millones de dólares, su valor de mercado excede esa cifra en cuando menos 15 000 millones de dólares, dada su cotización actual en el mercado secundario.

En las últimas décadas se ha seguido una política inadecuada de endeudamiento público externo: se colocó a muy largo plazo (10 a 30 años), a tasas fijas y cuando los niveles de últimas eran sensiblemente más altas que las actuales, tanto por los niveles internacionales de las mismas, como por el premio al riesgo soberano que México tenía que pagar en esas épocas y que entonces era de cuando menos el doble de su nivel actual.

En la medida en que las variables macroeconómicas se estabilizaron y el precio del petróleo subió, la calificación del riesgo mexicano disminuyó y el nivel de la deuda vigente en el mercado secundario subió, cotizándose a precios nunca antes vistos. Como ejemplo, se puede mencionar que aún hoy existen emisiones del pasado que se colocaron a tasas del interés anual de 11.50%, lo que genera un sobreprecio en el mercado secundario, sobre su valor nominal, superior a 50%. Lo anterior hace que resulte poco atractivo, financieramente hablando, recomprar esa deuda en el mercado secundario, que es la única opción existente para su redención anticipada, ya que en la oportunidad de su emisión no se negoció la posibilidad del prepago. Por todo esto, no resulta factible la posibilidad de utilizar las reservas internacionales para recomprar deuda pública externa, en la forma anunciada por las autoridades del Banco Central, a menos que se tratara de los créditos con organismos internacionales, como el Banco Mundial o el bid. En ese caso, se estarían usando dineros con un alto costo para redimir deuda a tasas atractivas o subsidiadas, como las que normalmente aplican estas instituciones. Por ello, esta redención anticipada sería la menos atractiva de lo que se podría realizar. No obstante, conviene destacar que las reservas internacionales del país están invertidas en instrumentos financieros con rendimientos cercanos a 3-4% anual, cuando su costo real es de varias veces esas tasas. Por ello se puede concluir que es muy grande el deterioro financiero y el costo para el país por mantener improductivas esas reservas, cuyo nivel resulta innecesario, sobre todo en un sistema de flotación libre en la cotización del peso mexicano. Así, resulta paradójico que en un país con tan acentuada insuficiencia de recursos financieros, sea el gobierno quien no encuentre la manera de usar productivamente sus reservas internacionales.

Otro problema financiero que vale la pena destacar por la manera como se ha ignorado por parte de las autoridades del país, es el de los altos costos por transferir recursos a México por parte de los trabajadores mexicanos en el exterior; recursos destinados a sus familiares que se han quedado en el país. Este es un problema que con la aplicación de una sencilla técnica bancaria, permisos administrativos oportunos, reglamentación adecuada y disponibilidad de agentes financieros dispuestos a operar con reglas y costos similares a los que se aplican en operaciones para empresas mexicanas y extranjeras, que permanentemente transfieren recursos en ambos sentidos, se podría resolver. Cualquiera de estas últimas empresas tiene la posibilidad de operar con costos moderados y márgenes ajustados. Diseñar esquemas que sean aplicables a montos pequeños requiere de una mínima imaginación y equivale a aplicar la misma filosofía por la que algunos intermediarios financieros ofrecen tasas de rendimiento para los pequeños ahorradores, que resultan muy cercanas a las ofrecidas a los inversionistas de grandes montos.

El que las autoridades mexicanas no hayan podido o querido actuar en este renglón, en beneficio de los millones de mexicanos que trabajan en el exterior y las millones de familias en el país que se benefician con estas transferencias, no resulta justo y menos aceptable.

Como recientemente reconoció el presidente Vicente Fox, el país no requiere de iluminados para dirigirlo. Tan sólo se necesita que existan funcionarios públicos con la voluntad política para actuar, experiencia en su sector y un mínimo de conocimiento sobre técnicas modernas. Podría resultar tan simple como aplicar aquellas políticas gubernamentales que han resultado exitosas en países similares al nuestro.

Igual que en los casos arriba enunciados, existen muchos otros problemas que afectan a muchos y que pueden tener una fácil comprensión y una exitosa resolución. Se trata tan sólo de propiciar la discusión abierta sobre los temas, crear una conciencia nacional sobre esos problemas y aplicar políticas exitosas y previamente probadas. Tal vez llegó el momento, en esta nueva etapa de elecciones, de reflexionar sobre estos aspectos y exigir que se deje de pensar en la inmediatez, para esforzarnos en resolver aquellos problemas que nos eviten continuar, por esta vez, en el agobiante camino del deterioro.

 

Información sobre el autor

Carlos Martínez Ulloa. Licenciado en Economía por la Escuela Nacional de Economía (1964) de la UNAM. Maestro en Economía y certificado de materias para el Doctorado (PhD) por Columbia University-USA. Realizó asimismo el seminario sobre Teoría del subdesarrollo, en Sussex University, UK. Se desempeñó como profesor de Teoría Económica y Desarrollo Económico en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, 1968/1969. Entre su experiencia laboral destacan los siguientes cargos: gerente general de Nacional Financiera, SCN (1976); director de Deuda Pública en la SHCP (1978); subdirector general de Banobras (1982); coordinador de asesores de la SHCP (1984). De 1989 a la fecha es socio director de Ingefin Internacional SC, una empresa dedicada a la asesoría económica y financiera.

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