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Economía UNAM

versión impresa ISSN 1665-952X

Economía UNAM vol.1 no.1 México ene./abr. 2004

 

Artículos

 

Revisitando la teoría del desarrollo bajo la globalización

 

Arturo Guillén R.

 

Profesor-investigador titular del departamento de Economía de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa. Jefe del Área de Economía Política. Correo electrónico: grja@xanam.uam.mx

 

Resumen

Análisis de las repercusiones del modelo neoliberal en América Latina y revisión de las condiciones que condujeron a su adopción. El autor también examina el curso del proceso de globalización, la ideología que lo sustenta y la manera en que los países latinoamericanos se incorporaron a esa dinámica. Sostiene que el estancamiento económico y la pobreza cuestionan con severidad el modelo neoliberal, por lo que propone reevaluar los aportes de la teoría del desarrollo y construir alternativas viables. Con tal fin hace una revisión conceptual del desarrollo, con particular atención a la teoría latinoamericana, que contrasta con las propuestas neoliberales. Asimismo, Guillén propone estrategias que permitan recuperar el crecimiento y elevar los niveles de empleo mediante una visión equilibrada entre Estado, mercado y sociedad civil.

 

Abstract

Analysis of the impact of neoliberalism on Latin America and of the situations that conducted to its adoption. The author examines the globalization process, its ideology and the way these nations have entered into this dynamic. Likewise, he states economic stagnation and poverty seriously question this model, and he suggests the need of reevaluating the contributions of development theory and building new alternatives. To do so, he makes a conceptual revision of development, with special emphasis on the Latin American theory contrasting the neoliberal position, Guillén suggests strategies that allow to recover growth and to increase employment by means of a balanced vision among the State, the market and the civil society.

 

JEL classification: E6I, E66, N63

 

Introducción

Más de 20 años han pasado desde que América Latina experimentó la crisis de la deuda externa, emprendió su tránsito hacia el modelo neoliberal y trazó su derrotero en torno a los paradigmas del Consenso Washington.

Es cierto que en el caso de Chile y de Argentina el inicio del neo-liberalismo se asocia a las dictaduras de Pinochet y de las juntas militares argentinas en la década de los setenta del siglo pasado. Sin embargo, la crisis de la deuda externa de 1982 marcó para nuestros países el fin del modelo de sustitución de importaciones (MSI) y el vuelco hacia un nuevo modelo neoliberal (MN) de economía abierta lidereado por las exportaciones. En los ochenta, también, se puede ubicar el inicio de la globalización neoliberal con el ascenso de los gobiernos conservadores de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Estados Unidos y el Reino Unido, respectivamente.

Este trabajo aborda las repercusiones del MN en América Latina desde la perspectiva de la teoría del desarrollo. En los ochenta el discurso neoliberal generaba consensos. No sólo el capital financiero, los grandes grupos privados y los gobiernos de América Latina (Salinas de Gortari en México, Ménem en Argentina, Collor de Mello en Brasil) impulsaron de manera decidida el Consenso de Washington, sino también amplios sectores empresariales y populares se plegaron ideológicamente al modelo, hastiados de más de un decenio de crisis y de inflaciones crónicas y en ascenso.

El MN implicó un giro de 180 grados en el modelo de acumulación y en la política económica. La crisis que aquejaba a América Latina desde los años setenta fue atribuida por los neoliberales a la aplicación de políticas populistas por parte de regímenes estatistas. Todo lo realizado en las décadas anteriores fue considerado erróneo y, por tanto era necesario proceder al borrón y cuenta nueva. Se postulaba que bastaba con abrir cauces el mercado mediante la liberalización y desregulación de la economía para que los desequilibrios se corrigieran y diera inicio una nueva era de crecimiento sostenido.

Con su inserción en la globalización neoliberal, los países de América Latina -se decía- caminarían hacia el progreso y la modernización. El desarrollo sería alcanzado si se dejaba actuar libremente a las fuerzas del mercado, si se abandonaban prácticas proteccionistas y se elevaba la competitividad microeconómica, proyectando el sistema productivo hacia los mercados externos. La intervención económica del Estado se consideraba contraproducente, por lo que era conveniente formular y aplicar políticas o estrategias dirigistas por parte del Estado; su misión se reducía a mantener condiciones macroeconómicas sanas y establecer un marco legal propicio a la inversión privada.

Hoy, años después, cuando América Latina se debate en el estancamiento económico, rodeada de un mar de pobreza y de exclusión social, resulta útil reevaluar los aportes de la teoría del desarrollo, sobre todo en su vertiente latinoamericana -cepalina y de la dependencia-, para entender los problemas actuales y ofrecer opciones viables para superar la crisis. No se trata de reeditar el MSI ni de sustituir el análisis de la realidad concreta, sino de efectuar una relectura creativa de la teoría del desarrollo para construir una estrategia alternativa al cuestionado Consenso de Washington.

En la primera parte se retoma la discusión sobre el contenido del concepto de desarrollo. En la segunda se ofrece una recapitulación breve de lo que en opinión del autor son algunos de los principales aportes de la teoría latinoamericana del desarrollo. La tercera aborda los efectos del modelo neoliberal en el desarrollo de América Latina tomando como base el caso mexicano, y en la última parte se ofrecen algunas conclusiones.

 

El concepto de desarrollo

En un trabajo clásico, efectuado a petición de la UNESCO, Francois Perroux (1984) estableció las diferencias así como las interrelaciones entre crecimiento, desarrollo y progreso social, conceptos que aluden a procesos evidentemente vinculados, pero distintos.

El crecimiento, afirmaba Perroux (1984), se refiere al incremento, en una unidad de tiempo, del PIB de un país determinado, respecto al número de habitantes; es decir, el crecimiento se expresaba en el aumento del ingreso por habitante.

El concepto de crecimiento, opinaba Perroux, es un instrumento útil pero con tonos grises. En primer lugar, presentaba problemas de medición, que se incrementaban en el caso de los países sub-desarrollados donde existían estructuras duales y por tanto sistemas de precios diferentes, así como amplios sectores atrasados desvinculados del sector moderno de la economía. En segundo lugar el concepto de crecimiento ocultaba los efectos de la destrucción ecológica o el deterioro de los productores directos, además de decir poco o nada sobre las condiciones reales de vida de la mayoría de la población, o sobre la distribución del ingreso entre las distintas clases y grupos sociales (Perroux, 1984, p. 41).

Nadie ignora en la actualidad -afirmaba- que el crecimiento del producto global puede ser empobrecedor cuando provoca la destrucción o el daño de los recursos naturales, por ejemplo. Es notorio que el crecimiento ignora el deterioro o la eventual destrucción de las personas, porque desconoce los contenidos de esta expresión metafórica: la amortización humana.

Pero sobre todo, el concepto de crecimiento y las teorías elaboradas en torno a él, dejan de lado los resultados en materia de bienestar social. Como afirmaba Perroux (1984, p. 40) las preguntas clave en torno al crecimiento son:

El crecimiento ¿Con qué finalidad? ¿Con qué miras? ¿En qué condiciones el crecimiento es provechoso? Crecimiento ¿Para quién? ¿Para algunos miembros de la comunidad internacional o para todos?

En la etapa del modelo primario exportador (MPI) -que vivió América Latina en el amplio período que va, grosso modo, desde mediados del siglo xix a la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado- era claro que el crecimiento beneficiaba casi de manera exclusiva al sector exportador moderno, generalmente controlado por el capital extranjero, y que la capacidad de transmisión de dicho crecimiento al resto del sistema productivo era mínima. Con el modelo neoliberal, como se verá más adelante, esa historia se repite, con el agravante de que el mismo crecimiento parece estar ausente.

El concepto desarrollo involucra cambios cualitativos, aparte de cuantitativos. No sólo trata de un proceso de acumulación de capital, de mayor productividad del trabajo y de progreso tecnológico, sino también de un proceso de creación de una estructura productiva, de la relación e interacción de las partes que constituyen esa estructura y del mejoramiento cualitativo de los productores directos, de sus capacidades y habilidades, de su formación y capacitación (Perroux, 1984, p. 44).

Lo característico de las estructuras productivas del subdesarrollo es su desarticulación y extraversión, rasgo que se conserva y se reproduce desde el pasado colonial de los países periféricos. Los sistemas productivos del centro son homogéneos, mientras que los de la periferia son heterogéneos (Rodríguez, 1980). Las economías subdesarrolladas son por definición desarticuladas, es decir, economías que, como decía Perroux (1961, p. 428), "por razones estructurales están expuestas continuamente a bloqueos de desarrollo o de crecimiento".

Esas características no pueden entenderse al margen de las relaciones centro-periferia. Entre los sistemas productivos del centro y los sistemas productivos de la periferia se establecen relaciones de dominación-dependencia y una división internacional del trabajo, que aunque cambiante, siempre ha sido favorable a los centros (Furtado, 1967).1 La relación con el centro es determinante en la configuración de los sistemas productivos de la periferia, aunque ésta a su vez forma parte de la lógica de la acumulación de capital de los centros.

La irrupción del capitalismo occidental en los hoy países subdesarrollados -afirmaba Paul Baran en su clásica obra sobre el subdesarrollo (1957. pp. 201-202)- al precipitar con irresistible energía algunas de las condiciones básicas para el desarrollo de un sistema capitalista, bloqueó con igual fuerza el crecimiento de las otras, La remoción de una gran parte del excedente corrientemente generado y previamente acumulado por los países afectados, no podría sino causar un serio retroceso de su acumulación de capital (...) Aunque la expansión de la circulación de mercancías, la pauperización de un gran número de campesinos y artesanos y el contacto con la técnica occidental dio un poderoso impulso al desarrollo del capitalismo, este desarrollo fue deformado y mutilado para que se adaptase a los objetivos del imperialismo occidental.

Un sistema productivo nacional (SPN) es el espacio económico -es decir, un conjunto articulado y coherente de procesos de producción- donde se genera un excedente económico, susceptible de utilizarse para la reproducción ampliada del capital (De Bernis, 1985). En el seno de cada sistema productivo existe un conjunto de normas y reglas tecnológicas, monetarias y de precios, por lo que no está desprovisto de sentido, como afirma Perroux, (1954, p. 372): "hablar de estructuras nacionales de precios y de estructuras nacionales de diversas magnitudes globales como consumo, amortización, e inversión neta".

El SPN no se limita al espacio geográfico de la nación, sino que se proyecta hacia fuera a otros espacios geográficos incluyendo la periferia del sistema capitalista. Los espacios económicos no coinciden con los espacios políticos territoriales. Los países de la periferia constituyen sistemas productivos dominados, es decir espacios desarticulados, que son una prolongación de los sistemas productivos dominantes de los centros del sistema capitalista. En muchos sentidos, la periferia se constituyó sin poseer un sistema productivo propio.2

En otras palabras, como la periferia nace sin sistema productivo, el desarrollo implica la construcción de un sistema productivo articulado y coherente, susceptible de asegurar, por sus propios medios, la reproducción ampliada del capital. Ello entraña la creación de una base endógena de acumulación de capital. Dicho esfuerzo de creación de un sistema productivo es, pues, una tarea histórica e implica la puesta en marcha de un proyecto nacional.

El desarrollo económico, es decir, la construcción de un sistema productivo de esas características no es, entonces, algo que pueda producirse automáticamente a partir de las leyes del mercado, sino que implica un esfuerzo deliberado, la definición de una estrategia orientada a ese fin.

El desarrollo es, pues, el resultado de un proyecto histórico nacional, donde distintas fuerzas sociales interesadas en su consecución impulsan nuevas estrategias para la construcción de esa base interna de acumulación y redefinen su inserción en la economía mundial y su papel en la división internacional del trabajo. No es un accidente que en América Latina el tránsito al MSI, que ha sido el avance histórico más serio en la dirección de la construcción de un verdadero sistema productivo, se haya producido al calor de una amplia alianza de los grupos populares y de sectores de la burguesía nacional durante los gobiernos progresistas de Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil y J.D. Perón en Argentina.

El desarrollo económico no constituye un fin en si mismo. Su consecución es un prerrequisito del progreso social, pero no lo garantiza. El desarrollo económico genera desigualdad y concentra la riqueza, tanto social como regionalmente. Como decia Perroux (1984, p. 50):

La dialéctica de las estructuras opera en condiciones de desigualdad entre regiones, grupos de actividades económicas y categorías sociales. Esto se debe a la desigualdad entre los decisores y los agentes, dotados de capacidades y recursos de diverso nivel; también obedece a la variedad de los efectos impulsores y de los ámbitos donde se verifican.

Muchos años antes que A. Sen, Perroux advirtió que el desarrollo implicaba la cobertura de lo que llamaba los costos del hombre, lo que abarcaba la satisfacción para todos los habitantes de la tierra, de mínimos de alimentación, salud, educación, vivienda y cultura. En realidad, la noción de "costos del hombre" se encuentra ya en Marx (1867, p. 208) cuando define el concepto valor de la fuerza de trabajo. A diferencia de la escuela clásica que tenía un concepto de salario que reducía la subsistencia del trabajador a un mínimo fisiológico, Marx consideraba que el valor de la fuerza de trabajo involucraba elementos históricos y culturales.

Por lo demás -afirmaba- hasta el volumen de las llamadas necesidades imprescindibles, así como la índole de su satisfacción, es un producto histórico y depende por tanto en gran parte del nivel cultural de un país, y esencialmente, entre otras cosas, también de las condiciones bajo las cuales se ha formado la clase de los trabajadores libres, y por tanto de sus hábitos y aspiraciones vitales. Por oposición a las demás mercancías, pues, la determinación de la fuerza laboral encierra un elemento histórico y moral.

La obtención de esos mínimos de los que ahora son conocidos como derechos sociales del hombre dentro de la Declaración Universal de Derechos Humanos, no es el resultado automático del desarrollo económico, el cual dejado a su dinámica espontánea, genera desigualdad y concentración de la riqueza, sino una consecuencia de la lucha de clases, de la acción del Estado y de la organización de la sociedad civil.3 En otros términos, el progreso social si bien demanda un crecimiento duradero del producto nacional y de cambios cualitativos en la estructura productiva, requiere de la existencia de instituciones y de la acción organizada de los grupos sociales. La teoría del "goteo", es decir la idea de que el crecimiento económico redundará, tarde o temprano, en progreso social, se ha revelado como falsa, tal como lo evidencian diversas experiencias históricas.

El desarrollo no es únicamente un proceso de acumulación de capital y de progreso técnico como lo concibe la teoría neoclásica del crecimiento, sino un proceso de cambio social y de reorganización institucional (Hoff y Stiglitz, p. 322). En los enfoques neoclásicos, como afirman estos autores:

La historia no cuenta, la repartición de las riquezas no cuenta más, desde el momento que no se interesan más que en la eficacia. Esa es su hipótesis fuerte. Dejando de lado las instituciones, la historia y las cuestiones de la repartición, la economía neoclásica deja de lado lo que constituye el corazón mismo de la economía del desarrollo.

Y así como la teoría neoclásica deja de lado las instituciones, omite la dimensión social, cultural y antropológica del desarrollo, así como sus nexos indisolubles con el desarrollo de la democracia, entendida ésta no sólo como ejercicio electoral sino como proceso de participación y organización popular.

El desarrollo consiste en el "desarrollo de las capacidades de la gente". Y el desarrollo de esas capacidades está estrechamente vinculado con el desarrollo de la democracia. Como afirma A. Sen (2002, p. 418):

La libertad no es solamente el fin último del desarrollo: es también un medio determinante y fundamental (...) la capacidad de un individuo para realizar depende de las oportunidades económicas, de las libertades políticas, de las instituciones sociales, así como de las condiciones determinantes que son una buena salud, una educación de base y el aliento y sostén de las iniciativas. En gran medida, esas oportunidades son mutuamente complementarias y cada una tiende a reforzar el acceso y el uso de las otras.

No sólo trata de elevar las capacidades de los hombres para incrementar la productividad de los trabajadores y acelerar la acumulación del capital, sino porque dicho aumento debe ser un fin explícito del desarrollo.

Sin embargo, como bien advierte Hirschman (1996), entre desarrollo económico y progreso político no existen relaciones unívocas de causa a efecto; puede, incluso, haber un desacoplamiento entre ambos procesos. Ha habido etapas de rápido crecimiento económico y aun de progreso social, como fue el caso de los países del sudeste asiático durante la posguerra en el marco de regímenes políticos autoritarios. O, a la inversa, ciertos indicadores de desarrollo humano siguen mejorando en ocasiones, aun en contextos de crisis o estancamiento económico o de la existencia de regímenes democráticos. Pero no cabe duda, finalmente, que, como insiste Sen, el mejor entorno para el desarrollo es el perfeccionamiento de la democracia.

En resumen, el desarrollo es un proceso multidimensional que precisa una estrategia deliberada y una la acción organizada de las instituciones y de la sociedad. El desarrollo no puede ser nunca el resultado espontáneo del mercado, pues éste, como afirmaba Raúl Prebisch, "carece de horizonte social y de horizonte temporal" (citado por Rodríguez, p. 112). El mercado ni redistribuye el ingreso ni crea estructuras productivas articuladas.

A partir de lo planteado, por desarrollo económico entiendo la consecución de los siguientes objetivos:

• Un crecimiento económico alto y duradero que garantice el incremento del ingreso por habitante.

• La construcción de un sistema productivo autocentrado e integrado, es decir, que cuente con una base endógena de acumulación de capital.

• La satisfacción de los costos del hombre en materia de alimentación, educación, salud y cultura, lo que implica el fortalecimiento de la democracia participativa.

La evaluación de la globalización neoliberal en que se inserta América Latina durante las últimas dos décadas tiene que hacerse, como se intenta en este artículo, en función de estos objetivos y no meramente en términos de "fundamentos macroeconómicos sanos", del mayor bienestar de los consumidores o del "desempeño exportador" o de la competitividad de nuestras economías, como acostumbran hacerlo los neoliberales.

 

Los aportes de la teoría latinoamericana de desarrollo

La teoría latinoamericana del desarrollo asociada al pensamiento cepalino de la posguerra y a la llamada teoría de la dependencia que surgió como prolongación y ejercicio crítico de aquélla, trataron de ser enviadas al cesto de la basura por el pensamiento único neoliberal que se generalizó en los ochenta en el subcontinente, a raíz de la crisis de la deuda externa.

Como se dijo arriba, el MSI era considerado por los voceros del Consenso de Washington no sólo como un modelo en crisis, sino como parte de un pasado populista y estatista que había que enterrar sin más. Hoy, cuando el modelo neoliberal naufraga sin haber demostrado sus virtudes dinamizadoras y modernizantes, la revaloración de la teoría latinoamericana del desarrollo se vuelve una tarea no solamente necesaria sino imprescindible para la construcción de estrategias alternativas de desarrollo. No se pretende efectuar un survey de la misma, sino sólo retomar algunos aspectos teóricos que merecen ser reconsiderados a la luz de los problemas actuales.

La teoría cepalina significó una ruptura respecto a la teoría neoclásica del crecimiento o frente a enfoques historicistas a la Rostow (1953). Se abandonó la idea de que el subdesarrollo era una etapa necesaria anterior al desarrollo y que bastaba con detonar un proceso de acumulación en el sector moderno para que el atraso pudiera ser superado (Lewis, 1954, y Nurske, 1963).

La originalidad de la teoría cepalina consistió en la utilización del concepto centro-periferia y en explicar a partir del mismo la desigualdad de las relaciones económicas internacionales, así como la heterogeneidad de las estructuras productivas internas.4

Raúl Prebisch (1948)5, influido por los acontecimientos del período de entreguerras del siglo XX que provocaron la crisis del MPI y pusieron en entredicho la división internacional de trabajo (DIT) basada en la exportación de productos primarios por parte de la periferia y de productos manufacturados por el centro, construyó su teoría del deterioro de los términos de intercambio de los productos primarios frente a los productos manufacturados. Es conocido su argumento: no obstante que la productividad en la producción de manufacturas en el centro era superior al crecimiento de la productividad en la producción de productos primarios en la periferia, lo que haría suponer, de acuerdo con la teoría tradicional, una baja de los precios de las manufacturas mayor que la registrada en los productos primarios, las cosas se presentaban en el sentido opuesto. Ello significaba que en el marco de esa DIT, los países subdesarrollados no retenían los frutos del progreso técnico y éstos tendían a concentrarse en el centro (Pinto, 1965). Mientras los salarios reales tendían a estancarse en los países periféricos, éstos y las utilidades aumentaban en las economías centrales.

Esta explicación contrariaba profundamente las bases de la teoría clásica y neoclásica del comercio internacional sustentada en las ventajas comparativas y ponía en aprietos a la propia teoría de la competencia perfecta. Prebisch completó su análisis estableciendo el comportamiento de la relación de intercambio durante el ciclo económico, al señalar que en la recesión los precios de los productos primarios tendían a bajar más rápido que los productos manufacturados, mientras que en el auge sucedía lo opuesto.6

Este perspicaz análisis fue reforzado con un conocimiento profundo de Prebisch sobre la economía internacional de su época, en especial la importancia que tenía para América Latina el cambio del centro hegemónico del Reino Unido hacia Estados Unidos. La enorme concentración de reservas de oro en este país y el hecho de ser una economía poco abierta y tradicionalmente proteccionista, reforzaba en Prebisch la convicción de que el MPI no tenía ninguna viabilidad en el mundo de la posguerra, por lo que resultaba imperioso emprender el camino de la industrialización.

Las causas de la crisis latinoamericana en el período de entreguerras no tenían entonces su origen, según el enfoque cepalino, en factores circunstanciales o monetarios, sino que descansaban en el modelo de acumulación vigente y en la posición que los países latinoamericanos ocupaban en la DIT. El desequilibrio externo que conducía a crisis recurrentes, con agudos efectos recesionistas e inflacionarios, obedecía al deterioro de los términos de intercambio entre los productos primarios y los productos manufacturados, lo que significaba transferencias masivas de excedente de la periferia al centro.

El análisis de Prebisch y Singer fue ampliado a nuevos horizontes por el marxista estadounidense Paul Baran en un estupendo libro que conserva vigencia (1957). Baran desmontó una de las tesis preferidas de la teoría "metropolitana" del desarrollo respecto a la insuficiencia de ahorro interno en los países subdesarrollados (Nurske, 1963), mediante la reelaboración, junto con Paul Sweezy, del concepto de excedente económico. Baran demostró que el principal problema en los países de la periferia más que la existencia de un ahorro bajo en comparación con los países del centro -hecho que no negaba-, era la inadecuada utilización del excedente económico por parte de las elite internas de la periferia, así como el traslado de una parte del mismo hacia el centro a través de diversas mecanismos.7

Baran ponía el acento no sólo en el comercio exterior desigual, sino principalmente en la transferencia de excedente por parte de la inversión extranjera directa (IED), mediante las remesas de utilidades, intereses, regalías, etcétera, que entrañaba su operación. Este argumento fue retomado años más tarde por la teoría de la dependencia para subrayar el carácter tributario de la periferia en sus relaciones con el centro, añadiendo a los factores aludidos arriba, la carga que representaba el servicio de la creciente deuda externa que se registraba en los años setenta. La teoría de Baran sobre el excedente ponía de relieve la naturaleza de las relaciones de dominación-dependencia entre los países desarrollados y los países subdesarrollados. Así, mientras que los países centrales eran fundamentalmente zonas exportadoras de capital, los de la periferia eran zonas importadoras de capital y exportadoras de excedente. La validez de esta tesis se confirma en el presente, en el marco de la globalización neoliberal.

La DIT en el marco del MPI no sólo implicaba una creciente polarización entre el centro y la periferia, sino que condicionaba la existencia de una estructura interna dual integrada por un sector moderno representado por el sector exportador y en donde la presencia del capital extranjero era predominante y un sector tradicional o atrasado que operaba en el campo o en actividades artesanales de bajos niveles de productividad (Furtado, 1967). En la periferia, la desigualdad internacional implicaba una estructura dual, heterogénea y desintegrada. La heterogeneidad estructural era un rasgo específico del subdesarrollo, que lo diferenciaba del modelo de capitalismo "clásico" del centro. Esa heterogeneidad no podía entenderse, a juicio de Furtado, sin tomar en consideración las relaciones de dominación-dependencia entre el centro y la periferia. Según sus propias palabras (1967, p. 475):

El subdesarrollo no constituye una etapa necesaria del proceso de formación de las economías capitalistas. Es, en si, una situación particular, resultante de la expansión de las economías capitalistas con el fin de utilizar recursos naturales y de mano de obra de zonas de economía pre-capitalista. El fenómeno del subdesarrollo se presenta en formas variadas y en diferentes estadios. El caso más simple es el de la coexistencia de empresas extranjeras, productoras de una mercancía de exportación, con un extenso sector de economía de subsistencia, cuya coexistencia puede proseguir en equilibrio estático durante largos periodos. El caso más complejo es el que se da cuando la economía presenta tres sectores: uno, principalmente de subsistencia; otro dirigido sobre todo hacia la exportación, y el tercero, con un núcleo industrial ligado al mercado interno (...)

Y en el prólogo de la sexta edición de esa obra, Furtado (1967, p. 4) remarca, en contraposición a los modelos desarrollados por la teoría del crecimiento, que:

El subdesarrollo se trata aquí como fenómeno coetáneo del desarrollo, consecuencia de la forma en que se viene propagando hasta nuestros días la revolución industrial: por tanto, constituye una temática aparte que requiere para su interpretación un trabajo autónomo de teorización.

Para superar las contradicciones del MPI era por fuerza necesario impulsar la industrialización aprovechando las circunstancias que ofrecían la depresión y la guerra. Mediante de una estrategia gradualista en donde la protección y la acción económica del Estado desempeñaban un papel central, se aspiraba a conseguir mayor autonomía frente al centro, lo que permitiría, con el tiempo, construir una base endógena de acumulación de capital.

Sin embargo, dicho objetivo resultó inalcanzable, pese a los indudables avances en la dirección de sustentar la acumulación de capital en un motor interno. Las dificultades financieras y tecnológicas se acrecentaron con el avance de la industrialización en los años sesenta. Los empresarios locales encontraban crecientes obstáculos para acceder a la producción de bienes intermedios y de capital. En el centro se consolidaba el poder de las empresas transnacionales (ET), en ese entonces primordialmente estadounidenses, que incursionaban por todo el mundo.

El proceso de sustitución en su origen fundamentalmente nacional, devino transnacional. Las et capitalizaron el desarrollo del mercado interno y se apoderaron de las ramas y actividades más dinámicas de la industria. La dependencia tecnológica se acentuó. Las decisiones fundamentales para la continuación del proceso de industrialización dejaron de estar en manos nacionales y pasaron a depender de decisiones externas, altamente centralizadas tomadas en el ámbito de las et (Furtado, 1967; Sunkel, 1971).

Los países de mayor desarrollo relativo de América Latina avanzaron, con el concurso de la IED y del Estado, en la producción de bienes intermedios (siderurgia, química y petroquímica) y con menor éxito en la producción de bienes de capital. Sin embargo dichos avances fueron insuficientes para crear una base endógena de acumulación de capital y un sistema productivo más coherente e integrado.

Las dificultades que estancaron los efectos hacia atrás de la industrialización sustitutiva y la creación de un núcleo crítico de dinamización tecnológica estuvieron vinculadas a factores objetivos como el tamaño del mercado, angostado por la alta concentración del ingreso, la restricción de divisas o la trasnacionalización de las decisiones. Sin embargo también obedecieron, como agudamente observó Albert Hirschman (1968), a errores de política económica que desalentaron la marcha del proceso hacia atrás, entre los que destacaron la aplicación de políticas cambiarías que indujeron la sobrevaluación de las monedas, así como la insuficiente protección a la importación de insumos y bienes de capital.

La inserción de la ET en el proceso de industrialización significó como Sunkel (1971) lo señaló en su tiempo, un proceso simultáneo de integración transnacional y de desintegración nacional. La heterogeneidad estructural del sistema no desapareció, sino que sólo cambió y se hizo más compleja. La vieja dicotomía entre el sector moderno y sector atrasado reapareció bajo nuevas formas. Al sector exportador moderno heredado del MPI se sumó un nuevo sector moderno lidereado por la industria orientada al mercado interno. Al sector tradicional antes circunscrito fundamentalmente al mundo rural, vino a agregarse un nuevo sector de marginados urbanos que emigraron del medio rural, pero que no lograron ser absorbidos por el sector moderno. A pesar del dinamismo de la industria, al operar ésta con técnicas de producción intensivas en capital importadas del centro y diseñadas para una dotación de factores distinta, resultó incapaz de absorber la migración procedente del campo, dando origen al fenómeno de la economía informal, que ahora nos inunda.

El MSI no modificó la alta concentración del ingreso heredada del modelo anterior. El mercado de bienes manufacturados se mantuvo concentrado en los grupos de altos ingresos. Si bien el dinamismo de la acumulación de capital hizo posible la incorporación de las capas medias al consumo de bienes duraderos, amplios segmentos de la población se mantuvieron al margen de ese proceso. Ante la ausencia de acciones correctivas encaminadas a mejorar la distribución del ingreso por parte de Estados crecientemente transnacionalizados y vinculados a las nuevas oligarquías internas que se desarrollaron con el MSI, la acumulación siempre chocó con los límites que le marcaba la existencia de un mercado estrecho y concentrado (Salama, 1981).

De esa manera, se configuró una estructura industrial desarticulada, sesgada hacia el consumo suntuario; una industrialización "trunca" para recordar la expresión utilizada por Fanjzylber (1983) que carecía de una base endógena de acumulación de capital. Los avances para crear una base científica y tecnológica propia fueron fragmentarios y se circunscribieron a algunas actividades, generalmente controladas por el Estado, o se efectuaron en las universidades públicas, las que realizaban proyectos, la mayoría de las veces separados de las actividades productivas.

Por las razones expuestas y por el mantenimiento de una protección que Fajnzylber calificaba de "proteccionismo frívolo" por acabar apoyando a ET o empresas o grupos oligopólicos nativos que no requerían de barreras de esa magnitud, esa industria producía a altos costos, lo que la alejaba de los mercados externos y provocaba ese sesgo anti exportador que señalaban los críticos del modelo (Little, Scitovsky y Scott, 1970).

Por ello y por la alta dependencia del sistema productivo en las importaciones de insumos y bienes de capital, la restricción externa presente desde el MPI, lejos de resolverse, se reprodujo bajos nuevas formas.

Después de una primera etapa en la que, gracias a la sustitución, el coeficiente de importaciones registró una fuerte disminución, comenzó a estabilizarse y luego rápidamente a incrementarse, conforme se avanzaba de la sustitución fácil a la sustitución difícil. Las importaciones de bienes finales fueron sustituidas por compras de bienes intermedios y de capital. Como estas importaciones tienen una elasticidad-ingreso superior a la unidad, resultó que el desequilibrio comercial tendía aumentar más rápido que el crecimiento del PIB.

El desequilibrio externo se agravó, además, por el descuido relativo del sector agropecuario. Mientras que la estructura productiva se modificó, constituyéndose la industria en el eje del proceso de acumulación de capital, las exportaciones siguieron descansando en productos primarios. Estas perdieron dinamismo ante la existencia de una relación de precios interna desfavorable para los productos agropecuarios, un insuficiente apoyo estatal y la ausencia o abandono de los programas de reforma agraria.

La restricción externa, es decir, la incapacidad estructural de los países de la periferia de generar las divisas necesarias para financiar la reposición y ampliación de la planta productiva fue claramente advertida por diversos autores. En contraposición de lo que señalan hoy voceros del pensamiento único, en el sentido de que la teoría latinoamericana del desarrollo se empeñó en sostener una estrategia de industrialización estatista e inviable que nos aisló el mercado mundial, una revisión de los trabajos estructuralistas y dependentistas de los años setenta nos revela, por el contrario, importantes tesis sobre las contradicciones que enfrentaba el desarrollo del MSI y sobre la necesidad de practicar reformas profundas para enfrentarlas y alcanzar niveles superiores de desarrollo, las que, entre otras, incluían la revisión de la protección y el aliento de las exportaciones de manufacturas. Tales tesis merecen una revisión cuidadosa de los científicos sociales del presente para construir una estrategia alternativa distinta a la neoliberal.

En un importante trabajo (Tavares, 1972, p. 38-39) destacaba la importancia del estrangulamento externo en el devenir del MSI:

Nuestra tesis central afirma que la dinámica del proceso de desarrollo por medio de la sustitución de importaciones puede atribuirse, en síntesis, a una serie de reacciones a los sucesivos desafíos, provocados por la estrangulación del sector externo, a través de los cuales la economía va haciéndose menos dependiente del exterior en lo cuantitativo, además de transformar cualitativamente la índole de tal dependencia. A lo largo de este proceso, del cual resulta una serie de modificaciones estructurales de la economía, se van manifestando sucesivos aspectos de la contradicción básica que le es inherente, entre las necesidades de crecimiento y la barrera que representa la capacidad para importar.

Enfrentado el MSI a sus contradicciones internas, los gobiernos sin la base política para recuperar autonomía frente al exterior y emprender las reformas necesarias para ampliar los horizontes del modelo, atrapados nuestro países en una crisis estructural que apareció al mismo tiempo, a finales de la década de los sesenta en los países desarrollados como en la periferia del sistema, los gobiernos de la época se recurrieron a la opción más fácil del endeudamiento externo para financiar sus crecientes desequilibrios externo y presupuestario y a profundizar la intervención estatal de la economía para contrarrestar la contracción de la inversión privada.

El endeudamiento externo adquirió, cada vez más, la forma de un endeudamiento ponzi, es decir un endeudamiento especulativo empleado principalmente para financiar deudas anteriores, Ello se facilitó porque, como consecuencia de la propia crisis del modo de regulación fordista en el centro, los bancos transnacionales acumularon enormes recursos líquidos en el mercado del eurodólar. Asimismo el proceso fue facilitado por el hecho de que las tasas de interés reales se tornaron negativas, como consecuencia del relajamiento de la política monetaria de la Reserva Federal de Estadounidense. Esa parafernália deudora impulsada frenéticamente por los bancos acreedores y los organismos multilaterales (Stiglitz, 2003), bajo la falsa divisa de que "los gobiernos no quiebran", acabó por establecer los limites del MSI y determinar el tránsito al modelo neoliberal.

El escepticismo de la teoría de la dependencia sobre la posibilidad de alcanzar el desarrollo económico y social bajo los auspicios de una burguesía nacional dependiente del imperialismo, resultó certero (Gunder Frank, 1969).8 Este diagnóstico se basaba en un análisis profundo de la estructura social latinoamericana y de la relación de una burguesía dominante-dominada interna (Aguilar, 1967) vinculada orgánicamente con el capital transnacional y con el imperialismo. Sin embargo, los dependentistas, al confiar que los obstáculos del subdesarrollo se resolverían al triunfar la revolución socialista, con el mero cambio del régimen de propiedad de los medios de producción, perdieron capacidad propositiva en la tarea imprescindible de formular una estrategia de desarrollo exitosa. Como dice S. Líchstensztejn (2002, p. 97), la teoría de la dependencia "se basaba en grandes principios contestatarios sin propuestas operativas".

 

El desarrollo de México en el marco de la globalización El Consenso de Washington

La crisis de la deuda externa de 1982 señaló el fin del MSI. La decisión de los acreedores de suspender el financiamiento voluntario y la rigidez de los programas de ajuste impuestos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) orillaron a los países latinoamericanos a proyectar sus economías hacia el exterior y a financiar el pago del servicio de la deuda mediante la obtención de superávit en la balanza comercial, lo que se tradujo en una drástica compresión de la capacidad de importación y de los niveles de inversión, consumo y empleo.

Desde 1983 se inició en México, como en otros países latinoamericanos el tránsito al modelo neoliberal (MN), un modelo de economía abierta, orientado hacia fuera, caracterizado por la conversión de la exportación de manufacturas en el eje del régimen de acumulación.

El nuevo modelo fue una consecuencia de las tendencias mundiales a proyectar los sistemas productivos hacia el exterior como resultado de la crisis estructural iniciada a finales de los años sesenta en los principales países desarrollados, al concluir el largo auge de la segunda posguerra mundial. La globalización se convirtió en una estrategia de "salida" de la crisis para las ET más poderosas e internacionalizadas. A su vez, los grupos privados internos y los gobiernos de los países endeudados de la periferia encontraron en la globalización una opción para reconvertir sus empresas y dirigirlas hacia el mercado externo, principalmente al mercado norteamericano.

El fracaso del ajuste ortodoxo de los ochenta que postró a América Latina en una situación de estancamiento en la llamada década pérdida para el desarrollo, obligó a replantear las estrategias de reforma. A finales de esa década, se renegoció la deuda externa bajo los auspicios del Plan Brady, lo que produjo un cierto alivio en la carga de su servicio y, sobre todo, se impulsó la apertura de la cuenta de capitales, lo que permitió reanudar el crecimiento y financiar el desequilibrio de la cuenta corriente mediante el libre acceso de la inversión extranjera directa (IED) y de lo flujos privados de capital de cartera.

A la nueva estrategia, que consistía en diez medidas de política económica que abarcaban desde la disciplina fiscal hasta la liberalización comercial y financiera, se le denominó como el Consenso de Washington a partir del famoso artículo de John Williamson (1990), resultado de una conferencia organizada por ese autor bajo los auspicios del Instituto de Estudios Económicos Internacionales de Washington, en la que participaron economistas estadounidenses y de América Latina. Por Washington, Williamson aludía (p. 27) "tanto el Washington político del Congreso y miembros principales de la administración, como el Washington tecnocrático de las instituciones financieras internacionales, las agencias económicas del gobierno de Estados Unidos, la Junta de la Reserva Federal y a los "think tanks", grupo de expertos ideólogos". Williamson reconocía el peligro de que el Consenso fuera interpretado como una imposición de Estados Unidos hacia sus vecinos, pero se reconfortaba encontrando que los economistas latinoamericanos que asistían a la conferencia coincidían con los estadounidenses, por lo que se justificaba hablar de un Consenso.

El Consenso de Washington, en mi opinión, no sólo consiste en un decálogo de política económica impuesto desde Washington, con la colaboración del FMI y el Banco Mundial, ni refleja únicamente una convergencia de ideas como pretendía convencernos Williamson, sino que expresa, ante todo, un compromiso político, un entramado de intereses, entre el capital financiero globalizado del centro estadounidense y las elite internas de América Latina. Éstas buscaban con su inserción en la globalización una salida de la crisis y un nuevo campo de acumulación para sus capitales. Durante la etapa previa del ajuste ortodoxo de los ochenta, se habían consolidado en los gobiernos latinoamericanos, sobre todo en el área financiera, un vasto número de cuadros neoliberales educados en las universidades estadounidenses del establishment (Chicago, Yale y Harvard) dispuestos a aplicar religiosamente las "verdades" del nuevo decálogo neoliberal.

En el caso mexicano, con el ascenso de Miguel de la Madrid al poder, se fragua la base política del MN al emerger nuevos intereses empresariales y financieros, mediante la reconversión hacia el mercado externo de las ET y de los grandes grupos privados, así como con la creación de la llamada banca paralela, semillero de los que luego serían los usufructuarios de la privatización bancaria salinista.

La recomposición del "bloque en el poder" que entrañó el tránsito al nuevo modelo, atravesó a los partidos y grupos políticos. Dentro del partido oficial, se fueron consolidando los cuadros neoliberales desplazando gradualmente a los formados en los viejos moldes de la "ideología de la revolución mexicana". Ese conflicto se manifestó abiertamente en 1988 con la salida del PRI de Cuaúhtemoc Cárdenas y otros connotados priístas, lo que después darla lugar a la formación del pro (Guillen, 2000).

Ese compromiso político que representaba el Consenso de Washington se evidenció de manera diáfana en la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El TLCAN implicó un acuerdo entre gobiernos y grupos empresariales oligopólicos que veían en la integración una palanca importante para ampliar sus mercados y zonas de operación e influencia, así como para maximizar sus beneficios. En lo fundamental, fue impulsado por los grupos y empresas más globalizados del capital financiero de Estados Unidos, así como por los grupos y empresas más poderosos de Canadá y México.

Las ET estadounidenses más globalizadas veían en el TLCAN un instrumento para elevar sus niveles de competitividad en relación con otras regiones del mundo (Europa y Asia, principalmente). Para el gobierno de Estados Unidos se trataba también de llevar a la práctica un conjunto de reglas para la operación de las inversiones extranjeras que conceden a éstas una libertad irrestricta, así como un conjunto de prerrogativas: propiedad intelectual, tratamiento nacional a los inversores extranjeros, eliminación de normas de comportamiento, etcétera), que se han impulsado en diversos foros multilaterales y tratan de aplicarse en escala mundial. Las grandes empresas canadienses y mexicanas, por su parte, buscaban, mediante la apertura y el TLCAN, modificar sus estrategias y reconvertir sus empresas hacia el mercado exterior para insertarse en una economía mundial crecientemente globalizada.

 

Crecimiento económico mediocre e inestable

Con el MN y bajo el influjo de la apertura comercial decidida unilateralmente en 1985 e impulsada con la entrada en vigor del TLCAN, la economía mexicana se convirtió en una de las economías más abiertas del mundo.

El éxito exportador del modelo neoliberal en México es un hecho conocido. El comercio exterior de manufacturas creció de manera acelerada durante las últimas dos décadas, sobre todo a partir de la entrada en vigor del TLCAN (véase la gráfica 1). Éstas se quintuplicaron en los noventa, al aumentar de 27 828 millones de dólares (MD) en 1990 a 145 334 MD en 2000; su crecimiento fue muy dinámico, con tasas de dos dígitos. Como proporción de las exportaciones totales pasaron en el mismo período de 68 a 91.7 por ciento; más de la mitad de las exportaciones manufactureras (54.7%) son de las maquiladoras.

Sin embargo, el dinamismo del sector externo no se reflejó en el comportamiento global de la economía mexicana. Como puede observarse en la gráfica 1 el crecimiento del PIB ha sido raquítico. E sector exportador no ha jugado el papel de locomotora de la economía que postulaban los impulsores del modelo.

La tasa de crecimiento anual del PIB en el período neoliberal ha sido muy baja. Durante la década perdida de 1980-1990 fue de solamente 1,2%, lo que significó un retroceso significativo en el ingreso por habitante. En 1990-2000, a pesar del ingreso masivo de flujos privados de capital el crecimiento promedio fue de sólo 3.5%, muy por debajo del 6.5% alcanzado durante el MSI. En 2001-2003, durante la administración de Fox, el estancamiento ha sido la norma. Como se aprecia en el cuadro 1, la economía latinoamericana en su conjunto se comportó de manera semejante. La receta del Consenso de Washington en el sentido de que bastaba acelerar la apertura comercia financiera y en confiar crecientemente en el mercado y en la inversión para recuperar la capacidad de crecimiento, resultó un completo fracaso en el caso de México.

El crecimiento económico no sólo ha sido mediocre e insuficiente para absorber el crecimiento de la fuerza de trabajo y reducir el desempleo y subempleo, sino altamente inestable. La economía mexicana registró una recuperación modesta durante los primeros tres años de la administración salinista, lograda mediante el influjo de más de 100 000 MD por concepto de IED, privatizaciones y capital de cartera, lo que, dicho sea de paso, abrió un nuevo ciclo de endeudamiento. Esa recuperación abortó en 1994 dando lugar a la más importante crisis de la historia contemporánea de México, calificada por diversos analistas como la "primera crisis de la globalización neoliberal". Existe un creciente consenso en que dicha crisis no puede ser atribuida al llamado pasado populista, sino que fue provocada por la inestabilidad causada por la apertura comercial y sobre todo por la apertura financiera efectuada bajo los parámetros del Consenso de Washington.

Dicha crisis no sólo significó una aguda recesión, sino también el colapso del sistema financiero y la quiebra del sistema bancário. La salida de la crisis fue posible gracias al paquete Clinton y a una nueva dosis de ajuste ortodoxo, con su consabido costo social, de parte de la administración de Zedillo; ello restableció la confianza de los "inversionistas" financieros externos. El retorno de los flujos externos de capital hizo posible una nueva recuperación cíclica, la que perdió fuerza con la irrupción de la crisis asiática de 1997-1998 y se extinguió con la recesión estadounidense de 2002.

En suma, el MN ha resultado incapaz de vigorizar el proceso de acumulación de capital y de impulsar un crecimiento alto y durable del PIB. Ha carecido de uno de los requisitos mínimos que exige el desarrollo: imprimir dinamismo al desenvolvimiento de las fuerzas productivas. Esa deficiencia, en mi opinión, es una consecuencia de los cambios que el modelo ha provocado en la configuración del sistema productivo. Este se ha vuelto más desarticulado y extravertido que el prevaleciente en la etapa anterior de la sustitución de importaciones, lo que impide que la modernización conseguida en el sector exportador se irradie al conjunto de la economía.

 

Nuevo dualismo: maquilización y trasnacionalización del sistema productivo de México

Los cambios en el sistema productivo y en la estructura industrial de México han estado determinados, fundamentalmente, por los movimientos del capital extranjero. Las estrategias de las ET han decidido:

1. Los principales cambios en la propiedad de los activos;

2. La ubicación sectorial y la localización geográfica de las inversiones, y

3. El destino geográfico de los bienes que producen (mercado externo vs. mercado interno; mercado norteamericano vs. mercado mundial).

En el marco del TLCAN, México es un espacio que utilizan las ET estadounidenses para acrecentar su competitividad trasladando hacia "su periferia" ciertas actividades o fases de sus procesos. Se trata de IED cuyo objetivo es beneficiarse de ventajas comparativas en materia de costos laborales, costos de transacción (costos de transporte, sistemas fiscales blandos) y normas ambientales menos estrictas, lo cual genera efectos de aglomeración en los espacios regionales donde se ubican.

Los flujos de IED que han ingresado a México desde la apertura comercial de mediados de los ochenta y sobre todo a partir de la firma del tucán, se han dirigido principalmente a la industria automotriz y de autopartes, así como a la producción maquiladora en electrónica, computación y confección y otras. La estrategia de las ET en México, así como en Centroamérica y el Caribe se ha orientado en las últimas dos décadas a establecer operaciones de ensamblaje para construir una plataforma de exportación hacia Estados Unidos y el mercado mundial.

Las ET y las maquiladoras son el núcleo principal del sector exportador mexicano. Con la entrada en vigor del TLCAN se esperaba la desaparición gradual de las maquiladoras y su sustitución por una industria exportadora más sólida y articulada. Pero en vez de un proceso de industrialización de la maquila, se ha producido, por el contrario, una maquilización de la industria. La electrónica, la confección, la computación, las autopartes, etcétera, es decir, ramas completas de la actividad manufacturera, funcionan ahora como maquiladoras manteniendo una conexión muy escasa con el mercado interno. Así, mientras que la ocupación en la industria manufacturera se mantuvo prácticamente estancada entre 1994 y 2000 al pasar de 1372 253 plazas a 1 483 899, la ocupación en las maquiladoras se acrecentó en el mismo período de 600 585 a 1 242 779 (Vidal, 2001). El crecimiento de las maquiladoras ha sido explosivo, en particular a partir de la entrada en vigor del TLCAN, aunque su expansión se ha detenido a partir de la recesión estadounidense en 2001 (véase la gráfica 2).

La profundización de la integración económica ha dado lugar a un intenso proceso de destrucción -restructuración- desarticulación del sistema productivo de México. Ello ha implicado la ruptura de las cadenas productivas internas creadas durante el MSI.

Con la integración, la estructura de precios relativos de la economía dominante se impuso en los mercados integrados, causando todo tipo de distorsiones, pues dicha estructura de precios no se corresponde con los menores niveles de desarrollo y por ende de productividad de la economía mexicana. El ejemplo más patente de este efecto se encuentra en la agricultura, donde la entrada de granos básicos de Estados Unidos y Canadá ha provocado la destrucción de las economías campesinas favoreciendo la aceleración de los flujos migratorios hacia el norte. Es notorio que la integración ha implicado también procesos de desindustrialización, como lo evidencia la práctica desaparición de la incipiente industria de bienes de capital que llegó a conformarse en el MSI, así como la precaria situación de muchas empresas productoras de bienes intermedios.

La ruptura de las cadenas productivas nacionales coincidió con la creación de nuevas cadenas de carácter transnacional (en el ámbito de América del Norte) montadas en torno al sector exportador. El eje aglutinador de las nuevas cadenas "supranacionales" que operan en el espacio del TLCAN son las ET. Estas ejercen efectos de aglomeración. En los espacios donde operan estas empresas regionalizadas (muchas de ellas, las más poderosas, con una lógica mundializadora) producen efectos tanto de atracción e impulso como de freno. Por un lado se generan procesos de creación y reforzamiento de polos de desarrollo y, por otro, efectos de desestructuración o de destrucción de otras empresas y actividades que estaban orientadas al mercado interno. La industria concentrada en éste se mantiene en una situación vegetativa y defensiva, sometida a una fuerte competencia de los productos importados.

El MN ha acentuado la heterogeneidad estructural del sistema productivo y de la estructura social. Se han generado procesos de marginalidad, de exclusión y descomposición social y aún de desintegración cultural. Los desequilibrios regionales son ahora más marcados: el norte "rico" se ha distanciado más de un sur "pobre", aislado de la integración globalizadora.

El sector exportador funciona como una suerte de enclave. El viejo problema del dualismo estructural, característico del subdesarrollo, en vez de atenuarse, se agravó además de volverse más complejo. Dentro del sistema productivo y en la estructura de la industria, existen tres niveles claramente diferenciados:

• En la cúspide de la pirámide, el sector exportador manufacturero y maquilador, convertido en el eje dinámico del sistema, aunque aislado del resto del sistema, productivo

• El antiguo sector moderno creado durante la etapa de sustitución de importaciones, integrado por pequeñas, medianas y hasta grandes industrias, separadas del sector exportador y dependientes del mercado interno

• Los sectores atrasados: las antiguas actividades tradicionales, urbanas y rurales (destacadamente las comunidades indígenas), y la cada vez más densa franja de la economía informal

El progreso técnico conseguido en el sector exportador no se irradia al conjunto del sistema productivo, lo que impide la construcción de una base endógena de acumulación de capital. El progreso técnico se concentra, como en los tiempos del modelo agrario-exportador vigente hasta la gran crisis de los años treinta del siglo pasado, en el sector dinámico de la economía (el sector exportador) sin transferirse, salvo mínimamente, a otras actividades. La IED invertida en las maquiladoras y en otros segmentos del sector exportador, tiene todas las características de las inversiones de enclave de épocas pasadas. Como decía Perroux (1981, p. 45):

Cuando una inversión portadora de innovación, cuando una empresa motriz se instala en un punto del espacio parcelado, los efectos de multiplicación y de complementariedad no se propagan (...) Estas economías de enclave se yuxtaponen sin relacionarse.

Al centralizarse el progreso técnico también se concentran, de manera concomitante, las ganancias de productividad, indispensables para la modernización del resto del sistema productivo, del cual depende la mayoría de la población mexicana. Como el modelo exportador funciona sobre la base de salarios reales bajos y restringida participación directa del Estado en la economía (véase gráfica 3), el mercado interno en vez de expandirse se ha estancado, afectando seriamente a la mayoría de las empresas y actividades que dependen de éste. El gasto público programable como porcentaje del PIB se redujo de 27% que tenía al irrumpir la crisis de la deuda externa a 15.3% en 1990, A lo largo de esta década se ha estancado en este nivel, lo que revela la presión que ejerce sobre las finanzas públicas el servicio de la deuda pública. La caída de la inversión pública ha sido aún más pronunciada que la del gasto.

En el plano social, los cambios en el sistema productivo se han traducido en el fortalecimiento y enriquecimiento de las capas altas ligadas al sector exportador y a las actividades financieras, en el debilitamiento de las clases medias, así como en el incremento de los marginados y excluidos.

En resumen, el MN ha creado un sistema productivo desarticulado y extrovertido, carente de motor interno y sujeto a los vaivenes del mercado estadounidense, dependiente de ventajas competitivas estáticas como el bajo nivel de los salarios o la cercanía geográfica a Estados Unidos. Lo que tenemos con la inserción en la globalización neoliberal, no es un proceso de desarrollo económico, sine una nueva etapa de lo que Gunder Frank llamó con razón, el "desarrollo del subdesarrollo". Así, u-oasis de progreso en el sector exportador coexiste con un desierto de atraso y de miseria en el resto del sistema productivo.

 

La restricción externa y la vulnerabilidad financiera del modelo neoliberal

El MN fue presentado por sus promotores como uno que permitiría superar la restricción externa Supuestamente, el nuevo modelo tendería a corregir la tendencia estructural al desequilibrio externo, característica tanto del modelo agrario-exportador como del modelo de sustitución de importaciones.

Se suponía que al cambiar la orientación de la industria hacia fuera se superarla el sesgo antiexportador de la sustitución de importaciones, lo que permitiría conseguir, mediante el comercio exterior, las divisas que demanda la continuidad del proceso de crecimiento. Se generaría, así, una base endógena de acumulación de capital y de financiamiento, lo que tendería a eliminar de manera gradual la dependencia de la economía respecto del financiamiento externo.

Sin embargo, la recomposición del sistema productivo inducida por el modelo acentuó la tendencia estructural al desequilibrio externo, al incrementar la dependencia respecto de las importaciones. Ésta no se limita a las empresas maquiladoras o a las empresas exportadoras, sino se extiende a las empresas que operan en otras regiones del territorio nacional y que producen para el mercado interno. Por la ruptura de las cadenas productivas internas, aún estas empresas deben satisfacer sus necesidades de insumos mediante importaciones, en mayor medida que durante el MSI.

El coeficiente de importaciones ha aumentado con gran fuerza. Dicho coeficiente se incrementó de 8% en 1985 al comenzar el proceso de apertura externa a 27.4% en 2000. Tan sólo desde 1994, fecha de entrada en vigor del TLCAN, este indicador ha aumentado más de ocho puntos porcentuales (véase la gráfica 4).

Dada la desconexión del sector exportador del resto del sistema productivo, su capacidad de arrastre de la economía es muy restringida. De allí que no sea sorprendente la coincidencia, durante los noventa, de un alto crecimiento de las exportaciones y un mediocre comportamiento en materia de crecimiento económico.

Debido a la gran dependencia del sistema productivo respecto de las importaciones, el desequilibrio de la balanza comercial se ha acentuado como se observa en la gráfica 5, no obstante el auge exportador asociado al modelo, el déficit de la industria manufacturera rebasa con creces al de la economía en su conjunto. Y, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, el desequilibrio externo no se corrige cuando la economía se desacelera, como evidencia lo sucedido a partir de 2001, cuando la economía entró en recesión.

Debido a la persistencia de la tendencia estructural al desequilibrio externo, el modelo es altamente dependiente de la atracción de recursos financieros del exterior. Durante los años posteriores a la crisis de 1994-1995, el financiamiento del déficit externo ha provenido del ingreso de inversiones extranjeras directas -principalmente dirigidas a la compra de activos existentes- y del ingreso de capital de cartera, sobre todo en el mercado bursátil, lo que provoca el mantenimiento de políticas monetaria y fiscal restrictivas. Ello se traduce en altas tasas reales de interés y crecimiento económico mediocre.

La afluencia de recursos externos provoca la sobrevaluacíón de la moneda, lo que a su vez, se convierte en un factor de atracción de capitales del exterior. Así, a pesar de la existencia de un régimen cambiario de tasas flotantes, el peso se ha sobrevaluado de forma persistente. Los ajustes a la baja del tipo de cambio se han limitado a los periodos de volatilidad internacional, como durante la casis asiática y sus secuelas y ahora en el marco de la incertidumbre generada por la recesión y los problemas de la economía estadounidense.

El peso del endeudamiento público y privado sobre la economía mexicana es muy alto. Constituía quizás el obstáculo más importante para la aplicación de una auténtica política de desarrollo economíco y social. En otro trabajo (Guillén, 2003), estimo que el monto total de la deuda externa e interna 2002, incluyendo los programas de rescate de la banca y otros sectores, así como los pasivos laborales del sistema de pensiones, es de 442 000 millones de dólares, lo que representa 70% del PIB.

 

Los costos sociales del modelo

Los impulsores del Consenso de Washington supusieron que una vez que la reforma neolibera pusiera en marcha, se recuperaría el crecimiento económico y éste "gotearía" hacia el resto del sistema y al conjunto de la población mejorando progresivamente las condiciones sociales de vida y eliminando gradualmente la pobreza.

Nada de esto sucedió. El problema es que los neoliberales partían de un modelo excesiva te simplista de la economía, aferrados como han estado siempre, a la vieja e incorrecta teoría del librio. Suponían equivocadamente que el problema central era la competitividad, reducida ésta a un asunto de eficiencia macroeconómica, y que los problemas sociales se resolverían por sí mismos (Stiglitz, 2003). Como dice este autor (p. 27), se trataba de un modelo "fundamentalista de mercado" equivocado que:

No tuvo en cuenta las limitaciones derivadas de una información restringida y asimétrica de los mercados incompletos y la competencia imperfecta: todas ellas son limitaciones importantes cualquier economía, pero especialmente en las economías en desarrollo.

Pero además de que partían de un enfoque equivocado sobre el funcionamiento real de la economía y en particular de la economía del subdesarrollo, olvidaban el carácter concentrador del ingreso a través del mercado, así como muchas otras cosas, como el papel de las instituciones y de las organizaciones de la sociedad civil en el desarrollo económico y social. El problema principal fue que el MN se reveló incapaz de resolver la misión elemental de cualquier régimen de acumulación que es el de garantizar la reproducción ampliada del capital.

En otras palabras, lo central no fue que la teoría del "goteo" fuera incorrecta, sino que el MN no ha generado crecimiento. Y sin éste no puede haber, como se dijo arriba, ni desarrollo económico ni tampoco progreso social.

De allí que no sorprendan los resultados que encuentra el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en su último informe (ONU, 2003, p. 34). Según este organismo, en la década de los noventa hubo retrocesos en la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio:

En 54 países la pobreza es mayor ahora que en 1990. En 21 países ha aumentado el porcentaje de personas que pasa hambre. En 14 países son más los niños que mueren antes de cumplir los cinco años de edad. En 12 países la tasa de matriculación en primaria ha descendido. En muchos países la situación ni mejora, sino que simplemente se ha estancado.

Al analizar la situación por regiones y países, el PNUD encuentra que mientras que China, India y el sudeste asiático realizaron en la década de los noventa progresos en la erradicación de la pobreza y en el mejoramiento de sus Indices de Desarrollo Humano, América Latina y El Caribe así como los países exsocialistas de Europa Oriental se han estancado, mientras que África ha retrocedido.

Lo que no dice la ONU es que en el caso de Asia se trata de países que se insertaron en la globalización neoliberal, pero que resistieron mejor que otros los embates del Consenso de Washington y mantuvieron márgenes de autonomía importantes en el manejo de su política económica. En el extremo opuesto, los países de América Latina y los exsocialistas de Europa fueron los alumnos dóciles del experimento neoliberal. En el caso de África, aunque sus gobiernos no han estado exentos de la aplicación de recetas neoliberales su retroceso se explica, sobre todo, por el hecho de que, debido a su atraso relativo, ha sido marginada de la globalización.

México, para no aludir al caso dramático de Argentina que borró en unos cuantos años décadas de progreso social y cultural con su experimento neoliberal, es un ejemplo vivido del retroceso social que ha significado el MN.

El ingreso en México se ha concentrado como nunca antes. Según datos de la ONU, en 1998, 20% más pobre de México recibía solamente 3.4% del ingreso nacional, mientras que 20% más rico absorbía 57.6%. Y en los extremos de la pirámide social, el decil de la población más pobre se quedaba con 1.2%, mientras que 10% más rico acaparaba 41.6 por cierto.

El retroceso social ha dependido principalmente del deterioro de los salarios reales y de la anémica evolución del mercado laboral, que ha lanzado a millones de mexicanos al desempleo, a la economía informal, a la migración hacia Estados Unidos y al seno familiar. Según una encuesta reciente del INEGI, 11 millones de personas (27% de la población ocupada) constituyen el mundo de la economía informal, a los que habría que agregar una proporción importante de los 17.5 millones, que según la misma fuente, se dedican a los quehaceres domésticos. No serla exagerado entonces arribar a la cifra de alrededor de 40 o 50 por cierto de trabajo en condiciones de informalidad. La diferencia entre la marginalidad actual y la marginalídad de la etapa del MSI es que anteriormente los marginados eventual o temporalmente lograban insertarse en el sector formal de la economía, mientras que ahora se trata de auténticos excluidos sociales sin ninguna conexión con aquél, con todo lo que eso significa en términos de descomposición social y desintegración cultural.

El deterioro de los salarios reales es un proceso que comienza en el umbral de la década de los ochenta. Boltvinik (1999, p. 26) considera que en esa década e ingreso per cápita de los trabajadores descendió 37%. Los factores que explica, según él, ese deterioro fueron la reducción de la participación de los salarios en el producto nacional y el aumento del número de dependientes económicos en la familia, derivado éste del estancamiento económico y de la debilidad del mercado de trabajo.

La política de ajuste ortodoxo aplicada en ese período jugó un papel central en ese proceso de deterioro de los ingresos reales. El abaratamiento de los salarios constituye, además, un elemento inherente a la lógica del modelo exportador basado en ventajas comparativas estáticas.

Durante los noventa el proceso de deterioro de los ingresos reales de los trabajadores y de las capas pobres del campesinado continuó, aunque a un menor ritmo. La recuperación efímera salinista de 1989-1993, detuvo un tanto el proceso, piro la crisis de 1994-1995 significó una nueva caída abrupta, que no se pudo revertir con la recuperación zedillista de 1997-2000.

No todos los indicadores sociales se han deteriorado durante el MN. Ciertos indicadores en salud, educación o acceso a servicios básicos (agua, drenaje, etcétera) han mejorado cuantitativamente a pesar de la crisis y de las políticas económicas restrictivas, aunque ciertamente la mejoría fue más lenta que en décadas anteriores.

México ocupa el lugar 55 en los índices de desarrollo humano elaborados por la ONU, lo que lo incluye en el último lugar de la lista de países de desarrollo humano alto. Aunque su posición es mejor que la de Brasil, se encuentra detrás de varios países latinoamericanos como Trinidad y Tobago, Cuba, Chile, Costa Rica, Uruguay, Argentina y Barbados.

El que ciertos indicadores sociales hayan seguido mejorando inercialmente en México a pesar del deterioro de los ingresos reales, tiene que ver más con la teoría desacoplamiento de los procesos económicos y sociales de la que habla Hirschr (1995) que con la aplicación de políticas públicas correctas. Se trata de fenómenos culturales que adquieren como dice este autor "vida propia".

Sin embargo, esa vida propia, ese mejoramiento inercial de indicadores como la esperanza de vida al nacer, la tasa de mortalidad infantil o la matriculación en la educación básica, tiene límites precisos y no puede continuar indefinidamente. Tarde o temprano, esos indicadores no podrán mejorar si no se destinan mayores recursos a la ampliación de los servicios educativos y de salud y si no se fortalece la democracia entendida ésta no sólo como democracia electoral que admite la alternarcia de partidos, sino como democracia participativa, de un pueblo que se organiza y decide. En ambos rubros México presenta obvios déficit. Ese mejoramiento cuantitativo de indicadores puede, por lo demás, ocultar y de hecho lo hace, un deterioro cualitativo de los servicios públicos de educación y de salud.

 

Conclusiones

El desarrollo es proceso multidimensional que involucra factores económicos, sociales, políticos y culturales.

La teoría latinoamericana del desarrollo, en sus vertientes cepalina y de la dependencia, que floreció en América Latina en la posguerra hasta la década de los setenta, fue importante porque se trató de un esfuerzo teórico propio tomando en consideración las peculiaridades del subcontinente y de su historia. Dicha teoría nos hizo pensar "con nuestras propias cabezas", como decía Raúl Prebisch (citado por Furtado, 2000).

Dicha teorización permitió delimitar la especificidad del subdesarrollo y trazar una estrategia de desarrollo eficaz por varias décadas. No sólo eso. Nos dio elementos para entender los límites y contradicciones del proceso de industrialización en el marco de un sistema mundial regido por relaciones de dominación-dependencia. La relectura crítica de sus aportes constituye un valioso activo para salir del marasmo neoliberal y encontrar vías alternativas al desarrollo.

La profundidad y complejidad de la crisis que irrumpió en los años setenta del siglo pasado impulsó a las fracciones más poderosas e internacionalizadas del capital financiero, apoyadas en sus respectivos Estados, a buscar una salida a sus problemas mediante la globalización rompiendo las barreras que se oponían a la libre movilización de las mercancías y de los capitales.

Los países de la periferia de mayor desarrollo relativo, los después llamados mercados emergentes, atenazados por la deuda externa, fueron invitados a la fiesta de globalización neoliberal, pero fueron invitados de piedra. Mediante una estrategia simplista que implicaba especializarse en actividades intensivas en mano de obra que elevarían su competitivídad internacional, se aplicaron políticas "fundamentalistas de mercado".

Los resultados del MN han sido funestos. Su puesta en práctica no ha traído crecimiento, ni fortalecimiento de la planta productiva, ni desarrollo científico y tecnológico, ni progreso social. En vez de avanzar en materia de desarrollo económico y social hemos retrocedido, lo que amenaza la estabilidad social y la gobernabilidad política.

El MN si bien ha tenido un efecto modernizador en algunos segmentos de la industria manufacturera, ha acentuado la heterogeneidad estructural del sistema productivo -el cual carece de una base endógena que sustente la acumulación de capital y el crecimiento dinámico de la economía- y ha agudizado las desigualdades sociales entre países y dentro de los países. México ha experimentado durante las últimas dos décadas un incremento sin precedente de la pobreza.

En la hora presente, el crecimiento alto y duradero es una mera ilusión, el sistema productivo es más extravertido y desarticulado que el que existía durante el MSI y, fuera de una minúscula minoría que se ha enriquecido escandalosamente, la mayoría de la población sufre un deterioro persistente de sus condiciones de vida y de trabajo.

El MN es un modelo altamente inestable. Como no resuelve sino que agrava la tendencia estructural al desequilibrio externo, es altamente dependiente de los flujos de capitales del exterior, lo que es fuente de crisis financieras y económicas recurrentes, como lo constata la experiencia de las últimas dos décadas.

América Latina está urgida de construir una estrategia de desarrollo alternativa. La globalización neoliberal aunque cuestionada, mantiene fortaleza porque atrás de ella se mueven intereses poderosos. De allí que la estrategia alternativa no puede significar en el momento actual una ruptura con la globalización, sino una inserción activa diferente a partir de un proyecto nacional.

Se requiere de una estrategia interna orientada a recuperar el crecimiento y elevar los niveles de empleo. Ello implica entre otros objetivos: dar prioridad a la satisfacción de las necesidades básicas de la población y a la eliminación de la pobreza extrema; construir un sistema productivo más articulado que fortalezca el merca interno, sin dejar de promover las exportaciones; reorganizar las economías campesinas; recobrar autonomía frente al exterior en el manejo de la política económica aplicar una visión más equilibrada entre mercado, Estado y organización de la sociedad civil.

La puesta en marcha de una estrategia alternativa de desarrollo, convendría insistir, no es un problema meramente técnico, sino político. Una nueva estrategia clama de los agentes sociales y de las fuerzas políticas que la impulsen y la concreten. Los avances, aunque modestos, logrados por los gobiernos de Lula en Brasil, Chávez en Venezuela y Kirschner en Argentina en la reorientación de sus políticas, muestran la justeza de esta tesis. Coincido con Furtado (1999. p. 64-65) cuando afirma que:

La mayor dificultad que se enfrenta es la de generar una voluntad política capaz de poner en marcha un proyecto de esta naturaleza, pues existe un condicionamiento mutuo entre la estructura del sistema productivo y el perfil de la distribución del ingreso (...)

La consecución de estos objetivos presupone, evidentemente, el ejercicio de una fuerte voluntad política apoyada en un amplio consenso social.

 

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Notas

1 "Volvemos a toparnos, así, con el problema fundamental ya referido: el comportamiento de las economías subdesarrolladas no puede ser explicado sin que se tomen en cuenta las normas que rigen su inserción en el sistema económico internacional. En conclusión: una teoria del subdesarrollo presupone algunas hipótesis explicativas del fenómeno de la dependencia externa" (Furtado, 1967, p. 218).

2 Esto era claro en la etapa del MPI. En un clásico trabajo sobre el deterioro de los términos de intercambio entre el centro y la periferia H. W. Singer (1949) afirmaba; ¿"Es posible que nosotros, los economistas hayamos llegado a ser esclavos de los geógrafos? ¿No será quizá que en muchos casos los elementos de producción destinados a la exportación en los países poco desarrollados nunca llegaron a formar parte de su estructura económica interna más que en un sentido meramente geográfico y físico? Económicamente hablando, estos elementos serían en realidad prolongaciones de los países inversionistas más desarrollados".

3 El Artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece, por su parte, que "toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez y otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad."

4 El uso del concepto centro-periferia no es privativo del enfoque cepalino. Constituye un elemento central de la teoría de la economía-mundo desarrollada por Braudel y continuada por I. Wallerstein. Un análisis en términos de centro-periferia existe también en la teoría del imperialismo de finales del siglo XXI y comienzos del XX. Desconozco si Prebisch fue influido por ambas corrientes, pero en todo caso la originalidad de su aporte consistió en construir una teoría del subdesarrollo sobre bases nuevas, a partir del uso de dicho concepto.

5 Un enfoque paralelo al de Prebisch sobre el deterioro de los términos de intercambio en el comercio exterior, entre los productos primarios y los productos manufacturados, es el de H. W. Singer (1949).

6 Parecen existir razones suficientes para vincular el deterioro de los términos de intercambio con las grandes crisis del capitalismo. Al menos es lo que se desprende del análisis econométnco efectuado por J. A. Ocampo y A. Parra (2003), quienes no encuentran evidencia sobre un deterioro continuo de los precios de los productos básicos, pero sí observan una tendencia marcada al deterioro durante el período de entreguerras, que coincide con la gran crisis de los años 1920-1940, y de nuevo en los años setenta, cuando irrumpe otra gran crisis, la crisis del modo de regulación fordista vigente desde la posguerra.

7 "Tres corolarios importantes se desprenden del análisis anterior. El primero, es que el principal obstáculo al desarrollo no es la escasez de capital. Esto es contrario al punto de vista que se sostiene comúnmente y sobre el cual tanto énfasis se pone en los escritos occidentales sobre el desarrollo económico. Lo escaso en todos esos países es lo que hemos llamado el excedente económico real que se invierte en la expansión de los medios de producción. El excedente económico potencial del que puede disponerse para tales inversiones, es grande en todos ellos" (Baran, 1957, p. 234).

8 "En resumen el neoimperialismo y el desarrollo del monopolio capitalista están obligando a todos los sectores de la clase burguesa de América Latina a una alianza económica y a una dependencia aún más estrecha respecto de la metrópoli imperialista. La vía del capitalismo nacional por el neoimperialismo actual" (Gunder Frank, 1969, p. o estatal hacia el desarrollo económico les está cerrada 347).

 

Información sobre el autor

Arturo Guillen R. Licenciado en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México y Doctor en Ciencias Económicas en la Escuela Central de Planificación y Estadística de Varsovia. Profesor-investigador del Departamento de Economía de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa y jefe del Área de Economía Política y profesor del Doctorado en Estudios Sociales de la misma Universidad. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, de la Academia Mexicana de Economía Política y Coordinador de la Red Eurolatinoamericana de Estudios sobre el Desarrollo Celso Furtado, Es autor de diversos libros como México hacia el siglo XXI: crisis y modelo económico alternativo; Problemas de la economía mexicana; Imperialismo y ley del valor, y Planificación económica a la mexicana. Es coautor y coordinador de más de 20 libros colectivos y ha publicado alrededor de 40 artículos en revistas especializadas del país y del extranjero. El doctor Guillen también ha desempeñado cargos en el sector público y privado de México en las áreas financiera y energética.

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