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Migraciones internacionales

versión impresa ISSN 1665-8906

Migr. Inter vol.6 no.2 México jul./dic. 2011

 

Artículos

 

El habitus y los campos transnacionales en el proceso del transnacionalismo migrante

 

Habitus and Transnational Fields in the Process of Migrant Transnationalism

 

Renato Pintor Sandoval

 

Universidad Autónoma de Sinaloa. Dirección electrónica: renato_azul@hotmail.com.

 

Fecha de recepción: 15 de junio de 2009.
Fecha de aceptación: 20 de octubre de 2009.

 

Resumen

En sus estudios sobre transnacionalismo, Alejandro Portes sostiene que, una vez iniciada la migración, surgen redes sociales entre los migrantes y sus localidades de origen que con el tiempo permiten que este movimiento se sostenga por sí mismo. Además recalca que este mismo impulso puede apoyar a la continuidad de la migración, aun cuando los incentivos económicos originales se hayan reducido o desaparecido por completo. Por otro lado, la escuela de pensamiento sociológico de Pierre Bourdieu afirma que, en los procesos sociales y los socioespacios creados por el individuo, las trayectorias no son uniformes y suponen una relación de homología entre los diversos habitus que comparten una misma posición en representaciones distintas o campos sociales. Nuestro análisis se adhiere a la segunda escuela mencionada, toda vez que ésta no ha sido ampliamente divulgada entre los estudiosos de la migración transnacional.

Palabras clave: migración, transnacionalidad, procesos discontinuos, habitus, campos transnacionales.

 

Abstract

In his studies on transnationalism, Alejandro Portes argues that once the migration, emerging social networks between migrants and their places of origin, which over time allow the movement was sustained by itself. In addition it emphasizes that this momentum can support the continued migration even when the original economic incentives have been reduced or disappeared altogether. Furthermore, the school of sociological thought of Pierre Bourdieu argues that social processes and socioespacios created by the individual paths are not uniform, which represent a relationship of homology between the habitus that share the same position in or represent different social fields. Our analysis adheres to the second school mentioned, since it has not been widely disseminated among scholars of transnational migration.

Keywords: migration, transnationality, discontinuous processes, habitus, transnational fields.

 

Introducción

Los intentos de elaboración de teorías de la migración internacional han sido un cúmulo de trabajos separados y aislados; en su historia, relativamente corta, la teorización ha consistido en una sucesión de enfoques, modelos o marcos separados que por lo general son una serie de contribuciones acumulativas e inconexas, basadas en aportaciones previas de las teorías generales de las ciencias sociales. En sí, tales intentos han buscado ser valorados en cuanto a su capacidad de establecer una teoría general de la migración como propia; no obstante, se llegaría fácilmente a la conclusión de que no ha habido ninguno que haya tenido éxito (Arango, 2000). Esos modelos teóricos o enfoques han venido a transformarse para adaptarse cada vez más a la realidad que atraviesa la historia contemporánea de la migración internacional.

En los últimos años ha habido un interés análogo en un problema que tiene también una larga historia en la vida de los migrantes en sus lugares de llegada. Estos estudios tienen un planteamiento similar: la idea de las personas que viven simultáneamente en dos culturas y dos sociedades. La percepción de vivir en mundos sociales diferentes es un reflejo del desajuste social que ha sido señalado como característico de la vida moderna (Harvey, 2004).

Partiendo de la división que realiza Doña (2003),1 encontramos tres generaciones teóricas que explican la migración internacional. Los primeros dos enfoques2 versan su objeto de estudio en el ser migrante (acto de partida), basados en las interrogantes sobre el papel que el trabajo migrante desempeña en una sociedad, en particular en las sociedades capitalistas, y qué tipo de impulsos propician esos desplazamientos.

En las más recientes generaciones teóricas se ha tratado de conceptualizar los planteamientos a las siguientes preguntas: ¿cómo es la relación que sostienen los migrantes en sus localidades de origen? y ¿qué características sociales y culturales mantienen los migrantes para conservar su identidad? El análisis del ser transnacional parte de un conjunto de prácticas, valores, pasados, lealtades y compromisos sociales que los migrantes sostienen con su familia y su lugar de origen, más allá de la frontera nacional. Pero, sobre todo, sobresale la idea de resistir ante los embates propuestos por el melting pot, donde en cada una de las explicaciones que se dan surge una y otra vez un tema persistente: los encuentros cotidianos o los intercambios personales de los trabajadores migrantes y sus familias con los miembros nativos de la sociedad anfitriona y de origen, que llegan a ser el elemento clave para comprender los impactos o las consecuencias de ser considerados como "los otros" y de cómo éstos pueden resistirse a una aculturación (Cicourel, 1983).

Una hipótesis básica en las discusiones teóricas sobre los migrantes que son sacados de su ambiente es que se acciona en ellos un proceso de migración y colisión de culturas. Según el melting pot estadounidense o de la asimilación, esto supone una homologación a la larga, pero también permite una existencia dual (Cicourel, 1983:35) que produce transformaciones visibles en el lenguaje y el consumo; sin embargo, el análisis transnacional centra su discurso en que el migrante se aferra a su herencia cultural o matria a través de sus vínculos y prácticas habituales. Es así como el transnacionalismo busca contrarrestar los supuestos teóricos de la asimilación o aculturación.

El presente trabajo pretende aportar nuevas indagaciones y un enfoque que contribuya al análisis de los estudios del transnacionalismo, que se entiende como el traslado físico y continuo de los individuos entre sus áreas de origen y de destino, donde realizan una serie de prácticas y vínculos de manera simultánea, y donde se ejerce una vida compartida, por el hecho de tener hogares en dos países y construir su vida en medio de intercambios continuos a través de las fronteras nacionales3 (Guarnizo, 2003; Stefoni, 2003).

Otra característica de esta transnacionalidad es que descansa en vínculos recíprocos que están conectados por lazos y símbolos densos y fuertes, que se forman a través del tiempo y del espacio común por medio del fortalecimiento de las redes en los lugares de origen y de destino, teniendo como base la solidaridad (Faist, 1999:10, 2000). De esta manera, vivir "a través" de las fronteras forma parte de los procesos de construcción transnacional.

Paralelamente a este proceso, los investigadores comenzaron a hablar de circuitos transnacionales (Rouse, 1992:14), comunidades transnacionales, espacios sociales transnacionales y de prácticas transnacionales. Estas nuevas categorías de análisis han antepuesto, como característica principal, la simultaneidad de las prácticas entre territorios, como la coparticipación económica y política entre los diferentes agentes de la comunidad. Otro debate es el que presentó Guarnizo (2003) sobre transnacionalismo desde arriba4 y desde abajo,5 en el que puntualiza de dónde surgen esas transformaciones, aunque las propias prácticas transnacionales desde arriba pueden ser sostenidas desde abajo y a la inversa.

Tomar la perspectiva sociocultural es fundamental en las formas de organización social, que van desde el nivel familiar y los asuntos de la comunidad hasta los contactos con instituciones sociales más amplias, como los gobiernos y su burocracia. En este contexto se sitúa el análisis de la transnacionalidad. Según Portes y DeWind (2006), y Portes, Guarnizo y Haller (2002), para entender el mecanismo del enfoque transnacional migrante debe partirse de dos posturas encontradas: la primera habla de un proceso lineal, y la otra, de un proceso sostenido (véase la figura 1).

Guarnizo (2003), desde una postura distinta de la de Portes y menos positiva, nos dice que por razones metodológicas y analíticas es necesario establecer como unidad de análisis del transnacionalismo al migrante o al individuo mismo y a otras unidades, tales como sus organizaciones, las comunidades, las empresas y los partidos políticos. Sin embargo, el análisis continúa recayendo explícitamente en el individuo, ya que en él se centra el punto de partida más viable en la investigación de la migración transnacional (Guarnizo, 2003:19). Mientras que a menudo la mayoría de las investigaciones con toque transnacional pretenden visualizar, desde la perspectiva del transnacionalismo, a las organizaciones o instituciones transnacionales, dejan de lado, como eje central, al migrante mismo, apreciación que permite cuestionarnos: ¿puede ser lineal y sostenible la migración transnacional?; ¿hasta cuándo se rompe la transnacionalidad?, o bien, el migrante –y no las organizaciones–, ¿en qué tipo de habitus transnacionales vive en los diferentes campos sociales transnacionales y qué campos y habitus transnacionales sostienen su vida?

Esta decisión de incorporar el habitus transnacional permite el estudio de su historia y de las distintas actividades de los individuos. Estas actividades en el ámbito individual permiten comprender las distintas estructuras del transnacionalismo y sus efectos. A partir de los datos obtenidos en entrevistas individuales se pueden identificar las contrapartes y establecer efectos de esos habitus transnacionales, ya sean culturales, económicos, políticos, etcétera.

Tomando las ideas de Guarnizo (2003), Faist (2000a, 2000b) y Doña (2003), seleccionamos al individuo como punto de partida para incursionar en diferentes estadios o campos, lo que nos per mite remontarnos a su historia. De esta manera, el incorporar el habitus dentro de los campos transnacionales nos puede ayudar a determinar el tipo de actividades que no han de realizarse de manera homogénea en todos los estudios que se llevan a cabo, sino que se pueden diferenciar las iniciativas y prácticas que vayan a emprenderse (Guarnizo, 2003). Las actividades transnacionales de origen popular no se iniciaron a partir de acciones o políticas de gobiernos nacionales o locales; tampoco fueron idea de los administradores de las grandes corporaciones. Por el contrario, estas actividades se desarrollaron al margen del transnacionalismo desde arriba.

Se ha gastado mucha tinta sobre las limitaciones que engloba el concepto del transnacionalismo. Por ejemplo, Stefoni (2003:7) nos plantea algunas preguntas ante la dificultad de comprender la naturaleza del término transnacionalismo, pues no queda del todo claro si se trata de un concepto, de un proceso o de prácticas cotidianas que realizan los migrantes en los lugares de destino. Tampoco queda del todo claro cuándo las prácticas o acciones comienzan a ser transnacionales y cuándo dejan de serlo, ni tampoco cuándo se puede afirmar la existencia de una comunidad transnacional, que es lo que nuestro trabajo pretende precisar al responder a una serie de interrogantes como: ¿dónde inician los vínculos y prácticas transnacionales en los ámbitos individual y comunitario?; ¿hasta cuándo se agotan esas prácticas recurrentes?; ¿existe realmente un proceso transnacional?

Tomando el análisis de Bourdieu (1999), donde antepone la creación del campo social, podemos comentar que diferentes campos transnacionales se abren y se cierran, se ajustan y se fracturan, se consolidan y se deterioran, dependiendo del contexto social transnacional en el que se sitúan a lo largo del tiempo. Así mismo experimentan la aparición de nuevos actores y obligaciones que van determinando su cohesión o su desintegración, pero, sobre todo, cada individuo se permite el tránsito hacia otros campos transnacionales, dependiendo de su contexto y sus vínculos transnacionales, donde tales reiteraciones producen el habitus dentro de la estructura estructurante, moldeando su sentido transnacional, sus necesidades de adaptarse a situaciones nuevas e imprevistas que pueden determinar transformaciones durables del habitus, aunque éstas no rebasen ciertos límites, entre otras razones, porque el habitus define la percepción de la situación que lo determina.

La situación, en cierta forma, es la condición que permite la realización del habitus. Cuando no se dan las condiciones objetivas para su realización, surgen otras estructuras que permiten situaciones que dan cabida al habitus. En suma, los diferentes campos transnacionales y el debate en torno de esta postura sugieren que el enfoque transnacional está en constante adaptación, pero que las relaciones múltiples que enlazan las comunidades de origen y destino son ejemplos claros que alejan la versión integracionista del melting pot.

Por otro lado, al revisar algunos estudios de caso de historia de migrantes y de instituciones, podemos decir que el proceso transnacional no es lineal, a diferencia de lo que plantean Portes (2007) y Portes y DeWind (2006). En este sentido, el proceso del transnacionalismo migrante es policéntrico, compuesto por densas redes egocéntricas y por actores que tienden a aglutinarse o dispersarse a través de colectividades basadas en sus vínculos y su participación social, que en ocasiones se fortalecen o se debilitan constantemente a través del habitus transnacional, como se observa en la figura 2, la cual nos muestra que los migrantes no son, por sus propias características, culpables de romper su entorno transnacional, sino que el contexto mismo reformula el papel de ellos, manteniéndose de acuerdo con sus acciones y prácticas ligadas con su lugar de origen. Sobre todo, debemos tomar en cuenta que la organización ya no debe considerarse como el resultado histórico de la migración internacional de una localidad de origen, sino como un actor transnacional; su avance político puede depender de cómo los gobiernos locales y estatales visualicen la migración como un tema importante para ellos.6

Además, la figura 2 nos muestra que los individuos tratan su experiencia migratoria desde su historia de vida, costumbres, cultura e ideario, pero, sobre todo, de manera simultánea, tratando de acercarse, con sus acciones y prácticas, a la sociedad de origen, aunque sea simbólicamente, ya que, como señala Touraine (1995:89), "la sociedad no es sólo reproducción y adaptación, también es creación y producción de sí misma", incluso más allá de sus fronteras nacionales. Con estas inversiones sociales, el migrante tiene la capacidad de definir y transformar su situación simbólica que lo une: "la sociedad no es lo que es, sino lo que se puede ser" (Touraine, 1995:88). Pero además de transformar, existe también la tarea de integrar y cohesionar a su comunidad.

A la par de que debe estudiarse al individuo y sus contactos sociales, debe atenderse la multimodalidad de su ser e identidad.

Estas nociones radican en el consumo comunitario, como la transmisión y la venta de objetos culturales, que son expresiones de reafirmación de la identidad, pero también son parte de lo que Judith Boruchoff (en Lozano Ascencio, 2003) denomina como una muestra de cómo la cultura material contribuye a la creación de formas sociales transnacionales.

De acuerdo con la escuela del pensamiento francés de Bourdieu, los campos transnacionales son una forma, pero no única, donde se distinguen tres tipos de espacios sociales en función de la naturaleza del lazo que une a sus miembros: 1) grupos transnacionales de parentesco; 2) circuitos transnacionales; y 3) comunidades transnacionales. Como aporte a este trabajo, se ha implementado la creación de un cuarto campo, disgregando precisamente el tercero y llamándolo sociedad transnacional, en tanto que al cuarto se le ha denominado comunidad transnacional.

 

El habitus y los campos transnacionales

En esta parte del trabajo se propone reflexionar sobre la diversidad cultural migrante, partiendo de la escuela del pensamiento francés de Bourdieu, quien busca mantener la herencia cultural a la par que ésta coexiste con otras costumbres. Bordieu utiliza el concepto de habitus7 –introducido de manera transnacional en los migrantes– para incorporar, en esta discusión, la pregunta sobre cómo se construyen las relaciones entre los migrantes y su lugar de origen y si estos vínculos sociales son duraderos, lineales e inagotables.

El transnacionalismo es la relación simultánea que establece el migrante –basado en su experiencia migratoria, antecedentes, movilidad y lejanía– con el fin de acercarse, con sus acciones y prácticas, a la sociedad de origen, aunque sea de manera simbólica, a través del habitus.

Estas relaciones y vínculos permiten crear un habitus social, que se define como un sistema de disposiciones durables y transferibles –estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes– que integran todas las experiencias pasadas y funcionan, en cada momento, como matriz estructurante de las percepciones, las apreciaciones y las acciones de los agentes para una coyuntura o acontecimiento (Bourdieu, 1972:178).

A partir del habitus, los sujetos transnacionales producirán sus prácticas, con base en las cuales el grupo social en el que han sido educados generará sus pensamientos, rituales, comportamiento y lealtades, donde se formará un conjunto de esquemas prácticos de percepción –división del mundo en categorías (Luhmann, 1993)–, apreciación –distinción entre lo bello y lo feo, lo adecuado y lo inadecuado, lo que vale la pena y lo que no– y evaluación –dis tinción entre lo bueno y lo malo–, a partir de los cuales se generarán las prácticas –las "elecciones"– de los agentes sociales (Bour dieu, 1988).

Esta construcción social del emigrante y sus primeras formas de actuar transnacionalmente recaen de manera principal en lafamilia. Ésta se encarga de recrear y esclarecer –atada al significado de migración– la historia personal que llevó al desplazamiento. Así, la familia –nos dice Ariza (2002)– organiza la vida social y el arraigo que proporciona a sus miembros, con lo cual genera un sentido de continuidad y permanencia en los migrantes. De este modo, la familia constituye una instancia vital en el entorno del migrante.

La red representa un mecanismo clave de reproducción del fenómeno migratorio y de la construcción de la identidad y el habitus migrante. La red son los vasos sanguíneos de la migración, alimentada con hombres jóvenes, recursos materiales e información, que retroalimentan a sus comunidades de origen con recursos monetarios en un círculo cambiante e inestable en el tiempo y el espacio (Mestries, 1998, 2002).

Es así como el migrante establece cuatro campos sociales transnacionales, basados en la reiteración de los habitus sociales adquiridos y establecidos con su comportamiento. Lejos de ser puramente transitorios –como lo describe en sus trabajos Pries (2003, 2006)–, estos habitus constituyen una importante estructura de referencia para las posiciones y los posicionamientos sociales que determinan la praxis de la vida cotidiana, sus identidades y los proyectos laborales que, simultáneamente, trascienden el contexto social de las sociedades nacionales y pasan a ser habitus transnacionales.

 

Campos transnacionales

Tomando los campos8 sociales transnacionales propuestos por Ste foni (2003), se ha diseñado una composición del habitus transnacional migrante, en donde, lejos de sostenerse a través de un proceso lineal, esta composición se estructura y se reestructura, como nos dice Bourdieu (1994, 1999), en el habitus, en donde el sujeto tiene la oportunidad de decidir y elegir sin descartar nunca la posición estructural de otros campos, además de que estos habitus también permiten diferenciar el estatus de clase que determina su rol social en la red migrante.9

Grupos transnacionales por parentesco

El primer campo transnacional se denomina grupos transnacionales por parentesco. Su recurso primario son las uniones, y su comportamiento recae en la reciprocidad y solidaridad, bajo la premisa: "Lo que una parte recibe de otra, requiere algún tipo de retorno" (Faist, 1999, 2000; Doña, 2003). Este campo tiene como objetivo el mantenimiento de las normas sociales y el control sobre los miembros de los grupos pequeños. Aquí podemos situar, por ejemplo, las remesas que reciben los familiares desde el país de inmigración al país de emigración (trabajadores migrantes).

Las remesas familiares "son recursos monetarios que los emigrantes obtienen trabajando en el extranjero y luego los envían a su país natal, son una de las consecuencias más visibles de la emigración en las naciones en que ésta se origina" (Arroyo y Berumen, 2000:341). Pero así como se definen, nos dice Moctezuma (2004:2), no pueden explicarse por sí mismas. Las remesas familiares expresan un conjunto de relaciones sociales y afectivas que es necesario develar y explicar según sean sus contextos.

Estos vínculos bidireccionales iniciales dependen de la decisión del migrante de enviar remesas a sus familiares en la localidad de origen. Algunos estudios (Lozano Ascencio, 1992, 2000; Padilla, 2000; Canales, 1999a, 1999b, 2002; Sana, 2003) señalan que la cantidad de envíos varía en función de la edad, el mercado de trabajo en Estados Unidos, los ingresos mensuales, el dominio o derecho de propiedad sobre su lugar de residencia, el acceso al capital, la duración del viaje y los costos de la emigración. Pero el factor más importante en el envío de remesas lo determinan las necesidades de la familia y el gasto de los migrantes en su lugar de llegada.

En este primer campo transnacional, el envío de remesas parece también estar asociado a la modalidad migratoria y, en particular, al carácter de los vínculos que establece el migrante con su comunidad de origen. Pero este comportamiento no es reflexivo para tomar decisiones conscientes; más bien cree en el sentido de su práctica sin preguntarse realmente lo que está haciendo –a esto se le llama sentido común (Bourdieu, 1999). Cada creencia asocia da a condiciones de existencia particulares suele ser hermética para otros sujetos, de tal manera que un sujeto que no se encuentra circunscrito dentro de un campo peculiar carece de la fe práctica que tienen aquéllos inmersos en él.

Circuito transnacional

El segundo campo, llamado circuito transnacional, tiene como recurso primario el intercambio y las "obligaciones mutuas y expectativas de los actores" (Doña, 2003). Este campo transnacional se da cuando el migrante, durante el transcurso de varios viajes a su lugar de origen, tiene como objetivo específico ahorrar dinero para comprar un terreno, instalar un pequeño negocio o mejorar su casa. Estas remesas ahorrativas han contribuido a un doble propósito: la urbanización de muchas localidades, al igual que varias remodelaciones del hogar. Se trata de "inversiones afectivas", que le permiten al migrante asociar su adhesión duradera como parte del hogar –aun en la distancia– y contribuir al desarrollo de la economía local debido a la contratación de mano de obra, la compra de materiales para construcción y los pagos por permisos de construcción o remodelación (Bourdieu, 2000). Sin embargo, no sólo se trata de invertir o remodelar un establecimiento migrante, sino de visualizar que existe este circuito transnacional, donde el migrante mismo, de manera intrínseca, se convierte en estrate ga que busca solventar parte de las carencias económicas del hogar y, a través de su habitus transnacional, da pie a la conformación de algunos negocios y, en muy pocas ocasiones, a obras de beneficio social que son financiadas directamente con fondos provenientes de las remesas familiares, cuyo verdadero potencial no está en los efectos multiplicadores económicos, sino más bien en sus efectos sociales.

La remodelación del hogar, nos dice Moctezuma (2004:5), puede llegar a transformarse radicalmente en su diseño, en donde se perfecciona arquitectónicamente;10 sin embargo, con el tiempo puede dejar de ser el lugar de residencia habitual de la familia y convertirse en sitio de descanso durante las vacaciones de los migrantes y la familia. Además, el mismo autor nos dice que, en la historia individual, las acciones instrumentales –como "adquirir una camioneta o comprar animales de trabajo"– están relacionadas con factores estructurales y tradicionales del contexto. Se trata de medios para la agricultura y, en general, para el trabajo en el campo. No obstante, independientemente de lo instrumental del objeto, estas acciones encierran expresiones de solidaridad en la modalidad de subsidios a la economía familiar.

El circuito transnacional abarca el tránsito entre los dos lugares donde el migrante se desenvuelve, tanto física como moralmente. El viaje es aprovechado para llevar productos regionales e información a la sociedad emigrada; además puede ser utilizado para tratar de instalar un negocio. En ambas finalidades se actúa de manera bidireccional.

Este mercado ya está conformado, como nos dice Plaza (1999), y a partir de él se pueden calcular los costos de las materias primas, la operación, el transporte y la rentabilidad esperada. Este tipo de experiencias, además de contribuir al desarrollo de las redes sociales, generan empleo en las zonas de expulsión y el desarrollo de los productos regionales.

El debate surge en la expectativa de poner un negocio familiar migrante a través de las remesas, ya que estos recursos "rara vez son la chispa que crea suficiente actividad económica para hacer la migración innecesaria" (Martin, 1990:75). Los trabajos de Durand (1988:12) y de Goldring (2001, 2002) resultan clave. Ambos investigadores identifican varios tipos de migradólares incluidos en las remesas tradicionales. Entre ellos se encuentran las remesas empresariales o que funcionan como capital para el migrante y su familia, quienes tratan de reunir dinero para una inversión directamente productiva. Según Durand (1988), "esta posibilidad ha sido la más difícil de concretar", debido a limitantes de desarrollo regional desigual, falta de vínculos con el comercio exterior y otros factores económicos contextuales que están fuera del manejo de los migrantes. Las remesas como inversión y capital pueden tener un impacto en el ámbito local al crear empleos y diversificar la economía. Sin embargo, el tener que permanecer en Estados Unidos para obtener el capital puede acarrear un efecto perverso y opuesto al esperado: la migración suele llevar a más migración y posible asentamiento; es decir, ir para ganar dinero con un objetivo a corto plazo puede llevar a permanecer aún más tiempo fuera.

Smith (1999) y Goldring (2001:69, 2002) las denominan remesas empresariales, que son aquellas que han pasado del ahorro de los migrantes a la inversión productiva, con la cual buscan la obtención de ganancias a través de la comercialización de bienes y servicios. Este tipo de remesas pueden generar empleos y ser un motor de desarrollo sin importar lazos afectivos con la localidad donde se invierte.

Existen casos en los que antiguos líderes de clubes de migrantes participan en proyectos. Tal es el caso de Ascensión Salinas, Ernesto Rojas y Rigoberto Castañeda, quienes de manera individual han invertido parte de sus ganancias en sus localidades, como, por ejemplo, en la construcción de hoteles, gasolineras, microempresas de deshidratación de chiles, procesadoras de salsa picante, corrales de engorda, entre otros negocios (Moctezuma, 2005:123). Otros ejemplos son el de un grupo de mujeres de la comunidad de Lo de Luna, quienes producen pinole, que exportan a Estados Unidos a través del dinero que les envían sus esposos. Y otras 85 mujeres en la población de Ayoquesco, Oaxaca, toman cursos para la elaboración de mole, nopales en vinagre, chocolate y tlayudas, que satisfagan las normas sanitarias del vecino país del norte (González Montes, 1995). Sin embargo, también ha habido una infinidad de fracasos. La fábrica que construyó el emigrado Rafael Saldívar en una ranchería de Jerez, Zacatecas, está cerrada. Fracasaron sus intentos para producir dulce de guayaba y frituras, y la maquinaria, dicen los vecinos, "está ahí nomás echándose a perder" ("Editorial", 2002).

Comunidad transnacional

Existe un tercer campo transnacional delimitado por Doña (2003), Faist (1999 y 2000) y Stefoni (2003), al que denominan comunidad transnacional. Acerca de éste indican que es una forma –pero no la única– del espacio transnacional, donde se deja ver la solidaridad entre un grupo de personas que comparten ideas y creencias y que se expresa en una identidad colectiva. En este trabajo lo hemos subdividido en sociedad transnacional. En este tercer campo transnacional, los migrantes enlazan una serie de vínculos y prácticas transnacionales con su localidad de origen para mantener su membresía.

Faist (1999 y 2000), Doña (2003) y Stefoni (2003:7) remarcan que, a pesar de tener una forma específica de dos o más lugares, en un determinado socioespacio se exponen, de manera simultánea, una serie de reclamos entre sujetos que se ubican en lugares geográficos distintos; sin embargo, estos reclamos se acotan cuando se presentan solicitudes sociales, culturales y económicas no políticas. Además, resulta insuficiente comprender lo que necesariamente se entiende por comunidad. Estos habitus recurrentes y la forma en que se establecen estos vínculos y prácticas a partir del habitus –a través de la unión o asociación de migrantes– se caracterizan por tener varios recursos primarios, anteponiéndose los principios del capital social, reflejados en la solidaridad y la lealtad. Además, como nos dice Doña (2003), no todos los inmigrantes son transmigrantes, sino sólo aquellos que llevan una vida social doble: comparten dos culturas, tienen hogares en dos países y construyen su vida por medio de intercambios continuos a través de fronteras nacionales. Según este autor, estos transmigrantes expresan una forma de identidad compartida que moviliza representaciones colectivas en forma de uniones simbólicas, pero también hace hincapié en el vivir migrante, con su propia herencia cultural.

De manera cuantitativa, una medición no muy rigorista es a través de las remesas colectivas, ya que algunos estudiosos como Goldring (1999) utilizan las inversiones sociales como eje de elaboración, y no al migrante mismo. En esta medición, este tipo de remesas presentan características diferentes de las anteriores. En este sentido, Levitt y Glick (2004) utilizan el término de remesas sociales para describir la difusión de diferentes prácticas sociales y cambios culturales o habitus transnacionales –principalmente en lugares de expulsión– que acompañan el proceso migratorio.

Actualmente se ha dedicado un esfuerzo académico considerable al estudio de las contribuciones sociales y económicas de los clubes de migrantes por lugar de origen (Moctezuma, 1999, 2003a, 2003b, 2004; Alarcón, 2002, 2004; Alarcón, Runsten e Hinojosa, 1988; Zamudio, 2003; Imaz, 1999, 2003; Delgado y Rodríguez, 2002, 2003). En muchos de esos trabajos académicos se estudian las formas de creación de estos clubes, el impacto de sus obras, así como la historia de sus líderes.

Este intercambio y desarrollo social de sus redes permite que el migrante transnacional mantenga lazos culturales, como lo anticipa Bourdieu (1999), ya que los diversos usos de los bienes culturales no sólo se explican por la manera como se distribuyen las alternativas culturales y sociales, o por la posibilidad económica para adquirirlos, sino también por la posesión de un capital cultural y educativo que permite a los sujetos consumir, asistir y disfrutar las alternativas factibles. Para este autor, condiciones de vida diferentes producen habitus distintos, ya que las condiciones de existencia de cada clase imponen maneras de clasificar, apreciar, desear y sentir lo necesario. A menudo, estas organizaciones sufren fracturas, pero no quiere decir que dejen de participar simultáneamente en otros campos transnacionales. En esos ajustes, como ya se mencionó, la necesidad de adaptarse a situaciones nuevas e imprevistas puede determinar transformaciones durables del habitus, aunque éstas no rebasan ciertos límites, entre otras razones, porque el habitus define la percepción de la situación que lo determina (Bourdieu, 1999).

Las reiteraciones del vivir migrante permiten la situación, que en cierta forma es una condición que propicia la realización del ha bitus. Cuando no se dan las condiciones objetivas para su realización, éste, contrariado de manera continua por la situación, pue de ser sede de fuerzas explosivas –como el resentimiento– que posiblemente esperen –o incluso acechen– el momento de ejercerse, y que se expresan en cuanto se presentan las condiciones objetivas. Como nos dice Bourdieu (1999:138), el mundo social es un inmenso depósito de información acumulada, que se revela cuando encuentra las condiciones para ello. Es ahí donde los campos sociales transnacionales permiten que se desenvuelvan las situaciones.

Si las primeras experiencias tienen este peso fundamental es debido al hecho de que el habitus tiende a asegurar su propia constancia; es un mecanismo de defensa contra el cambio (Bourdieu, 1999). Al incorporarse como esquema de percepción y apreciación de prácticas y habitus –donde el campo social que reside en el club u organización se convierte en el terreno donde se desenvuelven esos habitus–, en este tercer campo social transnacional operará una selección sistemática de informaciones nuevas, rechazando aquellas que los cuestionen –o reinterpretándolas a través de sus esquemas– y limitando la exposición del agente a aquellas experiencias y grupos sociales en los cuales su habitus no sea adecuado (Safa, 2002).

Comunidad transnacional

Un cuarto campo, llamado comunidad transnacional, es definido cuando las acciones y el recorrido histórico migratorio de una sociedad transnacional trasladan su cultura a su nuevo hábitat y sus habitus sociales, en donde la actualizan y transforman; pero también involucran directa o indirectamente a los distintos niveles de gobierno y del estado del país de origen. Sujetándose en gran parte a las políticas diseñadas por el gobierno federal, en la última década, varios gobiernos estatales de México, seguidos por los municipales, han iniciado el diseño y/o ejecución de acciones de políticas públicas hacia los migrantes, sus familias y comunidades, teniendo como eje central, para su ejecución, a las organizaciones de migrantes.11

Hasta antes de los ochenta, poco se conocía sobre los acercamientos entre la diáspora organizada en Estados Unidos y los gobiernos estatales y locales de los lugares de origen de los migrantes. Sólo se cuenta con información acerca de eventos de migrantes agrupados en sociedades mutualistas (González Gutiérrez, 1995a, 1995b, 1999).

Con la escasa información existente se ha tratado de documentar los acercamientos entre las comunidades de migrantes y los gobiernos municipales y estatales (Valenzuela, 2004). Estas reuniones entre los clubes de migrantes y las instancias gubernamentales se van a dar principalmente con los gobiernos municipales. Esta situación es bastante significativa y única para los estudios de migración y remesas internacionales, ya que este aprendizaje social y político que acompaña actualmente a los clubes de migrantes ha ayudado al diseño de políticas públicas municipales y estatales.

Binford (2002), Canales (1999a, 2001), Delgado y Rodríguez (2003), García Zamora (1999, 2000a, 2000b, 2003) comentan que este aprendizaje empieza a traducirse en acciones políticas puestas en marcha. Tal es el caso de los zacatecanos que, como parte de las negociaciones, acciones y programas que han sostenido con sus gobiernos, han organizado, con la cooperación gubernamental, una gran cantidad de clubes de migrantes por localidad de origen.

La transformación actual del Programa 3 x 112 de estatal a nacional ha llevado a conjuntar una serie de esfuerzos y problemáticas (véase los cuadros 1 y 2) de federaciones de migrantes, como las de Zacatecas, Michoacán, Nayarit, Jalisco y Guanajuato. Esto parece ser también un medio para ampliar el capital social y político de estas organizaciones migrantes, lo que favorece el intercambio de experiencias, así como las gestiones que ellos mismos demandan extraterritorialmente. Sin embargo, en este programa, de extracción zacatecana, se ha presentado el caso de que la mayoría de los recursos están acaparados en lugares donde la migración internacional y la presencia de los clubes de migrantes tienen una influencia mayor que en otras zonas. Por ejemplo, no es fortuito que los proyectos colectivos en Jerez sean tan relevantes y favorezcan tan positivamente a sus pobladores. Tan sólo en 2003, el Programa 3 x 1 en Zacatecas concentró sus beneficios en tres de los 56 municipios que conforman esa entidad federativa, en los cuales se realizó cerca de 68 por ciento de las obras y se asignó 56 por ciento de los recursos de este programa en el estado. Esto se explica por el grado de madurez de sus clubes de oriundos en ciertas regiones y el empuje de los líderes migrantes para negociar con los gobiernos locales (véase el cuadro 1).

También hay que destacar que la reconstrucción comunitaria enfrenta una problemática compleja, ya que no se reduce a la falta de trabajo o ingresos; se trata de una red de problemas: escolaridad pobre en las aulas y escuelas construidas o reconstruidas, problemas familiares, delito y desempleo, factores que de modo permanente privan de oportunidades a las familias. En este panorama, las asociaciones de migrantes contribuyen de manera sustancial al desarrollo de sus comunidades de origen (Lanly y Hamann, 2004; Valenzuela, 2004).

Lanly–Hamann (2004), Valenzuela (2004, 2006) y Padilla (2000) consideran que otro problema es que en ocasiones la capacidad monetaria de los clubes ha sido superior a las aportaciones que realizan los distintos gobiernos; un problema adicional es la politización con la que son realizadas algunas obras sociales. Aunque empieza a consolidarse el Programa 3 x 1 y ser iniciativa federal, su éxito o fracaso obedece a las formas de maduración de las organizaciones y al grado de colaboración y negociación que mantienen con los gobiernos locales. Estas negociaciones pueden llevarlas al fracaso porque en ocasiones se plantean los casos de forma ventajosa para una de las partes, o bien, existe un desconocimiento sobre el alcance tanto de las organizaciones migrantes como de la participación municipal o estatal. Además, los gobiernos cambian continuamente, se anteponen los deseos antes que las necesidades, y esto repercute en que no se logren fijar metas a largo plazo (véase el cuadro 2).

Podemos decir que en las localidades en donde las organizaciones de migrantes y los gobiernos han fracasado en cuanto a la negociación, la falta de resultados se debe a la ausencia de una clara estrategia de gestión. Cada parte trata de alcanzar sus objetivos, producto de la acumulación del capital social negativo de las instituciones políticas o gubernamentales en México. A pesar de la existencia del capital sostenido por la confianza, en muchos lugares del país priva una total desconfianza hacia los gobiernos locales y estatales, debido a las acciones negativas que han realizado, o bien, a la nula acción. Los diseñadores de políticas públicas gubernamentales parece que olvidan que estos recursos de carácter filantrópico provienen de los migrantes mexicanos en el extranjero, como un esfuerzo por recrear sus vínculos afectivos con su sociedad. Sus mecanismos han dado como resultado su participación social en ambos lados de la frontera, su lucha por mantener una membresía comunitaria y la acentuación del efecto sociocultural a través de la multiplicación de ritos, tradiciones y otras manifestaciones culturales.

De igual manera, cuando se piensa que el desarrollo13 en México es promovido por los migrantes en Estados Unidos, es una clara "visión optimista" que no es tomada en cuenta por parte de las administraciones de los distintos gobiernos. No existe una acertada planeación económica con el apoyo migrante o sin éste. Sin embargo, cualquier recurso, aunque limitado, puede ayudar al desarrollo; con mayor razón cuando los gobiernos aplican planes y programas de esta índole en las zonas de expulsión; pero eso sí, la mayoría de los gobiernos municipales se han dado a la tarea de buscar animosamente la integración plena del Estado en programas de coinversión, de manera que "efectivamente el estado busca un acercamiento con su diáspora" (Valenzuela, 2006), pero sólo en el plano económico. Además, en México, existe una total desconfianza hacia el político, sobre todo el de los gobiernos locales y estatales.

Valenzuela (2006:12) nos dice que estos acercamientos permiten crear el escenario, el campo, donde las organizaciones de migrantes exponen sus necesidades y demandas, y negocian sus conflictos frente a los distintos gobiernos. Aunque también pueden existir los asuntos no políticos que involucren a los clubes de migrantes, debido a que los alcaldes pueden "pilotear" y ensayar nuevas formas de coparticipación a través de los programas, ya sean adaptaciones gubernamentales o diseños propios; sin embargo, en muchos de los casos, carecen de continuidad con cada nuevo alcalde.

 

Conclusiones

Actualmente, debido al ritmo vertiginoso de las migraciones internacionales y a medios de comunicación más rápidos y baratos, el tema de la globalización es controvertido, y el de la diversidad cultural, muy complejo. Ambos se encuentran relacionados y su discusión se vuelve eje central para el estudio de las migraciones y la resistencia de su identidad. En este sentido, con la introducción del concepto de habitus, Bourdieu busca explicar el proceso por el cual lo social se interioriza en los individuos, para exponer las "concordancias" entre lo subjetivo y las estructuras objetivas (Safa, 2002). Para Bordieu, cada persona tiene una realidad social que se deriva de su posición en su espacio. En este sentido, la globalización unifica e interconecta, pero también se estaciona de maneras diferentes en cada cultura y situación.

Distintos campos componen el vivir migrante, en el que los medios de comunicación han tenido un papel protagónico en la distribución de mensajes y productos culturales que forman parte de la vida cotidiana de los migrantes, lo que ha permitido, desde la perspectiva de algunos autores, la construcción de un imaginario mundial, en el que los cambios y transformaciones de los modelos culturales y de valores no son el resultado de sustituciones mecánicas entre lo que se recibe del exterior y lo propio, ni entre las tradiciones y las costumbres del lugar de origen y el nuevo contexto que se presenta gracias a la migración (Bourdieu, 1999). Se considera que no cambian al mismo ritmo las estructuras económicas y las disposiciones culturales, sino que coexisten tanto en el nivel individual como en el colectivo. Para comprender los procesos de adaptación, Bourdieu sugiere estudiar esta coexistencia de las nuevas condiciones y las disposiciones adquiridas con anterioridad. Por ejemplo, en las relaciones de parentesco, vecindad y camaradería tienden a reducir el sentimiento de imposición de una arbitrariedad que sienten los migrantes cuando carecen de control sobre sus nuevas condiciones de vida, cuando buscan trabajo, vivienda o educación para sus hijos. En el remolino que engendra el traslado, los migrantes están obligados a innovar e inventar prácticas que les permitan adaptarse. Para Bourdieu, el habitus es el principio generador de éstas, pero de acuerdo con las coyunturas y las circunstancias en contextos específicos (Safa, 2002).

Se menciona que no toda la migración es transnacional, sino que requiere ciertas categorías o características para ser considerada como tal; sin embargo, podemos peguntarnos: ¿qué tan transnacional es la vida de un individuo? Parte de esta respuesta puede ser encontrada al introducir el concepto de habitus transnacional, que permite no sólo construir un esquema donde los optimistas del transnacionalismo destacan la comunidad transnacional o el cuarto campo para consolidar sus estudios; sin embargo, al solo remontarnos a este campo transnacional nos olvidamos de diversificar el vivir del migrante en diferentes estructuras que se hacen estructuradas, ya que en los distintos campos transnacionales que conforman la vida migrante se procura reunir tanta cantidad de vidas humanas transnacionales como sea posible, y aunque no se interioriza individualmente en cada uno, existen diferentes grados de transnacionalidad para cada uno de los migrantes. De hecho, en eso se basa la construcción de la vida transnacional, al convertir el espacio en la propagación de prácticas, valores, fluidez de información, traslado de la cultura y la política, de manera simultánea, en una sola comunidad que posibilita disfrutar de manera plena su membresía transnacional.

En el tercer y cuarto campo se ven resultados cuantificables, que son las llamadas inversiones sociales, pero no sólo se trata de las mejoras de los pueblos realizadas por los migrantes organizados, sino de un comportamiento basado en su transnacionalidad y sus habitus, en el que la búsqueda de financiamiento por parte de sus organizaciones ejerce mecanismos que han dado como resultado: una participación social en ambos lados de la frontera, su lucha por mantener una membresía comunitaria y el efecto sociocultural que se adquiere al multiplicar los ritos, tradiciones y manifestaciones culturales, producidos a través del habitus.

Estas negociaciones transnacionales pueden terminar en fracaso, como nos dice Valenzuela (2004), ya sea porque se plantean las inversiones sociales de forma ventajosa para una de las partes, principalmente para el gobierno; porque las autoridades desconocen el alcance de las organizaciones migrantes; por la visión que tienen éstos acerca de la fuerza del poder municipal o estatal, o bien, porque se anteponen las necesidades antes que los deseos, lo que repercute en que no se logre fijar metas ambiciosas a largo plazo, gestionar la información con habilidad y hacer ciertas concesiones conforme a lo establecido.

Podemos decir que en las localidades en donde las organizaciones de migrantes y sus gobiernos de origen han fracasado, esto se debe a que no ha existido una clara estrategia de negociación binacional. Cada parte trata de alcanzar sus objetivos particulares, sobre todo por la acumulación del capital social negativo de las instituciones políticas o gubernamentales en México. Además, en vista de que el capital social es sostenido por la confianza, en muchos lugares del país existe una total desconfianza hacia los gobiernos locales y estatales, debido a las acciones negativas que han realizado o a su nula acción.

 

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Notas

1 Cristián Doña (2003:4) parte de cómo este cúmulo de teorías o análisis han venido ajustándose a los problemas económicos y sociales de la humanidad. Actualmente, el proceso de globalización ha traído consigo cambios en la composición de los flujos migratorios, principalmente a través de una diversificación de su origen, de la temporalidad de la migración y por la feminización del flujo migratorio. Estos cambios en la estructura de la movilidad internacional han sido relacionados tanto con el proceso de globalización como con el fin de la Guerra Fría, ya que, como sucede comúnmente en los países receptores de inmigrantes, el aumento en la velocidad de los desplazamientos y las comunicaciones han facilitado la migración.

2 En la primera generación se encuentra la teoría o análisis de la economía neoclásica desde el punto micro hasta el nivel macro. En la segunda generación se incluyen enfoques como la nueva economía de la migración (NEM), teorías del mercado dual y de los sistemas mundiales.

3 Para migraciones no explícitamente laborales, como las de refugiados o de asilo, la misma recomposición global ha permitido que, a través de nuevos, mejores y más baratos canales de comunicación, los migrantes mantengan contacto con sus lugares de origen (Vertovec, 2003). Precisamente, el habitus transnacional acelera el proceso gracias a la revolución tecnológica asociada a ésta (Portes, Guarnizo y Haller, 2002; Portes, 2003; Pries, 2003).

4 Utiliza categorías supranacionales, como el Estado–nación, grandes empresas trans nacionales, instituciones, leyes, tratados internacionales, etcétera.

5 Toma el nivel de comunidad, explícitamente al individuo. En este sentido, Portes, Guarnizo y Landolt (2003) argumentan que el aumento de diferentes formas de transnacionalismo desde abajo tiene tanta importancia teórica como práctica.

6 Wilfredo Lozano (2003) nos dice que, en el caso del gobierno mexicano, el cambio de discurso y la serie de acciones emprendidas hacia su diáspora han permitido modificar el significado de la migración internacional gracias al aporte de las remesas familiares. Para este caso, el cambio del discurso político ha propiciado reformas constitucionales sustanciales; por ejemplo, la ciudadanía puede adquirirse o perderse, mientras que la nacionalidad puede recombinarse, ocultarse o mostrarse, dependiendo de las circunstancias. Tales modificaciones indican una aparente erosión del modelo de contenedor del Estado–nación por monopolizar la lealtad (Vertovec, 2003). Una de las respuestas del Estado–nación mexicano para no perder el control y la total soberanía sobre sus migrantes fue la de legislar la doble nacionalidad. La membresía posnacional garantiza, a un sujeto transnacional, sus derechos políticos.

7 Bourdieu no utiliza la palabra hábito para recalcar las reiteraciones y las prácticas, porque para este autor el hábito se considera, de forma espontánea, como algo repetitivo, mecánico, automático, más reproductivo que productivo.

8 Para Bourdieu (1994:113), un campo se define por los intereses específicos, que son irreductibles a las apuestas y a los intereses propios de otros campos y que no son percibidos por nadie que no haya sido construido para entrar en el campo (cada categoría de intereses implica la indiferencia a otros intereses, otras inversiones, destinados así a ser percibidos como absurdos, insensatos, sublimes o desinteresados). Para que un campo funcione es necesario que haya apuestas y personas dispuestas a jugar el juego, dotadas del habitus que implica el conocimiento y el reconocimiento.

9 Para Doña (2003:9), el proceso de globalización en el que se enmarca el transnacionalismo debe entenderse como un conjunto de procesos, no como una condición única. Este proceso refleja la emergencia de redes interregionales y sistemas de interacción e intercambio.

10 Por ejemplo, las casas cuentan con diseños modernos, de dos pisos, con jardines y cochera. Resalta su estructura, sobre todo cuando está rodeada de otras viviendas rústicas y de un ambiente propio del medio rural (Moctezuma, 2004).

11 Para Portes (2007:658–659), la ciudadanía doble representa el aspecto político más visible en el surgimiento y consolidación de vínculos transnacionales que se presentan entre las diásporas migrantes en sus respectivos países. Así mismo, defiende al transnacionalismo como un movimiento "de ida y vuelta" entre países de recepción y origen, que permite a los migrantes mantener su presencia en ambas sociedades y culturas, y explotar las oportunidades económicas y políticas creadas por estas vidas duales.

12 Un dólar es aportado por los migrantes; los otros tres son otorgados por los gobiernos federal, estatal y local.

13 Una definición pertinente sobre desarrollo es la que propone Amartya Sen (2000:8), la cual exige la eliminación de las principales fuentes de privación, como son: la pobreza, la escasez de oportunidades económicas y las privaciones u omisiones sociales sistemáticas, el abandono o falta de infraestructura en que pueden encontrarse los servicios públicos y la indiferencia de los gobiernos ante todos estos problemas.

 

Información sobre el autor

RENATO PINTOR SANDOVAL es candidato a doctor en ciencias políticas y sociales con orientación en relaciones internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro en estudios de Estados Unidos y Canadá por la Universidad Autónoma de Sinaloa y profesor de la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la misma institución. Ha participado en foros, conferencias y congresos internacionales en las áreas de migración internacional y políticas públicas. Participó como redactor del capítulo 2, "Economic and Social Background of Sinaloa", del informe Local Entrepreneurship Review Series: Case Study of the Mexican State of Sinaloa (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, 2004).