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Latinoamérica. Revista de estudios Latinoamericanos

versión impresa ISSN 1665-8574

Latinoamérica  no.51 México jul./dic. 2010

 

Reseñas

 

María del Rosario Rodríguez Díaz et al. [coords.], Imágenes y representaciones de México y los mexicanos, México, Porrúa–IIH–UMSNH, 2008,150 pp.

 

Felícitas López Portillo T.

 

CIALC–UNAM

 

El libro reseñado contiene los trabajos presentados en el Seminario "Imágenes y representaciones de México y los mexicanos", celebrado durante el mes de septiembre de 2008 por los miembros del cuerpo académico de Estudios Mexicanos del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El tema analizado se inscribe en la generosa corriente historiográfica dedicada a los temas de creación identitaria y del carácter del mexicano, que existió casi todo el siglo pasado con muy buena salud. En este caso particular, se investiga la creación y las representaciones de la identidad nacional a partir del triunfo del movimiento revolucionario de 1910. Lamentablemente, no se hace el debido hincapié en lo ocurrido durante las tres décadas anteriores, cuando el régimen porfirista creó las efemérides y la parafernalia patriótica que distinguen desde esa fecha a la nación mexicana, sin dejar de reconocer que se trata de un asunto aún no explorado a cabalidad. Una aportación clave del libro comentado es la utilización de distintas fuentes hemerográficas, de cuya riqueza y densidad informa para obtener una visión de conjunto de las diferentes coyunturas que, en los ámbitos nacional y regional, ocurrieron en nuestro país durante la época estudiada.

El primer ensayo se propone rastrear el problema de "La identidad imaginaria femenina durante el México porfiriano"1 a través del análisis del discurso manifestado en la prensa de la ciudad de Morelia. Como es obvio suponer, en los medios de comunicación se repiten los prejuicios culturales de carácter patriarcal propios de la época, expresados en forma magistral en las grandes novelas decimonónicas como La Regenta, Ana Karenina y Madame Bovary, por mencionar algunas de ellas. Con todo, admitamos que el papel femenino en la sociedad de entre siglos no era deleznable: bastión de la honra familiar, transmisora de los valores que moldeaban a la niñez y a la juventud, preservadoras del orden establecido, eran parte importantísima del engranaje de dominación clasista y de género. "De acuerdo a la perspectiva prevaleciente en el periodo, en la mujer predominaban las emociones sobre las facultades intelectuales, lo que la hacía proclive por naturaleza a las cuestiones afectivas, a la delicadeza, la sensibilidad, la pasividad y a la debilidad".2 Por otra parte, desafiar el libreto de lo establecido la sumía en la abyección social y en el abandono familiar; las "malas mujeres" eran prácticamente la representación de lo diabólico. Con la lectura del trabajo "Representaciones e identidades imaginarias acerca de la buena y la mala mujer en la prensa moreliana del cambio de siglo (XIX–XX)", de Lisette Griselda Rivera Reinaldos, caemos en la cuenta de que la verdadera revolución del siglo XX fue la encabezada por las mujeres.

Por su parte, Leticia Bobadilla González, en su análisis intitulado "La prensa mexicana y la guerra del 98: de xenofobias, nacionalismos y otras batallas", ilustra las polémicas surgidas en la prensa nacional con motivo de la guerra hispanoamericana, así como la aplicación de la neutralidad por parte del gobierno porfirista, el cual se enfrentó al dilema de apoyar a España o a la independencia cubana, puesto que conocía la ambición estadounidense de abalanzarse sobre las Antillas al terminar el conflicto, como efectivamente lo hicieron después de derrotada la metrópoli. En la ciudad de México había una importante colonia española, cuyo dominio comercial era conocido, así como su adhesión a la causa peninsular; pero también existían diarios que manifestaban una ardiente postura pro independencia de Cuba, junto a los que, más moderados, seguían los señalamientos oficiales. De igual manera, se examinan las caricaturas alusivas al tema: "Las opiniones y representaciones gráficas de dibujos publicados por la prensa mexicana sobre el conflicto hispano–cubano, que derivó en la intervención norteamericana en el 98, reflejan parte de las aspiraciones e intereses puestos en juego por los países contendientes".3

María del Rosario Rodríguez Díaz, en su trabajo intitulado "Una elección presidencial anunciada. Tomás Estrada Palma, primer presidente de Cuba. Una mirada desde México", revisa los editoriales y opiniones del relevante periódico porfirista El Imparcial, el cual alcanzaba un gran tiraje y fue de los primeros —sino el primero— que utilizó la maquinaria moderna que lo hacía posible. Además de representar el punto de vista oficial y de contar con colaboradores de primera línea, como Ángel del Campo, Amado Nervo, Luis G. Urbina, Justo Sierra, José Juan Tablada, por mencionar algunos nombres de los intelectuales más importantes de la época.

El Imparcial dio cabal cuenta de los acontecimientos ante la intervención norteamericana de 1898 y las elecciones que dieron posesión de la presidencia de la República de Cuba a Tomás Estrada Palma, sucesor de José Martí en la dirección del Partido Revolucionario Cubano. Como no podía ser menos tratándose del tema de la intervención norteamericana en la Gran Antilla, la autora peca de incomprensión ante el contexto histórico en que se desenvolvieron los personajes estudiados. La prosperidad de Cuba dependía del cultivo azucarero, y su principal cliente era precisamente la potencia del norte. Si querían superar los estragos dejados por la guerra, y emprender el crecimiento económico y el establecimiento de algo parecido a un Estado tenían que acordar con su padrino, quien, a través de la Enmienda Platt, se aseguraba el buen comportamiento de su ahijado.

Por su parte, Claudia González Gómez escribe sobre "Miradas desde Cuba en torno a la disputa del poder en México durante la lucha de facciones", enfocándose principalmente en las medidas de control tomadas por las diferentes facciones revolucionarias —sobre todo la carrancista— sobre los exiliados en Cuba, debido tanto a la cercanía de la Gran Antilla como a su interés geoestratégico por ser el destino de numerosos expulsados de las luchas partidarias desatadas a partir de 1910. Como escribe la autora, "El control que debía mantenerse fuera de las fronteras de México era importante para aquel grupo que pensara acceder al poder."4 Se señalan las posiciones del gobierno cubano y de la opinión pública insular respecto a la situación mexicana, así como las intrigas y diferendos de las diversas facciones políticas asentadas en Cuba, y sus esfuerzos por regresar al país.

La mirada española está dada por el eminente escritor Vicente Blasco Ibáñez, quien vino a nuestro país en la primavera de 1920 por invitación expresa del gobierno carrancista. La intención era que evidenciara "la pacificación del país, así como los progresos que se habían alcanzado gracias a la revolución",5 escribe Martín Pérez Acevedo. Sobre todo, se quería diera fe del proceso electoral a celebrarse por aquellas fechas; "Sin embargo, la marcha de los acontecimientos en el país, aunado a la aguda percepción social del escritor valenciano, dieron lugar a una de las controversias más significativas sobre la esencia del movimiento armado, como lo era el papel desarrollado por los militares triunfantes."6 Su libro se intituló El militarismo mejicano. Estudios publicados en los principales diarios de los Estados Unidos, y desató una polémica por las expresiones vertidas en él. Si bien en ocasiones campea la verdad objetiva de las matazones y la impunidad de los hombres armados, que eran prácticamente los amos del país, a despecho del civilismo de don Venustiano, quien quiso imponer a un civil en la presidencia de la República con los resultados conocidos por todos, también tienen cabida los prejuicios y los estereotipos, hecho que, por otra parte, son naturales. Recordemos que la moda de lo políticamente correcto y del relativismo cultural es reciente, y que don Vicente tenía la razón en muchas de sus apreciaciones. Por otra parte, después de diez años de sangrienta lucha era utópico pedir una realidad color de rosa, lejos del México bronco que, según don Porfirio, la Revolución despertó. Blasco Ibáñez asegura que la intención de su obra fue la siguiente:

como conocedor de los males que causa el burdo militarismo surgido de la revolución, supuse que podría prestar un gran servicio al verdadero pueblo mejicano denunciando cuanto antes las demasías de estos tiranuelos de pistola y haciendo ver cómo la revuelta que acaba de derribar a Carranza no tenía más alcance moral que el de un movimiento militarista y personalísimo.7

En el ensayo "Inventando al mexicano. Identidad, sociedad y cultura en el México posrevolucionario", Eduardo N. Mijangos Díaz y Juana Martínez Villa destacan la afirmación y el conocimiento que los mexicanos tuvieron entre sí con motivo de la Revolución. Octavio Paz afirmaba que México se conoció a sí mismo y se afianzó la personalidad nacional a través de los diez años de lucha y las movilizaciones populares a que dio lugar; señalemos que, por otra parte, dicha personalidad ya venía bastante consolidada por los treinta años anteriores. Si bien es cierto que las élites eran portadoras de un claro afrancesamiento —en la época, Francia era el faro de la cultura occidental, como lo es ahora el american way of life—, también lo es que durante la dictadura porfirista se conciliaron los extremos enfrentados durante casi toda la centuria decimonónica y se teorizó acerca de la identidad mestiza del mexicano. Por lo tanto, no considero una novedad la conclusión emitida por el Congreso Pedagógico Nacional reunido en La Piedad, Michoacán, en febrero de 1920: "La escuela mexicana debe organizarse de conformidad con nuestro modo de ser social, con la psicología del pueblo y con las fuentes principales de la riqueza nacional", conclusión que hubiera avalado Justo Sierra. Quizá el problema resida en que todavía no se admite que el movimiento social desatado a partir de 1910 y su institucionalización posrevolucionaria tiene más del porfirismo de lo que se quiere admitir, sin dejar de reconocer que el liberalismo de la Constitución del 57 fue modificado para dar cabida a los compromisos históricos asumidos por los líderes de la contienda armada, especialmente por el general Álvaro Obregón. "La heterogeneidad cultural de la sociedad mexicana evidenciada con el movimiento de la revolución, constituyó un dilema para la gobernabilidad del país, por lo que uno de los primeros intentos de cohesión se fincó en la reconstrucción de un imaginario nacional en el que prevalecieran ciertos elementos de identidad equivalentes para todos los mexicanos",8 cohesión y conciliación que constituyó una de las principales tareas llevadas a cabo por la dictadura porfirista. Eso sí, se agregó un nuevo panteón cívico, entre los que figuraban no pocos de los enemigos de la facción triunfante, inclusión que moderaba y pulía las aristas más peligrosas de disrupción social.

Por último, María del Pilar Schiaffini Hernández escribe sobre "La prensa frente a la radiodifusión. Perspectivas sobre la significación y posibilidades ideológicas del periodismo político en los años 20". Su texto examina la influencia de la radio en la construcción de la nueva identidad nacional surgida de la Revolución y su utilización por los poderes establecidos de la misma, así como su enfrentamiento con algunos medios impresos, como Excélsior. Pero, sobre todo, da cuenta de la labor de la periodista María Luisa Ross, también "pedagoga socialista, eugenesista, feminista, victoriana" [SIC],9 quien abogó a favor de la utilización cultural de este nuevo medio de expresión; aunque las autoridades lo utilizaron básicamente como elemento de propaganda oficial, o como concesión para allegarse recursos económicos.

En conclusión, el libro reseñado ofrece un amplio panorama de la batalla por la construcción identitaria con base en la nueva situación revolucionaria, así como los vínculos que desde siempre nos han unido a la Gran Antilla, tanto por la cercanía geográfica como por su significación histórica. Desafortunadamente, el mismo no está exento de errores tipográficos, la página 43 aparece en blanco, se nota carencia de atención a la corrección de estilo y alguna que otra falta de ortografía, algunos ensayos tienen bibliografía al final y otros carecen de ella, además de evidenciarse que más de uno no está elaborado con el cuidado requerido para este tipo de trabajos.

 

NOTAS

1 María del Rosario Rodríguez Díaz et al. [coords.], Imágenes y representaciones de México y los mexicanos, México, Porrúa–IIH–UMSNH, 2008, p. 1.         [ Links ]

2 Ibid., p. 5.

3 Ibid., p. 32.

4 Ibid., p. 61.

5 Ibid., p. 77.

6 Loc. cit.

7 Ibid., p. 85.

8 Ibid., p. 126.

9 Ibid., p. 137.