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LiminaR

On-line version ISSN 2007-8900

LiminaR vol.9 n.1 San Cristóbal de las Casas Jun. 2011

 

Reseñas

 

Fábregas Puig, Andrés (2010), Configuraciones regionales mexicanas. Un planteamiento antropológico

 

Daniel Villafuerte Solís

 

México: Gobierno del estado de Tabasco

 

Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, CESMECA – UNICACH.

 

Este es el primer libro de una serie de tres volúmenes, producto del extenso caminar del autor por pueblos, regiones y fronteras, desde su experiencia como antropólogo, como profesor de muchas generaciones de estudiantes de antropología, de sus múltiples conversaciones y contactos con académicos mexicanos y de otras latitudes.

El libro pone a discusión, de nuevo, un tema que es fundamental para entender la realidad mexicana, sobre todo porque en medio de la borrachera globalizadora se ha venido relegando, en México sobre todo, el análisis de lo regional, incluso se ha llegado a afirmar el fin de la geografía.

El texto está salpicado de muchos pasajes personales, sin perder la rigurosidad de la lectura acuciosa de la realidad que subyace en el "México profundo", según la expresión de Guillermo Bonfil. Sin lugar a duda, una de estos pasajes es el contacto con el pensamiento crítico en el que se discutía el problema del colonialismo.

El libro es fruto de este aprendizaje y por ello resultará muy estimulante hacer una reflexión del presente a partir de las tesis defendidas por el autor. Por ejemplo, el tema del indigenismo que permeó a la antropología durante varias décadas bien vale la pena ponerlo en la mesa de discusión a la luz de la realidad y de las políticas actuales.

En los gloriosos años del indigenismo, el Estado mexicano estaba preocupado por la integración de los indígenas al proyecto nacional. Hoy, por el contrario, estamos frente a una realidad excluyente, donde los indígenas forman parte de la población redundante del mundo globalizado. Y sin embargo, existe un movimiento indígena vigoroso en América Latina, que en alguna medida fue fortalecido con el efecto demostración del levantamiento zapatista en México.

En Chile, Ecuador, y particularmente en Bolivia, se vive un momento fundacional en la construcción de procesos autonómicos frente a la exclusión. Es justamente en este contexto donde el libro de Andrés Fábregas nos recuerda el legado de Guillermo Bonfil en el México Profundo. Esta referencia obliga a releer la propuesta de Bonfil y pensar la posibilidad de un proyecto civilizatorio basado en la construcción de un nuevo proyecto de nación, con un Estado pluricultural, dando lugar a la expresión de todas las voces, a la participación de las culturas que quedaron olvidadas, excluidas, exterminadas en algunos casos, en aras de un proyecto occidental para superar el subdesarrollo y la dependencia, nunca podremos alcanzar, como ha quedado demostrado en la experiencia de 50 años de esfuerzos de industrialización en América Latina.

Habrá que reflexionar sobre la vigencia del planteamiento de Bonfil, tomando en cuenta que el libro comenzó a escribirse en 1985 y su primera edición vio la luz en 1987. Es decir, han transcurrido 23 años, justamente la edad que tiene el neoliberalismo en México cuyos efectos han sido devastadores para el país, particularmente para las clases medidas, para los sectores populares y para los pueblos indios. Por eso resulta pertinente preguntarse sobre las bases para la construcción de una propuesta alternativa de nación, de una nación plural, donde los grupos, las etnias, tengan verdadera representación.

Hoy vivimos en medio de una crisis que ha alcanzado la totalidad de las esferas de la vida: la economía, la sociedad, la política, el medio ambiente, es decir una crisis civilizatoria que requiere una respuesta en el mismo sentido. No obstante, el problema fundamental es ¿desde dónde construirla? ¿Con qué grupos sociales? ¿Con qué esquemas de representación? La experiencia de algunos países latinoamericanos puede arrojar alguna luz para pensar en las particularidades que asumiría un proyecto de naturaleza distinta en México. Hoy tenemos un Proyecto Mesoamérica que no tiene nada que ver con la idea de la Mesoamérica profunda, parafraseando a Bonfil.

Es de llamar la atención a la cita del trabajo del Malinowski, subrayado por el autor, en donde refiere que "Los indígenas son el factor decisivo y determinante en la vida de la República. De su prosperidad y desarrollo educativo, de su cohesión nacional y capacidad para emprender y controlar asuntos privados y públicos depende el futuro del país en su conjunto" (p. 34). Debemos tener claro, por supuesto, que esta referencia se sitúa en los años cincuenta del siglo XX donde dominaba el debate sobre la integración de los indígenas a un proyecto de nación fundada en los parámetros del capitalismo occidental.

En aquellos años, donde el Estado jugaba un papel de primer orden en los procesos de transformación social, el modelo de la CEPAL constituía el paradigma de la modernización, preocupado por alcanzar ciertos niveles de industrialización que pudieran atenuar la dependencia y el subdesarrollo. Hoy, la realidad ha cambiado sustancialmente, el Estado ha sufrido una metamorfosis radical y la economía ha cobrado centralidad en el proyecto civilizatorio. El consumo en masa, en la expresión del economista Rostow en su Manifiesto no comunista, representaba el estadio más alto del desarrollo de la sociedad occidental.

En la primera parte del libro hay un interesante recuento teórico que siguió el pensamiento antropológico en su debate por encontrar el objeto primordial de la disciplina. Mientras en México se imponía, en la Escuela Nacional de Antropología, el principal centro de formación de antropólogos, una visión centrada en el indigenismo, en Inglaterra y Estados Unidos se debatían los campos de la antropología cultural y la antropología social en donde el concepto cultura jugaba un papel central.

El autor hace notar: la resistencia frente al "culturalismo norteamericano" en la Escuela Nacional de Antropología obedecía a la fobia imperialista. El "sospechosismo" hacia los antropólogos norteamericanos de estar ligados a los planes del Departamento de Estado y del Pentágono produjo un rechazo a esta corriente de pensamiento, al tiempo que se reforzaba la antropología social, misma que privilegiaba el análisis de las estructuras por encima de la "sobre–estructura cultural". Se pensaba, así, que las formas sociales estaban determinadas por las estructuras y no por la cultura.

Esta anotación de Andrés Fábregas es muy importante porque revela la marca de una época, de la vigencia de una ortodoxia de pensamiento. Tenemos que recordar que en ciencias sociales las ideologías han estado siempre presentes, negarlo sería un gran error. Esto hace recordar lo expresado por Joan Robinson, una de las grandes economistas del siglo XX, que en su libro Libertad y necesidad escribió:

Todo ser humano posee concepciones ideológicas, morales y políticas. Pretender no tener ninguna y ser puramente objetivo tiene que ser necesariamente un autoengaño o una manera de engañar a otros. Un autor sincero expondrá claramente sus concepciones previas y permitirá al lector hacer caso omiso de ellas en caso de no aceptarlas.

Creo que esto es lo que hace el autor en su libro al mostrarnos el entorno que circundó el estudio de las configuraciones regionales, iniciado en la región de Chalco–Amecameca.

El estudio de esta región concilió el enfoque de clase, propio de la antropología social, con el análisis de la antropología cultural. Se optó por seguir la teoría crítica del colonialismo que estaba en boga en esos momentos en América Latina. Otro tema también muy interesante es el cuestionamiento al método antropológico, que sigue siendo central en la antropología, nos referimos a la etnografía. El argumento es que el método no pasaba de ser una descripción que inhibía la teoría.

Un aspecto más que menciona Fábregas es el predominio, durante el periodo 1960–1980, del tema indígena y de la cuestión nacional en la agenda de la antropología mexicana. ¿Qué explica esta preocupación? ¿Se estaba cuestionando un proyecto de nación que caminaba hacia el México imaginario? Me parece que el debate quedó inconcluso, se discutía profusamente la cuestión campesina, los escritos de Warman, entre otros Los campesinos hijos predilectos del régimen refleja la apasionada polémica de aquella época entre campesinistas y descampesinistas.

Asimismo, el contrapunto entre Aguirre Beltrán y Guillermo Bonfil, uno defendiendo el indigenismo y la antropología cultural, otro crítico del indigenismo, de la integración y del colonialismo, retrata con mucha claridad los posicionamientos académicos, ideológicos y políticos del momento. Por una parte, la existencia de una sociedad dual, que hizo ver la existencia de regiones de refugio y, por otra parte, el colonialismo interno defendido por autores como González Casanova. Por cierto vale la pena citar un par de ideas de Casanova en su libro La democracia en México: "El colonialismo interno es una de las pruebas más fehacientes de las limitaciones del mercado nacional, del trabajo asalariado, del desarrollo pleno de la burguesía" (p. 191). En una de sus conclusiones dice: "...la democracia se mide por la participación del pueblo en el ingreso, la cultura y el poder, y todo lo demás es folklore democrático o retórica" (p. 224).

Por otra parte, la influencia de antropólogos como Manuel Gamio, pionero en los estudios migratorios, fue muy importante en los análisis sobre regiones en México. La distinción entre zona y región permitió entender mejor la dinámica de los pueblos y culturas, en la que se apuesta por un visión integral e interdisciplinaria. Su obra La población del Valle de Teotihuacán, citada por Fábregas, es una muestra del paradigma de los estudios regionales que propone.

Después de una larga introducción, con los antecedentes teórico–metodológicos, el autor pasa al análisis concreto de las regiones de interés, comenzando por: El estudio de la región de Chalco–Amecameca–Coauhtla.

En el análisis de esta región se encuentra presente la idea de cultura compleja, que refiere a las múltiples relaciones, al paisaje, la arquitectura de los pueblos de la región. Con esta idea describe y analiza las grandes transformaciones regionales, el avance del capitalismo y la destrucción de las culturas y de los recursos naturales, el crecimiento urbano, la explosión demográfica en detrimento de los bosques, el agua, la tierra.

Desde una perspectiva histórica, Fábregas va dibujando la región. Región fértil, con varios pisos ecológicos que indican el paso de la tierra fría a la tierra caliente, el cambio de vegetación, en medio de todo el predominio del cultivo del maíz. A través del concepto de ecología cultural, el autor refiere que hasta antes de la llegada de los españoles se distinguían los pueblos chinamperos, los cultivadores de los valles aluviales de Tlalmanalco, Amecameca y Tenango, así como los pobladores de las laderas de la Sierra Nevada con sus áreas pedregosas, que estructuraban la región apenas alteado por el dominio mexica.

Refiere la diversidad de identidades culturales, en medio de la lengua náhuatl y el crecimiento demográfico que presionaba sobre los bosques, con el fin de ampliar la frontera maicera y la proliferación de una variedad de cultivos como el frijol, la calabaza y el chile. Fue la región más densamente poblada, con una estructura organizativa compleja, que representó un desafío para los monarcas españoles. Se registra un intenso intercambio de productos a través de los tianguis establecidos en los grandes centros políticos y económicos.

Un evento de gran importancia que refiere el autor y que bien vale la pena destacar aquí es la desestructuración de la región con el establecimiento del régimen colonial, que en principio provocó la desecación de la zona lacustre y con ello se produjo un cambio radical en la ecología cultural: "se terminaron la pesca, la construcción de embarcaciones, los puertos y los embarcaderos, así como el intercambio comercial ribereño". Las epidemias hicieron descender la población y se produjo un cambio en el patrón de asentamientos. Ese proceso que comenzó a dibujarse durante el régimen colonial llevó, en años recientes, a cambiar el perfil regional al grado de que Fábregas se pregunta si ¿Habrá llegado a su fin la región Chalco–Amecameca–Coauhtla? Esto, porque como asegura el autor, la ciudad de México avanzó sobre el valle, la plancha urbana devoró los pueblos y las ciudades de Chalco y Amecameca se transformaron en aglomeraciones con todos los problemas sociales y de servicios básicos que ello implica. Y, sin embargo, como más adelante refiere, "las culturas añejas, con sus continuidades y reformulaciones presentes, aún sobreviven".

En seguida, el autor pasa al análisis de la región Altos de Jalisco, a la que denomina:

 

Una región ranchera: Los Altos de Jalisco

El análisis de esta región se sitúa en las trasformaciones institucionales y de las realidades ocurridas en el periodo de los setenta del siglo XX. El asenso del socialismo por la vía electoral, el surgimiento de instituciones dedicadas a la antropología en México, con el CIESAS. Aguirre Beltrán, Ángel Palerm y Guillermo Bonfil, que formaban parte del llamado grupo de los "siete magníficos", se hacían más visibles en una época de transición de ideas.

Fábregas hace notar la revisión que hizo Palerm de las visiones evolucionistas de Morgan, de Engels y del marxismo oficial de la Unión Soviética. También de la revisión de las concepciones del estructural–funcionalismo, de los estructuralistas franceses y de los culturalistas de la escuela norteamericana. Pero no se queda allí, llama la atención las propuestas de lecturas de otros autores, entre los que destacan el economista ruso Chayanov y Eric Wolf que abrieron, junto con otros autores, el estudio de la economía campesina en México, sin olvidar a Karl Polanyi que ahora, de nueva cuenta, está en la bibliografía de varios programas de posgrado por su significado en el contexto de la teoría neoliberal popularizada por Hayek. Eran tiempos de apasionadas discusiones en la relación entre antropología y marxismo, donde el evolucionismo unilineal cobro fuerza en una aproximación revisada de los escritos de Marx. El descubrimiento de la sociedad asiática en los escritos de Marx revivió el debate en torno al evolucionismo lineal muy influenciado por la biología: La crisis de la antropología y el vacio teórico para explicar las realidades que se resistían al análisis de la antropología tradicional.

En este marco se inscribe el estudio de Los Altos de Jalisco, en el que además el autor optó por el método de la ecología cultural, en una perspectiva que retoma la discusión de los evolucionistas a partir de los planteamientos de Marx y de las interpretaciones de Palerm y Krader, además de estar presente el concepto de frontera en una discusión con Turner y Lattimor.

Como en el caso del análisis de la región anterior, aquí comienza con una descripción del medio geográfico, que con frecuencia se olvida en los estudios sociales pero que son aspectos constitutivos de realidades, de formas de hacer y ser de la población de una región concreta. Fábregas señala que "Los Altos es una región como tal desde época temprana, colonizada por ganaderos castellanos, andaluces y extremeños, uno que otro portugués y quizá algún vasco" (p. 187). Católicos fervientes, "se constituyeron desde los primeros días coloniales como bastiones de identidad española y cristiana que después devino en la identidad criolla y mestiza mexicana".

El autor enmarca a la región de estudio en el contexto de la macrorregión Centro–Occidente caracterizada por la diversidad de condiciones históricas, ecológicas y culturales. Destaca la importancia de Guadalajara como centro político y económico que desde la colonia comenzó a cobrar centralidad. La inmigración de españoles, así como de franceses, libaneses y belgas, acentuó la importancia de Guadalajara. El capital industrial y financiero terminó por definir el papel del principal centro urbano de la región.

La geografía de Los Altos de Jalisco es descrita con detalle por el autor, la población, la división municipal, las características de sus tierras y montañas, las restricciones que presenta para la agricultura. Todo ello hace que el ranchero de la región se enfrente con las dificultades propias de la composición natural del clima, su estacionalidad, así como la restricción de sus recursos naturales caracterizados por los diversos grados de la aridez.

La desigualdad social en el campo, la pobreza de sus recursos tecnológicos y las restricciones del medio natural, son puestas de manifiesto por Fábregas al señalar enfáticamente el predominio de la propiedad privada, producto de un proceso histórico donde la revuelta cristera jugó un papel importante.

Describe cómo las cabeceras municipales juegan un papel relevante en el control en la integración de la región, en la vida política, la actividad económica y la cultura. Lagos de Moreno, Arandas, Tepatitlán, San Juan de los Lagos, entre otras, constituyen un ejemplo de los intercambios en los mercados, las iglesias, en las ferias, y lo que Andrés llama el turismo religioso.

Hay en el análisis de la región una fascinación y el interés del autor por el estudio de los rancheros, desde la antropología política. También encontramos caracterizada a la Iglesia como estructura de poder, aspecto descuidado hasta entonces por los antropólogos. Estos elementos hacen ver la región como protagonista en la formación de la nación mexicana. Desde la visión de la teoría de la frontera resulta interesante observar que la ganadería subordinó a la agricultura en una función que permitió apoyar la actividad minera en vistas del establecimiento de una línea de avance de la colonización española, de protección de la explotación minera. En este sentido, la región como frontera cumplió un papel relevante como zona de reserva y de contención de los grupos étnicos rebeldes.

Las transformaciones recientes en la región de Los Altos de Jalisco deviene de un proceso histórico al que se añaden los cambios religiosos y la migración hacia Estados Unidos, de este último proceso se observan efectos en la producción ganadera, de producción de carne a la producción de leche a través de formas más intensivas de explotación, como la estabulación del ganado, en el que la compañía Nestlé jugó un papel de primer orden. Después se sumaría la producción de huevo y la de cerdos, que terminó por desplazar a la tradicional zona de La Piedad, en Michoacán. No se puede dejar de mencionar el desarrollo reciente de la industria tequilera que pronto se convirtió en un mercado laboral para los indígenas tsotsiles de Los Altos de Chiapas. El estudio de Los Altos de Jalisco concluye con una interesante etnografía de Lagos de Moreno, que Fábregas caracteriza como "la ventana al mundo de la región alteña".

Finalmente, el autor aborda la región de Jalapa, a la que denomina: Jalapa y su región: Poder, ganado, haciendas y plantaciones.

El análisis de esta región comienza situando el estado del arte de la antropología mexicana en los años setenta. Para entonces, el indigenismo había cedido su lugar a una agenda más amplia estimulada por los acontecimientos del 68 y de principios de los setenta en México, así como de las guerras en Centroamérica. En este marco, se entiende cómo la antropología se inclina por los estudios sobre política.

La región de Jalapa contrasta con la de Los Altos de Jalisco, una diferencia es la relación de la primera con el centro económico y político del país. También es notoria la diferencia de recursos y paisajes naturales. Las haciendas y la presencia de la comunidad indígena también eran rasgos distintivos de la región con respecto a Los Altos de Jalisco. Además del tipo de cultivos, propios de Mesoamérica.

Los conceptos de función, estructura y proceso, dan cuenta de la discusión teórica en la antropología mexicana que recibía influencia de Inglaterra y Francia. La articulación entre la etnografía y la teoría, el análisis de los factores que definen la práctica social, y el estudio de la organización social, fueron beneficiarios de los conceptos referidos. En medio de la discusión entre marxistas y etnicistas estaba el tema del cambio social, la diferencia entre ambos lo hacía el énfasis entre la clase social y la cultura.

En el análisis de la región de Jalapa, el autor enfatiza los procesos locales y regionales en su articulación con los procesos más amplios, a diferencia de lo que en el momento predominaba en la antropología, es decir los análisis macro políticos. La razón que alude el autor es que se parte de reconocer el carácter plural de la sociedad mexicana, por lo que no es suficiente un análisis de carácter macro, es necesario por lo tanto establecer las articulaciones con los procesos micro.

Observa el autor que la permanencia del cacicazgo y la reconstrucción de la comunidad después de la Revolución mexicana hicieron que preservara la relación patrón–cliente. En el fondo de todo estaba el debate del concepto de nación y el correlato de la naturaleza misma del Estado.

En el análisis de Fábregas también está el concepto de pisos ecológicos, que sirve para diferenciar las realidades naturales y sociales. A los cultivos tradicionales de maíz, frijol, calabaza, chile y maguey, los españoles añadirían la caña de azúcar y, más tarde, la ganadería, que con el tiempo fue desplazando el cultivo del tabaco y la caña de azúcar. En este análisis distingue la hacienda de la plantación, diferencia que está dada por el uso de la tierra —latifundio frente a sociedad mercantil—, pero en el caso de Jalapa la plantación se fundía en la hacienda, en este sentido es interesante la metamorfosis que asume el latifundista como comerciante, empresario y casa teniente. Por lo demás, la hacienda fue proveedora de productos para los mercados regionales y para el mercado mundial, en el que el hacendado encarnó al comerciante, al político, al empresario y al administrador. La comunidad indígena fue la fuente de mano de obra para la hacienda.

Siendo el latifundio la columna vertebral de la desigualdad en la región, el autor muestra la relación entre las haciendas y las familias de origen colonial. El papel que desempeñaron en el desarrollo urbano regional, en particular la centralidad que ejerció la ciudad de Jalapa, que hasta la fecha tiene el mayor peso dado su carácter de sede de los poderes públicos y rectora de la dinámica comercial. Además, los comerciantes y cafetaleros tienen su residencia en Jalapa.

La descripción en torno a la organización de la hacienda y el control sobre los trabajadores resulta muy interesante. Es una organización jerárquica muy parecida a la empresa capitalista moderna, donde las relaciones entre el patrón y los trabajadores no son directas, es una intermediación jerárquica que va desde el administrador, pasando por una jerarquía de mayordomos, hasta llegar a los capitanes responsables de las cuadrillas de trabajadores. Las relaciones de confianza y lealtad constituyen el eje del sostenimiento de la hacienda.

El autor describe con lujo de detalle el funcionamiento de la hacienda, las relaciones laborales, los salarios, la producción. Las diferencias entre una y otra, que estaba definida por el tipo de relación entre hacendado y peón. Es enfático en señalar que la transformación de las haciendas y la formación de los ejidos en la región fueron posibles no tanto por la fuerza de un movimiento campesino sino del contexto mismo de la Revolución mexicana que llevó a la crisis las relaciones de trabajo y abrió la posibilidad de organizar la tenencia de la tierra y los mismos productores. El periodo 1928–1934, en el que Veracruz fue gobernado por el coronel Adalberto Tejada, fue muy importante en la transformación de la tenencia de la tierra. También refiere las alianzas que ciertos terratenientes llevaron a cabo con el gobierno de Lázaro Cárdenas, como es el caso del cacique Manuel Parra quien contaba con un ejército de guardias blancas, situación que, entre otras cosas, le permitía tener un poder paralelo al gobierno del estado.

El café y la caña de azúcar forman parte de la vida de la región. La expansión de la frontera cafetalera generó el crecimiento de un mercado laboral que alcanzaba su mayor extensión en tiempo de cosecha. La relación entre pequeños productores de café y el Estado, a través del Instituto Mexicano del Café, se impuso como un sello de época, que a través de las llamadas Unidades Económicas de Producción y Comercialización, UEPC, se ejercía el control corporativo. Más adelante, el Inmecafé se convierte en instrumento al servicio de los grandes acaparadores del café. La caña de azúcar también constituyó una fuente muy importante de trabajo para miles de jornaleros, aquí también el Estado asumía un papel primordial en la producción, a través del crédito y el control de los precios por medio de la Comisión Nacional del Azúcar.

El análisis concluye con una reflexión muy interesante en torno a la formación regional del poder, en donde los hombres fuertes controlan la producción, la comercialización y tienen acceso al poder a través de intermediados, que van desde los políticos profesionales hasta los comisariados ejidales. Indudablemente, eran los tiempos del Partido Revolucionario Institucional.

Concluyo esta reseña diciendo que el libro de Andrés Fábregas, compuesto por tres ensayos en torno a las tres regiones descritas líneas arriba, es una contribución relevante al conocimiento de la formación de espacios económicos, sociales y de poder en una etapa de desarrollo del país, que actualmente nos alerta sobre la diversidad de regiones con expresiones culturales distintas, que lleva a la necesidad de discutir los viejos temas no acabados, como la pertinencia de un Estado plural, que representen las distintas expresiones, sectores, grupos de la sociedad.

Es además un libro bien escrito, ameno, muy útil para quien tenga interés no sólo en la formación histórica de las regiones en México, sino también para los estudiosos de la antropología, atraídos por el debate teórico y metodológico, por el estado del arte de la antropología y su devenir en un mundo que está cambiando rápidamente y donde las ciencias sociales tienen que ofrecer una respuesta.