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vol.19 número38Arturo Taracena Arriola (ed.), La primera guerra federal centroamericana, 1826-1829. Nación y estados, republicanismo y violencia, Guatemala, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa/Centro Peninsular en Humanidades y en Ciencias Sociales- Universidad Nacional Autónoma de México/Instituto de Estudios Humanísticos-Cara Parens-Universidad Rafael Landívar, 2015, 230 p.Sergio Rosas Salas, La Iglesia mexicana en tiempos de impiedad: Francisco Pablo Vázquez, 1769-1847, México, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/El Colegio de Michoacán/Educación y Cultura, 2015, 379 p. índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
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Signos históricos

versión impresa ISSN 1665-4420

Sig. his vol.19 no.38 México jul./dic. 2017

 

Reseñas

Servando Ortoll, Artífices y avatares. Lo que revela el juicio de Tepames, Colima (1909-1914), Guadalajara, Archivo Histórico del Municipio de Colima, 2015, 222 p.

1Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, Departamento de Filosofía, georg.leidenberger@gmail.com

Ortoll, Servando. Artífices y avatares. Lo que revela el juicio de Tepames, Colima (1909-1914). Guadalajara: Archivo Histórico del Municipio de Colima, 2015. 222p.

A menos que uno conozca el caso de Tepames, Colima, se tendrá poca idea de lo que trata este compacto libro. La antigua fotografía de la portada indica un mundo extraño: una casa de dos aguas en estado precario, apenas visible atrás de un muro de piedras amontonadas y a su alrededor un bosque montañoso; en una segunda apreciación se detecta un campesino de pie frente a la casa. En efecto, el texto lleva al lector a un lugar y un suceso remotos: en este pequeño poblado rural, ubicado a 25 km de la capital del estado, el 15 de marzo de 1909, dos campesinos murieron a balazos, aparentemente debido a una riña por tierras entre vecinos.

De ser un suceso meramente local, el caso escaló de nivel con rapidez. Un periódico de Guadalajara reportó que los presuntos asesinos fueron tres hermanos del poblado, pero que ellos sólo ejecutaron una orden procedente del comandante municipal de Colima. Éste, a su vez, involucró al gobernador del estado, quien era un aliado político del Presidente de la República. De tal manera, pronto queda claro que al desenredar los lazos personales del caso se evidencian los mecanismos del poder y la cultura política del México porfiriano tardío. Lo que revela el juicio de Tepames también son las sorprendentes continuidades en el pasado y presente del país: una matanza que rápidamente alcanzó un nivel de consternación nacional y donde hubo enredos de intereses políticos en todos los niveles federativos; a esto le siguió una investigación que ocultó cada vez más los “hechos verdaderos”, bajo una cobertura mediática más amarillista e interesada que investigativa y crítica.

Pero hay que avanzar paso a paso. Inspirado en el estilo narrativo del libro, imaginemos el juicio de Tepames como una obra de teatro. Al escenario con decoración sobria y colores grises opacos (como la fotografía de la portada) van entrando y saliendo, uno por uno, los testigos de lo sucedido. Lo narrado por los personajes se actúa, a manera de flashback, en el segundo plano del escenario. A continuación tenemos una selección de algunas escenas hipotéticas:

  • Primera escena. Entra Darío Pizano, el comandante municipal de la policía de Colima, quien dirige su testimonio al público, el cual se actúa: Pizano recibiendo una orden del emisario del gobernador de Colima, Enrique de la Madrid. ¿El encargo? Arrestar a los hermanos Bartolo y Marciano Suárez, terratenientes de una aldea llamada Tepames, por causa de violación a varias mujeres. Sale Pizano del escenario.

  • Escenas segunda, tercera y cuarta. Aparecen otros personajes en esta obra policiaca: los perpetradores materiales de la matanza (que son los propietarios del predio colindante), los hermanos Mauricio, Onofre y Fermín Anguiano. También hay testigos de la balacera: el párroco Daniel Negrete y su criada, Eusebia Quintero, entre otros.

  • Quinta escena. Llega desde la Ciudad de México Eduardo Xicoy, “juez independiente” y enviado especial por el presidente de la República, Porfirio Díaz. Pronto se percata de que, efectivamente, el excomandante de la policía no actuó por voluntad propia, tal como alegó la prensa. Sin embargo, en cuanto sus indagaciones se acercan a la figura del gobernador, el presidente Díaz lo retira del caso con el pretexto de la “fragilidad psicológica” del juez. (En los tiempos del auge del anti-reeleccionismo, Díaz no podía vulnerar a un aliado tan importante como era De la Madrid.)

  • Sexta escena. Vuelve el ahora excomandante de policía a contar una nueva versión de los hechos. El emisario pasa la orden del gobernador: Pizano debe arrestar a los hermanos Suárez y luego, en el camino a Colima, debe matarlos. En estos avatares en las indagaciones -entre muchos otros-, el gobernador De la Madrid resulta acusado como artífice de la matanza de Tepames.

Como sucede en estas escenas, cada testimonio va aclarando o confundiendo lo que se sabe acerca de lo ocurrido en la aldea de Tepames, aquel marzo de 1909. La narrativa -cuya complejidad va en aumento con cada nueva declaración e informe- invita al lector a asumir el papel de un detective en busca del culpable. Cabe resaltar que poner al lector a jugar Clue no es una estrategia común en la historiografía, pero resulta eficaz para adentrarlo en esta extraña historia.

Los testigos de Tepames cobran vida en este libro, en el cual amplias citas textuales de sus declaraciones orales o escritas permiten imaginar cómo eran y cómo vivían. Por ejemplo, la esposa de Pizano escribe una carta al presidente Díaz en la que defiende a su marido, acusado de haber dado la orden de matar a los hermanos Suárez. En su escritura -en un castellano apenas inteligible y lleno de desesperación- ruega por la intervención de quien era visto -por tantos compatriotas suyos- como el gran padre de la nación. Asimismo, por medio de una exposición de los personajes involucrados en el caso, el autor va acercando al lector a aspectos de la historia social y cultural de la época.

Resulta necesario incluir a otro actor clave de nuestra obra imaginaria: El Globo de Guadalajara, con fecha del 6 de abril de 1909, en el cual, tres semanas después del hecho, se dio la noticia de la matanza de Tepames por primera vez. Este periódico, y otros de Guadalajara y del Distrito Federal, expusieron el caso a la luz pública y dieron seguimiento a la investigación.

Entre las escenas teatrales se proyectan otros titulares: “El horrendo atentado de los Tepames”, “Pizano profanó a los cadáveres de los asesinados”, “El Presidente recibe a la madre de los hermanos Suárez en Palacio Nacional”, “El Presidente envía juez independiente a Colima”, “Juez Xicoy fue retirado del caso”.

¿Sirvió la prensa como un vehículo de objetividad? ¿Personificó “la última instancia de la verdad”, como afirmó uno de los jueces del caso, o convirtió un hecho criminal en un espectáculo político, repleto de morbosidad y sentimentalismos? Como haya sido, la prensa tenía sus propios intereses en el caso. El periodista jalisciense J. Trinidad Alamillo -líder del gremio en Guadalajara- era director del movimiento antireeleccionista, cuyo objetivo era debilitar al gobernador colimense De la Madrid, un aliado clave del presidente Díaz.

Teniendo en cuenta la cobertura de la prensa, me surge la pregunta respecto a cuál era la función de la opinión pública durante el Porfiriato. ¿Fue ésta una fuerza independiente del Estado, un espacio habermasiano de la razón? ¿Fue una falsa etiqueta que encubría un espacio comunicativo de mera manipulación? La respuesta parece ser: las dos cosas, pues cuando el régimen porfirista estaba por derrumbarse, la opinión pública era estandarte de la “cosa pública”, así como foro de espectáculo y juego de intereses.

Con tantos testimonios contradictorios, reportes periodísticos dudosos y enredos de intereses, descubrir lo que realmente sucedió parece imposible. Por suerte, el lector pronto se percata de que sí hay un detective con todo el afán de descubrir la verdad, de postular una versión coherente y plausible de lo sucedido, a pesar del profundo embrollo de corrupción, poder y encubrimiento del caso. Este criminólogo agudo y cuidadoso es nada menos que el historiador y autor del libro. Al final, Servando Ortoll funge como un procurador que retoma el caso de Tepames de hace más de cien años para anunciar a los culpables por medio de un análisis exhaustivo de los datos empíricos disponibles: los testimonios del juicio, correspondencias e innumerables artículos periodísticos. Y, nuevamente, lo hace con una convicción poco usual: la verdad existe para ser encontrada. Citando al historiador Herbert Butterfield, afirma que la historia puede transportarnos “a un mundo en donde todo se comprende” (p. 22, n. 6).

En medio de los testimonios, el autor -con excelente pluma- inserta su voz para comentar las inconsistencias, y lleva al lector hacia una explicación del caso. El texto no cuenta con adornos literarios ni interpretaciones provocadoras, por lo que resulta algo sobrio, y exige del lector esta misma diligencia con la que se aplicó el autor. Queda a debate si este acercamiento cuasi-positivista es la única o mejor manera de aprovechar -historiográficamente hablando- el rico material de este caso. Lo que sí queda claro es que el estudio por medio de este aparentemente remoto suceso brinda un detallado y fascinante retrato de México en las vísperas de la Revolución.

¿Quién fue el autor intelectual, el artífice del crimen? Habrá que leer el libro. Sólo se otorga una pista, la cual tiene que ver con una aportación del Porfiriato mucho más positiva (aunque aparentemente menos duradera) que el clientelismo, la intriga y el encubrimiento: el ferrocarril.

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