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Signos filosóficos

versão impressa ISSN 1665-1324

Sig. Fil vol.13 no.25 México jan./jun. 2011

 

Artículos

 

Los reportes pirrónicos. Escepticismo, inferencialismo y disyuntivismo

 

Pedro Stepanenko*

 

* Instituto de Investigaciones Filosóficas-Universidad Nacional Autónoma de México, pedros@unam.mx

 

Recepción: 12/01/11
Aceptación: 04/05/11

 

Resumen

En este artículo argumento que un escéptico pirrónico puede recurrir a una interpretación condicional o a una interpretación disyuntivista de los enunciados de la forma "me parece que p" para mostrar que puede reportar sus experiencias sin adquirir los compromisos epistémicos normalmente asumidos al autoadscribirnos experiencias.

Palabras clave: autoconocimiento, compromiso epistémico, disyuntivismo, escepticismo, inferencialismo.

 

Abstract

In this article I argue that pyrrhonean skeptics can use a conditional as well as a disjunctivist interpretation of statements having the form "it seems to me that p" in order to show that it is possible to report their experiences without acquiring the epistemic commitments we normally accept when self-ascribing experiences.

Key words: self–knowledge, epistemic commitment, disjuntivism, skepticism, inferentialism.

 

El problema a tratar en este artículo es el siguiente: ¿cómo es posible que el escéptico pirrónico pretenda reportar sus experiencias sin adquirir los compromisos epistémicos normalmente asumidos mediante la autoadscripción de estados mentales? Me propongo mostrar que esta pretensión no es incoherente, pues es posible ofrecer una caracterización de esos reportes que no los comprometa con las creencias expresadas a través de la autoadscripción de estados mentales ni, por lo tanto, con sus consecuencias. Al analizar este problema doy por sentado que el escéptico pirrónico reporta sus experiencias a través de enunciados de la forma "me parece que p", por lo cual, el objetivo de este artículo se dirige específicamente a localizar el análisis de estos enunciados que dé cuenta de esta posición. El principal riesgo que corre el pirrónico cuando intenta liberarse de esos compromisos es privar a sus reportes de todo significado, pues uno de los criterios para considerar que alguien entiende un enunciado es su disposición a reconocer sus consecuencias. Por esta razón, ese análisis debe mostrar que esos enunciados tienen consecuencias distintas a las de una autoadscripción normal de estados mentales. Teniendo esto en consideración, ofreceré una interpretación de los reportes pirrónicos inspirada en algunas de las ideas de Wilfrid Sellars expuestas en su famoso artículo "Empirism and the philosophy of mind". Esta interpretación muestra que estos reportes pueden expresar un condicional y no un juicio simple o atómico como aquel con el cual nos comprometemos al autoadscribirnos estados mentales. También expondré una interpretación disyuntivista de los reportes pirrónicos inspirada en "Visual experiences" de John Michael Hinton y argumentaré que esta interpretación le permite al pirrónico enfrentar al escéptico cartesiano, para el cual los reportes de nuestras experiencias constituyen conocimiento de nuestros propios estados mentales.

Debo advertir desde ahora que no pretendo mostrar que el escéptico pirrónico pueda reportar sus experiencias ignorando los compromisos epistémicos adquiridos al adscribir experiencias. Tan sólo pretendo mostrar que él no necesita suscribirlos en sus reportes. Argumentaré, incluso, que el pirrónico necesita apoyarse en los compromisos epistémicos de otros para no despojar a sus propios reportes de todo significado. Esto no equivale a sostener que su posición sea incoherente, sino sólo dependiente de la posición de quienes sí asumen los compromisos epistémicos de una adscripción de experiencias.

 

EL ESCEPTICISMO PIRRÓNICO EN CONTRASTE CON EL ESCEPTICISMO CARTESIANO

Empezaré por explicar qué entiendo por escepticismo pirrónico, pues mi interés no es histórico. No expondré los argumentos ofrecidos por los escépticos antiguos en contra del conocimiento ni en favor de la posibilidad de reconocer apariencias sin aceptar las teorías de los dogmáticos. Partiré de una caracterización general de su posición y propondré argumentos en su favor inspirados en la filosofía contemporánea. Entiendo, pues, por escepticismo pirrónico, una actitud reflexiva que busca liberarse de los compromisos epistémicos adquiridos cuando juzgamos cómo son las cosas. Por compromiso epistémico entiendo la obligación adquirida por una persona al afirmar o rechazar un enunciado (al considerarlo como verdadero o falso). Esta obligación consiste básicamente en ser consecuente con la afirmación o el rechazo del enunciado en cuestión, en aceptar las consecuencias de adoptar alguna de estas dos actitudes.

El ideal del pirrónico es vivir sin compromisos y dejarse guiar sólo por las apariencias. Pero, como la aprehensión o el registro de las apariencias debe conllevar algún tipo de compromiso epistémico, entonces diré que el pirrónico busca vivir aceptando el menor número posible de compromisos epistémicos. Si consideramos que el pronunciamiento en favor de una creencia implica aceptar ciertos compromisos, entonces el pirrónico recomienda suscribir el menor número posible de creencias. Al igual que los demás tipos de escépticos, cuestiona la adscripción de conocimiento, argumentando que las razones a nuestra disposición son insuficientes para garantizar la verdad de las creencias. Pero su rechazo de las creencias no sólo está motivado por la imposibilidad de garantizar su verdad, sino también por la liberación de no tener que defenderlas. Deshacerse de sus creencias no es para él una reacción de impotencia, sino un remedio para el mal producido al comprometerse con un juicio.

Esta actitud contrasta notablemente con la posición del escéptico cartesiano, para el cual una creencia debe ser rechazada hasta no contar con la mayor certeza posible de su verdad. En este caso, la posición ante las creencias está inspirada por la esperanza de alcanzar conocimientos, por el proyecto de reordenar nuestras creencias de tal manera que la certeza de unas se pueda transmitir a otras o al menos para jerarquizarlas de acuerdo con el grado de certeza. El escéptico cartesiano cuenta con un modelo de conocimiento certero y, por ello, su escepticismo es parcial. A su juicio las autoadscripciones de estados mentales poseen la certeza requerida para contar como conocimiento. El problema es que este conocimiento no constituye una evidencia suficiente para justificar las creencias que tenemos acerca de los objetos que representan las experiencias. Desde la Modernidad, este ha sido el problema emblemático del escepticismo: el problema del mundo externo.

Estoy de acuerdo con Michael Williams (1988: 547) y con Benson Mates (1996: 21) en que el problema del mundo externo no se encuentra en el escepticismo pirrónico. De acuerdo con Mates, esto se debe a que el pirrónico no acepta la distinción entre mente y mundo material externo. La distinción que sí reconoce es entre "lo que a uno le parece ahora que es el caso y lo que supuestamente es el caso" (Mates, 1996: 21). Esto le permite a Sexto Empírico afirmar que los pirrónicos asienten a las apariencias, es decir, asienten a lo que les parece (1993: 58-59; I, 10). Pero, ¿no equivale esto a reconocer que tienen conocimiento de los estados mentales reportados mediante enunciados de la forma "me parece que p"? Al sostener esto, ¿no acepta Sexto Empírico que los pirrónicos conocen los estados mentales reportados aun cuando no acepten el conocimiento de los objetos representados en esos estados mentales? Considero un error entender de esta manera la aceptación pirrónica de las apariencias. Interpretarla de esta forma es conceder que hay un ámbito privilegiado de objetos de conocimiento en el cual desaparece la diferencia entre lo que parece y lo que es el caso. Pero esta diferencia no tiene por qué desaparecer cuando hablamos de nuestras experiencias: una cosa es lo que realmente me sucede cuando tengo una experiencia y otra es lo que me parece que me sucede. El pirrónico no está buscando un ámbito privilegiado de conocimiento, como lo hace el escéptico cartesiano. No tiene por qué detenerse ante los propios estados mentales. Es cierto que cuando Sexto Empírico sostiene que "no ponemos en cuestión la apariencia, sino lo que se dice de la apariencia" (Mates, 1996: 92; Hipotiposis pirrónicas [I, 10]), debemos entender que los pirrónicos no ponen en duda la existencia de las experiencias. Esto no quiere decir, sin embargo, que no pongan en duda lo que creemos acerca de las experiencias mismas, es decir, lo que podemos decir acerca de ellas.

Esta interpretación puede ser controvertida, pero creo que concuerda con la pretensión del pirrónico de extender la suspensión del juicio lo más lejos posible. Entenderé, pues, por escepticismo pirrónico uno que pretende ser global, un escepticismo que no se detiene, como lo hace el escéptico cartesiano, ante el presunto conocimiento de estados mentales. También debo advertir que no comparto la opinión de Robert Fogelin (1994: 5-9) de acuerdo con la cual el pirronismo no cuestiona las creencias ordinarias, sino sólo aquellas que forman parte de una teoría filosófica. A pesar de que esta opinión tiene un fuerte respaldo en la obra de Sexto Empírico (1993: I, 11), me parece que hace abstracción de algunos aspectos del pirronismo. Ignora que la imagen de Pirrón heredada no es la de alguien limitado a cuestionar las ideas de otros filósofos, sino la de alguien que lleva un modo de vida sin compromisos doxásticos y desapegada de los asuntos mundanos, gracias a lo cual habría alcanzado un estado de imperturbabilidad. En segundo lugar, no parece darle importancia al hecho de que muchos de los argumentos presentados por Sexto Empírico en contra de creencias filosóficas también pueden aplicarse a las creencias ordinarias. En tercer lugar, no contempla la posibilidad de que el asentimiento del pirrónico a las creencias ordinarias represente una actitud muy distinta de la adoptada por la mayoría de las personas ante esas mismas creencias. Esta opinión depende, pues, de una diferencia tajante entre las creencias ordinarias y las creencias filosóficas y por ello considera que las primeras pueden ser inmunes a las críticas en contra de las segundas. Esta diferencia radical me parece muy cuestionable, por lo cual consideraré que el pirrónico no sólo cuestiona las creencias que forman parte de una teoría filosófica, sino también las creencias ordinarias.

 

DISTINTOS USOS DE LA EXPRESIÓN "ME PARECE QUE ..."

El escéptico pirrónico pretende ser global y cuestiona incluso el conocimiento que pueden expresar las autoadscripciones de estados mentales, pese a esto sostiene que es posible reportar experiencias mediante enunciados de la forma "me parece que p". ¿Es esto coherente?

La expresión "me parece que ..." se usa en numerosas ocasiones para expresar una creencia de manera cautelosa. Quien la usa tiene dudas acerca de la verdad del enunciado subordinado y está dispuesto a rectificar su opinión si se le muestra lo contrario. El pirrónico no puede usar esa expresión de esta manera (Mates, 1996: 11). Hacerlo equivaldría a renunciar de entrada a la posibilidad de reportar sus experiencias sin adquirir compromisos epistémicos con el enunciado subordinado, aunque sea de manera cautelosa. Pero este uso tampoco representa el significado dado a esa expresión cuando nos autoadscribimos una experiencia. Si digo: me parece que la luna está corriendo cuando la veo a través de unas nubes que se están moviendo muy rápido, no es que tenga dudas respecto a la verdad del enunciado "La luna está corriendo". Sé que son las nubes las que se mueven, pero a mí me parece que es la luna la que se mueve. Al autoadscribirme un estado mental mediante el enunciado "Me parece que la luna está corriendo" no estoy hablando de la luna, sino de mi experiencia. Mis consideraciones acerca del movimiento de la luna y de las nubes pueden servirme para especificar qué clase de experiencia tengo, pero pueden no tener ningún influjo sobre su contenido representacional. Incluso cuando sepa con certeza que la luna no se puede mover como a mí me parece que lo hace, aun así, mi experiencia puede seguir representándome el movimiento de la luna como el de una avioneta cruzando las nubes. Lo mismo sucede con la ilusión Müller-Lyer. Puedo cerciorarme con una regla que las líneas paralelas que veo tienen la misma longitud, pero no por ello la línea con las puntas en forma de flecha deja de parecerme más corta que la otra.

En los ejemplos anteriores no sólo reporto el contenido representacional de mi experiencia, sino que mediante el uso de la expresión "me parece que ...", también especifico el tipo de experiencia en la cual me encuentro. Se trata de una ilusión que puedo distinguir de una percepción verídica, de un sueño o de una alucinación. Al describir la situación en la cual reporto mi experiencia, estoy proporcionando las razones para caracterizarla como una ilusión y una de las principales razones es considerar que los enunciados "La luna está corriendo" o "La línea con las puntas en forma de flecha es más corta que la otra" son falsos. Es cierto que puedo no describir la situación en la cual reporto mi experiencia, pero en este caso la elección de la expresión "me parece que ..." está motivada precisamente por las creencias que tengo acerca de la situación en la cual me encuentro.

Este uso de la expresión "me parece que ..." tampoco puede servirle al pirrónico para evitar compromisos epistémicos, pues no sólo se estaría comprometiendo con la falsedad del enunciado subordinado, sino también con la verdad de la autoadscripción de un tipo específico de experiencia y, por lo tanto, con sus consecuencias. Lo que el pirrónico necesita es un significado que no lo obligue a darle un valor de verdad al enunciado subordinado. De esta manera, no sólo se abstendría de creer que p, sino que también evitaría especificar el tipo de experiencia en el cual se encuentra. Pensemos un caso donde no pueda distinguir si mi experiencia es una ilusión o una percepción verídica. Supongamos que a mi edad visito un hotel donde pasaba las vacaciones de verano con mis padres cuando era niño. Pido la habitación que recuerdo haber ocupado siempre y al entrar digo que me parece estar en una habitación más pequeña que la que recuerdo. Quizás esta impresión se deba a la diferencia en el tamaño de mi cuerpo. Tal vez recordé mal el número de habitación y estoy viendo otra. Es posible que sea la misma habitación y haya sido remodelada. No sé cuál sea la causa de esta impresión y todavía no tengo motivos para privilegiar ninguna de estas posibilidades. Probablemente esté percibiendo la habitación remodelada, o tenga la ilusión de que era más grande, o estoy viendo otra habitación. No sé si el enunciado "Estoy en una habitación más pequeña que la ocupada cuando era niño" es verdadero, tampoco tengo suficientes razones para creer que es falso. Por ello, no sé ni cuento con razones para creer que tengo una ilusión o que, en efecto, estoy viendo una habitación más pequeña. Hay, pues, situaciones en las cuales el uso de la expresión "me parece que ..." no nos compromete con la autoadscripción de un tipo específico de experiencia.

Este es el uso de los enunciados de la forma "me parece que p" que necesita el escéptico pirrónico. Con este uso no se compromete a creer que p, aunque sea cautelosamente, ni se compromete con la creencia de que se encuentra en un tipo específico de experiencia. El escéptico cartesiano estaría de acuerdo en que ese tipo de enunciados no suscriben esos compromisos, pero agregaría que no se necesitan para adscribirse una experiencia con determinado contenido proposicional. Puedo no saber —sostendría— si el contenido proposicional de mi experiencia es verdadero, puedo no saber en qué tipo de experiencia me encuentro, pero ninguna de esas dos cosas me impide decir que sé que tengo una experiencia con determinado contenido proposicional. El cartesiano sostiene, pues, saber lo que le parece y esto es suficiente para afirmar que conoce la experiencia en la cual se encuentra. De acuerdo con él, el valor de verdad del contenido proposicional de su experiencia no modifica el valor de verdad de su autoadscripción. Esto significa para él que el conocimiento de sus experiencias es independiente del conocimiento de los objetos representados.

Esta independencia epistémica puede explicarse de dos maneras distintas. Una consiste en sostener que podemos tener exactamente la misma experiencia aun cuando no existan los objetos representados, es decir, aun cuando su contenido proposicional sea falso. El cartesiano de hecho está comprometido con esta explicación y por ello la independencia epistémica de nuestras adscripciones constituye para él una razón en favor del dualismo metafísico. Si podemos tener la misma experiencia cuando existen los objetos representados y cuando no existen es porque las experiencias pertenecen a un ámbito de la realidad distinto al de los objetos representados. El pirrónico no tiene por qué aceptar la posibilidad de tener exactamente las mismas experiencias con independencia de la existencia de los objetos representados; no tiene por qué aceptar que todas las experiencias reportadas pueden existir con independencia de los objetos representados. Quizá muchas de ellas no puedan existir sin ellos, o tal vez el valor de verdad de la autoadscripción que el cartesiano quiere obligarlo a reconocer dependa del valor de verdad del contenido proposicional de la experiencia adscrita. El pirrónico puede apelar a las autoadscripciones comunes y corrientes para apoyar esta idea. Normalmente nos autoadscribimos algún tipo de experiencia. Cuando decimos que percibimos algo suponemos que existe lo percibido. Si nos damos cuenta de que no existe lo que pretendíamos percibir, entonces reconocemos que nos hemos equivocado, que nuestra autoadscripción es falsa, al igual que el contenido proposicional de la experiencia que tenemos. Cuando decimos, en cambio, que tenemos una ilusión o soñamos, suponemos que no existe lo representado por esas experiencias, aunque en algunas ocasiones podría existir. Al reportar sus experiencias, el pirrónico se abstiene de juzgar si su contenido proposicional es verdadero o falso. También se abstiene de juzgar si su experiencia puede existir sin los objetos representados. Quizá la manera común y corriente en que nos autoadscribimos experiencias esté en lo correcto al suponer que las percepciones no pueden existir sin los objetos representados, a diferencia de los sueños y las alucinaciones. Como el pirrónico no pretende saber que está ante una percepción o ante una alucinación, entonces tampoco pretende saber si su experiencia podría existir sin los objetos representados.

Si la explicación ofrecida por el cartesiano sobre la independencia epistémica de las autoadscripciones presupone que podemos tener exactamente las mismas experiencias sin la existencia de los objetos representados, entonces el pirrónico no tiene por qué aceptar esa independencia. Sin embargo, puede haber una explicación más sencilla de esa independencia: para conocer nuestras experiencias no necesitamos especificar el tipo de experiencia que tenemos, así como no necesitamos saber qué tipo de árbol estamos viendo para aceptar que estamos viendo un árbol. No necesitamos saber si estamos ante una percepción o ante un sueño para aceptar que conocemos la experiencia que tenemos. Esta explicación presupone que tanto las experiencias verídicas (cuyo contenido proposicional es verdadero) como los sueños, las ilusiones y alucinaciones pertenecen a una clase común, es decir, presupone que son estados pertenecientes a un mismo género de cosas, el cual se subdivide por diferencias específicas. Resulta mucho más difícil cuestionar este presupuesto que el dualismo metafísico. Después de todo, tanto las percepciones como los sueños son experiencias, son estados intencionales con determinado carácter fenoménico. Aun así, este presupuesto se puede cuestionar, como lo hace el disyuntivismo, señalando que el hecho de que, en un momento dado, una alucinación o un sueño sean indistinguibles de una percepción no es una buena razón para considerar que pertenezcan a una clase común, al igual que el hecho de poder confundir frutas reales con imitaciones hechas en madera o barro no las hace pertenecer a una clase común.1 Tampoco resulta convincente colocar a esos estados mentales en una clase común por el hecho de tener propiedades intencionales y carácter fenoménico. Los deseos también tienen propiedades intencionales y carácter fenoménico, mas no por ello forman parte de una clase común al lado de las alucinaciones y las percepciones.

¿Significa esto que no podemos seguir hablando de tipos de experiencias? Creo que no. Podemos clasificar las experiencias por la manera en que nos parecen y seguir hablando de las ilusiones, los sueños y las percepciones como tipos de experiencias. Pero esta clasificación no debe pretender establecer clases de estados mentales, ya que sólo toma en consideración su apariencia, no su naturaleza. Los estados mentales —debe sostener el disyuntivista— no sólo son lo que parecen. Para hablar de clases comunes y sostener que podemos saber cuando algo pertenece a una clase común, aunque no podamos reconocer sus diferencias específicas, necesitamos considerar la naturaleza de los estados mentales, no sólo su apariencia. Ahora bien, el escéptico pirrónico no tiene por qué tomar posición al lado del disyuntivista respecto a la ausencia de una clase común. Le basta con advertir que el disyuntivista puede tener razón. Es posible —advertiría— que la experiencia reportada no pertenezca a una clase común al lado de los demás tipos de experiencias y que su conocimiento no sea como el de un árbol para el cual no es necesario saber su especie.2

¿Qué clase de compromiso epistémico adquiere, pues, el pirrónico al reportar sus experiencias? El inferencialismo tiene razón al sostener que el significado de un enunciado depende de la red inferencial que hace posible reconocer sus consecuencias. Por ello, el pirrónico debe especificar el tipo de consecuencias que tienen sus reportes. Si no lo hace, corre el peligro de privar a sus reportes de cualquier significado. Obviamente, el pirrónico adquiere algún compromiso epistémico al decir que le parece que p: acepta la verdad de "Me parece que p" y la falsedad de "No me parece que p". Pero no ganamos mucho con esta aclaración mientras no analicemos los enunciados de la forma "me parece que p" tal como los usa el pirrónico. No tendremos una idea clara del compromiso adquirido, si no contamos con un análisis de ese uso. Algo importante se ha logrado, sin embargo, al distinguir este uso de otros en los cuales tenemos que comprometernos con un valor de verdad del enunciado subordinado o con la verdad de una autoadscripción.

 

ACTITUD POLÉMICA E INFERENCIALISMO

Una de las objeciones utilizada por los dogmáticos para hacer frente a los escépticos pirrónicos era que su rechazo de los enunciados dogmáticos les impedía comprender lo puesto en cuestión. Al comienzo del segundo libro de las Hipotiposis pirrónicas, Sexto Empírico responde a esta objeción advirtiendo que para comprender lo dicho por alguien no es necesario aceptarlo. De no ser así —agrega— los propios dogmáticos estarían cancelando la posibilidad de discutir. Ellos podrían replicar que sus discusiones son locales, no dudan de todo, toman como punto de partida ciertas creencias incuestionables. El problema con el pirrónico —enfatizaría el dogmático— es que no asume ningún enunciado del cual se puedan derivar consecuencias sobre lo discutido. A su vez el escéptico puede contra argumentar que no necesita pronunciarse en favor de la verdad de un enunciado para analizar cuáles son sus consecuencias. Puede suponer su verdad y sacar las consecuencias. El resultado de su análisis puede expresarlo mediante un condicional, lo cual no lo obliga a pronunciase en favor de la verdad del antecedente. Cuando polemiza supone la verdad de ciertos enunciados que otros concederían y muestra que una de sus consecuencias es la negación de lo aceptado por algunos dogmáticos. Al mismo tiempo, puede suponer la verdad de otros enunciados de los cuales se deriva lo contrario.

Esta defensa del pirrónico presupone la siguiente condición inferencialista de la comprensión de enunciados:

S comprende p si y sólo si S está dispuesto a reconocer las consecuencias de afirmar que p.3

Si el pirrónico se mantiene en su posición polémica no parece tener problemas con esta condición, puede reconocer las consecuencias de afirmar que p sin por eso aceptarlo. No necesita para ello comprometerse ni con la verdad de p ni con sus consecuencias. Mientras no se pronuncie por la verdad de ninguno de los enunciados de los cuales saca consecuencias y respete las reglas de inferencia lógica seguidas también por los dogmáticos no se le puede acusar de caer en contradicción o de ser incoherente. Si además respeta las conexiones inferenciales derivadas del significado de los términos que usa, entonces no se le puede acusar de incapacidad para comprender lo que cuestiona. Lo que no puede dejar de admitir son los condicionales que le permiten obtener o expresar las consecuencias de p.4 El pirrónico puede, entonces, moverse dentro de una red de conexiones inferenciales y discutir con quien asume la verdad de los enunciados que cuestiona. Lo que se abstiene de juzgar son enunciados simples o atómicos y las conjunciones que pueden obtenerse a partir de ellos. El tipo de compromiso que debe evitar el escéptico es, entonces, el adquirido cuando aceptamos la verdad de un enunciado simple o atómico.

Pero ¿qué sucede cuando el pirrónico abandona su posición polémica y reporta sus experiencias? Ahora es él quien tiene que especificar las consecuencias con las cuales se compromete y el punto de partida parecen ser enunciados simples o atómicos. En este caso, estaría aceptando precisamente el tipo de compromisos epistémicos que debería evitar. La única salida posible es argumentar que sus reportes sólo parecen enunciados simples o atómicos, pero en realidad no lo son.

 

LA INTERPRETACIÓN CONDICIONAL

En su famoso artículo "Empiricism and the philosophy of mind", Wilfrid Sellars ofrece una interpretación de los enunciados de la forma "a S le parece que x es φ" la cual puede ser utilizada para comprender la actitud pirrónica que busca evitar los compromisos epistémicos normalmente adquiridos al autoadscribirnos experiencias. Expondré brevemente el análisis de Sellars y después lo utilizaré para interpretar el significado de los enunciados de la forma "me parece que p" tal como debe entenderlos el pirrónico.

La interpretación ofrecida por Sellars de ese tipo de enunciados comienza con un análisis del uso de enunciados de la forma "S ve que x es φ". En circunstancias normales, quien pronuncia este tipo de enunciados no sólo describe la experiencia que tiene S, sino además aprueba o suscribe que x es φ (Sellars, 1997: 39). Cuando esas circunstancias se ven alteradas o adoptamos una actitud reflexiva, haciéndonos dudar si debemos suscribir que x es φ, podemos desconectar o suspender la pretensión proposicional (propositional claim) —como la llama Sellars— de esa experiencia y, entonces, sólo afirmamos que a S le parece ver que x es φ. El contenido proposicional de la experiencia sigue siendo el mismo, lo único que hacemos es dejar de aceptar su pretensión de verdad. Bajo circunstancias normales, le adscribimos a S una experiencia con la pretensión de que x es φ, y aceptamos esa pretensión como correcta. Si decimos que a S le parece que x es φ, entonces sólo describimos su experiencia al adscribirle una pretensión que no suscribimos (Sellars, 1997: 40-41).

De acuerdo con este análisis, ver, por ejemplo, que esa pelota que está ahí es azul, parecer que esa pelota que está ahí es azul y parecer que hay ahí una pelota que es azul, tienen el mismo contenido proposicional: que esa pelota que está ahí es azul (Sellars, 1997: 49-50). Lo que cambia cuando afirmamos una cosa o la otra es el compromiso adquirido con ese contenido proposicional común. En el primer caso se acepta que esa pelota es azul; en el segundo, se pone en entredicho que esa pelota sea azul; en el tercero, se cuestiona incluso que haya una pelota azul. Pero no sólo el contenido proposicional de esas tres experiencias es el mismo para Sellars, sino que además la única manera de especificar su contenido cualitativo o fenoménico es mediante un condicional que toma como verdadero el contenido proposicional común: "si el contenido proposicional fuera verdadero, entonces las tres situaciones serían casos de ver" (Sellars, 1997: 50-51). Esto quiere decir que al describir una experiencia cuyo contenido proposicional no aceptamos, debemos recurrir a un condicional de la forma "Si p fuera verdadero, entonces S vería que p".

La principal diferencia entre decir que alguien ve que p y decir que sólo le parece que p se encuentra, pues, en el compromiso que la persona que lleva a cabo la adscripción adquiere con el contenido proposicional de la experiencia. Al suscribir la pretensión proposicional de la experiencia que S tiene y, consecuentemente, afirmar que S ve que p caracterizamos el estado de S como algo que proporciona razones para creer p y sus consecuencias; al tomar distancia de la pretensión proposicional de esa experiencia y decir sólo que a S le parece que p, lo que hacemos es suspender los compromisos epistémicos que conlleva la aceptación de p y, por lo tanto, su experiencia deja de ser una razón en favor de p y de sus consecuencias.

Sellars utiliza este análisis como parte de un argumento en contra del fundacionista empirista que pretende anclar el conocimiento empírico en enunciados de la forma "x parece φ". Al escéptico pirrónico, en cambio, este análisis podría servirle para explicar por qué sus reportes no lo comprometen con el contenido proposicional de sus experiencias ni con la adscripción de un tipo de experiencia en particular.

Sin embargo, este análisis, tal como lo he presentado, no parece funcionar desde la perspectiva de la primera persona, porque no es posible adscribirse una pretensión sin suscribirla. Si afirmo que me parece que p, no puedo pretender que p sea verdadera y no aceptar que lo sea. Sellars evita este absurdo porque sostiene que es mi experiencia la que tiene una pretensión proposicional, la cual puedo dejar de suscribir. De acuerdo con su propuesta, el uso del reporte "me parece que x es φ" en lugar de la afirmación "x es φ" se debe a que, por algún tipo de consideración, tomo distancia de mi experiencia y me resisto a suscribir la pretensión proposicional que le adscribo (Sellars, 1997: 41). Pero, atribuirle pretensiones a mis experiencias no puede ser más que una metáfora de las pretensiones que yo mismo podría atribuirme si no adoptara una actitud tan suspicaz o de las pretensiones que otra persona podría suscribir en la situación en la cual me encuentro. Lo que Sellars quiere enfatizar con su análisis es que los reportes, en los cuales evitamos comprometernos con la verdad del contenido proposicional de nuestras experiencias, presuponen las afirmaciones en las que sí adquirimos ese compromiso. En otras palabras: sólo una vez adquirida la práctica de afirmar el contenido proposicional de nuestras experiencias es posible tomar distancia de ellas. Pero esto se podría explicar apelando a las conexiones inferenciales que garantizan el significado de un reporte, en lugar de adscribirle pretensiones proposicionales a las experiencias mismas. Quien afirma que le parece que x es φ debe saber cuáles son los compromisos adquiridos al afirmar que x es φ, aun cuando no los asuma. Uno de esos compromisos tiene que ver con el tipo de experiencia que estaría dispuesto a autoadscribirse.

Pero, ¿cómo puede este análisis ofrecerle al escéptico pirrónico una manera de comprender sus reportes si le exige apoyarse en el lenguaje de quien asume los compromisos epistémicos de los cuales quiere liberarse? ¿Al usar ese lenguaje no adquiere los compromisos epistémicos de los cuales quiere liberarse? Creo que la inteligibilidad de los reportes pirrónicos depende de la respuesta negativa a esta última pregunta. Si el pirrónico tuviera que crear su propio lenguaje para otorgarle significado a sus reportes, no sólo sería presa fácil de los argumentos en contra del lenguaje privado, sino que se comprometería con enunciados simples o atómicos, los cuales precisamente necesita evitar para hacer plausible su posición. Necesitaría decirnos qué enunciados cuentan como razones de otros enunciados (véase Rorty, 1970: 222) y bajo qué circunstancias podemos afirmar los enunciados que cuentan como razones. Si se apoya, en cambio, en las conexiones inferenciales de un lenguaje ya constituido, puede siempre dudar que las circunstancias bajo las cuales normalmente se acepta un enunciado atómico sean condiciones suficientes para su aceptación o dudar que seamos capaces de reconocer cuándo nos encontramos en esas circunstancias. Debe, pues, reconocer su carácter parasitario, lo cual no equivale a renunciar a su posición escéptica: puede seguir dudando del conocimiento que los otros pretender tener, aun cuando se apoye en esas pretensiones para otorgarle significado a sus reportes.

La observación de Sellars acerca de la descripción de la experiencia reportada cuando se dice que a uno le parece que x es φ le ofrece al pirrónico la posibilidad de interpretar sus reportes como condicionales y, de esta manera, evitar los compromisos epistémicos tanto con el contenido proposicional de sus experiencias como con la adscripción de un tipo específico de experiencia. De acuerdo con esta observación, al reportar una experiencia, lo que uno hace es sostener que si su contenido proposicional (p) fuera verdadero, entonces uno afirmaría que percibe que p. El pirrónico puede apoyarse en este condicional siempre y cuando la actitud hacia p no sea la de rechazo, sino la de suspensión de juicio. Sellars sugiere que esta es la actitud en el contexto de un reporte, pues en este caso hay consideraciones que plantean si uno debe suscribir o no el contenido proposicional de la experiencia.5 Si no tomamos posición respecto al valor de verdad del contenido proposicional, entonces podemos expresar ese condicional de modo indicativo: si p, entonces percibo que p. Este es el condicional indicativo que el escéptico pirrónico necesita para evitar los compromisos con enunciados simples o atómicos. Al afirmar, por ejemplo, "Me parece que hay una manzana sobre la mesa" no se compromete con la adscripción de un tipo específico de experiencia; sólo afirma "Si hay una manzana sobre la mesa, entonces veo una manzana sobre la mesa". Afirma que si el mundo es de cierta manera, entonces su experiencia es una percepción verídica. Sabe que las cualidades fenoménicas de su experiencia normalmente cuentan como razones para afirmar que hay una manzana sobre la mesa. Pero ahora duda que sean buenas razones para creerlo. También sabe que si aceptara otras razones para afirmar la existencia de una manzana sobre la mesa, entonces podría aceptar que su experiencia es una percepción verídica, a pesar de que sus cualidades fenoménicas no sean buenas razones. Sin embargo, no cuenta con esas razones porque no quiere adquirir compromisos epistémicos. A pesar de ello, creo que el escéptico pirrónico se puede apoyar en los compromisos epistémicos de otros para describir su propia experiencia, recurriendo al condicional antes mencionado. Con él no está dando razones ni en favor del contenido proposicional de su experiencia ni de la adscripción de una percepción verídica. Tampoco afirma que el estado mental en el cual se encuentra es una ilusión o una alucinación. Su compromiso epistémico es con un condicional, no con un enunciado simple o atómico en el cual se adscribe un determinado tipo de experiencia. El pirrónico puede, por lo tanto, reportar sus experiencias sin adquirir los compromisos epistémicos normalmente adquiridos mediante la autoadscripción de experiencias.

Gracias a esta interpretación condicional, los reportes pirrónicos pueden cumplir con la condición inferencialista de la comprensión de enunciados. El pirrónico está dispuesto a reconocer las consecuencias de afirmar o suscribir las autoadscripciones en cuyo significado se apoya para reportar sus experiencias. Pero no tiene por qué comprometerse con esas consecuencias, ya que él sólo suscribe un condicional. También respeta las conexiones inferenciales de los términos utilizados en sus reportes. Puede aceptar sin ningún problema que la autoadscripción de una percepción implica la verdad de su contenido proposicional. De hecho, el significado del condicional con el que se compromete depende de las conexiones inferenciales de ese tipo de autoadscripción. Puede incluso complementar el significado de su reporte utilizando autoadscripciones de experiencias con cualidades fenoménicas semejantes a las de una percepción. Para ello, también debe apoyarse en las conexiones inferenciales que normalmente aceptamos entre los enunciados que expresan sus contenidos proposicionales y sus adscripciones. Puede afirmar también que si p es falso, entonces alucina o sueña o tiene la ilusión de que p. El significado completo de sus reportes podría ser, entonces, la conjunción de dos condicionales: si p, entonces percibo que p y si -p, entonces alucino, sueño o tengo la ilusión de que p.

A este análisis de los reportes pirrónicos se le pueden hacer dos objeciones: una proveniente del verificacionismo y otra derivada de las teorías causales de la percepción. La primera señala que el análisis de Sellars parece estar aceptando el verificacionismo, conforme al cual el significado de un enunciado depende del reconocimiento de las circunstancias en las cuales es verdadero. Si el pirrónico se apoya en la práctica de adscribir experiencias que Sellars describe, entonces para conservar el significado de un reporte y entender sus consecuencias debe aceptar casos en los cuales podemos adscribir con certeza percepciones verídicas. Sin pretender responder esta objeción, sólo quiero presentar una razón para mostrar que este diagnóstico de los reportes pirrónicos no cae tan fácilmente en la mira de esta objeción. El análisis de Sellars, al menos como lo he presentado, sostiene que la práctica de adscribir experiencias depende de la aceptación de sus contenidos proposicionales, no de la verdad misma de éstos, de tal manera, sólo puede decirse que el significado de los reportes pirrónicos depende de las creencias que entran en juego en la práctica de adscribir experiencias, no del conocimiento de las circunstancias en las cuales esas adscripciones son verdaderas. El pirrónico puede y debe aceptar que el significado de sus reportes se apoya en las creencias que él mismo ha tenido. Después de todo, no tendría sentido liberarse de las creencias que no ha tenido. Lo que debe reconocer a su pesar es que su posición es parasitaria, pues el significado de sus reportes sigue dependiendo de las creencias de otros.

La segunda objeción ataca el análisis condicional de los enunciados de la forma "me parece que p". De acuerdo con ella, este análisis es incorrecto porque puede haber casos en los cuales p es verdadera y sin embargo el sujeto de adscripción de la experiencia en lugar de percibir está teniendo una ilusión o una alucinación. Puedo alucinar una manzana sobre una mesa frente a una manzana sobre una mesa. En tal caso, el reporte "Me parece que hay una manzana sobre la mesa" no puede significar que si hay una manzana sobre la mesa, entonces veo que hay una manzana sobre la mesa, ni la experiencia en la que me encuentro podría describirse correctamente usando ese condicional. Los defensores de la teoría causal de la percepción han utilizado este tipo de ejemplos para mostrar que una de las condiciones necesarias del conocimiento perceptual es la relación causal entre lo que se percibe y la percepción. Pero, al usar ese condicional, el pirrónico no pretende ofrecer una teoría de la percepción, sólo busca apoyarse en las inferencias normalmente aceptadas cuando adscribimos una percepción para darle significado a sus reportes. Aun cuando haya ocasiones en las cuales ese condicional sea falso, la mayoría de las veces consideramos correcto inferir "Percibo que p" a partir de la aceptación de p y la experiencia de que p. Si se le pudiera mostrar al pirrónico que el significado mismo de las adscripciones de percepciones depende de la aceptación de una relación causal entre lo percibido y la experiencia, entonces sí tendría que aceptar como parte del antecedente de su condicional un enunciado que expresara esa relación. Sin embargo, esto tampoco lo obliga a cambiar mucho su posición, pues no se comprometería con ninguno de los enunciados que forman parte del antecedente.

 

LA INTERPRETACIÓN DISYUNTIVISTA

La interpretación disyuntivista de los enunciados de la forma "me parece que p" también puede ser utilizada por el escéptico pirrónico para evitar los compromisos epistémicos con las autoadscripciones de experiencias. De acuerdo con la formulación original de John Michael Hinton, el significado de "Me parece ver un destello de luz" es el siguiente enunciado disyuntivo: "Veo un destello de luz o tengo la ilusión de un destello de luz" (Hinton, 1967: 217). Para adaptar este análisis a la caracterización de los reportes pirrónicos aquí presentada es necesario reformular este análisis de tal manera que podamos hablar de enunciados subordinados y de contenidos proposicionales de nuestras experiencias. El primer paso consiste en modificar la expresión del reporte que debe ser analizado: en lugar de ser "Me parece ver un destello de luz" debe ser "Me parece que veo un destello de luz". El siguiente paso concierne a la forma de las autoadscripciones. Éstas también deben incluir un enunciado subordinado. En este caso, dicho enunciado debe expresar el contenido proposicional de las experiencias reportadas. En lugar de decir "Veo un destello de luz" debo decir "Veo que hay un destello de luz" o mejor "Veo que una luz destella". Así pues, mi propuesta sobre la adaptación del análisis de Hinton es la siguiente: el significado del reporte "Me parece que veo que una luz destella" es el enunciado disyuntivo "Veo que una luz destella o tengo la ilusión de que una luz destella".

Al igual que la interpretación condicional, este análisis le permite al pirrónico reportar sus experiencias sin comprometerse con las autoadscripciones en cuyo significado se apoya. En este caso, cuando reporta una experiencia visual mediante el enunciado "Me parece que hay una manzana sobre la mesa", éste equivale a "Veo que hay una manzana sobre la mesa o tengo la ilusión de que hay una manzana sobre la mesa". El pirrónico afirma que se encuentra en alguna de las dos experiencias mencionadas, pero no se compromete con la autoadscripción de una de ellas en particular. En otras palabras: afirma tener una experiencia que puede ser una percepción o una ilusión y, además, se abstiene de dar razones en favor de alguna de estas dos opciones. Pero —podría objetársele— ¿cómo puede conservar la diferencia de significado entre ver y tener la ilusión si no acepta en ninguna ocasión una razón o una evidencia en favor de una de esas dos opciones? En este caso, el escéptico pirrónico puede apoyarse en los compromisos epistémicos adquiridos por otros (o los que él mismo ha mantenido antes de suspender el juicio) para conservar el significado de los términos utilizados. El pirrónico sabe que cuando alguien acepta la adscripción de una percepción, entonces también acepta el enunciado que expresa el contenido proposicional de esa experiencia. Igualmente, sabe que si adscribimos una ilusión, la mayoría de las veces rechazamos el enunciado que expresa su contenido proposicional. Pero, al adoptar la posición escéptica renuncia a considerar como válidas las razones o las evidencias en las cuales se apoya la adscripción de alguno de los dos estados mentales en cuestión. El precio a pagar por el pirrónico al apoyarse en las conexiones inferenciales de los hablantes que adquieren compromisos epistémicos es, de nuevo, reconocer el carácter parasitario de sus reportes, lo cual no significa que su posición sea incoherente.

Quien adopte la posición de un cartesiano podría insistir en que ésta posición es incoherente. Este objetor advertiría que hay un tipo de autoadscripciones no considerado en esta discusión y que los enunciados compuestos con los cuales el pirrónico ha querido evitar compromisos con enunciados atómicos deben presuponerlo. El cartesiano sostiene que podemos autoadscribirnos experiencias sin tomar posición respecto al valor de verdad de sus contenidos proposicionales. Podemos no saber, ni tomar posición respecto a si hay una manzana sobre la mesa o una luz que destella. Pero esto no impide afirmar con certeza que tenemos la experiencia de ver una manzana sobre la mesa o una luz que destella. Para el cartesiano sabemos lo que nos sucede cuando reportamos una experiencia. Usando las palabras irónicas de Hinton, podría decirse que para el cartesiano hay "sucesos subjetivos" (1967: 226) que podemos conocer sin tomar posición ante la verdad de enunciados referentes a sucesos objetivos. El condicional o la disyunción que pretende usar el pirrónico para reportar sus experiencias —podría sostener el cartesiano— se apoya en autoadscripciones que hablan de las experiencias como sucesos del mundo externo o al menos como algo relacionado con objetos del mundo externo. Pero hay otro tipo de autoadscripciones que el pirrónico no puede evitar: aquellas que toman a las experiencias como sucesos internos haciendo abstracción de su relación con el mundo externo. No las puede evitar —podría concluir el cartesiano— porque estas autoadscripciones constituyen las razones para afirmar sus condicionales o sus disyunciones: no sabes si tienes una percepción verídica o una alucinación, pero sabes que tienes una experiencia particular con determinadas cualidades fenoménicas y con determinado contenido proposicional. No necesitas tomar posición respecto al valor de verdad del contenido proposicional para saber que te encuentras en un estado con ese contenido proposicional. Este es el punto de partida para preguntarte si debes o no comprometerte con el enunciado que expresa ese contenido y esto presupone la autoadscripción de una experiencia.

Desde esta posición, el cartesiano puede objetarle al pirrónico que sus condicionales o sus disyunciones presuponen la aceptación de una autoadscripción en la cual expresamos lo que sucede. El pirrónico tiene que aceptar, por supuesto, que hay una razón por la cual afirma sus enunciados compuestos. No se le ocurre de pronto sostener "si p, entonces percibo que p" o "percibo que p o tengo la ilusión de que p". Algo le sucede y eso —sostiene el cartesiano— debe poder reportarlo mediante una autoadscripción con la cual tiene que comprometerse. Esta autoadscripción es lo que justifica la aceptación de los condicionales o las disyunciones con las cuales el pirrónico quiere diluir sus compromisos.

Para responder a esta objeción, el escéptico pirrónico puede recurrir a una posición externista respecto a la justificación como la que Hinton adopta en "Visual experiences". Aquí se presenta una discusión imaginaria entre un disyuntivista y alguien que defienda la postulación de una clase común de estados mentales a los que pertenezcan tanto las percepciones como las ilusiones. El cartesiano, por supuesto, se identifica con esta última posición, pues para él la introspección permite identificar una experiencia particular sin necesidad de saber a qué grupo específico pertenece. En esa discusión imaginaria, el defensor de la clase común le hace al disyuntivista la objeción que he presentado: el reporte de una experiencia es la razón para aceptar el enunciado compuesto, en este caso, la disyunción. La respuesta de Hinton es la siguiente:

Tienes y no tienes una razón para (A∨B). Tienes una razón para ello en la medida en que algo sucede que justifica que lo consideres verdadero. Qué es lo que sucede y te justifica, es algo que no necesitas saber. Cuando lo que sucede es que ves un destello fótico, esto es lo que te justifica, independientemente de si sabes que esto es lo que sucede; y cuando lo que sucede es que tienes una ilusión de un destello fótico, esto es lo que te justifica, independientemente de si sabes que esto es lo que sucede. Una razón para (A∨B) en el sentido de una proposición que sabes que es verdadera y a partir de la cual infieres (A∨B) es algo que no tienes y no necesitas. (1967: 223)

En esta respuesta, Hinton adopta una posición externista al argumentar que no necesitamos saber qué sucede cuando afirmamos una disyunción entre "veo que p" y "tengo la ilusión de que p": lo que justifica a la persona que sostiene la disyunción es algo de lo cual ella misma no necesita tener conocimiento. El cartesiano no puede ver esta posibilidad porque mantiene una concepción internista de la justificación. El pirrónico, en cambio, no tiene por qué atarse a esta concepción. Por el contrario, la posición externista de Hinton parece permitirle responder a la objeción cartesiana: no es necesario aceptar la autoadscripción de una experiencia para reportarla mediante enunciados disyuntivos. Es cierto que la posición reflexiva del pirrónico le impide juzgar desde la perspectiva de la tercera persona cuándo alguien está justificado al afirmar que percibe. Pero esto sólo refuerza su posición escéptica. Algo sucede que justifica la adscripción de una experiencia, pero no tenemos acceso a ello, ya sea desde la perspectiva de la primera, o de la tercera persona. Por ello, debemos suspender el juicio respecto a las adscripciones de experiencias en general.

 

DISYUNTIVISMO Y ESCEPTICISMO

No ignoro que puede resultar extraño hacer uso del disyuntivismo para defender al escepticismo, ya que la motivación de uno de sus principales representantes, John McDowell, para sostener esta posición ha sido precisamente la respuesta que se le puede dar al escéptico a partir de ella. Sin embargo, el propio McDowell tiene presente que el disyuntivismo se opone a un tipo de escepticismo: al cartesiano. En la medida en que rechaza la postulación de una clase común de estados mentales a la que supuestamente pertenecen tanto las percepciones como las ilusiones, abre la posibilidad de comprender la percepción como un estado en el cual tenemos acceso inmediato a los hechos, haciendo innecesaria la búsqueda de un puente que conecte nuestra subjetividad con el mundo. Se opone, pues, a la concepción cartesiana de la mente como un espacio autónomo cuyo vínculo con el mundo resulta problemático. Para el cartesiano, en efecto, tenemos conocimiento inmediato de nuestras experiencias; podemos individuarlas recurriendo a su contenido proposicional, a su aspecto fenoménico y a la posición que ocupan en una serie temporal, de suerte que la subjetividad se convierte en un "reino autónomo" (McDowell, 1986: 145-146). Este es el escenario en el que aparece el escepticismo al que responde el disyuntivismo. Un escepticismo que sostiene que las experiencias subjetivamente indistinguibles tienen el mismo valor epistémico, un valor que no garantiza el conocimiento de objetos externos a la propia mente. De acuerdo con él, la percepción verídica de que p y una ilusión subjetivamente indistinguible de que p son estados mentales del mismo tipo y por ello su autoadscripción tiene el mismo peso en favor de la creencia de que p. Ninguno de los dos estados mentales puede considerarse como acceso directo a los hechos de nuestro entorno.

En "The disjunctive conception of experience as material for a transcendental argument", McDowell considera que es posible responder a este tipo de escepticismo mostrando que la idea de la percepción como un estado en el cual tenemos acceso a los objetos reales es una condición necesaria de algo que este escepticismo no puede negar: las experiencias tienen un contenido objetivo, es decir, apuntan a la realidad. Para ello, McDowell ofrece una interpretación disyuntivista del análisis sellarsiano de los enunciados acerca de lo que parece. No me interesa evaluar esta interpretación. Quiero sólo destacar que para McDowell aceptar que tiene sentido hablar de las percepciones como estados mentales en los cuales tenemos acceso directo a los objetos es ya una respuesta al escepticismo cartesiano, porque para éste las percepciones pertenecen a una clase común de estados mentales que no puede ser caracterizada de esa manera. Pero, este argumento no es eficaz en contra de otros tipos de escepticismo. Acerca de él podría decirse lo mismo que Tim Crane señala en la Enciclopedia Stanford de Filosofía sobre la motivación antiescéptica del disyuntivismo:

[...] podría objetarse que aun cuando la percepción involucrara al mundo como el disyuntivista sostiene, esto no constituiría una respuesta al escepticismo, ya que sólo en virtud de sus experiencias los sujetos no serían capaces de afirmar si están percibiendo o no y, por lo tanto, las preocupaciones escépticas podrían surgir con respecto al conocimiento que tienen los sujetos de sus propios estados mentales, las cuales son paralelas a las preocupaciones originales sobre el mundo externo. (Crane, 2005: 3.4.1)

El argumento que presenta McDowell está diseñado para atacar la autonomía del conocimiento sobre la propia mente. Al igual que otros argumentos inspirados en la filosofía de Kant, enfatiza el vínculo indisoluble entre la experiencia autoconsciente y la idea de un mundo objetivo. El escéptico pirrónico podría conceder que no hay conocimiento de sí mismo si no hay conocimiento de un mundo objetivo al cual se refieren nuestros pensamientos. Si el disyuntivismo realmente contribuye a esta tarea kantiana, entonces el pirrónico puede aliarse con él en contra del cartesiano. Para el pirrónico, esos vínculos pueden permanecer en el terreno de las conexiones inferenciales que garantizan el significado de sus reportes. Puede aceptarlos mientras no lo obliguen a comprometerse con la autoadscripción de un estado mental particular y esto es precisamente lo que le ofrece la interpretación disyuntivista de los enunciados de la forma "me parece que p".

Tal vez podría objetarse que al hacer uso del análisis disyuntivista, el pirrónico está pagando un precio muy alto para evitar adquirir los compromisos de las autoadscripciones de estados mentales específicos. ¿No son más pesados los compromisos epistémicos que adquiere con una teoría de la percepción que los que pretende evitar? Si el disyuntivismo es una teoría de la percepción, entonces el pirrónico procede inconsecuentemente, pues paga más por una teoría que le permite ahorrarse el precio de los enunciados atómicos con los cuales reportamos nuestras experiencias. Sin embargo, no está claro que la interpretación disyuntivista de los enunciados acerca de cómo nos parecen las cosas se derive de una determinada teoría de la percepción. Lo que comparten los defensores de esta posición no es tanto una idea específica sobre la naturaleza de la percepción, sino el rechazo a la postulación de una clase común de sucesos mentales a la cual pertenecen las percepciones, las ilusiones, los sueños y las alucinaciones. Tanto Hinton como Michael Martin han sostenido que quienes se oponen al disyuntivismo son quienes deben probar la existencia de una clase común (véase, Byrne y Logue, 2008: 72). El disyuntivismo es para ellos "el punto de partida de cualquier discusión sobre la naturaleza de la experiencia perceptual" (Martin, 2004: 37). Para Martin, es el contrincante del disyuntivismo quien tiene "más cargas teóricas" (2004: 51) y está comprometido con un "principio epistémico sustantivo" según el cual quien tiene una experiencia no se puede equivocar respecto a las propiedades fenoménicas de la misma (2004: 50-52).

Si el disyuntivismo es realmente el punto de partida de la discusión sobre la naturaleza de la percepción, entonces esta posición no puede estar comprometida con una teoría particular de la percepción. El pirrónico puede, entonces, estar tranquilo con ella. Son las motivaciones de quienes han adoptado esta posición las que pueden hacernos pensar que el disyuntivismo está comprometido con una teoría específica. Para Martin, la motivación es bloquear las objeciones en contra de lo que llama el realismo ingenuo; para McDowell es asegurar que tiene sentido decir que tenemos acceso inmediato a los objetos reales cuando los percibimos. El pirrónico, por supuesto, no comparte este tipo de motivaciones. Su motivación es evitar el compromiso con enunciados simples mediante los cuales autoadscribimos estados mentales. Esto, sin embargo, no le impide reconocer los compromisos epistémicos que otros adquieren al afirmar uno de los enunciados de la disyunción con la cual reporta sus experiencias y, por eso, no se le puede atacar diciendo que no comprende lo que dice. Reconoce que cuando alguien sostiene que percibe que p, se compromete también con la verdad de p, y que una persona que afirma tener una ilusión de que p, normalmente infiere que p es falso. Reconoce la diferencia de significado de cada uno de los disyuntos, pero sólo se compromete con la disyunción.

Así pues, aun cuando el disyuntivismo haya sido utilizado para contrarrestar el escepticismo cartesiano y defender un realismo ingenuo, es una posición que le ayuda al escéptico pirrónico a sostener que puede reportar con sentido sus experiencias sin adquirir los compromisos epistémicos que normalmente adquirimos mediante la autoadscripción de experiencias.

 

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Notas

1 La teoría disyuntivista de la percepción, propuesta originalmente por John Michael Hinton en la década de 1960, es actualmente un posición muy importante en filosofía de la mente. Entre sus defensores se encuentran Paul Snowdon, John McDowell y Michael Martin. La principal idea que sostiene el disyuntivismo es que los enunciados de la forma ''me parece que p'' en realidad son juicios disyuntivos que pueden ser verdaderos por la ocurrencia de estados mentales de naturaleza muy distinta como las percepciones, por un lado, o las alucinaciones y los sueños, por el otro. La ocurrencia de alguno de estos dos tipos de estado mental es lo que hace verdadero un juicio de la forma ''me parece que p'' y no un estado mental específico que pertenece a una clase común de estados mentales entre los que se encuentran las percepciones, las alucinaciones y los sueños. Cfr., Byrne y Logue, 2009. En los apartados quinto y sexto de este trabajo abordo esta posición con más detalle.

2 En el quinto apartado revisaré la objeción que el cartesiano puede hacerle al escéptico pirrónico respecto al reporte de sus experiencias.

3 Me refiero aquí a las consecuencias lógicas y semánticas. Cfr., Brandom, 2000: 19 y 61-66.

4 El pirrónico podría intentar abstenerse de aceptar estos condicionales alegando que, al igual que los enunciados atómicos, tan sólo los supone como verdaderos para poder desarrollar sus argumentos. Pero, si no acepta la verdad de los condicionales, entonces no puede sacar las consecuencias de un enunciado y tampoco defenderse, entonces, de la objeción del dogmático. Debe quedar claro que sólo tiene que aceptar aquellos condicionales que garantizan la argumentación mediante su estructura lógica y los que mantienen elsignificado de los enunciados utilizados.

5 Cfr., Sellars, 1997: 41. El hecho de que Sellars utilice el subjuntivo al introducir el condicional a través del cual describimos el contenido fenoménico de nuestras experiencias (''if the common propositional content were true, then all these three situations [a seeing that x, over there, is red, its looking to one as though x, over there, were red, and its looking to one as though there were a red object over there] would be cases of seeing that x, over there, is red'' [1997: 51]) no lo compromete a sostener que siempre utilizamos un condicional contrafáctico para describir ese contenido. Si se trata de un contrafáctico o no depende de la actitud que tomemos hacia el contenido proposicional: si lo rechazamos, entonces es un contrafáctico, pero si no tomamos posición respecto a su valor de verdad, entonces se trata de un condicional indicativo. Sellars sostiene en el § 16 (1997: 41) que en el contexto de un reporte nuestra actitud hacia el contenido proposicional de la experiencia no está definido, de tal manera que en ese contexto el condicional que requerimos debe ser un condicional indicativo. La posibilidad de que sea un condicional material está excluida, pues en ningún caso estaríamos dispuestos a sostener ''si p, entonces percibimos que p'' cuando sabemos o suponemos que p es falsa.

 

INFORMACIÓN SOBRE EL AUTOR

Pedro Stepanenko: Investigador titular del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México y miembro del Sistema Nacional de Investigadores desde 1992. Ha publicado en revistas de filosofía como Análisis Filosófico de Argentina, Diánoia y Signos Filosóficos de México, Ideas y Valores de Colombia y Teorema de España. Es autor de dos libros sobre la filosofía teórica de Kant titulados Categorías y autoconciencia (México, IIF-UNAM, 2000) y Unidad de la conciencia y objetividad (México, IIF-UNAM, 2008). También es autor de la antología Schopenhauer en sus páginas (México, FCE, 1991) y del "Estudio introductorio" de las Obras de Fernando Salmerón (vol. 1, México, El Colegio Nacional, 2002, pp. XVLXXIII).