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Signos filosóficos

versión impresa ISSN 1665-1324

Sig. Fil vol.12 no.23 México ene./jun. 2010

 

Artículos

 

Acerca de la cosa en sí como causa de la afección sensible

 

Ileana Beade*

 

* Profesora de la Universidad Nacional de Rosario; investigadora del CONICET, ileanabeade@yahoo.com.ar

 

Recepción: 12/02/09
Aceptación:15/06/09

 

Resumen

Las observaciones kantianas referidas a la cosa en sí como causa de la afección sensible resultan sumamente problemáticas, pues parecen contradecir el principio crítico que establece la incognoscibilidad de las cosas en sí, y parecen implicar, por otra parte, un uso ilegítimo de las categorías. En este artículo intentaré mostrar que —pese a lo señalado por numerosos intérpretes— dichas observaciones no contradicen el principio del agnosticismo crítico, ni suponen un uso ilegítimo de las categorías, resultando, por otra parte, perfectamente compatibles con los principios fundamentales de la "Estética trascendental". Por último, haré referencia a la importancia del problema de la afección para la interpretación de la doctrina crítica.

Palabras clave: afección, categorías, cosa en sí, realismo, sensibilidad.

 

Abstract

The Kantian remarks concerning the thing in it self as cause of the sensitive affection are certainly problematic, since they seem to contradict the Critical principle that states the unknowability of things in themselves, and seem to involve, on the other hand, an illegitimate use of the categories. In this paper I shall try to show that —notwithstanding the position of numerous interpreters— such remarks neither contradict the principle of Critical agnosticism nor involve an illegitimate use of the categories, being, at the same time, fully compatible with the fundamental principles of Kant's "Transcendental Aesthetics". Finally, I shall comment on the importance of the problem of affection in relation to a corred interpretation of the Critical doctrine.

Key words: affection, categories, thing in itself, realism, sensitivity.

 

En el § 1 de la "Estética trascendental" (Crítica de la razón pura), Kant establece que el objeto debe afectarnos de cierta manera para que se produzca la intuición sensible:

Cualesquiera sean la manera y los medios por los que un conocimiento se refiera a objetos, aquella [manera] por la cual se refiere a ellos inmediatamente [...] es la intuición. Ésta, empero, sólo ocurre en la medida en que el objeto nos es dado; pero esto, a su vez, sólo es posible —al menos para nosotros, los humanos— en virtud de que él afecta a la mente de cierta manera. (A 19/B 33)1

En una instancia preliminar de la investigación crítica —en la que no se ha establecido aún la distinción entre el fenómeno y la cosa en síla referencia al objeto que afecta a la mente podría ser interpretada en sentido puramente empírico: de acuerdo con esta interpretación, Kant estaría afirmando que la intuición empírica se produce cuando nuestra sensibilidad es afectada por objetos externos, dados en el tiempo y el espacio. El carácter puramente fenoménico que el idealismo trascendental atribuye al objeto dado en la experiencia no impide, ciertamente, una consideración empírica de la afección sensible, pues el fenómeno —el objeto tal como se presenta ante la sensibilidad— se halla en efecto dado en el tiempo y el espacio o, para decirlo en términos kantianos, es real en sentido empírico.2 No hay, pues, dificultad alguna en afirmar que el objeto en sentido empírico afecta nuestra sensibilidad, dando origen a la intuición empírica.3

Sin embargo, en ciertos pasajes de la Crítica de la razón pura (y de otros escritos del periodo crítico), Kant se refiere a la cosa en sí como causa de la afección sensible, excediendo así los límites de un tratamiento meramente empírico de la afección (cfr., Ak. IV, 286 y 289). En el § 8 de la "Estética trascendental" —establecida ya la distinción entre el fenómeno y la cosa en sí4 declara que "la representación de un cuerpo en la intuición no contiene nada que pudiese corresponderle a un objeto en sí mismo, sino meramente al fenómeno de algo, y a la manera como somos afectados por ello" (A 44/B 61), afirmación que sugiere que ese algo del cual el fenómeno es fenómeno —a saber, la cosa en sí5 afecta nuestra sensibilidad. Mientras que las observaciones kantianas referidas a la afección en sentido empírico no parecen requerir justificación alguna, las observaciones referidas a la cosa en sí como causa de la afección sensible resultan sumamente problemáticas, pues parecen contradecir el principio crítico que establece la incognoscibilidad de las cosas en sí, implicando, por otra parte, la aplicación de las categorías (en particular, de la categoría de causalidad) a aquello que no puede ser dado como objeto de una experiencia posible, aplicación que aparentemente contradice los límites que la doctrina crítica establece respecto del uso válido de los conceptos puros del entendimiento (cfr., B 147–148).

Numerosas objeciones formuladas a la filosofía crítica se refieren a la cosa en sí y, en particular, a las observaciones kantianas acerca de ella como entidad que afecta nuestra sensibilidad.6 A continuación, intentaré mostrar que la tesis de la afección trascendental (aquella que afirma que la cosa en sí afecta a la sensibilidad dando origen a la intuición empírica) es compatible con los principios fundamentales del idealismo trascendental. Atendiendo a dicho objetivo, procuraré mostrar que las observaciones kantianas referidas a la cosa en sí como causa de la afección se fundan, en última instancia, en la concepción kantiana de la sensibilidad como facultad pasiva y en la concepción crítica del espacio y del tiempo desarrollada en la "Estética trascendental" (1); no suponen el uso ilegítimo de las categorías, ni contradicen el principio del agnosticismo crítico, esto es, aquel que establece la imposibilidad de alcanzar un conocimiento de las cosas tal como son en sí mismas (2). Una vez analizadas estas cuestiones —y establecida la compatibilidad de la tesis de la afección trascendental con los principios fundamentales del idealismo trascendental— haré referencia a la importancia de la interpretación del problema de la afección para la interpretación del idealismo crítico (3).

 

La tesis de la afección trascendental como resultado de la doctrina kantiana de la sensibilidad

Si bien diversos intérpretes han formulado importantes objeciones a la tesis de la afección trascendental, destacando su incompatibilidad con principios fundamentales de la filosofía crítica,7 considero que las observaciones kantianas referidas a la cosa en sí como aquello que afecta a la sensibilidad, dando origen a nuestras representaciones empíricas, hallan sustento en su concepción de la sensibilidad como facultad puramente pasiva.8 En la "Estética trascendental", Kant define la sensibilidad como la "capacidad (receptividad) de recibir representaciones gracias a la manera como somos afectados por objetos" (A 19/B 33), definición que hace explícita la conexión entre el carácter receptivo de la sensibilidad y la afección: puesto que la sensibilidad —siendo una facultad puramente receptiva— no puede ser ella misma causa de sus representaciones, es preciso que algo externo ejerza un efecto sobre ella para que la intuición empírica se produzca.9 En un texto de 1790, donde Kant responde a una serie de objeciones formuladas por Johann A. Eberhard (uno de los principales exponentes de la llamada escuela leibniziana–wolffiana), el filósofo alude a la conexión entre el concepto de intuición sensible y la afección de la sensibilidad por parte de un objeto:

Una de dos: o bien la intuición es, según el objeto, enteramente intelectual, esto es, intuimos las cosas como son en sí [...] o bien no es intelectual, y entendemos por tal [intuición] sólo el modo como somos afectados por un objeto que, en sí mismo, nos es enteramente desconocido. (Ak. VIII, 220)

La intuición intelectual es caracterizada aquí como un modo de representación que —en caso de ser posible— daría acceso a un conocimiento de las cosas tal como son en sí mismas. Este modo de intuición suele ser contrapuesto, en las obras críticas, a la intuición sensible (propiamente humana), la cual, al estar sujeta a las condiciones a priori de la sensibilidad (el espacio y el tiempo), es incapaz de proporcionar un conocimiento de la cosa tal como es en sí, y sólo puede representarla, por tanto, como fenómeno.10 A diferencia de la intuición intelectual (también llamada, por Kant, intuición originaria, pues, en caso de ser posible, sería ella misma causa de su objeto),11 la intuición sensible exige que un objeto afecte a la sensibilidad. El carácter sensible de la intuición humana implica, pues, que la representación intuitiva no puede tener lugar a menos que algo externo afecte a la sensibilidad. La pregunta que se debe formular con el fin de dilucidar el problema de la afección remite, en todo caso, al estatus de aquello externo que ha de afectarnos. Para ello resulta oportuno considerar, en primer lugar, la distinción que Kant establece, en la "Crítica del cuarto paralogismo de la psicología trascendental", entre lo empíricamente externo y lo trascendentalmente externo:

La expresión: fuera de nosotros lleva consigo una ambigüedad inevitable, ya que tan pronto significa algo que existe como cosa en sí misma diferente de nosotros, tan pronto algo que pertenece meramente al fenómeno externo; por eso, para poner a salvo de la inseguridad este concepto en la última significación, que es en la que propiamente se toma la cuestión psicológica acerca de la realidad de nuestra intuición externa, vamos a distinguir los objetos empíricamente exteriores de aquellos que podrían llamarse así en sentido transcendental, llamándolos directamente cosas que se encuentran en el espacio. (A 373)

El análisis de la tesis crítica que establece que "un objeto externo ha de afectar a la sensibilidad para que la intuición empírica se produzca" exige considerar, pues, en qué sentido ha de interpretarse aquí la expresión objeto externo, pues dicha expresión puede remitir a las cosas que se encuentran en el espacio (es decir, a los objetos empíricamente externos), o bien, a las cosas en sí (objetos externos en sentido trascendental, es decir, trascendente).12 Toda referencia a la afección de la sensibilidad por parte de un objeto externo puede asumir, así, dos sentidos diversos: o bien se afirma que la sensibilidad es afectada por el objeto empírico, relativamente externo,13 o bien se afirma que ella es afectada por la cosa en sí. Señalé que el tratamiento de la afección desde una perspectiva empírica no plantea mayores dificultades: naturalmente, se puede afirmar que los objetos físicos —efectivamente dados en el espacio— afectan nuestra sensibilidad, dando origen a las representaciones empíricas. La cuestión es establecer hasta qué punto la investigación crítica exige asimismo una consideración del objeto afectante como cosa en sí.

Considero que los principios fundamentales de la doctrina del idealismo trascendental exigen caracterizar al objeto que afecta a la sensibilidad como cosa en sí. En efecto, esta doctrina establece que las determinaciones espaciotemporales del objeto dado en la experiencia sólo le corresponden en tanto que es representado; por consiguiente, no cabe atribuir al objeto en sí características cuyo fundamento reside en la constitución peculiar de la sensibilidad humana, que necesariamente representa a los objetos bajo las condiciones formales de tiempo y espacio. Si Kant puede afirmar que la cosa no está sujeta, en sí, a determinaciones espaciotemporales (siendo, por tanto, de carácter suprasensible), es simplemente porque no se puede asumir que las condiciones subjetivas de la representación constituyan, a la vez, condiciones de las cosas en sí mismas (es decir, de las cosas independientemente de toda relación con nuestra sensibilidad):

Como no podemos hacer, de las condiciones particulares de la sensibilidad, condiciones de la posibilidad de las cosas, sino de los fenómenos de ellas, entonces podemos decir que el espacio abarca todas las cosas que pueden presentársenos exteriormente, pero no todas las cosas en sí mismas. (A 27/B 43)

La controvertida tesis kantiana que afirma el carácter suprasensible de la cosa en sí se deduce, pues, de la concepción crítica del espacio y el tiempo como formas subjetivas de la sensibilidad, y de la distinción entre el fenómeno y la cosa en sí que de allí resulta: en efecto, si el concepto de cosa en sí alude al objeto independientemente de toda relación con la sensibilidad,14 el tiempo y el espacio —condiciones a priori de la sensibilidad— no pueden corresponder a la cosa en sí.15 Ahora bien, de la concepción del espacio y el tiempo desarrollada en la "Estética trascendental" no sólo se deduce que las cosas son, en sí mismas, de carácter suprasensible, y que resultan incognoscibles para nosotros (pues las condiciones a priori de la sensibilidad operan como una mediación entre el objeto representado y el sujeto de la representación), sino que a partir de dicha concepción puede inferirse, además, que aquello que ha de afectar a la sensibilidad para que la representación empírica se produzca ha de ser pensado, en el marco de la reflexión trascendental, como cosa en sí.

En efecto, se ha indicado que no cabe atribuir a la entidad afectante aquellas determinaciones que le corresponden sólo una vez que ha sido representada por la sensibilidad; aquello que afecta la sensibilidad ha de ser concebido, pues, necesariamente, como una entidad ajena a las condiciones subjetivas de la representación.16 En consonancia con los principios fundamentales del idealismo trascendental —tales como la concepción de la sensibilidad como facultad pasiva, la concepción del tiempo y el espacio como formas puras de la intuición sensible, y la distinción entre fenómeno y cosa en sí— puede afirmarse, pues, que lo afectante no constituye, en sí, una entidad espaciotemporal. Las referencias kantianas a la cosa en sí como causa de la afección sensible son compatibles, pues, con los principios fundamentales del idealismo crítico.

Una de las principales referencias kantianas a la afección trascendental tiene lugar en el escrito de 1790 al que se ha hecho referencia anteriormente. Allí observa Kant que son las cosas en sí las que dan origen a la sensación:

[...] después de haber preguntado '¿Quién (qué) le da a la sensibilidad su materia, a saber, las sensaciones?', él [Eberhard] cree haber sentenciado en contra de la Crítica, al decir: 'Podemos elegir lo que prefiramos —llegamos a cosas en sí—'. Ahora bien, ésta es precisamente la constante afirmación de la Crítica; sólo que ella no pone este fundamento de la materia de las representaciones sensibles, otra vez, en las mismas cosas, como objetos de los sentidos, sino en algo suprasensible, que yace en el fundamento de aquéllas, y de lo cual no podemos tener conocimiento alguno. Ella dice: los objetos, como cosas en sí, dan la materia para intuiciones empíricas (contienen el fundamento para determinar la facultad representativa según la sensibilidad de ésta), pero no son la materia de ellas. (Ak. VIII, 215)

Kant observa aquí que "las cosas en sí dan a la sensibilidad su materia", es decir, dan origen a la sensación, que constituye la materia del fenómeno.17 Si el fundamento de la materia del fenómeno en tanto representación sensible ha de ser hallado en la cosa en sí18 esto parece implicar que es ella la que afecta a la sensibilidad, dando origen a la sensación. Al observarse que las cosas en sí "contienen el fundamento para determinar la facultad representativa", se sugiere que la afección de la facultad representativa requiere la presencia efectiva de la cosa en sí, entidad que resulta, sin embargo, absolutamente desconocida para nosotros; de allí la aclaración de que los objetos como cosas en sí dan la materia para la intuición empírica, pero no son la materia de dicha intuición (materia de carácter subjetivo, en cuanto está dada por la sensación). En síntesis, la cosa en sí afecta a la sensibilidad, siendo, no obstante, absolutamente desconocida para nosotros (si admite ser considerada como "el fundamento de la materia de las representaciones sensibles", es porque se asume que es ella lo que afecta nuestra facultad de representación, dando origen a la sensación).

*

Se ha establecido que la concepción de la sensibilidad como facultad pasiva implica la necesidad de que ésta sea afectada por un objeto externo con el fin de que la intuición empírica se produzca. En el marco de la reflexión trascendental, dicho objeto no admite ser considerado bajo su descripción empírica, pues adquiere sus características espaciotemporales sólo una vez que la afección ha tenido lugar (cfr., Allison, 2004: 67–68). Si al considerar la afección desde una perspectiva empírica podemos decir que el objeto empírico (efectivamente dado en el tiempo y el espacio) afecta nuestra sensibilidad, al considerar la afección desde una perspectiva trascendental, no cabe atribuir a la entidad afectante aquellas determinaciones que únicamente le corresponden en tanto representación de la conciencia. Asumiendo la perspectiva propia de la reflexión trascendental, no cabe afirmar, pues, que aquello que afecta a la sensibilidad es el objeto en sentido empírico.

Ahora bien, este objeto es considerado, en el desarrollo de la investigación trascendental, desde dos perspectivas diversas, a saber: como fenómeno —es decir, como objeto relativamente externo al sujeto— o como cosa en sí, objeto absolutamente externo, en cuanto trasciende a toda condición subjetiva del conocimiento.19 Tal como observa Friedrich Heinrich Jacobi al analizar el problema de la afección, parecen darse dos posibilidades a la hora de establecer el estatus propio de lo afectante en el marco de la doctrina kantiana: o bien somos afectados por el fenómeno —y esto es imposible, ya que éste no es causa sino resultado de la afección (siendo, por otra parte, una entidad puramente representacional)—, o bien somos afectados por la cosa en sí,20 posibilidad que —si bien es rechazada por Jacobi y por numerosos intérpretes posteriores— no sólo se ajusta a lo establecido por Kant en diversos pasajes de su obra, sino que se sustenta además en principios fundamentales del idealismo trascendental.

La constatación de la conexión indisoluble entre la tesis de la afección trascendental y la concepción del espacio y el tiempo desarrollada en la "Estética trascendental" no basta, sin embargo, para establecer la legitimidad de dicha tesis, sino que para ello es necesario considerar asimismo las dificultades relativas a su compatibilidad con otros principios fundamentales de la filosofía crítica, tales como el principio del agnosticismo crítico (aquel que establece la incognoscibilidad de las cosas en sí), o el principio que establece la imposibilidad de una aplicación de las categorías a aquello que no puede ser dado como objeto de una experiencia posible. A estas dificultades haré referencia en la siguiente sección.

 

Afección trascendental y agnosticismo crítico

En esta sección se analizarán dos importantes objeciones formuladas a la tesis de la afección trascendental, a saber: aquella que establece que dicha tesis supone una utilización ilegítima de las categorías (pues transgrede los límites establecidos por Kant para el uso válido de las mismas) e implica, por otra parte, una contradicción del principio del agnosticismo crítico. Respecto del primer punto, intentaré mostrar que, pese a la ambigüedad implicada en las observaciones kantianas relativas a la cuestión del uso válido de las categorías, la doctrina crítica admite la posibilidad de un uso no empírico (o trascendental) de las mismas,21 imprescindible para la representación de aquello que no puede ser dado como objeto de experiencia. Respecto del segundo punto, procuraré mostrar que la tesis de la afección trascendental no contradice el principio del agnosticismo crítico, pues no constituye, en rigor, un conocimiento acerca de la cosa en sí, sino que se limita a establecer cómo debe ser pensado aquello que nos afecta en el marco de la reflexión trascendental.

*

La distinción entre sensibilidad y entendimiento resulta fundamental para el desarrollo de la teoría crítica del conocimiento. Kant establece que el objeto dado a través de la sensibilidad sólo puede ser pensado por el entendimiento, facultad a la que define, por consiguiente, como la "facultad de pensar el objeto de la intuición sensible" (A 51/B 75).22 La operación fundamental de nuestra facultad de entendimiento consiste en enlazar la multiplicidad intuitiva proporcionada por la sensibilidad, de tal modo que alcance a constituir un objeto. Este último es definido, en consecuencia, como "aquello en cuyo concepto está reunido lo múltiple de una intuición dada" (B 137), siendo el conocimiento "la referencia determinada de representaciones dadas, a un objeto" (B 137). Las definiciones de los conceptos de entendimiento, objeto y conocimiento formuladas en la Crítica remiten al carácter activo que el sujeto de conocimiento asume en toda operación cognoscitiva. La constitución subjetiva de la objetividad remite a la acción de síntesis23 ejercida por los conceptos puros del entendimiento también denominados, por Kant, categorías.

Según establece el autor en diversos pasajes de su obra,24 el uso de las categorías estaría estrictamente limitado a su aplicación a los objetos de una experiencia posible. En el capítulo primero de la "Analítica de los principios" indica, en efecto, que:

[...] las categorías, al fin, no tienen otro uso, más que [el uso] posible empírico, pues sirven meramente para someter a los fenómenos [...] a reglas universales de la síntesis, y para tornarlos así, con ello, aptos para la integral conexión en una experiencia. (A 146/B 185)

Sin embargo, otros textos obligan a revisar esta conclusión, pues sugieren que el uso empírico de las categorías es el único válido cuando se trata de alcanzar un conocimiento de lo representado:

[...] las categorías no nos proporcionan, por medio de la intuición, conocimiento alguno de las cosas, a no ser tan sólo por su posible aplicación a la intuición empírica, es decir, que sirven sólo para la posibilidad del conocimiento empírico. Éste empero se llama experiencia. Por consiguiente, no obtienen las categorías uso para el conocimiento de las cosas, más que en cuanto éstas son admitidas como objetos de experiencia posible. (B 147–148. Énfasis mío)

Si bien el conocimiento sólo puede alcanzarse a través del uso empírico de las categorías, es posible, no obstante, un uso trascendental de las mismas, uso que carece, sin embargo, de todo valor cognoscitivo, pues en tal caso las categorías no se aplican a un objeto de los sentidos, sino al posible objeto de una intuición no sensible. En el § 23 de la "Analítica de los conceptos" Kant observa, efectivamente, que las categorías —a diferencia de las formas puras de la sensibilidad— no están limitadas a su aplicación a objetos de los sentidos:

Espacio y tiempo, como condiciones de posibilidad de que puedan sernos dados objetos, no extienden su validez más allá de los objetos de los sentidos, y por tanto, sólo "valen" para "objetos" de la experiencia [...] Los conceptos puros del entendimiento están libres de esa limitación, y se extienden también a los objetos de la intuición en general, ya sea semejante a la nuestra, o no lo sea, con tal que sea sensible y no intelectual. (B 148–149)

Si bien, a diferencia de lo expresado en otros pasajes, Kant admite aquí la posibilidad de un uso no empírico de los conceptos puros del entendimiento, aclara, sin embargo, que dicho uso carece de utilidad, pues las categorías sólo adquieren validez objetiva al ser referidas a la materia intuitiva provista por la sensibilidad (esto es, sólo en tal caso permiten decidir acerca de la posibilidad de objetos). Esta última observación implica que una categoría, en caso de ser utilizada para la representación de aquello que no puede ser dado como objeto de experiencia, no permite juzgar si el objeto representado es efectivamente posible. De ahí la conclusión que establece que el uso trascendental de las categorías:

[...] no nos sirve para nada. Pues entonces [las categorías] son vacíos conceptos de objetos, de los que no podemos juzgar, por medio de aquellos, si acaso son posibles o no lo son; meras formas de pensamiento sin realidad objetiva [...] Sólo nuestra intuición sensible y empírica puede darles sentido y significado. (B 148–149)

Otros pasajes sugieren, no obstante, que el uso no empírico de las categorías tiene cierta significación, en cuanto hace posible la representación indeterminada de un objeto en general.25 El uso trascendental de las categorías remite, pues, a una segunda definición de las mismas, según la cual éstas no son consideradas ya como reglas para el enlace de las intuiciones, sino como formas del pensamiento en general:

Mientras falte la intuición, uno no sabe si, por medio de las categorías, piensa un objeto, ni si a ellas puede, en general, corresponderles objeto alguno, y así se confirma que ellas, de por sí, no son conocimientos, sino meras formas del pensamiento [que sirven para] hacer conocimientos a partir de intuiciones dadas. (B 288–289)

Las categorías hacen posible la representación cognoscitiva de un objeto en tanto son referidas al contenido de la intuición sensible (en tal caso, pensar el objeto equivale a conocerlo). Cuando esta condición no puede ser satisfecha —es decir, cuando pensamos una entidad suprasensible, de manera tal que no se da materia intuitiva alguna susceptible de ser subsumida bajo las categorías—, éstas no permiten alcanzar un conocimiento de lo representado, pero hacen posible, sin embargo, la representación indeterminada (el pensamiento) de un posible objeto de una intuición no sensible.26 Puede decirse, pues, que la doctrina crítica sólo rechaza el uso trascendental de las categorías en la medida en que pretenda obtenerse, a través de él, un conocimiento de lo representado.

Si la definición de las categorías como reglas para el enlace de intuiciones remite al conocer, su definición como formas del pensamiento remite al pensar (en tanto actividad diversa del conocer). Para conocer un objeto deben cumplirse al menos dos condiciones: el concepto y la intuición (cfr., B 146). El pensar, sin embargo, no está sujeto a las condiciones del conocer:

Conocer un objeto exige que yo pueda demostrar su posibilidad (ora según el testimonio de la experiencia, por su realidad, ora a priori por la razón). Pero pensar, puedo pensar lo que quiera, con tal de que no me contradiga a mí mismo, es decir, basta que mi concepto sea un pensamiento posible, aunque no pueda ciertamente afirmar si en el conjunto de todas las posibilidades le corresponde o no un objeto. (B XXVI)

El concepto de un objeto sólo puede proporcionar un conocimiento del objeto en la medida en que sea referido a una intuición sensible, es decir, a algo dado en la sensibilidad (al referir un concepto puro del entendimiento a la representación intuitiva provista por la sensibilidad, la multiplicidad contenida en dicha representación es determinada, constituyendo así un objeto). Ahora bien, en aquellas representaciones donde el concepto puro no pueda ser referido a algo dado en la sensibilidad, el objeto como tal no podrá ser constituido y no será posible entonces un conocimiento de lo representado por el concepto.27 Por consiguiente, sólo se puede conocer objetivamente aquello que es dado en la intuición sensible; sin embargo, es posible pensar (es decir, alcanzar una representación indeterminada de) aquello que no es dado en la intuición sensible, a saber: la cosa en sí.28

Toda representación de la cosa en sí presupone, ciertamente, un uso trascendental de los conceptos puros del entendimiento, pues es evidente que ella no podría ser representada a través de conceptos empíricos.29 En tal representación, los conceptos puros no determinan un objeto, sino que permiten concebir —de manera puramente indeterminada— un objeto en general:

[...] mediante una categoría pura en la cual se hace abstracción de toda condición de la intuición sensible, única posible para nosotros, no se determina, por consiguiente, ningún objeto, sino solamente se expresa el pensar de un objeto en general. (A 247/B 304)

La representación de la cosa en sí no supone, pues, un conocimiento de la cosa en sí, ya que se reduce a un pensar indeterminado de algo en general.

Podría decirse, por otra parte, que se trata aquí de una representación puramente negativa, representación de las cosas tal como han de ser independientemente de toda relación con nuestra sensibilidad (en este sentido, la representación de la cosa en sí no sería sino la representación de aquello que no es fenómeno). En cuanto al contenido de esta representación negativa de la cosa en sí, en el § 23 de la "Analítica de los conceptos" se observa que:

Si se supone, pues, como dado, un objeto de una intuición no sensible, se lo puede representar, ciertamente, mediante todos los predicados que residen ya en la presuposición de que no le corresponde nada de lo que pertenece a la intuición sensible: por tanto [mediante los predicados de] que no es extenso, o que no está en el espacio; que su duración no es un tiempo; que en él no se encuentra variación (sucesión de las determinaciones en el tiempo), etc. (B 149)

Se ha señalado ya que la tesis que afirma el carácter suprasensible de la cosa en sí no implica una transgresión del principio del agnosticismo crítico, pues se trata de una afirmación que se deduce de la concepción del tiempo y el espacio desarrollada en la "Estética trascendental" (siendo, por otra parte, una proposición de carácter analítico en el marco doctrinal del idealismo kantiano) (cfr., nota 15). Puede añadirse ahora que dicha tesis se limita a enunciar, de manera puramente negativa, aquellos predicados que no pueden corresponder a la cosa tal como es en sí misma, asumiendo que a ésta no le conviene nada de lo perteneciente a la intuición sensible, con lo cual, puede afirmarse que la cosa en sí no es espacial (siendo, por tanto, inextensa) y no está sujeta a relaciones de tiempo (ni, por tanto, al cambio).

Tampoco la tesis de la afección trascendental implica un conocimiento acerca de las cosas en sí, pues se limita a establecer cómo ha de ser considerada la entidad afectante en el marco de la reflexión trascendental (cfr., Allison, 2004: 70). Kant, en efecto, al afirmar que aquello que afecta nuestra sensibilidad no está sujeto a las determinaciones del tiempo y del espacio, no pretende establecer qué sean las cosas en sí, sino sólo indicar que dichas determinaciones no han de serle atribuidas, pues sólo corresponden al objeto en tanto es representado por la sensibilidad:

[...] aquel algo que sirve de fundamento de los fenómenos externos, y que afecta a nuestro sentido de tal manera que éste recibe las representaciones de espacio, de materia, de figura, etc., este algo [...] no es extenso, ni impenetrable, ni compuesto, porque todos esos predicados conciernen solamente a la sensibilidad y a la intuición de ella, en la medida en que somos afectados por tales objetos (por lo demás, desconocidos para nosotros). Pero esas expresiones no dan a conocer qué clase de objeto sea, sino solamente que a él, como [objeto] que es considerado en sí mismo, sin referencia a los sentidos externos, estos predicados de los fenómenos externos no pueden serle atribuidos. (A 358–359)

La representación de aquello que afecta nuestra sensibilidad como entidad suprasensible no implica, en rigor, un conocimiento acerca de la cosa en sí, en cuanto se limita a establecer —negativamente— que las determinaciones espaciotemporales propias del objeto como fenómeno no corresponden a la cosa en sí.30 Sin embargo, la tesis que afirma que esta entidad suprasensible nos afecta no constituye ya una afirmación puramente negativa, pues parece indicar algo positivo acerca de la cosa en sí. Si no es posible apelar, en este caso, al argumento que señala el carácter puramente negativo de la representación, puede recurrirse, no obstante, a la definición de las categorías como formas puras del pensar, definición que habilita un espacio para el uso no empírico de las mismas. El uso trascendental de la categoría de causalidad es en efecto posible, si bien, en cuanto tal, no permite determinación alguna de lo representado.

Cabría preguntar, en todo caso, qué sentido tiene concebir a la cosa en sí como causa de la afección, siendo la causalidad una relación necesaria de sucesión temporal, y la cosa en sí, una entidad ajena a toda determinación del tiempo. En otras palabras: ¿qué puede implicar la noción de causalidad si prescindimos de las condiciones espaciotemporales bajo las cuales es efectivamente posible la relación entre una causa y su efecto?31 Una breve observación realizada por Kant en el tercer capítulo de la "Analítica de los principios" permite aclarar, en cierta medida, esta cuestión. Haciendo referencia a las dificultades que plantea el uso no empírico de las categorías, observa el autor a propósito de la categoría de causalidad que:

[...] del concepto de causa (si dejo de lado al tiempo, en el que algo sigue, según una regla, a algo diferente) no encontraría yo en la categoría pura nada más [...] que [...] algo a partir de lo cual se puede inferir la existencia de algo diferente. (A 243/B 301)

La representación de la cosa en sí como causa de la intuición empírica supondría, pues, una representación indeterminada de algo que admite ser pensado (aunque no conocido) como causa u origen de la representación sensible. Puesto que esta última no puede darse sino como efecto de la afección que algo externo ejerce sobre la sensibilidad (facultad puramente pasiva) y, por otra parte, ya que lo externo no admite ser caracterizado, en el marco de la investigación trascendental, bajo su descripción fenoménica, puede suponerse que la representación empírica sólo puede darse como resultado del influjo de algo absolutamente externo (es decir, la cosa en sí) ejerce sobre el sujeto de la representación (cfr., Jáuregui, 2008: 16).

La posibilidad de un uso no objetivo de la categoría de causa (uso no sujeto a la condición del tiempo) habilitaría, pues, la representación indeterminada de la cosa en sí como aquello a partir de lo cual se origina la representación sensible. Por otra parte, si la causa es entendida como "algo a partir de lo cual se puede inferir la existencia de algo diferente", no podría afirmase en sentido estricto (aunque sí, quizás, en sentido analógico) que la cosa en sí es causa de la representación sensible, ya que es evidente que la existencia de las representaciones no puede ser inferida a partir de una entidad cuya existencia resulta, en última instancia, absolutamente desconocida para nosotros.32

La representación de la cosa en sí como entidad que afecta nuestra sensibilidad es, por consiguiente, una representación legítima, pues se deduce de principios críticos fundamentales, sin contradecir, por otra parte, el principio del agnosticismo crítico, ni aquel otro que establece los límites para el uso válido de las categorías. Ciertamente, cabría caracterizar la tesis de la afección trascendental como un supuesto fundamental subyacente al idealismo crítico, doctrina que evidentemente asume la existencia de algo real en sí (algo que produce efectos sobre nuestra capacidad de representación). Sin embargo, el calificativo de supuesto podría sugerir que dicha tesis resulta injustificada o arbitraria. Puesto que asumo, por el contrario, que la tesis en cuestión resulta acorde con principios fundamentales del idealismo crítico, considero conveniente evitar el título de supuesto, y propongo considerarla, en cambio, como un resultado fundamental de las tesis desarrolladas en la "Estética trascendental". Desde luego, Kant parece haber supuesto la existencia de las cosas en sí (así como el hecho de que éstas afectan nuestra sensibilidad); sin embargo, el hecho de que haya realizado numerosas observaciones acerca de la cosa en sí en el desarrollo de sus obras críticas exige una justificación, atendiendo a lo establecido por el filósofo respecto a la imposibilidad de alcanzar un conocimiento de las cosas tal como son en sí mismas. Mi objetivo ha sido mostrar que esta justificación es posible, pues dichas observaciones no constituyen meros supuestos arbitrarios (residuos dogmáticos que amenazan la solidez del sistema crítico), sino que se hallan en consonancia con principios elementales de la doctrina crítica del conocimiento. Antes de concluir, quisiera referir brevemente a la relevancia de esta cuestión para la interpretación del idealismo trascendental kantiano.

 

Consideraciones acerca de las implicaciones del problema de la afección para la interpretación de la doctrina crítica

Las observaciones kantianas acerca de la afección trascendental permiten constatar que Kant concibió a la cosa en sí como entidad efectivamente real;33 en efecto, no tendría sentido afirmar que las cosas en sí se presentan ante nuestra sensibilidad dando origen a nuestras representaciones empíricas, si se las concibiese como meros entes de razón, es decir, como algo meramente pensado por el entendimiento. Aquello que es denominado, en el marco del idealismo crítico, bajo el concepto de cosa en sí no sólo es considerado, pues, como algo efectivamente real, sino que es admitido asimismo como una condición no subjetiva de la objetividad: para que la constitución del objeto de conocimiento sea posible, no sólo han de operar las condiciones a priori de nuestra facultad de representación, sino que es necesario además que algo externo (en sentido trascendente) sea dado ante la sensibilidad.34 He aludido a las razones que permiten concluir que lo externo que ha de afectar a la sensibilidad para que la intuición empírica se produzca no admite ser caracterizado, en el marco de la reflexión trascendental, bajo su descripción fenoménica, sino que exige ser considerado como cosa en sí.

Si bien la investigación crítica no necesita ofrecer una explicación detallada acerca del modo en que la sensibilidad es afectada por la cosa en sí (pues su objeto de análisis se limita al estudio de las condiciones subjetivas a priori que hacen posible la constitución del objeto de conocimiento), las referencias ocasionales a la afección trascendental en las obras gnoseológicas del periodo crítico resultan significativas con el fin de constatar los presupuestos realistas implícitos en el idealismo kantiano, doctrina que en modo alguno pretende cuestionar la existencia de una realidad trascendente al orden de la representación.35 He aquí, pues, la importancia decisiva del análisis de la tesis de la afección trascendental para una correcta interpretación de la doctrina kantiana, tesis que supone un serio obstáculo para la interpretación idealista o subjetivista de dicha doctrina (aquella que establece que el idealismo trascendental kantiano reduce lo real a meras representaciones subjetivas).

Ciertamente, afirmar que el idealismo crítico se funda en premisas realistas puede dar lugar a objeciones, pues Kant se pronuncia explícitamente contra el realismo, más precisamente, contra aquella forma de realismo que caracteriza bajo la expresión realismo trascendental (título que designa, en general, a toda doctrina filosófica que considera los fenómenos externos como cosas en sí) (cfr., A 369). Si bien el realismo trascendental es decididamente impugnado por la doctrina crítica, ésta resulta compatible, no obstante, con otras formas de realismo, a saber: con el realismo empírico (doctrina que establece la realidad empírica del tiempo, el espacio y los objetos espaciotemporales)36 y, por otra parte, con lo que podríamos denominar realismo trascendente, entendiendo por tal toda doctrina filosófica que admita la existencia de una realidad trascendente al orden de la representación. El idealismo trascendental se opone, pues, al realismo trascendental, pero resulta, sin embargo, compatible con el realismo empírico y con lo que propongo denominar realismo trascendente.37 La importancia decisiva de las observaciones kantianas referidas a la cosa en sí como entidad afectante reside en que aquéllas permiten constatar las convicciones realistas subyacentes al idealismo kantiano y, por ende, el carácter inadecuado de la interpretación idealista (subjetivista o fenomenalista) de la filosofía crítica.38

A partir del análisis de los pasajes relevantes para la elucidación del problema de la afección puede concluirse que Kant jamás puso en duda la realidad de las cosas en sí: rechazar toda posibilidad de alcanzar un conocimiento de las mismas no implicó, para el filósofo, un cuestionamiento respecto de su existencia (cfr., Ak. IV, 293). Si bien la existencia de la cosa en sí no puede ser demostrada en el marco de la investigación crítica, esta existencia constituye, sin embargo, un supuesto que desempeña un papel decisivo en dicha investigación: en efecto, si la cosa en sí (objeto independiente de la sensibilidad) no fuese real, nada externo en sentido estricto sería dado ante la sensibilidad, y así la intuición empírica no podría tener lugar (ni podría ser constituido, por consiguiente, el objeto de conocimiento).39

Ciertamente, afirmar que somos afectados por cosas en sí (A 44/B 61; Ak. VIII, 220; Ak. IV, 314–315), sostener que éstas dan la materia para las intuiciones empíricas (Ak. VIII, 215) y, a la vez, que nada sabemos —ni podemos saber— acerca de ellas (Ak. IV, 289) resulta problemático. Se trata aquí, indudablemente, de afirmaciones que exigen un cuidadoso análisis, desarrollado a la luz de una interpretación acerca del sentido específico que el concepto de cosa en sí desempeña en el desarrollo de la doctrina crítica. Si bien no he pretendido ofrecer aquí un análisis exhaustivo del problema de la cosa en sí (considerado, por muchos, como el auténtico talón de Aquiles de la doctrina kantiana), he procurado arrojar alguna luz sobre una cuestión cuya elucidación resulta decisiva para la interpretación del idealismo trascendental kantiano.

 

Bibliografía

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D. R. © Ileana Beade, México D.F., enero–junio, 2010.

 

Notas

1 La paginación citada corresponde a la Edición Académica de las obras kantianas: Kants gesammelte Schriften, editado por la Königlich Preussischen Akademie der Wissenschaften, Berlín, 1903/1911, vols. I–IX. Aludo a esta edición, de aquí en adelante, con la abreviatura Ak., seguida del número de tomo, indicado en números romanos. En el caso de las citas correspondientes a la Crítica de la razón pura (Kritik der reinen Vernunft), referiré a la primera y a la segunda edición con las abreviaturas A y B, según el uso convencional.

2 Así como la idealidad trascendental del tiempo y del espacio es establecida en la Crítica de la razón pura en íntima conexión con su realidad empírica (cfr., A 28/B 44; A 35/B 52), así la idealidad trascendental del fenómeno no puede ser concebida independientemente de su realidad empírica (cfr., B 69).

3 La interpretación más frecuente de la referencia al objeto que afecta la sensibilidad en el parágrafo inicial de la "Estética" considera que esta observación no se inscribe en el nivel específico de la reflexión trascendental, sino en un nivel no filosófico (o del sentido común), en el que no caben especulaciones acerca del estatus ontológico correspondiente al objeto externo (cfr., Paton, 1970: 95).

4 En las "Conclusiones" subsiguientes a las "Exposiciones" del concepto de espacio, se establece que éste "no representa ninguna propiedad de las cosas en sí [...], es decir, [no representa] ninguna determinación de ellas que sea inherente a los objetos mismos, y que subsista aunque se haga abstracción de todas las condiciones subjetivas de la intuición" (A 26/B 42). La expresión cosa en sí alude, pues, al objeto tal como lo consideramos cuando hacemos abstracción de las condiciones subjetivas de la intuición (cfr., A 252).

5 La concepción del objeto de la experiencia como fenómeno implica una referencia tácita a algo que aparece: en efecto, el vocablo alemán Erscheinung (fenómeno) proviene del verbo erscheinen (aparecer). Si el fenómeno es aparecer, ha de ser necesariamente un aparecer de algo, que no constituye, en sí, una entidad fenoménica (cfr., A 251–252). Esto que aparece como (o aparece en el) fenómeno será caracterizado, en el marco de la filosofía crítica, con el concepto de cosa en sí.

6 Henry Allison señala: "of all the criticism that have been raised against Kant's philosophy, the most persistent concern the thing in itself, particularly the notorious claim that it [...] somehow 'affects' the mind" (2004: 50).

7 Cfr., Torretti, 1967: 491; Prauss, 1989: 202 y ss.; Baumgartner, 1974: 265; Falkenstein, 1995: 315.

8 Numerosos intérpretes coinciden en que el carácter puramente receptivo que Kant asigna a la sensibilidad exige una referencia a una entidad afectante de carácter trascendente (cfr., Paton, 1970: 139 y ss.; Kemp, 1962: 81–82; Westphal, 1968: 122 y ss.; Rábade, 1969: 94; Cassirer, 1993: 695; Allison, 1968: 182 y ss.; Höffe, 1986: 70–71).

9 No es este el caso, sin embargo, de las intuiciones puras del espacio y del tiempo, mismas que, en su carácter de formas puras de la sensibilidad (cfr., A 26/B 41), se dan absolutamente a priori. En las intuiciones puras no se encuentra nada que pertenezca a la sensación (cfr., A 20/B 34), y éstas no implican, pues, afección alguna de la sensibilidad por parte de un objeto externo.

10 Sergio Rábade Romeo (1969: 9) señala que las referencias a la intuición intelectual en el desarrollo de la Crítica pueden ser interpretadas como la determinación de un punto hipotético de comparación, cuyo objetivo principal consiste en destacar los límites inherentes a la intuición humana, de carácter puramente sensible.

11 Nuestra intuición "se llama sensible porque no es originaria, es decir, no es tal que por medio de él la existencia misma del objeto de la intuición sea dada [...] sino que depende de la existencia del objeto y por lo tanto no es posible más que en cuanto la facultad de representación del sujeto es afectada por el objeto" (B 71–72).

12 El término trascendental asume diversos significados en la filosofía crítica; en este caso, es utilizado como sinónimo de trascendente (una de sus acepciones posibles). Para un análisis de estos diversos significados, véanse: Navarro, 1970: 7–26; Angelelli, 1972: 117–124.

13 La doctrina crítica establece que las determinaciones formales del objeto dado en la experiencia son inherentes al sujeto de la representación y, por tanto, dicho objeto es de carácter fenoménico. Puede decirse, entonces, que el fenómeno constituye una entidad relativamente externa al sujeto de la representación, pues aquellas determinaciones que le son propias en tanto objeto sensible tienen fundamento en la naturaleza de nuestra sensibilidad. En este sentido, Kant afirma que los fenómenos no son sino modos de representación (cfr., Ak. IV, 293) y, como tales, no constituyen entidades trascendentes respecto al sujeto de la representación.

14 "Se sigue también, de manera natural, del concepto de un fenómeno en general: que a éste debe corresponderle algo que no es, en sí, fenómeno, porque un fenómeno no puede ser nada en sí mismo y fuera de nuestro modo de representación, y por tanto, si no ha de resultar un perpetuo círculo, la palabra fenómeno indica ya una referencia a algo cuya representación inmediata es, ciertamente, sensible, pero que en sí mismo, sin esta constitución de nuestra sensibilidad (en la cual tiene su fundamento la forma de nuestra intuición), debe ser algo, es decir, un objeto independiente de la sensibilidad [von der Sinnlichkeit unabhängiger Gengenstand]" (A 251–252). El concepto de cosa en sí no remite, pues, a una entidad diversa e independiente del objeto dado en la experiencia, sino que alude a ese mismo objeto, considerado más allá de toda relación con la sensibilidad y sus formas a priori. Se trata así de un concepto que remite a un cierto modo de considerar el objeto, modo que se opone a su consideración en términos de fenómeno. Esta interpretación epistemológica de la distinción crítica entre fenómeno y cosa en sí —desarrollada en los trabajos de Erich Adickes, Herbert Paton, Gerold Prauss, Graham Bird y Henry Allison, entre otros— se opone a la interpretación ontológica, que la considera en cambio como una distinción referida a dos mundos diversos e irreductibles, a saber: el mundo sensible y el inteligible. Cabe señalar que la interpretación epistemológica de la distinción entre fenómeno y cosa en sí no es incompatible con la interpretación realista de la cosa en sí: en efecto, afirmar que el concepto de cosa en sí remite a un modo de considerar el objeto dado en la experiencia no implica reducir la cosa en sí a un mero concepto o ficción del pensamiento, pues dicho concepto remite a una dimensión efectivamente real del objeto (a saber: a su dimensión suprasensible). De allí que aquellos autores que sostienen una interpretación epistemológica de la distinción entre el fenómeno y la cosa en sí suelen suscribir asimismo una interpretación realista de la cosa en sí (cfr., Adickes, 1924: 4–19; Rábade, 1969: 97; Wolff, 1973: 313; Höffe, 1986: 125–126).

15 Cabe señalar que la tesis que afirma el carácter suprasensible de la cosa en sí no implica, en rigor, conocimiento alguno acerca de cómo sean las cosas en sí mismas, ya que se deduce de la concepción del espacio como forma a priori de la intuición y de la definición de la cosa en sí en tanto "objeto independiente de la sensibilidad" (cfr., Parsons, 1992: 86–88; Allison, 1968: 188; Torretti, 1967: 203; Wolff, 1973: 313). El carácter no cognoscitivo de la concepción de la cosa en sí como entidad suprasensible puede ser asimismo constatado si se atiende al carácter analítico de las observaciones kantianas referidas a esta cuestión. En efecto, la proposición que afirma el carácter inextenso y atemporal de la cosa en sí es analítica, ya que se deduce a partir del análisis del concepto de cosa en sí en tanto concepto que designa al objeto tal como ha de ser considerado más allá de las condiciones de la intuición sensible. Al tratarse de una proposición analítica, no alcanza a constituir un auténtico conocimiento, pues la mera explicación de lo implicado en un concepto no implica, para Kant, conocimiento alguno: "no es propiamente conocimiento, si meramente indico cómo no es la intuición del objeto, sin poder decir qué está contenido en ella; pues entonces no he representado la posibilidad de un objeto para mi concepto puro del entendimiento; porque no he podido dar ninguna intuición que le correspondiese, sino que sólo pude decir que la [intuición] nuestra no es válida para él" (B 149).

16 La imposibilidad de atribuir determinaciones espaciotemporales al objeto afectante en una instancia previa a la afección, parece indicar que la afección resulta anterior a la representación sensible. Sin embargo, esta anterioridad no ha de entenderse en sentido temporal, sino en sentido trascendental: en efecto, la afección de la sensibilidad por parte de un objeto externo resulta anterior a la representación sólo en tanto que constituye su condición de posibilidad (sin perjuicio de que ambas puedan darse en forma simultánea, en sentido temporal).

17 Kant define a la sensación (Empfindung) como "el efecto de un objeto sobre la capacidad representativa, en la medida en que somos afectados por él" (A 19/ B 34). La materia del fenómeno es aquello que corresponde en él a la sensación y es dada, entonces, a posteriori, a diferencia de la forma del fenómeno, que es dada a priori (cfr., A 20/B 34). Puesto que la sensación sólo puede ser dada a posteriori, requiere del contacto de la sensibilidad con algo externo, a saber: con la cosa en sí (cfr., Kemp, 1962: 82).

18 Otras observaciones kantianas referidas a la cosa en sí como fundamento suprasensible del fenómeno pueden hallarse en: A 277/B 333; A 358; A 379 y ss.; A 538/B 566; A 613/B 641.

19 La concepción del objeto dado en la experiencia como puro fenómeno (y la consiguiente distinción entre el objeto como fenómeno y el objeto como cosa en sí) indica, pues, el paso desde una perspectiva meramente empírica a la perspectiva propia del análisis trascendental.

20 Cfr., Jacobi, 1812–1825: 291–310. Enrich Adickes añade una tercera posibilidad al dilema establecido por Jacobi, al desarrollar la doctrina de la doble afección, que establece que el objeto empírico afecta al yo empírico, y la cosa en sí, al yo trascendental (cfr., Adickes, 1929). Los intérpretes posteriores han rechazado esta solución, objetando que la misma carece de base textual suficiente, o bien, que plantea más dificultades de las que permite resolver (cfr., Prauss, 1989: 194; Torretti, 1967: 523, en nota al pie). Comentarios críticos acerca de la doctrina de la doble afección, pueden verse en Kemp, 1962: 612 y ss.; Caimi, 1983: 118–119; Chenet, 1994: 325 y ss.

21 El uso empírico de las categorías consiste en su aplicación a objetos de una experiencia posible, y se opone al llamado uso trascendental, consistente en su aplicación a las cosas en sí (cfr., A 238–239/B 298). En la expresión uso trascendental de los conceptos puros, el término trascendental equivale, pues, a trascendente; efectivamente, se trata de un uso referido a aquello que trasciende las condiciones propias de la intuición sensible (a saber: la cosa en sí).

22 El entendimiento es caracterizado asimismo como la "facultad de los conocimientos" (B 137) y, sin embargo, no es capaz de conocer, por sí mismo, objeto alguno; en efecto, para que el conocimiento sea posible los conceptos puros del entendimiento deben ser referidos a una materia intuitiva provista por la sensibilidad (cfr., B 147; A 258/B 314).

23 "Entiendo por síntesis, en la significación más general, la acción de añadir una a otras diversas representaciones, y de comprender su multiplicidad en un conocimiento" (A 77/B 103).

24 Cfr., B 308; A 288/B 344; A 679/B 707; A 696/B 724; Proleg. § 30, Ak. IV, 312; Proleg. § 32, Ak. IV, 315.

25 La afirmación según la cual "sólo nuestra intuición sensible y empírica puede darles sentido y significado" a las categorías podría interpretarse en el sentido de que sólo la referencia de las mismas a la materia provista por la intuición sensible puede dotarlas de significado objetivo, entendiendo esta expresión en sentido análogo a las nociones de validez objetiva y realidad objetiva (cfr., A 489/B 517; para un análisis de la noción kantiana de dichas nociones, véase Meerbote, 1972: 51–58). La ausencia de referencia a un objeto empírico (efectivamente dado en la experiencia) privaría a la categoría de toda significación objetiva, independientemente de la posibilidad (efectivamente reconocida por Kant en diversos pasajes de su obra) de una significación que podríamos llamar no objetiva, significación ligada al pensar en tanto representación indeterminada de un objeto en general.

26 Este objeto de una intuición no sensible es caracterizado, en diversos pasajes de la Crítica de la razón pura, con el concepto de noúmeno, mismo que, en sentido negativo, alude a la cosa en tanto no es dada ante la sensibilidad (y admite ser identificado, entonces, con el concepto de cosa en sí); en sentido positivo, el concepto de noúmeno alude, en cambio, al posible objeto de una intuición intelectual (cfr., B 307). Para un análisis de la relación entre los conceptos de noúmeno y cosa en sí, véase Oizerman, 1981: 333–350.

27 Al pensar no le corresponde, pues, un objeto en sentido estricto (en este sentido afirma Kant que, en el caso del pensar, no es posible asegurar si a mi representación le corresponde o no un objeto).

28 Kemp Smith destaca la conexión en la distinción kantiana entre conocer y pensar y la posibilidad de una representación de las cosas en sí: "Since according to Critical teaching the limits of sense–experience are the limits of knowledge, the term knowledge has for Kant a very limited denotation, and leaves open a proportionately wide field for what he entitles thought. Though things in themselves are unknowable, their existence may still be recognized in thought" (1962: 25).

29 Torretti observa, respecto de este punto, que, si no pensáramos el objeto trascendente a través de categorías, "no tendríamos cómo pensarlo, pues las categorías [...] son, consideradas en abstracto, los elementos constitutivos de nuestro pensamiento de un objeto en general" (1967: 373).

30 En el texto de 1790 al que he referido anteriormente, Kant observa que, si se afirma que lo simple (que no puede darse en el fenómeno) es dado en el fundamento suprasensible de éste, esta afirmación sólo establece cómo ha de ser pensado dicho fundamento en el marco de la reflexión trascendental. La doctrina crítica sólo pretende establecer que "la razón, cuando piensa como cosa en sí (sin referirlo a la peculiar constitución de nuestros sentidos) un compuesto de substancias, inevitablemente tiene que pensarlo como consistente en substancias simples" (Ak. VIII, 209). El filósofo no afirma, pues, que la cosa en sí constituye una entidad simple, sino sólo que nuestra razón debe pensarla como simple.

31 Torretti señala, respecto de esta cuestión, que "el concepto de causa sólo puede emplearse de modo inteligible para pensar relaciones de sucesión necesaria en el tiempo, y la cosa en sí [...] queda excluida de toda relación temporal" (Torretti, 1967: 522). Falkenstein observa, en el mismo sentido: "it would appear that for Kant there can be no legitimate inference to things in themselves as causes of our experience [...] for the concept of cause, as Kant presents it, involves a reference to time (the cause is an event that must be conceived to have preceded another event in time). If things in themselves are not in time, then they cannot even be thought as causes of our experience. Such a thought would make no sense" (1995: 330).

32 Admito, pues, que la cosa en sí no ha de ser considerada en sentido estricto como causa de la representación sensible. Sugiero, sin embargo, la posibilidad de que las referencias kantianas a la cosa en sí como causa de la afección puedan ser interpretadas como referencias que suponen una suerte de uso analógico de la categoría de causa. A la posibilidad de un conocimiento por analogía (referido a aquello que no puede ser dado como objeto de experiencia) alude Kant en diversos pasajes de su obra (cfr., A 179–180/B 22; A 698/ B 726; A 700/B 728; Prolegómenos, § 58, Ak. IV, 358 y ss.; Lógica, § 84, Ak. IX, 132; Crítica del Juicio, § 90, Ak. V, 464 y s.). Puesto que Kant admite explícitamente la posibilidad de pensar aquello que no pertenece al plano sensible por analogía con los objetos de la experiencia (cfr., A 696–697/B 724–725; Los progresos de la metafísica, Ak. XX, 280), cabría referirse a un uso analógico de los conceptos puros en tanto uso no determinante (por tanto, no cognoscitivo), uso implicado en el pensar, en tanto actividad intelectual diversa del conocer (acerca de la idea kantiana de causalidad nouménica en tanto idea que implica un uso analógico de la noción de causalidad, véase: Pitt, 1974: 78–88). Si la analogía —tal como la entiende el filósofo— no constituye una semejanza imperfecta entre dos cosas, sino una semejanza perfecta de dos relaciones entre cosas no semejantes, pensar la relación entre la cosa en sí y la representación sensible por analogía con la relación causal que es dada en el plano empírico entre dos fenómenos, implicaría que la conexión entre dos fenómenos causalmente vinculados es semejante a aquella que se daría entre la cosa en sí y la representación (esto implica pensar la cosa en sí como entidad que, al afectar la sensibilidad, hace posible la existencia de la representación). Un breve análisis del concepto kantiano de analogía puede verse en Caimi, 1989: 81–83.

33 Diversos pasajes de la Crítica de la razón pura y de Prolegómenos revelan la convicción de Kant acerca de la existencia de las cosas en sí (cfr., B XX; B 164; Ak. IV, 289) y avalan, pues, la interpretación realista del concepto de cosa en sí (entendiendo por tal aquella interpretación que la considera como entidad existente y no como algo meramente pensado por la razón). Sin embargo, la interpretación idealista (esto es, aquella que reduce la cosa en sí a un mero ente de razón) goza de gran aceptación entre aquellos intérpretes que consideran que asumir la realidad de la cosa en sí resulta incompatible con principios fundamentales de la filosofía crítica. Dichos intérpretes han formulado diversas objeciones a la tesis de la afección trascendental, destacando la función meramente limitativa que el concepto de cosa en sí debería desempeñar en el marco de la filosofía crítica (Schrader, 1948–1949: 507–536; Schaper, 1966: 233 y ss.; Baumgartner, 1974: 267; Rescher, 1981: 296–297). Por mi parte, considero que el reconocimiento de la función limitativa del concepto de cosa en sí en la doctrina crítica no implica necesariamente una adhesión a la interpretación idealista; en efecto, reconocer dicha función no impide admitir la realidad de la cosa en sí; más aún: si la cosa en sí establece el límite insuperable más allá del cual no es posible, para nosotros, conocimiento alguno, es precisamente en su carácter de entidad real, pues un límite meramente pensado no alcanzaría a constituir, en última instancia, un auténtico límite. El principio crítico que establece el carácter estrictamente fenoménico de todo conocimiento humano sólo tiene sentido —a mi juicio— si se admite que existe efectivamente un dominio real más allá del orden puramente subjetivo de nuestras representaciones.

34 Kant se refiere a esta condición extra–subjetiva al observar, en el § 1 de la "Estética trascendental", que la materia del fenómeno debe ser dada aposteriori (cfr., A 20/B 34), es decir, a partir del contacto de la sensibilidad con algo externo.

35 De allí las observaciones realizadas en el § 13 de Prolegómenos, orientadas a evitar la identificación de su doctrina con el idealismo en sentido tradicional: "Pues el que yo haya dado a esta teoría mía el nombre de idealismo trascendental no autoriza a nadie a confundir este nombre con el idealismo empírico de Descartes [...] ni con el idealismo místico de Berkeley [...] Pues este idealismo que yo he llamado así no se refería a la existencia de las cosas (la duda acerca de la cual constituye propiamente el idealismo en el sentido tradicional). Pues nunca se me ocurrió ponerla en duda; sino que se refiere solamente a la representación sensible de las cosas, a la cual pertenecen, por sobre todo, el espacio y el tiempo" (Ak. IV, 293).

36 La realidad empírica del tiempo, del espacio y de los objetos espaciotemporales constituye el correlato de su idealidad trascendental (cfr., A 28/B 44; A 36/B 53).

37 Si bien el realismo empírico constituye un aspecto doctrinal explícitamente desarrollado en el marco del idealismo trascendental, no es este el caso del realismo trascendente, ya que la existencia de las cosas en sí no puede ser, desde luego, objeto de demostración. Cabría considerar, pues, al realismo trascendente como un supuesto básico, subyacente a la doctrina crítica (cfr., Adickes, 1924: 28–37).

38 La interpretación subjetivista considera al idealismo trascendental como una teoría metafísica que establece la incognoscibilidad de lo real, relegando nuestro conocimiento al dominio meramente subjetivo de las representaciones. La interpretación fenomenalista —estrechamente vinculada con la anterior— establece que la doctrina kantiana reduce la realidad a pura apariencia fenoménica, constituyendo así una nueva versión del idealismo tradicional.

39 Respecto de esta cuestión, señala Rábade Romeo que el proceso que hace posible la constitución de la objetividad "sólo es realizable si se cuenta siempre con lo dado en la intuición empírica, consistente en que nuestra sensibilidad sea afectada por la cosa–en–sí trascendente" (1969: 94).

 

Información sobre la autora

Ileana Beade: Doctora en Humanidades y Artes con mención en Filosofía por la Universidad Nacional de Rosario (Argentina), Magister en Ciencias Sociales con mención en Teoría Política por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Costa Rica). Ha realizado estudios postdoctorales en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Es becaria posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina). Se desempeña como Profesora de la Cátedra de Historia de la Filosofía Moderna de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Ha publicado artículos sobre filosofía kantiana en diversas revistas filosóficas internacionales.