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Signos filosóficos

versión impresa ISSN 1665-1324

Sig. Fil vol.11 no.22 México jul./dic. 2009

 

Traducción

 

Reubicando el Estado moderno. Gobernabilidad y la historia de las ideas políticas*

 

Martin Saar**

 

** University of Frankfurt, saar@em.uni–frankfurt.de

 

Introducción: Historizando la política

Hacia dónde se dirigirá la recepción de un gran autor, es algo que no puede predecirse. El enorme éxito del trabajo de Michel Foucault no es la excepción: habría sido absolutamente imposible prever en el tiempo de su publicación cuál de sus escritos llamaría la atención de sus lectores en los siguientes años y cuál de sus proyectos y conceptos se convertirían en referencias de importancia en una variedad de disciplinas. El destino de la noción de gobernabilidad es particularmente instructivo. Ahora es indudable que los dos cursos de Foucault en el Collège de France, dentro del proyecto total que él mismo ha llamado "la historia de la 'gobernabilidad'" (Foucault, 2007: 108), han encontrado un eco enorme en sociología, teoría política e incluso en la antropología cultural.1 Pero el reto que su sugerencia plantea a la historiografía del pensamiento político e histórico apenas ha sido objeto de algún debate comparable. Esto es sorprendente, especialmente dado el hecho de que el proyecto original de Foucault al final de la década de 1970 era principalmente una empresa histórica. Los cursos de 1977/1978, Seguridad, territorio y población y los de 1978/1979, El nacimiento de la biopolítica, están consagrados a una tarea genuinamente historiográfica, a saber, la reescritura de la historia del Estado (europeo central moderno) y del las artes y tecnologías de gobierno.

El debate actual acerca de la gobernabilidad se ha enfocado por buenas razones en el diagnóstico y valor conceptual del proyecto de Foucault, para análisis social y político contemporáneo y, por lo tanto, ha dado prioridad a la relación entre gobierno, seguridad y poder, y al problema del liberalismo en sus diversas formas. Esta discusión ha ayudado a clarificar cómo el análisis histórico de Foucault podría relacionarse con la pregunta de cómo las sociedades contemporáneas (y sus sujetos) son gobernados.2 Pero ello ha eclipsado las presuposiciones metodológicas e históricas de su enfoque. Así, sería fructífero comenzar de nuevo a partir de la pregunta acerca de la función que ha jugado el proyecto de una historia de la gobernabilidad y cómo se relaciona con perspectivas teóricas y empíricas más consolidadas. Visto de esta manera, el proyecto de Foucault es, en primer lugar, una forma de historiografía política que compite con, y refuta a, las formas tradicionales de la historia política y de la historia de las ideas políticas.

Para proveer de una contribución preliminar a dicha discusión acerca del método historiográfico, procederé en cuatro pasos. Primero haré un breve análisis de las clarificaciones metodológicas generales —no tan explícitas— de Foucault como aparecen en las conferencias sobre gobernabilidad y las relacionaré con sus programas metodológicos anteriores (sección I). Luego trataré, más específicamente, de reconstruir las implicaciones metodológicas e historiográficas de la historia no ortodoxa de la política occidental y del pensamiento político de Foucault y especialmente la historiografía del Estado y de su condición (statehood) (sección II). La especificidad de la práctica historiográfica de Foucault puede entonces ser útilmente comparada con algunas de las perspectivas mejor establecidas en el mismo campo, primero con la versión tradicional de la historia de las ideas políticas (sección III) y después con versiones más recientes y sofisticadas de ella (sección IV). Puede mostrarse que el enfoque de Foucault provee un tipo de análisis de la formación del Estado y de las transformaciones de su condición (statehood) señaladamente diferente y, para algunos propósitos, incluso superior.

 

I. De la analítica del poder a la historia de la gobernabilidad

Foucault comienza sus cursos en enero de 1978 asegurando a su audiencia que él continuará un análisis "que nosotros empezamos hace algunos años" (2007: 1), a saber, un análisis y examen histórico de los mecanismos del poder. Como él insiste, esta perspectiva no se reduce a una "teoría general del poder" (Foucault, 2007: 1), sino que más bien consiste en una serie de estudios empíricos e históricos del poder, lo que en la Historia de la sexualidad. Volumen 1, él había llamado "analítica del poder" (Foucault, 1978: 109). Las cinco "indicaciones de elección o declaraciones de propósito" (Foucault, 2007: 1) que él ofrece son en cierta manera nada menos que conclusiones metodológicas de sus primeros trabajos acerca de los mecanismos y formas históricas de poder: esto no es, en primer lugar, visto como una substancia, sino como un término englobante de mecanismos específicos. El poder no es, en segundo lugar, una entidad autónoma, sino "una parte intrínseca de" otras relaciones sociales (Foucault, 2007: 2). El poder es, en tercer lugar, un objeto propio de análisis filosófico en el sentido de una "política de la verdad" que se ocupa de los "efectos de conocimiento" (Foucault, 2007: 3) del poder. El análisis del poder, en cuarto lugar, se compromete con una implicación táctica, pero no con una imperativa (se podría decir normativa): el estudio del poder no puede retroceder hacia un terreno neutral desde el cual juzgar o evaluar el poder como tal. En quinto lugar y por último, seguramente marcado por una serie de confrontaciones teóricas al final de la década de 1960 y principios de la de 1970, Foucault advierte en contra de participar en polémicas dentro y en lugar de los discursos teóricos.

Esta lista más bien elíptica de comentarios de apertura presupone bastante conocimiento por parte de la audiencia de Foucault, pues en ella él invoca los principios básicos de sus primeras investigaciones, empezando con "El orden del discurso". En este texto, su curso inaugural en el Collège de France en 1970, Foucault había empezado a abrir su teoría del discurso al problema del poder al preguntar por los mecanismos a través de los cuales la "producción del discurso" es "a la vez controlada, seleccionada, organizada y redistribuida de acuerdo con cierto número de procedimientos" (Foucault 1972: 216). En los años que siguieron y más prominentemente en su texto programático "Nietzsche, genealogía, historia", en 1971, había ubicado su trabajo bajo el signo de Nietzsche y su método de genealogía, sólo mencionado brevemente en el curso inaugural.3

Todo su trabajo subsecuente, desde sus cursos tempranos en el Collège de France acerca de "La voluntad de conocimiento" (1970/1971), "Teorías e instituciones de castigo" (1971/1972), "La sociedad punitiva" (1972/ 1973) o "Poder psiquiátrico" (1973/1974), hasta Vigilar y castigar (1975) y la Historia de la sexualidad. Volumen 1 (1976), puede argumentarse que de hecho ha seguido estos principios e intereses básicos: primero, un interés en una concepción nominalista, no–esencialista del poder; segundo, una atención teórica en las implicaciones y entretejimientos del poder con otras esferas de lo social, más prominentemente con las prácticas científicas y el pensamiento; tercero, una elaboración de la conexión intrínseca entre poder y conocimiento, conduciendo a Foucault a acuñar el neologismo poder/conocimiento; cuarto, un serio intento de desarrollar una forma de investigación histórica que permita describir y analizar críticamente los elementos normativos en un discurso dado; y quinto, la intención de no intervenir polémicamente en el debate teórico y político, sino más bien de desarrollar perspectivas que permitan redescribir y transformar los autoentendimientos existentes y abrir nuevas maneras de pensar.4

A esta lista uno podría agregar dos elementos más, no explícitamente mencionados en los comentarios de apertura de Foucault, pero implicados en ellos: sexto, la perspectiva nominalista y antiesencialista que lleva a un interés en la discontinuidad como una importante orientación heurística (cfr. Foucault 1998a y 1998b);5 y séptimo, el uso deliberado de dispositivos estilísticos inusuales que esta forma de historiografía efectúa y las características retóricas que permiten producir el efecto de desfamiliarización y redescripción creativa, muchos de los cuales pueden ser rastreados en los escritos genealógicos de Nietzsche.6

Al acercarse a la gran cantidad de material histórico y su elaboración sistemática en los cursos acerca de la historia de la gobernabilidad con estos principios en mente, no debería sorprender que Foucault presenta su nuevo trabajo de manera principal como una continuación del camino escogido, llevando a una extensión y modificación de los conceptos metodológicos básicos (cfr. Saar, 2007b). En la mayoría de sus escasos pasajes metodológicos, Foucault insiste en su adherencia a las mismas directrices fundamentales que han guiado su investigación hasta ahora. El término "dispositivos (dispositifs) de seguridad" (Foucault 2007: 11) es presentado y explicado en contraste con los mecanismos e instituciones de soberanía y disciplina, principalmente elaborados en Vigilar y castigar, Historia de la sexualidad. Volumen 1 y en el curso Defender la sociedad (1975/1976).

De forma similar a la noción de bio–poder, también presentada y elaborada en los dos trabajos más recientes después de Discipline and Punish, se supone que seguridad refiere a un nuevo modo o forma histórica de poder, una nueva manera para regular la sociedad con una lógica y efectividad propias.7

El liberalismo de principios del siglo XVIII y su formulación teórica en la ciencia de la economía política se muestran como expresiones discursivas de esta nueva forma de poder que insiste en la libertad y naturalidad de los seres humanos y que restringe las acciones de las autoridades políticas a actos que respeten las leyes autónomas de las sociedades auto–reguladas. Por esta razón, la concepción liberal temprana de gobierno es "no exactamente, fundamentalmente o primariamente una ideología. Primero que nada y sobre todo es una tecnología de poder" (Foucault, 2007: 49). Ésta es la razón por la que los textos prácticos como los edictos sobre el intercambio y el comercio, los tratados políticos de los fisiócratas, las declaraciones programáticas de juristas y economistas son el mejor material desde el cual sacar conclusiones acerca de las especificaciones de este nuevo pensamiento y de la nueva práctica del gobierno liberal. La prominencia de la población como el objetivo principal de esta nueva forma de poder sólo puede ser establecida en contra de "una economía del poder completamente diferente" (Foucault, 2007: 49) de la que se centra en la ley (p. e., la soberanía) o el amaestramiento de los cuerpos individuales (p. e., la disciplina).

El mismo término gobernabilidad no es presentado por Foucault antes de la cuarta sesión de sus cursos, sino que sólo hasta entonces, hablando en el nivel de la metodología, se puede decir que su enfoque acaba alineándose con lo que hizo antes. Él trata de expandir y refinar los resultados de la analítica histórica del poder para la historiografía del siglo XVII y principios del XVIII, introduciendo una nueva configuración histórica en la que emerjan nuevas prácticas de regulación política que se ajusten a una nueva lógica del poder. Ellas son acompañadas por nuevas articulaciones (discursivas) teóricas (liberalismo, economía política) y se relacionan con objetos (material) nuevos (la población). El nuevo objeto histórico, llamado bio–política en algunos de sus primeros trabajos, es ahora llamado dispositivo de seguridad en los primeros cursos de la nueva serie, y después este término es a su vez abandonado y reemplazado por el vocabulario de la gobernabilidad.

Es fácil ver que Foucault no piensa que el proyecto de una historia de la gobernabilidad demande una innovación metodológica significante, excepto por un cambio de enfoque. Él no se limita a una historia del pensamiento político acerca del gobierno. Mientras que trazar la historia intelectual de ciertos motivos filosóficos, como las diferentes teorías acerca del "arte de gobierno" y el furioso rechazo de Maquiavelo (cfr. Foucault, 2007: 87–108), puede tener algún valor sintomático, su interés principal se encuentra en el hecho de que una concepción como la de economía, "a través de una serie de procesos complejos que son absolutamente cruciales para nuestra historia", pueden ganar el estatus de "un nivel de realidad y un campo de intervención para el gobierno" (Foucault, 2007: 95). De forma similar, aun siendo impresionantemente la agudeza en la larga exposición de Foucault de los textos griegos antiguos y de la cristiandad temprana acerca de la metáfora política del pastor, no se trata de una "cuestión de emprender la historia del pastoral" (Foucault, 2007: 150) por sí misma. Su función es argumentar "que con el pastoral cristiano vemos el nacimiento de una forma absolutamente nueva de poder" que puede ser vista como un "preludio a esta [p. e., moderna] gobernabilidad" (Foucault, 2007: 183, 184).

Someter el tema del pastoral cristiano a la perspectiva de una historia del poder "nos permite", explica Foucault, "asumir estas cosas y analizarlas, ya no en la forma de la reflexión y la transcripción, sino en la forma de estrategias y tácticas" (Foucault 2007: 216). Lo que esto requiere es ver que los cambios intelectuales y sociales no deben verse separados unos de otros, como dos esferas diferentes de la realidad social, sino como partes de un conglomerado. Una mera historia de las ideas, por un lado, separaría estos dos niveles completamente; una historia de la ideología, por el otro, colapsaría el uno contra el otro. Su enfoque, sin embargo, trata de evaluar el valor táctico de movimientos intelectuales y teóricos, pero no reduce los elementos discursivos a su "base" no–discursiva. Ella ve ambas esferas como lados de la realidad social.8 La misma insistencia en la diferencia entre su enfoque y la historia de las ideas por un lado, y la crítica a la ideología por el otro, puede encontrarse en las observaciones de apertura de Foucault en El nacimiento de la bio–política. Continuando algunas decisiones metodológicas importantes, él afirma que su "problema" es lo "opuesto del historicismo" (Foucault, 2008: 3), pues él rehúsa comenzar desde universales, sino que más bien trata de empezar desde un campo histórico específico dado y ver qué puede ser dicho acerca de un "régimen de verdad" específico (Foucault, 2008: 18) en una realidad histórico–política dada.

La historia del poder (o del discurso, o de los "sistemas de pensamiento") no se ocupa tanto de qué hay en el reino de los hechos históricos supuestamente neutrales, sino más bien de los procesos y procedimientos que hacen y producen factibilidad y normatividad en un campo histórico, epistemológico y social dado.9 Recordando la lista de principios metodológicos mencionada al inicio, se puede concluir que la historia de la gobernabilidad está de acuerdo con el programa general de una analítica del poder histórica o genealógica debido a que está orientada por las mismas directrices: también sigue una concepción del poder no–esencialista, nominalista y trata de dar cuenta de la intricada conexión entre, en este caso, el conocimiento político y el poder político, o la racionalidad del Estado y las técnicas de gobierno. Esta investigación no trata de desenmascarar o devaluar el poder del Estado, sino hacer inteligible su forma histórica específica y posiblemente proveer una perspectiva sobre la misma contingencia e historicidad de la concepción moderna, por ejemplo la liberal, del Estado y de la política.

Algunos comentadores han criticado a Foucault por haber escrito la historia de la gobernabilidad de un modo demasiado continuo y teleológico, como sí ahí hubiera casi una necesidad histórica que guiara desde los principios de la cristiandad hasta el Estado–nación medio–europeo del siglo XX (cfr. Biebricher, 2008).10 Mientras que es verdad que ahí hay menos énfasis en las alternativas históricas y en la complejidad que en algunos de los otros trabajos de Foucault, metodológicamente todos los cursos son acerca de la discontinuidad, a saber, la emergencia de una serie de nuevos conceptos políticos, modos de acciones y elementos de realidad política. Lo que definitivamente es verdad, sin embargo, es que en comparación con las monografías genealógicas de Foucault, el modo de presentación de la historia de la gobernabilidad permanece más bien como convencional. Austero en estilo, procediendo a la manera de una explication de texte académica y de comentario histórico, casi no hay rastro de una fuerza desfamiliarizadora o desestabilizadora de argumentos históricos. Mientras que existen algunas partes acerca de la relevancia de esta historiografía para una historia del presente (cfr. Foucault, 2007: 109, 354 y 2008: 70, 94, 117, 130), estas no agregan el tipo de imagen genealógica que cumpla sistemáticamente la función de las narrativas históricas como capaces de adentrarse de la "ontología crítica de nosotros mismos" (Foucault, 1997b: 319).

Mientras que esta última característica podría fácilmente ser explicada por el hecho de que estos cursos no son "trabajos" terminados y pulidos, sino que permanecen en su primera etapa expositora, los otros muestran que la práctica historiográfica de Foucault en estos cursos conforman su proyecto total de una forma de investigación histórica no–estándar que es una "historia de la verdad" en tanto que da cuenta de las realidades cambiantes y emergentes en la historia.11 La "historia de la gobernabilidad" no es, por tanto, ni historia de la política (o de las instituciones políticas) ni historia de las ideas políticas (o de las ideologías), sino de la política–como–realidad.

 

II. Des–institucionalizando el Estado

Si la reconstrucción precedente es verosímil, se puede decir que Foucault sigue, en la historia de la gobernabilidad, un camino similar al de sus historiografías del sistema penal, de las instituciones psiquiátricas tempranas o de ciertos conceptos jurídicos y su función administrativa. En comparación con estos proyectos más bien limitados, sin embargo, la historia de la gobernabilidad parece tener una perspectiva amplia. Esto es porque en este caso él no sólo presenta una explicación histórica alternativa de la naturaleza y función de ciertas instituciones, conceptos y prácticas, sino una redescripción completa de todo un campo que además abarca la razón gubernamental, como Foucault la llama (2007: 287).12 Pero es, respectivamente, más que una historia de las ideas políticas, porque reflexiona sobre la forma material y concreta del dominio político, i. e., los actos de gobierno.

La introducción que hace Foucault del neologismo gouvernementalité en la cuarta sesión de Seguridad, territorio, población, se propone referir nada menos que a este inusual nivel de análisis. Semánticamente, el término apunta a toda la esfera que se pueda decir que es gouvernemental, i. e., relacionándola al caso y acto de gobierno como fue concebido y ejercitado en la Europa moderna temprana. Es esta formalidad del término gobernabilidad lo que lo hace tan difícil de definir. La cuasi–definición de tres aspectos que Foucault ofrece debería ser leída cum grano salis. No es una explicación estricta del término, sino una indicación de sus posibles aplicaciones. De las "tres cosas" que se dice incluye término, la primera es "el conjunto de instituciones, procedimientos, análisis y reflexiones, cálculos y tácticas" (Foucault, 2007: 108) que son la condición previa de la clase de poder que Foucault ha analizado hasta ahora. Es, en segundo lugar, "la tendencia, la trayectoria, que [...] ha llevado constantemente hacia la preeminencia [...] del tipo de poder que podemos llamar 'gobierno'". Es, tercero, "el proceso, o más bien, el resultado del proceso por el cual el Estado de justicia se convirtió en Estado administrativo [...] y fue gradualmente 'gobernabilizado'" (Foucault, 2007: 108–109). Definitivamente, ésta es una definición ad hoc, ya que es difícil ver que algo pueda, al mismo tiempo, ser significativo como conjunto, como tendencia temporal y como el resultado de un proceso, siendo esto último sólo explicable con la ayuda del término a ser definido. Pero la intención principal es clara: la gobernabilidad se refiere estructuralmente a las bases materiales y epistémicas de la acción estatal, y ubica históricamente la forma específica de la actividad gubernamental en cuestión en un contexto preciso, a saber, la evolución gradual del Estado administrativo en el que gobernar a la población se convierte en el modo fundamental del ejercicio del poder político.

La ventaja de establecer tal perspectiva es marcada por Foucault inmediatamente: el enfoque en la gobernabilidad puede ayudar a evitar "sobrevalorar el problema del Estado" (Foucault, 2007: 109). Esto es así porque el mismo término "estado", en la mayoría de las explicaciones históricas y teóricas, se refiere a una entidad e identidad asumidas que deben ser cuestionadas. La misma idea de la gobernabilidad descentra esta entidad/identidad de una manera doble: primero, disolviendo la identidad asumida fijada desde el Estado en una multiplicidad de "instituciones, procedimientos, análisis y reflexiones, cálculos y tácticas" (Foucault, 2007: 108) que aseguren sus actividades; y, segundo, historizando totalmente la identidad transtemporal asumida del Estado. Es en estas formulaciones donde se vuelve más explícito que las sugerencias de Foucault son pensadas para reaccionar a, y reemplazar, las variantes entonces dominantes de la teoría del Estado emergida del neo–marxismo francés durante las décadas de 1960 y 1970. Su mención de la reducción del Estado a "la reproducción de las relaciones de producción" (Foucault 2007: 109) explícitamente se refiere a la posición de su antiguo maestro y amigo Louis Althuser y su concepción de los aparatos de estado ideológicos. Su repetida insistencia en la necesidad de "trabajar sin una teoría del estado" (Foucault, 2008: 76) confirma esta doble postura: la necesidad de transgredir los confines de los acercamientos al gobierno centrados en las instituciones y la necesidad de efectuar de manera diferente la pregunta que se suponía que la teoría del Estado debía responder.13

La descentralización o descomposición del estado en el proceso que lo constituye y estabiliza ayuda a ver que no es naturalmente dado, sino una "realidad compuesta y una abstracción mitificada" (Foucault, 2007: 109). No hay tal "estado–cosa como si estuviera siendo desarrollado sobre las bases de sí mismo e imponiéndose a sí mismo sobre los individuos como por un mecanismo espontáneo y automático". Más bien: "El Estado es una práctica", es "inseparable de una serie de prácticas por las que el Estado de hecho se vuelve una forma de gobierno, una manera de hacer cosas" (Foucault, 2007: 277). Se podría llamar a esto un constructivismo político radical, una perspectiva constructivista radical del Estado.

Una explicación constructiva del Estado lo trata no como una identidad eterna, sino como una formación siempre cambiante, hecha una y otra vez por la multiplicidad de "instituciones, procedimientos, análisis y reflexiones, cálculos y tácticas" (Foucault, 2007: 108). En pocas palabras, lo trata como un "efecto" (Foucault, 2008: 77) dentro de una historia de múltiples causas e influencias. La enorme masa de conocimiento histórico acerca de la idea antigua del gobierno como pastoral (cfr. Foucault, 2007: 123–226), acerca de la reconcepción moderna temprana del gobierno como arte de gobernar y raison d'état (cfr. Foucault, 2007: 237–312) es estructurada por Foucault para dar verosimilitud a una afirmación histórica importante: hay un rompimiento decisivo durante el siglo XVI cuando la concepción antigua de gobierno pastoral, justificada de una manera teológica, da paso a una concepción más inmanente de "soberanía sobre los hombres" (Foucault, 2007: 237) que corresponde a diferentes leyes y necesidades.

Es solo aquí, afirma Foucault, donde "la nueva problematización" en forma de "la res publica, el dominio público del Estado" (Foucault, 2007: 237) puede surgir. Entonces la afirmación histórica tiene dos aspectos: la condición de Estado (state–hood) del Estado moderno sólo es inteligible sobre las bases de su surgimiento a partir del poder pastoral cristiano. Pero uno debe también captar la transformación radical que la idea de gobierno sufre después de que este desprendimiento del poder pastoral y el surgimiento de nuevas técnicas y prácticas de gobierno y de administración de las sociedades han tenido lugar. Es sólo con estas nuevas formas de conocimiento gubernamental y de práctica gubernamental que el Estado–nación moderno territorial, que gobierna a su población por medio de la economía política u otras formas de conocimiento, se habrá hecho posible durante el transcurso del siglo XVII y el XVIII. El historiador de la gobernabilidad puede, por tanto, dar cuenta de la emergencia de la misma condición del Estado moderno y debe abstenerse de reificar la forma del Estado en una invariante histórica. Esta forma–del–Estado, el Estado de la gobernabilidad, no fue el único y podría probar no haber sido el último. Se podría llamar a este enfoque un historicismo político radical, una perspectiva histórica radical del Estado.

Comparado con la historia del Estado y la teoría del Estado, el proyecto de Foucault de una "historia de la gobernabilidad", por lo tanto, prueba ser una investigación sui generis. Desarma la asumida idealidad del Estado e historiza su forma al mismo tiempo. Y ambas, al disolver la entidad/ identidad del Estado en prácticas y en procesos históricos, transfiguran el objeto de la investigación política. La originalidad de la historia de la gobernabilidad, entonces, yace en el nivel específico en que opera: ni en el nivel de las ideas y concepciones del Estado (como en la historia intelectual) exclusivamente, ni tampoco sólo en el de las técnicas y procedimientos de gobierno y el ejercicio del poder político (como en algunas clases de Realgeschichte social o política). Por esta clase de historiografía, el Estado es en primer lugar una solución a un problema, el problema del gobierno.

 

III. La historia de la gobernabilidad vs. la historia de las ideas políticas

Habiendo bosquejado el perfil metodológico del enfoque de Foucault, es posible ahora evaluar más claramente su relación con otras perspectivas. Como ya se indicó, la historia de la gobernabilidad de Foucault puede y debe ser entendida como su respuesta crítica a la teoría neo–marxista francesa del Estado prominente en sus días y contexto intelectual.14 Como sus varias observaciones sobre la "fobia al estado" muestran (Foucault, 2008: 76, 187, 191), él acusa a esta tradición de confiar en una concepción esencialista y básicamente a–histórica del Estado, y su respuesta consiste en una historización total de la entidad e identidad asumida del Estado (moderno, liberal). Esta contextualización histórica trae a la luz una multiplicidad de formas, concepciones y materializaciones de la condición de Estado. Pero, por supuesto, al lado de la teoría neo–marxista del Estado existe otro rival principal en este campo, del que Foucault pudo no haber sido igualmente consciente, a saber, la subdisciplina en la intersección de la teoría política y la historia llamada la historia de las ideas políticas o historia política intelectual.

Visto desde el presente, este cuerpo de trabajo y sus instituciones académicas han constatado el lugar central que ocupan en la agenda asuntos similares a los de Foucault, tales como el surgimiento y desarrollo de la moderna condición del Estado occidental. Es aquí donde la pregunta acerca de cómo la concepción moderna y realidad del Estado encuentra su lugar. Se podría, siguiendo el uso que Richard Rorty (1984: 61) hace del término, llamar a la concepción tradicional de la historia de las ideas políticas doxográfica: ella describe la historia del Estado como una historia de diferentes teorías y concepciones atribuidas a autores o escuelas de pensamiento. Hacer la historia del Estado en tal marco consiste en nada menos que escribir la historia de las concepciones y preguntar acerca de su relación con el campo de la historia social y política.

Es fácil inferir la reacción de Foucault ante tal empresa, pues está implícita en su rechazo de la historia de las ideas en sus trabajos "arqueológicos", más prominentemente en la Arqueología del saber por un lado,15 y en sus comentarios metodológicos de la analítica del poder y la Historia de la gobernabilidad, ya discutida, por otro. La historia de las ideas, afirma Foucault, permanece demasiado apegada a los documentos, no "monumentos" (2002: 153), y en la búsqueda de significado esencial es incapaz de comprender la materialidad del discurso. Permanece atada a la idea de continuidad y desarrollo y omite la discontinuidad y cualidad amorfa de campos de conocimiento emergentes. Permanece obsesionada con las categorías dadoras de identidad de "trabajo" y "autor" y omite los otros "tipos y reglas para prácticas discursivas" (Foucault, 2002: 156) mucho más formativas. Y, finalmente, la historia de las ideas permanece dentro del campo de la restitución y la recuperación: busca "traer de vuelta, en toda su pureza, la distante, precaria, casi desaparecida luz del origen" (Foucault, 2002: 156). Es, en otras palabras, una empresa ideológica, impulsada por un deseo de tradición e identidad y que no tiene voluntad de enfrentar la heterogeneidad y extrañeza de la historia.

Estos puntos generales contra el enfoque de la historia intelectual como tal son reforzados por las observaciones metodológicas de Foucault acerca de la teoría del Estado. Todo el énfasis en el Estado como un efecto y una práctica discutidos antes, la preocupación en los dos lados de la condición de Estado tienen su objetivo aquí: el Estado, afirma Foucault, no puede ser reducido ni a su forma conceptual o ideológica ni a su forma material, i. e., los actos, artes y técnicas de gobierno. Por el contrario, es el entrecruzamiento e intersección de estas dos esferas lo que constituye el Estado–como–realidad, discursivo y material al mismo tiempo. La historia tradicional de las ideas políticas, criticada desde tal perspectiva, nunca será capaz de comprender esta realidad, porque nunca articulará totalmente el lado práctico, el elemento material del Estado o del gobierno. El enfoque exclusivo en lo que es dicho y pensado acerca del Estado, en el discurso sobre el estado, niega que al mismo tiempo sea efectivo y un efecto de muchísimos procesos en el campo político. Este discurso del Estado, como se le podría llamar, no puede ser reducido a su formación explícita en las teorías, es igualmente personificado en programas políticos, estructuras administrativas y patrones de prácticas gubernamentales muy concretas. La historia de las ideas políticas en su versión tradicional, entonces, carece de la orientación metodológica para incluso contribuir a lo que el proyecto de Foucault de una Historia de la gobernabilidad trata de lograr.

 

IV. La "nueva" historia de las ideas políticas

Sería terriblemente injusto, sin embargo, reducir la historia de las ideas políticas exactamente a su espantapájaros aquí desdeñosamente llamado versión tradicional. Por el contrario, fue precisamente este sub–campo del trabajo académico el que sufrió las reformulaciones metodológicas más importantes más o menos alrededor del mismo tiempo en que Foucault se estaba representando —para pronto dejar de nuevo— su versión de una explicación historizada de la condición de Estado moderna. Se podría incluso afirmar que algunas de ellas, en completa independencia de su enfoque, respondían al mismo predicamento metodológico: ¿Cómo contar la historia del Estado o cómo escribir la historia política no–doxográficamente y no–idealistamente?

Al menos tres grupos de ellas, se podría decir que las versiones más influyentes y metodológicamente más innovadoras de la nueva historia de las ideas políticas, deberían ser mencionados: variantes de la historia intelectual que integran la historia social, como la practicada por los teóricos políticos y los historiadores como Herfried Münkler, Gerhard Oestreich o Maurizio Viroli; el enfoque de la "Escuela de Cambridge" de la historia política, principalmente conectado con los estudios materiales y los textos metodológicos de Quentin Skinner, John Pocock y otros; y la historia conceptual (en el sentido del alemán Begriffsgeschichte), asociada con el trabajo de Reinhart Koselleck y sus colegas.

El paso de una pura historia intelectual de la política a una forma de enfoque integrado es un movimiento que ha ocurrido dentro de la sub–disciplina de la historia de las ideas políticas misma. Al menos desde finales de la década de 1970 y hasta la fecha, un acercamiento (rapprochement) de la historia intelectual y social es claramente visible. Y no será sorpresivo que preocupaciones temáticas similares a la de Foucault exigieran tal movimiento. Tomemos sólo un ejemplo prominente: la mayoría de los historiadores que trabajan sobre la doctrina de la razón de Estado (raison d'état) se dan cuenta totalmente de que este tropo crucial del pensamiento político moderno temprano no puede ser reducido a teoría. Por tanto, rastrear la razón de Estado en el desarrollo político desde la mitad del siglo XV hasta los siglos XVII y XVIII significa también detectar su efectividad en donde no es llamado así, pero sí practicado. Los elementos de la razón de estado están, por lo tanto, presentes incluso después de que su discurso ha desaparecido tiempo atrás, ya que "ellos encontraron un lugar en la composición estructural del nuevo orden político" (Münkler, 1987: 299). La razón de Estado, como se podría resumir la tesis principal de esta importante discusión histórica, se ha vuelto uno de los imperativos políticos modernos más efectivos (Münkler, 1987: 328), se ha convertido en un esquema práctico que empezó como una nueva manera de justificar la acción gubernamental, pero que se ha vuelto una orientación práctica de importancia para la acción de la mayoría de los estados modernos.16

Un enfoque tal ayuda a reformular la eficacia de discursos acerca del Estado de una nueva manera que no es diferente a la insistencia de Foucault en el lado material del Estado. Insta a incorporar todos los factores sociales e institucionales que acompañan y en ocasiones producen nuevas soluciones discursivas y nuevos patrones de acción. Visto de esta forma, el Estado cesa de ser un otorgamiento histórico; ahora puede ser visto como un punto móvil de intersección entre ideas y prácticas (cfr. Chartier, 1982). Para alcanzar totalmente tal forma de doble visión, la historia social y la intelectual no sólo tienen que convertirse en vecinos amistosos, sino que tienen que trabajar de la mano (cfr. Münkler, 2003).

Se podría decir que un impulso bastante similar de relacionar la historia intelectual con la historia social e institucional es uno de los objetivos de los muchos autores que trabajan dentro de la tradición de la así llamada "Escuela de Cambridge". Su imperativo metodológico compartido de poner las ideas políticas en su contexto histórico los ha inmunizado contra cualquier tentación de un enfoque puro o primariamente textualista en las ideas políticas (cfr. Pocock, 1962; Tully, 1993 y Skinner 2002a). Desde su perspectiva, toda posición teórica puede ser sólo adecuadamente entendida cuando se le sitúa en el campo de la controversia histórica, política e ideológica. Cualquier reconstrucción histórica adecuada de una teoría política presupondrá, por tanto, una evaluación rigurosa de estos factores contextuales, muchos de los cuales son el objeto adecuado de la historia social e intelectual. Si esta forma de contextualismo comprehensivo histórico es aún llamada un enfoque "centrado [...] en la historia de las ideologías" (Skinner 1978: XI), esto se supone indica que contexto aquí es utilizado para explicar y para ayudar a hacer inteligible el texto en cuestión y no por sí mismo.

La historia política, como aparece a la luz de esta nueva historia del pensamiento político, será por tanto legible en diferentes niveles que se intersectan en el plano de la lucha y el conflicto políticos, en que se combate con la espada y la pluma al mismo tiempo (cfr. Tully, 1988; Skinner, 2002b: 177 y Bevir, 1999). Es en esta visión de la historia profundamente conflictiva o antagonista en la que muchos autores pertenecientes o cercanos a la "Escuela de Cambridge" se ajustan a algunas de las concepciones históricas de Foucault, como algunos de ellos han reconocido abiertamente (cfr. Tully, 2002). Para ellos, también, como para Foucault, la realidad del Estado no puede ser algo neutralmente dado; es en sí misma un elemento y un producto de la lucha política. Y esto exige una revisión metodológica radical de la historiografía política.

La tradición alemana de la historia conceptual o Begriffsgeschichte sólo recientemente ha sido reconocida en la discusión internacional como una innovación metodológica de importancia (cfr. Richter, 1995: 5 y Skinner, 2002b: 177–180). Originalmente desarrollada en el marco de estudios materiales sobre el cambio conceptual y de semántica histórica al principio de la década de 1970, más prominentemente en el manual Geschichtliche Grundbegriffe (Palabras clave históricas) y en Historisches Wörterbuch der Philosophie (Léxico histórico de conceptos filosóficos), Reinhart Koselleck y sus colaboradores han buscado una nueva forma de abordar la realidad social vía la historia conceptual y han tratado al lenguaje como la reserva de las experiencias políticas e históricas. En sus muy concisas reflexiones metodológicas, Koselleck convincentemente ha argumentado que tal enfoque no puede ser reducido a la hermenéutica, con la cual comparte algunos principios básicos, ni a la historia lingüística (Wortgeschichte).17 Más bien, la esfera del concepto es la historia del significado y el autoentendimiento en un tiempo histórico dado que puede ser localizado rastreando la frecuencia y modificaciones en el uso y rastreando la transformación de campos semánticos enteros. Pero hacerlo requiere no sólo ver los conceptos en su contexto teórico o su historia intelectual. También significa tratar la formación y modificación de términos abstractos como un lugar de elaboración y expresión de experiencia histórica y política vivida, sólo visible cuando el contexto extra–teórico es tomado en cuenta.18

Es esta convergencia de historia social e historia conceptual (cfr. Koselleck, 2004a) la que da a esta metodología histórica su forma distintiva. No es sorprendente que haya probado su productividad para la historiografía de los conceptos políticos (como soberanía, constitución, revolución, el pueblo, etcétera). Es no–idealista porque nunca hipostasia la realidad de conceptos e ideas, sino que los pone firmemente en el terreno de la historia política y social. Al preguntar qué tipo de auto–entendimiento político fue hecho posible y expresable por el cambio conceptual y la innovación, la historia conceptual explícitamente reconoce que las ideas políticas (como ciertas doctrinas acerca de la legitimidad del Estado) sólo podían sostenerse y ser plausibles en el trasfondo de ciertas realidades sociales e institucionales. Los historiadores conceptuales de la política son inmunes a la fobia al Estado y la fetichización del estado de la que Foucault acusaba a sus contemporáneos (de la izquierda); para ellos, el Estado siempre era ya parte de la realidad y experiencia histórica. Y la historia de los términos y doctrinas políticos es para ellos el mejor material a descubrir.

Todas estas similitudes y convergencias no ensombrecen las diferencias que quedan entre estos enfoques de una nueva historia de las ideas políticas y la concepción de Foucault de una historia de la gobernabilidad. Por supuesto, incluso los modelos más sofisticados de historia intelectual abiertos a la ayuda de la historia social permanecen enfocados principalmente en ideas y nunca tomarán enteramente el camino hacia una historia de los discursos y prácticas donde los autores y los textos ya no son el referente principal. Por un lado, todavía existe una tendencia a seguir un cierto heroísmo y continuar escribiendo acerca de grandes autores de grandes textos en tiempos difíciles. Esto a veces es acompañado, incluso, por una cierta exigencia de revitalizar o recuperar los motivos originales de estos grandes pensadores.19 Por otro lado, se puede ver cierta tendencia a reinterpretar la historia de las ideas políticas teleológicamente y dar la impresión de que la condición de Estado moderna es mejor entendida no como un producto contingente, sino como el resultado de un proceso histórico cuasi–racional.20 Ambas tendencias, sin embargo, parecen ser totalmente incompatibles con el nominalismo histórico de Foucault y con el énfasis post–nietzscheano en la contingencia histórica.

El énfasis en el contexto histórico y estratégico–ideológico de las teorías políticas por parte de autores como Skinner, Pocock y Tully debería también recordar el hecho de que, para ellos, esto no significa renunciar al proyecto de una historia de las teorías. El conocimiento y la información acerca de las fuerzas materiales y las causas administrativas que han llevado a cierto tipo de condición de Estado para ellos son relevantes más que nada como elementos de una historia (story) interpretativa; la empresa principal sigue siendo un enfoque intelectual o hermenéutico, la historia del Estado moderno sigue siendo principalmente una historia de la idea de estado que puede ser rastreada desde las controversias acerca del absolutismo en el siglo XVII (cfr. Skinner, 1989). La Historia de la gobernabilidad, sin embargo, en este punto parece ser más materialista, pues toma una perspectiva más causal y comprehensiva que podría no ser diferente de algunas historiografías del Estado inspiradas por la teorización neo–marxista (cfr. Tilly, 1990): es sólo la convergencia y refuerzo mutuo del discurso teórico acerca del Estado y el discurso práctico, administrativo del Estado, que dio origen al mismo proceso de "gobernabilización" (Foucault, 2007: 109), lo que terminó en el Estado moderno, liberal tardío como lo conocemos. La estrategia de Foucault de una contextualización histórica, en otras palabras, parece ir más lejos de lo que a muchos autores de la "Escuela de Cambridge" les gustaría, supuestamente, reconocer.

Una reserva similar debería hacerse respecto del enfoque de la historia conceptual. Mientras que algunos comentadores han argumentado convincentemente en favor de la compatibilidad de las metodologías de Koselleck y de Foucault en cuanto a la historicidad del discurso y el significado (cfr. Busse, 1987 y Rosanvallon, 2001), la diferencia más obvia sigue siendo la insistencia implícita final en la necesidad de abstenerse de categorías subjetivas como experiencia, expectativa u horizonte, nociones apreciadas por los profesionales de la historia conceptual (cfr. Koselleck, 2004b). Mientras que la similitud consiste en historizar rigurosamente nociones y conceptos de lo político, parece no haber una forma obvia para los historiadores conceptuales de incorporar las tesis de Foucault acerca de la biopolítica, el papel de la estadística y la economía política, que no necesariamente se refiera al autoentendimiento de los actores políticos, sino a los hechos institucionales y administrativos de la transformación de las sociedades europeas. La Historia de la gobernabilidad, en otras palabras, parece también tender a revelar otras esferas de la realidad política que aquellas que la historia conceptual es apta para explorar.

 

Conclusión: politizando la historia

El objetivo de este ensayo ha sido clarificar las aportaciones metodológicas de la Historia de la gobernabilidad de Foucault. Por esta razón los dos cursos del Collège de France fueron tratados menos como contribuciones sustanciales para la historia de la emergencia del Estado moderno, y más bien como una afirmación programática y una promesa metodológica: Foucault ofrece una nueva forma de investigación histórico–política y da el esbozo metodológico de una agenda de investigación que él apenas había comenzado. He tratado de argumentar en favor de la especificidad y el atractivo de esa manera no–estándar de hacer la historia del estado y he sugerido imaginar una controversia en el método entre este enfoque y varias formas de la historia de las ideas políticas. El programa de Foucault, he afirmado, prueba ser original y productivo y podría ser visto como una alternativa crucial tanto para una forma tradicionalista de historia intelectual como para una forma reduccionista de crítica a la ideología. Sin embargo, no hay razón para exagerar las diferencias que su enfoque tiene con versiones más recientes y metodológicamente más sofisticadas de una nueva historia de las ideas políticas. Estas nuevas formas de historia política intelectual integran la comprensión de la historia social, dan cuenta del contexto táctico e ideológico de las teorías políticas y de la interrelación entre conceptos políticos y la realidad histórico–social. A pesar de muchas diferencias profundas en el método, se puede decir de la Historia de la gobernabilidad, tanto como de estos otros enfoques, que contribuyen a una historia del pensamiento y la práctica políticos sumamente innovadora y que, por tanto, deberían ser tomadas como un desafío importante a cualquier interesado en el futuro del estudio de la historia de las ideas políticas. Pero aun así, desde una perspectiva estrictamente foucaultiana, se podría acusar a los tres enfoques de permanecer firmemente adheridos al enfoque epistémico del acercamiento ideacional de la política.

Quedan muchas preguntas abiertas acerca de este intento propio de proyectar una agenda de investigación comprehensiva acerca de la condición de Estado moderno. La ausencia de alguna perspectiva de la especificidad de género de las concepciones y acciones políticas es sorprendente; y de forma interesante, algo del mejor trabajo acerca de gobernabilidad contemporánea ha subrayado exactamente este aspecto, en apariencia irrelevante para Foucault en su tiempo (cfr. Cruishank, 1999). De manera similar, parece imposible siquiera comprender la formación del Estado moderno europeo y su dimensión biopolítica sin dar cuenta de su dimensión colonial. Pero este aspecto permanece en gran parte ausente de la discusión de Foucault (cfr. Stoler, 1995). Y de nuevo, como algo del trabajo más interesante de antropología contemporánea del Estado ha mostrado, la condición de Estado en sí misma puede materializarse en varias formas y funciones, y la distribución de poder internacional e interestatal es un factor de importancia al determinar qué patrón de acción estatal prevalecerá (cfr. Randeria, 2007). No hay necesidad de seguir el enfoque exclusivo de Foucault en la gobernabilidad moderna europea u occidental.

Pero exactamente qué tan lejos puede ir la historiografía política, guiada por la perspectiva de una Historia de la gobernabilidad, ha sido convincentemente ilustrado por los muchos trabajos históricos que el ejemplo de Foucault suscitó. Mientras que el trabajo de sus colaboradores originales en París en la década de 1970, como François Ewald, Pasquale Pasquino, Giovanni Procacci o Jacques Donzelot acerca de la historia del Estado de bienestar, seguridad o pobreza ha influenciado él mismo todo un ámbito de proyectos de investigación, así también el trabajo más reciente acerca de la historia de las ideas políticas se ha beneficiado de esta perspectiva.21 Estudios brillantes han probado que la transición del pensamiento político medieval a la concepción moderna temprana de la política puede ser productivamente repensada con la ayuda de las sugerencias de Foucault (cfr. Senellart, 1995) o que los textos fundacionales del liberalismo y los famosos debates de principios del siglo XVIII acerca de la sociedad civil aparecen bajo una luz radicalmente nueva cuando son puestos en el contexto de nuevas políticas para gobernar a los pobres (cfr. Bohlender, 2007). Por todos estos estudios, la comprensión de Foucault ha probado ser un punto de partida para nuevas y originales perspectivas de la política y el pensamiento político: el Estado no está dado, sino que es el producto y efecto de negociación discursiva y práctica. El Estado moderno no tiene ni un origen ni una identidad única fija; es constantemente hecho y rehecho. Este gesto inquietante, dislocante, ayuda a adquirir una especie de distancia crítica que sólo podemos tener con algo que ni es natural ni necesario. Reconocer la historicidad radical y la contingencia radical de nuestra (Modernidad tardía, occidental) forma de condición de Estado podría dar origen a un entendimiento nuevo y crítico de su futuro.

 

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Notas

* Agradezco a David Owen y Frieder Vogelmann sus comentarios y sugerencias.

1 Cfr. Burchell, Gordon y Miller, 1991; Barry, Osborne y Rose, 1996; Lemke, 1997; Dean, 1999; Bröckling, Krasmann y Lemke, 2000; Bratich, Packer y McCarthy, 2003 e Inda, 2005.

2 Cfr., en especial, Rose, 1999 y Dean, 2007.

3 Para la profunda relación entre el trabajo de Nietzsche y el de Foucault cfr. Mahon, 1992; Visker, 1995; Saar, 2007a y 2008.

4 Para una exposición de muchos de estos principios metodológicos elementales cfr. Dreyfus y Rabinow, 1982; para poder/conocimiento y ciencia, cfr., Rouse, 1987; para una excelente discusión del poder en general en Foucault, cfr., Patton, 1998 y Nealon, 2008: 24–53.

5 Para más sobre el nominalismo histórico y el(los) método(s) histórico(s) de Foucault cfr. Veyne, 1997 y 2008; Davidson, 2002 y Hacking, 2002.

6 Para discusiones del método y estilo genealógicos de Foucault y Nietzsche cfr. Mahon, 2002; Saar, 2002; Owen, 2007: 45–59, y Biebricher 2008.

7 Cfr. Lemke, 1997: 134–143; 2007a: 47–70 y Dean, 1999: 98–112.

8 Para diferentes lecturas del rechazo de Foucault de la versión ortodoxa de la teoría marxista de la ideología cfr. Barrett, 1991; Veyne, 2008: 22–27, y Nealon, 2008.

9 Para interpretaciones del método historiográfico de Foucault dentro de estas líneas ver Davidson, 2002 y Veyne, 2008.

10 Biebricher (2008: 387) bosqueja una lectura posible dentro de estas líneas "antigenealógicas" y "más bien teleológicas".

11 Sobre los topos de una historia de la verdad véanse Foucault, 1978: 60; 1985: introducción; Lemke, 1997: 327–339; Davidson, 2002; y Saar 2007a: 217–220.

12 Para una discussion sobre el concepto de razón gubernamental o racionalidad política, cfr. Gordon, 1991; Dean, 1999: 31–32; Rose, 1999: 24–28 y Bröckling, Krasmann y Lemke, 2000: 20–24.

13 Cfr., también los comentarios escritos en el manuscrito pero no leídos en "relaciones de poder des–intitucionalizantes y des–funcionalizantes" (Foucault, 2007: 119–120). Ellos corresponden cercanamente a las afirmaciones metodológicas de Foucault de las primeras dos sesiones de Defender la sociedad, su curso de un año antes (Foucault, 2003: sesiones del 7 y el 14 de enero de 1976).

14 Véanse Lemke, 2007b; Biebricher, 2007 y Jessop, 2007: cap. 6. Para la relación de Foucault con Althusser véase Eribon, 1994: cap. 10; para una versión actual de una teoría del estado crítica e histórica, véase Bartelson, 2001.

15 Cfr., la sección "Archaeology and the history of ideas", en Archaeology of Knowledge (Foucault, 2002: 151–156).

16 Para esta discusión véanse Oestreich, 1969; Münkler, 1987 y Viroli, 1992. Para cuestiones metodológicas y el caso francés cfr. Chartier, 1982.

17 Para este programa cfr., el prefacio (Ritter, 1971) y el articulo sobre "Begriffsgeschichte" (Meier, 1971) en Historisches Wörterbuch der Philosophie.

18 Melvin Richter (1995: 15) correctamente señala el hecho de que esta descripción es más adecuada respecto a Geschichtliche Grundbegriffe que a Historisches Wörterbuch der Philosophie en que una forma de historia conceptual más filosófica fue practicada.

19 Para los síntomas de esta tendencia heroica, cfr. Viroli 2002 y Münkler 2003.

20 En una de sus más prominentes contribuciones recientes de esta escuela de pensamiento, Klaus Roth se refiere al método genealógico de Foucault incluso en el título de su impresionante libro, pero él va más allá y caracteriza su propio proyecto de un modo cuasi–hegeliano, teleológico así como idealista, como un "intento de comprender e ilustrar el surgimiento, el cambio y la diseminación de la idea del estado como racional" o como la "reconstrucción de un mundo de ideas [Vorstellungswelt] que se materializó en las instituciones de los estados modernos y que sólo hoy ha alcanzado sus límites" (Roth, 2003: 72).

21 Cfr., sus contribuciones en Burchell, Gordon y Miller, 1991.

 

D. R. © Martin Saar, México D.F., enero–junio, 2009.

D. R. © Traducción de José Ramón Orrantia Cavazos, México D.F., enero–junio, 2009.