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Signos filosóficos

versión impresa ISSN 1665-1324

Sig. Fil vol.11 no.21 México ene./jun. 2009

 

Reseñas

 

Rodolfo Suárez Molnar (2007), Explicación histórica y tiempo social

 

Carlos Illades Aguiar*

 

Barcelona, España, UAM/Anthropos, 206 pp.

 

* Profesor de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana, Cuajimalpa, cillades@correo.cua.uam.mx

 

Hace unos años Peter Gay, el principal exponente de la psicohistoria, se quejó del asedio sufrido por la Historia "después de que los mercaderes posmodernos del subjetivismo invadieran el terreno y, en lugar de ensanchar el horizonte de los historiadores, arrojaran dudas totalmente irracionales sobre la búsqueda de la verdad del pasado" (2002: 17). De hecho, no sólo han puesto en entredicho su estatuto científico y la pretensión de verdad que la acompaña, sino su existencia como disciplina autónoma. En primer lugar, las preguntas han girado del terreno historiográfico hacia el filosófico, particularmente cuando la indagación referente al sentido está ahora en el foco del análisis. En segundo término, porque el deslinde entre Historia y literatura, que parecía consumado en el siglo XIX, tiende a difuminarse, perdiendo relevancia los controles empíricos asociados con la disciplina desde su nacimiento. La disolución de la frontera que separaba la literatura de la Historia también vino de la mano de la pulverización de ésta en múltiples historias, con minúscula, cada vez menos distantes del relato. Por último, la comprensión (con Dilthey) y la interpretación (con Nietzsche, quien pensaba que no existían los hechos sino tan sólo interpretaciones), ambas asumidas como propósitos del saber histórico, marginan cada vez más cualquier tentativa de explicación del pasado.

En este contexto, Explicación histórica y tiempo social, el libro de Rodolfo Suárez Molnar, intenta remar contra la corriente, una buena razón, al menos para mí, para darle la bienvenida. De inicio, en obvia conexión con su trayectoria profesional, el autor plantea historizar la psicología social o si se prefiere, analizar los elementos conceptuales de una "historia social fundamentada en la psicología colectiva" (p. 9). No estoy seguro que una cosa equivalga a la otra, lo que sí creo es que una posibilidad de abordar el problema habría sido centrar el análisis en los historiadores que han estudiado la multitud (Lefebvre, Soboul, Rudé, Thompson o Tilly; Womack y Van Young dentro de la historiografía mexicana), lo que habría permitido abordar el problema crucial de la interacción entre las estructuras (económicas, sociales, demográficas, etcétera) y la acción colectiva, ya sea organizada o espontánea, además de explorar categorías tales como experiencia, conciencia o ideología inherente, si hemos de utilizar la terminología de Rudé. Sin embargo, el autor opta por Collingwood, para entrar al tópico del autoconocimiento de la mente y después llevarlo hacia el campo de la psicología, y por Braudel, de quien extrae la noción de tiempo social, utilizando su conocida caracterización de la temporalidad histórica: la larga duración propia de las estructuras; la mediana duración, referida sobre todo a los procesos sociales, y la historia episódica o historia de los acontecimientos, la que nos dice Suárez Molnar ha sido el objeto privilegiado del análisis epistémico (p. 11).

Con una argumentación refinada e inteligente, el autor entra de lleno a los grandes temas de la explicación histórica que, más que nada, son las objeciones que recurrentemente se hacen a la Historia como saber positivo. Sobre estos aspectos centraré mi comentario. Hayden White y sus seguidores han insistido en que toda Historia, con mayúscula, supone una teleología: como el historiador ya conoce lo que sucedió, la operación que realiza consiste básicamente en seleccionar los acontecimientos que permiten llegar a este final anunciado de antemano y articularlos a través de una narración. Incluso esto sucede en los metarrelatos en que la secuencia de los hechos aparece regida por la necesidad. Suárez Molnar recurre a Braudel y su caracterización de la larga duración para enfocar el problema desde otra posición teórica: sin perspectiva no hay Historia, porque ésta justamente permite discernir lo relevante de lo que no es, la significación histórica de la experiencia cotidiana.

¿Pero qué es lo realmente significativo? A Braudel le parecía importante analizar los hechos que se repetían, es decir, los que marcaban regularidades, colocándose en el extremo opuesto de la historia episódica. En sentido estricto, y trivial agrega Suárez Molnar, todos los hechos son únicos e irrepetibles. Sin embargo, si se emplea un nivel mayor de abstracción es posible encontrar figuras unitarias que los agrupen en conceptos y categorías más generales. Lo plantea de la siguiente manera:

[...] hablamos de un acontecimiento histórico cuando su lugar en el tiempo puede fijarse de manera independiente de la fecha de su ocurrencia, y cuando ciertas condiciones y características que lo hacen específico se presentan como las razones objetivas que justifican su inserción en una figura unitaria. (p. 67)

Aceptar que existen constantes históricas, sin embargo, no lo conducen a adoptar el modelo nomológico–deductivo desarrollado por Hempel, donde las leyes universales expresan las regularidades. La pregunta sería entonces si los hechos históricos son necesarios, es decir, si habrían de ocurrir de cualquier manera. Aquí el autor es cauto, y recula un poco:

[...] la idea tampoco obliga a suponer que la regularidad que lo social implica al nivel de los acontecimientos sea tal que los contenidos específicos queden absolutamente determinados por aquéllas, ni mucho menos que en función de la repetibilidad formal de los acontecimientos pueda obtenerse una explicación estrictamente nomológica de su ocurrencia. (p. 73)

Tal cautela me recordó un artículo publicado por Carlos Pereyra a finales de la década de 1970, titulado "El determinismo histórico". Allí, el conocido filósofo marxista planteó que, al menos parcialmente, el curso de la historia dependía de articulaciones causales que bien a bien no alcanzaban el carácter de leyes (Pereyra, 1979: 87–102).

La consabida objeción a este planteamiento es que en los procesos históricos intervienen no pocas veces actores dotados de cierto grado de autonomía y voluntad. La contrarréplica consiste en afirmar que ningún actor, por poderoso que sea, tiene el control de aquel proceso, escapando frecuentemente el resultado a sus propósitos e intenciones. Suárez Molnar no abunda mucho en este asunto, una antinomia que aparece recurrentemente dentro de la teoría de la Historia, concentrándose en la noción de causa histórica. Esta parte del libro es sólida e interesante; en ella reitera y discute algo que hace unos años era obvio y que ahora es cada vez más nebuloso: "lo que he querido sugerir es que tanto la explicación como el ordenamiento y configuración de la materia histórica, están supeditadas al uso de cierto tipo de conceptos y de hipótesis generales" (p. 76). Sin éstas, los historiadores no encontrarían en los archivos más que papeles viejos. Curiosamente, después los esgrimirían como prueba de que lo que dicen es cierto.

Suárez Molnar contrasta la explicación nomológica con la histórica. La primera, indica, "pretende la incorporación de hechos particulares en enunciados o conceptos de clase"; en tanto que la otra "tomaría como punto de partida los conceptos generales para identificar después las particularidades del acontecimiento" (p. 79). La distinción es relevante, aunque no la considero aplicable a toda la historiografía. En la tradición marxista sin duda vale, pues para ella los hechos son la instanciación de fenómenos más profundos y pueden ser comparables porque a fin de cuentas proceden de una matriz común (los modos de producción en el marxismo clásico; el Estado absolutista de Perry Anderson, o los ethos culturales de Bolívar Echeverría, por ejemplo). Tanto en el método comparativo de Marc Bloch como en la microhistoria de Carlo Ginzburg, el procedimiento parece ser el inverso: hay que identificar primero las diferencias para después encontrar las similitudes, remitiéndonos a los parecidos de familia de Wittgenstein.

Como todo ejercicio filosófico genuino, el trabajo de Suárez Molnar logra su cometido fundamental: distinguir los problemas de los que no lo son (Wittgenstein dixit), plantear claramente los que merecen pensarse, para entonces esbozar las posibles respuestas o formular nuevas preguntas. A mi juicio ese es el mayor mérito de Explicación histórica y tiempo social. Su cuidado, claridad y rigor son cualidades que confío serán apreciadas por sus lectores, entre los que ojalá se cuenten algunos historiadores, provincianamente empeñados en defender su parcela de la irrupción de los extraños, y en particular los jóvenes, hijos de la sociedad de consumo más que de la sociedad del conocimiento, golosos devoradores de historias.

 

BIBLIOGRAFÍA

Gay, Peter (2002), Schnitlzer y su tiempo. Retrato cultural de la Viena del siglo XIX, Barcelona, España, Paidós.         [ Links ]

Pereyra, Carlos (1979), Configuraciones: teoría e historia, México, México, Edicol.         [ Links ]