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Signos filosóficos

versión impresa ISSN 1665-1324

Sig. Fil v.10 n.20 México jul./dic. 2008

 

Artículos

 

El exilio de la buena sierpe. María Zambrano

 

María Rosa Palazón Mayoral*

 

* Centro de Estudios Literarios, Instituto de Investigaciones Filológicas-Universidad Nacional Autónoma de México, mpalazoa@yahoo.com

 

Recepción: 9 de enero de 2008
Aceptación: 19 de mayo de 2008

 

Resumen

Desde las filosofías de la imaginación y vitalista, María Zambrano habla del exilio político. Lo protagonizan los bienaventurados, a saber, los fieles a sus ideales, unos seres libres que no mienten porque no necesitan los disfraces de la maldad. Las fases del exilio son: 1) el destierro o pérdida de la patria, del terruño y de los prójimos. Soledad. 2) Ser un refugiado que, mirando el futuro, espera recuperar a la brevedad la existencia perdida. 3) Por último, el exiliado toma conciencia de que su actitud es tanática: lo que añora ya no existe, y personalmente no ha logrado una adaptación completa: vive en una especie de limbo. Entonces le sobreviene el transtierro: el exiliado ya tiene dos patrias, la de origen y la de estancia, una doble identidad e identificación.

Palabras clave: destierro, exilio, filosofía política, refugio, transtierro.

 

Abstract: From the imagination and vitalist philosophies, Zambrano speaks about political exile. It is carried out by the fortunate ones; that is, the faithful to their ideals, free beings who do not lie because they do not need the disguises of the evil. The phases of exile are: 1) the banishment or loss of the mother country, the native soil and the fellows. Solitude. 2) To be a refugee who, watching the future, hopes to recover as soon as possible the lost existence. 3) Finally the exiled becomes aware that his attitude is thanatotic: what he longs for does not exist anymore, and, personally, he has not obtained a complete adaptation: he lives in a sort of limbo. Then transtierro happens to him: the exiled already has two mother countries, the one of origin and the other of stay, a double identity and identification.

Key words: banishment, exile, political philosophy, refuge, transtierro.

 

LA REVELACIÓN Y EL EXILIO

La filosofía racionalista, que generó la física–matemática para después apoyarse en ésta como un bastón, devino en una suerte de dogma que intelectualmente castra. Tras esa tendencia, que ya dio sus frutos, ha renacido la filosofía con su visión y sus revelaciones. La filosofía imaginaria, repleta de símbolos y metáforas, se basa en la razón que abraza ilusiones y pensamientos enclavados en los afectos o sentido íntimo. La purificación de la filosofía, separada de la metafísica y sus ramales, falló estrepitosamente, porque si el ser humano piensa, también es criatura de "pasión ardiente y multiencendida" (Zambrano, 1990: 25).

La visión del ser imaginativo se rebela al autoritarismo que confina la fantasía al rango de invención no merecedora de crédito y, por lo mismo, altivamente desprecia la "ofrenda de conocimiento" (Zambrano, 1990: 13), el don de amor que entrega. Visión "es tanto como decir de escándalo" (Zambrano, 1990: 25). Lo escandaloso ha de probar su derecho de ciudadanía y quitarse el estigma de estar sumido en la ignorancia (incluso hasta las iglesias renuncian a las revelaciones con un vade retro). Por fortuna la historia, la filosofía y la historia de las religiones le dan la importancia que merece. La poesía se deja como

[...] un lleno y un vacío de insuficiencia [...] la experiencia filosófica se alza in medio coeli y en la bóveda. Inmóvil. Es la experiencia de la inmovilidad desde la cual se mira lo móvil [...] Platón y Plotino ofrecen la experiencia religiosa y filosófica al par: imposible real. (Zambrano, 1990: 46)

Zambrano se cuestiona si el exilio político revela una manera de vivencia y arroja su visión. Los racionalistas desechan o rechazan este planteamiento, confinándolo a lo específicamente religioso, a una teología en simbiosis con una filosofía deleznable. En su arrogancia, la empujan hacia al brazo secular de la dialéctica, a los análisis y métodos disponibles para la razón dominante en un lapso de la historia.

Para María Zambrano quienes piensan de esta manera se equivocan; la experiencia verdadera de la vida, personal o colectiva, siempre históricas, ha de beber en la fuente de la revelación, del acudido que llega y rompe barreras. Día a día aumenta la convicción de que el ser humano "es sujeto de ella" (Zambrano, 1990: 30).

Mi experiencia dice: soy yo y voy siendo aquello que padezco y no únicamente lo que razono o pienso siguiendo moldes estereotipados. Ahora bien, el displacer educa, en palabras de Sigmund Freud; quien sufre observa aquello que lo hiere para que su ser se abra y salga de su oscuridad hasta recoger la luz que hirió sus ojos. La cultura occidental, estacionada en sus categorías y en las explicaciones nómicas, o según leyes, hoy contrapone lo revelado a la necedad imperante. Ajena a las repeticiones de la ciencia que legisla siguiendo el tiempo o movimiento astral, la revelación exige a cada ser humano redondearse, irse puliendo, ser firme y consistente en las esperanzas cifradas en sus ideales (Zambrano, 1990: 25). Un exiliado es el creyente a quien los pragmáticos acusan de místico, sin que el aludido esté capacitado para argumentar en contra. El modo de vivir místico toma y quiere lo bueno para sí mismo, que "no es trasunto del yo, sino más bien su acabamiento y aun su aniquilación progresiva" (Zambra–no, 1990: 44), o tendencia comunitaria. Así, cuando "auroreaba" la historia de España (Zambrano, 1990: 43), se creó el exilio de quienes hubieron de marcharse por haberla servido. No volverán a recuperarla: "eso que por adversión retórica se había dicho tan poco, eso, es una patria" (Zambrano, 1990: 44). Antígona, personaje de Zambrano, la caracteriza con estas palabras:

[...] los silencios de la casa y el rumor, ese zumbido de abejas que van y vienen, purifican y acompañan [...] Así es la Patria. Mar que recoge el río de la muchedumbre [...] en la que uno va sin mancharse, sin perderse, el Pueblo, andando al mismo paso con los vivos, con los muertos. (Zambrano, 1993: 91–92)

Son muchos los que en Europa y otros continentes han edificado un cerco racional lleno de crueldades: el nazismo se ostentó como la avanzada científica, experimentando con humanos. A los bienaventurados sólo les queda traspasar el círculo, o mejor, brincarlo, y esto porque la suerte los agracia con otras culturas actuales y con las sepultadas que dejaron sus improntas en la Tierra. Una impronta procede de los mitos y leyendas, que demuestran la necesidad cultural de símbolos e imágenes que orienten el esfuerzo y el anhelo de ser humano.

 

El tiempo

Si el tiempo es soporte de los sucesivos acontecimientos cambiantes y condición de posibilidad de la experiencia, actualmente se reflexiona sobre "el extraño modo de su divinidad" (Zambrano, 1990: 34). Se piensa en el tiempo mítico–ritual, estático y siempre lleno; por ejemplo, es tiempo de Navidad, y no Navidad en el tiempo, ilustra Gadamer: hace 2008 años que el 24 de diciembre nace el niño Jesús. Al lado de tan extraño modo de vivenciar contenidos, existe, junto al tiempo espacializado mediante los astros, el fluir que pasa y se sucede en distintos ritmos o duraciones: minutos que semejan días; los días, años; los años, siglos. Viceversa, hay tiempo que pasa a velocidades desenfrenadas. Asimismo, estas digresiones nos hacen reflexionar que el tiempo concedido a nuestra vida es la más cara posesión que tenemos. El exilio sigue un misterioso curso temporal, de duración y fases que no pueden darse a entender mediante formas pictóricas o sus análogos. En las representaciones escénicas griegas y romanas, el tiempo, el dios Cronos, hijo de Urano y Gea, no tuvo ni ofrecía figura; tampoco, máscara. Este enigma, presente en ausencia, facilita las visiones en su devenir; y deshace esperanzas históricas ya caducas, mientras la humanidad crea nuevas.

María Zambrano sale del sueño concreto, de su contenido latente y manifiesto, para contemplar el soñar y el soñar en la historia. Si Cronos se derrama en espiral, en palabras de esta filósofa–poeta, hace suyo el porvenir: es el ámbito de los bienaventurados, porque suyo será el reino de los cielos. Es decir, la memoria guardará su recuerdo en el finito ámbito terrenal. Si Cronos se derrama en círculos, figura geométrica cerrada, no habrá lugar para que algunos bienaventurados, como los exiliados políticos, abran sus alas.

El Génesis narra que el Señor trabajó seis días haciendo sus creaturas; en el séptimo descansó. Fue jornada de quietud, reposo, de repliegue sobre sí mismo. La Tierra guarda la huella de ese regreso hacia adentro que, llevado a su límite, es la muerte del viviente, la indescifrable finalidad de lo vivo. La vitalidad es, pues, la sucesión de fatigas. La calma que obtiene el creador en lo creado (Zambrano, 1990: 26) para nosotros es muerte, porque el tiempo sacro no es el mundano de nosotros. En particular, el exiliado tiene dos puertas: una se abre hacia atrás, a un pasado y al pasillo de retorno a un presente ominoso; si sólo tiene esta vivencia, se precipita tanáticamente, acelera la llegada de la inevitable Ananke, la muerte o extremo último del hilo vital. Esta clase de individuo guarda las fatalidades ineludibles y ciegas porque relega la vida que se mueve a sí misma: es auto–regulativa o libre y poiética. Para esta persona el espejo ondulado y vibrante donde se refleja altera su naturaleza mediante vibraciones. Pero también para el exiliado existe la puerta abierta del espejo tornasolado, que reluce mientras refleja a un bienaventurado cuyo destino le impide descansar y, por lo tanto, retarda su procesión hacia el Inframundo. El bienaventurado se sale de la fila para que su ciclo vital se derrame en gozo y canto (Zambrano, 1990: 26), o bien en profecías que son el presente del futuro:

Por llena que haya sido la historia humana, la colectiva, la de cada uno, el futuro como un pájaro desconocido se abre más allá y aun sobre ella. El tiempo sucesivo, encadenado discurso, no borra con su discurrir la presencia del futuro. (Zambrano, 1969: 266)

Tal como Afrodita, estamos divididos por el tiempo, aunque no entre el cielo y la tierra: "el ser humano se encuentra dividido entre su simple vivir terrestre y su origen" (Zambrano, 1990: 31); en el origen pululan visiones, revelaciones míticas y legendarias que imponen el orden social; ejemplifican lo que debe hacerse y los tabúes (asimismo, los escritores transfieren a sus personajes casos aleccionadores de la acción humana). Si cercenamos nuestra herencia, caminaremos perdidos en la historia. Sin embargo, equivocamos la ruta: la vida en su curso es por antonomasia rebelde (Zambrano, 1990: 31) contra sí misma; se mueve contra el ser y la vida. Esta filósofa piensa que podrían haber tenido más ser y más vida las culturas sepultadas cuando signos y palabras humanas parecían nacer del universo. Los escombros manchan el paisaje vital de los exiliados, su Patria, no limitada a ser tierra: "es el lugar de la historia que se sembró" y cuyo crecimiento ha sido atropellado. "Sepultura sin cadáver, una arquitectura de la historia" (Zambrano, 1990: 42). Los exiliados, cadáveres vivientes, se quejan de sus "inverosímiles emparedamientos" (Zambrano, 1990: 42).

La patria real sólo reaparecerá cuando el desterrado deje de buscarla y contemple no el hueco, sino el árbol caído que se obstina en verdecer, dice Zambrano parafraseando a Antonio Machado, o el guijarro que apartan sin mirarlo, pero brilla ( León Felipe, 1933: 32): "mía era la voz, tuyos el caballo, el hacha y la pistola; no obstante, cómo recogerás las mejores espigas, si me llevé la canción", sentencia León Felipe (Zambrano, 1933: 99). Si se llevó las mejores espigas, el exiliado ya no reconoce su patria, aunque de palabra continúa perfilándola como necesaria, imprescindible e inesquivable presencia (Zambrano, 1990: 43). Sin duda quedaron en la península Ibérica sierpes buenas, aladas, que, al despertar, leyendo la Historia apócrifa, despiertan en el abandono (sin destierro) que impone la España fascista. Nada se puede decir de los eternos niños dormidos, sin responsabilidad.

Si el ser humano puede ser un bienaventurado con alas, es por la simplicidad con que recorre su existencia sin disfraces ni mascaradas; sin desdecirse proclama sus fines. Puede hacerlo porque son socialmente válidos. En antítesis, la sierpe venenosa se disfraza con la piel del bueno y se desdice a conveniencia.

 

La sierpe

La vida supone el cuerpo, su identificador, que lleva ansia de crecer. Zambrano simboliza el cuerpo humano con la sierpe del árbol primigenio, en contacto con el suelo y el aire, ente que al caminar ondulando deja marcas de su figura. Desde entonces la sierpe es materia que busca a otra materia semejante. Si no la encuentra, o se trasfigura cambiando de piel, o se suicida, adelanta el fin de su camino. Con el otro se comparte la manzana que nos carga con responsabilidades y nos caracteriza en tanto libres, o capaces de hacer el bien y el mal, valores que califican acciones de las cuales somos agentes y pacientes. La vida también es dura, nos abandona; nos llega la soledad y bajamos a los inferos (Zambrano, 1990: 18). La sierpe está unida, sin que pueda evitarlo, al suelo, al árbol, a los obstáculos que va encontrando, y reclama amor para elevarse. Si tiene alas, por impulso propio se encamina en busca de la luz. Es "la sal de la tierra que absorbe y fija la luz" (Zambrano, 1990: 22). Para el malvado y el pragmático ambicioso, sierpe venenosa, la luz es un signo impreso sobre su lomo ciego.

 

PASOS DEL EXILIO

1. El refugiado

El 18 de julio de 1936, España despierta con la noticia del levantamiento franquista. La serpiente alada resiste con su luz revolucionaria; lucha guiada por el ansia de sacudirse el peso fascista y volver a la libertad republicana. En cambio otras sierpes, la mayoría, continúan somnolientas o mimetizadas en la planta parásita: son la tumba de la libertad (Zambrano, 1990: 18–19). En un arranque de desesperación, acosada por el destino malsano, la sierpe buena arroja la piel, olvida su capa en el hogar. Los barcos llenos de españoles arriban a Veracruz, la antigua Nueva España. 1939 es el último año de Lázaro Cárdenas en la presidencia, la expropiación petrolera está a la orden del día, tanto como una magnífica política exterior, la cual obliga a Manuel Ávila Camacho a seguirla mal de su grado, en expresión arcaica. Las buenas sierpes españolas recorren los pasos del exilio que empiezan con el rito de iniciación. Durante su adaptación, la sierpe trasladada no pierde la esperanza de volver a casa. Tal sierpe se perfila como refugiado: "se ve acogido más o menos amorosamente en un lugar donde se le hace hueco" (Zambrano, 1990: 31), para que deposite su cuerpo expulsado de su lugar primero, de la casa propia amueblada con lo propio y habitada por gente que ama. Al refugiado, en "el más hiriente de los casos, se le tolera" (Zambrano, 1990: 31). Maquinalmente, él se repite que es menester rehacerse la vida (Zambrano, 1990: 37), una distinta, quizá mejor. ¿Habré equivocado el camino? Danza entre posibilidades guiada por la idea del pronto retorno y continuar en la fila de un derrotero en común.

El 4 de noviembre del año 1950, Estados Unidos apoya que la España de Francisco Franco ingrese a la ONU. El círculo vital se estrecha. La soledad de los sin casa se hace patente: los refugiados deshacen las maletas, no habrá pronto regreso. Hombres y mujeres jamás volverían al reposo de los orígenes porque ejercieron "el derecho legítimo de renegar de una realidad" (Zambrano, 1993: 98); pero hubieron de forjarse en la adversidad. Antes, a los refugiados no los absorbía el destierro. En ese nuevo instante, les asoman lágrimas en los ojos que consuelan su debilidad; son plegarias para que se aplaquen los dioses Lares y expulsen al intruso que les roba la vida.

 

2. El desterrado

La historia no sólo es tiempo, sino espacio habitado. La historia universal presupone a un hombre universal (Zambrano, 1993: 31); al sacar a los individuos de su circunstancia, de su mundo, los confina en la historia de todos y de ninguno, porque cada quien tiene su lugar, su casa, su hogar o patria (que Zambrano escribe con mayúsculas), o sea, un recinto diferente y unos modos distintos de configurarse. El movimiento centrípeto antecede y condiciona al centrífugo o internacionalista. En el caso de los refugiados, la tierra no es ya madre: tiene bocas, hondonadas, abismos, desfiladeros, sitios de caída y despeñamiento. El caído no cesa en su búsqueda de las entrañas, las raíces de su tierra, del espacio que fue suyo repleto de objetos que ahora valora preciosos. Algunas sierpes buenas, en su anhelo de renovarse, se sienten exhaustas, acabadas, sin alas, "anhelan borrarse, embeberse" (Zambrano, 1993: 23). Zambrano elige el peregrinaje: transita en distintos años por Chile, Cuba y Puerto Rico antes de avecindarse en la hermosa Ciudad de Morelia (México). No echa raíces. Actúa como el judío errante. Ninguna tierra ajena es la suya, ninguna sustituye a su patria. Ha entrado al destierro. Cuando abandonó aquel suelo próximo al Manzanares, juró mantener siempre en alto el amor a su terruño. En esta fase, la injusta comparación se apodera de su mente y hace cálculos existenciales. La Antígona–Zambrano exclama: "Eso es el destierro, una cuesta, aunque sea en el desierto. Esa cuesta que sube siempre y, por ancho que sea el espacio a la vista, es siempre estrecho" (Zambrano, 1993: 92). El desterrado está como en un sueño, se "ha quedado atónito sin llanto y sin palabra, como en estado de pasmo" (Zambrano, 1993: 37). Ningún quehacer, ningún trabajo lo hace salir de la mudez, de un estado en que lo real semeja estar fijo en un "nítido, presente" (Zambrano, 1993: 37), y como si a las partes del todo les faltara relación. Ahí está transitando; se va muriendo, desposeyéndose. La sierpe bienaventurada, más fiel que nunca a sus raíces, sin descanso repite las experiencias de cuando salió de la patria y se derrumbó en el infero. Con un estallido de angustia se proyecta reiteradamente hacia la sombra tentadora de los orígenes, hacia la nada, porque la patria añorada dejó de ser la misma de que se alejó. Se acusa al desterrado de irse sin tener adónde; de huir rumbo a un sitio quimérico. Él se siente agonizar, y cuando el amor se lo permite, acepta por un instante su soledad, porque cree que una sustancia pestilente emanó como de su yo cuando emprendió la huida. El destierro hace que el exilio se sienta como expulsión que zanja distancias insalvables, como incierta presencia del país perdido. A los exiliados cada día les llega el pasado: la muerte arranca hojas del calendario cuando invita al velorio de compatriotas. Unos quizá tienen la posibilidad de regresar, pero otros o se quedan o serán "emparedados entre la prisión y la muerte" (Sánchez Vázquez, 2003: 539), tal es el muro no escalable del fascismo. En este punto se agudiza, o propiamente comienza el exilio: al apurarse el destierro, se cae en un abismo sin fondo: "Deja [...] de ser desterrado para entrar a ser un exiliado" (Zambrano, 1990: 40). Antes sólo se creía expulsado; pero después lo agobia la distancia insalvable de la patria y la incierta y quimérica presencia del país que ha perdido. El desterrado es un desposeído; pero no es víctima de la tragedia decretada por los dioses, porque no existe el hado, sino sierpes que envenenan.

El desterrado queda en el estadio de recién nacido; desconociendo qué le ocurrirá, no se vuelca en la esperanza. Experimenta que le acecha el verbo morir, que no la muerte, porque ha nacido desposeído, luchando como si no tuviera figura. La negación de lo propio lo envía a un estado anímico donde es imposible vivir y morir: transita por el filo entre vida y muerte, y como si estuviera en un acto circense, se exige sostenerse en ese ineludible borde. Su andar es peregrinación "entre las entrañas esparcidas de una historia trágica [... y] algo más grave: la identidad perdida que reclama rescate, y en el rescate se paga un precio" (Zambrano, 1990: 32), el precio es afianzar en su memoria un idealizado pasado muerto, en tanto el presente se le diluye: Tánatos lo abraza.

La gente lo mira, cuando su deseo es mirar. No quiere ser objeto de mirada antes del conocimiento de sí. El exiliado llegó para que sepan algo tan íntimo de sí que, como la salud, el sujeto no reconoce hasta que enferma y, en su caso, hasta que pierde su patria, sumido en el lugar donde se puede olvidar (Zambrano, 1990: 91). La salud y vivir en la patria son estados normales, necesarios, que ignoramos hasta que sobreviene la catástrofe. El exiliado revela sin querer ni saber. Por eso quien padece el exilio calla, se adentra en el silencio: "Y es que anda fuera de sí al andar sin patria ni casa" (Zambrano, 1990: 33). Al salir se quedó afuera. Cuando da un paso más, se propone ver para verse, y se entera que es imposible tener una identidad y una identificación firmes: simplemente extraña la geografía donde pasó su infancia, su casa, su historia. No se ha desprendido de sus raíces, no es desarraigado, sino arrancado. Como alga marina vaga "siempre a pique" (Zambrano, 1990: 33) en un mar donde nadie le llama. No tiene dónde ir ni adónde regresar.

 

2.1 EL DESAMPARO

El refugiado fue devorado por la historia, que nunca juega limpio. Ya no hay sacerdotes que le arranquen el corazón para ofrecérselo al Sol, el dios que ilumina las entrañas que devora. El sacrificado es muy valioso, el mejor regalo para los númenes; en cambio el exiliado únicamente transita de aquí para allá mientras el tiempo, "dios de los imprevisibles efectos, está al acecho y ríe, o peor, sonríe" (Zambrano, 1990: 34). Por su naturaleza de sierpe buena, al exiliado sólo lo devoraría un pájaro agorero que le pronosticara ser eternamente un desterrado. La historia le avisa que se encuentra muy apartado del campo de visibilidad.

Adolfo Sánchez Vázquez ratifica que el exiliado se halla en vilo entre un pasado inexistente y un futuro roto que le impide vivir el presente: las calles sucias del terruño resplandecen, la nostalgia sublima flores sin aroma; pero "dónde están las espigas que puras recogimos" (Sánchez Vázquez, 2003: 586). El peregrino, sin tregua en sus andanzas (Sánchez Vázquez, 2003: 588), no observa el suelo que pisa y sí el ayer fantasmal que preside sus recuerdos y esperanzas (Sánchez Vázquez, 2003: 597). El gigante Tánatos mira burlonamente a Eros porque ha parado el reloj en un hora lejana (Sánchez Vázquez, 2003: 571), la máquina del tiempo encanece contrariamente a su "efigie verdadera" (Sánchez Vázquez, 2003: 581): "Enmudece la sangre; el pecho calla/ y tu dolor cabalga sin dueño" porque eres un "desterrado muerto" (Sánchez Vázquez, 2003: 582), cuyos lentes de larga vista empañados por la memoria llena de afectos te impiden estar aquí y ahora. Se siente un estorbo porque no participará en las fiestas cívicas, continúa Zambrano, porque su padre, que tanto le enseñó, se oculta y desaparece. Si no se excede en autoritarismo, si no aplasta, quien procrea y educa guarda un instructivo espacio donde arde el fuego, símbolo del hogar. Es el mediador, y lo será más cuanto más permita la circulación de la palabra.

El echado de su tierra se piensa relegado al cuarto de los trastos, al hoyo de un palomar vacío. E insiste en asomarse al arroyuelo de agua turbia del pasado, donde se hallaba la ciudad que ya no habitan sus hermanos porque el tiempo los borró. La historia los borró. El exiliado desfallece en el presente que no tiene. Sólo ha ganado presencia en virtud de renunciar al porvenir de un sitio mundano al que juró fidelidad (Zambrano, 1990: 34). La realidad es sufrimiento, padecido o pensado, allende ensueños utópicos, y los últimos porque el exiliado ya no se sueña a sí mismo. Sánchez Vázquez en "Fin del exilio y exilio sin fin", conmovedor y extraordinario ensayo, informa que los exiliados experimentaron un "desgarrón que no acaba de desgarrarse, una herida que no cicatriza, una puerta que parece abrirse y nunca se abre" (2003: 570); la tragedia de estar en el aire, sin asentarse, parafraseando a Miguel Donoso, de ser un a–terrado (sin tierra) que carece de centro —Poli Délano—, (Sánchez Vázquez, 2003: 570). "Torre humana", "contra el hacha/ en el aire levantado", escribe Sánchez Vázquez (2003: 582). Se acusa al exiliado de irse sin tener a dónde, que huye de sí mismo para quedarse agonizando en algún rincón no iluminado por el firmamento familiar.

En donde se avecina, el exiliado es el desconocido, el otro que los humanos llevamos dentro. En lo personal, el exiliado se halla en orfandad, porque carece de lugar en los mundos geográfico, social, político y ontológico. Ha dejado de ser para mantenerse en un punto sin apoyo. Se lanza a la historia propia y ajena para encontrarse "sobrenadándolas todas [...] No es ya piélago, ni menos océano que pide siempre ser surcado, es más bien agua a punto de ser tragada" (Zambrano, 1990: 36). En la intemperie, desnudo, abusa de la memoria cuando llegan los tiempos de mayor duración o de lentitud más acentuada.

El exilio de la buena sierpe desterrada es la sequedad, el desierto sin fronteras que carece de espejismos o ensueños que compensen su ir muriendo. El español desterrado ya no sueña. Vive en la inmensidad que admite sumandos (Zambrano, 1990: 40), aunque no lo había notado al principio. Las centellas y las saetas del desamparo se incrustan en su piel desnuda. El abandono dura y dura, como tiempo interminable. Al aminorarse la agonía del desamparo, esto es, cuando la esperanza se ha acallado, y, por consiguiente, no existe lugar para la preocupación, la angustia, la desesperación y menos para la exasperación, el exiliado presencia la inmensidad del desierto sin horizonte guía ni cielo que fluye por el espacio. O quizá se imagine como mar sin isla; tal es la soledad, el vivir en el desamparo, en el abandono. Las sierpes malas, convenencieras, desterradas (no exiliadas propiamente) toman la inmensidad como permiso para actuar bajo el manto de la pleonexía, que Aristóteles definió como el querer todo para sí, inmensidad de la ambición enfermiza. La seudo–libertad de la víbora se apropia de todo porque lo cree disponible para su Yo. Supone que por ser único todo puede ser de su propiedad y considera al otro su adversario contendiente: esas sombras opacas y consistentes del Yo que se encumbra en el dominio, actitud contraria a la vida personal y colectiva.

En el desierto, o inmensa soledad, el exiliado parece deshacerse de la pretensión de existir volcada en la esperanza. Para no perderse de esta manera, ha de saber que el desierto lo lleva encerrado dentro, interiorizado. Entonces aprenderá a ser movido por la luz, el calor, la salvación; para Sánchez Vázquez ha llegado al momento de la convicción según la cual lo importante "no es estar —acá o allá—, sino cómo se está" (2003: 41). Y estar es mantener los sueños futuristas, ser fiel a los ideales que ligan a uno con la sociedad, la de origen y la hospitalaria. Los fragmentos de vida que ha perdido lo redime con la belleza, con el sentido. En su isla la brisa de la soledad trae "algo del soplo de la creación" (Zambrano, 1990: 42): Garfias, Altolaguirre, León Felipe, Alberti...

 

3. El transtierro

Zambrano regresa a su nido. Su voz de exiliada se apaga. Las voces de otros, no, porque el tiempo que mata también cura (Sánchez, 2003: 571). Nacen las raíces. Se extienden y fortalecen. Los hijos pertenecen a este lado del Atlántico, y se encuentran camaradas, amores y nuevos amigos. En 1975 muere Francisco Franco y Carrero Blanco vuela hasta un octavo piso. El muro, el emparedamiento se ha derrumbado, el desierto escondía vida. Primero con estupor, luego dolorosamente y por último con ironía, asegura Sánchez Vázquez, el exilado no quiere desterrarse otra vez, porque "tanto si vuelve como si no vuelve, jamás dejará de ser un exiliado" (2003: 572). El asunto es como un periplo por las matemáticas: una "suma de pérdidas, de desilusiones y desesperanzas, pero también [...] suma de dos raíces, de dos tierras, de dos esperanzas" (Sánchez Vázquez, 2003: 572). Adolfo Sánchez Vázquez, quiera o no es hispano–mexicano. Cincelado por el largo exilio ha arribado al transtierro: "El destierro se convierte, sin dejar de ser [...] tal, en transtierro" (Sánchez Vázquez, 2003: 605). No entendido, según declaró José Gaos, como un trasplante y adaptación instantánea que, desde el primer segundo, recupera lo perdido —este consuelo supone la frustrada ironía de que en los dominios españoles jamás se pone el sol—: México no es España; nunca se llegará al inexistente paraíso de la añoranza. Sin olvidarse de ser fiel a sus orígenes, el a–terrado va implantándose en nuevos suelos: comparte gozos, reveses, desvelos en aquel hospedaje que ahora también es su hogar y le exige "potencialidad creadora" (Sánchez Vázquez, 2003: 600). Tiene dos patrias, y decide quedarse. Hallarse en el presente, aprender de la historia y planear el futuro. Olvida pesimismos que impiden ser auto–poiético o ser vivo. Es menester ser fiel a las tierras propias y hasta decidir cuál será la madre tierra que nos cubrirá para siempre: la Moira Ananke, el inevitable destino último no nos impedirá la lucha, porque como dijo Machado: "Hoy es siempre todavía" (1981: 244).

 

BIBLIOGRAFÍA

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Machado, Antonio (1981), "Proverbios y cantares", en Poesías completas, México, México, Editores Mexicanos Unidos, p. 244.         [ Links ]

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INFORMACIÓN SOBRE AUTOR(A):

María Rosa Palazón Mayoral: Licenciada en letras españolas, maestra y doctora en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Investigadora titular del Instituto de Investigaciones Filológicas–UNAM. Profesora de Filosofía de la Historia y Seminario de Estética de la División de Estudios de Posgrado (Facultad de Filosofía y Letras–UNAM). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3. Coordinadora del equipo de las Obras de Fernández Lizardi. Autora de: Reflexiones sobre estética a partir de André Breton (México, UNAM), Filosofía de la Historia (Barcelona/México, Universidad Autónoma de Barcelona/ UNAM), Imagen del hechizo que más quiero. Autobiografía apócrifa de Fernández de Lizardi (México, Planeta), La estética en México. Siglo XX (México, Fondo de Cultura Económica/UNAM), Antología de la estética en México. Siglo XX (México, UNAM), ¿Fraternidad o dominio? Aproximación filosófica a los nacionalismos (México, UNAM). Centro de Estudios Literarios.