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On-line version ISSN 2594-0619Print version ISSN 1665-1200

Tóp. Sem  n.32 Puebla Jul./Dec. 2014

 

Hjelmslev y el acontecimiento

 

Hjelmslev and the event

 

Hjelmslev et l'événement

 

Paula Martins de Souza

 

Universidad de São Paulo.

 

Resumen

De una disciplina científica, además de llegar a un conocimiento, se espera que sus bases sean de tal modo sólidas que admitan un desarrollo futuro, en busca de un conocimiento que ni siquiera podía haber sido vislumbrado en ocasión del gesto inicial de su fundación. A diferencia de la concepción común, la autora supone que el pensamiento estructural, en lo tocantes a las cuestiones del lenguaje, cumplió con esa exigencia desde el principio. Para evitar la interferencia de interpretaciones anacrónicas, el artículo sostiene que la teoría hjelmsleviana, al defender el principio de inmanencia, no sólo no habría ido en contra de la apertura a los estudios de las significaciones afectivas, sino también exigido su arreglo epistemológico y habría propiciado la apertura a una episteme del acontecimiento que, entonces, ni siquiera tenía bases en la historia de las ideas.

Palabras clave: Hjelmslev, semiótica tensiva, acontecimiento.

 

Abstract

In addition to achieving a certain amount of knowledge, a scientific subject is expected to have solid foundations in order to allow future development, such as the pursuit of additional knowledge that might not have even been envisioned during its first steps. While differing somewhat from the current concepts, we believe that structural thinking regarding language issues has complied with such requirement from the very beginning. In order to avoid the interference of anachronistic interpretations in our reading, we deemed fair to claim that the hjelmslevian theory, which upholds the principle of immanence, may not only not have opposed the opening to the study of affective meanings; it may have actually required them in its epistemological arrangement, thus providing the opening to an episteme of the event, which still had no foundations in the history of ideas.

Key words: Hjelmslev, tensive semiotics, event.

 

Résumé

On attend d'une discipline scientifique, outre de déboucher sur un événement, que ses bases soient solides au point de permet-tre un développement futur, à la recherche d'une connaissance qui n'aurait pas pu être conçue initialement. A la difference de la conception commune, nous pensons que la pensée structurelle, du moins en ce qui concerne les questions du langage, a rempli cette exigence depuis le début. Pour éviter l'interférence d'interprétations anachroniques dans notre lecture, nous pensons qu'il convient de soutenir que la théorie hjelmslevienne, qui défend le principe de l'immanence, non seulement n'aurait pas été contre l'ouverture sur des études portant sur les significations affectives, sinon qu'au contraire elle l'aurait exigée au niveau épistémologique pour, de cette maniére, favoriser une épistémé de l'événement qui, à l'époque, n'avait aucune base dans l'histoire des idées.

Mots-clés: Hjelmslev, sémiotique tensive, événement.

 

Introducción

En las páginas iniciales de los Prolegómenos a una teoría del lenguaje (2006),* Hjelmslev explica que la fascinación atribuida a la cuestión del lenguaje habría llevado a algunas ramas de la ciencia a considerarlo como punto de partida donde se habrían acuñado interpretaciones psicológicas y lógicas. Éstas, pautadas en la constancia del pensamiento; aquéllas, en sus fluctuaciones. Hjelmslev critica tales posturas interpretativas cuando afirma lo siguiente:

Así considerado, e incluso cuando es objeto de ciencia, el lenguaje deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un medio: medio de un conocimiento cuyo objeto principal reside fuera del propio lenguaje, aun cuando sea el único camino para llegar hasta ese conocimiento, y que se inspira en hechos extraños a éste. Se vuelve, entonces, el medio de un conocimiento trascendental —en sentido propio, etimológico del término— y no el fin de un conocimiento inmanente (Hjelmslev, 2006: 02 -destacados nuestros).

Afirmaciones como ésta, extraídas dei contexto de la obra y leídas a la luz de una episteme de época, condujeron a interpretaciones que llegan incluso a ser contrarias a la tesis defendida en PTL. De manera diferente de la lectura común de la obra de Hjelmslev, que atribuye al principio de inmanencia un cierre de la semiótica para los problemas relativos a los afectos,1 concebimos su teoría del lenguaje como una especie de base teórico-epistemológica que habría posibilitado retomar la dimensión afectiva en la semiótica en su línea francesa actual. En otras palabras, y plenamente conscientes de la aparente paradoja de nuestra lectura, consideramos a Hjelmslev como el responsable por la introducción de la dimensión epistemológica del acontecimiento en las bases del pensamiento estructuralista, con lo cual hizo posible analizar lo sensible (afectivo), y no solamente lo inteligible.

En las páginas que siguen tratamos de presentar las líneas generales de las nociones que sustentan nuestro punto de vista sobre la cuestión. Aunque este texto no pueda dar cuenta de una discusión profunda de las problemáticas involucradas, pensamos que puede servir para fomentar la discusión de una idea asentada en nuestra disciplina que, sin embargo, nos parece discutible; se trata de la idea de que el principio de inmanencia hjelmsleviano sería contrario al desarrollo de la dimensión sensible en la disciplina semiótica.

Para demostrar nuestro punto de vista, retomaremos algunos elementos de los orígenes del pensamiento estructural en la lingüística a partir de Saussure, para concentrar nuestra atención en la ciencia que recibiría el nombre de semiología, postulada por el maestro ginebrino. Después, presentaremos una de las tesis centrales de PTL, que consiste en la relación necesaria entre categoría y función, pues la defensa de una estructura tensiva capaz de dar cuenta del acontecimiento parece subyacente a ese arreglo teórico. Se postula esa dependencia entre categoría y función para que el análisis no declare contra sí mismo: si una categoría fuera definida sin tomar en cuenta las funciones que posee, tendremos una síntesis, y no un análisis. Y, a partir de una síntesis, la observación del investigador se ve forzada a "encajar" sus datos en una categoría, anulando su poder de observación, de tal modo que no llega a ver los nuevos posibles ofrecidos por los datos.

A lo largo de la presentación de esa tesis hjelmsleviana, tratamos de fundamentar nuestro entendimiento de la noción de estructura, que puede diferir de la concepción más sedimentada. La concepción que nos interesa es la misma que le interesó a Merleau-Ponty, según Marilena Chaui:

La estructura es una manera nueva de ver al ser porque, al desprenderlo de la metafísica de las sustancias, nos permite alcanzarlo como ser de indivisión, pues las estructuras cualitativamente distintas son dimensiones del mismo ser. Por otro lado, la estructura también lo desprende de las filosofías trascendentales, en las cuales se reduce a las categorías y a los conceptos que el entendimiento le impone y que lo reducen al "ser puesto" o al "ser constituido": con la estructura, dejamos la tradición de lo que es puesto o constituido por las operaciones intelectuales y alcanzamos el hay originario, más viejo que nuestras operaciones cognoscitivas, que dependen de él y que, al olvidarlo, imaginan que lo constituyen (Chaui, 2002: 232-233).

Enseguida esbozamos una pequeña historiografía crítica de la semiótica francesa, que persigue el modo como ella misma actuó, en diferentes etapas, con la cuestión de las significaciones sensibles, que se enfoca especialmente en lo que toca a las relaciones subjetivas, hasta el momento actual en que la semiótica tensiva parece ser capaz de analizar los contenidos afectivos de los discursos por medio del estudio intersubjetivo o, si preferimos, simplemente social. Esabreve historiografía está moderada por las problematizaciones epistémicas de la época, en una interpretación que intenta justificar la razón por la cual la semiótica habría demorado medio siglo para revisar la base epistemológica tensiva que debería estar "a la orden del día" desde el principio.

 

1. Saussure y la semiología

Saussure afirmó que la semiología sería parte de la psicología social y que una de sus grandes empresas consistió en la exclusión de las problemáticas psicológicas del ámbito de la lingüística. Los argumentos que se siguen intentan aclarar esta aparente paradoja metodológica: si la lingüística está contenida en la semiología y ésta, a su vez, en la psicología social, ¿cómo explicar el hecho de que la lingüística no se deba vincular a problemáticas de cuño psicológico?

El interés en ese punto del pensamiento saussuriano reside en el hecho de que esa aparente paradoja parece escamotear otra paradoja que, pensamos, se hallaría efectivamente en las bases del pensamiento saussuriano y que allí se debería mantener, con el fin de dar cuenta de los posibles y, con eso, del acontecimiento, para justificar así la pertenencia de la semiología a la psicología social.

1.1. Una elección epistemológica de Saussure

Saussure se forma en una escuela dominada por el positivismo. En esa época, el paradigma científico destacado era el de los estudios filológicos de la escuela alemana. El fervor por la objetividad y el rigor científico de esa escuela se hace patente en la elección del metalenguaje adoptado, pautado con metáforas biológicas, como es el caso de las familias de lenguas, la vida de la lengua, la salvación de la lengua de su deterioro e inminente muerte, etc. La boga de entonces incide sobre la observación objetiva de ese organismo, que debe ser ayudado para que no se corrompa o muera. En ese sentido, no hay espacio para cualquier intento metafísico o psicológico, en la medida en que la psicología prevé la idiosincrasia y ésta corrompería el perfecto funcionamiento del organismo, al paso que la metafísica solamente especularía respecto de un conocimiento que debería ser adquirido por medio de la observación.

Aunque el reconocimiento de la obra de Saussure esté frecuentemente basado en el hecho de haber "sido aparentemente el primer teórico capaz de dar una razón de ser a esa inscripción de la lingüística entre las ciencias duras" (Hénault, 1992: 15), su posición ante la noción de ciencia está lejos de ser positivista, aunque no sea metafísica o psicológica -en tanto que psicología individual, conforme aclararemos adelante. No puede ser positivista en la medida en que, según una de sus más célebres frases, es el punto de vista el que define el objeto. Esa afirmación tampoco es metafísica, puesto que el punto de vista en juego no está predeterminado por una lógica o razón, por una causalidad que deba ser buscada, sino por una convención, en la medida en que la lengua es, para Saussure, una entidad social.

Saussure también afirma que la lengua es forma, no sustancia. Por un lado, al asumir que la naturaleza no posee reglas que determinen la lengua, asumimos que no debemos guiarnos por la sustancia de las cosas a las que la lengua se remite. Por otro lado, al asumir que esa forma no es una Forma metafísica asumimos que la pura especulación es insuficiente para el conocimiento de la lengua. Al no ser meramente empírica o meramente hipotética, esa teoría tiene por base la yuxtaposición de unaj otra. Tal yuxtaposición es la que habría sido responsable por el interés de Merleau-Ponty por la obra de Saussure.

1.2. Forma y sustancia

Al declarar que la lengua es forma, no sustancia, Saussure legitima una adquisición de conocimiento que no depende de la "realidad" a la que remite la lengua. En ese sentido, el conocimiento lingüístico es responsable de dar forma a la "realidad". Esta afirmación, con todo, no tiene nada de pueril: no significa que, con ello, se niegue una base material a la que la lengua se refiera, sino que ésta es perlaborada por medio de la lengua.

Es "perlaborada" en la medida en que ese punto de vista no ignora que haya coerciones materiales impuestas a la lengua en su configuración de la "realidad". La distinción puede ser así puesta: el hecho de que haya un espectro continuo de colores y que cada lengua los distinga a su modo (sabemos que el arcoíris estadunidense posee seis colores, mientras que el brasileño posee siete) no hace que el color que en nuestra lengua se llama negro pueda encontrarse en el arcoíris por otra lengua cualquiera. Así, conforme a Hjelmslev, la inmanencia a la lengua rige a la trascendencia al fundarla en la conciencia humana, pero esa trascendencia impone límites al poder potencial de la inmanencia.

1.3. Psicología individual y psicología social

La afirmación saussureana de que sería necesario excluir de la lengua los problemas relativos a la psicología no debe ser interpretada de modo anacrónico. Debemos entender el término psicología como un no psicólogo lo entendía en la primera década del siglo XX. Desde el punto de vista histórico, aunque Freud ya estuviera vigente, se trata de un momento de plena refutación de sus ideas, de tal manera que se puede considerar un período prepsicoanalítico para el ciudadano culto común, conforme explica Hénault:

[...] para el sentido común (el que, en ese caso, también agrupa no pocos especialistas de esas disciplinas), la psicología es, por definición, no social, porque supone la noción de sujeto individual, de sujeto considerado fuera de sus determinaciones sociales y en su dimensión estrictamente personal. Encontramos esa acepción en Goblot, que opone psicología y sociología como "vida psíquica individual y vida social" (2006: 41).

Es ése el entendimiento de psicología que Saussure refuta como pertinente a los estudios lingüísticos. Si seguimos el pensamiento de Durkheim en ese sentido, Saussure rechazaría la idea de considerar que la lengua social es sólo la resultante de la suma de sus partes:2

É. Durkheim [...] admite que si, por psicología, entendemos psicología individual, no podemos considerar el estudio de lo social como una psicología aplicada. Por una primera comparación con la relación todo-partes en la vida orgánica, muestra cómo las propiedades de la vida no pueden ser, en ningún caso, estudiadas en sus constituyentes elementales y defiende que lo mismo acontece con los hechos sociales considerados con relación a los individuos (Hénault, 2006: 41).

Ese pensamiento de inspiración social es el que sería aprovechado por Saussure, bajo la denominación de psicología social. Para el maestro ginebrino, la observación idiosincrática, individual, del uso de la lengua no podría hacer conocer la lengua, y tampoco al individuo: aquélla estaría indebidamente marcada por características idiosincráticas, mientras que éste estaría indebidamente marcado por características que lo sobrepasan. En términos heideggerianos, el problema consiste en no poder comprobar el decir si no se conoce lo dicho, y de no poder comprobarse lo dicho por medio de un solo decir. Es por esa razón que, en palabras de Hénault, Durkheim habría concluido que "los hechos sociales no pueden ser considerados como directamente producidos por las conciencias individuales; se imponen al individuo y lo impulsan" (2006: 42).

Así, la forma, en cuanto lengua (langue), no es una rigidización de las posibilidades. Al contrario, es la base estable que permite la existencia de los diversos arreglos posibles. Sin esa base, los arreglos posibles serían simplemente el caos, sin oportunidad de comunicación social. Con eso, pensamos que, al buscar el sustrato social de la comunicación humana, Saussure estaba en busca de una intersubjetividad todavía no definida en la historia de las ideas.

1.4. De lo posible al acontecimiento

La paradoja saussureana, pues, no parece consistir en la búsqueda o no de una psicología. Más bien perseguía una psicología que entonces estaba en germen. La paradoja saussureana que lo atormentó a lo largo de su vida e incluso le impidió publicar sus ideas, parece ser de naturaleza epistemológica: el modelo teórico que deseó concebir estaría a medio camino entre el conocimiento científico y la especulación filosófica. A título de ilustración, encontramos esa aporía en una de sus notas personales:

[11] Quien quisiera dar una fórmula adecuada del fenómeno sincrónico: oposición de sonido utilizado poruña oposición de sentido, tendrá que decir entre cuáles unidades ocurre [...] Veremos, entonces, una cosa muy curiosa: que, en lingüística, no hay una diferencia radical entre el fenómeno y las unidades. ¡Paradoja! (CFS, 15: 66-67, cit. por Hénault, 2006: 30).

En este fragmento, Saussure nota que hay una imbricación entre los elementos continuos (el texto en sí, el fenómeno) y los elementos discontinuos (las unidades) que subyace a su modo de obtener conocimiento en lingüística. En ese sentido, Saussure estaba a contramano de la doctrina positivista, que creía que el conocimiento era atómico, esto es, obtenido por la segmentación del objeto en partes cada vez menores. También estaba a contramano de la doctrina filosófica metafísica, que refutaba el conocimiento científico, puesto que las Verdades que importaban no podrían ser investigadas en la materia, sino exclusivamente en el espíritu. Al contrario de todo eso, su pensamiento lingüístico se mantuvo en tensión entre continuidad y discontinuidad; entre fenómeno (evidentemente, no en un sentido fenomenológico del término) y análisis.

Es cierto que Saussure no atribuyó a ese descubrimiento un nuevo tipo de obtención de conocimiento general. Creía que se trataba de una peculiaridad de su objeto de análisis. También es evidente que esa manera de pensar la cuestión jamás llegó a ser discutida abiertamente por Saussure. A final de cuentas, el silencio saussureano acerca de lo que podemos considerar como uno de sus principales gestos teóricos lleva a pensar que llegara al menos a aceptar plenamente raciocinios como éstos. Pero, la publicación postuma de su Curso de lingüística general (1916), incluso sin presentar problematizaciones epistemológicas tan fecundas, permite extraer lecciones por medio de las elecciones metodológicas de análisis. Lecciones que algunos pocos continuadores pudieron rescatar aun antes de tener acceso a las publicaciones más recientes de las notas del maestro ginebrino.

Por esa línea de razonamiento, la dificultad de justificar la paternidad de Saussure de la lingüística moderna reside en el hecho de vincularla a su afirmación científica. Ahora bien, bajo el sesgo epistemológico, inscribir la lingüística en el pensamiento positivista no sería incluso nada revolucionario. Pensamos que el reconocimiento de la importancia del pensamiento de Saussure está vinculado a su capacidad, aun cuando mal entendida -o admitida- por él mismo, de yuxtaponer problemas de orden científico y filosófico. Por medio de ese gesto es como el maestro ginebrino habría merecido el estatuto de padre de una lingüística efectivamente moderna. Examinemos, en líneas muy generales, cómo se da esa yuxtaposición en su teoría.

Conforme ya mencionamos, Saussure descarta la posibilidad de atribuir a la lengua la causalidad de una realidad exterior a ella, de modo que se evite que sea considerada una determinación de una realidad dada. Con eso, refuta una perspectiva realista. Al mismo tiempo, no admite que sea determinada por la razón individual, rehusando así un abordaje solipsista. De ese modo, la determinación de la lengua estaría en la lengua en sí, en su sistema. Pero, falta todavía determinar la naturaleza de ese sistema no individual y no natural. Es para resolver esa cuestión que Saussure afirma que la lengua es de naturaleza social. Es un sistema cuya configuración posibilita todas las comunicaciones posibles.

El cálculo de posibilidades, como sabemos, es una ocupación de naturaleza científica. Conocer las posibilidades de un objeto es como se logra obtener la máxima ambición de la ciencia: la ley. Para Saussure, el sistema de la lengua es un cruce de relaciones que posibilita todas las comunicaciones posibles, pero que no permite prever todas las comunicaciones posibles y, tampoco, determinar lo que debe o no ocurrir después de un determinado arreglo en el sistema: (a) desde el punto de vista estructural, porque, aun cuando el número de elementos del sistema lingüístico sea limitado (fonemas, morfemas), no hay límites que determinen la extensión de un enunciado cualquiera; (b) desde el punto de vista pragmático, porque a esa lengua (langue) se une un habla (parole). La existencia de la lengua es social, ya que solamente se justifica en la comunicación, pero el habla es individual, de modo que la situación del sistema en un proceso de uso individual determina, dentro de los límites de las posibilidades del sistema, cuál será su manifestación. En ese sentido, el cálculo de los posibles, eminentemente científico, apuntala la existencia de la creación, de aquello que no tiene precedentes, de aquello que no está implicado lógicamente: de aquello que acontece.

Bajo ese sesgo, la lengua es de naturaleza efectivamente social: se da en la relación entre los hablantes, pero no es cada uno de los hablantes. Suministra las posibilidades a cada uno de los hablantes, pero no estipula leyes de causalidad, pues no es una causa, tampoco un efecto. La lengua es el medio.3 Da forma a todo y a cualquier pensamiento comunicable, pero sus leyes determinan cómo dar forma y no a qué dar forma. De allí la importancia de la máxima saussureana de que la lengua es forma, no sustancia.

A título de ejemplo, hay leyes lingüísticas que determinan que el valor de un signo dado es negativo, o sea, un signo es todo aquello que los demás no son: se entiende que concebimos la noción de amor porque sabemos que no se trata de pasión, de fraternidad, de amistad o de cariño. No obstante, esa ley no prevé absolutamente el modo como se realizan esas oposiciones. Tanto es así que, a cada neologismo que surge, todo el sistema se reajusta para adecuarse al nuevo valor. Basta retomar el espectro de colores: si tengo una noción determinada de lo morado, al aparecer la expresión de color berenjena, automáticamente esa parcela del espectro de colores se retira del signo morado para situarse en el nuevo signo. Aquello que para mí era parte del morado, entonces sólo podrá ser berenjena, mientras que el morado será solamente lo que sobra, sustraída la parte berenjena. Es en ese sentido que Chaui, al explicar la razón por la cual la estructura es una manera nueva de ver al ser para Merleau-Ponty, afirma, conforme al supracitado, que es "porque, al desprenderlo de la metafísica de las sustancias, nos permite alcanzarlo como ser de indivisión, pues las estructuras cualitativamente distinguidas son dimensiones del mismo ser" (2002: 232); y, enseguida, explica cómo la estructura, al mismo tiempo, se libera de un cientificismo positivista:

[...] la noción de estructura nos aparta de la tradición científica fundada en explicaciones causales de tipo mecanicista y funciona-lista o en explicaciones finalistas, esto es, apoyadas en el recurso a principios externos encargados de dar cuenta tanto de la génesis como de las transformaciones de una realidad cualquiera. De hecho, como posee un principio interno de autorregulación, la génesis de la estructura se encuentra en ella misma como proceso global e inmanente de autodistribución de los constituyentes; por otro lado, una estructura, como decía la psicología de la forma, es pregnante, o sea, posee un principio interno de transformación o, como escribe Merleau-Ponty, es "fecundidad, poder de eclosión, productividad", un acontecimiento, que trae en ella misma el principio de su devenir (2002: 233).4

A partir de la estructura así entendida, Merleau-Ponty, en La structure du comportement (1942), distinguirá tres dimensiones del ser, a saber: la física, la vital y la simbólica, y concibe así un ser que no está predeterminado y que no predetermina. En suma, un ser compatible con el acontecimiento.

 

2. La tesis morfosintáctica de Louis Hjelmslev

La tesis morfosintáctica de Hjelmslev condensa en una sola metodología de análisis los problemas relativos a la morfología y a la sintaxis. Sin entrar en el mérito de las cuestiones propiamente lingüísticas, importa retener que esa tesis defiende una dependencia necesaria entre una categoría dada y la función que contrae, pues la categoría modifica la función mientras que la función modifica la categoría. Así, una morfología independiente de una sintaxis no se justifica, y la recíproca es verdadera.

Aislada la aplicación metodológica, la noción epistemológica subyacente a esa tesis es de gran interés, pues explicita la ya mencionada paradoja inherente a la teoría saussureana: "en lingüística, no hay una diferencia radical entre el fenómeno y las unidades". Aplicada a la cuestión general de la significación, esa tesis explícita que las unidades distintas y discontinuas del lenguaje están condicionadas a su posición en proceso, a su existencia en cuanto un continuo, y viceversa. Ese condicionamiento mutuo da como resultado una tensión irresoluble entre categoría y función.

En este sentido, Merleau-Ponty y Hjelmslev, ambos basados en la estructura, pero con objetivos muy diferentes, llegan a una formulación bastante parecida. Conforme dijimos, el fenomenólogo, ocupado con el establecimiento de una nueva manera de ver al ser, lo separa en tres dimensiones. La primera de ellas, la dimensión física, se refiere a la organización de fuerzas que subyacen al individuo y que están determinadas por las relaciones que éste establece. Por esa razón, "ninguna ley puede ser formulada para partes aisladas, pues sus vectores tienen sus magnitudes determinadas por sus relaciones con los demás" (Chaui, 2002: 235). En Hjelmslev, se plantea la misma cuestión bajo la designación de función. Para ambos, la estructura de un determinado ser se da en su estado de reposo, como "conservación de un orden dado" (Chaui, 2002: 235). Claro está que ese ser sufre acontecimientos que provienen de la alteridad, que modifican su identidad, de tal modo que, en sus momentos de estado, ese ser presenta en sí la "historia" de sus acontecimientos -o de las funciones que la categoría estableció.

La dimensión vital responde por la capacidad de adaptación e innovación del ser, puesto que no está vinculada a condiciones actualizadas, pero sí virtualizadas. De allí que no responda a leyes, pero sí a normas. La dimensión vital está íntimamente ligada a aquello que es la sustancia de una categoría en Hjelmslev. Las normas, y no las leyes, de un discurso dado, ejercen ciertas coerciones que hacen que sean escogidas unas y no otras sustancias para llenar las formas exigidas por la ley. En esa "elección" reside la creatividad, así como la vida -en las acepciones de vivacidad y de transformación- del lenguaje.

La última de las dimensiones incluida en la discusión por Merleau-Ponty es la dimensión simbólica. Según Chaui, basada en el pensamiento de Mauss, es la que posibilita sobrepasar una perspectiva solipsista de la concepción del ser.

Contra la pretensión durkheimniana de tratar los hechos sociales como cosas y, éstas, como cosas psíquicas (representaciones colectivas), que mantienen al individuo y a la sociedad como exteriores uno a la otra, Marcel Mauss intentó descifrar lo social como un sistema eficaz de símbolos o de valores simbólicos (Chaui, 1992: 248).

Esa dimensión fundamenta una concepción del ser que es efectivamente intersubjetiva. No se trata ya de una ley que condicione al individuo en acto, tampoco de una norma que lo condiciona virtualmente, pero sí de las posibilidades, constantemente transformadas por la sociedad en que el ser está inserto y que, en consecuencia, lo transforme. Esa dimensión lleva a pensar en la parcela formal de la categoría hjelmsleviana: las posibilidades de nuevas formaciones están dadas por la estructura de la lengua y es la fuerza social la que actúa en la promoción de esos cambios, así como se señaló en el ejemplo del color berenjena. La forma, entonces, se concibe como la parcela inter subjetiva que, al tiempo que posibilita el pensamiento del ser, deja una apertura suficiente para su existencia particular, para su vivencia, aunque ésta esté condicionada por las funciones que establece con la alteridad cuando sitúa su vivencia en acto -la dimensión física, en términos de Merleau-Ponty.

 

3. Breve historiografía de la subjetividad en la semiótica

Hjelmslev actuó hasta mediados del siglo XX, período en que la lingüística estructural se constituía y alcanzaba su apogeo, sobre todo, en Francia. Así como suele acontecer a los demás grandes movimientos, el estructuralismo experimentó su periodo de vanguardia, en el que se acostumbraba la negación radical de los principios de las escuelas a las que el movimiento se sobrepone.5 No obstante, el pensamiento de Hjelmslev parece haber sobrepasado los límites impuestos por el "aire de su tiempo", al negar el radicalismo epistemológico entonces asumido por otras vertientes estructuralistas.

Pero, al estructuralismo le faltó tiempo y oportunidad, generalmente legados a los grandes movimientos, de arreglar los desajustes que ocurren hasta la sedimentación de las nuevas ideas. Después de alcanzar su auge, el movimiento entra en franco declive a lo largo de los años ochenta, en especial por razones meramente contingentes.6 Su faz queda asociada a los grandes nombres de sus "años dorados", y borra o, al menos, vela las diversas vertientes distintas que existían bajo la misma designación. Hasta los días de hoy, las aporías atribuidas al proyecto estructuralista en lingüística recaen sobre esos postulados más radicales que jamás llegaron a ser incorporados por algunos pensadores de la estructura, como es el caso del maestro danés.

No obstante, es verdad que los malentendidos se multiplicaron y todavía se multiplican dentro del seno de la propia semiótica respecto de la problemática epistemológica planteada por Hjelmslev, ya sea por la dificultad de acceso a sus ideas, dada su escritura casi completamente abstracta, o por su necesidad de, en su tiempo, escamotear retóricamente su proyecto, que sería muy mal visto por sus pares arraigadamente positivistas.7

De acuerdo con la propia denominación de la obra más difundida de Hjelmslev, su contribución constituye solamente los prolegómenos de una teoría del lenguaje, todavía por desarrollarse -donde radica la casi completa abstracción de su escritura. El abordaje efectivamente metodológico que allí consta se limita al objeto "lengua", y no abarca las cuestiones relativas al lenguaje en general. El desarrollo metodológico que llene ese vacío verá la luz más tarde, con Greimas.

El primer modelo greimasiano de semiótica propuesto, tal vez bajo influencia del positivismo aún dominante en lingüística, parece haber interpretado apresuradamente algunas de las afirmaciones hjelmslevianas. En efecto, uno de los gestos teóricos iniciales de Greimas consistió en la tentativa sistemática de excluir de su modelo los problemas subjetivos, probablemente movido por la interpretación corriente que se daba al principio de inmanencia.

Una primera lectura de la obra fundadora, Sémantique structurale (1966), es una ilustración convincente de ese esfuerzo. No obstante, felizmente para la semiótica y a pesar del deseo de Greimas, ni siquiera allí había una exclusión total de las cuestiones subjetivas.

Una primera gran dificultad que debía superarse para la fundación de una semiótica consistió en la necesidad de sobrepasar los límites de la frase. Para resolver esa cuestión, Greimas se inspiró en la sintaxis delineada por Lucien Tesnière, quien pensaba el enunciado frasal como un "pequeño espectáculo", en el que los sujetos intercambian objetos. La elaboración de Tesnière tenía, pues, una fuerte propensión al establecimiento de un pensamiento dicotômico que discierne cosas e ideas, como si la sociedad y el individuo estuvieran constituidos de naturalezas diversas. Ese modo de entender la relación entre sujeto y mundo habría sido la principal razón de que Husserl no hubiera logrado alcanzar un modelo propiamente intersubjetivo en su concepción de la alteridad. Luís Claudio Figueiredo, al explicar al respecto las contribuciones que Lévinas proporcionó a la fenomenología en lo que toca a la intersubjetividad, presenta esa cuestión husserliana, al discutir su concepto de "conciencia intencional":

Al pensar la conciencia como intencionalidad, Husserl asienta sus elaboraciones sobre una supuesta primacía y originariedad de la relación sujeto-objeto: toma el conocimiento como modelo de las relaciones del hombre con el mundo, entiende el conocimiento como alguna forma de relación entre la representación y la cosa representada. [...] Con todo, el énfasis de Lévinas está en la correspondencia y en la adecuación del objeto al sujeto (1997: 41, cursivas nuestras).

La noción de espectáculo formulada por Tesnière interesa a Greimas en la medida en que permite extender el análisis más allá de los límites de la frase, al presentar elementos formales que serían subyacentes a toda narración. En ese sentido, independientemente de que el enunciado sea simplemente "Juan se casó con María" o que sea una novela de seiscientas páginas, en las que Juan atraviesa millares de peripecias para, finalmente, casarse con María, siempre habría, en un caso y otro, la relación mínima entre sujeto y objeto. Pero esa formulación mínima no satisfizo a Greimas quien, inspirado en la morfología del cuento maravilloso de Vladimir Propp, incorporó a su modelo de estructura mínima del relato las nociones de destinador y de antisujeto. Aquél, responsable de la donación de valores al sujeto, de modo que éste tuviera algún motivo que lo hiciera ir en dirección al objeto; el antisujeto, responsable de las dificultades y obstáculos que se sitúan entre sujeto y objeto.

Aun cuando esa primera formulación fuera incipiente, no se puede negar que hay allí la búsqueda por definir un espacio para justificar las correspondencias y adecuaciones entre sujeto y objeto.

Pero, en cuanto estructura, esto es, en cuanto una red de relaciones entre relaciones que deben ser estipuladas para que aparezcan las diversas caras del ser, esa distinción es claramente insuficiente. De nada vale guardar un espacio para pensar las correspondencias y adecuaciones entre sujeto y objeto si éstas no fueran efectivamente pensadas de modo que figuren como parte integrante del sujeto que debe, en el momento en que es aprehendido en reposo, presentar las marcas de su "historia" en sí. Fue así, al desconfiar de la insuficiencia de su formulación inicial de la estructura narrativa que, más tarde, en 1983, Greimas la reformula, en la publicación intitulada Du sens II. En la introducción de esta obra, el semiotista afirma:

Todo ocurre como si, ante el agotamiento del valor heurístico de algunos conceptos instrumentales, un nuevo proyecto, la construcción de una sintaxis semiótica modal, capaz de crear sus propias problemáticas y de definir sus propios objetos semióticos, ya estuviera lista, después de diez años de esfuerzos colectivos, para tomar su lugar. Se trata de una crisis de crecimiento o de un retorno decisivo, un nuevo rostro de la semiótica se diseña poco a poco (cit. por Hénault, 2006: 9).8

La sintaxis modal consiste en la delincación de una pequeña tipología de los modos como el sujeto se relaciona con su destinador, con sus objetos y, finalmente, en relación a sí mismo. En esa tipología, que proporciona un inventario de las modalidades del querer, poder, saber, deber, creer, ser y parecer, es interesante observar que el conocimiento, el saber, es sólo una parte. Esto significa que los modos de correspondencia y de adecuación entre sujeto y objeto no se dan exclusivamente por medio de fuerzas propiamente intencionales.

En el fragmento supracitado también llama la atención la idea que Greimas hace de su gesto, al afirmar que la admisión de las modalidades consistiría en una "crisis de crecimiento" o en un "retorno decisivo". En efecto, Greimas jamás llegó a asociar la admisión de cuestiones subjetivas como una continuidad del proyecto inicial, basada en la teoría del lenguaje de Hjelmslev. Para él, se estaba delineando una ruptura epistemológica en el seno de su disciplina.

La última de las grandes "rupturas" semióticas hechas por el propio Greimas se conoce como el "giro fenomenológico", porque las nuevas formulaciones provenientes de esa etapa de los estudios semióticos se presentan como una problematización severa de sus bases lingüísticas.

El giro fenomenológico responde por la demanda de un abordaje más contundente de las cuestiones afectivas construidas en los discursos. El "aire del tiempo" lo exigía. Por un lado, la literatura no se ocupaba ya de narrar acciones de sujetos. El brainstorming exigía que fuera posible entender la significación de un sujeto que no se relaciona con objetos: un sujeto que no hace, que simplemente está. Por otro lado, la conquista de espacio creciente del pensamiento fenomenológico ponía en jaque las ambiciones del conocimiento positivista, acusado de mecanicista. Dadas las contingencias históricas mencionadas, y dado el hecho de haber muchos investigadores estructuralistas comprometidos con una episteme llamada "dura", el estructuralismo estaba fuertemente asociado a la concepción de conocimiento positivista. Por una razón o por otra -o incluso por ambas- Greimas no asoció la revitalización que buscaba para su disciplina al pensamiento estructural. Para dar cuenta de la organización de una semiótica del afecto, selecciona la episteme delineada por Merleau-Ponty.

Entre muchas transformaciones teóricas que no conviene enlistar aquí, el giro fenomenológico insertó una nueva etapa narrativa, en la cual el sujeto no actúa (relación objetiva) y tampoco está en comunicación (relación intersubjetiva). Simplemente está. En esa etapa, sería posible captar el ser en reposo, con las marcas "históricas" de su experiencia. Así, al lado de etapas de manipulación, de competencia, de performance y de sanción, surge la etapa de la pasión, en la que se observa el ser del sujeto —en oposición a su hacer.

Esa etapa de la semiótica fue muy productiva. Se notó que a las pasiones que emergían en el discurso, como los celos, la rabia, la indignación, etc., subyacía un pequeño relato, una estructura "histórica" recurrente. Pero no faltaron en la literatura de la llamada "semiótica de las pasiones" cuestionamientos respecto al "lugar textual" en que las pasiones se localizaban. Si un sujeto siente celos porque construyó un pequeño relato subjetivo, ¿significa esto que no hubo relaciones objetuales, por el simple hecho de que los objetos no son "objetivos", sino "subjetivos"? Dudas como ésas muestran que la distinción entre relación pasional, objetiva e intersubjetiva es un falso problema. Esos elementos evidentemente no están separados en lugares diferentes de los textos, sino que son dimensiones de la significación narrativa. Es la necesidad de adquisición de conocimiento de la significación por parte del analista lo que hará que éste se enfoque ora en una, ora en otra de las dimensiones.

Así, la búsqueda greimasiana por mantener la tensión peca por la separación de las partes, a la moda de un análisis positivista. Aun cuando la intelección del analista exija la discontinuidad, ésta no debe prescindir de la continuidad. Esto es, una categoría sólo debe ser pensada de acuerdo con la función que contrae, conforme las dependencias que la orientan, y viceversa.

Fue con el propósito de enmendar esa formulación todavía pretendidamente tensiva que surgió la "semiótica tensiva", cuyo principal proponente es Claude Zilberberg, discípulo de Greimas. De modo diferente de éste, Zilberberg retoma las bases lingüísticas hjelmslevianas, en las que encuentra una episteme que, conforme intentamos presentar antes, ya estaba lista para lidiar con las cuestiones de la afectividad.

El gran gesto metodológico de Zilberberg consiste en mantener las dimensiones afectiva (intrasubjetiva), activa (objetiva) y comunicativa (intersubjetiva) en concomitancia, en la dirección de la tesis morfosintáctica de Hjelmslev. En palabras de Zilberberg:

Nuestro segundo postulado es respecto al lugar teórico reservado a lo continuo. No es el caso de revivir una querella sin objeto, pues la "casa del sentido" es suficientemente amplia para acoger tanto lo continuo como lo discontinuo, incluso porque ni éste ni aquél tienen sentido por sí mismos, sino sólo por su colaboración. Lo más razonable es admitir sus hipóstasis como "variedades" circunstanciales y ocasionales (Zilberberg, 2011: 16).

Partiendo de ese presupuesto, el sujeto en la teoría semiótica tensiva se piensa como un complejo que abarca las tres dimensiones: afectiva, activa y comunicativa. Esas tres dimensiones, que componen la foria del sujeto (esto es, que componen su configuración afectiva, subjetiva), se llaman elán, posición y dirección, que son muy similares a la tripartición merlopontiana entre las dimensiones vital, simbólica y física, en este orden —parecidas, claro, desde que se aislen las diferencias epistemológicas y, con ellas, los objetivos últimos de las dos líneas de pensamiento.

 

Consideraciones finales

A lo largo de estas páginas, quisimos defender que, al contrario de la lectura corriente de la obra de Hjelmslev, su teoría habría posibilitado la consolidación de la apertura al acontecimiento y, con éste, a las cuestiones afectivas en la epistemología estructuralista, dando cuenta, así, de significaciones no solamente causales, de orden lógico, sino también casuales —de aquello que acontece. Quisimos hacer notar que, en cuanto social, la subjetividad o, para ser más exactos, la intersubjetividad tuvo un papel fundamental en los desarrollos de la teoría semiótica de linaje greimasiano, aun cuando de modo escamoteado. E incluso, que la apertura a esa intersubjetividad sólo se podría haber dado por medio de la defensa de la tesis morfosintáctica, evidentemente desde el punto de vista epistemológico.

 

Referencias

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Figueiredo, Luís Claudio (1997). "O interesse de Lévinas para a psicanálise: Desinteresse do rosto". In: Cadernos de Subjetividade, núm. 5, vol. 1. São Paulo.         [ Links ]

Greimas, Algirdas Julien (1966). Sémantique structurale. Paris : Li-brairie Larousse.         [ Links ]

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Harkot-de-La-Taille, Elizabeth; Souza, Paula Martins de (2012). "Princípio de imanência: uma reflexão acerca de seu teor polêmico". In: Jean Cristtus Portela et alii (orgs.) Semiótica. Identidade e diálogos. São Paulo: Cultura Acadêmica.         [ Links ]

Hénault, Anne (2006 [1992]). História concisa da semiótica. São Paulo: Parábola, 2006.         [ Links ]

Hjelmslev, Louis (2006 [1943]). Prolegómenos a uma teoria da linguagem [trad, de Teixeira Coelho Netto]. São Paulo: Perspectiva.         [ Links ]

Merleau-Ponty, Maurice (2006 [1942]). Ia structure du comportement. París: puf.         [ Links ]

Zilberberg, Claude (2011 [2006]). Elementos de semiótica tensiva. São Paulo: Ateliê Editorial.         [ Links ]

 

Notas

Traducción de Marilene Marques de Oliveira

*En adelante PTL.

1 En un texto anterior (Harkot-de-La-Taille, Souza: 2012), problematizamos ese punto de vista común acerca del principio de inmanencia, en un esfuerzo por hacer ver que, para Hjelmslev, la inmanencia exige la trascendencia en un punto dado del análisis. Allí presentamos el modo como el principio de inmanencia actúa en cada etapa del análisis.

2 Si aquí fue reconocida la máxima de la psicología de la Gestalt, la asimilación no fue vana. En efecto, sabemos que Durkheim influyó fuertemente en el pensamiento psi, principalmente en el pensamiento de Freud.

3 Más allá del pensamiento saussureano, extenderíamos esa capacidad al lenguaje en general, sea verbal, visual, gestual, etc.

4 Todavía nos faltan bases para presentar mayor claridad respecto de las semejanzas y diferencias existentes entre la estructura de la psicología de la forma (Gestalf) y la estructura de F. de Saussure. Por el momento, creemos que a la máxima de la psicología de la forma de que el todo es mayor que la suma de las partes aún le faltaría aumentar la idea de que las partes tampoco son sustancias, ya que ellas mismas son relaciones previas. Solamente así se obtendría la noción de estructura saussureana, para quien las relaciones se establecerían entre relaciones. Podemos afirmar solamente que esa definición de estructura consta en la teoría del lenguaje de uno de los discípulos saussureanos, a saber, Hjelmslev.

5 Según Francois Dosse, en "un contexto histórico particular marcado, desde el final del siglo XIX, por la progresiva tendencia de Occidente hacia una temporalidad moderada" (1993a: 13), el estructuralismo habría sido responsable por un movimiento de impugnación y contracultura, que garantiza un "lugar para todo un saber proscrito, al margen de las instituciones canónicas" (1993a: 13) . De esa manera, en la lingüística, el estructuralismo habría abolido, en un primer momento, diversos valores provenientes de la filología, como es el caso de la diacronía, de la retórica y de los problemas relativos a la enunciación -parcela subjetiva del lenguaje- así como la orientación de los estudios de las lenguas y autores clásicos, o del registro estrictamente escrito del fenómeno lingüístico.

6 A ese respecto, Dosse relata la extraña coincidencia de la muerte casi simultánea de los principales pensadores del estructuralismo en Francia (1993a: 14).

7 Como fue mencionado, la radicalización del movimiento estructuralista, al asegurar un "lugar para todo un saber proscrito, al margen de las instituciones canónicas", acaba por marginalizar, a su vez, todo un conocimiento milenario que era aceptado por la academia, incluido allí el pensamiento metafísico.

8 Elegimos la cita del libro de Hénault con la finalidad de mantener todo el artículo en portugués. Para quien desee consultar el texto original de 1983, el fragmento citado se encuentra en la página 18.

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