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Tópicos del Seminario

versión On-line ISSN 2594-0619versión impresa ISSN 1665-1200

Tóp. Sem  no.27 Puebla jun. 2012

 

Presentación

 

Si "apresúrate despacio" fue la paradoja que animó el proyecto general sobre formas de la lentitud y, en particular, el primer volumen, es ahora "repunte y redoblamiento de la lentitud" el sintagma que alienta la presente entrega. Así, hemos pasado, siempre desde la perspectiva de la significación, de un modo a otro de plantear la cuestión que nos ocupa. Aquella clásica expresión nos permitió recurrir primero a un rasgo de la rapidez, contrastado en sí mismo, para lograr después internarnos plenamente en el dominio de la lentitud. Una vez echado a andar nuestro derrotero la problemática misma nos otorga un nuevo estado de la cuestión. Sin embargo, esto no quiere decir que nos estemos refiriendo a un progreso cualitativo que pudiera darse entre el primer y el segundo volumen, ni que tampoco del primer volumen a éste se haya dado un avance jerárquico. Sí, estamos seguras, se ha dado una amplitud en la reflexión, porque en este momento contamos, más que antes, con una mayor cantidad de puntos de vista. Entonces, esta particularidad del tempo a la que hemos decidido apuntar nuestra mira, se ve, sin duda, enriquecida, lo cual se debe a los aspectos más diversos que la lentitud ha mostrado, surgidos todos estos a lo largo de nuestros dos volúmenes y fruto de las observaciones a las que ha sido sometida. Considerando la suma de los dos compendios podemos advertir que la carga semántica de la lentitud, en tanto objeto significante y, desde luego, como objeto de estudio, se ha hecho más densa, ha crecido; la extensidad ha dado lugar a un despliegue del intelecto que enriqueció la problemática inicial. Estamos, pues, frente al caso en que la cantidad deviene calidad, condición de sustancia semántica.

Lo dicho hasta aquí se entiende mejor con la siguiente explicación: la totalidad de las contribuciones respondieron a la misma convocatoria y fueron llegando dentro del plazo previsto, sólo que sobrepasaron lo que normalmente integra un número de Tópicos. De allí nuestra decisión de organizar la totalidad de los trabajos recibidos en dos partes; en lugar de una sola y voluminosa publicación, preferimos una reunión diversificada de dichas investigaciones para darles mejor acogida. Luego, en el interior de cada una de las partes, tales colaboraciones —de acuerdo a una combinatoria de subtemas y estilos de pensamiento— fueron encontrando sus propios lugares.

Ahora bien, cuando decimos "repunte y redoblamiento de la lentitud", evidentemente, estamos expresándonos en términos de semiótica tensiva, lo cual no podría ser más consecuente con nuestros propósitos pues esta teoría, dentro de la semiótica general, es la que ha reflexionado de manera particular sobre la materia del tempo y ha ido encontrando —mediante análisis y estudios de textos— sus formas y sus modelos de representación. Y he aquí una prueba del carácter reversible y siempre relativo de los fenómenos semióticos porque, según sabemos, el repunte y el redoblamiento serían los formantes de la ascendencia, si la consideramos una forma, o sus funtivos, si la consideramos una función, o bien, sus analizantes, si, desde otro punto de vista, la visualizamos como un objeto descomponible. El caso es que la lentitud, con relación a la celeridad, es una variante del tempo cuya dirección en la estructura sería decadente, tendiendo al sentido contrario que el de la rapidez el cual sería ascendente hasta sobrepasar la cima y llegar al exceso. ¿Cómo es entonces que aplicamos a la lentitud dos términos que corresponden más bien a su movimiento contrario?

Ciertamente, lo esperable para describir la lentitud serían la atenuación y la aminoración (lo que también podría decirse, disminución y merma) cuyas correlaciones nos permitirían aprehender la velocidad en descenso de un acontecimiento que ha perdido su intensidad. Tal seguimiento se haría hasta que se lograra agotar el análisis del proceso completo y poder dar cuenta de él cuando finalmente llega a la detención. Y en efecto, la mayoría de los discursos se refieren al tempo lento como una velocidad que va de la atenuación a la aminoración y, además, gravada por la atonía y alentada por la contracorriente de una disforia alta y una euforia baja. Pero no necesariamente ese criterio tiene que ser una norma puesto que quizás sólo se trate de un punto de vista, de una valoración del sentido común, lo cual, por supuesto, no dejaría de tener importancia en la semiósfera donde se desenvuelve. La teoría nos otorga el beneficio de variar las focalizaciones, colocar la mira en una posición diferente y apuntar el objetivo hacia otro lado.

Dada vuelta así la perspectiva, vemos que la lentitud, en su propia ley juzgada, alcanzaría también su exceso de velocidad y vistas así las cosas no sólo la rapidez conduciría a la pérdida del sentido, a la quiebra de la estructura y, en suma, a la desubjetivización. Estado quizás buscado por el propio sujeto o impuesto por una fuerza interna meta-modalizante que le otorga el carácter del sobrevenir pero que, de todas maneras, es el arribo a un grado superlativo de lentitud que comienza a repuntar cuando la celeridad ha disminuido. En el redoblamiento, que indica la merma completa de la rapidez, la lentitud estaría muy lejos de mostrarse con la templanza que se le ha adjudicado porque estaría a un paso de convertirse en una pasión de gran capacidad afectante, aunque átona, donde el sujeto perdería su cualidad. ¿Y no sería que a esa altura de la intensidad un poco de allegro reequilibraría las tensiones?

Por lo tanto, el universo de la lentitud, quizás mensurable, quizás cuantificable, cuando no un valor absoluto, nos ha ido mostrando sus contrastes y contrariedades internas —e incluso sus contradicciones— sin que la celeridad estuviera en lo inmediato ofreciéndole su polo opuesto, sea éste valorado positiva o negativamente. Esto ha ocurrido en el conjunto de estas investigaciones porque ellas nos han mostrado que la lentitud es una dependencia sujeta a un sinnúmero de correlaciones donde intervienen la tonicidad, la temporalidad, la espacialidad y aun los patrones rítmicos.

Del mismo modo, la lentitud, observada en estos estudios ha exhibido sus procedimientos lógicos y nos ha permitido ser conscientes de las infinitas redes que ella tiende hacia la memoria, como edificio de lo inteligible y como lo contrario al vacío del olvido.

El presente volumen abre con "El sosiego ritual" de María Luisa Solís Zepeda y Jacques Fontanille. La práctica significante del ritual comporta una temporalidad intrínseca, que emerge de la oposición, tensión y complementariedad de dos regímenes temporales: el de la existencia (tiempo cronológico) y el de la experiencia (tiempo vivido). En tanto proceso, la acción ritual implica el despliegue de un complejo temporal, del cual dan cuenta los autores tomando como objeto de estudio el ritual penitencial de los disciplinantes de San Vicente de la Sonsierra. Su análisis continúa una línea de investigación que emprendiera Ingrid Geist sobre la liminaridad en las prácticas rituales de los huicholes, desde el terreno de la antropología bajo una perspectiva semiótica. Centrados en la separación -la primera de las tres etapas en que se desarrolla el ritual-, se encuentra que cada una de las distintas acciones son ejecutadas a una cierta velocidad, y que en conjunto crean un ritmo general, un fluir temporal hecho de intervalos y acentos, de diferenciales de tempo. Dichos regímenes temporales quedan representados en la procesión: el avance del grupo participante es rectilíneo, constante y uniforme, va de sureste a noroeste y figurativiza el flujo del tiempo social; mientras que el tiempo vivido se observa en los disciplinantes, en su cuerpo. La marcha de éstos es más lenta con respecto al grupo que los acompaña, no sólo porque sus pasos son más cortos sino porque caminan de espaldas llegados a un determinado punto; en la misma medida, los golpes que se infligen son rápidos e intensos, pero celosamente regulados por el acompañante, de tal suerte que éste sabrá el momento preciso de aplicar los piquetes en la espalda del disciplinante para hacer brotar la sangre, lo que impedirá que llegue al desfallecimiento. Así, lentitud de la marcha, celeridad de los golpes, la detención del paso y la rapidez con que brota la sangre constituyen al cuerpo como tiempo. No obstante, para el surgimiento de este tercer tiempo, propio del ritual, la lentitud parece cobrar un cierto protagonismo, toda vez que favorece, durante la marcha, la facultad analítica del disciplinante orientada al examen de sus condición pecaminosa con miras hacia el arrepentimiento y en consecuencia a su salvación y el correspondiente sosiego al dilatarse el alma.

Guillermina Casasco, en "Paciente espera", también centra su atención en la temporalidad de la experiencia ritual; concretamente aborda la experiencia mística, que deviene con la contemplación de dos paisajes particulares: el desierto y la montaña. Desde el psicoanálisis y la poesía, la autora reflexiona en torno a una forma de la lentitud: la espera. La entrega total del asceta a la visión del desierto supone la suspensión del tiempo cotidiano para dar lugar al tiempo de la meditación que posibilita el acontecer de la verdad, su revelación, que por fuerza impone el silencio, esa otra llanura en la que podemos ver figurativizada la duración. Así sucede también para el comulgante, pensemos en San Juan de la Cruz, cuyo lento ascenso a la montaña implica el sacrificio del cuerpo de las palabras para que conduzcan al silencio, pues sólo de ese modo se puede escuchar la voz de Dios, quien sólo se revela en el éxtasis de la contemplación. La culminación de éste indica el final del camino. Dicho éxtasis, dado por la comunión del sujeto con Dios o el Uno, significa una suspensión, un recorte, del tiempo histórico y obliga también al silencio, que se convierte en el sosiego, en la paz interior. No obstante, eso no puede darse sino por el impulso del deseo. Éste, afirma la autora, es el operador incesante de un movimiento metonímico que al desplazar el objeto impone un retardo, una postergación de su encuentro que se traduce en sentimiento de lentitud: la espera, la cual es "la manifestación temporal del erotismo".

Desde el punto de vista de la semiótica tensiva, Luisa Ruiz Moreno y José Omar Aca Cholula, en "Variaciones de la lentitud", analizan cuatro textos -un fragmento de la novela Los lentos tranvías de Noé Jitrik, la letra de dos canciones, Manuelita la tortuga de María Elena Walsh y La trama y el desenlace de Jorge Drexler, y el cuento Los Vetriccioli de Fabio Mórabito-. Si bien cada uno de los ejemplos muestra una problemática y una articulación particular de la lentitud, la preocupación de los auto-res será, en todo momento, aprehender la lentitud en la estructura del sujeto. En el caso de Jitrik, se hace evidente el vínculo entre lentitud y memoria, de tal manera que el acto de rememorar parece dar lugar a lo que Zilberberg ha denominado cronopoiesis, la creación de un tiempo otro en que la lentitud cobra un papel decisivo en la actividad inteligible del sujeto, pero no menos sensible, puesto que de ella resulta una suerte de placer, de goce intelectual. Sin embargo, la lentitud puede vivirse también como una insuficiencia, cuando entra en juego la eficacia o ineficacia del cuerpo para reaccionar frente a un evento del exterior; esta relación entre lentitud y corporalidad es una veta explorada aquí también. En la canción de María Elena Walsh vemos cómo la lentitud puede llegar a equipararse con un valor aparentemente contrario, la audacia, mostrando así que la lentitud puede llegar a ser una competencia del sujeto. La cuestión planteada, a propósito del texto de Drexler, es de tipo aspectual: retardar o acelerar el proceso, preferir la trama o el desenlace. El cuento de Morábito da pie para dilucidar, a partir de un conflicto generacional de ritmos y tempos, sobre las modulaciones del espacio tensivo.

Por su parte, Miguel Ángel Murillo Gudiño, con inquietud filosófica e interés sociológico indaga sobre el sentido o los sentidos que adquiere la lentitud en un mundo regido por el paradigma de la rapidez, así como sobre sus posibles causas. Si bien en un principio el hombre organizó su vida según el modelo rítmico del cosmos, paulatinamente fue alejándose de éste para fabricar nuevos ritmos, generando así una vertiginosa tensión y un continuo deseo por desafiar los límites del cuerpo humano. La posibilidad de acelerar o retardar procesos físicos y sociales muestra la capacidad de transformación y control que el hombre tiene, lo que ha conducido a plantear, en una economía del tiempo, la prontitud como un "sistema valorativo" cuyo sostén es en última instancia la rentabilidad económica. En este marco, la lentitud representaría un "desperdicio y falta de competitividad". No obstante, en la actualidad se han suscitado reacciones en defensa de la lentitud, como el movimiento Slow, cuyas tendencias -que pueden ir de la franca dromofobia a la búsqueda de un sabio equilibrio de los tempos- son descritas y analizadas por el autor, haciéndonos ver algunos de los matices de la lentitud, tales como lo que el autor llama: lo despacio, el sosiego, el acompasamiento y la tardanza, capaces de ofrecer un principio de armonía que conduzca, piensa el autor, a una forma de ser y devenir humanos distinta.

Volviendo al tema de las prácticas rituales, esta vez, propias de sociedades modernas, Jean-Jacques Boutaud y Erik Bertin dan cuenta de la constitución de la degustación del café como una forma de vida a través del análisis del discurso publicitario, desde una perspectiva semio-pragmática. Como habíamos visto con Fontanille y Solís Zepeda, el ritual implica una temporalidad propia; en el caso estudiado por Boutaud y Bertin, si bien se trata de una práctica, ciertamente, ritualizada, no estamos frente a lo ritual en sentido estricto ni frente a lo liminar, sino a lo que Turner denominaría lo liminoide. Sin embargo, también se plantea aquí el problema central de la temporalidad, específicamente, del tempo en la emergencia de los valores, del sentido, pues son justamente el aminoramiento y la suspensión del tiempo los que rigen las estrategias figurativas de representación de la experiencia semiótica del café. Aunque, si bien la degustación del café, dadas las cualidades sensibles del objeto, apela a una desaceleración del tiempo, incluso una suspensión, no implica que no exista una tensión entre aceleración y lentitud, entre lo tónico y lo átono, es decir, entre lo intenso y lo extenso, tal como puede advertirse desde el título mismo "Espresso ma non troppo". Los autores pormenorizan estas modulaciones del espacio tensivo y el despliegue figurativo de la lentitud como valor expresivo del gusto, que parte de lo estésico hacia lo ético pasando por lo estético.

Este número cierra con un ensayo de Raymundo Mier al que le hemos dado un lugar especial en la medida en que constituye una suerte de summa. En ella la lentitud ha sido tratada en toda su complejidad y contradicción, reuniendo las diferentes aristas surgidas desde los trabajos del Seminario de Estudios de la Significación hasta los dos volúmenes dedicados a explorar la significación de la lentitud. De tal manera que la contribución del autor viene a ser una condensación y al mismo tiempo una expansión del conocimiento de nuestra materia de estudio, de ahí su exposición fragmentaria, cuyas partes no están encadenadas secuencialmente, son estampas de la lentitud que en su interior alcanzan un desarrollo completo y acabado. Su reflexión brota a partir de la mirada que se proyecta sobre distintas expresiones estéticas -musicales, narrativas y poéticas- y pone al descubierto una vez más el carácter puramente relacional de la lentitud, así como su constitución paradojal cuando toca los límites de su propia estructura. En sus extremos la lentitud aparece así como una apertura hacia el abismo interior del sujeto.

A modo de balance quisiéramos decir que estos dos volúmenes han significado un verdadero aporte a la investigación de la lentitud en semiótica. Y como toda contribución que se precia de serlo, revela también sus proyecciones futuras. Esto es, lo que falta por hacer, por profundizar, por descubrir. En este sentido, como coordinadoras de este proyecto de investigación, nos sentimos agradecidas con todos los autores que hicieron eco de nuestra convocatoria y se dieron generosamente un tiempo para crearle un tiempo propio a la reflexión sobre la lentitud.

 

Blanca Alberta Rodríguez
Luisa Ruiz Moreno

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