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On-line version ISSN 2594-0619Print version ISSN 1665-1200

Tóp. Sem  n.24 Puebla Dec. 2010

 

Espacio y metalenguaje: defensa del territorio*

 

Space and Metalanguage: Territorial defense

 

Juan Alonso Aldama**

 

** Profesor de la Universidad de París 12, Centre La Piramide, 80 avenue du General de Gaulle, 94009 Créteil cedex, Francia. Tel: + (33) 46 34 88 97. Correo electrónico: juan.alonso@neuf.fr

 

Resumen

El espacio tiene la particularidad de poder ser el metalenguaje de la cultura y de los sistemas semióticos en general. Para Lotman, la cultura se organiza bajo la forma de una estructura espacial cuya función más importante es la de frontera, de límite. El espacio se convierte así en el lugar del encuentro de culturas y de programas de acción. El espacio aparece, por lo tanto, como el lugar de una negociación inestable en tensión permanente. Esta inestabilidad tensiva dará lugar a la aparición de figuras pasionales cuyo valor dependerá de las relaciones fluctuantes y dinámicas —entre euforia y disforia, y entre conflicto y contractualidad— entre las pasiones y la distancia.

 

Abstract

Space has the particularity of being able to be the metalanguage of culture and of semiotic systems in general. For Lotman, culture organizes itself within the form of a spatial structure whose most important function is the border or limit. In this way, space converts itself into the meeting ground of cultures and programs of action. Therefore, space appears as a place of an unstable negotiation in permanent tension. This tensive instability will give way to the appearance of passional figures whose value will depend on fluctuating and dynamic relationships (between euphoria and dysphoria, and between conflict and contractuality) between passions and distance.

 

Résumé

L'espace a la particularité de pouvoir être le métalangage de la culture et des systèmes sémiotiques en général. Pour Lotman, la culture s'organise sous la forme d'une structure spatiale dont la fonction la plus importante est celle de la frontière, de la limite. Ainsi, l'espace devient le lieu de la rencontre de cultures et de programmes d'action. L'espace est donc le lieu d'une négociation instable en permanente tension. Cette instabilité tensive donnera lieu à l'apparition de figures passionnelles dont la valeur dependra des rapports fluctuants et dynamiques —entre euphorie et dysphorie, et entre conflit et contractualité— entre l'affect et la distance.

Traducción de Gabriel Hernández Aguilar

 

1. El espacio como metalenguaje

Es posible que una de las características principales del espacio sea la de ser menos "rígido" que los muros y otros elementos arquitectónicos que a veces lo definen y que sea entonces más "negociable" que muchas otras dimensiones y categorías que nos parecen a priori más "elásticas". Por otra parte, el espacio parece tener también esa capacidad de extensión y flexibilidad que le permite hablar de cualquier otra cosa diferente del espacio mismo. El lenguaje espacial tendría, según Greimas, la particularidad de poder erigirse en un metalenguaje capaz de hablar de algo distinto del espacio y de ser un lenguaje mediante el cual una sociedad se significa a sí misma (1976: 130–131). Por esta razón, una semiótica del espacio tendría un doble objetivo, siempre según Greimas: "su proyecto podría ser definido como la inscripción de la sociedad en el espacio y como la lectura de esa sociedad a través del espacio" (1976: 133).

Lotman (1995: 145–181), por su parte, ha desarrollado el proyecto de una tipología de la cultura a través del metalenguaje espacial. Sostiene que cada cultura crea una tipología de la cultura y afirma que el enfoque más general es aquel que distingue entre la "cultura propia", considerada como única, y la "no cultura", que define a todas las demás colectividades. Esa oposición entre propio y ajeno descansa en la oposición "organizado" vs. "no organizado". Desde el punto de vista de la cultura asumida como norma, y cuyo lenguaje se convierte en el metalenguaje de una cierta tipología de la cultura, los sistemas diferentes de ésta no se presentan como un tipo de organización diferente sino como un tipo de "no organización"; según Lotman, esa organización del marco del mundo de la cultura está pensada indefectiblemente sobre la base de una estructura espacial que organiza todos los demás niveles. Esto se realiza a través de los rasgos "discretos" del espacio, con conceptos topológicos (continuidad, vecindad, límite...) que dan lugar a categorías axiologizadas. En esa descripción topológica de la cultura la gran oposición, siempre según Lotman, será aquella que se establece entre interior–cerrado y exterior–abierto, que correspondería en el nivel del plano del contenido a la oposición organizado vs. no organizado.

El aspecto más importante de ese trabajo de Lotman, más allá de haber hecho del lenguaje espacial el metalenguaje de la cultura, es haber pensado la noción de límite como criterio principal para la definición de la espacialidad. Por extensión, en el centro del pensamiento lotmaniano de la espacialidad se encuentran, entonces, las relaciones entre un espacio interior y un espacio exterior. Lotman definirá así el espacio como el lugar de interacción, de intercambio, sin hablar de las estructuras polémico–contractuales. Todo espacio se convierte así en lugar de una negociación, de una interpretación. Por otro lado, el espacio implica para Lotman una semiótica de la praxis. El espacio no es tanto un objeto de conocimiento como de la acción: es lo que se atraviesa, lo que se recorre y, sobre todo, lo que se defiende o lo que se amenaza. Para retomar la idea de Michel de Certeau (1990: 173): "el espacio es un cruce de móviles. Está de alguna manera animado por el conjunto de movimientos que ahí se despliegan". Y, se podría añadir, por el conjunto de programas narrativos implícitos y virtualizados por ese mismo espacio, incluso si no están realizados.

Sin embargo, el espacio no es únicamente el teatro de las operaciones o el simple destinador o manipulador (el espacio con roles actanciales y modales, como por ejemplo el espacio–dispositivo —el panóptico de Bentham por Foucault— o la disposición del acceso a las catedrales que se reducen progresivamente hacia la puerta para llevar así hacia el interior de la iglesia). El espacio es también el producto de las operaciones y de las interacciones: basta observar, por ejemplo, lo que pasa con la instalación de los escudos antimisiles en ciertos países del antiguo bloque comunista, operación que redefine la noción de espacio intermedio e incluso la de frontera. El espacio es así creado por la interacción de dos programas.

Veamos un ejemplo más extraído de la geopolítica y de la geoestrategia. Durante la guerra fría existía realmente una frontera entre el bloque comunista y Occidente, pero, desde el punto de vista de la estrategia de la disuasión, esa frontera no era la que importaba, o en todo caso no era la única. El límite que definía el espacio donde una incursión podía ser considerada como una agresión, y por lo tanto susceptible de desencadenar una respuesta, era el objeto de una negociación y de una interacción tanto pragmática como interpretativa. Si las divisiones blindadas soviéticas acantonadas en la RDA se acercaban mucho a la frontera de Alemania Federal, y entonces de Occidente, esto podía ser interpretado no como una amenaza sino como una verdadera agresión. Paradójicamente, una acción en territorio propio puede ser comprendida por el enemigo como una agresión, lo cual lleva a reconsiderar las nociones de soberanía y de territorio. Desde ese punto de vista, podemos decir que la geoestrategia ha desplazado a la geografía o, en otras palabras, el espacio no se define ya como un objeto estático sino dinámico, flexible, dependiente de la interpretación y de la interacción. Como dice uno de los padres de la geopolítica: "Las regiones geopolíticas no son regiones geográficas definidas por una topografía dada y permanente, sino son zonas determinadas de un lado por la geografía y del otro por los cambios dinámicos en los centros de poder" (Spykman, N., 1994: 673, cit. en Hervé, Coutat–Bégarie, 1999).

 

2. No man's land

Con este ejemplo sobre la guerra fría asistimos a esa curiosa situación donde una parte del espacio del territorio propio se convierte en impracticable al producir una especie de no man's land o de espacio neutro o convertido en santuario, cuyo valor modal permanece ambiguo: no se trata de un territorio prohibido ya que forma parte del territorio nacional, pero al mismo tiempo es "impracticable", por el [el territorio] que en realidad ya no está permitido aventurarse.

Un caso que aparece en Le rivage des Syrtes de J. Gracq, cuando Aldo, el personaje de la novela, entra por primera vez en el cuarto de mapas:

Paralelamente a la costa corría a cierta distancia, sobre el mar, una línea negra punteada: el límite de la zona de patrullas. Más lejos todavía, una línea continua de un rojo vivo: era la que desde hacía mucho tiempo se había aceptado por un acuerdo tácito como la línea fronteriza, y que las instrucciones náuticas por ningún motivo permitían cruzar (Gracq, J., 1951: 30–31).

Esa línea negra debe precisamente su estatus ambiguo a su naturaleza no continua: es punteada. El espacio así descrito es a la vez abierto y cerrado. De hecho, esa línea transforma los umbrales en límites: las patrullas no se comprometen más allá de esa línea. Por lo demás, esa línea roja no sólo separa un mundo del otro sino crea también la unidad del espacio más acá de la frontera para hacer de él un espacio "semiótico", un espacio de sentido: "Orsenna y el mundo habitable terminaban en esa frontera de alarma".

Lógicamente, la existencia de un más acá semiótico presupone la existencia de un más allá desprovisto de sentido, no organizado, según la idea de Lotman, un espacio no semiótico. Para decirlo con Simmel (1999: 605): "El hecho de que una sociedad tenga su espacio existencial limitado por líneas claramente conscientes la caracteriza también como sociedad que posee una cohesión interna". Tanto más que esa línea es arbitraria (una línea en medio del mar), pues mientras más inmotivada es (no hay montañas o un río por ejemplo), más muestra su capacidad de dar sentido a una cultura o a una sociedad. La naturaleza arbitraria del signo pone en evidencia su necesidad y produce sentido de una manera todavía más radical que las fronteras naturales. Es así que Aldo sigue diciendo: "todavía más estimulante para mi imaginación que todo lo que en su trazado [de la frontera] había de curiosamente abstracto".

El espacio intermedio vacío entre dos espacios, el no man 's land, es el lugar de tensiones y de inestabilidad por excelencia, justamente debido a la naturaleza subcontraria de los términos que lo definen (ni aquí ni allá, ni interior ni exterior). Es así el campo de todas las posibles interacciones: de la indiferencia, de la simple hostilidad, o bien de la contractualidad (es frecuentemente el lugar de negociaciones o incluso de lo que se llama la connivencia con el enemigo, como fueron los casos de fraternización durante la Primera Guerra Mundial o durante la Guerra Civil Española). Pero en todos los casos, la naturaleza precisamente neutra (ni aquí ni allá) vuelve todos los estados inestables; los términos subcontrarios no serían entonces verdaderos lugares de residencia sino únicamente lugares de paso. Por consiguiente, toda acción en ese espacio puede cambiar de signo (de contractual a polémico, por ejemplo) rápida y fácilmente (basta pensar que unos negociadores en algún terreno neutro pueden fracasar en cualquier momento y que el mecanismo puede ser inmovilizado por un grano de arena que frene la interacción: un gesto mal interpretado, un movimiento brusco y toda la operación salta provocando el regreso inmediato al enfrentamiento). Así, si se acepta la correlación inversa entre la intensidad y la extensión, donde a una extensión máxima corresponde una intensidad débil y a la inversa, se podría plantear la hipótesis que la frontera y el no man's land son justamente dos espacios de tensión extrema justamente a causa de ausencia de extensión de ese espacio en el caso de la frontera y de la extensión limitada en el caso del no man's land.

 

3. La distancia y el afecto

Otro problema planteado por la cuestión de la frontera y del no man's land, y que aparece como corolario lógico de la relación tensiva que tratamos más arriba, es el de las relaciones entre distancia y afecto. Es evidente que la intensidad y la naturaleza de las relaciones sufren la influencia de la distancia.

Pero, lejos de una primera interpretación intuitiva, la relación entre intensidad y efecto pasional no es exclusivamente el resultado de una correlación donde a una proximidad grande correspondería una intensidad grande del afecto e inversamente a un mayor alejamiento correspondería una intensidad más reducida. Ésta no sería más que una de las formas, desde luego fundamental, de las correlaciones posibles. Es así como se puede entender que un alejamiento muy grande produce un relajamiento de la amistad o del amor e incluso de la hostilidad, lo que está precisamente muy bien dicho en la expresión "tomar distancia" con respecto a un problema, lo que tendrá como virtud eliminar el afecto y "despatemizar" la relación sujeto/objeto. Es también el sentido del adagio sobre las relaciones amorosas, que afirma que la distancia equivale al olvido y que el mejor remedio para tales males es alejarse de ellos.

Lo mismo se puede decir del otro polo de las relaciones polémico–contractuales. Las relaciones antagónicas reaccionan a menudo de la misma forma que las relaciones amistosas o amorosas. En efecto, numerosos conflictos son evitados con frecuencia gracias a un simple alejamiento entre los dos antagonistas. Es a menudo el objetivo de los no man's land, creados precisamente para establecer una distancia que impida las fricciones propias e inevitables de la proximidad y, en consecuencia, el estallido del conflicto.

Inversamente, en ese tipo de correlación tensiva el acercamiento corresponde al aumento de la intensidad afectiva (eufórica o disfórica). Una proximidad muy grande con el vecino, con aquel que está del otro lado y con quien ya se tienen relaciones polémicas sólo puede aumentar el sentimiento de hostilidad y de extrañeza. Es precisamente en ese sentido que Simmel (1999: 663) afirma que el extranjero es el lejano próximo y que la hostilidad hacia él proviene de ese exceso de proximidad y por esa razón, añade Simmel, los habitantes de Sirius no son extranjeros para nosotros. Con lo que está muy cercano los afectos se inclinan de manera abrupta de un lado o del otro, y lo íntimo es moralizado según un gradiente que es responsable de la aparición de una pasión, como por ejemplo la aversión de aquél cuya presencia es juzgada como demasiado invasora ya que "sobrepasa los límites". Volviendo una vez más a Simmel (1999: 627):

Sabemos desde hace mucho que los ocupantes de una misma casa no pueden ser más que amigos o enemigos. En consecuencia, cuando ya existen relaciones muy cercanas y una proximidad física permanente no podría aumentar en su esencia, haríamos bien en evitar esa contigüidad porque acarrea una multitud de posibilidades de la tendencia opuesta y permite entonces ganar poco y perder mucho. Es bueno hacer de sus vecinos amigos, pero peligroso hacer de sus amigos vecinos.

Esa correlación tensiva dará lugar al siguiente esquema:

Pero paralelamente a éste, existe otro esquema tensivo inverso que regula las relaciones entre la distancia y el afecto, y donde al alejamiento corresponde un aumento de la intensidad pasional e, inversamente, donde el acercamiento es sinónimo de indiferencia y de desinterés. En ciertas situaciones conflictivas el alejamiento puede llevar a una recuperación de hostilidad por la ausencia de visibilidad, que inmediatamente se interpreta como una amenaza escondida y latente. Se instala una especie de desconfianza incrementada y de tensión creciente debidas al hecho de no saber lo que el otro está tratando de fabricar, y al hecho de que se ignora todo sobre la naturaleza, el lugar y el momento cuando tendrán lugar el golpe o el ataque, si es que ocurren. Lo que demuestra que el dominio de la incertidumbre y del tempo es probablemente una de las artes mayores de la guerra y de la estrategia. En el caso de la guerra de ejércitos tradicionales contra una guerrilla —como fue el caso en la guerra entre el imperio otomano y la guerrilla árabe— una de las obsesiones de los comandantes es precisamente la de no estar acostumbrados a luchar contra un ejército que no ven pero "se mantienen vigilantes", mientras que precisamente toda la estrategia de guerrillas descansa en la sorpresa, en la incertidumbre y por lo tanto en el alejamiento (ver Aldama, J. A., 2003). La ausencia de signos de hostilidad es más inquietante que su presencia y crea estados de inquietud a menudo más intensos que los provocados por la proximidad del enemigo. Todos los westerns y otras películas de guerra o de espionaje nos han acostumbrado a esa amenaza que se presiente pero que no se percibe y que por esa misma razón es mucho más sospechosa y amenazadora. La táctica del alejamiento puede ser de una eficacia temible ya que puede permanecer virtualizada, lo que le da el poder de la ubicuidad y obliga al adversario a una vigilancia constante y sin descanso de todo el territorio.

Las relaciones sentimentales también pueden estar sometidas al mismo tipo de correlación tensiva y entonces es posible también ver cómo aumenta la intensidad con la distancia: basta con mirar las historias desesperadas de separación forzada que hacen alcanzar al afecto un grado de intensidad considerable o también esas historias de amor que nacen o que renacen a causa de la distancia.

Inversamente, una proximidad social muy grande, como es el caso en las sociedades urbanas modernas, genera un régimen de baja intensidad afectiva necesario para evitar justamente fricciones y conflictos. Así, el ciudadano de las grandes ciudades se vuelve indiferente y la promiscuidad a la que está sometido en numerosas circunstancias de su vida diaria (el metro, por ejemplo) no constituye más que muy raramente un objeto de conflicto.1 Estar fastidiado sería, según Simmel, una forma de aclimatación a la ciudad moderna (Simmel, 2007: 18–23). Por esa razón, podemos ignorar completamente durante años a nuestros vecinos de al lado sin que eso nos parezca particularmente grosero. Y en un caso de figura del otro extremo de los valores polémico–contractuales, como por ejemplo en el amor, sabemos que a veces el comercio continuo y la proximidad con los seres puede producir la usura y el embotamiento de los sentimientos más ardientes. Se obtiene así un esquema donde la correlación entre intensidad y distancia sería la opuesta de la que vimos más arriba:

De hecho, quizás habría que decir que estos dos esquemas no se oponen verdaderamente sino se continúan. Serían dos momentos de un mismo ciclo, un ciclo de histéresis, donde hay puntos críticos, catástrofes que invierten el valor del proceso.

La distancia puede generar un aumento de la intensidad, pero después de un cierto intervalo "umbral", la intensidad eufórica (el apego sentimental) comienza a declinar y la intensidad disfórica (la desconfianza nacida de la incertidumbre) termina por debilitarse y se comienza a olvidar que existe un conflicto con alguien que se encuentra demasiado lejos como para que se perciba como una verdadera amenaza. Y en el esquema contrario, se sabe que la proximidad puede acabar con cualquier sentimiento y hacer descender el nivel de intensidad afectiva a niveles que se conocen bajo el nombre de "costumbre". Por otra parte, los enemigos más encarnizados, a fuerza de frecuentarse, llegan a veces a formas sorprendentes de connivencia, de afinidad o incluso de acomodación.2 Lo que conduce al esquema siguiente:

 

4. El espacio como interfaz: el territorio

El espacio que se perfila a partir de los análisis presentados sería confluyente, percibido y definido por la interfaz con otro espacio y en relación con éste. Es la coexistencia la que crea los límites y, por tanto, el espacio. Esa relación será de naturaleza tensiva entre lo polémico y lo contractual, entre lo defensivo y lo ofensivo. Lo que en el mundo de la estrategia produce esa paradoja que pretende que la mejor defensa es la que está animada por el más fuerte espíritu ofensivo y que da el adagio "la mejor defensa es el ataque". El espacio tensivo, intensivo, es el lugar de encuentro de fuerzas tal vez más que de formas cuya estabilidad depende siempre de las "relaciones de fuerza".

Esa lógica compleja muestra la paradoja de todas las figuras de interfaz, ya sea la frontera, el puente, la puerta o todo objeto en sus relaciones con el otro: para que las cosas estén reunidas es necesario primero separarlas; y a la inversa, para que se pueda decir de dos espacios que están separados, es necesario reunirlos de alguna manera. Es por esa razón que Simmel afirma que el extranjero es el próximo lejano. Para ser conscientes de la proximidad de nuestros vecinos, es necesario primero verlos como separados de nosotros. En cambio, lo que separa pone al mismo tiempo en evidencia la proximidad entre dos espacios o dos objetos.

El espacio que se deduce se identifica en realidad con la noción de territorio, con lo que hay de jurídico y de mantenimiento de los límites de ese espacio. En ese sentido, todo territorio es defendible y da lugar a lo que Goffman (1973) en su capítulo sobre los territorios nombra una reivindicación. Ese territorio que llama una "reserva" no es fijo, es situacional. Es producto de un equilibrio y de una tensión entre dos variantes opuestas: de un lado, hay que mantener una distancia máxima con los otros para no invadir su reserva y al mismo tiempo preservar la suya propia y, de otro lado, no hay que alejarse mucho con el fin de no dar la impresión de que se está incomodo y entonces poder ofender al otro. Goffman da algunos ejemplos de esa tensión que aparece claramente en ciertas situaciones sociales de contacto cercano con los otros. Cuando un ascensor que al principio de su trayecto está lleno, lo que obliga a las personas a apretarse, comienza a vaciarse, las personas que permanecen en él están sometidas a la tensión entre un deseo de reencontrar la distancia respetuosa y la voluntad de no mostrar que se está incomodo por la proximidad con aquel que está al lado. Goffman da un ejemplo más. Si al subir al autobús hay muchos asientos libres, mantendremos una distancia con los demás; si, por el contrario, estamos obligados a sentarnos al lado de alguien porque el autobús está lleno cuando nos subimos, una vez que el autobús en su recorrido empiece a vaciarse, no podemos cambiar de lugar para alejarnos de la persona que está sentada a nuestro lado. Eso sería, por supuesto, interpretado como una actitud muy inoportuna, ya que esa acción mostraría que hay algo en esa proximidad que nos molesta, la manifestación de una forma de disgusto. Finalmente, como dice Goffman, es a veces una falta más delicada alejarse de alguien que acercarse. Lo que muestra, como lo veíamos antes en los dos esquemas tensivos, que no hay una sola correlación válida sino dos, que podrían ser esquematizadas de la manera siguiente:

Que se trate de una infracción pragmática (pegarse a alguien sin razón o alejarse mucho), cognitiva (hablar muy bajo para demostrar que el otro no tiene derecho de escuchar) o sensible (la mirada muy insistente, el aliento de alguien sobre su cara o aun los gestos ostentosos de protección como la máscara de numerosos ciudadanos japoneses o como cuando uno se tapa la nariz), en cada dimensión del discurso encontramos ese mismo esquema.

Es así que se perfilan dos correlaciones tensivas que regulan las relaciones entre distancia, territorio y afectividad en lo social. De un lado, existe un esquema tensivo donde la intensidad fórica (la intrusión, agresión) puede estar ligada al exceso de proximidad, a la promiscuidad, y, del otro lado, otra intensidad disfórica (disgusto, repulsión) que es función de la distancia, del alejamiento. Podemos también afirmar que el espacio que emerge de ese análisis se caracteriza por la flexibilidad y la ductilidad. Es un espacio dinámico y sometido a una tensión entre fuerzas opuestas (entre las dos correlaciones que hemos visto) y que lo convierten en un lugar inestable cuyas formas son susceptibles de redefinición de manera permanente.

 

Agradecimientos

Agradecemos a Dominique Bertolotti las traducciones al francés de los resúmenes, y a Scott Hadley, las versiones en inglés.

 

Referencias

Aldama, J. A., (2003). << Modèles sémiotiques et modèles stratégiques >>. Modèles Linguistiques, t. XXIV, Fascículo 1.         [ Links ]

Certeau, Michel de (1990). L 'invention du quotidien, I. Les arts de faire. Paris : Folio.         [ Links ]

Coe, J., (1995). Testament à l'anglaise. Paris : Gallimard.         [ Links ]

Goffman, E. (1973). << Les apparences normales >>, in La mise en scène de la vie quotidienne, t. 1, La présentation de soi. Paris: Minuit, 1973.         [ Links ]

Gracq, Julien (1951). Le rivage des Syrtes. Paris : Corti.         [ Links ]

Greimas, A. J., (1976). << Pour une sémiotique topologique >>. Sémiotique et sciences sociales. Paris : Seuil.         [ Links ]

Lotman, Jurij (1995). <<Il metalinguaggio delle descrizioni tipologiche della cultura>>, in Lotman, Jurij et Uspenskij, Boris. Tipologia della cultura. Bompiani        [ Links ]

Simmel, George (1999). Sociologie. Etudes sur les formes de socialisation. Paris : PUF.         [ Links ]

–––––––––– (2007). Les grandes villes et la vie de l 'esprit. L'Herne : Paris.         [ Links ]

Spykman, Nicholas (1999 [1994]). The geography of the peace. Nueva York: Harcourt Brace, in Coutat–Bégarie, Hervé. Traité de stratégie. Paris: Economica.         [ Links ]

Zilberberg, Claude (2002). << Seuils, limites, valeurs >>, in Anne Hénault, Questions de sémiotique. Paris : PUF.         [ Links ]

 

Notas

* Título en francés: Espace et métalangage : défense du territoire

1 Hay por supuesto excepciones, como la narrada en una novela del escritor británico Jonathan Coe (1995), donde el narrador describe cómo por un día problemático, particularmente grave, en el metro londinense, con largas paradas a la mitad del camino, su vecino de infortunio, cuyo rostro está ya pegado al suyo, para acabar con el aburrimiento de ese tiempo muerto se pone a masticar una hamburguesa a unos cuantos centímetros de sus ojos. La visión de los pedazos de carne picada en los dientes de su vecino y la falta de aire terminarán por provocarle una crisis de pánico que lo hará desmayarse.

2 Para una conceptualización semiótica de la noción de umbral y sus relaciones con el afecto, ver el artículo de Zilberberg, C. (2002: 343–360).

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