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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.49 México sep./dic. 2015

 

Reseñas

Cuando las leyendas no mueren: Geronimo , de Robert Utley

When Legends Do Not Die: Geronimo , by Robert Utley

Witold Jacorzynski* 

*Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Golfo, Xalapa, Veracruz, México witusito@yahoo.com.br

Geronimo. Utley, Robert M.. 2012. Yale University Press, New Haven: 348p.


El tema de Geronimo, el legendario líder de los apaches chiricahua, quien sembraba terror en vastos territorios de lo que hoy es Chihuahua, Sonora, Nuevo México y Arizona, ha sido una obsesión de la cultura popular en Estados Unidos. ¿Qué más se puede agregar a la leyenda llamada Geronimo? La nueva biografía de Robert Utley -autor previamente conocido por The Lance and the Shield. The life and times of Sitting Bull, la historia del famoso líder Tatanka Yatanka, alias Sitting Bull, el jefe y chamán de la tribu hunkpapa dakota- tiene pretensiones de convertirse en un libro novedoso y provocador. La leyenda sobrevive porque "le ofrece un alivio al público, [...] que por casi medio siglo, ha sido atormentado por la mala conciencia de los blancos". Geronimo ha sido visto como una "víctima de la expansión americana" (p. 4) y Utley sigue deconstruyendo la leyenda: "Esta imagen persiste incluso si es demostrablemente falsa" (p. 4). Para verificar su tesis, el autor se da a dos labores: una es histórica y consiste en describir el teatro de las guerras apaches en las cuales participaban Geronimo y otros líderes y jefes apaches; la otra es biográfica y se aventura a explicar la leyenda de Geronimo en Estados Unidos.

La nueva vieja historia

A pesar de que el libro de Utley pregona el orgullo de ser revisionista, sigue el esquema que impuso el mismo Geronimo en su autobiografía dictada a Barret en 1904: primero la descripción -muy escueta, demasiado- de la infancia en el mundo apache, luego la historia de las relaciones con los mexicanos -superflua, demasiado- y por último, la narrativa -meticulosa, soberbiamente meticulosa- acerca de historia de los contactos con los estadounidenses a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX hasta la muerte de Geronimo en 1909.

Los apaches seguían la misma trama: à la guerre comme à la guerre. Después de la masacre de Kirker, los cuatro grupos principales de la tribu chiricahua se unieron; los chihenne bajo el mando de Cuchillo Negro, los chokonen dirigidos por Cochise, los bedonkohe y los bednhis comandados por Mangas Coloradas. Entre el grupo de 175 guerreros estaba el joven líder de los bedonkohe, Geronimo. En las batallas de Galeana, Geronimo se dio a conocer como poseedor de la "fuerza" sobrenatural que le permitía ser intocable frente las balas de los enemigos, traer lluvia a petición, alargar la caída de la noche, andar sin dejar rastro, etc. (p. 21). La victoria de los apaches cerca de Pozo Hediondo, en la cual murieron 26 mexicanos y 46 fueron heridos, bajo el mando de los capitanes Ignacio Pesqueira y Manuel Martínez, fue seguida por la masacre en Kas-ki-yeh, cerca de Janos, donde los sonorenses, encabezados por el coronel José María Carrasco, en un acto de venganza bañaron de sangre el campamento de los apaches que, según Geronimo pero no Utley, comerciaban pacíficamente con los chihuahuenses en Janos el 5 de marzo del anno domini 1851. Entre los masacrados estaban la joven esposa de Geronimo, Alope, su madre y sus tres pequeños hijos... Utley cita a Geronimo:

Ya no volví nunca a estar contento en nuestro tranquilo campamento. Es verdad que podía visitar la tumba de mi padre, pero había jurado vengarme de los militares mexicanos que me habían hecho injusticia, y siempre que estaba cerca de la tumba de mi padre o veía algo que me recordara los felices días pasados me dolía el corazón de ganas de vengarme de México (Barret, 1975: 53).

La vida posterior de Geronimo es descrita como una serie de guerras y batallas contra los mexicanos, en las que el personaje busca la venganza por lo que le habían hecho en Kas-ki-yeh: "He matado a muchos mexicanos; no sé cuantos porque muchas veces no los contaba. Algunos de ellos no eran dignos de que se les contara". Lamentablemente, este motivo mexicano en la historia de Geronimo se pierde en el libro de Utley, lo que será la primera -aunque no la última- gran debilidad de la obra. Probablemente por razones prácticas, Utley no cita las fuentes hispanas ni mexicanas, tampoco a los expertos de la apachería en México. Su historia sigue siendo una de tantas historias estadounidenses acerca del drama que no sólo se desenvolvía en lo que es hoy Estados Unidos sino a ambos lados de la frontera.

En el prólogo y en los primeros capítulos topamos con una confusión de Utley concerniente a los temas mexicanos: "Geronimo y los jefes que lo acompañaban pasaron gran parte de sus vidas adultas en México, incursionando y saqueando a los mexicanos o escapando de las unidades militares americanas y mexicanas que querían capturarlos. México no era su tierra natal". Pero la última frase tiene sentido bajo el siguiente presupuesto: México, de hoy, no era la tierra natal de los chiricahuas, salvo el bando de los nednhis, quienes vivían en el norte de Chihuahua y Sonora. Pero todos los apaches, no sólo los nednhis, vivían en lo que en aquel entonces era México, a saber, antes de 1848. ¿Era México la tierra natal de los apaches? Utley lo niega. Pero el precio que paga por esta negación es una paradoja. ¿Acaso tiene sentido decir: "Tyrannosaurus Rex cruzaba la frontera entre México y Estados Unidos en busca de los diplodocos"? Para Utley y los historiadores estadounidenses, los apaches no necesitaban cruzar el río como espaldas mojadas, siempre eran de allá.

Allá... en USA

Asombrosamente, para Utley, "allá" significa Estados Unidos -USA, por sus siglas en inglés-. Esta manera de pensar no es muy precisa y peca de lo que podríamos llamar falta de perspectivismo. Los apaches vivían en aquellas tierras antes que los estadounidenses -como también antes que los mexicanos-, y por lo tanto, los apaches no podían ser de USA y tampoco de México. Utley se corrige volviendo la vista a las relaciones entre los apaches y los estadounidenses. Dice que los primeros estadounidenses aparecieron en las "tierras de Mangas Coloradas" en la década de 1820.

Omitiré los detallados relatos de Utley sobre la primera y la segunda salidas de Geronimo de la reserva para concentrarme en la así llamada campaña de Geronimo. Para capturar a Geronimo, que abandonó la reserva en 1881, se buscó al veterano de las guerras indias, brigadier George Crook, quien reforzó el control militar en las reservas y dividió a los chiricahuas al ofrecer a muchos el puesto de scout según su lema: "sólo el apache puede captar a otro apache" (p. 134). El scout apache gozaba de muchos privilegios: podía portar rifle, caballo y recibía el pago por su servicio. Mientras Crook firmaba el tratado entre México y USA, que permitía a ambos ejércitos cruzar la frontera en caso de persecución de los apaches, "Geronimo estaba pillando una aldea o rancho sonorense tras otro [...]. Aparte del pillaje, los incursionistas masacraban a la gente, a menudo de la manera más brutal" (p. 130). Utley agrega, sin embargo, que los apaches "casi nunca escalpaban o violaban" (p. 130).

Pero regresemos al maquiavélico Crook. Con la ayuda de los scouts apaches bajo la vigilancia del capitán Emmet Crawford y el teniente Charles B. Gatewood, persiguió a Geronimo en la Sierra Madre. Como resultado de las negociaciones entre Crook y Geronimo y otros jefes, 325 de los apaches, en gran parte mujeres y niños, regresaron a San Carlos. Cerca de 200 guerreros se quedaron en México prometiendo a Crook que al juntar a todos los apaches dispersos en la Sierra Madre iban "muy pronto" a alcanzar San Carlos. Pero "pronto" aludía al tiempo apache. Geronimo dedicó los siguientes ocho meses a reunir 133 ganados mexicanos, intercambiar cautivos con los mexicanos y pillar. Lamentablemente, al regresar a San Carlos, el ganado le fue confiscado, y posteriormente, devuelto a los mexicanos (p. 150).

Los apaches vivieron en la reserva, aparentemente tranquilos y más contentos cuando fueron trasladados de San Carlos a Turkey Creek. Esta vez, el revoltijo vino de las represiones impuestas por las autoridades estadounidenses contra ciertas costumbres apaches: castigos corporales a las mujeres, cortadas las narices a las esposas por infidelidad, borracheras colectivas. El sistema de espionaje introducido por Britton Davis echó aceite al fuego. Utley relata los discursos de protesta ante Davis. Nana dijo al traductor Mickey Free: "Díle a Nantan Enchau, el Jefe Gordo, que no puede aconsejarme cómo tratar a mis mujeres. Él es sólo un muchacho. Yo había matado hombres antes de que él naciera" (p. 157). Chihuahua agregó: "La última noche todos bebimos tiswin, en la tienda de campaña y fuera de ella. Todos [...] salvo los scouts. ¿Qué vas a hacer? ¿Querrás ponernos a todos en la cárcel? Incluso si pudieras ponernos a todos en la cárcel, no encontrarás una cárcel tan grande" (p. 157).

Los jefes se quejaban pero permanecían. Geronimo, perseguido por la sospecha constante de que Chatto y Micky Free conspiraban contra él "con malas palabras", recurrió a un truco. Divulgó una información falsa de que sus sobrinos habían matado a Chatto y Davis, lo que forzó a los jefes a unirse a Geronimo para evitar las consecuencias. Como recordaba después el jefe Chihuahua: "Geronimo nos puso una trampa". Davis, quien enfrentó esta situación, mandó el telégrafo de Apache Pass a San Carlos. El telégrafo cayó en manos del capitán Peirce, quien buscó la ayuda de Sieber, el encargado de los scouts. Éste dormía una resaca y no consideró importante alarmar a Crook (pp. 158-159). Geronimo y los jefes Mangas Coloradas -hijos del famoso jefe-, Chihuahua, Nana y 144 chiricahuas escaparon. Era el 17 de mayo del anno domini 1885. Utley, con base en fuentes muy variadas -incluyendo correspondencia entre los oficiales militares, telégrafos, reportes militares etc.-, describe brillante y minuciosamente la campaña de Crook, que culminaría con la rendición de los apaches en el cañón de Los Embudos el 27 de marzo de 1886. Geronimo dijo a Crook: "Antes corría como el viento, ahora me rindo ante ti; esto es todo" (p. 185). Pero eso no fue todo. El mercader Tribollet vendió whisky a los apaches, quienes siguieron bebiendo hasta el 31 de marzo para regresar a México. Esta vez, con Geronimo y Naiche fueron 18 guerreros, 15 mujeres y siete niños (p. 186). Crook fue reemplazado por el general Nelson Miles, quien, aparentemente crítico de la costumbre de emplear a los scouts apaches, se vio forzado a hacer lo mismo que Crook. ¡Sólo el apache podía captar a otro apache!

Aunque Utley describe fielmente la situación a ambos lados de frontera, el paisaje de ruina, masacres y depredaciones, la desolación y la ira de los civiles mexicanos y estadounidenses, etc., no puede ocultar su admiración por los logros de la guerrilla apache que finalmente resultó invencible -los apaches lograron burlarse de 5 000 soldados del ejército de Estados Unidos; Utley no lo menciona, pero por otras fuentes sabemos que también de por lo menos 3 500 soldados del ejército mexicano, sin contar a los scouts tarahumara, pima, pápago y otros- al evadir batallas, persistir en sus escondites en la Sierra Madre e incursionar en los ranchos mexicanos para conseguir víveres (pp. 219-220).

En el libro de Utley nos enteramos de que Geronimo se rindió porque Miles, además de muchas otras mentiras, le prometió una vida en paz en Arizona después de cumplir dos años de castigo en la prisión de Florida. Utley no niega que tanto Crook como Miles sabían que Washington exigía que Geronimo se rindiera incondicionalmente o que fuera ejecutado. El verdadero escándalo, a los ojos de los estadounidenses humanitarios, como, por ejemplo, los enlistados en la Indian Rights Organization de Filadelfia, liderados por Herbert Welsh y los militares simpatizantes de los apaches, como Howard y Crook, era la "violación del trato justo y prudente a los indios no sólo porque los indios inocentes fueron condenados sin juicio, sino que además los merecidos [del premio] fueron castigados por ser culpables" (Welsh, en p. 231). Recordemos que la tribu entera de los chiricahuas, incluyendo a los pacíficos que vivían en San Carlos y los scouts apaches sin los cuales no hubiera sido posible encontrar a Geronimo, fueron enviados a Florida. Mientras Geronimo y sus guerreros fueron ubicados en Fort Pickens, los demás fueron encarcelados en Fort Marion en San Agustín. Como estima Utley, de los 82 hombres apaches de Fort Marion, 65 servían al ejército estadounidense como scouts a partir del último escape de la reserva. Entre ellos estaban Chatto, Kayitah, Martine y otros. Del total de 365 de mujeres y niños, 284 eran familias de los scouts y los jefes amigos (p. 231). Estos datos, que resaltan en el reporte de Welsh, además de brotes de tuberculosis y paludismo, escandalizaron al público en el norte y forzaron a las autoridades a reconsiderar el caso de los prisioneros de guerra apaches. Dado que la política de asimilación formaba parte de la ideología dominante de la época, a nadie escandalizó la forzada separación de los 62 niños de sus padres para enviarlos posteriormente a la escuela de los blancos en Carlisle, Pensilvania. En 13 de mayo de 1888, se permitió al grupo de Geronimo reunirse con los demás chiricahuas en Mount Vernon, donde todos permanecieron durante cinco años para finalmente, en 1994, ser mandados a Fort Sill, cerca de Lawton, en Oklahoma, a la reserva de los comanches y Kiowa (pp. 248-254).

El nombre "Geronimo" se convirtió en una atracción para los turistas estadounidenses durante sus estancias en las exposiciones internacionales a las cuales el líder bedonkohe era invitado. El primer show para los "excursionistas", Gran Indian War Dance, se hizo en Fort Pickens a principios de junio de 1887. Una noche, el hijo de Geronimo, Chappo, y otros prisioneros pintados de blanco entretuvieron a alrededor de 500 excursionistas, quienes habían pagado 25 centavos cada uno por ver el show. "Geronimo estuvo sentado tranquilamente observando" (p. 229). George Wrattan, un blanco que compartía la suerte de los chiricahuas, pues estaba casado con una mujer apache, le enseñó a fabricar bastones con su nombre (p. 238). Geronimo se convirtió pronto en una estrella, otra más en la bandera de Estados Unidos. Estuvo presente en las exposiciones de Omaha, en 1898, y Búfalo, en 1901. En 1904, con siete apaches, llegó a Saint Louis para formar parte de otra exposición internacional. En marzo de 1905, apareció en Pennsylvania Avenue, en D. C., cabalgando en la parada inaugural del presidente Theodor Roosevelt. Murió como prisionero de guerra en febrero 1909, en Fort Sill, a causa de una neumonía que contrajo por dormir borracho a la intemperie.

Cómo desmitificar al desmitificador: una discusión

Revisaré ahora la segunda hipótesis de Utley. Geronimo no defendía su tierra natal. Practicaba simplemente una forma de vida apache: depredación, incursiones y guerra. La cultura apache destacaba en la guerra y la incursión; la guerra, por motivo de venganza, y la incursión, para obtener medios de subsistencia y otros recursos cuando la tierra ya no podía sostenerlos. La misión del ejército estadounidense no era hacer la guerra contra los apaches sino proteger a los colonos, sus vidas y propiedades de los incursionistas apaches. Cuando estas políticas colapsaron, la misión fue ampliada a destruir a los apaches, forzarlos a rendirse o asentarlos en las reservas. Geronimo forjó su nombre como incursionista y como un experto talentoso en el arte de escapar de los soldados y los scouts apaches (p. 268).

Utley procede comparando a Geronimo con el jefe lacota Sitting Bull. En contraste con él, Geronimo actuaba egoísta, impulsiva y cruelmente, y a menudo contra las normas de su propia cultura. Sitting Bull no era una figura contradictoria, Geronimo sí lo era. Para Sitting Bull, su gente era lo más importante, para Geronimo, solo él mismo era importante. Utley se aventura a pronunciar la última palabra:

En el contexto de su propia cultura, Geronimo no alcanzaba el nivel del liderazgo de otros apaches cuyos nombres no son tan conocidos como su nombre [...]. Pero el nombre de Geronimo los abrumó a todos. Esto sucedió a causa de los periódicos de los hombres blancos (p. 269).

Ahora bien, Utley puede tener razón al subrayar que las incursiones y guerras eran las prácticas dominantes en la vida de los apaches chiricahuas antes de 1886. Si aquí terminase su historia, el lector la consideraría una conclusión trivial. Nadie cuestiona el hecho de que Geronimo se convirtió en leyenda a causa de la publicidad periodística. La verdadera pregunta que hay que hacer es: ¿por qué esta gracia recayó en Geronimo? El análisis final del libro de Utley es decepcionante. En lugar de ofrecer una explicación de la leyenda de Geronimo en términos de las peculiaridades culturales arraigadas en la forma de vida estadounidense -el contexto sociopolítico, las estructuras de poder, el ethos imperialista, el canibalismo simbólico, etc.-, Utley se refiere a la psicología individual: "Si de los últimos capítulos se asoma Geronimo real, ¿cómo hay que caracterizarlo? Sólo dos palabras se aplican universalmente: complejo y contradictorio" (p. 264). El autor intenta -con un material imponente e interesante sobre la forma de vida de Geronimo en el exilio en Fort Pickens, Mount Vernon y Fort Sill- mostrar sus pequeñas paranoias, temores, alcoholismo, desenvoltura, impulsividad, ambiciones, egoísmo, valentía, apego a la familia, vengatividad, etc. Esta imagen resulta interesante quizá para los psicólogos, pero no para los historiadores orientados antropológicamente. There is properly no history; only biography, este dicho de Emerson tiene cautivo a Utley, quien no cumple con su promesa de desmitificar a Geronimo. ¿La razón? El desmitificador se mueve en un repertorio tradicional de recursos utilizados por los mistificadores. La versión desmitificadora resulta su propio invento, vestido de tono objetivizante y monologizante. Suprime las perspectivas de los actores en un aplastante estilo indirecto y libre indirecto, con sus generalizaciones y su coyunturalismo político. La opinión que Utley pronuncia sobre Geronimo, en 2012, se asemeja a la imagen que tenían de él los liberales estadounidenses en las postrimerías del siglo xix: Crook, Welsh, Gatewood y otros. Utley no titubea cuando hace críticas duras a los políticos estadounidenses de la época porque castigaron de la misma manera a Geronimo y a los apaches que lo perseguían pero que formaban parte del ejército de Estados Unidos. Según Utley, son ellos y no él quien merece el lamento del público. Como advertía Gadamer (1998: 39-40), hay que tener cuidado con quien busca liberarnos de los prejuicios. Pensar que podemos liberarnos de ellos no significa falta de prejuicios, sino otro prejuicio más. Al fin y al cabo, Utley no está libre de prejuicios. Todo lo contrario. Mientras más fuertes son nuestras mitologías, menos capaces somos para detectarlas. Está de moda, por ejemplo, y se toma como algo políticamente correcto, juzgar a los individuos pero no a las colectividades. No quiero argumentar a favor o en contra de esta creencia, sólo me limito a apuntar su arraigo. Un ejemplo llamativo de esto se encuentra en una frase, entre muchas de este tipo, que aparece en la página 125:

En 1880 Geronimo desposó a su quinta esposa, Zi'yeh, de los nednhis, que dio a luz a su hijo Fenton, y después, en 1889, vino al mundo su hija Eva. Como todos los apaches, Geronimo amaba a su familia y la pérdida de su esposa y el nacimiento de su nuevo hijo coincidieron con el periodo de su más brillante liderazgo (p. 125).

La expresión "como todos los apaches" es confusa, en especial cuando una vez tras otra las descripciones no confirman esta creencia: "El otro día Pionsenay regresó con su sobrino y compró más whisky. De vuelta en las montañas Dragoons, borracho, empezó a pelearse con Skinya. Cuando dos hermanas suyas se entremetieron, les disparó y las mató a ambas" (p. 79). Me imagino que Utley tendría que decir algo como: "Todos los apaches aman a sus familias, salvo cuando se emborrachan". Por último, el mismo libro confirma y reproduce la leyenda de Geronimo. Sólo que, en lugar de las leyendas a las que combate, produce la suya propia, demasiado poco original para cautivar al lector.

Bibliografía

Barret, S. M. (ed.), 1975, Gerónimo. Historia de su vida, Grijalbo, Madrid. [ Links ]

Gadamer, Hans-Georg, 1998, Verdad y método, t. II, Sígueme, Salamanca. [ Links ]

Utley, Robert, The Lance and the Shield. The life and times of Sitting Bull, Henry Holt, Nueva York. [ Links ]

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